sábado, 3 de febrero de 2018

Homilía de Mons. Martín de Elizalde OSB Obispo emérito de Santo Domingo en Nueve de Julio en la bendición abacial del Rmo. Padre Pedro Edmundo Gómez, osb


El Siambón, 27 de enero de 2018


 

Lecturas: Prov 4,7-13; Hech 2,42-47; Lc 12,35-44



Excelencias, queridos hermanos en el episcopado,

querida comunidad del Monasterio Cristo Rey, con su Padre abad Pedro Edmundo,

hermanos monjes y monjas,

hermanos y hermanas:



Nos encontramos reunidos en esta celebración movidos por el afecto fraterno que nos liga a esta comunidad y a su recientemente elegido Padre Abad, presencia que está profundamente signada por la comunión eclesial, con el pastor de la diócesis, y por la fe que nos mantiene centrados en la Eucaristía y desde la cual la vida monástica es una manera de irradiación de la caridad –amor de Dios y de los hermanos. Este encuentro es una fiesta de la fe, y ella da sentido y le confiere un alcance que solo podremos apreciar situándonos en la verdad del misterio, en la plenitud de la vida de la Iglesia, donde hallamos la vocación que Dios señala a sus hijos, según los caminos del Evangelio. La vida monástica está en el corazón de la Iglesia, como una invitación dirigida a los hombres, no solo para quienes están llamados a la profesión monástica, sino como una palabra de vida, de salvación, de felicidad, de la cual todos pueden beneficiarse, como un trasunto del Evangelio.



1.



La celebración de hoy reúne tres condiciones: es la fiesta de una comunidad, que recibe, con el poder y el sello de la liturgia, a su nuevo abad; es la fiesta de un carisma, don de Cristo a su Iglesia; es la fiesta de la Iglesia, que vive en la respuesta de sus hijos, compartiendo los dones de la comunión.



Fiesta de la comunidad.

La primera de las lecturas elegidas para esta Eucaristía –Proverbios- nos ilumina en el estilo sapiencial, que san Benito adopta en el Prólogo de su Regla, asumiendo la catequesis que proviene de la Regla del Maestro, y recordando las dos vías del salmo 1, con la voz del padre que se dirige con amor sincero a su hijo. El capítulo del libro bíblico ya comienza con la misma admonición del Prólogo de la Santa Regla: “Escuchen, hijos, la instrucción del padre…”. Son palabras que invitan a disponer el corazón para la escucha atenta, y que nos indican una característica fundamental de la misión del abad. La segunda lectura, al describir la comunidad cristiana de Jerusalén, propone su ejemplo, que desde los orígenes los monjes se han esforzado por imitar: vida apostólica, según el modelo de los discípulos más cercanos del Señor, atentos a sus enseñanzas, asiduos a la comunión, a la fracción del pan y a la oración, compartiendo los bienes, ejerciendo la caridad, gozosos y perseverantes en la alabanza y en el servicio. El monasterio es el taller donde los hermanos trabajan con las herramientas del arte espiritual, sin la aflicción causada por el pecado pero con la alegría del buen celo, nada anteponiendo a Cristo, “que a todos nos conduzca a la vida eterna”. Esta disciplina es propuesta y alentada por el abad, como el hombre del Evangelio, a quien Jesús elogia, administrador fiel y prudente, solícito y vigilante, instruido en la ley divina, atento a la condición de cada hermano, más preocupado por ser de utilidad que por ejercer el mando, de modo que nadie sea perturbado ni afligido en la casa de Dios y disponiendo todo de manera que los fuertes deseen ardientemente ofrecer más y los débiles no se sientan abatidos.



Celebración del carisma

La Iglesia al incluir el rito de la bendición abacial en su liturgia nos enseña, a través de los signos sensibles que ella emplea, que la vida consagrada es un elemento esencial en la vida de la Iglesia, y pone de relieve las características del servicio abacial, pero en un doble contexto: la misión concreta del abad en su comunidad, siguiendo en todo la Regla que es maestra, como dice san Benito, y el aporte que la tradición monástica representa desde sus mismos orígenes para la Iglesia toda.



Las lecturas de la Eucaristía que celebramos son una clara ilustración de lo que debe ser y hacer el abad. Pero también, como en un espejo, hace patente y fortalece cuanto la Regla enseña, que el abad es un monje, que enseña más con hecho que con palabras, y que la comunidad, como una personalidad corporativa, al practicar los preceptos de Benito se pone al servicio de sus hermanos, para trasmitirles la verdad y alentarlos en su propio camino de fidelidad al Evangelio. Y el primer beneficiario es el mismo abad, que recibe el testimonio ejemplar de sus hermanos, y enseñando y orientando, se enmienda y mejora él mismo. Para la fraternidad monástica el abad no es solo un responsable, un guía, una cabeza que representa. Tiene, y produce impresión expresarlo, la misión de ser como Cristo, y la liturgia que celebramos se dirige con humildad suplicante a Dios para que el elegido pueda hacer sus veces, acercando a cada una de las almas que le han sido confiadas la suave amistad del Señor.



Comunión con la Iglesia

San Benito se refiere a la autoridad de la Iglesia de manera explícita en dos oportunidades: al reglamentar la salmodia y en el caso de dificultades en la gestión abacial. Ambas circunstancias tienen su profunda razón; baste señalar que se refieren, el primer caso, al opus Dei, al que nada debe anteponerse, porque en la alabanza divina está como la definición de la orientación hacia el Creador de la vocación monástica, y el segundo, trata de la corrección por la autoridad episcopal de prácticas que no son conformes al espíritu que debe animar a los monjes, porque ellas repercuten desfavorablemente en el Pueblo de Dios. Es que el monasterio, por su misión, tiene que acompañar a los fieles, y no puede faltar a este compromiso. Lo hace en comunión con los pastores, no con la suficiencia ni el orgullo de un privilegio, sino por la elección recibida, por la renovada fidelidad bautismal, por el alimento de la Palabra de Dios, por la constancia en la oración, por la tradición atesorada en dieciséis siglos de vida, por los ejemplos de los santos y la enseñanza de nuestros padres y formadores.



2.



Permítanme una breve reflexión sobre un pasaje de la vida de san Benito de Nursia, que refiere san Gregorio Magno en el segundo libro de los Diálogos (c. 35): anticipaba el santo el tiempo de la oración nocturna, solo, antes de las vigilias, cuando “vio una luz que descendía de lo alto, que apartaba las tinieblas de la noche. Era una luz que iluminaba con tal resplandor que superaba a la luz del día, aunque brillaba rodeada de oscuridad”. Contemplando este hecho extraordinario, según lo refirió él mismo, vio Benito al mundo entero, concentrado como en un solo rayo de sol, y tuvo la visión del alma del obispo Germán de Capua que era llevada al cielo. La pregunta del diácono Pedro, ingenuo y oportunamente curioso, ofrece a san Gregorio la ocasión para dar una explicación teológica: “En la luminosidad de la contemplación interior se expande la capacidad del alma”. En este episodio, Gregorio, doctor de la contemplación, muestra la relación entre la actitud orante del santo, y esa apreciación espiritual del mundo creado, ya que “para el alma que contempla a su Creador, toda creatura es siempre pequeña”. Y nos indica en qué consiste la contemplación: fruto de la oración, nos conduce a una forma de unión con Dios donde las limitaciones humanas son superadas por la dilatación –dice Gregorio- del alma del contemplativo, que le permite ver sin dificultad lo que es inferior y se encuentra debajo de Dios. Y concluye: “A esta luz exterior que brillaba ante sus ojos correspondía una luz interior en el alma que mostraba al espíritu del contemplativo cuan pequeñas son las cosas de este mundo, cuando ya ha sido llevado hacia las alturas”.



El testimonio que san Gregorio nos trasmite no se refiere a un hecho aislado, casi fortuito. Parece indicar más bien una característica de la espiritualidad benedictina: en el silencio y la quietud, la oscuridad cede ante la luz, lo visible ante lo invisible, lo material ante lo espiritual. Y en esta nuestra asamblea de hoy, cuando pedimos a Dios por la comunidad del Siambón y su nuevo abad, podemos incluir esta súplica a Dios Nuestro Señor, que el abad –todos nuestros abades- sepa infundir siempre en sus monjes, el deseo de contemplar a Dios, anticipando el encuentro con Él, y que nuestros monasterios ayuden a todos los hombres a descubrir estas realidades ocultas pero no invisibles, según el espíritu que nos legó san Benito. Desde la contemplación de Dios se puede encontrar la perspectiva verdadera para el conocimiento y el uso de todo lo creado, que recibe así su verdadera proporción. Y la proórción es la condición de la belleza, pues es bueno cuanto Dios ha hecho. Nuestro humilde servicio de monjes, en el seguimiento de Cristo según las enseñanzas de los Padres monásticos y practicando esta modesta regla de iniciación, cuyo texto va a recibir solemnemente el abad elegido, ojalá pueda contribuir con su mensaje a consolidar un verdadero humanismo.



3.



Finalmente, quiero recordar, con mucho afecto y ciertamente con emoción, al abad Benito Veronesi, con quien hemos compartido durante muchos años tareas y responsabilidades, con la alegría de sabernos en sintonía y con una respetuosa conciencia de las diferentes miradas que podíamos tener. El monasterio del Siambón tiene ya lo que para nuestras casas de la Argentina es una larga historia, cimentada con el fervor y la dedicación de sus abades con su ejemplo y perseverancia, -tenemos aquí al abad José- y de sus monjes. En esta historia la figura del Padre abad Benito tiene un relieve especial, que merece el agradecimiento de todos nosotros, y no sólo en su abadía, sino en la Iglesia y en la Congregación.



El P. Pedro Edmundo tiene en estos antecedentes un modelo y una ayuda. El puede aportar con su conocimiento y frecuentación de las grandes fuentes del pensamiento la convicción que la verdadera filosofía se refiere a la Sabiduría increada, para hacer que, por ella, los monjes bajo su guía, realicen la ascensión hasta el encuentro con la luz indeficiente. Quiera Dios que los tiempos nuevos concedan a nuestro monacato vivir esa plenitud de la vocación que nos propone san Benito en su Regla, y que nuestra generación no supo tal vez presentar ni realizar adecuadamente, pero que siempre deseamos encontrar. María, Madre de Dios, Reina de los monjes, interceda por el nuevo abad, acompañe siempre a la comunidad y nos obtenga a todos la protección divina.

La oración: “lucha cuerpo a cuerpo que se gana dejándose vencer” - Lectio de Génesis 32, 23-33 según una Catequesis de S. S. Benedicto XVI- (Última parte)



VII. La oración es una lucha



“Las explicaciones que la exégesis bíblica da con respecto a este fragmento son muchas; en particular los estudiosos reconocen aquí intentos y componentes literario de varios tipos, como también referencias a algún cuento popular. Pero cuando estos elementos son asumidos por los autores sagrados y englobados en el relato bíblico, cambian de significado y el texto se abre a dimensiones más amplias. El episodio de la lucha en el Yaboq se muestra al creyente como texto paradigmático en el que el pueblo de Israel habla de su propio origen y delinea los trazos de una relación especial entre Dios y el hombre. Por esto, como se afirma también en el Catecismo de la Iglesia Católica, «la tradición espiritual de la Iglesia ha visto en este relato el símbolo de la oración como combate de la fe y la victoria de la perseverancia» (nº 2573). El texto bíblico nos habla de la larga noche de la búsqueda de Dios, de la lucha para conocer el nombre y ver su rostro; es la noche de la oración que con tenacidad y perseverancia pide a Dios la bendición y un nombre nuevo, una nueva realidad fruto de conversión y de perdón”.



La escena impresiona a causa de los infinitos significados que anidan en un texto tan complejo y estratificado, y de los que como hemos visto se pueden hacer derivar de este episodio sin hacerle violencia. Algunos han pensado por ejemplo explicarlo como el “otro” sueño de Jacob, que sería “la pesadilla de Jacob”, por contraposición a Betel, pero se podría pensar que Penuel está misteriosamente en la base de Betel, como en la iluminación del final. Si bien hay un mito, que incluye un símbolo (ataque nocturno de un Dios y héroes que se apoderan de la fuerza divina), este es asumido y resignificado en la historia de la salvación para revelar el misterio de Dios y a su luz el del hombre.

Strack llama a este episodio “la lucha de oración de Jacob”, “la oración dramatizada”, otros la “entrada dramática en el misterio”. Toda oración es una lucha del hombre con Dios, en la cual el que reza bien vence a Dios. Rezar bien implica ante todo perseverar en la oración sin desalentarse: “Alegraos con la esperanza, sed pacientes en el sufrimiento, persistentes en la oración” (Rm 12, 12; Cf. Lc 11, 5-8, 28, 1-8, Col 4, 2; Ef 6, 18). Si pedimos insistentemente que se cumpla su voluntad, ¿qué puede hacer Dios?, si pedimos su gracia, ¿puede negarse? Podríamos comparar el “Déjame que ya amanece” con “-Veo que este pueblo es un pueblo testarudo. Por eso déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti sacaré un gran pueblo” (Éx 32, 10) y la oración de intercesión de Moisés[1].

(Sobre el tema de las dificultades-molestias, en la oración no podemos dejar de recomendar la lectura atenta de la “Carta XXI a Malcolm” de C. S. Lewis[2].)

Si tenemos en cuanta lo que dice la Carta a los Hebreos: “Durante su vida mortal dirigió peticiones y súplicas, con clamores y lágrimas, al que podía librarlo de la muerte, y por su cautela fue escuchado” (Hb 5, 7; Cf. Os 12, 5). Podemos poner en paralelo el Getsemaní, huerto de los Olivos (Lc 22, 39-46), con el vado de Yaboq, porque en ambos relatos se produce una pelea, una súplica, insistente, apasionada, doliente. Semejanzas: Es de noche, ambos protagonistas se apartan de los suyos, se quedan solos, se les aparece un ángel, acontece una lucha, una oración, un diálogo, se produce una herida, hay sangre. La diferencia reside en ¿contra quién se pelea? Jesús conoce su nombre y su misión, conoce a su Padre y confía en él, la respuesta viene dada por la indicación: cuando se levanta todavía domina el poder de las tinieblas (v. 53).





VIII. La mejor estrategia es dejarse vencer



“La noche de Jacob en el vado de Yaboq se convierte así, para el creyente, en un punto de referencia para entender la relación con Dios que en la oración encuentra su máxima expresión. La oración exige confianza, cercanía, casi un cuerpo a cuerpo simbólico no con un Dios adversario y enemigo, sino con un Señor que bendice y que permanece siempre misterioso, que aparece inalcanzable. Por esto el autor sacro utiliza el símbolo de la lucha, que implica fuerza de ánimo, perseverancia, tenacidad en el alcanzar lo que se desea. Y si el objeto del deseo es la relación con Dios, su bendición y su amor, entonces la lucha sólo puede culminar en el don de sí mismo a Dios, en el reconocimiento de la propia debilidad, que vence cuando consigue abandonarse en las manos misericordiosas de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, toda nuestra vida es como esta larga noche de lucha y de oración, de consumar en el deseo y en la petición de una bendición a Dios que no puede ser arrancada o conseguida sólo con nuestras fuerzas, sino que debe ser recibida con humildad de Él, como don gratuito que permite, finalmente, reconocer el rostro de Dios. Y cuando esto sucede, toda nuestra realidad cambia, recibimos un nombre nuevo y la bendición de Dios. Pero aún más: Jacob que recibe un nombre nuevo, se convierte en Israel, también da al lugar un nombre nuevo, donde ha luchado con Dios, le ha rezado, lo renombra Penuel, que significa «Rostro de Dios». Con este nombre reconoce que el lugar está lleno de la presencia del Señor, santifica esa tierra dándole la impronta de aquel misterioso encuentro con Dios. Aquel que se deja bendecir por Dios, se abandona a Él, se deja transformar por Él, hace bendito el mundo. Que el Señor nos ayude a combatir la buena batalla de la fe (cfr 1Tm 6,12; 2Tm 4,7) y a pedir, en nuestra oración, su bendición, para que nos renueve en la espera de ver su Rostro. ¡Gracias!”.



El Dios de Penuel es el Dios de Betel, el Dios del Sinaí, el Dios de Jesucristo. El Dios de la lucha es el Dios del sueño, el Dios de la alianza, el Padre. La pelea confirma la promesa de Betel (Cf. Gn 32, 10), como lo dice el Profeta:



“Tú, Israel, siervo mío; Jacob, mi elegido; estirpe de Abrahán mi amigo. Tú, a quien tomé de los confines del orbe, y llamé en sus extremos, a quien dije: «Tú eres mi siervo, te he elegido y no te he rechazado». No temas, que yo estoy contigo; no te angusties, que yo soy tu Dios: te fortalezco y te auxilio y te sostengo con mi diestra victoriosa…Porque yo, el Señor, tu Dios te agarro de la diestra, y te digo: «No temas, yo mismo te auxilio». No temas, gusanito de Jacob, oruga de Israel, yo mismo te auxilio –oráculo del Señor-, tu redentor es el Santo de Israel” (Is 41, 8-10. 13-14).



Penuel, el lugar, está lleno de la presencia (Cf. Ex 33, 18-23 y 34, 6-8; 1 Re 19, 9-15; Dt 34, 10; 5, 24; Jc 6, 22-24; Jb 42, 5), porque Jacob, el hombre, se experimentó en la presencia divina, o mejor, está lleno de la presencia de Dios. El nuevo hombre, Israel, hace nuevo el lugar, Penuel, de ser “lucha”, campo de batalla, pasa a ser “rostro”, espacio de encuentro, porque un “engañador” ha perdido su “máscara” y ha visto “su” rostro. Por eso la batalla se gana dejándose vencer, ambos triunfan y no por empate.

Israel en Penuel es como María Magdalena en el huerto (Cf. Jn 20, 11-18) reconoce a su desconocido Señor cuando pronuncia su nombre, intenta retenerlo, le dicen “suéltame”, porque amanece el nuevo y definitivo día de la Pascua (Cf. Gn 19, 23; Ex 14, 24). También en el corazón y la mente de Jacob amanece cuando el contrincante misterioso ya se ha ido, como en el relato de los discípulos de Emaús (Cf. Lc 24, 13-35). En los tres casos el Señor “desaparece”, Guigo II, el cartujo, dice refiriéndose al ocultamiento de la gracia:



“Pero ya está diciendo el Esposo: déjame, pues llega la aurora; ya has recibido la luz de la gracia y la visita que deseabas. Por tanto, dada la bendición, herida la articulación femoral y cambiado el nombre de Jacob en Israel, el Esposo tan largamente deseado se retira por un poco, alejándose rápidamente. Se sustrae en cuanto a la dulzura de la contemplación; pero permanece, sin embargo, presente, en lo que se refiere a la guía que sigue ejerciendo sobre el alma, a la gracia y a la unión”[3].



(En el libro segundo de sus homilías sobre Ezequiel, san Gregorio Magno al comentar el c. 40,4-5, después de hablar del paso-lucha de la vida activa a la contemplativa y viceversa, tomando la alegoría de las dos esposas de Jacob, Lía, que no ve, y Raquel, uniéndola a la imagen de la escala de Jacob, enseña:



“…en la vida contemplativa tiene el alma una grande lucha cuando se eleva a lo celestial, cuando tiende el ánimo a las cosas espirituales, cuando pone su empeño en sobreponerse a todo lo que corporalmente se ve, cuando se angustia por dilatarse. Es verdad que a veces vence las tinieblas de su ceguera y llega a dominar las que se le oponen, y así logra como furtiva y tenuemente algo de la luz infinita; pero, con todo, pronto vuelve a sí misma, llagada; y de aquella luz a la que, alentada, pasó, vuelve gimiendo y llorando a las obscuridades de su ceguera. Lo cual está bien figurado en la historia sagrada que narra la lucha de Jacob con el ángel (Gen 32), pues, cuando volvía a sus padres propios, topó en el camino con el ángel, con el cual libró una gran lucha. Pues bien, el que lucha en una contienda, a veces se halla superior, a veces inferior a aquel con quien lucha. Luego el ángel del Señor y Jacob, que contiende con el ángel, figuran el alma de cada cual de los perfectos, puestos a la contemplación. El alma, cuando pone su empeño en contemplar a Dios, como puesta en una contienda, a veces como que vence, porque se deleita entendiendo y sintiendo algo de la luz infinita; y a veces sucumbe, porque, aún deleitándose, de nuevo desfallece. Y como que es vencido el ángel cuando Dios es aprendido interiormente en el entendimiento”[4].



Juan Casiano en la Colación XII sobre la castidad pone en boca de Abba Queremon:



“Aquel, pues, que haya dejado ya el grado figurado por el místico Jacob, que significa ‘suplantador”, se elevará –libre de las luchas de la continencia, gracias a la destrucción total de los vicios- , al título glorioso de Israel, que significa ‘el que ve a Dios’. Su corazón no se desviará ya más de su dirección fija hacia lo alto”[5].



Y San Bernardo en la Tercera serie de sentencias dice, comentando un pasaje del Magnificat:



“Dios nos apacienta… para que al fin nos convirtamos en Israel, es decir, contemplativos. En la contemplación recibe, pues, a Israel su siervo. Mientras le llama, Jacob suda en trabajos y sirve con fidelidad a otro. Pero cuando regresa a casa de su padre con todo lo que tiene, entonces le ponen ya el nombre de Israel, porque el Señor recibe a Israel su siervo. Acoge al que vuelve de Mesopotamia en Siria, cansado de trabajos y miserias, pero con deseos de contemplar el rostro de su padre. Lo acoge para alimentarlo, formarlo y llevarlo a su presencia. Recibe a Israel su siervo, al humilde, no al soberbio; al lampiño, no al velludo; al pastor, no al cazador. Y ¿por qué lo recibe? Porque se acordó de su misericordia. Esta es la única razón de su acogida…”[6].)



Por la gracia la oscuridad es luz, la noche es día, el miedo es confianza, la cobardía es decisión, la debilidad es fortaleza, la herida es bendición, la máscara es rostro, el engaño es autenticidad, la lucha es oración, el Yaboc es Penuel, Jacob es Israel. ¡Bendito sea el Dios de Jacob ahora y por siempre! Amén.


Pedro Edmundo Gómez, osb.



[1] Cf. Benedicto XVI, Catequesis del miércoles 1 de junio de 2011.
[2] Cf. C. S. Lewis, “Carta XXI”, Si Dios no escuchase, Cartas a Malcolm, Rialp, Madrid, 2017, pp. 151-157.
[3] Guigo II, Scala Claustralium IX.
[4] San Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel II, 2, 12, Obras de San Gregorio Magno, BAC, Madrid, 1958, pp. 412-413.
[5] Juan Casiano, Colaciones XII, 11, Railp, Madrid, 1962, p. 71.
[6] San Bernardo de Claraval, Tercera serie de sentencias, n° 127, p. 411.

sábado, 27 de enero de 2018

La oración: “lucha cuerpo a cuerpo que se gana dejándose vencer” - Lectio de Génesis 32, 23-33 según una Catequesis de S. S. Benedicto XVI- (Tercera parte)




(“El hombre no habrá terminado jamás de luchar contra Dios. La misteriosa lucha de Jacob con el ángel, lucha audaz pero necesaria, necesaria pero desigual, duró toda la noche; toda la noche de nuestra sombría historia”[1].



“Sub nocte Jacob caerula,

Luctator audax angeli,

Eo usque dum lux surgeret,

Sudavit impar praelium”[2]



“Jacob en la noche azulada,

Contra el ángel luchador audaz,

Hasta que la luz amaneciese,

Afanóse en lucha desigual”.)





V. La lucha por el nombre nuevo



“El rival, que parece estar retenido y por tanto vencido por Jacob, en lugar de ceder a la petición del Patriarca, le pregunta su nombre: «¿Cómo te llamas?». El patriarca le responde: «Jacob» (v.28). Aquí la lucha da un giro importante. Conocer el nombre de alguien, implica una especie de poder sobre la persona, porque el nombre, en la mentalidad bíblica, contiene la realidad más profunda del individuo, desvela el secreto y el destino. Conocer el nombre de alguien quiere decir conocer la verdad sobre el otro y esto permite poderlo dominar. Cuando, por tanto, por petición del desconocido, Jacob revela su nombre, se está poniendo en las manos de su adversario, es una forma de entrega, de consigna total de sí mismo al otro

Pero en este gesto de rendición, también Jacob resulta vencedor, paradójicamente, porque recibe un nombre nuevo, junto al reconocimiento de victoria por parte de su adversario, que le dice: «En adelante no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido» (v.29). «Jacob» era un nombre que recordaba el origen problemático del Patriarca; en hebreo, de hecho, recuerda al término «talón», y manda al lector al momento del nacimiento de Jacob, cuando saliendo del seno materno, agarraba el talón de su hermano gemelo (Gn 25, 26), casi presagiando el daño que realiza a su hermano en la edad adulta, pero el nombre de Jacob recuerda también al verbo «engañar, suplantar». Y ahora, en la lucha, el Patriarca revela a su oponente, en un gesto de rendición y donación, su propia realidad de quien engaña, quien suplanta; pero el otro, que es Dios, transforma esta realidad negativa en positiva: Jacob el defraudador se convierte en Israel, se le da un nombre nuevo que le marca una nueva identidad. Pero también aquí, el relato mantiene su duplicidad, porque el significado más probable de Israel es «Dios fuerte, Dios vence»”.



El tema del nombre está vinculado a la identidad y la vocación: “Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de una multitud de pueblos” (Gn 17, 5); y a la lucha y al alimento: “Quien tenga oídos escuche lo que dice el Espíritu a las Iglesias: Al vencedor le daré el maná escondido, le daré una piedra blanca y gravado en ella un nombre nuevo que sólo conoce el que lo recibe” (Ap 2, 17).

El nombre de Dios “y” el nombre del hombre, el texto narra la “y”. El padre y poeta Hugo Mujica ha escrito:



“Dios tan cercanamente lejano como lejana es su cercanía, responde a quien lucha por saber su nombre, responde con la misma pregunta con la que el hombre busca conocerlo… Jacob, en este insondable relato que nos trasmite el libro del Génesis, acababa de luchar, «hasta rayar el alba» con el ángel de Dios, con su misterioso mensajero. Como fruto de este combate obtiene un doble conocimiento: de sí mismo y de Dios, del fundamento de su ser y de aquel que lo funda. Por un lado su dimensión humana más profunda, su ser-en-relación lo contempla frente al horizonte de lo divino, frente al absoluto de la vida y, en esa visión, en esa «lucha», su ser-en-relación se dilata en ser-en-misión. Dilatación que hace del vivir servir, de la vocación misión. Por otro lado también su conocimiento de Dios se profundiza, paradójicamente, profundizando su conciencia de desconocerle, de no poder abarcar, aún «venciendo», la trascendencia de Dios. Captando al Absoluto como aquel cuyo nombre nadie sino él puede revelar, aquel cuyo mostrarse, decirse, es del don de su revelación, de su mostración…Vemos otra dimensión de la metáfora del nombre: cuando Dios potencializa una vida, cuando le devela su significado más profundo, su misión, también el nombre cambia, la cifra de su destino se reviste de una nueva significación, de una nueva y dinámica expresión…Toda la historia de la salvación, toda la salvación de la historia, será el despliegue de este diálogo: el hombre queriendo conocer el nombre de Dios, suplicando: «Dime por favor tu nombre», y Dios respondiendo, nombrando, significando el tiempo, significando la historia”[3].



Para conseguir la bendición Jacob tiene que confesar su gastado nombre, su historia, su demonio y su pecado. ¿Cómo te llamas? ¿Quién eres? ¿Cuál es tu destino? ¿Qué dice la gente de ti? ¿Qué espera la gente de ti? ¿Y tú que dices de ti mismo? ¿Eres lo que haces? ¿Eres lo que tienes? ¿Eres lo que los otros piensan-dicen de ti?

Jacob es un “suplantador”, un “embaucador” para obtener la primogenitura (Cf. Gn 25, 26), un tramposo para recibir la bendición (Cf. Gn 27, 36). Un resentido con su padre, un dominado por su madre, un inconforme con lo que es, por eso quiere suplantar a su hermano, ocupar su lugar, no quiere ser lo que es, no quiere depender de otro, no quiere recibir de otro. Sufre el dolor de no poder ser lo que quería y en el fondo de no aceptar ser quien en realidad era. Como engañaba era engañado, como el usaba a los demás también era usado. Ya era portador de la bendición, pero dudaba de la anterior y necesitaba la nueva para dar el paso siguiente. Quiere legitimar la bendición robada. Duda también de la promesa de Betel, el tema de fondo es el miedo y la confianza.

Dios bendice y calla su nombre, el hombre recibe un nombre nuevo y sale rengueando, es “como si lo tortuoso, que antes se adhería al espíritu del taimado, se hubiera salido al cuerpo” (Ewald). Lo que paraliza espiritualmente a Jacob es su testaruda referencia y dependencia de sí mismo, que lo lleva a buscar tomar ventaja de los otros, lo que es paralelo al miedo a los otros, y es justamente esto lo que se hiere, es allí donde Dios toca. “-Hombre ya te he explicado lo que está bien, lo que el Señor desea de ti: que defiendas el derecho y ames la lealtad, y que seas humilde con tu Dios” (Miq 6,8). Jacob vence pero sale marcado (Cf. 2 Cor 4, 10-12), gana la pelea cuando es golpeado, paradójicamente gana cuando pierde. Necesita de un bastón, de una muleta, necesita ayuda, apoyarse en Dios. Es un privilegio ser derrotado por Dios.

Vulcano era un dios rengo, un dios a medias, pero aquí la renguera no aparece como un signo de imperfección, sino como un símbolo del poder divino, que deja su trascendente impronta en el hombre, y de la condición de criatura, con un límite que es la posibilidad de la conversión.

El muslo del agarrador de talones fue atrapado y herido antes de ser bendecido. Como dice san Pablo:



“Pues bien, para que no me envanezca, me han clavado en las carnes un aguijón, un emisario de Satanás que me abofetea. A causa de ello rogué tres veces al Señor que lo apartara de mí. Y me contestó: Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad. Así que muy a gusto presumiré de mis debilidades, para que se aloje en mí el poder de Cristo. Por eso estoy contento con las debilidades, insolencias, necesidades, persecuciones y angustias por Cristo. Pues cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor 12, 7 10).





VI. La lucha por el nombre de Dios



“Por tanto, Jacob ha prevalecido, ha vencido – es el mismo adversario quien los afirma – pero su nueva identidad, recibida del mismo contrincante, afirma y testimonia la victoria de Dios. Y cuando Jacob pide a su vez el nombre de su oponente, este no quiere decírselo, pero se le revela en un gesto inequívoco, dándole su bendición. Esta bendición que el Patriarca le había pedido al principio de la lucha se le concede ahora. Y no es una bendición obtenida mediante engaño, sino que es gratuitamente concedida por Dios, que Jacob puede recibir porque está solo, sin protección, sin astucias ni engaños, se entrega indefenso, acepta la rendición y confiesa la verdad sobre sí mismo. Por esto, al final de la lucha, recibida la bendición, el Patriarca puede finalmente reconocer al otro, al Dios de la bendición: «He visto a Dios cara a cara, y he salido con vida» (v.31), ahora puede atravesar el vado, llevando un nombre nuevo pero «vencido» por Dios y marcado para siempre, cojeando por la herida recibida”.



Por el nombre de Dios pregunta profesionalmente el teólogo, que debe ser un orante.Si eres teólogo reza verdaderamente, si rezas verdaderamente eres teólogo” (Evagrio Póntico), porque “para poder comprender las cosas divinas es necesaria la oración” (Orígenes). Es imposible separar esta pregunta de la oración. Nos lo recordaba (hace poco) el mismo Benedicto XVI, aludiendo tal vez implícitamente a nuestro texto:



“La fe recta orienta a la razón hacia su apertura a lo divino, para que ésta, guiada por el amor a la verdad, pueda conocer a Dios más de cerca. La iniciativa de este camino la tiene Dios, que ha puesto en el corazón del hombre la búsqueda de su rostro. Por lo tanto, forman parte de la teología, por un lado, la humildad que se deja «tocar» por Dios, y, por otro, la disciplina que se vincula al orden de la razón, que preserva al amor de ceguera y que ayuda a desarrollar su fuerza visual”[4].



La pregunta por el nombre de Dios, tiene así una respuesta “Soy el que soy” (Éx 3, 13), porque “El Señor pasó ante él (Moisés) proclamando: el Señor, el Señor, el Dios compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel…” (Éx 34, 6). Como dice Isaac de la Estrella:



“Es pues a él a quien buscamos; retengámosle, no lo dejemos e interroguémosle sobre él mismo insistentemente e importunamente. Él soporta que se le haga sufrir violencia; quiere ser vencido, y es sólo una vez vencido cuando da su bendición; y es porque quiere absolutamente ser retenido, por lo que pide que se le deje ir: Déjame ir, dice, es la aurora[5].



Jacob pregunta por su nombre porque quiere hacer a Dios su aliado a la fuerza, quiere poseerlo, desea ponerlo a su servicio. ¿Cuál es la motivación y la finalidad de nuestra pregunta por el nombre de Dios?

El P. M-D. Chenu, op. nos recuerda que



“en una alegoría muy sugestiva, Santo Tomás describe simbólicamente el enfrentamiento de un teólogo con el misterio de Dios. Recuerda el episodio de la lucha de Jacob con el ángel (Génesis, cap. 32), y comenta: Durante toda la noche lucharon a brazo partido, tensos los músculos, sin que ninguno de los dos cediera. De madrugada, el ángel desapareció, cediendo aparentemente el terreno a su contrincante. Entonces Jacob sintió un dolor agudo en el muslo: estaba herido y cojeaba. Así, del mismo modo el teólogo se enfrenta con el misterio, al nivel del cual Dios lo ha llevado; tensa sus músculos, se apuntala en sus expresiones humanas, empuña sus objetos con toda su fuerza, incluso da la impresión de que se adueña de ellos; pero entonces acusa una debilidad dolorosa y deleitable a la vez, ya que su derrota constituye en realidad la prenda de su divino combate”[6].



Por su parte Michel Ghelber escribe:



“Hasta que punto todo teología apofática –incluso con las mejores intenciones pedagógicas- se revela ingenua ante las impresionantes sugestiones que nos inspira la lucha de Jacob con Dios. Todo sucede como en una alucinante arealidad, fuera de toda ética, fuera de toda historia. Pero ¡la realidad fundamental, casi inconcebible, y tan terrible, nos descubre, nos deja entrever, esta lucha con Dios para retenerle! Ya no te llamarás Jacob, sino Israel, porque has luchado con dioses y con hombres y has podido (Gn 32, 29)”[7].



Dios se va revelando progresivamente (Cf. Jc 13): primero se presenta a oscuras en la noche (pelea con el hombre), se revela en y por la palabra (apuntado en el nombre de Israel) y es reconocido cuando amanece (Cf. Lc 24, 31).

Israel ha luchado con Dios y lo ha visto cara a cara, y en ese mismo acto le fue quitada su máscara, como bellamente muestra el bajorrelieve contemporáneo que precede al texto bíblico, por eso también podrá mirar a la cara a su hermano, confiando en el Dios de Betel y en sí mismo. No podemos mirar el rostro de Dios a través de una máscara.

“Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt 5, 8). Dicho de otro modo, sólo vemos nuestro verdadero rostro en los ojos de nuestro Padre. Tenemos el rostro del Hijo, por eso debemos dejarnos sacar y sacarnos nuestra máscara para que brille su rostro.

[En la Iglesia del Monasterio del Siambón (Tucumán) están (estaban) restaurando el Cristo Rey de Ballester Peña, el gran trabajo, una ardua lucha, es volver al rostro original, el que hizo el autor, que está debajo de las reformas-deformaciones posteriores. El asunto dice la restauradora está en la mirada, en los ojos en que podemos ver al Padre y vernos].

Es curioso ver en el relato siguiente cómo Jacob/Israel “vence” a su hermano. No con los regalos y las postraciones, sino caminando rengo, humildemente, la contraposición con el hermano que corre es más que evidente, por lo que nos viene a la memoria la parábola de Lucas (Cf. Lc 15, 11-32). Vence siendo objeto de compasión, experimenta la misericordia fraterna, porque ha experimentado la gracia de Dios. El rostro de su hermano será un reflejo del rostro del Padre y del Hijo por el Espíritu.

(Peter Kreeft nos recuerda que:



“dice C.S. Lewis al final de su novela Hasta que tengamos rostros: «¿Cómo vamos a poder encarar a los dioses si no tenemos caras?». Este es el sentido de la vida: conseguir una cara (un rostro), convertirnos en personas reales, volviéndonos nosotros mismos -pero de manera y hacia un fin que ni siquiera pueden imaginar los populares psicólogos de nuestro tiempo que repiten estas cosas tan campantes. Sí, en efecto, la vida es un proceso de convertirse en uno mismo -pero es a través del sufrimiento, no por medio del pecado; mediante grandes «No» además de grandes «Sí», trepando contra la gravedad de nuestro egoísmo, no por medio de caminos llanos y directos de «auto-realización» y «auto-actualización». El sentido de la vida es guerra. Y nuestros enemigos no son menos sino más formidables que la carne y la sangre. A menos que los derrotemos moriremos de una muerte infinitamente más desesperante y horrible que la sangre coagulada de cualquier campo de batalla. No es fácil conseguir una cara”[8].)

Pedro Edmundo Gómez, osb.



[1] Henri de Lubac, Por los caminos de Dios, Carlos Lohlé, Bs. As., 1962, p. 160.
[2] Prudencio, Libro de las horas, Himno II, p. 10, citado por Henri de Lubac, op. cit., p. 160
[3] Hugo Mujica, Camino del nombre, Un método de meditación cristiana, Patria Grande, Bs. As., 1985, p. 53ss.
[4] Benedicto XVI, “¿Qué es la teología?, Discurso en la entrega del Premio Ratzinger”, 30 de junio de 2011.
[5] Isaac de la Estrella, Sermón 21, 14.
[6] Marie-Dominique Chenu, ¿Es ciencia la teología?, Editorial Casal I Vall, Andorra, 1959, p. 56.
[7] Citado por Olivier Clement, El otro sol, Itinerario espiritual, Narcea, Madrid, 1983, p. 65.
[8] P. Kreeft, Tres filosofías de vida, Job: la vida como sufrimiento, Ucalp, La Plata, 2001, p. 108.

sábado, 20 de enero de 2018

La oración: “lucha cuerpo a cuerpo que se gana dejándose vencer” - Lectio de Génesis 32, 23-33 según una Catequesis de S. S. Benedicto XVI- (Segunda Parte)

      III. La noche, la lucha y la sombra



“La noche es momento favorable para actuar a escondidas, el tiempo oportuno, por tanto, para Jacob, de entrar en el territorio del hermano sin ser visto y quizás con la ilusión de tomar por sorpresa a Esaú. Sin embargo es él el sorprendido por un ataque imprevisto, para el que no estaba preparado. Había usado su astucia para intentar evitarse una situación peligrosa, pensaba tener todo bajo control, y sin embargo, se encuentra ahora teniendo que afrontar una lucha misteriosa que lo sorprende en soledad y sin darle la oportunidad de organizar una defensa adecuada. Indefenso, en la noche, el Patriarca Jacob lucha contra alguien. El texto no especifica la identidad del agresor; usa un término hebreo que indica «un hombre» de manera genérica, «uno, alguien»; se trata de una definición vaga, indeterminada, que quiere mantener al asaltante en el misterio. Está oscuro, Jacob no consigue distinguir a su contrincante, y también para nosotros, permanece en el misterio; alguien se enfrenta al Patriarca, y este es el único dato seguro que nos da el narrador. Sólo al final, cuando la lucha ya ha terminado y ese «alguien» ha desaparecido, sólo entonces Jacob lo nombrará y podrá decir que ha luchado contra Dios”.



Los dos elementos a subrayar son la noche y la lucha. La noche es una realidad y un signo. Viajar de noche es una práctica conocida como defensa contra el calor, pero no lo es cruzar un río de noche aunque sea por un vado. La noche oculta el rostro, la identidad; en ella el hombre es débil y el enemigo fuerte, y por ella se explica el pavor y la duración de la pelea. Pero, también solíamos cantar un himno que dice: “La noche no interrumpe tu historia con el hombre. La noche es tiempo de salvación. De noche descendía tu escala misteriosa, hasta la misma piedra donde Jacob dormía. La noche es tiempo de salvación. De noche celebrabas la Pascua con tu Pueblo, mientras en las tinieblas volaba el exterminio…”[1].

En esa noche acontece un evento: una lucha. Algunos hacen notar que fue el otro el que lucho con Jacob, o al menos el que lo ataca. ¿De quién se trata? ¿Un pastor, un brujo, un sabio, un bandido, el demonio del torrente, que defiende los límites y cobra peaje (Cf. Ex 4, 24 ss); el espíritu protector de Esaú, que le echa en cara la injusticia; el ángel de Jacob, para infundirle coraje por su desconfianza; el mismo Jacob en su propia dualidad (integro pero suplantador; soñador pero sin imaginación; honesto pero miedoso; sereno pero introvertido; inteligente pero frustrado; astuto pero manipulado; distanciado de su padre pero asfixiado por su madre; amante de alguien con quien no se podía casar pero que fue amado por alguien con quien se había casado sin amor); o será Dios el que lucha con él (Cf. Os 12, 4)?

Lucha con Dios o mejor lucha de Dios. Lo divino en Jacob ha luchado y ha vencido lo humano de Jacob, descubre su otro yo (verdadero yo), resiste al agresor y vence al ser vencido, logra la victoria sobre sí mismo al tomar conciencia, asumir, su verdad. Percibe lo divino en sí mismo, descubre su nombre, su identidad, su vocación (Dios habita, está presente, en el interior del hombre).

Jacob en la noche lucha con su sombra. Como dice el benedictino Anselm Grün:



“En la historia bíblica que relata la lucha de Jacob con alguien desconocido se hace patente el Dios oscuro. Jacob se encuentra solo en medio de la noche. En ese momento entra en escena un hombre que sale de la oscuridad y se entabla una lucha entre ambos. Es un duelo de vida o muerte y se extiende a lo largo de la noche hasta que raya el alba. El hombre con el que lucha, que en realidad parecería que no tiene nada que ver con Dios, le da un golpe certero en la articulación femoral y lo hiere. De pronto, Jacob se detiene y ambos hombres se encuentran cara a cara, ambos sienten una confianza mutua y se animan a hablar. Jacob le pide que lo bendiga pues siente que necesita la fuerza de este hombre que surge de la oscuridad y que necesita la fuerza de la sombra de este hombre para poder enfrentar a su hermano Esaú. En esta situación extrema, Jacob experimenta a Dios. En este hombre oscuro, que lo ataca y lo hiere, Dios lo bendice y le ofrece un nuevo nombre. Ya no se llamará Jacob. Ya no será un farsante. Él pasa a llamarse Israel, es decir, el que ha sido fuerte contra Dios. Jacob sale transformado de esa lucha nocturna, y su experiencia de la noche oscura ha servido de bendición para muchos y lo ha transformado en patriarca de muchas naciones”[2].



Y como afirma en otro lugar, Jacob en el camino de su vida ya se había encontrado con su sombra, pero siempre había huido de ella[3]. Y nuevamente:



“Piensa que deberá hacer frente a su sombra. Le entra miedo y planea congraciarse con su hermano por medio de regalos. Pero fueron inútiles todos los intentos humanos de vencer el resentimiento del hermano a base de regalos, porque Jacob no tendría que enfrentarse ya con su propia sombra. Esto había tenido lugar en la singular escena de la lucha nocturna, mano a mano, con un hombre misterioso (Gén 32, 32-33). Jacob no puede esquivar aquella lucha. Se ve obligado a afrontar su propia verdad”[4].



En nuestra vida espiritual debemos encontrar y pelear con nuestra sombra, para encontrarnos y hablar con Dios:



“En Jacob nos muestra la Biblia que hay dos maneras de salir al paso de la propia sombra. La primera es la de luchar con la sombra. La segunda consiste en postrarse humildemente ante la sombra y acatarla. Cuando Jacob se encuentra con su hermano Esaú, se postra ante él siete veces consecutivas. Entonces corre Esaú hacia él, lo abraza y lo besa. Lloran juntos los dos… Es significativo que, en las dos maneras de encuentro con la sombra, se reconoce siempre a Dios en la sombra”[5].



La lucha en la noche con la sombra es el paradigma de nuestra experiencia de Dios:



“Dios sale a nuestro encuentro no sólo en la luz, sino también en la tiniebla; no sólo en el descanso, sino también en la lucha. Dios no es sólo un Dios tierno y cariñoso; es también un Dios que agarra y hiere. Quien se adentra en esta lucha, aun a riesgo de quedar herido, llegara a ser realmente hombre”[6].



(En la Segunda serie de sentencias Bernardo de Claraval escribe: “94. Jacob lucho cuatro veces: en el seno materno con Esaú; en la adolescencia con su mismo hermano; en Mesopotamia con Labán; en Betel con el ángel”[7]. Y en la Tercera serie de sentencias agrega:

“39. La triple lucha. Luchamos contra la carne, contra el siglo o los falsos hermanos, contra el diablo, contra Dios. Lucho Jacob con su hermano en el vientre de su madre. Lucho en cierto modo cuando le arrebató los derechos de primogenitura. Lucho contra Labán y luego contra el ángel. Labán significa blanquear al diablo”[8].)





IV. La herida, el abrazo y la bendición



“El episodio se desarrolla en la oscuridad y es difícil percibir no sólo la identidad del asaltante de Jacob, sino también como se ha desarrollado la lucha. Leyendo el texto, resulta difícil establecer quien de los dos contrincantes lleva las de ganar; los verbos se usan a menudo sin sujeto explícito, y las acciones suceden casi de forma contradictoria, así que cuando parece que uno de los dos va a prevalecer, la acción sucesiva desmiente enseguida esto y presenta al otro como vencedor. Al inicio, de hecho, Jacob parece ser el más fuerte, y el adversario – dice el texto – «no conseguía vencerlo» (v.26); y finalmente golpea a Jacob en el fémur, provocándole una dislocación. Se podría pensar que Jacob sucumbe, sin embargo, es el otro el que le pide que le deje ir; pero el Patriarca se niega, imponiendo una condición: «No te soltaré si antes no me bendices» (v.27). El que con engaños le había quitado a su hermano la bendición del primogénito, ahora la pretende de un desconocido, de quien quizás empieza a percibir las connotaciones divinas, sin poderlo reconocer verdaderamente”.



En la lucha se da un juego entre retener y soltar (Cf. Jn 16, 7). Como dice el poeta:



“El amor no consiste sólo en una entrega pasiva sino que es una tensión de todo nuestro ser, según aquellas célebres palabras de los Cantares: Ha puesto la mano izquierda sobre mi cabeza y, con su diestra, me abrazará. Con una mano me retiene y me sostiene, y, con la otra, me atrae[9].



Si reunimos libremente algunos pasajes del Cantar de los Cantares podríamos armar un texto paralelo al que nos ocupa, para leerlo en clave esponsal:



“Me encontraron los guardias que rondan la ciudad. Me golpearon y me hirieron, me quitaron el manto los centinelas de las murallas” (Ct 5, 7). “Pero apenas los pasé, encontré al amor de mi alma: lo agarré y ya no lo soltaré, hasta meterlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me llevó en sus entrañas” (Ct 3,4). “Ponme la mano izquierda bajo la cabeza, y abrázame con la derecha” (Ct 1, 6). “Pone la mano izquierda bajo mi cabeza y me abraza con la derecha” (Ct 8, 3).



La lucha produce una herida, que experimentada desde la fe, es decir asumida, transfigurada y resucitada, nos abre a la gracia divina y a la ayuda de los hermanos. La herida nos hace humildes, pacientes, confiados, vigilantes y misericordiosos. Nada ilustra mejor esta “espiritualidad de la herida” que lo que nos relata Thomas Merton, ocso.:



“Un día, cuando la sencilla muchacha (Lutgarda de Aywieres) se hallaba detrás de la reja del locutorio escuchando las palabras de su admirador (que quería seducirla), Cristo se apareció de repente en su humanidad, brillando ante sus asombrados ojos. Le mostró la herida del costado y le dijo: No busques más placer en este afecto impropio: mira, aquí para siempre, lo que debes amar y cómo debes amar: aquí en esta herida, te prometo el más puro de los goces”[10].



En esta lucha, relación amorosa, Dios doblega al hombre y se deja retener por él. Jacob gana por su pertinacia, su perseverancia, en agarrarse, sujetarse al Señor, abrazándose desesperadamente a él. No era la primera vez que se agarraba del primogénito (Cf. Gn 25, 26). “Hijo mío –dice el Eclesiástico-, cuando te acerques a servir al Señor, prepárate para la prueba maten tu corazón firme, sé valiente, no te asustes cuando te sobrevenga una desgracia; pégate a él, no lo sueltes, y al final serás enaltecido” (2, 1-3). Esta es también la experiencia del profeta Jeremías que cuenta la violencia que Dios le hacía (Cf. Jr 15, 17) contra la que intente rebelarse en vano (Cf. Jr 20, 8), y tiene que confesarse vencido (Cf. Jr 20, 7).

El jesuita Michel de Certeau analizando una obra del místico Jean-Joseph Surin escribe:



“Atrapado por el Enemigo victorioso, Jacob al principio vivió en el diálogo «el espanto de una llegada tan brusca e imprevista de ese Todopoderoso que golpea antes de advertirlo». Pero esta guerra se convierte en una lucha amorosa. «En lugar de desesperarse en un combate comenzado con tanto calor entre partes desiguales», «se excita sin embargo a la confianza. Los abrazos del antagonista lo tranquilizan. Sus apretones le aumentan el valor. Sus contactos lo fortifican. Sus sacudidas le dan cada vez más firmeza. Esta guerra comienza a gustarle, sólo porque los combatientes no tienen por finalidad la separación de uno y otro, sino la unión». La herida que lo debilita lo une más al que lo golpea (La Croix de Jésus, III, 27, ed. Florand, 1937, pp. 526-527)”[11].



Herida es sinónimo de impotencia, de darse por vencido y por eso de abandono, confianza y bendición. Dejarse herir es dejarse bendecir. En reconocer la miseria reside la grandeza, como dice Pascal: “La grandeza del hombre es tal en el hecho de reconocerse miserable. Un árbol no sabe de su miseria. Hay miseria en experimentarse miserable; pero hay grandeza en saber que se es miserable”[12]. El Señor nos conceda también poder experimentar nuestra herida por su abrazo como una bendición.

(Y decir con el cisterciense Guerrico:



“¡Oh bondad llena de astucia! Con que amor luchas contra los mismos en favor de quienes luchas… Por tanto, no desesperes, resiste, alma feliz, que has entrado en lucha con Dios. Sí, le gusta que le hagas violencia y desea ser vencido por ti. Aunque está irritado y extiende la mano para golpearte, busca, como él mismo confiesa, un hombre… que le oponga resistencia. No lo encuentra y se queja diciendo: ’No hay nadie que se alce y me detenga’…”[13].)

Pedro Edmundo Gómez, osb.



[1] Himno de Completas del Martes, Monasterio de Nuestra Señora de la Paz, Córdoba.
[2] Anselm Grün, Para experimentar a Dios, abre tus sentidos, Lumen, Bs. As., 2002, p. 137.
[3] Cf. Anselm Grün, Luchar y amar, Cómo los hombres se encuentran a sí mismos, San Pablo, Bs. As., 2005, pp. 49.51.
[4] Idem., p. 50.
[5] Idem., p. 52.
[6] Idem., p. 53.
[7] San Bernardo de Claraval, Sentencias, Obras completas de San Bernardo VIII, BAC, Madrid, 1993, p. 87.
[8] Idem., p. 155.
[9] Paul Claudel, ¡Señor, enséñanos a orar!, Editorial Excelsa, Bs. As., 1946, p. 61.
[10] Thomas Merton, “¿Qué llagas son ésas?”, en Obras Completas I, Sudamericana, Bs. As., 1960, pp. 1339-1340.
[11] Michel de Certeau, La fábula mística: siglos XVI-XVII, Universidad Iberoamericana, Departamento de Historia, México, 2004, p. 273.
[12] Blas Pascal, Pensamientos 397, ed. Brunschvig.
[13] Citado por Jacques Loew, p. 42.