sábado, 16 de febrero de 2019

LECTIO DIVINA: Benedicto XVI


Papa Benedicto XVI: Verbum Domini

a) Palabra de Dios y ministros ordenados

78. Dirigiéndome ahora en primer lugar a los ministros ordenados de la Iglesia, les recuerdo lo que el Sínodo ha afirmado: «La Palabra de Dios es indispensable para formar el corazón de un buen pastor, ministro de la Palabra».[264] Los obispos, presbíteros y diáconos no pueden pensar de ningún modo en vivir su vocación y misión sin un compromiso decidido y renovado de santificación, que tiene en el contacto con la Biblia uno de sus pilares.

79. A los que han sido llamados al episcopado, y son los primeros y más autorizados anunciadores de la Palabra, deseo reiterarles lo que decía el Papa Juan Pablo II en la Exhortación apostólica postsinodal Pastores gregis. Para alimentar y hacer progresar la propia vida espiritual, el Obispo ha de poner siempre «en primer lugar, la lectura y meditación de la Palabra de Dios. Todo Obispo debe encomendarse siempre y sentirse encomendado “a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados” (Hch 20,32). Por tanto, antes de ser transmisor de la Palabra, el Obispo, al igual que sus sacerdotes y los fieles, e incluso como la Iglesia misma, tiene que ser oyente de la Palabra. Ha de estar como “dentro de” la Palabra, para dejarse proteger y alimentar como en un regazo materno».[265] A imitación de María, Virgo audiens y Reina de los Apóstoles, recomiendo a todos los hermanos en el episcopado la lectura personal frecuente y el estudio asiduo de la Sagrada Escritura.

80. Respecto a los sacerdotes, quisiera también remitirme a las palabras del Papa Juan Pablo II, el cual, en la Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis, ha recordado que «el sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es el ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo». Por eso, el sacerdote mismo debe ser el primero en cultivar una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: «no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: “la mente de Cristo” (1 Co 2,16)».[266] Consiguientemente, sus palabras, sus decisiones y sus actitudes han de ser cada vez más una trasparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio; «solamente “permaneciendo” en la Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente libre».[267]

En definitiva, la llamada al sacerdocio requiere ser consagrados «en la verdad». Jesús mismo formula esta exigencia respecto a sus discípulos: «Santifícalos en la verdad. Tu Palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo» (Jn 17,17-18). Los discípulos son en cierto sentido «sumergidos en lo íntimo de Dios mediante su inmersión en la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es, por decirlo así, el baño que los purifica, el poder creador que los transforma en el ser de Dios».[268] Y, puesto que Cristo mismo es la Palabra de Dios hecha carne (Jn1,14), es «la Verdad» (Jn14,6), la plegaria de Jesús al Padre, «santifícalos en la verdad», quiere decir en el sentido más profundo: «Hazlos una sola cosa conmigo, Cristo. Sujétalos a mí. Ponlos dentro de mí. Y, en efecto, en último término hay un único sacerdote de la Nueva Alianza, Jesucristo mismo».[269] Es necesario, por tanto, que los sacerdotes renueven cada vez más profundamente la conciencia de esta realidad.

81. Quisiera referirme también al puesto de la Palabra de Dios en la vida de los que están llamados al diaconado, no sólo como grado previo del orden del presbiterado, sino como servicio permanente. El Directorio para el diaconado permanente dice que, «de la identidad teológica del diácono brotan con claridad los rasgos de su espiritualidad específica, que se presenta esencialmente como espiritualidad de servicio. El modelo por excelencia es Cristo siervo, que vivió totalmente dedicado al servicio de Dios, por el bien de los hombres».[270] En esta perspectiva, se entiende cómo, en las diversas dimensiones del ministerio diaconal, un «elemento que distingue la espiritualidad diaconal es la Palabra de Dios, de la que el diácono está llamado a ser mensajero cualificado, creyendo lo que proclama, enseñando lo que cree, viviendo lo que enseña».[271]Recomiendo por tanto que los diáconos cultiven en su propia vida una lectura creyente de la Sagrada Escritura con el estudio y la oración. Que sean introducidos a la Sagrada Escritura y su correcta interpretación; a la teología del Antiguo y del Nuevo Testamento; a la interrelación entre Escritura y Tradición; al uso de la Escritura en la predicación, en la catequesis y, en general, en la actividad pastoral.[272]


b) Palabra de Dios y candidatos al Orden sagrado

82. El Sínodo ha dado particular importancia al papel decisivo de la Palabra de Dios en la vida espiritual de los candidatos al sacerdocio ministerial: «Los candidatos al sacerdocio deben aprender a amar la Palabra de Dios. Por tanto, la Escritura ha de ser el alma de su formación teológica, subrayando la indispensable circularidad entre exegesis, teología, espiritualidad y misión».[273] Los aspirantes al sacerdocio ministerial están llamados a una profunda relación personal con la Palabra de Dios, especialmente en la lectio divina, porque de dicha relación se alimenta la propia vocación: con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, la propia vocación puede descubrirse, entenderse, amarse, seguirse, así como cumplir la propia misión, guardando en el corazón el designio de Dios, de modo que la fe, como respuesta a la Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y apreciación de los hombres y las cosas, de los acontecimientos y los problemas.[274]

Esta atención a la lectura orante de la Escritura en modo alguno debe significar una dicotomía respecto al estudio exegético requerido en el tiempo de la formación. El Sínodo ha encomendado que se ayude concretamente a los seminaristas a ver la relación entre el estudio bíblico y el orar con la Escritura. El estudio de las Escrituras les ha de hacer más conscientes del misterio de la revelación divina, alimentando una actitud de respuesta orante a Dios que habla. Por otro lado, una auténtica vida de oración hará también crecer necesariamente en el alma del candidato el deseo de conocer cada vez más al Dios que se ha revelado en su Palabra como amor infinito. Por tanto, se deberá poner el máximo cuidado para que en la vida de los seminaristas se cultive esta reciprocidad entre estudio y oración. Para esto, hace falta que se oriente a los candidatos a un estudio de la Sagrada Escritura mediante métodos que favorezcan este enfoque integral.


Lectura orante de la Sagrada Escritura y «lectio divina»

86. El Sínodo ha vuelto a insistir más de una vez en la exigencia de un acercamiento orante al texto sagrado como factor fundamental de la vida espiritual de todo creyente, en los diferentes ministerios y estados de vida, con particular referencia a la lectio divina.[290] En efecto, la Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad auténticamente cristiana. Con ello, los Padres sinodales han seguido la línea de lo que afirma la Constitución dogmática Dei Verbum: «Todos los fieles... acudan de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras instituciones u otros medios, que para dicho fin se organizan hoy por todas partes con aprobación o por iniciativa de los Pastores de la Iglesia. Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración».[291] La reflexión conciliar pretendía retomar la gran tradición patrística, que ha recomendado siempre acercarse a la Escritura en el diálogo con Dios. Como dice san Agustín: «Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios».[292] Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración. En efecto, está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que no se da una auténtica scientia Christi sin enamorarse de Él. En la Carta a Gregorio, el gran teólogo alejandrino recomienda: «Dedícate a la lectio de las divinas Escrituras; aplícate a esto con perseverancia. Esfuérzate en la lectio con la intención de creer y de agradar a Dios. Si durante la lectio te encuentras ante una puerta cerrada, llama y te abrirá el guardián, del que Jesús ha dicho: “El guardián se la abrirá”. Aplicándote así a la lectio divina, busca con lealtad y confianza inquebrantable en Dios el sentido de las divinas Escrituras, que se encierra en ellas con abundancia. Pero no has de contentarte con llamar y buscar. Para comprender las cosas de Dios te es absolutamente necesaria la oratio. Precisamente para exhortarnos a ella, el Salvador no solamente nos ha dicho: “Buscad y hallaréis”, “llamad y se os abrirá”, sino que ha añadido: “Pedid y recibiréis”».[293]

A este propósito, no obstante, se ha de evitar el riesgo de un acercamiento individualista, teniendo presente que la Palabra de Dios se nos da precisamente para construir comunión, para unirnos en la Verdad en nuestro camino hacia Dios. Es una Palabra que se dirige personalmente a cada uno, pero también es una Palabra que construye comunidad, que construye la Iglesia. Por tanto, hemos de acercarnos al texto sagrado en la comunión eclesial. En efecto, «es muy importante la lectura comunitaria, porque el sujeto vivo de la Sagrada Escritura es el Pueblo de Dios, es la Iglesia... La Escritura no pertenece al pasado, dado que su sujeto, el Pueblo de Dios inspirado por Dios mismo, es siempre el mismo. Así pues, se trata siempre de una Palabra viva en el sujeto vivo. Por eso, es importante leer la Sagrada Escritura y escuchar la Sagrada Escritura en la comunión de la Iglesia, es decir, con todos los grandes testigos de esta Palabra, desde los primeros Padres hasta los santos de hoy, hasta el Magisterio de hoy».[294]

Por eso, en la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en la cual, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Sacramento, se actualiza en nosotros la Palabra misma. En cierto sentido, la lectura orante, personal y comunitaria, se ha de vivir siempre en relación a la celebración eucarística. Así como la adoración eucarística prepara, acompaña y prolonga la liturgia eucarística,[295] así también la lectura orante personal y comunitaria prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia celebra con la proclamación de la Palabra en el ámbito litúrgico. Al poner tan estrechamente en relación lectio y liturgia, se pueden entender mejor los criterios que han de orientar esta lectura en el contexto de la pastoral y la vida espiritual del Pueblo de Dios.

87. En los documentos que han preparado y acompañado el Sínodo, se ha hablado de muchos métodos para acercarse a las Sagradas Escrituras con fruto y en la fe. Sin embargo, se ha prestado una mayor atención a la lectio divina, que es verdaderamente «capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente».[296] Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos. Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia. Por último, la lectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? San Pablo, en la Carta a los Romanos, dice: «No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (12,2). En efecto, la contemplación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros «la mente de Cristo» (1 Co 2,16). La Palabra de Dios se presenta aquí como criterio de discernimiento, «es viva y eficaz, más tajante que la espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12). Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad.

Encontramos sintetizadas y resumidas estas fases de manera sublime en la figura de la Madre de Dios. Modelo para todos los fieles de acogida dócil de la divina Palabra, Ella «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51). Sabía encontrar el lazo profundo que une en el gran designio de Dios acontecimientos, acciones y detalles aparentemente desunidos.[297]

Quisiera mencionar también lo recomendado durante el Sínodo sobre la importancia de la lectura personal de la Escritura como práctica que contempla la posibilidad, según las disposiciones habituales de la Iglesia, de obtener indulgencias, tanto para sí como para los difuntos.[298] La práctica de la indulgencia[299] implica la doctrina de los méritos infinitos de Cristo, que la Iglesia como ministra de la redención dispensa y aplica, pero implica también la doctrina de la comunión de los santos, y nos dice «lo íntimamente unidos que estamos en Cristo unos con otros y lo mucho que la vida sobrenatural de uno puede ayudar a los demás».[300] En esta perspectiva, la lectura de la Palabra de Dios nos ayuda en el camino de penitencia y conversión, nos permite profundizar en el sentido de la pertenencia eclesial y nos sustenta en una familiaridad más grande con Dios. Como dice San Ambrosio, cuando tomamos con fe las Sagradas Escrituras en nuestras manos, y las leemos con la Iglesia, el hombre vuelve a pasear con Dios en el paraíso.[301]

domingo, 10 de febrero de 2019

10 de febrero: Santa Escolástica


“Brilla el mediodía y la virgen Escolástica tiene un feliz reposo. 
Entra en la alcoba: pide los besos del Esposo, a quien ha amado de un modo único. 
¡Con cuántos gemidos y ardores del corazón ella buscó a su amado!
Movió los cielos con sus lágrimas, y con grandes lluvias apaciguó el corazón de su hermano. 
¡Qué gratos coloquios, cuando Benito explica los gozos del cielo!
Arden los deseos y el virginal Esposo provoca los suspiros del alma.
Ven hermosísima, esposa amadísima, ven, serás coronada. 
Dormirás entre lirios, abundarás en delicias y serás embriagada. 
Oh paloma de las vírgenes, tú que desde las riberas de los ríos te acercas al palacio de la gloria. 
Atráenos con tus perfumes, apaciéntanos también con las riquezas de la gracia inmortal”. 

Secuencia

sábado, 2 de febrero de 2019

EXODO 3, 1-6.


Zarza Ardiendo[1] 



Fuentes de inspiración espiritual

no faltan en nuestro caminar

y mientras vamos aceptando esa maraña del vivir cotidiano

y las realidades llenas de novedades

nos van saliendo al paso,

inesperadas tantas veces, tristes unas, llenas de gozo otras,

el alma sigue su sendero.

Se aferra a ese todo que no es todo

porque el Todo, Todo está del otro lado y en la Vida

cuando ella se manifieste esplendorosa

y fuerte como Fuego.

Como ese Fuego de la zarza ardiendo en ese monte

donde Moisés llegaba asombrados sus ojos cuando viera.

Allí estaba Dios llamando irresistible voz, sólo divina.

Llama que quiso envolver la humanidad de un hombre humilde.

Experiencia fuerte de un alma sin dobleces,

simple y transparente,

como ocurre con los elegidos,

para conducir al Pueblo hacia la Tierra.

Allí manaba la dulzura del Amor más rico

y con sabor a cielo.

Un Pueblo que camina llevado con amores en Nube y Fuego:

Padre Bueno. La salvación es Regalo y lleva hacia la Patria.

Jesús, el gran Moisés de nuevos tiempos, nacido en un Pesebre

sin alardes, pobre, en sus ojitos tiernos la sonrisa.

María, Madre amada lo recibe y lo da, lo da de mil amores.

Jesús desde su cuna trajo el Fuego queriendo matar los egoísmos

cambiando el derrotero de la vida. Gracias,

Jesús,

gracias,

mi Vida.



+ R. P. Aldo Alvarez Lizana, osb.

Monje de Sta. María de Los Toldos.



[1] Un canto a la Vida, Albatros, Viña del Mar, 2008, p. 70.

sábado, 26 de enero de 2019

ACATISTOS AL DULCÍSIMO JESUS (XIII)

DULCE JESÚS, AMIGO Y ESPOSO



K. 13. Oh Jesús, manso y humilde de corazón, en tu amor que nada desprecia, mira nuestra miseria, perdónanos sin límite y en tu compasión infinita acepta nuestra humilde oración como has aceptado la pobreza ofrecida de la viuda[1].

Jesús, a imagen de los niños, tus preferidos, transfórmame.

Jesús, como los pastores asombrados, atráeme hacia Ti

Jesús, como al ciego de nacimiento, tócame, para que yo te vea.

Jesús, como al paralítico, cúrame para que yo camine contigo.

Jesús, como la cananea que te suplicaba, escúchame.

Jesús, como a María que te escuchaba, háblame de Ti

Jesús, como sobre Pedro que te había negado, fija tu mirada sobre mí.

Jesús, como María Magdalena que te amó mucho, perdóname.

Jesús, como Zaqueo, llámame y ven a mí.

Jesús, como a la hija de Jairo, revíveme.

Jesús, como a la Samaritana, transfórmame.

Jesús, como a Juan –el discípulo amado- hazme permanecer en Ti

Jesús, al terminar mi vida, como al buen ladrón, dime:

“Hoy estarás conmigo en mi Reino.”



Marcos 12, 41-44, Lucas 23, 39-43.
Marcos 12, 41 Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. 42 Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. 43 Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, 44 porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir». Cf. Lucas 21, 1-4.
Lucas 23, 39 Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40 Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? 41 Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». 42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». 43 El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».



  1. Oración conclusiva de súplica implorando los magníficos bienes celestiales.
  2. Relación personal (Esposo y Maestro – viuda y discípulo) entre Jesús: manso y humilde de corazón/dulcísimo, y el orante que súplica “como” los pobres y débiles que se relacionaron personal e íntimamente (amigos) con Jesús (Cf. Mt 18, 1-5): niños, pastores, ciego de nacimiento, paralítico, cananea, María de Betania, Pedro, María de Magdala, Zaqueo, hija de Jairo, Samaritana, Juan, Buen ladrón.
  3. Súplica pidiendo protección contra los diversos peligros: enemigos visibles e invisibles, invasores, enfermedad, hambre, tribulaciones, heridas, tormentos futuros. Pide su protección, atracción, contacto, visión, curación, compañía, acompañamiento, atención, palabra, diálogo, mirada, perdón, conversión, transformación, cercanía, permanencia, presencia, en una palabra, está pidiendo a Jesús mismo.
  4. Dos iconos narrativos de la oración: A) La súplica (pequeño rezo) que se canta es como la moneda de la viuda (todo lo que tenía para vivir), el orante vive de y por la súplica confiada (Mc 12, 41-44, Cf. Lucas 21, 1-4). B) La oración de Dimas el Buen Ladrón (Lc 23, 39-43): temor de Dios-reverencia, confesión del pecado-compunción, súplica confiada y respuesta divina inmediata.
  5. Textos bíblicos: Mateo 11, 25-30; Éxodo 34, 6-13.

[1] Dulce y generoso Jesús (dulcísimo y amoroso – B). Acepta ahora nuestro pequeño rezo (recibe esta humilde súplica – B), como aceptaste (recibiste – B) las dos monedas de la viuda. Protege a tus hijos (preserva Tu heredad – B) del enemigo visible e invisible, de la invasión extranjera, de la enfermedad, del hambre, de cada desgracia (de las tribulaciones – B) y de la herida mortal. Libéranos de los tormentos futuros a quienes te imploramos (a los que claman a Ti – B): ¡Aleluya! (En A y B es repetido tres veces).

sábado, 19 de enero de 2019

INVITACIÓN CURSO BÍBLICO 2019: Introducción a la literatura sapiencial bíblica



Lunes 18

1. Concepto de Sabiduría

2. Poética hebrea: paralelismo y otras figuras

3. Géneros sapienciales

En las tres clases de este día se presentará brevemente la literatura sapiencial, atendiendo a las

formas poéticas y a los géneros sapienciales, como para introducirnos en el lenguaje y las formas

específicas para transmitir la sabiduría.

Referencias bibliográficas:

Sapienciales:

MORLA ASENSIO, Víctor, Libros sapienciales y otros escritos, Estella, Verbo Divino, 1994. *

VILCHEZ LINDEZ, José, Sabiduría y sabios en Israel, Estella, Verbo Divino, 1995.

VON RAD, Gerhard, Sabiduría en IsraelProverbios - Job - Eclesiastés - Eclesiástico - Sabiduría, Madrid,

Cristiandad, 1985.*

Poética hebrea:

ALONSO-SCHÖKEL, Luis, Manual de poética hebrea, Academia Christiana 41, Madrid, Cristiandad,

1987. *

BERLIN, Adele, The Dynamics of Biblical Parallelism. With the Addition of “The range of Biblical

Metaphors in Smikhut” by Lida Knorina, Biblical Resource, Grand Rapids, Eerdmans, 2008.

KUGEL, James L., The Idea of Biblical Poetry. Parallelism and its History, New Haven, Yale Univ., 1981.

WATSON, Wilfred G.E., Classical Hebrew Poetry. A Guide to its Techniques, JSOTSuppl 26, Sheffield,

Sheffield Academic Press, 1995. *


Martes 19

4. Proverbios: colecciones, características.

5. Pro 1–9 y la mujer extraña.

6. Pro 22,17-23,14

En estas tres horas, luego de una introducción general al libro de Proverbios, se estudiará el tema

de la mujer extraña en Pro 1–9 y la primera sección de la colección de los dichos de los sabios.

Referencias bibliográficas:

ALONSO-SCHÖKEL, Luis; VILCHEZ LÍNDEZ, José, ProverbiosComentario teológico y literario, Madrid,

Cristiandad, 1984, 17-29.*

FOX, Michael V., Proverbs 1–9; 10–31, A New Translation with Introduction and Commentary, AncB

18A-B; New York, Yale University, 2000; 2009.*

MORLA ASENSIO, Víctor, Proverbios, CNBJ, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2011.

WHYBRAY, Roger N., Proverbs, Grand Rapids, Eerdmans, 1994. *


Miércoles 20

7. Corrupción en sapienciales.

8. Job: introducción

9. Job 16 y 19

Referencias bibliográficas:

ALONSO-SCHÖKEL, Luis; SICRE DÍAZ, José Luis, Job. Comentario teológico y literario, Madrid,

Cristiandad, 20022.*

GUTIÉRREZ, Gustavo, Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Una reflexión sobre el libro de Job,

Pedal 183, Salamanca, Sígueme, 19953. *

MORLA ASENSIO, Víctor, Job 1-2829–42, CNBJ, Bilbao, Desclée de Brouwer, 2007; 2010.*

RUIZ, Eleuterio Ramón, “Criterios bíblicos para evitar la corrupción según la literatura sapiencial”,

RIBLA 78 (2018) 157-170.

SICRE DÍAZ, José Luis, “Justicia y sabiduría. Los sabios de Israel y la justicia”, Revista

Latinoamericana de Teología 32 (2015) 49-67.


Jueves 21

10. Job 42,1-6

11. Qohelet: introducción

12. Qohelet 1-3

Referencias bibliográficas:

CRENSHAW, James L., Ecclesiastes. A Commentary, OTL, Philadelphia, Westminster Press, 1987. *

LOHFINK, Norbert, Qohelet, Brescia, Morcelliana, 1997. Inglés: Qoheleth. A Continental Commentary,

Minneapolis, Fortress Press, 2003. [orig. alemán, 1980]. *

MORLA ASENSIO, Víctor, Eclesiastés. El colapso del sentido, edición eBook, 2018. Edición impresa:

Estella, Verbo Divino, 2018. *

SCHOORS, Antoon, Ecclesiastes, HCOT, Leuven, Peeters, 2013.

SCHWIENHORST-SCHÖNBERGER, Ludger, Kohelet, Freiburg - Basel - Wien, Herder, 20112. *

SEOW, Choon Leong, Ecclesiastes, AncB 18C, New Haven, Yale University, 1997.

TAMEZ, Elsa, Cuando los horizontes se cierran. Relectura del libro de Eclesiastés o Qohélet, Lectura

popular de la Biblia, San José de Costa Rica, DEI, 1998.

VILCHEZ LÍNDEZ, José, Sapienciales III, Eclesiastés o Qohelet, NBE, Estella, Verbo Divino, 1994.


Viernes 22

13. Qohelet 4-5

14. Qohelet 7

15. Qohelet 9-12

Referencias bibliográficas: IDEM Jueves 21.


sábado, 12 de enero de 2019

ACATISTOS AL DULCISIMO JESUS (XII)

DULCE JESÚS, GRACIA Y MORADA


K. 12. Dadme la gracia, Jesús, tú que perdonas toda deuda[1]. Acógeme, arrepentido, como has acogido a Pedro que te había negado. Llámame, a mí pecador[2], como has llamado a Pablo que te perseguía, Y escúchame, que te canto[3]: Aleluya.

I.12. Celebrando tu Encarnación, todos nosotros te alabamos[4]. Con Tomás, te confesamos[5] Dios y Señor, que sentado a la diestra del Padre vendrás a juzgar a vivos y a muertos. Otórgame un lugar a tu derecha a mí que te canto[6]:

Jesús, fuego de amor, enciéndeme[7].

Jesús, morada eterna, refúgiame[8].

Jesús, manto de luz, revísteme de tu belleza[9].

Jesús, perla de gran precio, brilla sobre mí[10].

Jesús, sol que surge, ilumíname[11].

Jesús, luz santa, esclaréceme[12].

Jesús, de toda enfermedad, presérvame[13].

Jesús, arráncame de la mano del adversario[14].

Jesús, libérame de la pena eterna[15].

Juan 21, 15-19; 20, 24-29.
Juan 21, 15 Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». 16 Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». El le respondió: «Sí, Señor, saber que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». 17 Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. 18 Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras». 19 De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme». Cf. Mateo 16, 13-20.
Juan 20, 24 Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. 25 Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!». El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré». 26 Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». 27 Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe». 28 Tomas respondió: «¡Señor mío y Dios mío!. 29 Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».

  1. Oración completa de glorificación de Dios, acción de gracias, petición de perdón y súplica implorando los magníficos bienes celestiales.
  2. Relación personal del orante con el Señor. Jesús misericordioso que perdona toda deuda: traición (negación), persecución, duda, incomprensión (ambición), y da abundantemente su gracia. Súplica: perdóname la deuda como a la prostituta que te amó, recíbeme como a Pedro que te negó, llámame como a Pablo que te persiguió. Títulos de Jesús algunos referidos a la iluminación: sol que surge, luz santa, perla de gran precio (Cf. Mt 13, 45-46), y otro, refugio (cobijo): morada eterna, y otros asocian ambos: fuego de amor, manto de luz. Algunas versiones se refieren a Jesús como “flor aromática (de dulce aroma), todo perfuma”, y suplican: “hazme fragante”.
  3. Misterio de Jesucristo: Alabanza de la Encarnación en oposición a la duda sobre la Resurrección. A Jesús que está sentado en la Gloria a la derecha del Padre (Ascensión, Rey eterno, Rey de paz) y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos (Parusía, Juez) le pide un lugar a su derecha, contrapuesto a la incomprensión y ambición egoísta (“queremos-podemos” de Santiago y Juan).
  4. A) Icono narrativo del diálogo de Jesús con Pedro (Jn 21, 15-19; Cf. Mateo 16, 13-20)), confesión de amor y segundo llamado. B) Icono narrativo del diálogo de Jesús con Tomás (Jn 20, 24-29) considerando en esta ocasión la confesión y bienaventuranza de la fe.
  5. Textos bíblicos: Lucas 7, 36-50; Marcos 10, 35-41 (Cf. Mateo 20, 20-24).

[1] Tú que absuelves todos los pecados (A).
[2] Que estoy abatido (B).
[3] Llámanos del letargo así como en un tiempo llamaste a Pablo que te perseguía. Escucha nuestra voz mientras Te invocamos (A), préstame atención cuando clamo a Ti (B).
[4] Cantando himnos a Tu Encarnación todos te glorificamos (A).
[5] Creemos que Tú eres (A).
[6] Haznos dignos de estar a tu derecha mientras Te invocamos diciendo (A). Se agrega: Jesús, Rey eterno, ten piedad de nosotros. Jesús, Flor aromática, todo perfuma(A), Rey de la paz, concédeme Tu paz. Flor de dulce aroma, hazme fragante (B).
[7] Rescoldo amado, caliéntanos (A), Cordialidad deseada, reconfórtame (B).
[8] Templo eterno, repáranos (A), abrígame (B).
[9] Hábito luminoso, adórnanos (A), Vestidura resplandeciente, adórname (B).
[10] Perla genuina, haznos resplandecer (A), de gran precio, enriquéceme (B). Se agrega: Jesús, Piedra preciosa, haznos brillar (A), ilumíname (B).
[11] Sol de justicia, ilumínanos (A), brilla sobre mí (B).
[12] Hazme radiante (B).
[13] Protégenos de los males del alma y del cuerpo (A), líbrame de la debilidad del alma y del cuerpo (B).
[14] Rescátanos de las garras del enemigo (A), rescátame (B).
[15] Libéranos del fuego inextinguible y de los otros tormentos eternos (A), sálvame de los tormentos eternos (B). Se agrega: Jesús, Hijo de Dios: ten piedad de nosotros (A), Ten piedad de mi (B).