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miércoles, 26 de agosto de 2020

La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (III)




II.      San Agustín de Hipona: Moisés ve las espaldas de Yahvé

“28. El Señor dice después a Moisés: No podrás ver mi rostro y vivir, porque no verá hombre alguno mi faz y vivirá. Y dijo el Señor: He aquí un lugar cabe mí; tú estarás sobre la roca y al pasar mi gloria te pondré en una hendidura de la roca y te cubriré mientras paso con mi mano, y retiraré mi mano y entonces verás mis espaldas; mas mi rostro no lo verás. Se puede legítimamente, interpretar este pasaje como una prefiguración de la persona de nuestro Señor Jesucristo, entendiendo por parte posterior su carne, en la que nació de una Virgen, murió y resucitó: ya se llame posterior a causa de la posterioridad de su condición mortal, ya sea por haberse verificado casi al finalizar de los siglos, es decir, en los tiempos postreros. Su rostro es su forma divina, según la cual no juzgó rapiña hacerse una cosa con el Padre, forma que nadie puede ver y vivir; ora, finalmente, se llame posterior porque después de esta vida, en constante peregrinación hacia Dios, en la que el cuerpo corruptible apesga (molesta, fastidia) al alma, veremos a Dios cara a cara, como dice el Apóstol.
Esta vida se dice en los Salmos: Vanidad universal el hombre que vive; y en otra parte: En tu presencia no será justificado ningún viviente. Vida en la que, según San Juan, no se ha manifestado lo que hemos de ser. Sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a El, porque le veremos como es; lo que quiere se entienda después de este vivir, cuando hayamos pechado tributo a la muerte y recibido el premio prometido de la resurrección.
En la vida presente, si sabemos penetrar en el conocimiento espiritual de la Sabiduría de Dios, por quien fueron hechas todas las cosas, moriremos a los afectos de la carne, y, reputando muerto para nosotros el mundo y muertos nosotros al siglo, podemos repetir con el Apóstol: El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. De esta muerte dice de nuevo: Si estáis muertos en Cristo, ¿por qué, como si vivieseis en el siglo, juzgáis según sus máximas? Con justa razón se dice que nadie puede ver el rostro, es decir, la manifestación de la Sabiduría de Dios, y vivir.
Esta es la gloria por cuya posesión gozosa suspira el que se afana por amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma, con toda su mente; y para conseguir su contemplación trata de edificar al prójimo, en la medida de su flaqueza, todo el que le ama como se ama a sí mismo; siendo estos dos preceptos compendio de la Ley y de los Profetas. Y esto lo vemos prefigurado en Moisés. El amor divino que en él llameaba le hace exclamar: Si he hallado gracia en tu presencia, muéstrateme a ti mismo manifiestamente, para que sea como el que encuentra gracia delante de ti; y a causa del amor del prójimo añade: Para que sepa que esta gente es tu pueblo. Esta es la belleza que inflama en ardores de posesión a toda alma racional: anhelo tanto más urente (ardiente, abrasador) cuanto más puro, tanto más casto cuanto más espiritual y tanto más espiritual cuanto menos carnal.
Pero, mientras peregrinamos lejos de Dios y caminamos por fe y no por visión, vemos las espaldas de Cristo, es decir, su carne, mediante la fe, sólido cimiento, simbolizado en la roca, desde donde le contemplaremos como desde alcázar inexpugnable; esto es, desde el seno de la Iglesia católica, de la cual está escrito: Y sobre esta roca edificaré mi Iglesia. Y con tanta mayor seguridad y anhelo amaremos ver la faz de Cristo cuanto más profundo sea el conocimiento que tengamos del amor que antes nos tuvo el Señor, manifestado en el dorso de su carne”[1].


[1] San Agustín de Hipona, Tratado sobre la Santísima Trinidad, II, XVII, 28, en Obras de San Agustín, Tomo V, BAC, Madrid, 1978, pp. 251.253.

miércoles, 19 de agosto de 2020

La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (II)


             

I. San Gregorio de Nisa: Caminar detrás del Señor

“249. Quien ha avanzado hasta este punto y ha estado protegido por la mano de Dios, como ha puesto de relieve el relato (la mano quizás sea la fuerza de Dios, creadora de los seres, el Unigénito de Dios por medio del cual han sido hechas todas las cosas (Jn 1,3), el cual también es lugar para quienes corren; es, según su propia expresión (Cf. Jn 14, 6; 1 Tm 4,7), camino de los que corren, y es también roca para los que están firmes, y casa para aquellos que han alcanzado el reposo), ése se sentirá llamar, y verá la espalda del que llama, esto es: Marchará detrás del Señor Dios (Dt 13,5), conforme prescribe la Ley[1]
251. También, el Señor que, al convertirse en plenitud de la propia Ley, recibía la riqueza de Moisés, se dirige en forma parecida a los discípulos, y desvela claramente las cosas que habían sido dichas en figuras, cuando dice: si alguien quiere venir detrás de mí (Lc 9,23). No dijo: ‘Si alguno quiere ir delante de Mí’. Y dirige la misma invitación a quien le suplicaba por la vida eterna: Ven y sígueme (Lc 18,22). Ahora bien, quien sigue ve la espalda.
252. Por consiguiente, Moisés, que tiene ansias de ver a Dios, recibe la enseñanza de cómo es posible ver a Dios: seguir a Dios a donde quiera que Él conduzca, eso es ver a Dios. Su paso indica que guía a quien lo sigue. Para quien ignora el camino, no es posible recorrerlo con seguridad más que siguiendo detrás a quien guía. Por esta razón quien guía, yendo delante, muestra el camino a quién le sigue, y quien sigue no se apartará del buen camino si mira continuamente a la espalda de quien conduce”[2].


[1] Camino y término. Camino porque es la meta. Dios-Logos-Cristo. Seguimiento de Dios=seguimiento de Cristo. Cf. Sobre la vocación cristiana 9-20.
[2] Gregorio de Nisa, Sobre la vida de Moisés, (Biblioteca de Patrística 23), Ciudad Nueva, Madrid, 1993, pp, 211-212. Seguimiento de Cristo. Dejarse conducir por él = abandono en la voluntad divina.

martes, 4 de agosto de 2020

miércoles, 29 de abril de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (VI)

SUBSTRATO ASCÉTICO DE SU DEVOTIO/MÍSTICA MARIANA (I)

“Estableciendo como un equilibrio de fuerzas en la concatenación humildad-virginidad-fecundidad de María con su equivalente verdad-pobreza-sublimación, porque se ha fijado en la humildad de su sierva” (Iñaki Aranguren, ocso., “Introducción”, En alabanza de la Virgen Madre, Obras Completas de san Bernardo II. BAC, Madrid, 1984, p. 599).



Homilía I:

[Humildad y virginidad] 5. A esta ciudad, pues, fue enviado el ángel Gabriel por Dios. ¿A quién? A una virgen desposada con un varón, cuyo nombre era José (Lc 1,26). ¿Qué virgen es ésta tan respetable que un ángel la saluda? ¿Tan humilde, que está desposada con un artesano? Hermosa es la mezcla de la virginidad y de la humildad; y no poco agrada a Dios aquella alma en quien la humildad engrandece a la virginidad y la virginidad adorna a la humildad. Mas ¿de cuánta veneración, te parece, que será digna aquella cuya humildad engrandece la fecundidad y cuyo parto consagra la virginidad? Oyes hablar de una virgen, oyes hablar de una humildad; si no puedes imitar la virginidad de la humilde, imita la humildad de la virgen. Loable virtud es la virginidad, pero más necesaria es la humildad: aquélla se nos aconseja, ésta nos la mandan; te convidan a aquélla, a ésta te obligan. De aquélla se dice: El que la puede guardar, guárdela [El que pueda entender, que entienda] (Mt 19,12); de ésta se dice: El que no se haga como este párvulo, no entrará en el reino de los cielos (Mt 18,3-4). De modo que aquélla se premia, como sacrificio voluntario; ésta se exige, como servicio obligatorio. 
En fin, puedes salvarte sin la virginidad, pero no sin la humildad. Puede agradar la humildad que llora la virginidad perdida; mas sin humildad (me atrevo a decirlo) ni aun la virginidad de María hubiera agradado a Dios. 
¿Sobre quién descansará mi espíritu, dice el Señor, sino sobre el humilde y manso? (Is 66, 2). Sobre el humilde, dice, no sobre el que es virgen. Con que si María no fuera humilde, no reposara sobre ella el Espíritu Santo; y, si no reposara sobre ella, no concibiera por virtud de Él (Lc 1,35). Porque, ¿cómo pudiera concebir de El sin Él? Es claro, pues, que para que de Él hubiese de concebir., como ella dice: Miró el Señor a la humildad de su sierva (Lc 1,48) mucho más que a la virginidad; y, aunque por la virginidad agradó a Dios, con todo eso, concibió por la humildad. De donde consta que la humildad fue la que hizo agradable su virginidad también. 

[Grandeza de la humildad] 6. ¿Qué dices, virgen soberbia? María, olvidada de que es virgen, se gloria de la humildad, y tú, menospreciando la humildad, ¿te glorías en tu virginidad? Miró, dice ella, a la humildad de su sierva el Señor (Lc 1,48). ¿Quién es ella? Una virgen santa, una virgen pura, una virgen devota. ¿Por ventura eres tú más casto que ella? ¿O más devoto? ¿O será tu castidad más agradable a Dios que la de María, para que puedas tú sin humildad agradarle con la tuya, no habiéndole ella, sin esta virtud, agradado con la suya? Finalmente, cuanto más digno de honor eres por el don singular de la castidad, tanto mayor injuria te haces a ti mismo, afeando en ti la hermosura de ella con la mezcla de tu soberbia; y mejor te estaría no ser virgen que hacerte soberbio por la virginidad. No es de todos la virginidad, ciertamente, pero es de muchos menos todavía la humildad acompañada de la virginidad. Pues, si no puedes más que admirar la virginidad de María, procura imitar su humildad, y te basta (2 Cor 12,9). Pero si eres virgen y al mismo tiempo humilde, grande eres, cualquiera que seas.

Ejercicio: Elegir para la lectio divina un texto mariano de las Cartas Paulinas. (Ga 4,4-7; Ef 1,2-6.11-12…)

miércoles, 8 de enero de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (I°)

SUBSTRATO EXPERIENCIAL/LITÚRGICO DE SU DEVOTIO/MÍSTICA MARIANA 




Guillermo de Saint-Thierry, Vita Prima Bernardi, Libro I, 2. 4:



“Era la noche de Navidad, y se preparaban, como de costumbre, para las solemnes vigilias. Como se retardaba algún tanto el comienzo del oficio nocturno, sucedió que Bernardo se durmió un poquito, inclinando la cabeza, mientras estaba sentado y esperaba como los demás. Al instante se le mostró al niño el santo nacimiento del Niño Jesús, incrementando su tierna fe e incoando en él los misterios de la divina contemplación. Se le apareció como un esposo saliendo de su alcoba, el más hermoso hijo de los hombres, atrayendo hacia sí los afectos de ningún modo pueriles, del santo niño. Quedó profundamente convencido, y hasta hoy el mismo lo confiesa, de que aquella era la hora del nacimiento del Señor. A los que frecuentaban su auditorio les es fácil advertir con cuánta bendición le previno el Señor en aquella hora, pues hoy parece poseer un sentido más profundo y un lenguaje más rico en lo concerniente a este sacramento (misterio). De ahí que más tarde compusiera un insigne opúsculo, al comienzo de sus obras o tratados, en alabanza de la Madre y del Hijo, y de su santa Natividad, tomando pie del pasaje evangélico donde se lee: Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea…”.





Homilía III:

14. Empleemos ya al que nació para nosotros y fue dado a nosotros en lo que es el fin por que nació y nos fue dado. Usemos del que es nuestro en utilidad nuestra, saquemos del Salvador la salud (Cf. Fil 2,12). He ahí que el párvulo/niño está puesto en medio de nosotros (Cf. Mt 18,2). ¡Oh párvulo deseado de los párvulos! ¡Oh verdaderamente párvulo, pero en la malicia, no en la sabiduría! (Cf. 1 Cor 14,20). Procuremos hacernos como este párvulo (Mt 18,3), aprendamos de El a ser mansos y humildes de corazón (Cf. Mt 11,29); no sea que el grande Dios se haya hecho sin fruto hombre pequeño, no sea que en balde haya muerto (Cf. Gál 2,21), no sea que inútilmente haya sido crucificado por nosotros. Aprendamos su humildad, imitemos su mansedumbre, apreciemos su amor, tomemos parte en sus penas (Cf. 1 Pe 4,13), lavémonos en su sangre (Cf. Ap 1,5; 22,14). Ofrezcámosle a El mismo como víctima por nuestros pecados (1 Jn 2,2), pues para esto nació y nos fue dado a nosotros (Is 9,6). Ofrezcámosle a los ojos de su Padre, ofrezcámosle a los suyos mismos, porque el Padre no perdonó a su propio Hijo (Rm 8,32), sino que por nosotros le entregó; y el mismo Hijo se abatió hasta tal extremo, que tomó la forma de esclavo (Fil 2,7). El mismo entregó su vida a la muerte y fue puesto en el número de los malhechores; y El mismo llevó sobre sí los pecados de muchos y oró por los violadores de la ley para que no pereciesen (Cf. Is 53,12). No pueden perecer aquellos por quienes el Hijo ruega que no perezcan, por quienes el Padre entregó su Hijo a la muerte para que vivan (2 Cor 4,11). Debemos esperar el perdón de ambos igualmente; en los cuales es igual la misericordia en su piedad, igual en la voluntad el poder; una misma substancia en la deidad; en la cual, juntamente con el Espíritu Santo, vive y reina Dios por los siglos de los siglos. Amén.


“Es de notar cómo la fe del niño Bernardo se abrió a la luz mediante la experiencia del misterio de la Encarnación, dando así lugar a la gracia de la contemplación. Es un hecho indiscutible que esta gracia marcó y acompaño a san Bernardo durante el resto de sus días y le dio una particular sensibilidad y expresividad en lo referente al misterio de Jesús Niño. Cualquiera lo puede comprobar mediante una simple lectura de sus sermones para el ciclo de Navidad. El tratado En Alabanza de la Madre y del Hijo y de su santa Natividad encuentra su fuente vital en una experiencia de los primeros años” (Bernardo Olivera, p. 47).

“…una palabra sobre la mediación de la liturgia. La liturgia mariana en los días de san Bernardo constaba de cuatro fiestas: Purificación, Asunción, con su Octava, Anunciación y Natividad de María. San Bernardo cita con mucha frecuencia textos del oficio divino: antífonas, himnos, responsorios, lecciones. Es permeable a toda la liturgia, ella es fuente de devoción…Tal es su familiaridad y conformación con la liturgia que, al igual que con la Escritura, canta como ella: prefiere confesar, alabar y adorar, más que razonar, deducir y concluir” (Idem., p. 31)





Ejercicio: Hacer memoria escrita de la experiencia mariana fundante y de su proceso de maduración a nivel personal (y comunitario).

miércoles, 1 de enero de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (INTRODUCCIÓN)






Benedicto XVI: San Bernardo de Claraval, el “dulce poeta” de la Virgen[1]



“En otro célebre sermón del domingo dentro de la octava de la Asunción, el santo abad describió en términos apasionados la íntima participación de María en el sacrificio redentor de su Hijo. “¡Oh santa Madre, - exclama - verdaderamente una espada ha traspasado tu alma!... Hasta tal punto la violencia del dolor ha traspasado tu alma, que con razón te podemos llamar más que mártir, porque en ti la participación en la pasión del Hijo superó con mucho en su intensidad los sufrimientos físicos del martirio” (14: PL 183,437-438). Bernardo no tiene dudas: "per Mariam ad Iesum", a través de María somos conducidos a Jesús. Él confirma con claridad la subordinación de María a Jesús, según los fundamentos de la mariología tradicional. Pero el cuerpo del Sermón documenta también el lugar privilegiado de la Virgen en la economía de la salvación, dada su particularísima participación como Madre (compassio) en el sacrificio del Hijo. No por casualidad, un siglo y medio después de la muerte de Bernardo, Dante Alighieri, en el último canto de la Divina Comedia, pondrá en los labios del Doctor melifluo la sublime oración a María: “Virgen Madre, hija de tu Hijo/ humilde y más alta criatura/ término fijo de eterno consejo,..." (Paraíso 33, vv. 1ss.).

Estas reflexiones, características de un enamorado de Jesús y de María como san Bernardo, provocan aún hoy de forma saludable no sólo a los teólogos, sino a todos los creyentes. A veces se pretende resolver las cuestiones fundamentales sobre Dios, sobre el hombre y sobre el mundo, con las únicas fuerzas de la razón. San Bernardo, en cambio, sólidamente fundado en la Biblia y en los Padres de la Iglesia, nos recuerda que sin una profunda fe en Dios, alimentada por la oración y por la contemplación, por una relación íntima con el Señor, nuestras reflexiones sobre los misterios divinos corren el riesgo de ser un vano ejercicio intelectual, y pierden su credibilidad. La teología reenvía a la “ciencia de los santos”, a su intuición de los misterios del Dios vivo, a su sabiduría, don del Espíritu Santo, que son punto de referencia del pensamiento teológico. Junto a Bernardo de Claraval, también nosotros debemos reconocer que el hombre busca mejor y encuentra más fácilmente a Dios “con la oración que con la discusión”. Al final, la figura más verdadera del teólogo sigue siendo la del apóstol Juan, que apoyó su cabeza sobre el corazón del Maestro.

Quisiera concluir estas reflexiones sobre san Bernardo con las invocaciones a María, que leemos en su bella homilía: “En los peligros, en las angustias, en las incertidumbres – dice – piensa en María, invoca a María. Que Ella no se aparte nunca de tus labios, que no se aparte nunca de tu corazón; y para que obtengas la ayuda de su oración, no olvides nunca el ejemplo de su vida. Si tú la sigues, no puedes desviarte; si la rezas, no puedes desesperar; si piensas en ella, no puedes equivocarte. Si ella te sostiene, no caes; si ella te protege, no tienes que temer; si ella te guía, no te cansas; si ella te es propicia, llegarás a la meta...” (Hom. II super “Missus est”, 17: PL 183, 70-71)”.





Tema: EL SUBSTRATO DE LA DEVOTIO/MÍSTICA MARIANA DE SAN BERNARDO DE CLARAVAL EN “IN LAUDIBUS VIRGINIS MATRIS” (Super “Missus est”).





Claves para la lectura de En alabanza de la Virgen Madre:



“Bernardo está inspirado, emocionado, urgido íntimamente por la devoción, ordenado por ella, a hablar en alabanza de la Virgen Madre, especialmente en torno a la historia de la Anunciación” (Thomas Merton, ocso., Curso de Mística cristiana en trece lecciones, Sígueme, Salamanca, 2018, p. 134)




Textos para una lectura sapiencial:


Introducción:

Hace ya un tiempo que la devoción viene impulsándome a escribir algo, pero me lo han impedido las ocupaciones. Más ahora, una indisposición me incapacita para seguir con mis hermanos la vida común y, por otra parte, me resulta insoportable permanecer ocioso durante este corto descanso. Así pues, quitando al sueño un poco de tiempo, tratare de abordar de una vez el tema que con frecuencia ha llamado a las puertas de mi espíritu: redactar algo en alabanza de la Virgen Madre siguiendo el relato evangélico que nos cuenta la historia de la Anunciación del Señor, descrita por Lucas.

Debo reconocer que no me apremia a ello necesidad alguna de mis hermanos ni su mayor provecho espiritual, que es lo primero que debo atender. Pero pienso que esto no es razón suficiente para dejar de hacerlo. Creo que no puede molestarles que satisfaga mi devoción personal si en todo momento me encuentran dispuesto a servirles en cuanto me necesiten.



Homilía IV:

1. No hay duda que cuanto proferimos en las alabanzas de la Virgen Madre pertenece al Hijo; y que igualmente cuando honramos al Hijo no nos apartamos de la gloria de la Madre. Porque si, como dice Salomón: El Hijo sabio es gloria del Padre (Prov 10,1, Vg.), ¿cuánta mayor gloria será ser Madre de la misma Sabiduría? ¿Pero qué intento yo en las alabanzas de aquella Señora a quien publican digna de alabanza los profetas, lo expresa el ángel, lo declara el Evangelio? Y0 pues, no la alabo, porque no me atrevo, sino que repito con devoción lo que ya explicó por la boca del evangelista el Espíritu Santo. Prosigue, pues, y dice: Y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre (Lc 1,32, Vg).

[El verdadero Rey Ungido en la Jerusalén verdadera] Son palabras del ángel a la Virgen sobre el Hijo prometido, asegurando que ha de poseer el reino de David. Que de la prosapia de David (Jr 13,13) trajese su origen el Señor Jesús, nadie lo duda. Pero yo deseo saber cómo le dio el Señor el trono de su padre David, no habiendo reinado en Jerusalén, sino que, antes bien, queriéndole hacer Rey las turbas, no lo consintió (Jn 6,15), y aun delante de Pilatos protestó diciendo: Mi reino no es de este mundo (Jn 18,36). En fin, ¿qué cosa grande se promete para quien se sienta sobre los querubines (Sal 98, 1), para quien vio el profeta sentado sobre un excelso y elevado solio (Is 6,1), en que haya de sentarse en el trono de David, su padre? Pero sabemos que hay otra Jerusalén significada por ésta (Gal 4,25), en que reinó David, y que es aquélla mucho más noble y rica. Esa misma, pues, juzgo se entiende aquí según el frecuente modo de hablar de la Escritura, en que se pone muchas veces lo que significa por el significado.

A la verdad, le dio Dios el trono de David, su padre, cuando le constituyó Rey sobre Sión, su monte santo (Sal 2, 6). Y aquí el profeta parece haber explicado más claramente de qué reino habla, porque no dice en Sión, sino sobre Sión. Por eso quizá dice sobre, porque ciertamente en Sión reinó David, pero está sobre Sión el reino aquel de quien se dijo a David: Del fruto de tu vientre pondrá sobre tu silla/trono (Sal 131, 11); de quien se dijo también por otro profeta: Sobre el solio de David y sobre su reino se sentará (Is 9, 7). ¿No ves cómo en todas partes hallas sobre? Sobre Sión (Sal 2,9), sobre la silla/trono (Sal 131,11), sobre el solio (Is 6,1), sobre el reino (Is 9,7). Le dará, pues, el Señor Dios el trono de su padre David (Lc 1,32); no el figurativo, sino el verdadero; no el temporal, sino el eterno; no el terreno, sino el celestial. El cual por eso (como se ha explicado) se dice haber sido de David, porque éste [trono] en que él reinó temporalmente era imagen del eterno.



Epílogo: [Excusase San Bernardo a si mismo por haber explicado este pasaje del evangelio después de otros expositores].

He expuesto la lección del Evangelio como he podido; ni ignoro que no a todos agradará este mi pensamiento, sino que sé que por esto me he expuesto a la indignación de muchos, y que reprenderán mi trabajo por superfluo o me juzgarán presumido; porque, después que los Padres han explicado plenísimamente este asunto, me he atrevido yo, como nuevo expositor, a poner mi mano en lo mismo. Pero si he dicho algo después de los Padres que, sin embargo, no es contra los Padres, ni a los Padres ni a otro alguno juzgo que debe desagradar. Donde he dicho lo mismo que he tomado de los Padres, esté muy lejos de mí el aire de presunción para que no me falte el fruto de la devoción, y yo con paciencia oiré a los que se quejaren de la superfluidad de mi trabajo. Con todo eso, sepan los que me reprenden de una ociosa y nada necesaria exposición que no he pretendido tanto exponer el Evangelio como tomar ocasión del Evangelio para hablar lo que era deleite de mi alma. Pero si he pecado en que más antes he excitado en esto mi propia devoción que he buscado la común utilidad, poderosa será la Virgen para excusar este pecado mío delante de su Hijo, a quien he dedicado esta pequeña obra, tal cual ella sea, con toda mi devoción.





Contenido: “Tratado” sobre la Maternidad de la Virgen María.



Mariología monástica (método), mística (objeto) y mistagógica (intención).



“Bernardo comienza exponiendo la preparación moral de María para su maternidad divina, mediante la humildad y el voto de virginidad. Luego por medio del recurso a prefiguraciones del Antiguo Testamento, pone en evidencia la particular maternidad y misión divina de la Virgen Madre. La misión queda confirmada, sobre todo, por la figura del ‘vellocino de Gedeón’, aplicado tanto a María como a Cristo. Llegado a este punto Bernardo irrumpe en un canto ferviente, en una invocación confiada a la ‘Estrella del mar’ y guía por los mares de este mundo tenebroso. Luego de una pausa, en ocasión del diálogo con Gabriel, reemprende, pero sin repetirse, el tema de la maternidad virginal, precisa lo que fue la gracia de María antes de su maternidad y a continuación su función relativa al Salvador. Esta función llega a su climax en la respuesta de la Virgen al misterio de la divina Encarnación: todo está pendiente de su ‘hágase’.
Los temas que se encuentran y desarrollan en Missus est son variados. El lector atento los identificará sin dificultad, aún más, con gozo: la predestinación de María y su relación con la Santísima Trinidad; los tipos del Antiguo Testamento y las profecías que se refieren a ella; el misterio de ‘ser cubierta’ por la sombra del Espíritu Santo; María en la economía de la salvación; san José, su justo y casto esposo; las virtudes de la humildad y virginidad…” (Bernardo Olivera, ocso., “Introducción”, Homilías marianas, PC 7, Azul, Claretianas, 1980.pp.47-48).





Ejercicio: Lectio divina de Lc 1, 26-38.



[1] 21 de octubre de 2009.

sábado, 29 de junio de 2019

Variaciones sobre la vida de San Benito. Abad Nicolas Dayez (I)

Tomado de Lettre de Maredsous, años 2001 y 2002


Nos volvemos hacia la vida de san Benito, para encontrar en ella un itinerario de lo que nosotros mismos debemos vivir. No es pequeña la tentación de pensar que la vida de san Benito ha sido tranquila, como nos gustaría que fuera la nuestra, a fin de poder entregarnos a la oración, a la lectura y a todo lo que hemos decidido hacer. Un simple contacto con el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio nos revela una vida medianamente agitada. Cuatro veces por lo menos san Benito debe tomar decisiones que conmueven profundamente su vida, después de acontecimientos imprevistos: la interrupción voluntaria de sus estudios, el retiro en Subiaco, la estadía en Vicovaro, el regreso a la soledad, Montecassino. Cambio de lugar, nos dice san Gregorio, pero no cambio de adversario. Es el otro aspecto de la vida de san Benito, el de la duración, el del crecimiento, el del combate mantenido, el de la victoria adquirida. 

Nos sucede a veces que pensamos en un tiempo en el que estaríamos liberados de toda preocupación, o según un horario reglamentado, pasaríamos de la oración a la lectura, de la lectura al trabajo, del trabajo a la oración, sin contratiempos. En una palabra, el horario ideal. La vida misma de san Benito nos dice que es un sueño y viene a quebrarlo, como una copa envenenada. Es en la apertura al acontecimiento más transformador que es preciso aprender el lento, largo y duro combate del progreso en la vida monástica.

Si la vida de san Benito nos deja a veces o a menudo una impresión de paz lineal, no es por no haber conocido perturbaciones. ¿No será más bien que a medida que las ha vivido, su corazón se ha dilatado, para correr por el camino de los mandamientos de Dios con inenarrable dulzura de caridad?

El primer lugar en el que encontramos a san Benito es Subiaco, en Sacro Speco. Se retira allí, sabiamente ignorante e inculto a sabiendas, según las palabras difícilmente traducibles de san Gregorio. Vivirá en la gruta tres años, desconocido por todos, excepto por el monje Román y por el adversario.

Esto lo sabemos todos. Pero ¿qué significa una gruta para nosotros? ¿Un hueco en la tierra o bien una mirada clavada en el cielo? Si Benito quiere sustraerse a la mirada de los hombres, busca más bien exponerse a la mirada de Dios. Deseoso de agradar solo a Dios, busca exclusivamente a Dios. Si para esto se aparta de los hombres, no por esto desea la oscuridad. Quiere estar ante Dios y ante el universo, ante la única luz verdadera.

En la gruta, Benito no plantea ningún desafío. Se deja evangelizar a fondo. Se deja desplegar totalmente. Difícil tarea encontrar la simplicidad, consentir que los pliegues del propio corazón se deshagan uno tras otro, para que el dedo de Dios pueda escribir allí las palabras que será necesario decir después a sus hermanos, a los monjes, al mundo.

La vida monástica no es un desafío que lanzamos a nuestra voluntad, a nuestro heroísmo, a nuestra santidad. Si hay una advertencia, esta proviene de Dios para que aceptemos la invasión dolorosa y regeneradora de la gracia. Dejar que se realice nuestro propio paso, pascua, en Dios y sólo en él. Si busca verdaderamente a Dios, ha sido la pregunta, cuando el monje que queremos ser se presentó a la puerta del monasterio.

De Roma a Subiaco, san Benito se había dirigido a Effide con su nodriza. Va a dejar a esta última clandestinamente. Se trata de su propia iniciativa, pero más aún de la de Dios que lo llama. “Buscando a su obrero”, dirá el prólogo de la Regla, en un magnífico resumen. Benito hace el voto único de dedicarse al deseo de Dios. ¡Qué audacia! ¡Y qué juventud supone esto!

Durante tres años, durante una larga recreación, Dios configura los rasgos de su Hijo en el corazón de este hombre. Benito el solitario, a pesar de todas sus resistencias, está llamado a convertirse en el hombre más solidario de todos; el ermitaño debe convertirse en un abba, el que se ha adentrado en el desierto debe convertirse en el padre de una multitud innumerable de discípulos.

Día tras día, al ritmo de una vida que acaba tarde en la noche y comienza temprano a la mañana, Dios modela el corazón de Benito. Hasta el día de Pascua, cuando Benito dirá al hombre de Dios que viene a traerle comida: “Sé que es Pascua porque te he visto”. El corazón que habla así no sólo es fraterno; es un corazón que vive del Espíritu Santo, es un corazón que late al mismo ritmo que el del Padre. Una paternidad semejante, tan impregnada de la de Dios, no puede sino estar abierta a todos. “Que espere la santa Pascua con alegría de espiritual anhelo”, aconsejará la Regla para la Cuaresma. Un consejo que no debemos comprender y aplicar simplemente desde un punto de vista cronológico. Que espere y desee ese momento en el que su corazón se haya convertido en Pascua y paso hacia todo hombre.

El ermitaño de Subiaco ha de convertirse en un abba. La oración lo arrancará muy pronto de la gruta y lo llevará a compartir la paternidad de Dios hacia los hombres. Su vida ejemplar le ha hecho publicidad, anuncio. Los discípulos se agrupan en torno a él. Deberá formarlos, y se revelará maestro en la materia.

sábado, 26 de enero de 2019

ACATISTOS AL DULCÍSIMO JESUS (XIII)

DULCE JESÚS, AMIGO Y ESPOSO



K. 13. Oh Jesús, manso y humilde de corazón, en tu amor que nada desprecia, mira nuestra miseria, perdónanos sin límite y en tu compasión infinita acepta nuestra humilde oración como has aceptado la pobreza ofrecida de la viuda[1].

Jesús, a imagen de los niños, tus preferidos, transfórmame.

Jesús, como los pastores asombrados, atráeme hacia Ti

Jesús, como al ciego de nacimiento, tócame, para que yo te vea.

Jesús, como al paralítico, cúrame para que yo camine contigo.

Jesús, como la cananea que te suplicaba, escúchame.

Jesús, como a María que te escuchaba, háblame de Ti

Jesús, como sobre Pedro que te había negado, fija tu mirada sobre mí.

Jesús, como María Magdalena que te amó mucho, perdóname.

Jesús, como Zaqueo, llámame y ven a mí.

Jesús, como a la hija de Jairo, revíveme.

Jesús, como a la Samaritana, transfórmame.

Jesús, como a Juan –el discípulo amado- hazme permanecer en Ti

Jesús, al terminar mi vida, como al buen ladrón, dime:

“Hoy estarás conmigo en mi Reino.”



Marcos 12, 41-44, Lucas 23, 39-43.
Marcos 12, 41 Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. 42 Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. 43 Entonces él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, 44 porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir». Cf. Lucas 21, 1-4.
Lucas 23, 39 Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros». 40 Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? 41 Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero él no ha hecho nada malo». 42 Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino». 43 El le respondió: «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso».



  1. Oración conclusiva de súplica implorando los magníficos bienes celestiales.
  2. Relación personal (Esposo y Maestro – viuda y discípulo) entre Jesús: manso y humilde de corazón/dulcísimo, y el orante que súplica “como” los pobres y débiles que se relacionaron personal e íntimamente (amigos) con Jesús (Cf. Mt 18, 1-5): niños, pastores, ciego de nacimiento, paralítico, cananea, María de Betania, Pedro, María de Magdala, Zaqueo, hija de Jairo, Samaritana, Juan, Buen ladrón.
  3. Súplica pidiendo protección contra los diversos peligros: enemigos visibles e invisibles, invasores, enfermedad, hambre, tribulaciones, heridas, tormentos futuros. Pide su protección, atracción, contacto, visión, curación, compañía, acompañamiento, atención, palabra, diálogo, mirada, perdón, conversión, transformación, cercanía, permanencia, presencia, en una palabra, está pidiendo a Jesús mismo.
  4. Dos iconos narrativos de la oración: A) La súplica (pequeño rezo) que se canta es como la moneda de la viuda (todo lo que tenía para vivir), el orante vive de y por la súplica confiada (Mc 12, 41-44, Cf. Lucas 21, 1-4). B) La oración de Dimas el Buen Ladrón (Lc 23, 39-43): temor de Dios-reverencia, confesión del pecado-compunción, súplica confiada y respuesta divina inmediata.
  5. Textos bíblicos: Mateo 11, 25-30; Éxodo 34, 6-13.

[1] Dulce y generoso Jesús (dulcísimo y amoroso – B). Acepta ahora nuestro pequeño rezo (recibe esta humilde súplica – B), como aceptaste (recibiste – B) las dos monedas de la viuda. Protege a tus hijos (preserva Tu heredad – B) del enemigo visible e invisible, de la invasión extranjera, de la enfermedad, del hambre, de cada desgracia (de las tribulaciones – B) y de la herida mortal. Libéranos de los tormentos futuros a quienes te imploramos (a los que claman a Ti – B): ¡Aleluya! (En A y B es repetido tres veces).

sábado, 12 de enero de 2019

ACATISTOS AL DULCISIMO JESUS (XII)

DULCE JESÚS, GRACIA Y MORADA


K. 12. Dadme la gracia, Jesús, tú que perdonas toda deuda[1]. Acógeme, arrepentido, como has acogido a Pedro que te había negado. Llámame, a mí pecador[2], como has llamado a Pablo que te perseguía, Y escúchame, que te canto[3]: Aleluya.

I.12. Celebrando tu Encarnación, todos nosotros te alabamos[4]. Con Tomás, te confesamos[5] Dios y Señor, que sentado a la diestra del Padre vendrás a juzgar a vivos y a muertos. Otórgame un lugar a tu derecha a mí que te canto[6]:

Jesús, fuego de amor, enciéndeme[7].

Jesús, morada eterna, refúgiame[8].

Jesús, manto de luz, revísteme de tu belleza[9].

Jesús, perla de gran precio, brilla sobre mí[10].

Jesús, sol que surge, ilumíname[11].

Jesús, luz santa, esclaréceme[12].

Jesús, de toda enfermedad, presérvame[13].

Jesús, arráncame de la mano del adversario[14].

Jesús, libérame de la pena eterna[15].

Juan 21, 15-19; 20, 24-29.
Juan 21, 15 Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?». El le respondió: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». 16 Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». El le respondió: «Sí, Señor, saber que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». 17 Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas. 18 Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras». 19 De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme». Cf. Mateo 16, 13-20.
Juan 20, 24 Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. 25 Los otros discípulos le dijeron: «¡Hemos visto al Señor!». El les respondió: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré». 26 Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: «¡La paz esté con ustedes!». 27 Luego dijo a Tomás: «Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe». 28 Tomas respondió: «¡Señor mío y Dios mío!. 29 Jesús le dijo: «Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!».

  1. Oración completa de glorificación de Dios, acción de gracias, petición de perdón y súplica implorando los magníficos bienes celestiales.
  2. Relación personal del orante con el Señor. Jesús misericordioso que perdona toda deuda: traición (negación), persecución, duda, incomprensión (ambición), y da abundantemente su gracia. Súplica: perdóname la deuda como a la prostituta que te amó, recíbeme como a Pedro que te negó, llámame como a Pablo que te persiguió. Títulos de Jesús algunos referidos a la iluminación: sol que surge, luz santa, perla de gran precio (Cf. Mt 13, 45-46), y otro, refugio (cobijo): morada eterna, y otros asocian ambos: fuego de amor, manto de luz. Algunas versiones se refieren a Jesús como “flor aromática (de dulce aroma), todo perfuma”, y suplican: “hazme fragante”.
  3. Misterio de Jesucristo: Alabanza de la Encarnación en oposición a la duda sobre la Resurrección. A Jesús que está sentado en la Gloria a la derecha del Padre (Ascensión, Rey eterno, Rey de paz) y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos (Parusía, Juez) le pide un lugar a su derecha, contrapuesto a la incomprensión y ambición egoísta (“queremos-podemos” de Santiago y Juan).
  4. A) Icono narrativo del diálogo de Jesús con Pedro (Jn 21, 15-19; Cf. Mateo 16, 13-20)), confesión de amor y segundo llamado. B) Icono narrativo del diálogo de Jesús con Tomás (Jn 20, 24-29) considerando en esta ocasión la confesión y bienaventuranza de la fe.
  5. Textos bíblicos: Lucas 7, 36-50; Marcos 10, 35-41 (Cf. Mateo 20, 20-24).

[1] Tú que absuelves todos los pecados (A).
[2] Que estoy abatido (B).
[3] Llámanos del letargo así como en un tiempo llamaste a Pablo que te perseguía. Escucha nuestra voz mientras Te invocamos (A), préstame atención cuando clamo a Ti (B).
[4] Cantando himnos a Tu Encarnación todos te glorificamos (A).
[5] Creemos que Tú eres (A).
[6] Haznos dignos de estar a tu derecha mientras Te invocamos diciendo (A). Se agrega: Jesús, Rey eterno, ten piedad de nosotros. Jesús, Flor aromática, todo perfuma(A), Rey de la paz, concédeme Tu paz. Flor de dulce aroma, hazme fragante (B).
[7] Rescoldo amado, caliéntanos (A), Cordialidad deseada, reconfórtame (B).
[8] Templo eterno, repáranos (A), abrígame (B).
[9] Hábito luminoso, adórnanos (A), Vestidura resplandeciente, adórname (B).
[10] Perla genuina, haznos resplandecer (A), de gran precio, enriquéceme (B). Se agrega: Jesús, Piedra preciosa, haznos brillar (A), ilumíname (B).
[11] Sol de justicia, ilumínanos (A), brilla sobre mí (B).
[12] Hazme radiante (B).
[13] Protégenos de los males del alma y del cuerpo (A), líbrame de la debilidad del alma y del cuerpo (B).
[14] Rescátanos de las garras del enemigo (A), rescátame (B).
[15] Libéranos del fuego inextinguible y de los otros tormentos eternos (A), sálvame de los tormentos eternos (B). Se agrega: Jesús, Hijo de Dios: ten piedad de nosotros (A), Ten piedad de mi (B).