sábado, 20 de julio de 2019

THOMAS MERTON, PAN EN EL DESIERTO, “POESIA, SIMBOLISMO Y TIPOLOGIA (fragmento)”





La creación se ha dado al hombre como diáfana ventana por la que pueda penetrar la luz de Dios en su alma. El sol y la luna, la noche y el día, la lluvia, el mar, las cosechas, el árbol florecido, todas esas cosas son transparentes. Hablaban al hombre, no de sí mismas, sino de aquel que las hizo. La naturaleza era simbólica. Pero la degradación progresiva del hombre después de la caída alejó cada vez más a los gentiles de esta verdad; la Naturaleza se les hizo opaca. Las naciones ya no pudieron penetrar el significado del mundo que habitaban: en vez de ver en el sol un testigo del poder de Dios, creyeron que el sol era dios; todo el universo se volvió un sistema cerrado de mitos. La significación y el mérito de las criaturas los revistieron de una divinidad ilusoria.

Los hombres sentían aún que había algo digno de veneración en la realidad, en la peculiaridad de las cosas vivas y crecientes, pero ya no supieron en qué consistía esa realidad: se volvieron incapaces de ver que la bondad de la criatura sólo es un vestigio de Dios. Cayó la oscuridad sobre el transparente universo, el hombre sintió miedo, los seres tuvieron un significado que el hombre ya no podía entender. El hombre tuvo que  miedo de los árboles, del sol, del mar. Se acercó a estas cosas mediante ritos supersticiosos. Comenzó a parecerle que el misterio de su significado, que se había ocultado, era ya un poder al que había que aplacar y, si era posible, ganar mediante encantamientos mágicos.

De este modo las cosas vivas y hermosas que nos rodean en este mundo y que son ventanas del cielo para todo hombre, se contaminaron con el pecado original. El mundo sufrió a caída del hombre y anheló vehementemente, junto con éste, la regeneración. El universo simbólico, que era ya un laberinto de mitos y ritos mágicos, morada de miríadas de espíritus hostiles, dejó de hablar de Dios a la mayoría de la humanidad y sólo le habló de ella misma. Los símbolos que habrían elevado al hombre hacia Dios, se hicieron mitos y, como tales, simples proyecciones de los propios impulsos biológicos del hombre. Sus más profundos apetitos, ahora llenos de vergüenza, se volvieron sus más tenebrosos temores.

La corrupción del simbolismo cósmico podemos entenderla mediante una sencilla comparación: fue algo así como lo que acontece a una ventana cuando un aposento deja de recibir luz del exterior. Cuando es de día, vemos a través del cristal lo de afuera; cuando llega la noche sólo se puede ver si no hay luz dentro. Si encendemos luz, sólo nos vemos a nosotros mismos y nuestro aposento reflejados en el cristal. Adán en el Paraíso podía ver a través de la creación como a través de una ventana: Dios resplandecía a través del cristal con tanta claridad como la luz del sol. Abraham y los Patriarcas, y David y los santos de Israel -raza escogida que conservó intacto el testimonio de Dios- podían ver todavía a través de la ventana del modo que uno mira en la noche desde un cuarto oscuro y ve la luna y las estrellas; pero los gentiles comenzaron a olvidar el cielo y a encender lámparas suyas dentro del cuarto, e inmediatamente les pareció que el reflejo de éste en la ventana era “el mundo de más allá”. Comenzaron a adorar su propia obra, y esa propia obra a menudo era abominable. No obstante, algo quedó de la pureza original de la revelación natural en las grandes religiones del Oriente: se lo encuentra en los Upanishads y en el Baghavad Gita. Mas el pesimismo de Buda fue una reacción contra la degeneración de la naturaleza por el politeísmo. De aquí que para los misticismos orientales la naturaleza ya nos sea símbolo sino ilusión. Buda sabía demasiado bien que los reflejos del cristal eran solamente proyecciones de nuestra existencia y nuestros deseos, pero no supo que se trataba de una ventana y que podía haber luz afuera del vidrio.

Eso, pues, en lo que se refiere a los símbolos cósmicos…

jueves, 11 de julio de 2019

SOLEMNIDAD DE SAN BENITO Variaciones sobre la vida de San Benito. Abad Nicolas Dayez (III)




Tratemos de acercarnos más a la personalidad de san Benito. Si es verdad que se aprende mucho escrutando los ojos y la mirada de alguien, examinemos la manera que tiene san Benito de mirar las personas y las cosas. (Diál. II, 31, 1-4) La mirada de san Benito es siempre una mirada liberadora: puede liberar a un prisionero haciendo caer con una simple mirada las cuerdas que lo ataban.

Podríamos hacer una letanía de las cosas que nos mantienen atados y ligados. Las componendas en el sentido peyorativo de la palabra; los falsos criterios de todo tipo; las etiquetas que nos ponemos unos a otros; los prejuicios contra alguien; los a priori, etc. ... Todo ello nos paraliza más de lo que creemos. Pero podemos liberarnos, si aceptamos la mirada que san Benito nos propone en su Regla.

Por ejemplo, ser libre respecto de lo que se dice de nosotros, sobre todo cuando se trata de la santidad: no querer pasar por santo, antes de serlo. No estar atado por criterios de edad, de condición social, de parentesco, de relaciones más o menos brillantes. Hay que escuchar el consejo de los jóvenes, pero a la vez no hacer sino lo que animan los ejemplos de los ancianos. Hay que permanecer libres ante los talentos de un hermano, y jamás preferirlos al orgullo que podría invadirlo al tener conciencia de que aporta algo al monasterio. Hay que permanecer libre respecto de las palabras de alguien que dice algo bien, permanecer capaz de acoger sus palabras, aun cuando su conducta afirme lo contrario.

En muchas circunstancias, grandes o pequeñas, hay que encontrar, recuperar o en todo caso mantener, aceptando que la mirada de otro se pose sobre estos lazos para soltarlos. La Regla nos invita a dejarnos mirar así por san Benito, la Regla nos propone dejarnos mirar por Cristo, a quien no se debe preferir nada, y el único por quien debemos dejarnos atar. “Si eres servidor de Dios, que no te retenga una cadena de hierro, sino la cadena de Cristo” (Diál. III, 16).

En el transcurso de su vida, san Benito ha encontrado la mentira, las imitaciones, las caricaturas, lo falso; brevemente, para decirlo con una palabra, la imitación. En la industria existen las imitaciones; hay marcas prestigiosas que gastan fortunas para defenderse de las reproducciones falsas. La imitación existe también en la vida monástica; no tenemos fortunas que gastar en nuestra defensa, sino un corazón que debe abrirse a la verdad. San Benito nos invita a ello. No soporta que el rey Totila haga vestir con la indumentaria real a su escudero para simular que es él mismo en persona (Diál. II, 14). No tolera que algunos hermanos afirmen no haber comido fuera del Monasterio, cuando lo han hecho a su gusto (II, 12). Ni tampoco que se ha recibido pequeños regalos de las monjas a las que se ha ido a adoctrinar (II, 19).

Los Diálogos contienen un breve catálogo de defectos monásticos, a los cuales no hemos agregado gran cosa. Lo que irrita a san Benito no son los defectos, es el hecho de que se quiera ocultarlos, de que se quiera aparentar que uno es un monje observante. Lo que hay que decir con la boca y el corazón es la verdad, no necesariamente cosas edificantes. San Benito sabe que existen pensamientos malos que asaltan el corazón; eso no es imitación. Imitación es querer hacer como si no existieran y rehusar estrellarlos contra Cristo, rehusar decírselos al padre espiritual. U obedecer protestando, aunque se ejecute materialmente la orden: es una obediencia simulada.

La Regla abunda así en advertencias contra todo lo que no es conforme a la verdad; o más bien abunda en estímulos a no tener jamás miedo a la verdad, incluso aunque de ella resulte que nuestra debilidad sale a luz. El perdón también forma parte de esta verdad que el abad y los hermanos deben cultivar.

Los Diálogos de san Gregorio emplean dos palabras célebres para caracterizar la trayectoria de san Benito, quien vuelve a la soledad después de su primer abadiato, terminado en un fracaso (II, 3,5). Habitavit secum. “Entonces, volvió a su amada soledad, y habitó solo consigo mismo, bajo la mirada del celestial Espectador”.

Estas dos palabras evocan uno de los encuentros más difíciles, el más difícil quizá: encontrarse con uno mismo, aceptarse a sí mismo, vivir con el que uno es y no con el que quisiera ser. La síntesis de san Gregorio no permite quizá suficientemente comprender que se trata de una lucha a mano armada, de un verdadero combate (quizá el más rudo que se pueda librar), de una ascesis en el sentido más auténtico de la palabra. Querer ser otro y no el que uno es, es el verdadero pecado y por lo demás el primero absolutamente. No se trata solo de desear tal o cual talento que uno no tiene, o, al contrario, desear no tener tal o cual que uno sí tiene, porque ello entraña demasiada responsabilidad, demasiado trabajo... Pienso en una aceptación radical de uno mismo, con todos los límites de nuestra condición, sin querer ser otro –que ese otro sea Dios o que sea nuestro hermano-, sin querer ocupar el lugar de otro.

Operación delicada entre todas. No es solo resignarse a cierto número de cualidades y de debilidades; es hacerlas propias, desposarlas, habitar con ellas. Semejante esfuerzo constante para preservarse del pecado tanto como para percibirlo, supone que se vive y actúa bajo la mirada de Dios. Aceptarse a sí mismo, no querer ser otro sino el que se es, es aprender poco a poco a dejar al otro el lugar que le corresponde; el otro quiere decir nuestro hermano, quiere decir también Dios. Habitar consigo mismo no es un preámbulo a algo que debe seguir, es como la fuente que debe brotar siempre y fecundar el terreno que riega.

El primer grado de humildad consiste en tener siempre ante los ojos el temor de Dios, consiste en huir de cualquier negligencia y en recordar sin cesar todo lo que Dios ha mandado (Regla, 7, 10).

sábado, 6 de julio de 2019

Variaciones sobre la vida de San Benito. Abad Nicolas Dayez (II)



(Diál. II, 4,1-3) Primera prueba: la del decapado que produce en nosotros la oración, esta oración que no termina, que dirijo a un Dios que no me responde. Y además, ¿para qué sirve? Si es para estar distraído como me pasa a mí, daría lo mismo salir a caminar. Como aquel hermano que salía en cuanto los otros se inclinaban para orar (Diál. II, 94). San Benito hizo cuanto pudo para curarlo: el efecto de sus advertencias y amonestaciones no dura dos días. El hermano vuelve a sus escapadas y a pasearse durante la oración. La curación de este hermano, que evade la dificultad de orar, se producirá lamentablemente por un bastonazo bien aplicado. ¡Qué humillación para los miles de autores de tratados sobre la oración! ¡Qué lección para todas las teorías! ¡Qué desengaño para los místicos que tal vez creemos ser!



¿De dónde nos vendrá el saludable bastonazo que nos fije en la oración? Del horario, por ejemplo, que me hace orar a tal hora, tenga deseos o no; del salmo, que me hace orar de tal manera, cualesquiera sean mis sentimientos al respecto; de la Escritura, que me interpela sobre tal tema, cuando yo quisiera que me hablara de otra cosa; de este minuto, que añado a mi oración en el mismo momento en que decido ponerle fin. En la vida de oración siempre llega el momento de la purificación, de la aceptación humilde, de la sencilla apertura. Y a veces también llega el bastonazo, es decir la cruz.



Después de la prueba del bastón, la prueba del agua. (Diál. II, 6, 1-2) Es la historia de este Godo, que tiene alma de pobre y viene a hacerse monje. Un día, mientras trabaja, el hierro del mango de su cuchillo cae al agua. Por pobres que seamos, siempre tenemos la riqueza de algún instrumento. Sea que lo hayamos traído al entrar al monasterio, sea que el monasterio nos haya hecho adquirirlo: diplomas, cultura, vida espiritual, cualidades humanas, apertura... Y vamos a cumplir el trabajo que se nos ha asignado, confiando en los instrumentos de que disponemos. Nos entregamos a él con el corazón alegre, con todas nuestras fuerzas, hasta el momento en que los instrumentos caen al agua. Nos encontramos impotentes para construir lo que hemos venido a hacer. Quisiéramos dedicarnos enteramente a la búsqueda de Dios, consagrar a ello todas nuestras riquezas, nuestras potencialidades. Un buen día nos encontramos con que no tenemos poder sobre nada, ni sobre Dios, evidentemente.



Hay que pasar por la prueba de constatar que la palabra de Cristo es verdadera: Sin mí, no podéis hacer nada (Jn 15, 5). Es necesario que recibamos todo de la mano de Dios, incluidos nuestros queridos instrumentos, que se nos devuelven con una eficacia no duplicada, sino centuplicada. Incluso el que viene al monasterio con alma de pobre debe experimentar, en sí mismo, que lo que se deja por Cristo, se recibe de nuevo, centuplicado.



Cuando san Benito devuelve el utensilio al godo, agrega: Trabaja y no te contristes. Entrégate a la alegría de haber recuperado lo perdido. No temas utilizar lo que tienes en la mano. Sabes que si lo pierdes, te será devuelto. Sabes que tu verdadero instrumento es aquel que te lo devuelve; aquel que un día dijo: perder la propia vida, es estar seguro de ganarla.



Ahora la prueba del fuego. (Diál. II,10,1-2) Por orden de san Benito, los hermanos han cavado profundamente. Encuentran un ídolo de bronce, que arrojan en la cocina. En seguida ven brotar fuego, y parece que consumirá todo el edificio. Por su oración, el varón de Dios hace volver en sí a los hermanos que veían un fuego imaginario.



Los ídolos aparecen siempre. Unos son más rutilantes que otros. Todos arrojan llamas, de un modo que podemos o no imaginar. Y en el camino que lleva al Dios vivo, hay legiones. Sucede que alguien se encuentra en medio de llamas, y se angustia por lo que va a ocurrir. San Benito pone en guardia al Abad contra el fuego de la envidia y de los celos. Otros arderán de cólera, de celo (malo), de despecho. ¿Qué hacer ante ese fuego? Arrojar agua para extinguirlo solo produce estrépito y trajín. El varón de Dios inclina la cabeza para orar y vuelve a los hermanos a la visión de la realidad. En la oración, hay que recuperar la calma y contemplar las cenizas del imaginario fuego. Descubrir, en el fondo de nuestro corazón, el ídolo que todavía veneramos y que nos hace gritar “¡fuego!”, allí donde no hay nada. Debemos aceptar que un hermano nos llame a ver la realidad. Debemos aceptar no ver lo que otro hermano pretende ver. ¿No pensaba san Benito en algo así cuando dijo: No querer pasar por santo antes de serlo, sino comenzar por serlo, a fin de que se lo diga con verdad.



Después del bastón, del agua, del fuego, está también la prueba del viento. (Diál. II, 20, 1-2) El último ídolo que recibe el golpe, el que está hundido en lo más profundo de la tierra, somos nosotros. La imagen que nos hacemos de nosotros mismos, la que nos imponen los prejuicios que hemos heredado, o la que los halagos de unos u otros ha impreso en nosotros. Hay que sacrificar también esta.



Un día, san Benito tomaba su comida de la tarde. Estaba oscuro. Un joven monje sostenía la lámpara delante de la mesa. Se puso a pensar: “¿Quién es este al que atiendo mientras come? Le sostengo la lámpara, le sirvo de esclavo. ¿Servirle yo, siendo quien soy?”



Cuando uno cree que ya ha renunciado, que está entregado, casi transformado, la naturaleza se recupera. Se produce un verdadero ciclón, el soplo del orgullo, el viento de la rebelión contra la dependencia respecto de alguien, la obediencia, la aceptación de otros tipos de personas, el don de sí a la vida común. El tipo de hombre que somos no quiere renegar de sí ni morir.



“Haz la señal de la cruz sobre tu corazón, hermano. ¿Qué estás diciendo? Haz la señal de la cruz sobre tu corazón.” Solo la señal de la cruz puede salvarte, solo el amor de Cristo puede hacerte soportar la prueba, solo el árbol de la cruz puede darte raíces lo suficientemente robustas como para que no te desplomes con el viento tempestuoso que sopla, como para que devengas verdadero hombre de Dios.



El séptimo grado de humildad consiste no solo en proclamarse con la lengua el último y más vil de todos, sino en penetrarse de ello en lo más íntimo del corazón, en humillarse diciendo con el Profeta: Bueno fue para mí que me humillaras, para que aprenda tus mandamientos (Regla 7,51-54).


sábado, 29 de junio de 2019

Variaciones sobre la vida de San Benito. Abad Nicolas Dayez (I)

Tomado de Lettre de Maredsous, años 2001 y 2002


Nos volvemos hacia la vida de san Benito, para encontrar en ella un itinerario de lo que nosotros mismos debemos vivir. No es pequeña la tentación de pensar que la vida de san Benito ha sido tranquila, como nos gustaría que fuera la nuestra, a fin de poder entregarnos a la oración, a la lectura y a todo lo que hemos decidido hacer. Un simple contacto con el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio nos revela una vida medianamente agitada. Cuatro veces por lo menos san Benito debe tomar decisiones que conmueven profundamente su vida, después de acontecimientos imprevistos: la interrupción voluntaria de sus estudios, el retiro en Subiaco, la estadía en Vicovaro, el regreso a la soledad, Montecassino. Cambio de lugar, nos dice san Gregorio, pero no cambio de adversario. Es el otro aspecto de la vida de san Benito, el de la duración, el del crecimiento, el del combate mantenido, el de la victoria adquirida. 

Nos sucede a veces que pensamos en un tiempo en el que estaríamos liberados de toda preocupación, o según un horario reglamentado, pasaríamos de la oración a la lectura, de la lectura al trabajo, del trabajo a la oración, sin contratiempos. En una palabra, el horario ideal. La vida misma de san Benito nos dice que es un sueño y viene a quebrarlo, como una copa envenenada. Es en la apertura al acontecimiento más transformador que es preciso aprender el lento, largo y duro combate del progreso en la vida monástica.

Si la vida de san Benito nos deja a veces o a menudo una impresión de paz lineal, no es por no haber conocido perturbaciones. ¿No será más bien que a medida que las ha vivido, su corazón se ha dilatado, para correr por el camino de los mandamientos de Dios con inenarrable dulzura de caridad?

El primer lugar en el que encontramos a san Benito es Subiaco, en Sacro Speco. Se retira allí, sabiamente ignorante e inculto a sabiendas, según las palabras difícilmente traducibles de san Gregorio. Vivirá en la gruta tres años, desconocido por todos, excepto por el monje Román y por el adversario.

Esto lo sabemos todos. Pero ¿qué significa una gruta para nosotros? ¿Un hueco en la tierra o bien una mirada clavada en el cielo? Si Benito quiere sustraerse a la mirada de los hombres, busca más bien exponerse a la mirada de Dios. Deseoso de agradar solo a Dios, busca exclusivamente a Dios. Si para esto se aparta de los hombres, no por esto desea la oscuridad. Quiere estar ante Dios y ante el universo, ante la única luz verdadera.

En la gruta, Benito no plantea ningún desafío. Se deja evangelizar a fondo. Se deja desplegar totalmente. Difícil tarea encontrar la simplicidad, consentir que los pliegues del propio corazón se deshagan uno tras otro, para que el dedo de Dios pueda escribir allí las palabras que será necesario decir después a sus hermanos, a los monjes, al mundo.

La vida monástica no es un desafío que lanzamos a nuestra voluntad, a nuestro heroísmo, a nuestra santidad. Si hay una advertencia, esta proviene de Dios para que aceptemos la invasión dolorosa y regeneradora de la gracia. Dejar que se realice nuestro propio paso, pascua, en Dios y sólo en él. Si busca verdaderamente a Dios, ha sido la pregunta, cuando el monje que queremos ser se presentó a la puerta del monasterio.

De Roma a Subiaco, san Benito se había dirigido a Effide con su nodriza. Va a dejar a esta última clandestinamente. Se trata de su propia iniciativa, pero más aún de la de Dios que lo llama. “Buscando a su obrero”, dirá el prólogo de la Regla, en un magnífico resumen. Benito hace el voto único de dedicarse al deseo de Dios. ¡Qué audacia! ¡Y qué juventud supone esto!

Durante tres años, durante una larga recreación, Dios configura los rasgos de su Hijo en el corazón de este hombre. Benito el solitario, a pesar de todas sus resistencias, está llamado a convertirse en el hombre más solidario de todos; el ermitaño debe convertirse en un abba, el que se ha adentrado en el desierto debe convertirse en el padre de una multitud innumerable de discípulos.

Día tras día, al ritmo de una vida que acaba tarde en la noche y comienza temprano a la mañana, Dios modela el corazón de Benito. Hasta el día de Pascua, cuando Benito dirá al hombre de Dios que viene a traerle comida: “Sé que es Pascua porque te he visto”. El corazón que habla así no sólo es fraterno; es un corazón que vive del Espíritu Santo, es un corazón que late al mismo ritmo que el del Padre. Una paternidad semejante, tan impregnada de la de Dios, no puede sino estar abierta a todos. “Que espere la santa Pascua con alegría de espiritual anhelo”, aconsejará la Regla para la Cuaresma. Un consejo que no debemos comprender y aplicar simplemente desde un punto de vista cronológico. Que espere y desee ese momento en el que su corazón se haya convertido en Pascua y paso hacia todo hombre.

El ermitaño de Subiaco ha de convertirse en un abba. La oración lo arrancará muy pronto de la gruta y lo llevará a compartir la paternidad de Dios hacia los hombres. Su vida ejemplar le ha hecho publicidad, anuncio. Los discípulos se agrupan en torno a él. Deberá formarlos, y se revelará maestro en la materia.

sábado, 22 de junio de 2019

BASURA Y CULTURA DEL DESCARTE (UN GRAVE PROBLEMA TAMBIÉN EN NUESTRA ZONA DE EL SIAMBÓN. ¿QUÉ PODEMOS HACER?)


21. Hay que considerar también la contaminación producida por los residuos, incluyendo los desechos peligrosos presentes en distintos ambientes. Se producen cientos de millones de toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables: residuos domiciliarios y comerciales, residuos de demolición, residuos clínicos, electrónicos e industriales, residuos altamente tóxicos y radioactivos. La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería. En muchos lugares del planeta, los ancianos añoran los paisajes de otros tiempos, que ahora se ven inundados de basura. Tanto los residuos industriales como los productos químicos utilizados en las ciudades y en el agro pueden producir un efecto de bioacumulación en los organismos de los pobladores de zonas cercanas, que ocurre aun cuando el nivel de presencia de un elemento tóxico en un lugar sea bajo. Muchas veces se toman medidas sólo cuando se han producido efectos irreversibles para la salud de las personas. 
22. Estos problemas están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura. Advirtamos, por ejemplo, que la mayor parte del papel que se produce se desperdicia y no se recicla. Nos cuesta reconocer que el funcionamiento de los ecosistemas naturales es ejemplar: las plantas sintetizan nutrientes que alimentan a los herbívoros; estos a su vez alimentan a los seres carnívoros, que proporcionan importantes cantidades de residuos orgánicos, los cuales dan lugar a una nueva generación de vegetales. En cambio, el sistema industrial, al final del ciclo de producción y de consumo, no ha desarrollado la capacidad de absorber y reutilizar residuos y desechos. Todavía no se ha logrado adoptar un modelo circular de producción que asegure recursos para todos y para las generaciones futuras, y que supone limitar al máximo el uso de los recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar. Abordar esta cuestión sería un modo de contrarrestar la cultura del descarte, que termina afectando al planeta entero, pero observamos que los avances en este sentido son todavía muy escasos.

Papa Francisco, Laudato si
24 de mayo de 2015.

sábado, 15 de junio de 2019

El encuentro del joven Jesús con el anciano Nicodemo (5)


IV.         “No te extrañes de que te haya dicho: ‘Ustedes tienen que renacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu…”




¿Cuál es la clave?



Nacer de lo alto, nacer del agua y el Espíritu. La divinización, la santidad es más que una simple conversión moral, más que un “renacimiento espiritual” (judío o mistérico). Agua es seno materno, fecundado por el Espíritu. De lo exterior a lo interior. Renacer, Reino de Dios, hijos de Dios (agua y Espíritu) y Vida eterna son la misma realidad y la gran novedad de la persona-mensaje de Jesús.

El Espíritu interioriza el testimonio acogido mediante las palabras y signos, produce una vida nueva, dotando de un sensibilidad nueva, ojos nuevos, y hace ver la gloria de Jesús como Unigénito del Padre y del Reino de Dios.

Se recurre a una expresión intencionalmente ambigua: el adverbio “ánothen”, significa desde el principio (por completo, radicalmente), de nuevo (por segunda vez) y de lo alto (de Dios). Nicodemo entiende de nuevo, nacimiento natural, su visión es meramente humana, poco abierta a lo sobrenatural. Romano Guardini ha señalado:



“El hombre no es más que ‘mundo”. Si sólo piensa por sí mismo, queda siempre sumido en la atmósfera de lo terreno por muy lógicos, claros y elevados que sean sus pensamientos. Por muy decidida que sea su lucha moral, no alcanzará con ella más que bienes terrenos. Por mucho que se apoye sobre valores elevados, sobre tradiciones nobles, sobre una cultura brillante, siempre quedara prendido en su propio ambiente. Ha de acontecer algo diferente, debe haber un nuevo comienzo. El principio de una nueva existencia debe ser iniciado bajo el impulso venido de lo alto, de la misma región a la cual pertenece el reino y el mensajero. Nuestros ojos sólo pueden ver aquello para lo cual están creados, muestra mente solo puede captar lo que le es afín. Si el hombre ha de ser capaz de ver el reino, ha de nacer una nueva existencia… No viene de abajo, del mundo, no ésta condicionado por los hechos naturales, por el talento, por la historia, sino que viene de lo alto, del cielo, y ofrece infinitas posibilidades de libertad y plenitud de valores a los hijos de Dios… haz de desprenderte de ti mismo, has de renunciar a tu síntesis personal, has de abandonar la medida de tu propia razón y experiencia…”[1].



Contraposición de dos nacimientos: de la carne o del Espíritu. Jesús separa la filiación divina de todo privilegio fundado en el parentesco meramente humano. Le invita a renacer por la acción de Dios a través de su apertura personal y le dice que nadie puede entrar en el Reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu, lo hace pasar del mero querer “ver” al “entrar”, al “permanecer”, del “qué debo hacer para…” al “en que puedo colaborar para nacer, para recibir el don”.

En palabras del papa Benedicto XVI:



“La vida biológica de por sí es un don, pero está rodeada de una gran pregunta. Sólo se transforma en un verdadero don si, junto con ella, se puede dar una promesa que es más fuerte que cualquier desventura que nos pueda amenazar, si se la sumerge en una fuerza que garantiza que ser hombre es un bien, que para esta persona es un bien cualquier cosa que pueda traer el futuro. Así, al nacimiento se une el renacimiento, la certeza de que, en verdad, es un bien existir, porque la promesa es más fuerte que las amenazas. Este es el sentido del renacimiento por el agua y por el Espíritu: ser inmersos en la promesa que sólo Dios puede hacer: es un bien que tú existas, y puedes estar seguro de ello, suceda lo que suceda. Por esta certeza he podido vivir, renacido por el agua y por el Espíritu. Nicodemo pregunta al Señor: ‘¿Acaso un viejo puede renacer?’. Ahora bien, el renacimiento se nos da en el Bautismo, pero nosotros debemos crecer continuamente en él, debemos dejarnos sumergir siempre de nuevo en su promesa, para renacer verdaderamente en la grande y nueva familia de Dios, que es más fuerte que todas las debilidades y que todas las potencias negativas que nos amenazan”[2].



Jesús le abre otro horizonte: la gratuidad de la presencia y acción de Dios en su vida si él quiere, si se pone en las manos de Dios. Le invita a la libertad y a la flexibilidad dejándose llevar, como el viento, que sopla donde quiere, pero no se sabe de dónde viene ni a dónde va. Como escribe Thomas Keating, ocso:



“El Espíritu divino es todo don, pero no accederá a una actitud posesiva. Él es todo nuestro a medida que lo dejemos ir. El viento sopla donde quiere y, aunque oyes su sonido, no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así son todos los que nacen del Espíritu‖ (Juan 3:8). Con estas palabras Jesús explicaba a Nicodemo y a nosotros que no podemos tener control sobre el Espíritu. De hecho otorgándolo es cómo podemos manifestar que lo hemos recibido. Es el Supremo Don, pero soberanamente Él mismo, soberanamente libre”[3].



Jesús invita al fariseo a abrirse al misterio que no se puede dominar. No conocemos la causa, la finalidad, pero si el derrotero por los efectos del Espíritu. La otra cara de la verdad es la libertad. “Jesús dijo a aquellos judíos que habían creído en él: ‘Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8, 31-32.).



“El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida” (Jn 6, 36), “Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva” (Rm 6,4), “Por su obediencia a la verdad, ustedes se han purificado para amarse sinceramente como hermanos. Ámense constantemente los unos a los otros con un corazón puro, como quienes han sido engendrados de nuevo, no por un germen corruptible, sino incorruptible: la Palabra de Dios, viva y eterna” (1P 1,22-23), “no por las obras de justicia que habíamos realizado, sino solamente por su misericordia, él nos salvó, haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu Santo” (Tt 3,5), “El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida” (Jn 6,63), “se siembran cuerpos puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales. Porque hay un cuerpo puramente natural y hay también un cuerpo espiritual. Esto es lo que dice la Escritura: El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente; el último Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida. Pero no existió primero lo espiritual sino lo puramente natural; lo espiritual viene después. El primer hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del cielo. Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales como el celestial. De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen del hombre terrenal, también lo seremos de la imagen del hombre celestial. Les aseguro, hermanos, que lo puramente humano no puede tener parte en el Reino de Dios, ni la corrupción puede heredar lo que es incorruptible” (1Co 15,44-50).



En Cartas de Nicodemo se narra la experiencia de la siguiente manera:



“- Confías… has de saber que quien desee ver el Reino tendrá que nacer de nuevo… Completamente de nuevo.

Concentré mis pensamientos. Este hombre habla de sí mismo y de este Reino como sí los dos fueran la misma cosa. No como si él fuera el que anuncia o el que nos guía hacia el Reino, sino como si él mismo fuera este Reino. Pero este Reino que no existe, puesto que no lo podemos ver, ¿qué es? ¿Hay que volver a nacer? Esto me pareció absurdo. ¿Qué significa nacer de nuevo? ¿Tendrán los hombres que morir y volver luego otra vez al mundo? ¿O es que al llegar a viejos se volverán niños y entrarán de nuevo en el vientre de su madre? Hice esta última observación en voz alta, quizás incluso con cierto desdén. El nimbo del profeta había disminuido a mis ojos. Con él siempre ocurre así: a veces sus palabras son irresistibles, arrebatadoras, pero luego, de pronto, comienza a alejarse y entonces todo parece falso. Permíteme que se repita mi descubrimiento: él quizá podría ser un tirano, pero no quiere serlo…

Así que hube hecho aquella observación, mis palabras me sonaron a falsas, como si chirriaran. Pareció no darles ninguna importancia y continuó hablando con voz grave.

-Todo aquel que no nazca del agua y del Espíritu no entrará en el Reino. La carne nace de la carne y es carne. Tienes razón: el viejo no volverá al seno de su madre. Pero del espíritu también se nace y se nacerá eternamente. No se extrañen al oírme decir: hay que nacer de nuevo. ¿Oyes este viento?

Tendió en dirección a la celosía una mano blanca y expresiva en la que se veían todavía las huellas de un duro trabajo.

-Oyes su rumor, pero no lo ves. No sabes de dónde viene ni de adónde va, pero conoces al que tiene en mano los vientos y les manda soplar… Igual ocurre con lo que nace del Espíritu: ya ha nacido, pero tú aún no lo has visto…

-¿Cómo? –exclamé-. ¿Cómo has nacido?

-¿No lo sabes –me pregunto con una bondadosa ironía-, tú que eres maestro, tú que conoces las Escrituras, explicas halakás y creas hagadás...? (…)

Sentí un escalofrío en la espalda. ¡Ese abismo detrás de cada palabra! No se dirigía a mí, ni siquiera me miraba. Tenía los ojos fijos en el espacio. Su voz, sonora, pausada, aumentaba en potencia a cada palabra. Aquello era como una llamada formulada a alguien invisible, como el final de una disputa incomprensible. Aventuré una tímida mirada a su rostro. Seguía sin comprender de qué me estaba hablando y no sé si hay alguien que pudiera comprenderlo: su pensamiento supera a las palabras… Habla como un sabio o como un perturbado… ¿Volver a nacer? ¿Cómo? ¿Quiere esto decir que hay que conocer algo? ¿Entenderlo? ¿Descubrirlo? ¿De qué está hablando? Sólo una cosa vi clara y es lo necia que había sido mi observación sobre aquel viejo que debía volverse niño. Él debe referirse a algún elevado misterio del Espíritu…”[4].



Jesús es el “Reino de Dios”, este es el único caso donde aparece la expresión en Juan, diferente de los sinópticos.



“A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: ‘Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca’…” (Mt 4,17), “Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10,15), “Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los Cielos” (Mt 5,20), “En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: ‘¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?’. Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: ‘Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo. Pero si alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo hundieran en el fondo del mar’…” (Mt 18,1-6).



Escribe Thomas Merton, ocso:



“Conocer a Cristo, el Verbo, es ‘recibirle’, y recibirle es convertirse en hijo de Dios. Esta regeneración es la obra de la fe y del bautismo. Nos convertimos en hijos de Dios naciendo ‘no de la sangre ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios’ (Io., I, 13) y ‘quien no naciese del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de los cielos’ (Io., III, 5). Jesús hubo de reprochar a Nicodemo, un ‘maestro de Israel’ que, aunque había estudiado la Ley y los Profetas, ignoraba esta verdad espiritual importante sobre todas (Io., III, 10). Ahora bien, esta vida sobrenatural sólo a través de Cristo se nos comunica. El es la luz del mundo, y todo el que le sigue no camina en las tinieblas, sino que tiene la luz de la vida (Io., VIII, 12). Por eso nos dice Jesús: ‘mientras tenéis luz, creed en la luz, para ser hijos de la luz’ (Io., XII, 36)[5].



Jesús habla a Nicodemo de las “cosas de la tierra”, realidades que tienen lugar en este mundo; nacer de nuevo, en esta vida, mensaje de salvación para el hoy. “Cosas del cielo”, son las que se refieren a la enseñanza sobre el Padre, a quien El solo conoce, la vida íntima de Dios, que sobrepasa toda comprensión humana. Le revela el origen e itinerario del Hijo. “Pero si no creen lo que él ha escrito, ¿cómo creerán lo que yo les digo?” (Jn 5,47). Aquí está nuevamente el tema de la fe. Mirar es creer que Jesús es el Hijo único, el Mesías, la “nueva serpiente de bronce” que cura el veneno de la desconfianza, la murmuración.

Proceso de fe y discipulado, como enseña san Agustín:



“Había venido Nicodemo a ver a Jesús por primera vez de noche, como cuenta el mismo San Juan en anteriores pasajes de su Evangelio. Por esta frase no debemos entender que solamente entonces vino Nicodemo a Jesús, sino que entonces vino por vez primera, y después vino con frecuencia para hacerse discípulo suyo, oyéndole…”[6].



Nicodemo después de la experiencia del encuentro desaparece por un tiempo en la oscuridad, en un segundo momento vuelve a salir a la luz, con la palabra de justicia fundada en la Palabra: “Nicodemo, uno de ellos, que había ido a ver a Jesús, les dijo: ‘¿Acaso nuestra Ley permite juzgar a un hombre sin escucharlo antes para saber lo que hizo?’…” (Jn 7, 50-51). Y recién, en un tercer momento, con la acción de misericordia, en colaboración con otro como él:



“Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús –pero secretamente, por temor a los judíos– pidió autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas, agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús” (Jn 19, 38-42).



Concluimos recordando lo que dice Martín Descalzo:



“No sabemos si desde aquella conversación creyó ya o si la semilla de la fe fue creciendo progresivamente en su alma. No sabemos si hubo otras conversaciones después de esta. Pero si sabemos que el inteligente apostó por la locura, el viejo se hizo niño, en el silencio de aquella noche santa hubo un parto misterioso y un prodigioso alumbramiento. El Nicodemo que casi al alba regresó a su palacio ya no era el mismo que horas antes descendía curioso y asustado por las callejuelas del Ophel. En el alma del visitante nocturno había amanecido”[7].



[1] Romano Guardini, El Señor I, Rialp, Madrid, 1960, pp. 255-256.260.
[2] 16 de abril de 2012.
[3] Thomas Keating, El Misterio de Cristo, La liturgia como experiencia espiritual, p. 75.
[4] Jan Dobraczynski, “Carta III”, en Cartas de Nicodemo, Herder, Barcelona, 1958, pp. 50-51.
[5]Thomas Merton, El pan vivo, Madrid, 1957, p. 76.
[6] San Agustín de Hipona, Sobre el Evangelio de san Juan 120, 4.
[7] José Luis Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, II, El mensaje, Sígueme, Salamanca, 1994, p. 69.