miércoles, 20 de mayo de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (VIII)

SUBSTRATO MONÁSTICO/RELIGIOSO DE SU DEVOTIO/MÍSTICA MARIANA



Monasterio como schola humilitatis.
Los monjes que no han abandonado de corazón el mundo, sino de palabra.
“Nunca la separa de Cristo ni de la Iglesia: como Madre de Dios, se ha convertido también en madre de todos los hijos de Dios; le fue concebida la maternidad virginal para la salvación de todo el género humano. Es la realización más perfecta del Israel de Dios, el modelo y símbolo del pueblo elegido y rescatado, el ejemplo perfecto de santidad a la que tendían la antigua y nueva Alianza, y que se cumple en la Iglesia. Desde este punto de vista, la mariología de Bernardo, lo mismo que su eclesiología, es monástica: las virtudes que admira y aconseja imita de la Virgen son la humildad, la obediencia, el espíritu de silencio, el recogimiento, la práctica de la oración personal y la búsqueda de la unión íntima con Dios en el amor” (J. Leclercq, pp. 97-98).



 

Homilía IV:

[María, humildísima en la gloria, denuncia a los clérigos que se ensalzan] 9. He aquí, dice la Virgen, la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). Siempre suele ser familiar a la gracia la virtud de la humildad, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a las humildes (Prov 5,34; Sant 4,6; 1Pe 5,5). Responde, pues, humildemente, para preparar de este modo conveniente trono a la divina gracia. He aquí, dice, la esclava del Señor. ¿Qué humildad es ésta tan alta que no se deja vencer de las honras ni se engrandece en la gloria? Es escogida por madre de Dios y se da el nombre de esclava. Por cierto, no es pequeña muestra de su humildad no olvidarse de la humildad en medio de tanta gloria como la ofrecen. No es cosa grande ser humilde en el abatimiento, pero es muy grande y muy rara ser humilde en el honor., Y sin embargo, a -vista de esto, yo, hombre miserable y de ningún mérito, si me eleva la Iglesia, engañada de mis disimulos, a algún honor, aunque no sea de los mayores, permitiéndolo Dios así o por mis pecados o por los de mis súbditos, me olvido al momento de quien he sido (Cf. Sant 1,24) y me reputo tal en mi interior cual me han reputado los demás hombres que no conocen el corazón (Cf. 1 Sam 16,7). Creo a la fama, no atiendo a la conciencia, y juzgando no la virtud honor, sino el honor virtud, me tengo por más santo cuando me veo más elevado.

Verás a muchos en la Iglesia que, hechos nobles de innobles (1 Cor 1, 26-28; 4,10), de pobres ricos (Sal 48,17), se ensalzan repentinamente y se olvidan de su antigua bajeza; aún se avergüenzan de su mismo linaje y se desdeñan de sus humildes padres. Verás también hombres adinerados volar a cualesquiera honores eclesiásticos, y luego aplaudirse a sí mismos de santidad precisamente por haber mudado los vestidos y no las almas; y juzgarse merecedores de la dignidad a que llegaron por la ambición, y lo que (si me atrevo a decirlo) alcanzaron con el dinero, atribuirlo a su mérito. Paso en silencio a otros a quienes ciega la ambición y el mismo honor les sirve de materia para su soberbia.



[Contra los que relajan la observancia monástica] 10. Pero (RB 7 y 33) veo (no sin mucho dolor) a algunos que, después de haber dejado la pompa del siglo, aprenden a ser soberbios en la escuela de la humildad, y bajo ~ de las alas del manso y humilde Maestro (Cf. Mt 11,29) muestran mayor altivez y se hacen más impacientes en el claustro que hubieran sido en el siglo. Y, lo que es todavía más fuera de razón, muchos no sufren ser despreciados en la casa de Dios (Sal 83,11), que no podrían ser sino despreciables en la suya, pretendiendo sin duda así, ya que no pudieron tener lugar en donde los honores eran apetecidos de todos, a lo menos parecer dignos de honor en donde por todos se menosprecian los honores.

Veo también a otros (lo cual no se puede ver sin sentimiento), después de haber comenzado la milicia de Cristo, volverse otra vez a los negocios mundanos (2 Tim 2,4), sumergirse otra vez en los deseos de la tierra; levantar con grande cuidado muros (Eclo 49,15) y descuidar las costumbres; con pretexto de la utilidad común, vender sus adulaciones a los ricos y visitar a las mujeres poderosas; aun también, contra lo mandado por el Emperador del cielo, codiciar lo ajeno y querer reintegrarse en lo suyo con litigios; no atendiendo al Apóstol, que en nombre del Rey levanta la voz: Es ya un pecado entre vosotros el tener pleitos unos con otros; ¿por qué no toleráis antes el agravio? (1 Cor 6,7)

¿Pues qué, de tal suerte han crucificado el mundo a sí mismos y a sí mismo al mundo (Gal 6,14) que los que antes en su lugar o aldea apenas eran conocidos, ahora, rodeando las provincias y frecuentando las cortes, han conseguido el conocimiento de los reyes y la familiaridad de los príncipes?

¿Qué diré del mismo hábito, en que ya no se busca el calor, sino el color, y se cuida más del lustre de los vestidos que de las virtudes? ¡Vergüenza da el decirlo! Queda muy atrás la viva afición a adornarse, propia de las mujeres del siglo, cuando con tanto cuidado solicitan los monjes el precio en los vestidos, no la necesidad; a lo menos dan a entender en esto que, despojándose de la forma de religión, desean no ser armados, sino adornados los mismos que hicieron profesión de soldados de Cristo (Cf. 2 Tim 2,3); los cuales, cuando debían prevenirse para la batalla (2 Re 18,20; Joel 2,5) y poner delante, contra las potestades del infierno (Cf. Ef 2,2; 6,12), las insignias de la pobreza (que ciertamente ellas temen mucho), mostrando más en la delicadeza de sus vestidos las señales de paz (Cf. Mt 11,8), voluntariamente se entregan, sin haber recibido herida y desarmados, al enemigo. Ni tienen otra causa semejantes males, sino que, desamparando aquella humildad con que habíamos dejado el siglo, impelidos ya por esto mí sino a seguir los frívolos cuidados de los hombres mundanos, nos hacemos semejantes a los animales, que vuelven al vómito (Prov 26,11).



Ejercicio: Elegir para la lectio divina un texto mariano del NT, ni evangélico, ni paulino. (Hch 1,12-14; Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab; Ap 21, 1-5a…).

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