sábado, 24 de octubre de 2015

La reforma monástica


"Mediante esta introducción, queremos decir lo siguiente: la verdadera reforma monástica debería centrarse fundamentalmente en una adaptación al tiempo presente. Eso, en la medida que nosotros somos hijos de nuestro tiempo, es inevitable y pertenece a nuestra condición humana, pero cuando queremos hacerlo consciente y artificialmente, entonces no sólo se vuelve problemático, sino que también llega a ser contradictorio con la esencia misma de la vocación monástica. Tampoco nos parece que la tarea más importante sea la de volver a las fuentes arcaicas y dedicarse a un primitivismo que resultaría igualmente forzado y poco auténtico. La verdadera reforma de la vida monástica, a nuestro entender, más bien consiste en volver a encontrar la verdadera forma del monje. Ahora bien, la forma que la reforma pretende cambiar tiene dos sentidos distintos, cuya identificación ha caracterizado, para bien o para mal, prácticamente toda la cultura occidental y, por tanto, también la cristiana. La forma, morfé (cir), quiere decir la figura y por tanto la apariencia, la manifestación, el aspecto externo de una cosa y también, naturalmente, su belleza, utilidad y servicio. Pero, en virtud de un tributo platónico-aristotélico del pensamiento/ occidental, forma, morfé, también es sinónimo de esencia, de substancia incluso, de aquello que una cosa tiene de más profundo y propio, puesto que la hace ser lo que precisamente es.
No puede negarse que entre estos dos conceptos hay un parentesco muy estrecho. Deformad una cosa, aunque sea la cara de una persona, y veréis cómo algo más que su figura externa cambia. Nos atreveríamos incluso a añadir que, para todo ser espacio-temporal, occidente tiene cierta razón cuando identifica las dos formas. Toda existencia que se agote en su encarnación espacio-temporal, por así decirlo, presenta una esencia que se identifica con su figura, ya que ésta no es otra cosa que su forma espacio-temporal. Si la forma se deforma, deja de ser lo que era. Ahora bien, en ningún otro caso es posible una tal identificación, y mucho menos cuando de lo que se trata es de la existencia escatoló­gica del núcleo tempiterno de las cosas, de la substancia última de todo, de aquello que perdura cuando se deshace la duración.
Si la esencia de la vida monástica consiste en su existencia escatológica, se comprende que la reforma en cuestión deba limitarse a un sencillo cambio de figura, esto es, a modificaciones accidentales. Ahora bien, en virtud del carácter histórico del hombre, un cambio de forma conlleva también paulatinamente un cambio de esencia. Toda reforma acaba en transformación. Una vez hallada la forma del monje, su reforma será un simple corolario"[1]

[1] Raimon Panikkar, “La problemática del “aggiornamiento” monástico”, en La nueva inocencia, Verbo Divino, Navarra, 1993, pp.197-198. La problemàtica de l´ “aggiornamiento”monástic, en Visione attuale sulla vita monastica. Editado por E. Brassó, Monserrat, 1966.

sábado, 17 de octubre de 2015

Pensamiento sobre la unidad de la Iglesia


Distintos son los sonidos que produce el viento al pasar por las variaciones de la vegetación. El sonido producido en una casuarina, en un pino, en un bosque de eucaliptos de hoja redonda, en un bosque de alisos, entre arbustos duros de una zona desértica. Todos son sonidos diferentes producidos por el mismo viento, por la misma brisa. Pero eso si, cada zona debido a esto tiene su sonido característico, de acuerdo a la hora que sea, de acuerdo a la estación, inclusive de acuerdo a la misma vegetación de la región: si esta vegetación cambia, el sonido cambia, si el sonido cambia se ha producido algún cambio en la zona.

“El viento sopla donde quiere y escuchas su voz pero no sabes de adónde viene ni adónde    va. Así es todo el que nace del Espíritu” [1]

Por medio de la imagen del viento que produce sonidos en la vegetación desearía tratar de ver a la Iglesia de los primeros siglos, esa Iglesia a la que han formado y configurado las distintas comunidades, los distintos Padres, que, desde los Apostólicos,  desde esos primeros pasos en el ahondamiento de la fe a través de los primeros desarrollos teológicos fueron conformando al Cuerpo de Cristo.
Digo tratar de hacerlo a través de esta imagen porque cualquiera que lea algo de historia quedará un tanto asombrado al ver la diversidad de proposiciones, de situaciones a las que la palabra Iglesia, a través de los Padres, hace referencia. Pero volvamos a la imagen, cada comunidad tiene sus distintas particularidades, sus distintas experiencias, como en cada árbol de diferente especie, como en cada bosque que tiene su sonido propio; el viento, la brisa, es el mismo, como único el Soplo que impulsa a la Iglesia: el Espíritu Santo. “Así es todo el que nace del Espíritu” y la Iglesia es nacida del Espíritu, vive del Espíritu, es conducida por el Espíritu de Dios.
Numerosos textos de los Padres evocan esta realidad. Citemos algunos para poder beber de las pequeñas fuentes, los Padres,  que remiten a la única fuente de la que mana el agua viva que salta hasta la vida eterna:

“Allí donde está la Iglesia, allí también está el Espíritu de Dios; y allí donde está el Espíritu de Dios, allí está la Iglesia y toda su gracia”[2]
“El Espíritu de Dios ha santificado, y santificando ha perfeccionado, iluminado, fortalecido, vivificado, porque Él es todo en todos y en cada uno;  todos comulgan en su plenitud y todos son colmados de su bondad, sin que de su parte se produzca la más pequeña división”[3]
“Así como un solo espíritu abraza el conjunto y abraza los diversos miembros, así también aquí: porque el Espíritu se da para poder unir a los que la diversidad de patrias y de culturas separa”[4]
“Lo que nuestro espíritu, es decir nuestra alma, es con respecto a nuestro cuerpo, eso mismo es el Espíritu Santo con respecto a los miembros de Cristo que es la Iglesia”[5]

Esta conceptualización denota una experiencia, experiencia que no sucedió de la noche a la mañana, sino que fue lentamente madurando distintos sonidos, distintas voces de ese único Espíritu, que, a lo largo de uno de los aspectos más esenciales del hombre, la historia o su condición histórica, ha sido y es el Compositor de esta sinfonía que se entona para la alabanza de Dios Padre.
Los sonidos o voces de la vegetación es la voz del Espíritu, que se expresa en las comunidades, en esas primeras iglesias locales, en los Padres. Dado este modo de “encarnación” que ha generado la Iglesia, a estas primeras iglesias, nos podemos preguntar qué relación han tenido en su contexto socio-cultural, si han podido responder a las necesidades, exigencias, cuestionamiento que el medio externo les proponía. Basta con recorrer sus escritos para obtener una respuesta afirmativa a estas preguntas. Distintos grupos judeo-cristianos, helenistas, distintas sectas gnósticas; de todo esto se ha compuesto el medio en el cual le tocó vivir a la Iglesia y al cual dio respuesta en su primer tiempo.

P. Marcelo Maciel, osb.



[1] Jn. 3,8
[2] San Ireneo de Lyon, Ad. Her. III, 24,1
[3] Dídimo de Alejandría; Trin. II,1
[4] San Juan Crisóstomo; In Eph. Hom. 9,3
[5] San Agustín, Sermo 268,2

sábado, 10 de octubre de 2015

CONGRESO EUCARÍSTICO (ÚLTIMO)


4. Gracia de renovación pastoral para la comunidad
La celebración de un Congreso no se reduce a su semana conclusiva sino que se concreta en un significativo camino de formación de los pastores y de los fieles a través de los instrumentos habituales de la catequesis diocesana y parroquial para que el pueblo de Dios se acerque cada vez más a la comprensión auténtica del Sacramento.
La semana conclusiva asume un fuerte valor formativo con la oferta de una sólida catequesis que profundice el tema propuesto y con la presentación de testimonios interesantes. Esta tarea de discernimiento es propia del Comité local y de su comisión teológica.

Celebraciones ejemplares
La celebración ejemplar de la Eucaristía durante el Congreso es uno de los puntos importantes del acontecimiento y es necesario poner la mayor atención posible sobre esto.
Durante el Congreso se deberá percibir claramente que todas las acciones litúrgicas –la Eucaristía, la Liturgia de las Horas, los diversos sacramentos y la asamblea reunida, los símbolos, los gestos, las palabras – son esencialmente celebraciones de la Pascua de Cristo, es decir, del acontecimiento escatológico por excelencia: “Porque unidos en la caridad, celebramos la muerte de tu Hijo, con fe viva proclamamos su resurrección y con esperanza firme anhelamos su venida gloriosa”.[1]

Al servicio del pueblo de Dios
Además, el Congreso Eucarístico no es un privilegio honorífico confiado a una Iglesia particular, sino un servicio para el crecimiento dinámico del pueblo de Dios. Muchas fuerzas activas en la Iglesia (grupos parroquiales, movimientos apostólicos, jóvenes, formas de vida consagrada, asociaciones, voluntariado…) esperan objetivos a realizar. Son estas las fuerzas a implicar para convencer que la Eucaristía nos es una actividad más entre otras sino el fundamento, la fuente y la cumbre de la vida y de la actividad misionera de todo bautizado.
En este sentido, el Congreso Eucarístico debe comprometer a todos los cristianos a través de las estructuras de la Iglesia particular. El comité de preparación del Congreso deberá buscar la mejor forma de colaboración posible con la base eclesial a través de la creación de delegados diocesanos o parroquiales, con los medios de comunicación, con las realidades  sociales y políticas presentes en su territorio.
Todo esto para que el Congreso Eucarístico no sea un fin en sí mismo sino que se transforme en un medio poderoso capaz de implicar a toda la Iglesia en la celebración de la Pascua del Señor, “en el vínculo de la caridad y de la unidad”


[1]Cuius (Christi) mortem in caritate celebramos,/resurrectionem FIDE vivida confitemur,/adventum in gloria spe firmísima praestolamur”; in Missale Romanum (Editio typica tertia, MMVIII) Ordo Missae, Praefatio communis V, p. 561).

sábado, 3 de octubre de 2015

CONGRESO EUCARÍSTICO IV


3.4. Al servicio de la misión
Cada Congreso Eucarístico nos ayuda a abrir los ojos sobre la realidad de la misión que brota como un río de agua viva (cfr. Ez 47,1-12) de la Eucaristía. Porque la Eucaristía, en cada Iglesia particular así como en la totalidad de la Iglesia universal, es fuente y culmen de la misión de la Iglesia.[1] En efecto, “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la santísima Eucaristía, por la que debe, consiguientemente, comenzarse toda educación en el espíritu de comunidad. Esta celebración, para ser sincera y plena, debe conducir tanto a las varias obras de caridad y a la mutua ayuda como a la acción misional y a las varias formas de testimonio cristiano”.[2]
Se podría decir que Cristo es Eucaristía para la Iglesia para que la Iglesia sea Eucaristía para el mundo. Del mismo modo, Cristo es salvación para la Iglesia y la Iglesia, cuerpo del Señor habitado por su Espíritu, se convierte en salvación para el mundo, a través de su don de comunión y de servicio.
Los Congresos Eucarísticos reflejan todas estas realidades. Junto con las Jornadas mundiales de la juventud, de la familias, etc… continúan siendo un recurso extraordinario para testimoniar que la Eucaristía no es sólo la fuente de la vida de la Iglesia, sino también el lugar de su proyección en el mundo. Esta urgencia del tiempo presente es puesta de manifiesto hoy por el Papa Francisco recurriendo a expresiones tan significativas como “Iglesia en salida” o de las “periferias”.[3]
La opción de la “Iglesia en salida” no es nueva para los Congresos Eucarísticos celebrados hasta ahora. La relación entre Eucaristía /evangelización/misión, que se vuelve a destacar ahora, ha formado parte frecuentemente del programa de los Congresos. Ya a partir de los años Veinte del siglo XIX, bajo el pontificado de Pío XI, los Congresos Eucarísticos se esforzaron en desarrollar el binomio Eucaristía/misión evangelizadora implicando a numerosas Iglesias particulares de los cinco continentes. En tiempos más recientes, desde finales de los años Ochenta, la relación entre nueva evangelización/misión y Eucaristía se ha convertido en uno de los temas centrales de la celebración de cada Congreso eucarístico. Frente al reto del mundo moderno, cada Congreso se convierte en una extraordinaria ocasión para revitalizar el cuerpo eclesial, poniendo en el centro la figura de Jesucristo y el encuentro con Él, que da el Espíritu Santo y las energías para anunciar el Evangelio a través de nuevos caminos capaces de llegar a cada ambiente y cada cultura.
San Juan Pablo II, el 13 de junio de 1993, durante la adoración eucarística en la catedral de Sevilla durante el 45º Congreso Eucarístico Internacional exhortaba: “Pedid conmigo a Jesucristo… que, después de este Congreso Eucarístico, toda la Iglesia salga fortalecida para la nueva evangelización que el mundo entero necesita… Evangelización para la Eucaristía, en la Eucaristía y desde la Eucaristía: son tres aspectos inseparables de cómo la Iglesia vive el misterio de Cristo y cumple su misión de comunicarlo a todos los hombres”.[4]
La celebración de un Congreso eucarístico ofrece la ocasión para la inculturación del Evangelio y la evangelización de las culturas.
La celebración eucarística es “fuente de misión”[5] porque despierta en el discípulo la voluntad decidida de anunciar a los otros, con audacia, cuanto ha escuchado y vivido, Así se abren las puertas del mundo.
En el fondo, esto es lo que se experimenta, domingo tras domingo, en nuestra comunidades. En lo que llamamos, con razón, el Día del Señor (Ap 1,10) hay un convergencia particular de hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación (Ap 7,9) que se ponen en marcha hacia una serie de catedrales, iglesias parroquiales… también capillas, santuarios, oratorios. Un inmenso río de creyentes que procede, cada domingo, sin tambores ni fanfarrias, humildemente, sin ruido; inmenso río que agrupa a los cristianos provenientes de ciudad y de pueblos, de los Países Escandinavos hasta el Mediterráneo; desde las Américas, Asia, África, Australia.
Centenares de miles de bautizados que se unen en asamblea en torno al altar del Señor, para ser, unidos, el Cuerpo del Señor en el corazón de nuestro mundo. Después que la Misa ha sido celebrada de un confín al otro de la tierra, los fieles enviados en paz, se ponen de nuevo en marcha, aunque en sentido contrario. Con un movimiento eucarístico de sístole y diástole, estas asambleas litúrgicas, diluyéndose poco a poco, se dispersan como la semilla en los surcos de la tierra. Así desde hace veinte siglos, los cristianos vuelven a sus casas, a las escuelas, a las oficinas, al comercio, a los lugares de tiempo libre, abriendo caminos nuevos que forman la trama secreta del Reino.
De este modo se alcanzan las periferias de las que habla el Papa Francisco, que son las geografías de los pueblos todavía no evangelizados y las de cuantos se encuentran distantes del corazón vivo de la comunidad eclesial. Estas abarcan a los denominados “alejados”, que han recibido un primer anuncio de la buena noticia y después se han alejado de la fe por las vicisitudes de la vida, pero también los buscadores de Dios todavía escondidos, que advierten en el corazón la nostalgia del Altísimo, pero no conocen el camino para contemplar su rostro y recibir el don del amor que salva.
Pues bien, los Congresos Eucarísticos que habitan esta Iglesia “en salida” trabajan por una eucaristía “misionera” con su empeño en la formación y en la celebración auténtica.

3.5. La dimensión social del Congreso
La expresión “reinado social de Cristo” , más allá de los límites fácilmente descubiertos, consiste en el descubrimiento de la centralidad de Cristo presente en la Eucaristía. Sacramento primordial de toda salvación destinado al hombre como individuo y como miembro de la sociedad. “La orientación de la Iglesia hacia el Reino –afirma un teólogo moderno- encuentra su fuente y su culmen en la Eucaristía”.[6]
En la Iglesia actual, cuando se habla de “Reinado social de Cristo” se refiere a menudo y con razón al movimiento de solidaridad/fraternidad que nace de la celebración fructuosa de este Sacramento para trabajar en el advenimiento de un mundo nuevo.
Juan Pablo II, escribiendo al Cardenal Knox con ocasión del Congreso de Lourdes en 1981, situaba esta ética a nivel planetario: “Un “hombre nuevo”, un mundo nuevo marcado por relaciones filiales hacia Dios y fraternas entre los hombres, digamos una humanidad nueva: tales son los frutos que se esperan del Pan de Vida que la Iglesia parte y distribuye en el nombre de Cristo” (1 enero 1979).
Más recientemente, Benedicto XVI, en la tercera parte de la exhortación Sacramentum caritatis, ha conjugado la dimensión social del Sacramento como:
- Convicción que la Iglesia ha recibido en la Eucaristía el código genético de su identidad, el don pleno que la pone delante del mundo como “Cuerpo de Cristo”, “sacramento de salvación”. De aquí nace la llamada a transformaciones no sólo morales e interiores, sino también sociales y culturales. Por eso es justo hablar de un verdadero y propio ethos eucarístico.
- Orientación de todas las dimensiones de la vida cristiana, comprendidas también las sociales, a partir de la Eucaristía, en el contexto de la eclesiología conciliar y de la correcta relación Iglesia-mundo según el estilo de la “forma eucarística”.[7]
- Promoción de la centralidad y de la dignidad de la persona. Delante del Señor de la historia y del futuro del mundo, los sufrimientos de los pobres, las víctimas cada vez más numerosas de la injusticia y todos los olvidados de la tierra no pueden permanecer ajenos a las celebraciones del misterio eucarístico que compromete a los bautizados a trabajar por la justicia y la transformación del mundo de manera activa y consciente.[8]

Continuará..


[1] Cfr. Presbyterorum Ordinis (PO): “La Eucaristía aparece como la fuente y la culminación de toda la predicación evangélica
[2] PO 6
[3] Cfr. PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (EG), nn.20-24.
[4] Cfr. PONTIFICIUS COMITATUS (curavit), XLV Conventus Eucharisticus Internationalis Sevilla 7-13.VI.1993. Christus Lumen Gentium. Eucharistia et evangelizatio, Ex Aedibus Vaticanis MCMLXXXXIIII, p. 1108.
[5] XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS, Elenco final de las proposiciones, n.42; en Synodus Episcoporum Bolletino 22.10.2005.
[6] M. SEMERARO, Regno di Dio, en Lexicon. Dizionario teologico enciclopedico, Casale Monferrato 1993, p. 878.
[7] Sacramentum caritatis, nn.70-83
[8] Mensaje del Sínodo de los Obispos al pueblo de Dios, 22 octubre 2005.