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miércoles, 21 de octubre de 2020

VOCACIÓN Y ACOMPAÑAMIENTO VOCACIONAL (i)

  1 Samuel 3: La vocación de Samuel

1 El joven Samuel servía al Señor en la presencia de Elí. La palabra del Señor era rara en aquellos días, y la visión no era frecuente. 2 Un día, Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos comenzaban a debilitarse y no podía ver. 3 La lámpara de Dios aún no se había apagado, y Samuel estaba acostado en el Templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. 4 El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy». 5 Samuel fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Pero Elí le dijo: «Yo no te llamé; vuelve a acostarte». Y él se fue a acostar. 6 El Señor llamó a Samuel una vez más. El se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Elí le respondió: «Yo no te llamé, hijo mío; vuelve a acostarte». 7 Samuel aún no conocía al Señor, y la palabra del Señor todavía no le había sido revelada. 8 El Señor llamó a Samuel por tercera vez. El se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Entonces Elí comprendió que era el Señor el que llamaba al joven, 9 y dijo a Samuel: «Ve a acostarte, y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha». Y Samuel fue a acostarse en su sitio. 10 Entonces vino el Señor, se detuvo, y llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel!». El respondió: «Habla, porque tu servidor escucha».



Escena de Alberto: ¿quién sabe cuánto cuesta hacer un ojal? es un largometraje chileno para televisión de 2005 dirigido por Ricardo Larraín, escrito por Andrés Salawski y basado en la vida del santo chileno San Alberto Hurtado. La cinta fue producida por la Corporación de televisión de la Universidad Católica de Chile y Cine XXI.


Lectio divina 1 Sm 3, 1-10: Gn 22,1; Ex 3, 4; Is 6, 8; Jr 1, 4-11.

3. Protagonistas: Aunque el capítulo cuenta la vocación profética de Samuel, su protagonista es la Palabra de Dios. Aparece negativamente en el v. 1. [Dios no se manifestaba sino muy contadas veces (Cf. Am 8, 11-12). La ausencia de profetas era para Israel una señal de la reprobación de Dios (Cf. Sal 74,9; Ez 7,26; Lam 2, 9). Señala la desorientación y la incertidumbre por la cual avanza el pueblo. Contraste entre la decadencia religiosa (hijos de Elí, 1 Sm 2, 27-36) y el florecimiento (Samuel)], otra vez en relación con Samuel en el v. 7 “aún no”; al final del capítulo ha penetrado plenamente en la historia. Samuel será su mediador: la misma palabra se crea este instrumento humano con su llamada. Palabra de vida que llama a su servicio, servicio que se orienta esencialmente a la vida. La triple voz nocturna, además de ser un recurso narrativo popular, ilumina un contraste: hasta ahora Samuel ha estado a las órdenes de Eli, ha escuchado su voz; en adelante escuchará la voz del Señor, para cumplir y transmitir sus órdenes. Samuel sirviente de Eli, pasa a servir a la Palabra. Primera revelación al profeta. No es un sueño, la voz despierta a Samuel. No es una visión, más que en sentido amplio, Samuel no ve, únicamente oye. Dios llama cuando parece que ha dejado de llamar.

3,1. Visión y palabra pueden ser dos formas o dos componentes del saber profético: Am 7; Jr 1; etc. El profeta, hombre de la palabra, se llamaba en otro tiempo “vidente”.

3,2-3. Circunstancias: No pudiendo encargarse de la vigilancia, el viejo Eli duerme en uno de los anejos, el joven Samuel duerme en el recinto propiamente dicho (tienda o edificio). El candelabro de que habla Ex 25,31-40; 27,21, era quizá desarrollo de una institución más antigua (Cf. Lv 24,3). Hay algunos que por la lámpara de Dios entienden a Elí. Dios se hace presente encima del arca y desde allí comunica sus órdenes (Cf. Ex 25,22; Is 6).

3,4. Diálogo: Esta primera llamada equivale a una vocación, como Ex 3,4, aunque no incluya todos los elementos de una vocación profética. Señor – Samuel, Samuel – Elí, Samuel-Señor.

3,7. Samuel todavía no tiene trato personal, familiar, con el Señor, como lo tienen los profetas (Am 3); la palabra no se le ha revelado o manifestado personalmente, porque hace falta una actualización con la fuerza del Espíritu para que el hombre capte esa palabra en su carácter único de palabra de Dios. Confundir la voz de Dios con la de un hombre. Mediaciones “cualificadas”.

3.10. El presentarse el Señor sería una visión (Job 4,16: visión de Elifaz): v. 15. Habla Señor: Hermosa oración para comenzar la lectura el Palabra de Dios (Cf. Sal 84,9; 1 Tm 4,15). “Aquí estoy”.

 

Jesús, amigo, hermano y compañero de camino,

vos me llamas por mi nombre,

me llamas una y otra vez,

a tiempo y a destiempo,

con infinita paciencia y cariño.

Vos pones en mi camino

personas sabias que me apoyan

y me ayudan a escucharte.

¡Habla, Señor, que tu servidor escucha![1]

 



[1] http://seminarioriocuarto.org.ar/primer-dia-novena2020/

miércoles, 9 de septiembre de 2020

El silencio monástico

 

“El silencio consiste, no por cierto en no decir nada, sino en poner una custodia a la boca (Sal.39;2) y rodear los labios de una clausura, a fin de hablar (1.) cómo y cuándo (quomodo et quando) es necesario, (2.) dónde y cuándo (ubi et quando) se debe, (3.) qué cosa y por qué motivos (quid et unde). Hay, pues, un tiempo para hablar y otro para callar (Ec.3:7)”.   Adam de Perseigne [+1221], Ep 29.

miércoles, 2 de septiembre de 2020

La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (IV)




III.  San Guillermo de Saint- Thierry: La contemplación de la humanidad de Cristo (¡Oh Cristo! Tú eres hombre)

“3. Que la voz de tu testimonio me responda adentro, en mi alma y en mi espíritu, estremeciendo y sacudiendo todo mi interior (Sal 28, 2). El relámpago de tu verdad e responde que ‘el hombre nunca podrá verte y permanecer vivo’ (Ex 33,20), y esta luz ha cegado mis ojos interiores. Porque, ciertamente estoy sumergido en el pecado hasta el momento presente (Jn 9,34), no habiendo podido morir a mismo para verte a ti (2 Cor 5,15).
Sin embargo, según tu precepto y por don tuyo, me afirmo en la piedra (Ex 33, 21) de la fe en ti, de la fe cristiana, el lugar que verdaderamente está junto a ti: allí, aguardando atentamente, con toda mi capacidad, sufro con paciencia y abrazo y beso tu derecha que me cubre y protege (Sab 5,16; Ex 33,22). Y a veces, cuando miro diligentemente, percibo las espaldas (Ex 33,22) de Aquel que me ve, percibo que pasa la humildad de la dispensación humana de Cristo, tu Hijo. Pero cuando me empeño en llegar a Él, o como la hemorroísa (Mt 9, 20ss): cuando me esfuerzo por ‘robar’ la salud para mi alma enferma y miserable, por el contacto saludable de sus fimbrias, al menos; o , como Tomás (Jn 20,24 ss), varón de deseos (Dan 9, 23), cuando yo anhelo verlo enteramente y tocarlo, y todavía más: acceder a la sagrada herida de su costado, puerta del arca abierta al costado (Gén 6,16), no sólo para meter allí el dedo o toda la mano, sino para entrar entero hasta el corazón mismo de Jesús[1], en el Santo de los Santos, en el arca del Testamento, hasta la urna de oro (Hebr 9, 3-4), al alma de nuestra humanidad que contiene en sí el maná de la divinidad: ¡ay! entonces se me dice: ‘No me toques’ (Jn 20,17), y aquello del Apocalipsis: ‘¡afuera los perros!’ (Ap 22,15).
Así, como lo merezco, cuando los latigazos de mi conciencia me expulsan y me arrojan fuera, estoy obligado a pagar la pena de mi imprudencia y presunción. Y nuevamente me afirmo sobre mi piedra que es el refugio de erizos (Sal 103,28) llenos de espinas de sus pecados, de nuevo abrazo y beso tu derecha que me cubre y me protege (Sal 5,16; Ex 33, 22). Y de lo que siento, o veo aún levemente, más se enciende mi deseo; y casi con impaciencia, aguardando que un día levantes la mano que me cubre y me infundas la gracia iluminante, para que por fin entonces, según la respuesta de tu verdad, muerto a mí mismo y vivo para ti, a cara descubierta, comience a ver tu misma cara y sea transformado en ti  por la visión de tu faz (2 Cor 3,18). Y, ¡qué feliz el rostro que, al verte, merece ser transfigurado en ti! Edifica en su corazón un tabernáculo al Dios de Jacob (Sal 131, 5) según el modelo que se le mostró en la montaña (Hebr 8,5 y Ex 25,40). Y canta con verdad y competencia: ‘Mi corazón te dice: mi rostro te ha buscado, tu rostro buscaré, Señor’ (Sal 26,8) [2].
Como dije, es por un don te tu gracia, Señor, el que vea todos los ángulos y límites de mi conciencia, única y exclusivamente deseo verte para que todos los confines de la tierra vean la salvación del Señor su Dios (Is 52,10), de modo que ame a aquel que veo, a quien amar es vivir verdaderamente. Pues me digo en la languidez de mis deseos: ‘¿Quién ama lo que no ve?’ (1 Jn 4,20). ¿Cómo podría ser amable lo que de algún modo no fuera visible?”[3]


[1] (Entrar en el corazón de Cristo significa la contemplación de la divinidad, a diferencia de su humanidad. Teodoro H. Martín-Lunas. Cf. Meditación VIII).
[2] Para la contemplación del “rostro de Dios”, Cf. Meditación III.
[3] Guillermo de Saint-Thierry, De la contemplación de Dios…, (Padres Cistercienses 1), Monasterio Ntra. Sra. de los Ángeles, Azul, 1076, pp. 36-40.

miércoles, 26 de agosto de 2020

La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (III)




II.      San Agustín de Hipona: Moisés ve las espaldas de Yahvé

“28. El Señor dice después a Moisés: No podrás ver mi rostro y vivir, porque no verá hombre alguno mi faz y vivirá. Y dijo el Señor: He aquí un lugar cabe mí; tú estarás sobre la roca y al pasar mi gloria te pondré en una hendidura de la roca y te cubriré mientras paso con mi mano, y retiraré mi mano y entonces verás mis espaldas; mas mi rostro no lo verás. Se puede legítimamente, interpretar este pasaje como una prefiguración de la persona de nuestro Señor Jesucristo, entendiendo por parte posterior su carne, en la que nació de una Virgen, murió y resucitó: ya se llame posterior a causa de la posterioridad de su condición mortal, ya sea por haberse verificado casi al finalizar de los siglos, es decir, en los tiempos postreros. Su rostro es su forma divina, según la cual no juzgó rapiña hacerse una cosa con el Padre, forma que nadie puede ver y vivir; ora, finalmente, se llame posterior porque después de esta vida, en constante peregrinación hacia Dios, en la que el cuerpo corruptible apesga (molesta, fastidia) al alma, veremos a Dios cara a cara, como dice el Apóstol.
Esta vida se dice en los Salmos: Vanidad universal el hombre que vive; y en otra parte: En tu presencia no será justificado ningún viviente. Vida en la que, según San Juan, no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a El, porque le veremos como es; lo que quiere se entienda después de este vivir, cuando hayamos pechado tributo a la muerte y recibido el premio prometido de la resurrección.
En la vida presente, si sabemos penetrar en el conocimiento espiritual de la Sabiduría de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, moriremos a los afectos de la carne, y, reputando muerto para nosotros el mundo y muertos nosotros al siglo, podemos repetir con el Apóstol: El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. De esta muerte dice de nuevo: Si estáis muertos en Cristo, ¿por qué, como si vivieseis en el siglo, juzgáis según sus máximas? Con justa razón se dice que nadie puede ver el rostro, es decir, la manifestación de la Sabiduría de Dios, y vivir.
Esta es la gloria por cuya posesión gozosa suspira el que se afana por amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente; y para conseguir su contemplación trata de edificar al prójimo, en la medida de su flaqueza, todo el que le ama como se ama a sí mismo; siendo estos dos preceptos compendio de la Ley y de los Profetas. Y esto lo vemos prefigurado en Moisés. El amor divino que en él llameaba le hace exclamar: Si he hallado gracia en tu presencia, muéstrateme a ti mismo manifiestamente, para que sea como el que encuentra gracia delante de ti; y a causa del amor del prójimo añade: Para que sepa que esta gente es tu pueblo. Esta es la belleza que inflama en ardores de posesión a toda alma racional: anhelo tanto más urente (ardiente, abrasador) cuanto más puro, tanto más casto cuanto más espiritual y tanto más espiritual cuanto menos carnal.
Pero, mientras peregrinamos lejos de Dios y caminamos por fe y no por visión, vemos las espaldas de Cristo, es decir, su carne, mediante la fe, sólido cimiento, simbolizado en la roca, desde donde le contemplaremos como desde alcázar inexpugnable; esto es, desde el seno de la Iglesia católica, de la cual está escrito: Y sobre esta roca edificaré mi Iglesia. Y con tanta mayor seguridad y anhelo amaremos ver la faz de Cristo cuanto más profundo sea el conocimiento que tengamos del amor que antes nos tuvo el Señor, manifestado en el dorso de su carne”[1].


[1] San Agustín de Hipona, Tratado sobre la Santísima Trinidad, II, XVII, 28, en Obras de San Agustín, Tomo V, BAC, Madrid, 1978, pp. 251.253.

miércoles, 19 de agosto de 2020

La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (II)


             

I. San Gregorio de Nisa: Caminar detrás del Señor

“249. Quien ha avanzado hasta este punto y ha estado protegido por la mano de Dios, como ha puesto de relieve el relato (la mano quizás sea la fuerza de Dios, creadora de los seres, el Unigénito de Dios por medio del cual han sido hechas todas las cosas (Jn 1,3), el cual también es lugar para quienes corren; es, según su propia expresión (Cf. Jn 14, 6; 1 Tm 4,7), camino de los que corren, y es también roca para los que están firmes, y casa para aquellos que han alcanzado el reposo), ése se sentirá llamar, y verá la espalda del que llama, esto es: Marchará detrás del Señor Dios (Dt 13,5), conforme prescribe la Ley[1]
251. También, el Señor que, al convertirse en plenitud de la propia Ley, recibía la riqueza de Moisés, se dirige en forma parecida a los discípulos, y desvela claramente las cosas que habían sido dichas en figuras, cuando dice: si alguien quiere venir detrás de mí (Lc 9,23). No dijo: ‘Si alguno quiere ir delante de Mí’. Y dirige la misma invitación a quien le suplicaba por la vida eterna: Ven y sígueme (Lc 18,22). Ahora bien, quien sigue ve la espalda.
252. Por consiguiente, Moisés, que tiene ansias de ver a Dios, recibe la enseñanza de cómo es posible ver a Dios: seguir a Dios a donde quiera que Él conduzca, eso es ver a Dios. Su paso indica que guía a quien lo sigue. Para quien ignora el camino, no es posible recorrerlo con seguridad más que siguiendo detrás a quien guía. Por esta razón quien guía, yendo delante, muestra el camino a quién le sigue, y quien sigue no se apartará del buen camino si mira continuamente a la espalda de quien conduce”[2].


[1] Camino y término. Camino porque es la meta. Dios-Logos-Cristo. Seguimiento de Dios=seguimiento de Cristo. Cf. Sobre la vocación cristiana 9-20.
[2] Gregorio de Nisa, Sobre la vida de Moisés, (Biblioteca de Patrística 23), Ciudad Nueva, Madrid, 1993, pp, 211-212. Seguimiento de Cristo. Dejarse conducir por él = abandono en la voluntad divina.

miércoles, 12 de agosto de 2020

La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (I)



Pedro Edmundo Gómez, osb.[1]

El anclaje de la fe en la visión de Jesús y de los santos

“…la luz de Jesús se refleja en los santos e irradia de nuevo desde ellos. Pero ‘santos’ no son únicamente las personas que han sido propiamente canonizadas. Siempre hay santos ocultos, que en comunión con Jesús reciben un rayo de su esplendor, una experiencia concreta y real de Dios. Quizás, para precisar más, podamos tomar un extraña expresión que el Antiguo Testamento utiliza en relación con la historia de Moisés: si bien los santos no pueden ver plenamente a Dios cara a cara, al menos pueden verlo ‘de espaldas’ (Ex 33,23). Y así como brillaba el rostro de Moisés después de su encuentro con Dios[2], también irradia la luz de Jesús desde la vida de hombres semejantes”[3].

Ex 33, 18-23: “Moisés dijo: «Por favor, muéstrame tu gloria». El Señor le respondió: «Yo haré pasar junto a ti toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre del Señor, porque yo concedo mi favor a quien quiero concederlo y me compadezco de quien quiero compadecerme. Pero tú no puedes ver mi rostro, añadió, porque ningún hombre puede verme y seguir viviendo». Luego el Señor le dijo: «Aquí a mi lado tienes un lugar. Tú estarás de pie sobre la roca, y cuando pase mi gloria, yo te pondré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después retiraré mi mano y tú verás mis espaldas. Pero nadie puede ver mi rostro»[4].

“…en la Vita Moysis de Gregorio de Nisa los magníficos desarrollos que hace sobre este texto, que culminan en la proposición: “a quien preguntaba por la vida eterna, él (Señor) le respondía…: ‘Ven y sígueme’ (Lc 18,22). Pero quien sigue mira la espalda de aquel que camina delante. Entonces Moisés, que deseaba ver a Dios, aprendió la forma de verle: seguir a Dios hacia dónde Él guía, es ver a Dios” (PG 44, 408 D). Esta exposición tuvo después diversas variantes en la tradición espiritual; cf. para el medioevo por ejemplo Guillermo de Saint-Thierry, De Contemplando Deo 3…”[5].
“12. Aunque hasta ahora hemos hablado principalmente del Antiguo Testamento, ya se ha dejado entrever la íntima compenetración de los dos Testamentos como única Escritura de la fe cristiana. La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito. Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios. Este actuar de Dios adquiere ahora su forma dramática, puesto que, en Jesucristo, el propio Dios va tras la « oveja perdida », la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: « Dios es amor » (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar”[6].


[1] Abadía de Cristo Rey, El Siambón, Tucumán.
[2] Ex 34, 29-35: “Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí, trayendo en sus manos las dos tablas del Testimonio, no sabía que su rostro se había vuelto radiante porque había hablado con el Señor. Al verlo, Aarón y todos los israelitas advirtieron que su rostro resplandecía, y tuvieron miedo de acercarse a él. Pero Moisés los llamó; entonces se acercaron Aarón y todos los jefes de la comunidad, y él les habló. Después se acercaron también todos los israelitas, y él les transmitió las órdenes que el Señor le había dado en la montaña del Sinaí. Cuando Moisés terminó de hablarles, se cubrió el rostro con un velo. Y siempre que iba a presentarse delante del Señor para conversar con él, se quitaba el velo hasta que salía de la Carpa. Al salir, comunicaba a los israelitas lo que el Señor le había ordenado, y los israelitas veían que su rostro estaba radiante. Después Moisés volvía a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba de nuevo a conversar con el Señor”.
[3] J. Ratzinger, Mirar a Cristo, Ejercicios de Fe, Esperanza y Caridad, Encuentro, Madrid, 2018, p. 32.
[4] Cf. J-L. Ska, “La espalda de Dios (Ex 33, 18-23)”, en Los rostros poco conocidos de Dios, Meditaciones Bíblicas, Ágape Libros, Buenos Aires, 2008, pp. 87-102.
[5] J. Ratzinger, Mirar a Cristo, Ejercicios de Fe, Esperanza y Caridad, p. 32, nota 11.
[6] Benedicto XVI, Deus caritas est, http://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html

miércoles, 29 de julio de 2020

Javier Melloni, El Cristo interior, II. El camino.





2. «Hablaba con autoridad» (Mc 1,22)

Cuando Jesús toma la palabra sorprende a los que le escuchan. Su hablar produce una resonancia distinta del hastío que provocan los funcionarios de la predicación. Les nutre esta reverberación del Verbo que da sentido a lo que viven. Perciben que tiene autoridad, no poder. Desprende autoridad —de augere, «hacer crecer»— porque hace a los demás autores de sí mismos. El poder, en cambio, se ejerce desde la dominación anulando a los que quedan por debajo. Jesús no tiene ningún cargo externo sobre el que apoyarse (Mc 11,27-33). Su sostén emana de su propia experiencia y se fortalece a partir de su relación con el Fondo del fondo de su existencia. No tiene más credencial que estar posibilitando el acceso a la Fuente que, haciéndole crecer a él, le impulsa a hacer crecer a los demás.
La gente escuchaba a Jesús porque Jesús, a su vez, tenía la capacidad de escuchar. Estaba atento no sólo a lo que sucedía dentro de él, sino en torno a él, y ello le hacía captar lo que vivían sus contemporáneos. Escuchaba y sabía interpretar lo que había en el interior de ellos aunque sólo fueran balbuceos de anhelos difusos e intermitentes que volvían a desaparecer en el inconsciente. Jesús se acercaba a las personas y no temía ser salpicado por sus angustias o sus incoherencias, ni temía ser contagiado por sus enfermedades ni se escandalizaba por sus comportamientos. Tan solo se acercaba y escuchaba. Escuchaba sin cansarse y sin juzgar, sólo tratando de entenderlas. Cuanto más escuchaba más entendía y cuanto más entendía más se podía acercar de un modo sanador y revelador para ellas. Después se retiraba y meditaba lo que había escuchado para comprenderlo todavía mejor y devolverlo interpretado. Por ello, sus palabras tenían una densidad y una claridad en las que se reconocían quienes acudían a oírle hablar.
Esta lucidez le llevó a hacer nuevas interpretaciones de la Ley. Toda norma trata de poner cauce al comportamiento humano para hacer viable la vida en comunidad. En principio, la ley nace de la atención a las diversas situaciones para velar por el bien común, pero con frecuencia acaba favoreciendo a los que la custodian. Entonces, ciega y muda, se convierte en una usurpación. La autoridad que el pueblo reconocía en Jesús procedía de la referencia incesante a las personas en nombre de un Dios que quería que cada uno creciera desde la profundidad de sí mismo con y hacia los demás. Su libertad ante la Ley acabará costándole la vida. El orden establecido no pudo soportar la desautorización que suponía para ellos este escuchar a cada uno.
El comportamiento de Jesús plantea algo fundamental a toda religión y a toda sociedad: ¿Dónde se funda la legitimidad de las normas colectivas? ¿Dónde acaba la libertad y comienza la arbitrariedad?
Los seres humanos vivimos en comunidad y en ella somos confrontados con la alteridad. Este estar-con-los-demás ayuda a objetivar criterios y actitudes que pueden ser demasiado subjetivos o parciales. La tentación de toda institución es ponerse a la defensiva y absolutizar su posición frente a los que cuestionan el orden establecido. Entonces entran en pugna poder y libertad. Jesús se opuso al poder en nombre de la defensa del núcleo irreducible de cada persona, particularmente de los que quedaban excluidos por unos principios implacables que se atribuían a Dios pero que provenían de otros intereses mezquinos.
Jesús era consciente de que había que evangelizar tanto la mente como el corazón para que cada cual sea discernidor de su comportamiento. Como nadie está libre de caer en la arbitrariedad y en la autojustificación, hay que estar permanentemente abiertos y despiertos para que se purifiquen los criterios y las motivaciones, tanto personales como institucionales. Para ello necesitamos palabras verdaderas. Captamos su cualidad y su fuerza por los efectos que dejan en nosotros. Eso es lo que sucedía con los que escuchaban a Jesús: percibían que cada palabra que salía de él era un sorbo que les nutría y que les remitía a sí mismos avivando lo mejor que había en ellos.
Por otro lado, lo que oían era creíble porque Jesús decía lo que pensaba y realizaba lo que decía. Se atrevía a vivir según lo que había vislumbrado en los momentos de mayor claridad. De la unificación de su persona emanaba una infrecuente energía que despertaba el deseo de tener la misma autenticidad y la misma coherencia entre pensamiento, palabra y acción que existían en él.
Lo mismo nos sucede ante personas que están comprometidas plenamente en aquello que dicen. Entonces la palabra humana participa de la Palabra de Dios, dabar Yahvéh, la cual tiene el don y la energía de realizar lo que expresa. El Verbo creador confluye con la palabra humana dejando pasar todo su dinamismo y transformando la realidad. De aquí que la palabra de Jesús sanara y liberara de demonios y de otras contaminaciones. Escuchar su palabra y reconocerle como Palabra significa recibir la fuerza de ese Verbo creador que sigue pronunciándose en cada uno de nosotros y que permite a las personas desplegarse desde su verdad, convocando sus posibilidades latentes pero en tantas ocasiones ignoradas o dispersas.

miércoles, 24 de junio de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (XI)


CONCLUSIÓN: MIRA A LA ESTRELLA, INVOCA A MARÍA

“Este tropo se remonta a la antigüedad cristiana, a un cierto Pseudo-Jerónimo, así como a Pascacio Radberto, Fulberto de Chartres, Pedro Damiano y Odilón de Cluny…Dicho de otro modo, se trata de un tropo retórico. San Bernardo se ocupa del mismo tema con pasión y ardor, y de hecho desarrolla y profundiza todos los aspectos del mismo, de modo que para él María no es solo un ‘ejemplo’, sino una fuente de luz y gracia que actúa en nuestra alma. Tenemos una exhortación de verdad original para que recurramos directamente a ella en todas nuestras necesidades” (T. Merton, pp. 139-140)



Homilía II:
17. Al fin del verso dice el evangelista: Y el nombre de la virgen era María (Lc 1,27). Digamos también, acerca de este nombre, que significa ‘estrella de la mar’ (San Jerónimo), y se adapta a la Virgen Madre con la mayor proporción. Se compara María oportunísimamente a la estrella; porque, así como la estrella despide el rayo de su luz sin corrupción de sí misma, así, sin lesión suya dio a luz la Virgen a su Hijo. Ni el rayo disminuye a la estrella su claridad, ni el Hijo a la Virgen su integridad. Ella, pues, es aquella noble estrella nacida de Jacob (Cf. Mm 24,17), cuyos rayos iluminan todo el orbe, cuyo esplendor brilla en las alturas y penetra los abismos (Prov 5,5); y, alumbrando también a la tierra y calentando más bien los corazones que los cuerpos, fomenta las virtudes y consume los vicios. Esta misma, repito, es la esclarecida y singular estrella, elevada por necesarias causas sobre este mar grande, espacioso (Sal 103,25), brillando en méritos, ilustrando en ejemplos.
¡Oh!, cualquiera que seas el que en la impetuosa corriente de este siglo te miras, más antes fluctuar entre borrascas y tempestades, que andar por la tierra, no apartes los ojos (Eclo 4,5) del resplandor de esta estrella, si quieres no ser oprimido de las borrascas.
Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María.
Si eres agitado de las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la estrella, llama a María.
Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María.
Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el abismo de la desesperación, piensa en María.
En los peligros (Cf. 2 Cor 11,26; 6,4), en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud.
No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si ella te ampara; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta razón se dijo: Y el nombre de la virgen era María.
Pero ya debernos pausar un poco, no sea que miremos sólo de paso la claridad de tanta luz. Pues, por usar de las palabras del evangelista: Bueno es que nos detengamos aquí (Mt 17,4); y da gusto contemplar dulcemente en el silencio lo que no basta a explicar la pluma laboriosa. Entre tanto, por la devota contemplación de esta brillante estrella recobrará más fervor la exposición en lo que se sigue.

miércoles, 17 de junio de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (X, bis)






Dom Marcelo Molinero, osb.,  Anunciacião florida, Acrílico sobre madera, 2001.

- Es una representación de la Anunciación en base a una Homilía de san Bernardo de Claraval: Homilía 4,8-9; Oficio Romano, I, p. 309.

Además:
- EL ÁRBOL LOS CUATRO RÍOS DEL FONDO
Se refieren al jardín del Edén (cf. Gn 2,8-10.15) del que fue expulsada la humanidad (cf. Gn 3,1-13,17), y al que puede volver la humanidad (cf. Ez 36,33-36) en María (cf. Ct 4,12-15; Is 66,12-14ª).
- ALÉGRATE
Hace referencia al saludo del Ángel (cf. Lc 1,28), donde la promesa mesiánica resuena a favor de la Hija de Sion (cf. Zac 9,9; 2,14-17; Sof 3,14-18ª; Is 12, 1-6; Joel 2,21-23.26-27).
- EL AZUL CON LAS ESTRELLAS
Es la divinidad de Dios Padre y el Espíritu Santo, de la cual está vestida María (Lc 1,35; cf. Is 61,10-11).


El H[no]. Fermín [Gainza], en su librito "Alégrate", sobre el Rosario con cláusulas bíblicas (publicado por [la Editora] San Pablo), nos dejó este bello testimonio de su oración ante el icono de la Anunciación del P. Marcelo Molinero.

Rezar ante este icono, es asomarse a una ventana abierta hacia los cielos. Puede verse el azul lleno de estrellas tras la mano del Padre, tras el vuelo de la Paloma y también –en pleno día- en la estola del diácono arcangélico. Pero el cielo desborda en la cascada del manto de María, en quien el Verbo va haciendo su morada misteriosa vislumbrada en la luz de tres luceros, impronta de la Santa Trinidad que marcan en María el triple sello de la fe, la esperanza y el amor y la convierten en un vivo templo. María piensa, seria, en la alegría que le anuncia el celeste mensajero. Sus manos interrogan el sentido. Como Moisés ante la zarza ardiendo, María escucha con los pies descalzos posados en la paz de un nuevo suelo donde surge el designio del Señor como un árbol florido: su proyecto de reunirnos a todos en su Hijo y convertirnos en su Pueblo nuevo. Proyecto dibujado globalmente que espera la señal del sí materno. Y María lo dice con sus ojos y la elocuencia fiel de su silencio. Rezar ante este icono, es descubrir la fuente de la paz y los senderos que llevan hacia el cielo nuestras vidas con la gracia y la fuerza de su ejemplo. Rezar ante este icono, desgranando los “alégrate” frente a los misterios. Rezar ante este icono, recordando la alegría del Niño y su Evangelio, la luz de su enseñanza salvadora, sus dolores al peso del madero y la gloria de su resurrección, es recibir al fin un nuevo aliento para seguir viviendo día a día el proyecto de Dios en nuestro tiempo. Pascua florida, Anunciación florida, primavera filial de nuestro rezo.

miércoles, 10 de junio de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (X)

ANHELANTE SÚPLICA DE LA RESPUESTA DE MARÍA

“… la Anunciación del Señor…es una fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: el Verbo que se hace "hijo de María" (Mc 6, 3), de la Virgen que se convierte en Madre de Dios. Con relación a Cristo, el Oriente y el Occidente, en las inagotables riquezas de sus Liturgias, celebran dicha solemnidad como memoria del "fiat" salvador del Verbo encarnado, que entrando en el mundo dijo: "He aquí que vengo... para cumplir, oh Dios, tu voluntad" (cf. Hb 10, 7; Sal 39, 8-9); como conmemoración del principio de la redención y de la indisoluble y esponsal unión de la naturaleza divina con la humana en la única persona del Verbo. Por otra parte, con relación a María, como fiesta de la nueva Eva, virgen fiel y obediente, que con su "fiat" generoso (cf. Lc 1, 38) se convirtió, por obra del Espíritu, en Madre de Dios y también en verdadera Madre de los vivientes, y se convirtió también, al acoger en su seno al único Mediador (cf. 1Tim 2, 5), en verdadera Arca de la Alianza y verdadero Templo de Dios; como memoria de un momento culminante del diálogo de salvación entre Dios y el hombre, y conmemoración del libre consentimiento de la Virgen y de su concurso al plan de la redención” (San Paulo VI, Marialis Cultus 6).

Homilía III:

6. Bendito, pues, es el fruto de tu vientre. Bendito en el olor, bendito en el sabor, bendito en la hermosura. La fragancia de este odorífero fruto percibía aquel que decía: El olor que sale de mi Hijo es semejante al de un campo lleno que el Señor colmó de sus bendiciones (Gén 27,27). ¿No será bendito aquel a quien colmó de sus bendiciones el Señor? Del sabor de este fruto, uno que le había gustado, eructaba de este modo, diciendo: Gustad y ved qué suave es el Señor (Sal 23, 9); y en otra parte: ¡Qué grande es, Señor, la abundancia de tu dulzura, que has escondido y reservado para los que te temen! (Sal 30,30). Y otro también: Si es que habéis gustado que es dulce el Señor (1 Pe 2,3). Y el mismo fruto de sí mismo, convidándonos a sí: El que me come, dice, tendrá todavía hambre; y el que me bebe, tendrá todavía sed (Eclo 24,29). Sin duda decía esto por la dulzura de su sabor (Cf. Sab 16,20), que gustado excita el apetito. Buen fruto el que es comida y bebida a un tiempo para las almas que tienen hambre y sed de la justicia (Cf. Mt 5,6). Oíste ya su olor, oíste su sabor, oye también su hermosura; porque, si aquel fruto de muerte (Cf. Gén 3,3) no sólo fue suave para comerse, sino también, por testimonio de la Escritura, agradable a la vista (Cf. Gén 3,6), ¿cuánto más cuidadosamente debemos informarnos de la vivificante hermosura de este fruto vital, en quien, por testimonio igualmente de la Escritura, desean mirar los ángeles mismos (1 Pe 1,12)? Cuya belleza miraba en espíritu y deseaba ver en el cuerpo aquel que decía: De Sión viene el esplendor de su hermosura (Sal 49,2). Y, porque no te parezca que alababa una belleza mediana solamente, acuérdate de lo que tienes escrito en otro salmo: Tú sobrepasas en belleza a todos los hijos de los hombres; la gracia está derramada en tus labios; por eso Dios te bendijo para siempre (Sal 44,3).

Homilía IV:

[Anhelante súplica de la respuesta de María] 8. Oíste, ¡oh Virgen! el hecho; oíste el modo también; lo uno y lo otro es cosa maravillosa, lo uno y lo otro es cosa agradable. Gózate, hija de Sión; alégrate, hija de Jerusalén (Zac 9,9; Ant. “Iucundare”). Y pues a tus oídos ha dado el Señor gozo y alegría, oigamos nosotros de tu boca la respuesta de alegría que deseamos para que con ella entre la alegría y el gozo en nuestros huesos afligidos y humillados (Sal 50,10). Oíste, vuelvo a decir, el hecho, y lo creíste; cree lo que oíste también acerca del modo. Oíste que concebirás y darás a luz a un hijo (Lc 1,31); oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo (Lc 1,35). Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que le envió (Cf. Tob 12,20). Esperamos también nosotros, Señora esta palabra de misericordia, a los cuales tiene condenados a muerte la divina sentencia, de que seremos librados por tus palabras. Ve que se pone entre tus manos el precio de nuestra salud; al punto seremos librados si consientes. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos criados, y con todo eso morimos (2 Cor 6,9); mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para no volver a morir. Esto te suplica, ¡oh piadosa Virgen , el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abraham, esto David con todos los santos Padres tuyos, los cuales están detenidos en la región de la sombra de la muerte (Cf. Is 9,2. Vg.; Lc 1,79); esto mismo te pide el mundo todo postrado a tus pies. Y no sin motivo, aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salud, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo vuestro linaje. Da, ¡oh Virgen!, aprisa la respuesta.

¡Ah!, Señora, responde aquella palabra que espera la tierra, que espera el infierno, que esperan también los ciudadanos del cielo. El mismo Rey y Señor de todos, cuanto deseó tu hermosura (Cf. Sal 44,12), tanto desea ahora la respuesta de tu consentimiento; en la cual sin duda se ha propuesto salvar el mundo (Cf. Jn 3,17). A quien agradaste por tu silencio agradarás ahora mucho más por tus palabras, pues Él te habla desde el cielo diciendo: ¡Oh hermosa entre las mujeres (Cant 1,7), hazme que oiga tu voz (Cant 8,13)! Si tú le haces oír tu voz, Él te hará ver el misterio de nuestra salud (Lc 2,30). ¿Por ventura, no es esto lo que buscabas, por lo que gemías, por lo que orando días y noches suspirabas (Jos 1,8; Ecle 8,16)? ¿Qué haces, pues? ¿Eres tú aquella para quien se guardan estas promesas o esperamos otra? (Cf. Mt 11,3)

No, no; tú misma eres, no es otra. Tú eres, vuelvo a decir, aquella prometida, aquella esperada, aquella deseada, de quien tu santo padre Jacob, estando para morir (Eclo 11,20), esperaba la vida eterna, diciendo: Tu, salud esperaré, Señor (Gén 49,18). En quien y por la cual Dios mismo, nuestro Rey, dispuso antes de los siglos obrar la salud en medio de la tierra. ¿Por qué esperaras de otra lo que a ti misma te ofrecen? ¿Por qué aguardarás de otra lo que al punto se hará por ti, como des tu consentimiento y respondas una palabra? Responde, pues, presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por el ángel; responde una palabra y recibe otra palabra (Sant 1,21); pronuncia la tuya y concibe la divina; articula la transitoria y admite en ti la eterna. ¿Qué tardas? ¿Qué recelas?

Creo, di que sí y recibe. Cobre ahora aliento tu humildad y tu vergüenza confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En sólo este negocio no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es agradable la vergüenza en el silencio, pero más necesaria es ahora la piedad en las palabras. Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes (Ageo 2,8) está llamando a tu puerta (Cf. Apoc 3,20; Cant 5,2). ¡Ay si, deteniéndote en abrirle, pasa adelante, y después vuelves con dolor a buscar al amado de tu alma (Cf. Cant 3,1-4)! Levántate, corre, abre (Cf. Cant 2,10; 5,5). Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.


Ejercicio: Lectio del Icono de la Anunciación Florida.