sábado, 16 de junio de 2018

XI DOMINGO DURANTE EL AÑO 2018

Reflexionando en esta sencilla parábola, exclusiva de Marcos, vislumbramos algo del corazón del que contó la parábola.

Jesús nos aparece como un hombre que:

·         Obtiene sabiduría del mundo que lo rodea;

·         Ve más allá de las apariencias;

·         Renuncia al control;

·         Respeta la voluntad del Padre;

·         Confía en la voluntad del Padre;

·         Coopera en el plan del Padre;

·         Es paciente con la llegada de la hora.

Eso fue Jesús, es lo que nosotros estamos llamados a ser.

Michel Casey, OCSO, 
Plenamente humano, Plenamente Divino. 
Una Cristología interactiva
San Pablo, p. 114.

sábado, 9 de junio de 2018

Sagrado Corazón de Jesús: Dos experiencias de Santa Gertrudis de Helfta


Herida de amor:

(…) En el desarrollo de la Devoción al Corazón de Cristo, se da una progresión gradual, como un ir entrando más en su persona, que va desde la contemplación del costado perforado del Señor (la “herida de amor” original, como la describe el Evangelio de san Juan) hacia la meditación del pecho herido de Cristo, y finalmente hacia el foco afectivo en el Corazón de Cristo como la fuente del amor que se derrama en la muerte y en el sacrificio por la humanidad pecadora. Se trata, entonces de un encuentro de afectividades, en donde la afectividad del Corazón humano de Jesús se encuentra con la afectividad de aquellos que ha redimido y que le responden con gratitud y adoración.

Al hablar de la herida de amor en su propio corazón, Gertrudis además de ejemplificar esta convergencia de corrientes espirituales, nos da también una luz sobre la paradojal dinámica de sanación que el Misterio de la Pascua de Jesús realiza en la vida de todo creyente, en donde “una herida es la que sana otra herida”. Porque, ¿qué es la sanación sino este dejarse “vulnerar” por el Amor? Sólo puede amar quien puede ser herido. El Corazón de Jesús está abierto para nosotros, y podemos encontrar en el la salvación si nos dejamos tocar por su Herida.

Gertrudis recibió la herida de amor alrededor de siete años después de su conversión, cuando antes de Adviento[1] un año, ella le había pedido a alguien (muy probablemente Matilde de Hackeborn) que rezara por ella cada día ante el crucifijo con estas palabras: “Por tu corazón herido, mi más amable Señor, perfora su corazón con la flecha de tu amor, para que se haga incapaz de sostener nada terrenal, pero que sea firmemente sujeta solamente por el poder de tu divinidad”. Esta oración fue escuchada el tercer domingo de Adviento, el domingo Gaudete: «Después de haber recibido el sacramento que da vida, al volver a mi lugar, me pareció como si, en el costado de derecho del Crucificado pintado en el libro, es decir, en el lugar de la herida, un rayo de sol con una punta como de flecha vino hacia mí, se esparció fuera por un momento, y luego retrocedió. Entonces se esparció de nuevo. Continuó así por un rato y me afectó gentil pero profundamente. Pero aún así mi deseo no estaba completamente satisfecho hasta el miércoles, cuando, después de Misa, los fieles veneran el misterio de tu adorable Encarnación y Anunciación. Yo también traté te aplicarme en esta devoción pero menos dignamente. De pronto, apareciste infringiéndome una herida en el corazón, y diciendo: “Que todas las afecciones -omnium affectionum- de tu corazón se concentren aquí: todo gozo, esperanza, dolor, temor y el resto; que todas tus afecciones estén fijas -stabilantur- en mi amor”». En el encuentro con el Corazón traspasado de Cristo, su Divina Herida hiere la herida del pecado, del límite y la miseria de Gertrudis y le muestra un camino de sanación, en el que la misma herida llega a ser fuente de vida, lugar en el que Dios vuelve a encontrarla y a unificarla en su amor.

Gertrudis recuerda que había escuchado decir que las heridas necesitaban ser limpiadas, ungidas y vendadas; entonces aplicó esta misma analogía a su experiencia mística, y deseó saber cómo cuidaría de las heridas de Señor. Gertrudis fue instruida (muy probablemente por Santa Matilde) sobre cómo debería hacer esto: “Ahora ella me recomendó meditar devotamente sobre el amor de tu corazón mientras colgabas de la cruz, para que de las fuentes de la caridad que fluyen del fervor de tan inexpresable amor, yo pueda recoger las aguas de la devoción que limpian todas las ofensas; y del fluido de ternura que exuda la dulzura de tan inestimable amor, pueda yo derivar el ungüento de la gratitud, bálsamo contra toda adversidad; y en la caridad eficaz perfeccionada por la fuerza de tan incomprensible amor, pueda yo derivar el vendaje de la santidad, para que todos mis pensamientos, palabras y actos, en la fuerza de tu amor, puedan se dirigidos hacia ti y así se adhieran indisolublemente a ti. Lo que la mala intención y la maldad de mi propia perversidad han hecho para corromper esta devoción se puede hacer bueno por la plenitud del poder del amor que reside (Col 1,19) en aquel que se sienta a tu derecha (Col 3,1), quien se ha hecho hueso de mi hueso y carne de mi carne (Gn 2,23). Ahora es a través de él que nos has asegurado, en el Espíritu Santo, la capacidad de nobles sentimientos de compasión, humildad y reverencia”.

Ahora Gertrudis puede rezar con confianza de que su contrición por sus propios pecados es aceptada en Cristo, mientras medita en el corazón de Cristo y desea mostrar compasión hacia su Salvador, en la conciencia de que ha sido salvada por Su propia compasión.

Gertrudis aplica el lenguaje de la unión esponsal, expresada en el Génesis a la unión de Adán y Eva, a su unión indisoluble con Cristo; esta unión sola hace que los sentimientos de amor y penitencia de Gertrudis sean aceptables. El don de la Gracia y de la libertad, de la redención objetiva y la respuesta humana personal, están interconectados en Gertrudis gracias a la unión entre Cristo y aquellos a quienes ha redimido para que se conviertan en miembros de su Cuerpo y, por lo tanto, “carne de su carne, hueso de su hueso”.

Gertrudis nos enseña que el encuentro con el Corazón herido de Cristo nos hace encontrar una forma distinta de tratar nuestras propias heridas, en donde no se trata de dejarlas de sentir o de borrarlas (ya lo sabemos por experiencia: quien más se empeña en no sufrir, sufre mucho más) sino en exponerlas y dejarlas transformar por el Amor de Jesús en fuente de vida no solo para mí sino para los demás... porque el aceptar ser vulnerable, al mismo tiempo que me abre en compasión (padecer-con) hacia los otros, me libera de la cerrazón en mí mismo…



Intercambio de corazones:

Gertrudis en el segundo libro del Legatus divinae pietatis atestigua que en diversas ocasiones ha experimentado el intercambio de corazones con Cristo: “Todo lo que he leído o escuchado sobre el templo de Salomón o el palacio de Asuero no es nada en comparación a los deleites y regalos que tú has dispuesto en lo más profundo de mi alma -yo lo conocía por tu gracia-, de los cuales me concediste a mí indignísima, gozase juntamente contigo, como la reina con el rey. Entre esos favores hay dos que prefiero especialmente, a saber: el sello que pusiste (cf. Sb 9,10) en mi corazón las joyas resplandecientes de tus llagas, e incrustaste además en él tan clara y eficazmente la herida de amor que, si nunca me hubiesen concedido consuelo alguno, ni exterior ni interior, con estos dos soles me colmaste de felicidad muy grande para sacar de ellas a todas horas, aunque mil años viviera, como de manantial purísimo, gran consuelo, enseñanza y agradecimiento. Añadiste a estos favores el de la inestimable amistad, porque de modos diferentes me otorgaste aquella nobilísima arca de tu divinidad, esto es tu corazón deífico como veneno de todas mis complacencias, unas veces completamente gratuito, y otras para mayor signo de mutua familiaridad, intercambiándolo con el mío. Por este modo me manifestaste lo íntimo de tus secretos designios a la vez que tus plenas ternuras y derretiste mi alma muchas veces con regalos tan amistosos que si no conociera el abismo sin fondo de tu misericordia, me maravillaría el entender mostrase afecto de tan grandísima familiaridad y regalo, a la sola digna, a tu Madre beatísima, más que a cualquiera otra criatura”.

La experiencia del intercambio de corazones es un tipo particular de experiencia en la que existe una profunda transformación sobrenatural de la voluntad y los afectos que el así favorecido no quiere o ama a otra cosa, sino lo que Dios quiere y ama. Esto puede ser experimentado y se manifiesta por una visión intelectual o imaginario en el que el commercium sacro de la mutua entrega está representado por un intercambio de corazones entre Cristo y la visión de futuro.

Gertrudis evidentemente ha tenido este intercambio de corazones, pero no ha tenido lugar en el aislamiento de las otras gracias místicas que ha recibido. Ella misma hace hincapié en dos de tales gracias: el sello que el Señor ha puesto en su corazón con sus cinco heridas, y la herida de amor por el que ha atravesado su corazón. Ambas gracias místicas implican, como en un proceso progresivo, la conformación del corazón de Gertrudis con el Corazón de Jesús, estas gracias, a su vez, desembocan en el intercambio de corazones, una unión tan íntima con Cristo, que este la levanta a una altura tal que puede compartir con él en igualdad de términos, como una reina, que comparte en un mismo rango el esplendor de su Rey.

Gertrudis está convencida de que toda la magnificencia del templo de Salomón o el palacio de Asuero no puede sobrepasar la gloria de la gracia que ha recibido: en esta doble alusión bíblica, Gertrudis alude tanto a los sacerdotes de Cristo como a su oficio real. Gertrudis ha sido bendecida al participar de ambos a través del intercambio de corazones con Cristo, por la mutua y permanente entrega.

Del intercambio de corazones y de la perfecta unión de voluntades se ilumina para Gertrudis cómo pueda ser que una mera criatura sea elevada por la unión mística, de acuerdo con el modelo de la Madre de Dios, ella misma, que es el ejemplo supremo de los frutos de la gracia de Cristo en aquellos cuyos corazones pertenecen a él. En efecto, Gertrudis no habla de esta unión transformadora con Cristo, como si se tratara de un aumento de su obra salvífica, sino que Gertrudis ve esta unión como una transfusión de la vida divina en la naturaleza humana, que la eleva así a la posibilidad de responder en el amor y en la libertad.



(…)En este itinerario, volver al corazón -redire ad cor- será el punto inicial, tal retorno que es la esencia misma de la conversión solamente es posible gracias al encuentro personal y vivo con Cristo. Desde aquí el corazón se adentrará en un camino de verdadera interioridad y de conocimiento de sí. La sanación de las propias heridas a través del Corazón herido de Cristo, experiencia de la Herida de Amor, nos conforma con el misterio pascual de Cristo y opera en nosotros una sanación, si se puede decir, teologal de nuestra historia….Todo esto nos abre a la experiencia del intercambio de corazones, céntuplo prometido ya ahora, es decir, a la unión más honda de la voluntad humana con la Voluntad del Señor, en aquel salto de fe que nos hace dar un paso desde la propia voluntad a la voluntad decidida de hacer la Voluntad de Dios, porque se la reconoce como más mía y verdadera que la propia, como la que configura y unifica la existencia. Este salto de fe enamorada, nos capacita en el aquí y ahora, para amar y servir, no ya según la estrechura de nuestro corazón sino a la medida infinita del Corazón de Cristo.

Fragmentos de + Francisco Javier Lagos Ramírez, ocso,
“El Corazón de Jesús en Santa Gertrudis de Helfta: una pedagogía del aprendizaje del amor”.



[1] “Uno de los rasgos más notables de esta visión es el tiempo: toma lugar en Adviento, cuando el énfasis de la liturgia está sobre la Encarnación, y aún así, Gertrudis encuentra difícil concentrarse en este misterio. El Señor le dice que se concentre en su corazón perforado: la implicancia es que la Encarnación misma es la condición previa para la redención, pero que es la Cruz la que realmente efectúa la redención del pecado. El Corazón de Cristo sostiene simultáneamente estos dos momentos de la economía divina: el mismo corazón que fue formado en el vientre de María en la Anunciación es el corazón que se revela en la Cruz y del cual la gracia y la salvación fluyen hacia aquellos que se paran, como María, al pie de su Cruz y contemplan sus heridas. En el Corazón glorificado de Cristo en el cielo, al igual que en la liturgia y en la vida mística, la Encarnación y la Cruz están presentes como aspectos de un misterio de redención”.

viernes, 1 de junio de 2018

Profesión temporal del Hno. Gabriel Alejandro Grabarnik. en la Fiesta de la Visitación


RITOS INICIALES

Petición.

Terminado el Evangelio, el abad se sienta en la sede de tal forma que la asamblea pueda seguir perfectamente la acción litúrgica. Todos se sientan. El que va a profesar, invitado por el maestro de novicios (p. Prior José desde su sitial), se pone delante del abad y permanece de pie.

Si el profesando permanece de pie, el maestro de novicios lo llama por su nombre, diciendo:

Acércate, hermano Gabriel Alejandro Grabarnik.

El profesando responde:

Aquí estoy, Señor, porque me has llamado.

Luego, el maestro de novicios (prior), dirigiéndose al abad, dice:

Reverendísimo Padre: ya se ha cumplido el tiempo de prueba de nuestro hermano Gabriel, es hora de interrogarlo, para conocer cuál es su deseo, según lo pide la Regla.

A continuación el abad interroga al profesando, diciendo:

Querido hijo, ¿qué deseas, qué pides a Dios y a esta comunidad?

El profesando dice:

La misericordia de Dios y la confraternidad de esta comunidad monástica.

El abad prosigue: El Señor te admita entre sus elegidos.

Todos responden: Demos gracias a Dios.


Homilía.

El abad hace una homilía en la que explica las lecturas bíblicas, la gracia y la función de la profesión monástica y exhorta al profesando acerca del servicio santo que va a prometer en bien de la Iglesia y de toda la familia humana.
 

RITOS ESENCIALES

Interrogatorio.

Concluida la homilía, el profesando se pone de pie delante del abad, quien lo interroga, diciendo:

Querido hijo, ya has sido consagrado a Dios por el agua y el Espíritu Santo, ¿quieres unirte más íntimamente a él con el nuevo vínculo de la profesión monástica?

El profesando responde:

Sí, quiero.

El abad le pregunta acerca de su propósito, con estas u otras palabras semejantes:

Ya has conocido la ley bajo la cual deseas militar, no sólo por la enseñanza, sino también por haber compartido nuestra vida. ¿Quieres prometer, por tres años, estabilidad, observancia monástica –conversatio morum– y obediencia, según la Regla de nuestro padre san Benito y las Constituciones de nuestra Congregación, en presencia de Dios y de sus santos?

El profesando responde:

Sí, quiero.

El abad dice:

Dios todopoderoso te conceda esta gracia, por su gran misericordia.

Todos responden: Amén.

Profesión.

El profesando recibe su carta o cédula de profesión que ha escrito de su propia mano y la lee en voz alta e inteligible. Luego la firma con su nombre sobre el altar, y la muestra al abad y a la comunidad, quienes asienten con una inclinación de cabeza. Si se considera oportuno, la muestra también a los fieles. Luego la deposita en el centro del altar.

El profeso regresa al lugar donde estaba; todos se ponen de pie. 

A continuación, el profeso canta tres veces, según la costumbre del monasterio, el verso “Súscipe me” de la siguiente manera:

De pie, alzando los brazos y levantando la mirada:

Haciendo inclinación, y con los brazos cruzados sobre el pecho:

El coro repite el verso “Súscipe me” una o tres veces, mientas el profeso se inclina. 
Impetración de la gracia divina.

Después del canto del verso “Súscipe me”, el profeso se pone de rodillas delante del abad, mientras todos permanecen de pie.

Oremos.

Todos oran en silencio.

El abad, con las manos extendidas, pide el auxilio divino con la siguiente oración:

Dios de bondad, dirige tu mirada sobre Gabriel este hijo tuyo que hoy, ante tu Iglesia, desea consagrar su vida por la profesión monástica. Bendícelo con bienes celestiales para que permanezca entre nosotros unido por el amor fraterno, acepte con entereza las manifestaciones de tu voluntad, sea moderado, sencillo y alegre. Ilumínalo para que reconozca que esta gracia le ha sido otorgada gratuitamente. Y concede, misericordioso, que su entrega glorifique tu nombre y contribuya a la redención de las almas. Por Jesucristo, nuestro Señor.

RITOS COMPLEMENTARIOS

Terminado el canto del “Súscipe me” y la oración de impetración de la gracia divina, todos se sientan.

Entrega de la Regla.

El abad entrega la Regla al profeso, que permanece de rodillas, diciendo:

Querido hijo, ésta es la Regla que has prometido observar. Cúmplela fielmente durante tu vida, para que el Señor te conceda el premio que ha prometido al servidor fiel.

El profeso responde:

Amén.

Abrazo fraterno.

El profeso se pone de pie y recibe el abrazo fraterno del abad y de la familia monástica.

Ofertorio de la Misa:
Saludos y Cena:


sábado, 26 de mayo de 2018

El monje, el mundo y los otros (Matta, El-Meskin)



Cristo en los santos cuarenta días ha salido del mundo por el mundo, se ha apartado de los discípulos por los discípulos… El monaquismo consiste en salir con Cristo del mundo por el mundo, en apartarse con Cristo de los hombres por los hombres. El monje no sale del mundo, si bien así le puede parecer, sino que en verdad y en realidad hace salir al mundo junto a él para presentarlo a Dios. Él no se aísla de las personas como piensa sino que se aparta para poder atraer a las personas hacia Dios… El monje, en su éxodo del mundo, en su apartarse respecto a los hombres, no puede percibir ni creer este salir junto al mundo o este ofrecer a los hombres a Dios, porque está concentrado sobre sí mismo, inclinado sobre sí, trabajando en el desarraigarse a sí mismo fuera del mundo. Pero si el monje logra realizar un verdadero éxodo del mundo, esto significará un elevarse por encima del mundo. Este trascender significa que él habrá adquirido la fuerza necesaria para atraer al mundo detrás de sí y ofrecerlo a Dios… Por esto, el monje que ha logrado su éxodo, es considerado poseedor de una estatura espiritual de altísimo valor humano y eclesial a causa de la rareza de aquellos que se han hecho dignos de esto… Sin embargo, esta energía, en esto que concierne a la diakonía de los otros y del mundo circundante, permanece en un estado de latencia. Es, en efecto, en el corazón del monje que ésta está obrando y solo en la esfera de su vida interior. Y es por este motivo que el monje puede aparecer como una persona egoísta que no se interesa por el otro sino por su salvación personal. Pero de improviso, cuando el monje alcanza, por medio de la gracia de Cristo, el estado de total conciencia de la plenitud de la estatura que le ha sido dada luego de su salida del mundo, empieza a desbordar, derramando sobre los otros cuanto le es dado de la plenitud de tal estatura espiritual infinita en Cristo. Sin embargo, incluso allí donde el monje maduro y perfecto en su éxodo y en su aislamiento, ha alcanzado tal estado y  obtenido la plenitud de la estatura de Cristo mediante esta experiencia única… a tal monje no le es pedido nada más que su permanecer en un estado de potencia para dar y sacrificarse sin moverse de su lugar. La invitación a la acción no necesita, en efecto, de un trasladarse al mundo o de un descender en medio de los hombres. El monje, si es bien consciente de su plenitud en Cristo, es capaz de atraer al mundo a sí y de elevar a los hombres al plano al cual ha llegado sin moverse un solo paso del lugar de su soledad.

La experiencia de Dios en la vida del monje, Texto tomado de: http://theoesis.blogspot.com.ar/

PENTECOSTES 2018: MISA DE NIÑOS Y JOVENES

sábado, 19 de mayo de 2018

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES. Guillermo de Saint-Thierry: El Espíritu sopla donde quiere



Mi alma miserable, desnuda, helada y aterida desea ser reconfortada por el calor de Tu amor. Por eso, para proteger mi desnudez, junto y coso cuantas telas encuentro. Y ni siquiera llego a recoger dos leños, como los de aquella sabia viuda de Sarepta (1), sino débiles yerbajos en la inmensidad de mi desierto, en la espaciosa vanidad de mi corazón para estar preparado cuando entre en el tabernáculo de mi morada con el puñado de harina y el vaso de aceite a fin de que pueda comer y morir. Más no moriré tan pronto. O mejor, Señor, no moriré, viviré para narrar las acciones del Señor (2).

Estando en pie en casa de mi soledad, como asno silvestre solitario, habitando en tierras saladas, abro la boca hacia ti, Señor, y aspirando el soplo de mi amor, aspiro el Espíritu. Y a veces, Señor, cuando estoy así ante ti y con los ojos cerrados, me pones en la boca del corazón lo que no me permites reconocer.

Sin duda percibo su sabor de manera tan dulce, suave y reconfortante que, si en mí se plenificara, ya ninguna otra cosa buscaría, pero tú no me permites advertir ni que visión corporal, ni por algún sentido del alma, ni por la inteligencia de mi espíritu, qué es lo que recibo.

Quisiera retenerlo y rumiarlo y juzgar su sabor, pero se aleja rápidamente. Por la vida eterna que espero, trago eso cuyo nombre ignoro.

Al rumiar largo tiempo su fuerza operante, desearía trasvasarla en mis venas y en el meollo de mi alma como un jugo vital, a fin de perder el gusto por todos los otros afectos y gustar sólo de ella y para siempre, pero rápidamente desaparece.

Cuando la busco, la recibo o la uso, me esfuerzo por confiar a la memoria los pocos rasgos que se han delineado más fuertemente y aún trato de ayudar a la memoria falible mediante la escritura. Pero entonces, por su misma realidad y por mi experiencia me veo empujado a aprender lo que en el Evangelio dices del Espíritu: “No sabe de dónde viene ni a dónde va”.

En efecto, todo aquello que confío con solicitud a mi memoria como imágenes apenas esbozadas a fin de poder volver a ello de alguna manera y allí recogerme cuando lo quiera, concediéndole este poder a mi voluntad cada vez que lo deseo, al oír la palabra del Señor: “El espíritu sopla donde quiere” (3). Encuentro muerto e insípido todo lo guardado pues experimento en mí mismo que el Espíritu sopla, no cuando yo lo quiero, sino cuanto Él lo quiere.

Hacia ti sólo, Fuente de Vida, debo levantar mis ojos para, sólo en tu luz, ver la luz. Hacia ti, Señor, hacia ti se vuelven hoy, y se vuelven siempre, mis ojos. Que hacía ti, en ti y por ti progresen todos los progresos de mi alma.

Que cuando desfallezca mi virtud, que es nula, que tras de ti vayan jadeando todos mis desfallecimientos. Pero, mientras tanto, ¿cuánto tiempo lo aplazarás, por cuánto tiempo se arrastrará mi alma hacia ti, ansiosa, miserable y anhelante?

Te ruego que me escondas en lo escondido de tu faz, lejos de las contiendas de los hombres. Protégeme en tu tabernáculo de la contradicción de las lenguas.



Notas:

(1) 1 Re 17,12  (cf. 1 Re 17, 9ss y Lc 4, 26)

(2) Sal 118,17 (salmo 117,17 en la liturgia = Vulgata)

(3) Jn 3,8.