sábado, 26 de enero de 2019

ACATISTOS AL DULCÍSIMO JESUS (XIII)

DULCE JESÚS, AMIGO Y ESPOSO



K. 13. Oh Jesús, manso y humilde de corazón, en tu amor que nada desprecia, mira nuestra miseria, perdónanos sin límite y en tu compasión infinita acepta nuestra humilde oración como has aceptado la pobreza ofrecida de la viuda[1].

Jesús, a imagen de los niños, tus preferidos, transfórmame.

Jesús, como los pastores asombrados, atráeme hacia Ti

Jesús, como al ciego de nacimiento, tócame, para que yo te vea.

Jesús, como al paralítico, cúrame para que yo camine contigo.

Jesús, como la cananea que te suplicaba, escúchame.

Jesús, como a María que te escuchaba, háblame de Ti

Jesús, como sobre Pedro que te había negado, fija tu mirada sobre mí.

Jesús, como María Magdalena que te amó mucho, perdóname.

Jesús, como Zaqueo, llámame y ven a mí.

Jesús, como a la hija de Jairo, revíveme.

Jesús, como a la Samaritana, transfórmame.

Jesús, como a Juan –el discípulo amado- hazme permanecer en Ti

Jesús, al terminar mi vida, como al buen ladrón, dime:

“Hoy estarás conmigo en mi Reino.”



Marcos 12, 41-44, Lucas 23, 39-43.
Marcos 12, 41 Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. 42 Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. 43 Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, 44 porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir». Cf. Lucas 21, 1-4.
Lucas 23, 39 Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40 Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? 41 Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». 42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». 43 El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».



  1. Oración conclusiva de súplica implorando los magníficos bienes celestiales.
  2. Relación personal (Esposo y Maestro – viuda y discípulo) entre Jesús: manso y humilde de corazón/dulcísimo, y el orante que súplica “como” los pobres y débiles que se relacionaron personal e íntimamente (amigos) con Jesús (Cf. Mt 18, 1-5): niños, pastores, ciego de nacimiento, paralítico, cananea, María de Betania, Pedro, María de Magdala, Zaqueo, hija de Jairo, Samaritana, Juan, Buen ladrón.
  3. Súplica pidiendo protección contra los diversos peligros: enemigos visibles e invisibles, invasores, enfermedad, hambre, tribulaciones, heridas, tormentos futuros. Pide su protección, atracción, contacto, visión, curación, compañía, acompañamiento, atención, palabra, diálogo, mirada, perdón, conversión, transformación, cercanía, permanencia, presencia, en una palabra, está pidiendo a Jesús mismo.
  4. Dos iconos narrativos de la oración: A) La súplica (pequeño rezo) que se canta es como la moneda de la viuda (todo lo que tenía para vivir), el orante vive de y por la súplica confiada (Mc 12, 41-44, Cf. Lucas 21, 1-4). B) La oración de Dimas el Buen Ladrón (Lc 23, 39-43): temor de Dios-reverencia, confesión del pecado-compunción, súplica confiada y respuesta divina inmediata.
  5. Textos bíblicos: Mateo 11, 25-30; Éxodo 34, 6-13.

[1] Dulce y generoso Jesús (dulcísimo y amoroso – B). Acepta ahora nuestro pequeño rezo (recibe esta humilde súplica – B), como aceptaste (recibiste – B) las dos monedas de la viuda. Protege a tus hijos (preserva Tu heredad – B) del enemigo visible e invisible, de la invasión extranjera, de la enfermedad, del hambre, de cada desgracia (de las tribulaciones – B) y de la herida mortal. Libéranos de los tormentos futuros a quienes te imploramos (a los que claman a Ti – B): ¡Aleluya! (En A y B es repetido tres veces).

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