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miércoles, 4 de noviembre de 2020

VOCACIÓN Y ACOMPAÑAMIENTO VOCACIONAL (III)

 Francisco: Discurso a los formadores 

“Una de las cualidades del formador es la de tener un corazón grande para los jóvenes, para formar en ellos corazones grandes, capaces de acoger a todos, corazones ricos de misericordia, llenos de ternura. Vosotros no sois sólo amigos y compañeros de vida consagrada de quienes se os ha encomendado, sino auténticos padres, auténticas madres, capaces de pedirles y darles el máximo. Engendrar una vida, dar a luz una vida religiosa. Y esto sólo es posible por medio del amor, el amor de padres y de madres. Y no es verdad que los jóvenes de hoy son mediocres y no generosos; pero tienen necesidad de experimentar que «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20, 35), que hay gran libertad en una vida obediente, gran fecundidad en un corazón virgen, gran riqueza en no poseer nada. De aquí la necesidad de estar amorosamente atentos al camino de cada uno y ser evangélicamente exigentes en cada etapa del camino formativo, comenzando por el discernimiento vocacional, para que la eventual crisis de cantidad no determine una mucho más grave crisis de calidad. Y este es el peligro. El discernimiento vocacional es importante: todos, todas las personas que conocen la personalidad humana —tanto psicólogos, padres espirituales, madres espirituales— nos dicen que los jóvenes que inconscientemente perciben tener algo desequilibrado o algún problema de desequilibrio o de desviación, inconscientemente buscan estructuras fuertes que los protejan, para protegerse. Y allí está el discernimiento: saber decir no. Pero no expulsar: no, no. Yo te acompaño, sigue, sigue, sigue... Y como se acompaña en el ingreso, acompañar también en la salida, para que él o ella encuentre el camino en la vida, con la ayuda necesaria. No con actitud de defensa que es pan para hoy y hambre para mañana…

La formación inicial, este discernimiento, es el primer paso de un proceso destinado a durar toda la vida, y el joven se debe formar en la libertad humilde e inteligente de dejarse educar por Dios Padre cada día de la vida, en cada edad, en la misión como en la fraternidad, en la acción como en la contemplación.

Gracias, queridos formadores y formadoras, por vuestro servicio humilde y discreto, el tiempo donado a la escucha —al apostolado «del oído», escuchar—, el tiempo dedicado al acompañamiento y a la atención de cada uno de vuestros jóvenes. Dios tiene una virtud —si se puede hablar de la virtud de Dios—, una cualidad, de la cual no se habla mucho: es la paciencia. Él tiene paciencia. Dios sabe esperar. También vosotros aprended esto, esta actitud de la paciencia, que muchas veces es un poco un martirio: esperar... Y cuando te viene una tentación de impaciencia, detente; o de curiosidad... La paciencia es una de las virtudes de los formadores. Acompañar: en esta misión no se ahorra ni tiempo ni energías. Y no hay que desalentarse cuando los resultados no corresponden a las expectativas. Es doloroso cuando viene un joven, una joven, después de tres, cuatro años y dice: «Ah, yo no me veo capaz; encontré otro amor que no va contra Dios, pero no puedo, me marcho». Es duro esto. Pero es también vuestro martirio. Y los fracasos, estos fracasos desde el punto de vista del formador pueden favorecer el camino de formación continua del formador. Y si algunas veces tenéis la sensación de que vuestro trabajo no es lo suficientemente apreciado, sabed que Jesús os sigue con amor y toda la Iglesia os agradece. Y siempre en esta belleza de la vida consagrada: algunos —yo lo escribí aquí, pero se ve que también el Papa es censurado— dicen que la vida consagrada es el paraíso en la tierra. No. En todo caso el purgatorio. Seguir adelante con alegría, seguir adelante con alegría”[1].



[1] Francisco, “Discurso a los participantes en el Congreso de Formadores de la Vida Consagrada”, organizado por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Sábado 11 de abril de 2015, pp. 2-4,

miércoles, 28 de octubre de 2020

VOCACIÓN Y ACOMPAÑAMIENTO VOCACIONAL (II)

 


Luigino Bruni[1], “El maravilloso oficio de vivir”[2]

 

Más grandes que la culpa/3

 

– Podemos ser justos aun siendo débiles.

Y escuchar sin haber oído.

 

«El Maestro dijo:

“Aquellos que hacen

de la virtud su profesión

son la ruina de ésta”»

Confucio, Analectas

 

En esta tierra hay muchas personas llamadas que responden “aquí estoy” aunque no sepan reconocer al autor de la voz que les llama por su nombre. Hoy igual que ayer e igual que siempre. Personas llamadas por voces interiores distintas y desconocidas, que se elevan desde el amor y el dolor del mundo. En estas vocaciones, que ocurren cada día en todos los ámbitos humanos, lo verdaderamente importante es responder. Pero si además tenemos a nuestro lado a un “Elí” que primero nos manda tranquilamente a la cama y luego nos desvela el nombre de aquel que nos llama repetidamente, este proceso puede ser maravilloso.

«Los hijos de Elí eran unos desalmados… Cuando una persona ofrecía un sacrificio, mientras se guisaba la carne, venía el ayudante del sacerdote empuñando un tenedor, lo clavaba dentro de la olla o caldero o puchero o cazuela, y todo lo que enganchaba el tenedor se lo llevaba al sacerdote». (1Samuel 2,12-14). Como si esas corruptelas sobre los sacrificios no fueran suficientes, además «se acostaban con las mujeres que servían a la entrada de la tienda del encuentro» (2,22). En cambio «el niño Samuel iba creciendo en estatura y gracia» (2,26). Este cuadro, de tonos fuertes y coloridos, que hace uso de materiales muy antiguos, nos permite entrar de inmediato en el gran tema de la Biblia y de la vida: la coexistencia de la culpa y la gracia, la dialéctica entre el templo y la profecía. La figura de Elí, sacerdote jefe del templo de Siló, no está libre de ambivalencia. El texto – resultado de distintas tradiciones y de muchas “manos” teológicas y políticas – condena principalmente a los hijos, pero no exonera de culpa a Elí («¿Por qué tienes más respeto a tus hijos que a mí, cebándolos con las primicias de mi pueblo?»: 2,29).

El episodio de la llamada nocturna de Samuel es grandioso, y Elí desempeña en él un papel muy hermoso, decisivo. No hace falta ser moralmente perfecto para reconocer el espíritu de Dios en el mundo, ni para decirle a un joven: «Es el Señor». Es posible ser justo aun siendo débil, honesto aun con una parte del alma estropeada. La partitura de una vida moralmente dudosa puede contener en su interior pasajes espléndidos. El mundo está lleno de palabras verdaderas y estupendas pronunciadas por pecadores. El mundo está lleno de buenas acciones realizadas por personas que solo parecían capaces de maldad. Ni siquiera Caín consiguió borrar en sus hijos la imagen de Elohim.

La vocación de Samuel viene precedida por un sugerente versículo: «La palabra del señor era rara en aquel tiempo y no abundaban las visiones» (3,1). El tiempo de Samuel es parco en palabras y visiones y por tanto en profecía (que es las dos cosas juntas). Samuel llega para poner fin a este silencio y a este eclipse de Dios. Los profetas, hoy como ayer, son muchas veces la “flor del mal”, la respuesta de la tierra a la carestía de la palabra, carestía de palabras y visiones. En un mundo bíblico donde la Palabra de Dios es la madre de todas las palabras humanas verdaderas, la rareza de la palabra de YHWH se traduce en niebla, humo y vanitas (havel) de palabras humanas. Si Dios calla, el Adam no sabe hablar, es un hombre civil y espiritualmente ciego y mudo.

«Samuel estaba acostado en el santuario del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó: “¡Samuel!”. Y este respondió: “¡Aquí estoy!” Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy; vengo porque me has llamado”. Elí respondió: “No te he llamado, vuelve a acostarte”. Samuel fue a acostarse y el Señor lo llamó otra vez. Samuel se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy; vengo porque me has llamado”. Elí respondió: “No te he llamado, hijo; vuelve a acostarte”» (3,3-6). La voz llama dos veces. Samuel no la reconoce. Llama por tercera vez: «Samuel se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy; vengo porque me has llamado”. Elí comprendió entonces que era el Señor quien llamaba al niño» (3,8). Este es uno de los triángulos más bellos y profundos de toda la literatura sagrada. En él encontramos la gramática y la semántica de ese acontecimiento antropológico decisivo que es la vocación (religiosa, artística, laica), sobre todo en su fase auroral y por consiguiente crucial. Comienza con un joven que lleva inscrito en su historia su propio destino, a partir del primer voto de su madre Ana. Duerme dentro del templo, al lado del Arca de la Alianza, consagrado desde pequeño a Dios y a su culto. La religión es su ambiente, el templo es su casa y las palabras sagradas son su lenguaje. Sin embargo «Samuel no conocía todavía al Señor; aún no se le había revelado la palabra del Señor» (3,7). Sabemos que su tiempo es espiritualmente avaro. Pero incluso en los raros tiempos de palabras abundantes no basta estar inmersos en una vida religiosa para conocer a Dios y su palabra. Podemos pasarnos la vida entera en lugares sagrados, ser consagrados, vestirnos de lino cada día y sin embargo no conocer al Señor. Como los hijos de Elí, como muchos profesionales de la religión.

A diferencia de las vocaciones de Abraham, Isaías, Jeremías o Moisés, en la llamada de Samuel aparece en escena un mediador humano, un intermediario, un tercero. En esas otras grandes llamadas bíblicas, Dios se revela directamente o a través de uno de sus ángeles (Agar, María). Los llamados dudan de su capacidad para desempeñar la tarea, pero reconocen la voz. Y si no la reconocen (como cuando Saulo pregunta: «¿quién eres?»), la voz misma les dice su nombre. En cambio, Samuel no reconoce la voz hasta que Elí no le revela su nombre.

Resulta especialmente bello e importante este juego de voces, paradigma de un buen proceso de discernimiento de espíritus y de vocaciones. En primer lugar, también Elí necesita tres “llamadas” para reconocer la naturaleza de la voz. Tal vez, conociendo muy bien a Samuel, reconociera los síntomas de su llamada profética ya desde el primer despertar, pero prefiere esperar. Saber esperar es el primer y más valioso arte de los intérpretes de voces ajenas (y propias). Siempre lo es, pero sobre todo en tiempos de carestía de Dios, cuando su recuerdo es lejano y el hambre y la sed producen espejismos y voces fatuas. En el tiempo esperado y oportuno, Elí reconoce en la voz que llama a Samuel las señales de la voz de YHWH. El texto no nos dice la “técnica” de este discernimiento, pero nos dice algo más importante: Elí sabe reconocer la voz que llama a otra persona. Un hermeneuta vocacional es alguien que sabe interpretar las señales de una voz buena y distinta en medio de muchas otras voces de la vida. Quizá su habilidad más rara y valiosa sea precisamente la de saber decir “es el Señor” sin poder escuchar directamente su voz. Como José en Egipto, Elí se convierte en intérprete de los “sueños” de otros.

Toda vocación verdadera comienza con un sueño, porque el tiempo de vigilia es demasiado pequeño para oír esas voces de infinito. Elí no es un profeta. Probablemente no ha oído a nadie llamarle por su nombre. No hace falta ser profeta para acompañar a un profeta; “solo” se necesita un carisma, experiencia y mucha honestidad. Elí no conoce la voz pero sí conoce la palabra de YHWH. Está familiarizado con las narraciones de las grandes llamadas de la historia de la salvación. La experiencia de la palabra le permite reconocer una voz que nunca ha oído pero sí ha escuchado en las narraciones del templo y de los padres bajo la tienda. Una vida dedicada a la escucha de la palabra le ha permitido llegar preparado a la cita más importante con una voz que le habla a un joven, reconocerla y en el momento adecuado poder decir con certeza: “Es el Señor”. Una vida dedicada al conocimiento de la palabra le permite reconocer en la vejez la voz que le habla a un joven, porque la palabra que ha escuchado muchas veces resuena en su interior como si fuera una voz.

Las comunidades espiritualmente vivas están formadas por unos pocos profetas llamados por su nombre y por muchas otras personas que escuchan una palabra que, sin llamarles por su nombre, se hace voz en el alma. La palabra permite a muchos no profetas tener una experiencia parecida (si no idéntica) a la de los profetas llamados por su nombre. Esto es verdadera igualdad bajo el sol, más allá de la diversidad de carismas y talentos. Lo hace posible de forma eminente la palabra bíblica, pero también la escucha verdadera y el trato frecuente con toda palabra humana grande. Podemos reconocer a los verdaderos poetas sin ser poetas. Podemos reconocer la virtud en los demás sin ser virtuosos. Y así podemos aprender el maravilloso oficio de vivir. Llegado a este punto, Elí puede dar a Samuel el mejor consejo y concluir así su tarea: «Anda, acuéstate. Y si te llama alguien, dices: “Habla, Señor, que tu siervo [aliado] escucha”» (3,9).

Para terminar, es muy importante la parte donde dice: «si te llama alguien». Un acompañante experto y honesto puede reconocer las señales de una vocación, puede estar seguro de la autenticidad de la voz que irrumpe en la noche, pero no puede saber si la voz volverá a llamar una cuarta y decisiva vez. Algunas personas han escuchado tres veces su nombre, algún Elí les ha dicho “es el Señor”, se han echado a dormir y pueden pasarse años durmiendo a la espera de una cuarta llamada que no llega. Otras personas llevan tiempo sin dormir porque una voz verdadera les llama interiormente y no les deja en paz, pero se han encontrado en el camino con un intérprete deshonesto que a la pregunta “¿eres tú quien me ha llamado?” ha respondido: “Sí, soy yo”, y se ha convertido en su “maestro interior”. Otras personas, en fin, tienen a su lado un hermeneuta, diversamente deshonesto (y/o impaciente, inexperto, sin carisma) que responde: “Es el Señor”. Escuchan y siguen una voz trivial o equivocada a la que llaman “el Señor”, y así se encuentran inmersos en una vida vocacional pero sin vocación. Pocas manipulaciones, más o menos de buena fe, son más devastadoras que las vocacionales. Si Samuel llega de noche y pregunta: “¿Me has llamado?”, y nosotros no somos Elí, solo debemos responder: “No sé quién te llama. Solo sé que no soy yo. Pero tú no dejes de escuchar “.

En tiempos de carestía de voces y visiones necesitamos a Ana y a Samuel. Pero también tenemos mucha necesidad de la humanidad honesta de Elí: «Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y lo llamó como antes: “¡Samuel, Samuel!” Samuel respondió: “Habla, que tu siervo escucha”» (3,10).


[1] Luigino Bruni (Ascoli Piceno, 1966) es profesor ordinario de Economía Política en la LUMSA (Libera Universita Maria Santissima Assunta) de Roma y docente de Economía y Ética en la Universidad Sophia, de Loppiano. Es coordinador del Proyecto Economía de Comunión y uno de los promotores de la Economía civil. Es autor de ensayos y obras traducidas a una decena de idiomas.

[2] https://ciudadnueva.com.ar/el-maravilloso-oficio-de-vivir/


miércoles, 21 de octubre de 2020

VOCACIÓN Y ACOMPAÑAMIENTO VOCACIONAL (i)

  1 Samuel 3: La vocación de Samuel

1 El joven Samuel servía al Señor en la presencia de Elí. La palabra del Señor era rara en aquellos días, y la visión no era frecuente. 2 Un día, Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos comenzaban a debilitarse y no podía ver. 3 La lámpara de Dios aún no se había apagado, y Samuel estaba acostado en el Templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. 4 El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy». 5 Samuel fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Pero Elí le dijo: «Yo no te llamé; vuelve a acostarte». Y él se fue a acostar. 6 El Señor llamó a Samuel una vez más. El se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Elí le respondió: «Yo no te llamé, hijo mío; vuelve a acostarte». 7 Samuel aún no conocía al Señor, y la palabra del Señor todavía no le había sido revelada. 8 El Señor llamó a Samuel por tercera vez. El se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Entonces Elí comprendió que era el Señor el que llamaba al joven, 9 y dijo a Samuel: «Ve a acostarte, y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha». Y Samuel fue a acostarse en su sitio. 10 Entonces vino el Señor, se detuvo, y llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel!». El respondió: «Habla, porque tu servidor escucha».



Escena de Alberto: ¿quién sabe cuánto cuesta hacer un ojal? es un largometraje chileno para televisión de 2005 dirigido por Ricardo Larraín, escrito por Andrés Salawski y basado en la vida del santo chileno San Alberto Hurtado. La cinta fue producida por la Corporación de televisión de la Universidad Católica de Chile y Cine XXI.


Lectio divina 1 Sm 3, 1-10: Gn 22,1; Ex 3, 4; Is 6, 8; Jr 1, 4-11.

3. Protagonistas: Aunque el capítulo cuenta la vocación profética de Samuel, su protagonista es la Palabra de Dios. Aparece negativamente en el v. 1. [Dios no se manifestaba sino muy contadas veces (Cf. Am 8, 11-12). La ausencia de profetas era para Israel una señal de la reprobación de Dios (Cf. Sal 74,9; Ez 7,26; Lam 2, 9). Señala la desorientación y la incertidumbre por la cual avanza el pueblo. Contraste entre la decadencia religiosa (hijos de Elí, 1 Sm 2, 27-36) y el florecimiento (Samuel)], otra vez en relación con Samuel en el v. 7 “aún no”; al final del capítulo ha penetrado plenamente en la historia. Samuel será su mediador: la misma palabra se crea este instrumento humano con su llamada. Palabra de vida que llama a su servicio, servicio que se orienta esencialmente a la vida. La triple voz nocturna, además de ser un recurso narrativo popular, ilumina un contraste: hasta ahora Samuel ha estado a las órdenes de Eli, ha escuchado su voz; en adelante escuchará la voz del Señor, para cumplir y transmitir sus órdenes. Samuel sirviente de Eli, pasa a servir a la Palabra. Primera revelación al profeta. No es un sueño, la voz despierta a Samuel. No es una visión, más que en sentido amplio, Samuel no ve, únicamente oye. Dios llama cuando parece que ha dejado de llamar.

3,1. Visión y palabra pueden ser dos formas o dos componentes del saber profético: Am 7; Jr 1; etc. El profeta, hombre de la palabra, se llamaba en otro tiempo “vidente”.

3,2-3. Circunstancias: No pudiendo encargarse de la vigilancia, el viejo Eli duerme en uno de los anejos, el joven Samuel duerme en el recinto propiamente dicho (tienda o edificio). El candelabro de que habla Ex 25,31-40; 27,21, era quizá desarrollo de una institución más antigua (Cf. Lv 24,3). Hay algunos que por la lámpara de Dios entienden a Elí. Dios se hace presente encima del arca y desde allí comunica sus órdenes (Cf. Ex 25,22; Is 6).

3,4. Diálogo: Esta primera llamada equivale a una vocación, como Ex 3,4, aunque no incluya todos los elementos de una vocación profética. Señor – Samuel, Samuel – Elí, Samuel-Señor.

3,7. Samuel todavía no tiene trato personal, familiar, con el Señor, como lo tienen los profetas (Am 3); la palabra no se le ha revelado o manifestado personalmente, porque hace falta una actualización con la fuerza del Espíritu para que el hombre capte esa palabra en su carácter único de palabra de Dios. Confundir la voz de Dios con la de un hombre. Mediaciones “cualificadas”.

3.10. El presentarse el Señor sería una visión (Job 4,16: visión de Elifaz): v. 15. Habla Señor: Hermosa oración para comenzar la lectura el Palabra de Dios (Cf. Sal 84,9; 1 Tm 4,15). “Aquí estoy”.

 

Jesús, amigo, hermano y compañero de camino,

vos me llamas por mi nombre,

me llamas una y otra vez,

a tiempo y a destiempo,

con infinita paciencia y cariño.

Vos pones en mi camino

personas sabias que me apoyan

y me ayudan a escucharte.

¡Habla, Señor, que tu servidor escucha![1]

 



[1] http://seminarioriocuarto.org.ar/primer-dia-novena2020/

miércoles, 2 de septiembre de 2020

La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (IV)




III.  San Guillermo de Saint- Thierry: La contemplación de la humanidad de Cristo (¡Oh Cristo! Tú eres hombre)

“3. Que la voz de tu testimonio me responda adentro, en mi alma y en mi espíritu, estremeciendo y sacudiendo todo mi interior (Sal 28, 2). El relámpago de tu verdad e responde que ‘el hombre nunca podrá verte y permanecer vivo’ (Ex 33,20), y esta luz ha cegado mis ojos interiores. Porque, ciertamente estoy sumergido en el pecado hasta el momento presente (Jn 9,34), no habiendo podido morir a mismo para verte a ti (2 Cor 5,15).
Sin embargo, según tu precepto y por don tuyo, me afirmo en la piedra (Ex 33, 21) de la fe en ti, de la fe cristiana, el lugar que verdaderamente está junto a ti: allí, aguardando atentamente, con toda mi capacidad, sufro con paciencia y abrazo y beso tu derecha que me cubre y protege (Sab 5,16; Ex 33,22). Y a veces, cuando miro diligentemente, percibo las espaldas (Ex 33,22) de Aquel que me ve, percibo que pasa la humildad de la dispensación humana de Cristo, tu Hijo. Pero cuando me empeño en llegar a Él, o como la hemorroísa (Mt 9, 20ss): cuando me esfuerzo por ‘robar’ la salud para mi alma enferma y miserable, por el contacto saludable de sus fimbrias, al menos; o , como Tomás (Jn 20,24 ss), varón de deseos (Dan 9, 23), cuando yo anhelo verlo enteramente y tocarlo, y todavía más: acceder a la sagrada herida de su costado, puerta del arca abierta al costado (Gén 6,16), no sólo para meter allí el dedo o toda la mano, sino para entrar entero hasta el corazón mismo de Jesús[1], en el Santo de los Santos, en el arca del Testamento, hasta la urna de oro (Hebr 9, 3-4), al alma de nuestra humanidad que contiene en sí el maná de la divinidad: ¡ay! entonces se me dice: ‘No me toques’ (Jn 20,17), y aquello del Apocalipsis: ‘¡afuera los perros!’ (Ap 22,15).
Así, como lo merezco, cuando los latigazos de mi conciencia me expulsan y me arrojan fuera, estoy obligado a pagar la pena de mi imprudencia y presunción. Y nuevamente me afirmo sobre mi piedra que es el refugio de erizos (Sal 103,28) llenos de espinas de sus pecados, de nuevo abrazo y beso tu derecha que me cubre y me protege (Sal 5,16; Ex 33, 22). Y de lo que siento, o veo aún levemente, más se enciende mi deseo; y casi con impaciencia, aguardando que un día levantes la mano que me cubre y me infundas la gracia iluminante, para que por fin entonces, según la respuesta de tu verdad, muerto a mí mismo y vivo para ti, a cara descubierta, comience a ver tu misma cara y sea transformado en ti  por la visión de tu faz (2 Cor 3,18). Y, ¡qué feliz el rostro que, al verte, merece ser transfigurado en ti! Edifica en su corazón un tabernáculo al Dios de Jacob (Sal 131, 5) según el modelo que se le mostró en la montaña (Hebr 8,5 y Ex 25,40). Y canta con verdad y competencia: ‘Mi corazón te dice: mi rostro te ha buscado, tu rostro buscaré, Señor’ (Sal 26,8) [2].
Como dije, es por un don te tu gracia, Señor, el que vea todos los ángulos y límites de mi conciencia, única y exclusivamente deseo verte para que todos los confines de la tierra vean la salvación del Señor su Dios (Is 52,10), de modo que ame a aquel que veo, a quien amar es vivir verdaderamente. Pues me digo en la languidez de mis deseos: ‘¿Quién ama lo que no ve?’ (1 Jn 4,20). ¿Cómo podría ser amable lo que de algún modo no fuera visible?”[3]


[1] (Entrar en el corazón de Cristo significa la contemplación de la divinidad, a diferencia de su humanidad. Teodoro H. Martín-Lunas. Cf. Meditación VIII).
[2] Para la contemplación del “rostro de Dios”, Cf. Meditación III.
[3] Guillermo de Saint-Thierry, De la contemplación de Dios…, (Padres Cistercienses 1), Monasterio Ntra. Sra. de los Ángeles, Azul, 1076, pp. 36-40.

miércoles, 26 de agosto de 2020

La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (III)




II.      San Agustín de Hipona: Moisés ve las espaldas de Yahvé

“28. El Señor dice después a Moisés: No podrás ver mi rostro y vivir, porque no verá hombre alguno mi faz y vivirá. Y dijo el Señor: He aquí un lugar cabe mí; tú estarás sobre la roca y al pasar mi gloria te pondré en una hendidura de la roca y te cubriré mientras paso con mi mano, y retiraré mi mano y entonces verás mis espaldas; mas mi rostro no lo verás. Se puede legítimamente, interpretar este pasaje como una prefiguración de la persona de nuestro Señor Jesucristo, entendiendo por parte posterior su carne, en la que nació de una Virgen, murió y resucitó: ya se llame posterior a causa de la posterioridad de su condición mortal, ya sea por haberse verificado casi al finalizar de los siglos, es decir, en los tiempos postreros. Su rostro es su forma divina, según la cual no juzgó rapiña hacerse una cosa con el Padre, forma que nadie puede ver y vivir; ora, finalmente, se llame posterior porque después de esta vida, en constante peregrinación hacia Dios, en la que el cuerpo corruptible apesga (molesta, fastidia) al alma, veremos a Dios cara a cara, como dice el Apóstol.
Esta vida se dice en los Salmos: Vanidad universal el hombre que vive; y en otra parte: En tu presencia no será justificado ningún viviente. Vida en la que, según San Juan, no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a El, porque le veremos como es; lo que quiere se entienda después de este vivir, cuando hayamos pechado tributo a la muerte y recibido el premio prometido de la resurrección.
En la vida presente, si sabemos penetrar en el conocimiento espiritual de la Sabiduría de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, moriremos a los afectos de la carne, y, reputando muerto para nosotros el mundo y muertos nosotros al siglo, podemos repetir con el Apóstol: El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. De esta muerte dice de nuevo: Si estáis muertos en Cristo, ¿por qué, como si vivieseis en el siglo, juzgáis según sus máximas? Con justa razón se dice que nadie puede ver el rostro, es decir, la manifestación de la Sabiduría de Dios, y vivir.
Esta es la gloria por cuya posesión gozosa suspira el que se afana por amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente; y para conseguir su contemplación trata de edificar al prójimo, en la medida de su flaqueza, todo el que le ama como se ama a sí mismo; siendo estos dos preceptos compendio de la Ley y de los Profetas. Y esto lo vemos prefigurado en Moisés. El amor divino que en él llameaba le hace exclamar: Si he hallado gracia en tu presencia, muéstrateme a ti mismo manifiestamente, para que sea como el que encuentra gracia delante de ti; y a causa del amor del prójimo añade: Para que sepa que esta gente es tu pueblo. Esta es la belleza que inflama en ardores de posesión a toda alma racional: anhelo tanto más urente (ardiente, abrasador) cuanto más puro, tanto más casto cuanto más espiritual y tanto más espiritual cuanto menos carnal.
Pero, mientras peregrinamos lejos de Dios y caminamos por fe y no por visión, vemos las espaldas de Cristo, es decir, su carne, mediante la fe, sólido cimiento, simbolizado en la roca, desde donde le contemplaremos como desde alcázar inexpugnable; esto es, desde el seno de la Iglesia católica, de la cual está escrito: Y sobre esta roca edificaré mi Iglesia. Y con tanta mayor seguridad y anhelo amaremos ver la faz de Cristo cuanto más profundo sea el conocimiento que tengamos del amor que antes nos tuvo el Señor, manifestado en el dorso de su carne”[1].


[1] San Agustín de Hipona, Tratado sobre la Santísima Trinidad, II, XVII, 28, en Obras de San Agustín, Tomo V, BAC, Madrid, 1978, pp. 251.253.

miércoles, 19 de agosto de 2020

La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (II)


             

I. San Gregorio de Nisa: Caminar detrás del Señor

“249. Quien ha avanzado hasta este punto y ha estado protegido por la mano de Dios, como ha puesto de relieve el relato (la mano quizás sea la fuerza de Dios, creadora de los seres, el Unigénito de Dios por medio del cual han sido hechas todas las cosas (Jn 1,3), el cual también es lugar para quienes corren; es, según su propia expresión (Cf. Jn 14, 6; 1 Tm 4,7), camino de los que corren, y es también roca para los que están firmes, y casa para aquellos que han alcanzado el reposo), ése se sentirá llamar, y verá la espalda del que llama, esto es: Marchará detrás del Señor Dios (Dt 13,5), conforme prescribe la Ley[1]
251. También, el Señor que, al convertirse en plenitud de la propia Ley, recibía la riqueza de Moisés, se dirige en forma parecida a los discípulos, y desvela claramente las cosas que habían sido dichas en figuras, cuando dice: si alguien quiere venir detrás de mí (Lc 9,23). No dijo: ‘Si alguno quiere ir delante de Mí’. Y dirige la misma invitación a quien le suplicaba por la vida eterna: Ven y sígueme (Lc 18,22). Ahora bien, quien sigue ve la espalda.
252. Por consiguiente, Moisés, que tiene ansias de ver a Dios, recibe la enseñanza de cómo es posible ver a Dios: seguir a Dios a donde quiera que Él conduzca, eso es ver a Dios. Su paso indica que guía a quien lo sigue. Para quien ignora el camino, no es posible recorrerlo con seguridad más que siguiendo detrás a quien guía. Por esta razón quien guía, yendo delante, muestra el camino a quién le sigue, y quien sigue no se apartará del buen camino si mira continuamente a la espalda de quien conduce”[2].


[1] Camino y término. Camino porque es la meta. Dios-Logos-Cristo. Seguimiento de Dios=seguimiento de Cristo. Cf. Sobre la vocación cristiana 9-20.
[2] Gregorio de Nisa, Sobre la vida de Moisés, (Biblioteca de Patrística 23), Ciudad Nueva, Madrid, 1993, pp, 211-212. Seguimiento de Cristo. Dejarse conducir por él = abandono en la voluntad divina.

miércoles, 12 de agosto de 2020

La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (I)



Pedro Edmundo Gómez, osb.[1]

El anclaje de la fe en la visión de Jesús y de los santos

“…la luz de Jesús se refleja en los santos e irradia de nuevo desde ellos. Pero ‘santos’ no son únicamente las personas que han sido propiamente canonizadas. Siempre hay santos ocultos, que en comunión con Jesús reciben un rayo de su esplendor, una experiencia concreta y real de Dios. Quizás, para precisar más, podamos tomar un extraña expresión que el Antiguo Testamento utiliza en relación con la historia de Moisés: si bien los santos no pueden ver plenamente a Dios cara a cara, al menos pueden verlo ‘de espaldas’ (Ex 33,23). Y así como brillaba el rostro de Moisés después de su encuentro con Dios[2], también irradia la luz de Jesús desde la vida de hombres semejantes”[3].

Ex 33, 18-23: “Moisés dijo: «Por favor, muéstrame tu gloria». El Señor le respondió: «Yo haré pasar junto a ti toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre del Señor, porque yo concedo mi favor a quien quiero concederlo y me compadezco de quien quiero compadecerme. Pero tú no puedes ver mi rostro, añadió, porque ningún hombre puede verme y seguir viviendo». Luego el Señor le dijo: «Aquí a mi lado tienes un lugar. Tú estarás de pie sobre la roca, y cuando pase mi gloria, yo te pondré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Después retiraré mi mano y tú verás mis espaldas. Pero nadie puede ver mi rostro»[4].

“…en la Vita Moysis de Gregorio de Nisa los magníficos desarrollos que hace sobre este texto, que culminan en la proposición: “a quien preguntaba por la vida eterna, él (Señor) le respondía…: ‘Ven y sígueme’ (Lc 18,22). Pero quien sigue mira la espalda de aquel que camina delante. Entonces Moisés, que deseaba ver a Dios, aprendió la forma de verle: seguir a Dios hacia dónde Él guía, es ver a Dios” (PG 44, 408 D). Esta exposición tuvo después diversas variantes en la tradición espiritual; cf. para el medioevo por ejemplo Guillermo de Saint-Thierry, De Contemplando Deo 3…”[5].
“12. Aunque hasta ahora hemos hablado principalmente del Antiguo Testamento, ya se ha dejado entrever la íntima compenetración de los dos Testamentos como única Escritura de la fe cristiana. La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y sangre a los conceptos: un realismo inaudito. Tampoco en el Antiguo Testamento la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios. Este actuar de Dios adquiere ahora su forma dramática, puesto que, en Jesucristo, el propio Dios va tras la « oveja perdida », la humanidad doliente y extraviada. Cuando Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo, del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de partida de esta Carta encíclica: « Dios es amor » (1 Jn 4, 8). Es allí, en la cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar”[6].


[1] Abadía de Cristo Rey, El Siambón, Tucumán.
[2] Ex 34, 29-35: “Cuando Moisés bajó de la montaña del Sinaí, trayendo en sus manos las dos tablas del Testimonio, no sabía que su rostro se había vuelto radiante porque había hablado con el Señor. Al verlo, Aarón y todos los israelitas advirtieron que su rostro resplandecía, y tuvieron miedo de acercarse a él. Pero Moisés los llamó; entonces se acercaron Aarón y todos los jefes de la comunidad, y él les habló. Después se acercaron también todos los israelitas, y él les transmitió las órdenes que el Señor le había dado en la montaña del Sinaí. Cuando Moisés terminó de hablarles, se cubrió el rostro con un velo. Y siempre que iba a presentarse delante del Señor para conversar con él, se quitaba el velo hasta que salía de la Carpa. Al salir, comunicaba a los israelitas lo que el Señor le había ordenado, y los israelitas veían que su rostro estaba radiante. Después Moisés volvía a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba de nuevo a conversar con el Señor”.
[3] J. Ratzinger, Mirar a Cristo, Ejercicios de Fe, Esperanza y Caridad, Encuentro, Madrid, 2018, p. 32.
[4] Cf. J-L. Ska, “La espalda de Dios (Ex 33, 18-23)”, en Los rostros poco conocidos de Dios, Meditaciones Bíblicas, Ágape Libros, Buenos Aires, 2008, pp. 87-102.
[5] J. Ratzinger, Mirar a Cristo, Ejercicios de Fe, Esperanza y Caridad, p. 32, nota 11.
[6] Benedicto XVI, Deus caritas est, http://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html

martes, 4 de agosto de 2020