sábado, 14 de septiembre de 2019

VIII. LECTIO COMPARTIDA DEL SALMO 41


9 De día el Señor me hará misericordia,

de noche cantaré la alabanza del Dios de mi vida.

10 Diré a Dios: “Roca mía, ¿por qué me olvidas? +

¿por qué voy andando sombrío, *hostigado por mi enemigo?”




16. [v.9] Por eso continúa: De día el Señor concede su misericordia, y de noche la dará a conocer. A nadie deja de escuchar en la tribulación. Poned atención cuando os va bien, escuchad cuando todo marcha bien; y cuando estáis tranquilos, aprended la sabiduría, acoged la palabra de Dios como el alimento. Cuando alguien pasa por momentos dolorosos, debe aprovecharle lo que oyó en la tranquilidad. Porque en la prosperidad el Señor te dispensa su misericordia si es que le sirves con fidelidad, porque de la tribulación él te libera. Pero esta misericordia que te dispensó durante el día, no te la dará a conocer sino durante la noche. Cuando llegue el sufrimiento, entonces no te faltará el auxilio; te va mostrando así, cómo fue verdad lo que dispensó durante el día. De hecho está escrito en un cierto pasaje: Qué buena es la misericordia del Señor en el tiempo de la tribulación, como nubes de lluvia en tiempo de sequía (Eclo 35,26). Y dice el salmo: De día el Señor concede su misericordia, y de noche la dará a conocer. Su ayuda no te la muestra sino cuando llega la tribulación, de la que serás liberado por el que te lo prometió durante el día. De ahí que se nos aconseje imitar a la hormiga (Prov 6,6). Lo mismo que la prosperidad en el mundo significa el día, y la adversidad la noche, de forma diversa la prosperidad de este mundo significa el verano, y la adversidad el invierno. ¿Y qué hace la hormiga? Almacena durante el verano lo que le ha de servir para el invierno. Por lo tanto, cuando es verano, es decir, cuando os va bien, cuando estáis tranquilos, escuchad la palabra del Señor. ¿Y cómo será posible que durante la tempestad de este siglo, podáis atravesar este mar todo entero? ¿Cómo será posible? ¿Qué hombre lo ha podido conseguir? Si le sucede a alguien, se hace más temible esa tranquilidad. De día el Señor concede su misericordia, y de noche la dará a conocer.

17. [v. 9—10] ¿Qué vas a hacer, pues, durante este destierro? ¿Cómo te comportarás? Dirigiré mi oración al Dios de mi vida. Es lo que hago aquí, como un ciervo sediento, que busca las fuentes de agua, recordando la dulzura de aquella voz que me fue guiando a través de la tienda hacia la casa de Dios, hasta que este cuerpo, que es lastre del alma, se corrompa (Sab 9,15), dirigiré mi oración al Dios de mi vida. Para suplicar a Dios, no tendré que comprar nada en ultramar; ni para que mi Dios me escuche tendré que navegar para traer de lejanas tierras aromas e incienso, ni voy a llevarle un carnero ni un becerro de mi rebaño: En mí está la oración al Dios de mi vida. Tengo dentro la víctima que he de inmolar, el incienso que voy a poner, el sacrificio con el cual aplacaré a mi Dios: Mi sacrificio a Dios es un espíritu quebrantado (Sal 50,19). Mira cuál es el sacrificio de un espíritu quebrantado que llevo dentro, escucha: Diré a Dios: Protector mío, ¿por qué me has olvidado? Mi sufrimiento en este mundo es como si te hubieras olvidado de mí. Tú me pones a prueba, y sé que me das largas, que no me quitas lo que me has prometido. Sin embargo ¿Por qué me has olvidado? Parecería que nuestra Cabeza tomó nuestra misma voz para clamar: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Sal 21, 2; Mt 27, 46). Diré al Señor: Protector mío, ¿por qué me has olvidado?



Oración sálmica: Manifiesta tu poder en nosotros, Señor, y aleja de nuestra alma la tristeza; apacigua la amenaza de tus olas y el incendio de tu ira, así, con la tranquilidad de haber alcanzado tu perdón, anhelaremos poseerte a ti, como busca la cierva las corrientes de agua. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

sábado, 7 de septiembre de 2019

VII LECTIO COMPARTIDA DEL SALMO 41



8 Una sima grita a otra sima

con voz de cascadas:

tus torrentes y tus olas

me han arrollado.

  

13. [v.8] Un abismo llama a otro abismo con la voz de tus cascadas. Quizá podré llevar a término el salmo ayudado por vuestro interés, ya que advierto vuestro fervor. En realidad no me preocupa demasiado vuestro cansancio por estarme escuchando, puesto que veis en mí que os hablo cómo estoy sudando con el mismo cansancio. Al ver mi esfuerzo, sin duda que ya estáis colaborando; porque no trabajo para mí, sino para vosotros. Así que escuchad, ya que os veo cómo lo estáis deseando. Un abismo llama a otro abismo con la voz de tus cascadas: Se lo dice a Dios el que se acordó de Dios desde la tierra del Jordán y el Hermón; admirándose de esto, dijo: Un abismo llama a otro abismo con la voz de tus cascadas. ¿De qué abismo se trata, y a qué abismo llama? Cierto que esta comprensión es un abismo. Sí, un abismo es una profundidad impenetrable, incomprensible; y a lo que más nos referimos es a la inmensidad de las aguas. En ellas hay altura y profundidad, una profundidad en la que no se puede llegar hasta el fondo. De ahí que en cierto lugar está escrito: Tus juicios son un abismo inmenso (Sal 35,7). Con esto quiere la Escritura destacar que los juicios de Dios son incomprensibles. ¿Cuál es el abismo que llama a otro abismo? Si la profundidad es un abismo, ¿no tendremos el corazón del hombre por un abismo? ¿Qué hay más profundo que este abismo? Pueden hablar los hombres, se les puede ver en el accionar de sus miembros, oírlos en sus discursos. Pero ¿quién penetra su pensamiento? ¿Quién llega a ver su corazón? Todo lo que en su interior planea, aquello de lo que es capaz en su intimidad, lo que obra por dentro, lo que decide en su interior, lo que íntimamente quiere y no quiere, ¿quién logrará conocerlo? Creo, no sin razón, que podemos juzgar al hombre como un abismo, según se dice en aquella cita: Se acerca el hombre al corazón profundo, y Dios será exaltado (Sal 63,7-8). Si, pues, el hombre es un abismo, ¿cómo es que el abismo invoca al abismo? ¿El hombre invoca al hombre? ¿Lo invoca del mismo modo que Dios es invocado? No. Lo que pasa es que por invocar entendemos llamar hacia sí. Por ejemplo, se dice de alguien que invoca la muerte. Es decir, vive de tal manera que está llamando a la muerte. Porque no hay nadie que estando en oración invoque la muerte; en cambio los hombres, con su mala vida están llamando a la muerte. Un abismo llama a otro abismo, el hombre al hombre. Así se aprende la sabiduría, así se inicia uno en la fe, cuando un abismo llama a otro abismo. Al abismo llaman los santos predicadores de la palabra de Dios. ¿No son ellos también un abismo? Para que te des cuenta de que también ellos son un abismo, dice el Apóstol: No me importa ser juzgado por vosotros o por un tribunal humano. Escuchad esto, para ver hasta qué punto es todavía un abismo: Es que ni yo mismo me juzgo (1 Cor 4, 3). ¿Os parece que puede ser tanta la profundidad del hombre, que se le oculte al mismo hombre en que está? ¡Qué profunda debilidad se ocultaba en Pedro, cuando ignoraba en su intimidad lo que iba a hacer, y estaba prometiendo con temeridad que iba a morir con el Señor o por el Señor! (Jn 13,37). ¡Qué abismo era! Y sin embargo ese abismo era patente a los ojos de Dios. De hecho Cristo le estaba anunciando, lo que él mismo ignoraba en su interior. Luego todo hombre, aunque sea santo, justo, aun avanzado en muchos aspectos, es un abismo, y llama al abismo cuando anuncia a otro hombre algo referente a la fe, o alguna verdad referente a la vida eterna. Pero entonces el abismo es útil al abismo invocado, cuando se hace con la voz de tus cascadas. Un abismo llama a otro abismo, un hombre conquista a otro hombre; pero no por su propia voz, sino con la voz de tus cascadas.

14. Mirad otra interpretación: Un abismo llama a otro abismo con la voz de tus cascadas. Yo, que me estremezco, cuando se turba mi alma en mi interior, tengo un gran miedo a tus juicios. Tus juicios, en efecto, son un abismo profundo (Sal 35,7), y un abismo llama a otro abismo. Pues en esta carne mortal, llena de fatigas, pecadora, colmada de molestias y escándalos, sometida a la concupiscencia, hay una cierta condenación en tu sentencia; porque al pecador le dijiste: Morirás de muerte, y también: Comerás el pan con el sudor de tu rostro (Gn 2,17; 3, 19). He ahí el primer abismo de tu juicio. Y si los hombres en esta vida viven mal, un abismo llama a otro abismo¸ ya que pasan de castigo en castigo, de unas tinieblas a otras, de una sima a otra sima, de suplicio en suplicio, en fin, del ardor de las pasiones a las llamas del infierno. Así que fue esto lo que aquel hombre temió cuando dice: Mi alma está turbada en mi interior; por eso te recuerdo, Señor, desde la tierra del Jordán, y del Hermón. Necesito ser humilde. Me han causado terror tus juicios, estoy muy atemorizado de tus sentencias; por eso mi alma está turbada en mi interior. ¿Y qué juicios tuyos son los que yo temo? ¿Son de poca importancia estos tus juicios? No, son importantes, son rígidos, son dolorosos; pero ¡ojalá fueran sólo ellos! Un abismo llama a otro abismo con la voz de tus cascadas. Porque tú amenazas, tú dices que después de estos agobios aún resta otra condenación: Con la voz de tus cascadas un abismo llama a otro abismo. ¿Adónde escaparé de tu mirada, adónde iré lejos de tu aliento (Sal 138,7), si es que un abismo llama a otro abismo, y después de estos sufrimientos se temen otros más graves?

15. Tus aguas encrespadas y tu oleaje se han echado sobre mí. Las olas en lo que ya experimento, las aguas encrespadas en tus amenazas. Todos mis sufrimientos son tus oleajes; toda amenaza tuya son tus aguas encrespadas. En el oleaje llama a este abismo, en las aguas encrespadas invoca al otro abismo. En aquello que me toca sufrir, están tus olas; y en tus amenazas más graves, todas tus aguas encrespadas han pasado sobre mí. El que amenaza no oprime, sino que da largas. Pero ya que tú liberas, hablé así a mi alma: Espera en Dios, que lo alabaré; salud de mi rostro, Dios mío. Porque cuanto más frecuentes son las calamidades, más dulce será tu misericordia.



Oración sálmica:

Señor Jesucristo, fuente de toda vida y principio de todo bien, que, por el agua del bautismo, nos has llamado del abismo del pecado al abismo de tu misericordia, no nos olvides mientras peregrinamos, lejos de tu rostro, anhelando tu presencia; no dejes sin saciar nuestra alma que tiene sed de ti, antes danos el consuelo de tu amor; que, saciados por tu palabra, no desfallezcamos en el camino y podamos entrar después de la muerte a ver el rostro de Dios Padre y gocemos de tu presencia, por los siglos de los siglos.

sábado, 31 de agosto de 2019

VI. LECTIO COMPARTIDA DEL SALMO 41

6 ¿Por qué te acongojas, alma mía,

por qué te me turbas?

Espera en Dios, que volverás a alabarlo:

“Salud de mi rostro, Dios mío”.

7 Cuando mi alma se acongoja te recuerdo,

desde el Jordán y el Hermón y el Monte Menor.

 

10. [v.6.7] Mas mientras dura nuestro destierro en este cuerpo, lejos de Señor (2 Cor 5,6), el cuerpo corruptible es lastre del alma, y esta morada terrena oprime la mente que piensa en muchas cosas (Sab 9,17); aunque caminando con el deseo, de alguna manera se hayan disipado las tinieblas, y quizá hubiéramos llegado a percibir aquellas melodías, y con esfuerzo hubiésemos conseguido percibir algo de aquella casa de Dios; a pesar de todo, un cierto gravamen de nuestra debilidad nos hace recaer en nuestros defectos habituales, y nos precipita en las mismas faltas de siempre. Y así como allí habíamos encontrado motivos de alegría, no faltarán aquí motivos de lamentos. Porque este ciervo, que se alimenta día y noche de sus lágrimas, arrebatado por su deseo hacia las fuentes de agua, es decir, hacia la dulzura interior de Dios, levantando sobre sí su propia alma, hasta tocar lo que es superior a ella, caminando hacia el lugar de la tienda admirable, hasta la casa de Dios, y llevado por el júbilo del sonido interior e inteligible, hasta despreciar todo lo exterior, y ser arrebatado hacia lo interior; no obstante es hombre todavía, y aún gime en esta tierra, lleva sobre sí la carne frágil, y corre peligro entre los escándalos de este mundo. Se ha mirado a sí mismo, como quien viene de otro mundo, y se dice a sí mismo, envuelto en medio de tales tristezas, y comparándolas con aquellas realidades que entró a ver, y al salir, después de verlas, exclama: Por qué te entristeces, alma mía, por qué te me turbas? Mira que ya hemos disfrutado de una cierta dulzura interior; que con la mirada de la mente hemos podido atisbar algo inmutable, aunque sólo tocado ligeramente y por un momento; ¿por qué todavía me turbas y estás triste? Porque tú no dudas de tu Dios. Ya no te sucede que te encuentres sin respuesta ante los que te peguntan: ¿Dónde está tu Dios? Ya he logrado percibir algo inmutable, ¿Por qué todavía me conturbas? Espera en Dios. Y parecería que su alma le responde en silencio: ¿Por qué te turbo, sino porque aún no estoy allí donde se encuentra aquella dulzura que me arrebató como de pasada? ¿Acaso estoy ya bebiendo de aquella fuente donde no hay temor alguno? ¿Es que ya no tengo ningún temor a tropezar en algo? ¿Me encuentro ya segura, como si todas mis inclinaciones estuvieran dominadas y vencidas? ¿Acaso el diablo, mi enemigo, no está poniendo acechanzas? ¿No me tiende diariamente trampas engañosas? ¿Cómo quieres que no te turbe, situada como estoy en el mundo, y lejos todavía de la casa de mi Dios? A pesar de todo espera en Dios, se responde a su propia alma, a quien conturba, y como dándole razón de su perturbación, a causa de los males de los que este mundo está inundado. Entre tanto vive en esperanza. Pues la esperanza de lo que se ve, ya no es esperanza; en cambio, si lo que esperamos no lo vemos, con paciencia aguardamos (Rm 8,24-15).
11. [v.7] Espera en Dios. ¿Y por qué se dice espera? Porque voy a alabarlo. ¿Y qué es lo que le alabarás? Tú eres la salud de mi rostro, Dios mío. La salvación no me puede venir de mí mismo; esto clamaré, esto he de confesar: Tú eres la salud de mi rostro, Dios mío. Por lo tanto, para suscitar en sí el temor en aquello que de alguna manera ha podido comprender con su inteligencia, volvió a examinarlo de nuevo, no sea que el enemigo se le introduzca subrepticiamente; por eso no dice todavía: Estoy completamente a salvo. Pues teniendo como tenemos las primicias del Espíritu, gemimos en nuestro interior, esperando la redención de nuestro cuerpo (Rm 8,23). Poseeremos esa perfecta salvación cuando vivamos ya sin fin en la casa de Dios, y sin fin alabando a quien se le ha dicho: Dichosos los que viven en tu casa: por siempre te alabarán (Sal 83,5). Esto aún no tiene lugar, porque no ha llegado la salvación prometida; pero confieso a mi Dios en esperanza, y le digo: Salud de mi rostro, Dios mío. Porque estamos salvados en esperanza; pero la esperanza que ve no es esperanza (Rm 8,24). Persevera, pues, y lo conseguirás; persevera hasta que llegue la salvación. Escucha a tu mismo Dios, que te habla desde tu interior: Espera en el Señor, actúa varonilmente y será confortado tu corazón, espera en el Señor (Sal 26, 14), puesto que quien persevere hasta el final, ese se salvará (Mt 10, 22; 24,13). Entonces ¿Por qué te entristeces, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, porque voy a alabarlo. Esta es mi confesión: Salud de mi rostro, Dios mío.
12. Mi alma está turbada en mi interior. ¿Será Dios, acaso, su turbación? No, está turbada en mi interior. El inmutable le daba fortaleza, y donde se perturbaba era en lo mudable. Sé que la justicia de Dios permanece; lo que no sé si permanece es la mía. El Apóstol nos causa temor cuando dice: El que crea estar en pie, tenga cuidado no caiga (1 Cor 10,12). Luego al no tener yo seguridad de mí mismo, tampoco tengo confianza en mí: Mi alma está turbada en mi interior. ¿Quieres que deje de estar turbada? Que no descanse en ti mismo; di: A ti, Señor, levanto mi alma (Sal 24,1). Escucha esto mismo con más claridad. No esperes nada de ti, sino de tu Dios. Porque si tu esperanza se apoya en ti, tu alma se turbará en ti; porque aún no encuentra cómo apoyarse en ti. Por tanto, ya que mi alma está turbada en mí, ¿qué es lo que falta, sino la humildad, para que el alma no presuma de sí misma? ¿Qué le falta, sino tenerse por la última, humillarse, para merecer ser exaltada? Que no se atribuya nada, para que el Señor le dé lo que conviene. Por lo tanto, dado que mi alma se turba por mí, y esta perturbación le origina la soberbia: Por eso te recuerdo, Señor, desde la tierra del Jordán, y el Hermón, y el monte pequeño. ¿Desde dónde te he recordado? Desde el monte pequeño y la tierra del Jordán. Quizá desde el bautismo, donde se da el perdón de los pecados. De hecho nadie se apresura hacia el perdón de los pecados, sino el que está disgustado de sí mismo; nadie corre hacia el perdón de los pecados, sino el que se confiesa pecador; y nadie se confiesa pecador, sino humillándose a sí mismo ante Dios. Así que desde la tierra del Jordán te he recordado, y desde el monte pequeño. No desde el gran monte, para que tú al monte pequeño lo conviertas en grande, ya que el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será engrandecido (Lc 14,11; 18,14). Si quieres, incluso, buscar el significado de los nombres, Jordán significa «descenso de ellos». Así que desciende para seas levantado; no pretendas erguirte, no vayas a ser aplastado: Y del Hermón, el monte pequeño. Hermón significa «condena». Condénate, disgústate a ti mismo; desagradarás a Dios si te complaces a ti mismo. Por tanto, ya que Dios nos lo da todo, por ser él bueno, no porque nosotros nos lo merezcamos; por ser él misericordioso, no porque hayamos nosotros merecido algo, desde la tierra del Jordán y el Hermón he recordado a Dios. Y al recordarlo humildemente, merecerá gozarlo exaltado; porque el que se gloría en el Señor, no se exalta a sí mismo.



Oración sálmica:
« ¿Adónde te escondiste / 
Amado y me dejaste con gemido? /
Como el ciervo huiste /
habiéndome herido /
salí tras ti clamando y eras ido»  (Juan de la Cruz)

sábado, 24 de agosto de 2019

V. LECTIO COMPARTIDA DEL SALMO 41

5. Recuerdo otros tiempos,

y desahogo mi alma conmigo:

cómo marchaba a la cabeza del grupo

hacia la casa de Dios,

entre cantos de júbilo y alabanza

en el bullicio de la fiesta.
"8. [v.5] Busco a mi Dios en las cosas visibles y corporales y no lo encuentro; Busco su sustancia en mí, como si fuese algo semejante a mí mismo, y tampoco lo encuentro. Me doy cuenta de que mi Dios es algo superior a mi alma. Luego para ponerme en contacto con él, he meditado en todo esto y he levantado mi alma sobre mí. ¿Cuándo mi alma llegará a tocar lo que busca superior a mi alma, si mi alma no se eleva sobre sí misma? Si permanece en sí misma, no se verá más que a ella, y al verse a sí misma, ciertamente no verá a su Dios. Que digan los que se burlan de mí: ¿Dónde está tu Dios? Sí, que lo digan; yo mientras no lo veo, mientras estoy a la espera, día y noche mis lágrimas son mi alimento. Pueden ellos seguir diciendo todavía: ¿Dónde está tu Dios? Yo busco a mi Dios en cada cuerpo, sea terrestre o celeste, y no lo encuentro; busco su esencia en mi alma y no la encuentro; me he detenido en la búsqueda de mi Dios, deseando ver lo invisible de mi Dios por medio de la comprensión de las cosas creadas (Rm 1,20), he levantado mi alma sobre mí. Ya no me queda nada más que alcanzar, sino a mi Dios. Por encima de mi alma está la morada de mi Dios; allí habita, desde allí me observa, desde allí me creó, desde allí me gobierna, desde allí mira por mí, desde allí me impulsa, desde allí me llama, desde allí me dirige, desde allí me guía, desde allí me conduce.
9. El que tiene su casa sublime en lo secreto, tiene también en la tierra una tienda. Esa su tienda en la tierra, es decir, su Iglesia, está todavía como peregrina. Pero es aquí donde hay que buscarlo, porque en esa tienda se encuentra el camino por el que se llega a la casa. Por eso, cuando elevaba mi alma sobre mí, para lograr encontrar a mi Dios, ¿por qué lo hice? Porque voy a entrar en la tienda. Así es, ya que fuera de esa tienda me equivocaré si busco a mi Dios. Porque voy a entrar en la tienda admirable hasta la casa de Dios. Entraré, sí, en el lugar de la tienda, tienda admirable, hasta la casa de Dios. Hay muchas cosas que me causan admiración en la tienda. Fijaos cuántas cosas admiro en ella: puesto que la morada de Dios en la tierra son los hombres fieles, lo que admiro en ellos es la obediencia de sus componentes, puesto que no reina en ellos el pecado, obedeciendo a sus deseos, ni prestan sus miembros al pecado como armas de maldad, sino que los entregan al Dios vivo para el bien obrar; admiro también los miembros del cuerpo, porque militan al servicio del alma que sirve a Dios (Rm 6,12-13). Veo también cómo el alma misma obedece a Dios, ordenando las obras de sus actos, frenando sus pasiones, eliminando la ignorancia, disponiéndose a soportar cualesquiera molestias e incomodidades, y consagrándose a la justicia y la caridad con los demás. Admiro también estas virtudes en el alma; pero todavía voy caminando por la tienda. Paso todas estas realidades; y aunque la tienda sea admirable, me quedo asombrado cuando llego a la casa de Dios. De ella habla en otro salmo, habiéndose propuesto una dura y difícil cuestión, de por qué en esta tierra normalmente les va bien a los malos y mal a los buenos. Dice así: Me propuse yo entenderlo, pero me resulta muy laborioso, hasta que entre en el santuario de Dios y entienda las cosas últimas. Porque ahí, en el santuario de Dios, en la casa de Dios, está la fuente de la inteligencia (Sal 72, 16-17). Fue ahí donde el salmista comprendió las cosas últimas, y solucionó la duda sobre la felicidad de los malvados, y el sufrimiento de los justos. ¿Cómo lo resolvió? Porque a los malos, al consentírseles su continuación en esta tierra, les esperan las penas eternas; en cambio a los buenos, mientras aquí sufren, se ejercitan para recibir la herencia que no tiene fin. Y esto el salmista lo pudo conocer en el santuario de Dios, lo conoció hasta el final. Subiendo a la tienda, llegó hasta la casa de Dios. Sin embargo, mientras contemplaba las partes de la tienda, fue conducido hasta la casa de Dios, atraído por una cierta dulzura, por no sé qué interior y oculto deleite, como si en la casa de Dios sonase dulcemente un órgano; y mientras caminaba por la tienda, al oír un cierto sonido interior, seducido por su dulzura, siguiendo su sonido, apartándose de todo estrépito de la carne y de la sangre, llegó hasta la casa de Dios. Y de tal manera él recuerda su camino y andadura, que como si le preguntásemos: Quedaste prendado de la tienda en esta tierra, ¿cómo llegaste al secreto de la casa de Dios? Responde: Entre cantos de júbilo y alabanzas, en el bullicio de la celebración de la fiesta. Cuando los hombres celebran aquí sus fiestas mundanas, suelen colocar algunos instrumentos musicales delante de sus casas, o contratar instrumentistas, o cualquier música, que fomenta e incita a la sensualidad. ¿Y qué decimos los que al pasar oímos esto? —¿Qué está sucediendo ahí? Se nos responde que se está celebrando una fiesta. Se está celebrando un cumpleaños, se nos dice, o tiene lugar una boda; esto para que no aparezcan inoportunos los cánticos, sino que la fiesta sirva como excusa a la sensualidad. En la casa de Dios la fiesta es eterna. Allí no se celebra algo transitorio. La fiesta del coro de los ángeles es sin fin; la presencia del rostro de Dios produce una alegría sin límites. Allí el día de fiesta es sin apertura inicial, y sin final, sin clausura. De aquella perpetua y eterna fiesta perciben un no sé qué melodioso y dulce los oídos interiores, pero sólo si se silencia el estrépito del mundo. Al que va caminando por esta tienda, y medita en las maravillas de Dios para la redención de los fieles, le acaricia el oído la música de esta festividad, y arrebata al ciervo hacia las fuentes de agua".
 
Oración sálmica:
Oh Dios, que admirablemente purificas nuestra mirada. De ti tienen sed ardiente las almas de tus fieles servidores. Concédenos que, al mismo tiempo que te buscamos apacentados por una visible efusión de lágrimas, te recibamos invisiblemente en el tabernáculo de nuestro corazón.


sábado, 17 de agosto de 2019

IV. LECTIO COMPARTIDA DEL SALMO 41


VI.4 Las lágrimas son mi pan, noche y día,

mientras todo el día me repiten: “¿Dónde está tu Dios?”



6. [v.4] Entre tanto, mientras voy corriendo, mientras estoy en camino, antes de llegar y estar en tu presencia, las lágrimas fueron mi pan día y noche, mientras me repiten cada día: ¿Dónde está tu Dios? Mis lágrimas, dice, fueron no mi amargura, sino mi pan. Dulces eran para mí esas lágrimas; sediento como estaba de aquella fuente, y como todavía no podía beber de ella, me nutría con ansiedad de mis lágrimas. De hecho no dice: Mis lágrimas han sido mi bebida, para no parecer desearlas como la fuente de agua; sino permaneciendo aquella sed, que me hace arder, que me arrastra hacia la fuente de agua, mis lágrimas se han convertido en mi pan, mientras se prolonga la espera. Y alimentándose de sus lágrimas, sin duda que aumenta su ardor por la fuente. Mis lágrimas, pues, se han convertido en mi pan noche y día. Este alimento, llamado pan, los hombres lo comen de día, y de noche duermen; en cambio el pan de las lágrimas se come tanto de día como de noche; sea que entiendas como noche y día el tiempo en su totalidad, sea que por día entiendas la prosperidad de este mundo, y por noche la adversidad. Tanto, dice, en la prosperidad de este mundo, como en las realidades adversas, yo voy derramando las lágrimas de mis deseos, no dejo la avidez de mi deseo. Y cuando al mundo le va bien, a mí me va mal, mientras no llegue a ver el rostro de Dios. ¿Por qué obligas a casi agradecer al día, si me ha sonreído alguna prosperidad de este mundo? ¿Es que no es engañosa? ¿No es escurridiza, caduca, mortal? ¿Acaso no es temporal, voluble, efímera? ¿No es más decepcionante que deleitable? ¿Cómo no van a ser las lágrimas mi pan incluso durante el día? Porque también aun cuando nos rodee el esplendor de la felicidad mundana, mientras vivimos en el cuerpo peregrinamos hacia Señor y me dicen cada día: ¿Dónde está tu Dios? Si fuera un pagano el que esto me dice, no puedo yo a mi vez decirle: ¿Dónde está tu Dios? Su dios él me lo muestra con el dedo: me señala con él alguna piedra, diciéndome: Ese es mi dios. ¿Dónde está tu Dios? Si yo me río de la estatua de piedra, y se ruboriza el que me la mostró, mira al cielo y tal vez dirigiendo el dedo hacia el sol, reitera nuevamente: Ese es mi dios. ¿Dónde está tu Dios? Él sí encuentra algo que mostrar a los ojos de la carne; pero yo no es que no tenga a quién mostrar, sino que él carece de ojos para mostrárselo. Puede él mostrar a mis ojos corporales su dios, el sol, pero ¿a qué ojos le mostraré yo el Creador del sol?

7. Sin embargo, oyendo día tras día: ¿Dónde está tu Dios?, y alimentado diariamente con mis lágrimas, al meditar día y noche lo que oí: ¿Dónde está tu Dios?, yo mismo he procurado buscar a mi Dios, y así, en lo posible, no sólo creer en él, sino poder de algún modo verlo. Veo, sí, lo que ha hecho mi Dios, pero no veo a mi Dios que hizo todo eso. Y ya que como el ciervo deseo las fuentes de agua, y en Dios está la fuente de la vida, y el salmo se escribió para que comprendieran los hijos de Coré, y además lo invisible de Dios se puede ver a través de la comprensión de las cosas que han sido hechas por él, ¿qué debo hacer para encontrar a mi Dios? Me voy a fijar en la tierra: la tierra fue creada; es grandiosa la hermosura de la tierra; pero tiene su artífice. Portentosas son las maravillas de las semillas y de la reproducción de los vivientes, pero todo esto tiene su Creador. Muestro la grandiosidad del mar inmenso que me rodea, me quedo estupefacto, lo admiro; busco su artífice; levanto mis ojos al cielo y contemplo la hermosura de las estrellas; me quedo admirado de la potencia iluminadora del sol durante el día, y de la luna, atenuante de la oscuridad de la noche. Todo admirable, digno de alabanza, y hasta de estupor; porque no son puramente terrenas estas maravillas, sino más bien celestiales. Pero mi sed no se queda ahí todavía; todo esto lo admiro, lo alabo; pero de quien yo tengo sed es de su autor. Me vuelvo hacia mí mismo y me pongo también a indagar quién soy yo mismo, que me admiro de tales cosas: y me encuentro con que tengo un cuerpo y un alma. Esta es la que me gobierna, el otro el gobernado; el cuerpo está al servicio, el alma da órdenes. Me doy cuenta de que el alma es una realidad mejor que el cuerpo; y percibo que quien investiga todo esto es el alma, no el cuerpo; no obstante reconozco que todas estas conclusiones a las que he llegado, las he hecho mediante el cuerpo. Alababa la tierra: la había conocido con mis ojos; alababa el mar: lo había conocido con mis ojos; alababa el cielo, las estrellas, el sol y la luna: con mis ojos los había conocido. Los ojos son miembros de carne, sí, pero son las ventanas del alma; el interior es el que ve por ellas; cuando está distraído en algún otro pensamiento, en vano están abiertas las ventanas. Mi Dios, el Creador de todas estas cosas que veo con los ojos, no debe ser buscado con estos ojos. Que sea el alma la que investigue alguna cosa por sí misma: a ver si hay algo que yo no percibo por los ojos, como los colores y la luz; ni por los oídos, como el canto y el sonido; ni por el olfato, como la fragancia de los olores; ni por el paladar y la lengua, como el sabor; ni por el cuerpo entero, como puede ser la dureza y la blandura, el frío y el calor, la aspereza y la suavidad. A ver si hay algo en mi interior que yo pueda ver. ¿Qué significa ver interiormente? Lo que no es ni color, ni sonido, ni olor, ni sabor, ni calor, o frío, o dureza o suavidad. A ver, que se me diga de qué color es la sabiduría. Cuando pensamos en la justicia, y nos gozamos con el pensamiento de su belleza, ¿qué perciben los oídos? ¿Qué emanación asciende a nuestra nariz? ¿Qué gusto penetra en la boca? ¿Qué toca con agrado la mano? Y sin embargo está dentro, es bella, se la alaba y se la ve; y aunque estos ojos estén a oscuras, el alma disfruta con su propia luz. ¿Qué es lo que Tobías veía, cuando, ciego como estaba, le daba consejos sobre la vida a su hijo, que tenía perfecta vista? (Tob 4,2). Hay algo que el alma misma, señora del cuerpo, su rectora, que habita en él, ve, y que no percibe por los ojos del cuerpo, ni por los oídos, ni por el olfato, ni por el paladar, ni por el tacto, sino por sí misma. Y, por cierto, lo percibe mejor por sí misma que por medio de su siervo. Así es sin género de duda: se ve a sí misma por sí misma, el alma, para conocerse, se ve a sí misma. Y para verse, por supuesto que no pide ayuda a los ojos corporales; al contrario, se abstrae de todos los sentidos corporales, como algo que alborota y distrae, y se concentra en sí misma para verse en sí y conocerse en sí misma. Pero ¿acaso su Dios es algo parecido al alma? Cierto que a Dios no se le puede ver sino con el alma, pero no es posible verlo como se ve el alma. El alma busca algo de Dios, para que no le insulten los que le dicen: ¿Dónde está tu Dios? Busca una verdad inmutable, una sustancia perfecta. Pero el alma no es así: decae y progresa; conoce e ignora; recuerda y se olvida; ahora quiere esto y luego lo rechaza. Esta mutabilidad no se compagina con Dios. Si llego a decir que Dios es mudable, me insultarán los que dicen: ¿Dónde está tu Dios?



Oración sálmica:

Que se manifieste, Señor, tu poder sobre nosotros y no se acongoje más nuestra alma; que tus torrentes y tus olas se calmen y, a la tempestad de tu cólera, seguirá la bonanza de tu perdón; que, teniendo siempre sed de ti, como busca la cierva corrientes de agua, podamos finalmente gozar un día de la claridad de tu presencia, por los siglos de los siglos.

sábado, 10 de agosto de 2019

III. LECTIO COMPARTIDA DEL SALMO 41.


V.2. Como busca la cierva corrientes de agua,

así mi alma te busca a ti, Dios mío;

3 tiene sed de Dios, del Dios vivo:

¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios?




 



3. [v.2] Pero quizá la Escritura no ha querido que nos fijemos solamente en este aspecto del ciervo, sino también en algún otro. Mira qué más cosas hay en el ciervo. A las serpientes las mata, y tras la muerte de las serpientes, arde en una mayor sed; tras haber eliminado a las serpientes, corre más apasionadamente a las fuentes. Las serpientes son tus vicios; elimina las serpientes del pecado: y desearás entonces con más intensidad las fuentes de la verdad. Tal vez la avaricia te susurra algo tenebroso, te susurra en contra de la palabra de Dios, en contra del mandato de Dios. Y puesto que se te dice: desprecia alguna cosa, no vayas a cometer pecado; si prefieres hacer el mal, antes que pasar por alto, antes que alguna comodidad temporal, has elegido ser mordido por la serpiente en lugar de darle muerte. Cuando das preferencia a tu vicio, a tu deseo, a tu avaricia, a tu serpiente, ¿cómo vas a encontrar en ti ese deseo que te hace correr a la fuente de las aguas? ¿Cómo suspirarás por la fuente de la sabiduría, si todavía te afanas entre el veneno de la malicia? Da muerte en ti a lo que es contrario a la verdad. Y cuando te veas libre de las perversas codicias, no te quedes como si no tuvieras qué desear. Hay, sí, algo hacia lo que debes encaminarte, si es que en ti ya no hay nada que se te oponga. Me dirás, quizá, si ya eres ciervo: Dios sabe que ya no soy avaro, que ya no deseo nada de nadie, que se ha apagado en mí la pasión por el adulterio, que no me consumo ya por el odio, la envidia, ni nada semejante. Me dirás: todo esto en mí ha desaparecido, y tal vez buscas dónde complacerte. Sí, busca dónde complacerte, desea las fuentes de agua; Dios tiene con qué saciarte, y cómo colmar al que acude a él, y al que llega sediento como ciervo veloz, después de matar la serpiente.



4. Hay algo más que debes considerar en el ciervo. Se cuenta de los ciervos —y algunos lo han visto, pues no se podría escribir esto de ellos si antes no lo hubiera comprobado alguien —, se cuenta digo, que los ciervos cuando van en rebaño, o cuando se dirigen nadando a otras tierras, descansan sus cabezas poniéndolas unos sobre otros, de forma que uno va delante y le siguen los que van detrás, poniendo uno sobre el otro su cabeza, hasta terminar la recua. Cuando el primero se ha cansado, pasa al final, para que otro le sustituya y siga con el mismo peso que él llevaba; de esta forma él descansa recostando su cabeza como los demás. Llevando de este modo alternativamente la carga, ejecutan el recorrido sin separarse unos de otros. ¿No se refiere a una especie de ciervos el apóstol, cuando dice: Llevad mutuamente las cargas unos de otros, y así cumpliréis la ley de Cristo? (Gal 6,2).



5. [v.3] Un ciervo así, firme en la fe, que todavía no ve lo que cree, y con deseos de entender lo que ama, soporta a los adversarios que no son ciervos, con su mente oscurecida, que sufren tinieblas en su interior, cegados por la pasión de sus vicios, y que además insultan al creyente, echándole en cara que no les haga ver lo que cree: ¿Dónde está tu Dios? Oigamos cómo reacciona este ciervo contra estas palabras, para en lo posible hacerlo también nosotros. Lo primero que hace es manifestar su sed: Como el ciervo desea las fuentes de agua, así mi alma te desea, oh Dios. ¿Y si el ciervo desea la fuente de agua para lavarse? puesto que no sabemos si es para beber o para lavarse. Fíjate en lo que sigue y no hagas preguntas: Mi alma tiene sed del Dios vivo. Cuando digo: Como el ciervo desea las fuentes de agua, así mi alma te desea, oh Dios, es como si dijera: Mi alma tiene sed del Dios vivo. ¿De qué tiene sed? ¿Cuándo llegaré a ver el rostro de Dios? De esto es de lo que tengo sed: de llegar y estar en su presencia. Tengo sed en mi peregrinación, tengo sed durante el camino. Quedaré saciado cuando llegue. Pero ¿cuándo llegaré? Porque lo que es pronto para Dios, es lento para el deseo. ¿Cuándo llegaré a ver el rostro de Dios? De este deseo brota la exclamación expresada en otro pasaje: Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por todos los días de mi vida (Sal 26,4). ¿Y esto para qué? Para contemplar la dulzura del Señor, cuando llegue a ver el rostro de Dios.

  

Oración sálmica:

Tú ves, Señor, cómo nos atraen las cosas terrenas sin acabar de saciarnos: por tu sed divina manifestada en la cruz, danos la sed inextinguible del rostro del Dios vivo. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

sábado, 3 de agosto de 2019

II. LECTIO COMPARTIDA DEL SALMO 41


1 Del maestro de coro. Poema de los hijos de Coré.

2. Como busca la cierva corrientes de agua,

así mi alma te busca a ti, Dios mío;



 


San Agustín: Exposición del Salmo 41
(Ardientes deseos del desterrado por ver nuevamente el santuario)

1. [v.2] Hace ya tiempo que mi alma desea gozarse con vosotros en la palabra de Dios, y saludaros en él, que es nuestro auxilio y nuestra salvación. Oíd por mi medio lo que el Señor nos da, y alegraos conmigo de su palabra, de su verdad y de su amor. De él hemos recibido un salmo, muy de acuerdo con vuestro deseo, del cual os voy a hablar. Comienza este salmo por un santo deseo, expresado así por el que lo canta: Como el ciervo desea las fuentes de agua, así mi alma te desea a ti, oh Dios. ¿Quién es el que esto dice? Nosotros mismos, si lo queremos. ¿Por qué vas a buscar fuera a ver quién es, cuando te es posible ser tú lo que estás buscando? Pero no se trata de un hombre, se trata de un cuerpo: el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia (Col 1,24). Y no todos los que entran en la Iglesia tienen este deseo; en cambio los que han gustado la dulzura del Señor, y hallan en este cántico un sabor especial, no crean encontrarse solos. Tengan por cierto que esta clase de semilla está esparcida por el campo del Señor, por todo el orbe de la tierra, y que esta es la voz de toda unidad cristiana: Como el ciervo desea las fuentes de agua, así mi alma te desea a ti, oh Dios. Y bien podría entenderse que esta voz es la de aquellos que siendo todavía catecúmenos, se apresuran hacia la gracia del baño santo. Por eso cantamos aquí este salmo, para que de esta forma deseen la fuente de la remisión de los pecados, como desea el ciervo las fuentes de agua. Que sea así, y que esta comprensión ocupe en la Iglesia un lugar verdadero y solemne. Sin embargo, hermanos, me parece que incluso en el bautismo los fieles no sienten saciado este deseo; pero quizá si caen en la cuenta de por dónde están peregrinando, y hacia dónde han de llegar, se inflamarán todavía con más ardor.



2. [v.1] El título del salmo es: Para el fin, salmo, para comprensión de los hijos de Coré. Encontramos a los hijos de Coré también en los títulos de otros salmos (Sal 43-48), y recuerdo que ya hemos tratado y explicado lo que este nombre significa; recordaremos, no obstante, este título, y por el hecho de haberlo ya explicado, no dejemos de comentarlo de nuevo. De hecho no todos estabais presentes en los lugares donde lo expliqué. Coré fue un hombre, a cuyos hijos se les designa como hijos de Coré (Num 26,11). Pero nosotros vamos a escrutar el secreto de este sacramento, para que este nombre dé a luz el misterio del que se encuentra grávido. Es pues un gran sacramento que a los cristianos se les llame hijos de Coré. ¿Por qué hijos de Coré? Por ser hijos del Esposo, hijos de Cristo. A los cristianos se les llama, de hecho, hijos del Esposo (Mt 9,15). ¿Por qué identificamos a Coré con Cristo? Porque Coré significa Calvario. Muy de lejos viene esto. Preguntaba por qué a Coré se le identifica con Cristo. Pero ahora pregunto con más fuerza por qué a Cristo se le relaciona con el Calvario. ¿No sucedió que Cristo fue crucificado en el Calvario? (Mt 27,33) Indudablemente. Luego los hijos del Esposo, los hijos de su pasión, los hijos redimidos por su sangre, los hijos de su cruz, que llevan en la frente lo que los enemigos fijaron en aquel lugar del Calvario, se llaman los hijos de Coré. A ellos se les canta este salmo para que entiendan. Activemos, pues, nuestro entendimiento, y si es que se nos canta a nosotros, tratemos de entenderlo. ¿Y qué es lo que debemos entender? ¿Qué pretende dar a entender el cántico de este salmo? Me atrevo a decir: Lo invisible de Dios desde la creación del mundo, resulta comprensible a través de sus criaturas (Rm 1,20). Ánimo, hermanos, tratad de comprender mi anhelo, haceos partícipes conmigo de este mi deseo; tengamos juntos este amor, juntos tengamos esta sed ardiente, corramos juntos a la fuente para comprender. Deseemos como el ciervo la fuente, pero no la fuente del bautismo, que los catecúmenos desean para alcanzar el perdón de sus pecados, sino como ya bautizados, deseemos la otra fuente de que habla la Escritura: Porque en ti está la fuente de la vida. Sí, él es la fuente, él es la luz; porque tu luz nos hace ver la luz (Sal 35,10). Si es la fuente y es la luz, con toda razón es también entendimiento, puesto que sacia el alma ávida de saber; y todo aquel que entiende, es iluminado por una cierta luz no material, no corporal, no exterior, sino interior. Porque existe, hermanos, una luz interior que no la tienen los que no comprenden. Por eso, a los que desean esta fuente de vida, y algo perciben de ella, les dirige la palabra el Apóstol con esta recomendación: Ya no caminéis como caminan los paganos, en la vanidad de su mente, a oscuras en su inteligencia, ajenos a la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos, por la ceguera de su corazón (Ef 4,17-18). Si estos están a oscuras en su mente, es decir, porque no entienden, andan a ciegas; y por tanto, los que entienden, son iluminados. Corre hacia las fuentes, desea las fuentes de agua. En Dios está la fuente de la vida, una fuente inagotable; y su luz es una luz que nunca se oscurece. Desea esta luz, por esa fuente y esa luz que tus ojos no conocen. Cuando se ve con esta luz, se habilita tu ojo interior; cuando bebes de esta fuente, la sed interior se inflama. Corre hacia la fuente, desea la fuente; pero no de cualquier modo, no corras como cualquier animal: corre como el ciervo. ¿Qué significa como el ciervo? No lo hagas con lentitud; corre veloz, desea con prontitud la fuente. Bien sabemos que el ciervo tiene una singular velocidad.


Traducción: Miguel F. Lanero, osa. y Enrique Aguiarte Bendímez, oar.


Oración sálmica:

“Como el ciervo desea las fuentes, como el cervatillo sediento olfatea el aire buscando con qué mitigar su sed, así mi alma suspira de sed de vida...

¡Ansias de Cristo! ¿Cómo no tenerlas? ...

El ciervo con sed, es el animal acosado por los cazadores...

Su sed le viene de su continuo correr por los montes, los riscos y las breñas. Busca con locura la fuente escondida, donde sabe hallará el descanso su fatiga, y el agua que templará sus ardores”

(San Rafael Arnaiz)