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miércoles, 4 de noviembre de 2020

VOCACIÓN Y ACOMPAÑAMIENTO VOCACIONAL (III)

 Francisco: Discurso a los formadores 

“Una de las cualidades del formador es la de tener un corazón grande para los jóvenes, para formar en ellos corazones grandes, capaces de acoger a todos, corazones ricos de misericordia, llenos de ternura. Vosotros no sois sólo amigos y compañeros de vida consagrada de quienes se os ha encomendado, sino auténticos padres, auténticas madres, capaces de pedirles y darles el máximo. Engendrar una vida, dar a luz una vida religiosa. Y esto sólo es posible por medio del amor, el amor de padres y de madres. Y no es verdad que los jóvenes de hoy son mediocres y no generosos; pero tienen necesidad de experimentar que «hay más dicha en dar que en recibir» (Hch 20, 35), que hay gran libertad en una vida obediente, gran fecundidad en un corazón virgen, gran riqueza en no poseer nada. De aquí la necesidad de estar amorosamente atentos al camino de cada uno y ser evangélicamente exigentes en cada etapa del camino formativo, comenzando por el discernimiento vocacional, para que la eventual crisis de cantidad no determine una mucho más grave crisis de calidad. Y este es el peligro. El discernimiento vocacional es importante: todos, todas las personas que conocen la personalidad humana —tanto psicólogos, padres espirituales, madres espirituales— nos dicen que los jóvenes que inconscientemente perciben tener algo desequilibrado o algún problema de desequilibrio o de desviación, inconscientemente buscan estructuras fuertes que los protejan, para protegerse. Y allí está el discernimiento: saber decir no. Pero no expulsar: no, no. Yo te acompaño, sigue, sigue, sigue... Y como se acompaña en el ingreso, acompañar también en la salida, para que él o ella encuentre el camino en la vida, con la ayuda necesaria. No con actitud de defensa que es pan para hoy y hambre para mañana…

La formación inicial, este discernimiento, es el primer paso de un proceso destinado a durar toda la vida, y el joven se debe formar en la libertad humilde e inteligente de dejarse educar por Dios Padre cada día de la vida, en cada edad, en la misión como en la fraternidad, en la acción como en la contemplación.

Gracias, queridos formadores y formadoras, por vuestro servicio humilde y discreto, el tiempo donado a la escucha —al apostolado «del oído», escuchar—, el tiempo dedicado al acompañamiento y a la atención de cada uno de vuestros jóvenes. Dios tiene una virtud —si se puede hablar de la virtud de Dios—, una cualidad, de la cual no se habla mucho: es la paciencia. Él tiene paciencia. Dios sabe esperar. También vosotros aprended esto, esta actitud de la paciencia, que muchas veces es un poco un martirio: esperar... Y cuando te viene una tentación de impaciencia, detente; o de curiosidad... La paciencia es una de las virtudes de los formadores. Acompañar: en esta misión no se ahorra ni tiempo ni energías. Y no hay que desalentarse cuando los resultados no corresponden a las expectativas. Es doloroso cuando viene un joven, una joven, después de tres, cuatro años y dice: «Ah, yo no me veo capaz; encontré otro amor que no va contra Dios, pero no puedo, me marcho». Es duro esto. Pero es también vuestro martirio. Y los fracasos, estos fracasos desde el punto de vista del formador pueden favorecer el camino de formación continua del formador. Y si algunas veces tenéis la sensación de que vuestro trabajo no es lo suficientemente apreciado, sabed que Jesús os sigue con amor y toda la Iglesia os agradece. Y siempre en esta belleza de la vida consagrada: algunos —yo lo escribí aquí, pero se ve que también el Papa es censurado— dicen que la vida consagrada es el paraíso en la tierra. No. En todo caso el purgatorio. Seguir adelante con alegría, seguir adelante con alegría”[1].



[1] Francisco, “Discurso a los participantes en el Congreso de Formadores de la Vida Consagrada”, organizado por la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Sábado 11 de abril de 2015, pp. 2-4,

miércoles, 28 de octubre de 2020

VOCACIÓN Y ACOMPAÑAMIENTO VOCACIONAL (II)

 


Luigino Bruni[1], “El maravilloso oficio de vivir”[2]

 

Más grandes que la culpa/3

 

– Podemos ser justos aun siendo débiles.

Y escuchar sin haber oído.

 

«El Maestro dijo:

“Aquellos que hacen

de la virtud su profesión

son la ruina de ésta”»

Confucio, Analectas

 

En esta tierra hay muchas personas llamadas que responden “aquí estoy” aunque no sepan reconocer al autor de la voz que les llama por su nombre. Hoy igual que ayer e igual que siempre. Personas llamadas por voces interiores distintas y desconocidas, que se elevan desde el amor y el dolor del mundo. En estas vocaciones, que ocurren cada día en todos los ámbitos humanos, lo verdaderamente importante es responder. Pero si además tenemos a nuestro lado a un “Elí” que primero nos manda tranquilamente a la cama y luego nos desvela el nombre de aquel que nos llama repetidamente, este proceso puede ser maravilloso.

«Los hijos de Elí eran unos desalmados… Cuando una persona ofrecía un sacrificio, mientras se guisaba la carne, venía el ayudante del sacerdote empuñando un tenedor, lo clavaba dentro de la olla o caldero o puchero o cazuela, y todo lo que enganchaba el tenedor se lo llevaba al sacerdote». (1Samuel 2,12-14). Como si esas corruptelas sobre los sacrificios no fueran suficientes, además «se acostaban con las mujeres que servían a la entrada de la tienda del encuentro» (2,22). En cambio «el niño Samuel iba creciendo en estatura y gracia» (2,26). Este cuadro, de tonos fuertes y coloridos, que hace uso de materiales muy antiguos, nos permite entrar de inmediato en el gran tema de la Biblia y de la vida: la coexistencia de la culpa y la gracia, la dialéctica entre el templo y la profecía. La figura de Elí, sacerdote jefe del templo de Siló, no está libre de ambivalencia. El texto – resultado de distintas tradiciones y de muchas “manos” teológicas y políticas – condena principalmente a los hijos, pero no exonera de culpa a Elí («¿Por qué tienes más respeto a tus hijos que a mí, cebándolos con las primicias de mi pueblo?»: 2,29).

El episodio de la llamada nocturna de Samuel es grandioso, y Elí desempeña en él un papel muy hermoso, decisivo. No hace falta ser moralmente perfecto para reconocer el espíritu de Dios en el mundo, ni para decirle a un joven: «Es el Señor». Es posible ser justo aun siendo débil, honesto aun con una parte del alma estropeada. La partitura de una vida moralmente dudosa puede contener en su interior pasajes espléndidos. El mundo está lleno de palabras verdaderas y estupendas pronunciadas por pecadores. El mundo está lleno de buenas acciones realizadas por personas que solo parecían capaces de maldad. Ni siquiera Caín consiguió borrar en sus hijos la imagen de Elohim.

La vocación de Samuel viene precedida por un sugerente versículo: «La palabra del señor era rara en aquel tiempo y no abundaban las visiones» (3,1). El tiempo de Samuel es parco en palabras y visiones y por tanto en profecía (que es las dos cosas juntas). Samuel llega para poner fin a este silencio y a este eclipse de Dios. Los profetas, hoy como ayer, son muchas veces la “flor del mal”, la respuesta de la tierra a la carestía de la palabra, carestía de palabras y visiones. En un mundo bíblico donde la Palabra de Dios es la madre de todas las palabras humanas verdaderas, la rareza de la palabra de YHWH se traduce en niebla, humo y vanitas (havel) de palabras humanas. Si Dios calla, el Adam no sabe hablar, es un hombre civil y espiritualmente ciego y mudo.

«Samuel estaba acostado en el santuario del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó: “¡Samuel!”. Y este respondió: “¡Aquí estoy!” Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy; vengo porque me has llamado”. Elí respondió: “No te he llamado, vuelve a acostarte”. Samuel fue a acostarse y el Señor lo llamó otra vez. Samuel se levantó, fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy; vengo porque me has llamado”. Elí respondió: “No te he llamado, hijo; vuelve a acostarte”» (3,3-6). La voz llama dos veces. Samuel no la reconoce. Llama por tercera vez: «Samuel se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy; vengo porque me has llamado”. Elí comprendió entonces que era el Señor quien llamaba al niño» (3,8). Este es uno de los triángulos más bellos y profundos de toda la literatura sagrada. En él encontramos la gramática y la semántica de ese acontecimiento antropológico decisivo que es la vocación (religiosa, artística, laica), sobre todo en su fase auroral y por consiguiente crucial. Comienza con un joven que lleva inscrito en su historia su propio destino, a partir del primer voto de su madre Ana. Duerme dentro del templo, al lado del Arca de la Alianza, consagrado desde pequeño a Dios y a su culto. La religión es su ambiente, el templo es su casa y las palabras sagradas son su lenguaje. Sin embargo «Samuel no conocía todavía al Señor; aún no se le había revelado la palabra del Señor» (3,7). Sabemos que su tiempo es espiritualmente avaro. Pero incluso en los raros tiempos de palabras abundantes no basta estar inmersos en una vida religiosa para conocer a Dios y su palabra. Podemos pasarnos la vida entera en lugares sagrados, ser consagrados, vestirnos de lino cada día y sin embargo no conocer al Señor. Como los hijos de Elí, como muchos profesionales de la religión.

A diferencia de las vocaciones de Abraham, Isaías, Jeremías o Moisés, en la llamada de Samuel aparece en escena un mediador humano, un intermediario, un tercero. En esas otras grandes llamadas bíblicas, Dios se revela directamente o a través de uno de sus ángeles (Agar, María). Los llamados dudan de su capacidad para desempeñar la tarea, pero reconocen la voz. Y si no la reconocen (como cuando Saulo pregunta: «¿quién eres?»), la voz misma les dice su nombre. En cambio, Samuel no reconoce la voz hasta que Elí no le revela su nombre.

Resulta especialmente bello e importante este juego de voces, paradigma de un buen proceso de discernimiento de espíritus y de vocaciones. En primer lugar, también Elí necesita tres “llamadas” para reconocer la naturaleza de la voz. Tal vez, conociendo muy bien a Samuel, reconociera los síntomas de su llamada profética ya desde el primer despertar, pero prefiere esperar. Saber esperar es el primer y más valioso arte de los intérpretes de voces ajenas (y propias). Siempre lo es, pero sobre todo en tiempos de carestía de Dios, cuando su recuerdo es lejano y el hambre y la sed producen espejismos y voces fatuas. En el tiempo esperado y oportuno, Elí reconoce en la voz que llama a Samuel las señales de la voz de YHWH. El texto no nos dice la “técnica” de este discernimiento, pero nos dice algo más importante: Elí sabe reconocer la voz que llama a otra persona. Un hermeneuta vocacional es alguien que sabe interpretar las señales de una voz buena y distinta en medio de muchas otras voces de la vida. Quizá su habilidad más rara y valiosa sea precisamente la de saber decir “es el Señor” sin poder escuchar directamente su voz. Como José en Egipto, Elí se convierte en intérprete de los “sueños” de otros.

Toda vocación verdadera comienza con un sueño, porque el tiempo de vigilia es demasiado pequeño para oír esas voces de infinito. Elí no es un profeta. Probablemente no ha oído a nadie llamarle por su nombre. No hace falta ser profeta para acompañar a un profeta; “solo” se necesita un carisma, experiencia y mucha honestidad. Elí no conoce la voz pero sí conoce la palabra de YHWH. Está familiarizado con las narraciones de las grandes llamadas de la historia de la salvación. La experiencia de la palabra le permite reconocer una voz que nunca ha oído pero sí ha escuchado en las narraciones del templo y de los padres bajo la tienda. Una vida dedicada a la escucha de la palabra le ha permitido llegar preparado a la cita más importante con una voz que le habla a un joven, reconocerla y en el momento adecuado poder decir con certeza: “Es el Señor”. Una vida dedicada al conocimiento de la palabra le permite reconocer en la vejez la voz que le habla a un joven, porque la palabra que ha escuchado muchas veces resuena en su interior como si fuera una voz.

Las comunidades espiritualmente vivas están formadas por unos pocos profetas llamados por su nombre y por muchas otras personas que escuchan una palabra que, sin llamarles por su nombre, se hace voz en el alma. La palabra permite a muchos no profetas tener una experiencia parecida (si no idéntica) a la de los profetas llamados por su nombre. Esto es verdadera igualdad bajo el sol, más allá de la diversidad de carismas y talentos. Lo hace posible de forma eminente la palabra bíblica, pero también la escucha verdadera y el trato frecuente con toda palabra humana grande. Podemos reconocer a los verdaderos poetas sin ser poetas. Podemos reconocer la virtud en los demás sin ser virtuosos. Y así podemos aprender el maravilloso oficio de vivir. Llegado a este punto, Elí puede dar a Samuel el mejor consejo y concluir así su tarea: «Anda, acuéstate. Y si te llama alguien, dices: “Habla, Señor, que tu siervo [aliado] escucha”» (3,9).

Para terminar, es muy importante la parte donde dice: «si te llama alguien». Un acompañante experto y honesto puede reconocer las señales de una vocación, puede estar seguro de la autenticidad de la voz que irrumpe en la noche, pero no puede saber si la voz volverá a llamar una cuarta y decisiva vez. Algunas personas han escuchado tres veces su nombre, algún Elí les ha dicho “es el Señor”, se han echado a dormir y pueden pasarse años durmiendo a la espera de una cuarta llamada que no llega. Otras personas llevan tiempo sin dormir porque una voz verdadera les llama interiormente y no les deja en paz, pero se han encontrado en el camino con un intérprete deshonesto que a la pregunta “¿eres tú quien me ha llamado?” ha respondido: “Sí, soy yo”, y se ha convertido en su “maestro interior”. Otras personas, en fin, tienen a su lado un hermeneuta, diversamente deshonesto (y/o impaciente, inexperto, sin carisma) que responde: “Es el Señor”. Escuchan y siguen una voz trivial o equivocada a la que llaman “el Señor”, y así se encuentran inmersos en una vida vocacional pero sin vocación. Pocas manipulaciones, más o menos de buena fe, son más devastadoras que las vocacionales. Si Samuel llega de noche y pregunta: “¿Me has llamado?”, y nosotros no somos Elí, solo debemos responder: “No sé quién te llama. Solo sé que no soy yo. Pero tú no dejes de escuchar “.

En tiempos de carestía de voces y visiones necesitamos a Ana y a Samuel. Pero también tenemos mucha necesidad de la humanidad honesta de Elí: «Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y lo llamó como antes: “¡Samuel, Samuel!” Samuel respondió: “Habla, que tu siervo escucha”» (3,10).


[1] Luigino Bruni (Ascoli Piceno, 1966) es profesor ordinario de Economía Política en la LUMSA (Libera Universita Maria Santissima Assunta) de Roma y docente de Economía y Ética en la Universidad Sophia, de Loppiano. Es coordinador del Proyecto Economía de Comunión y uno de los promotores de la Economía civil. Es autor de ensayos y obras traducidas a una decena de idiomas.

[2] https://ciudadnueva.com.ar/el-maravilloso-oficio-de-vivir/


miércoles, 21 de octubre de 2020

VOCACIÓN Y ACOMPAÑAMIENTO VOCACIONAL (i)

  1 Samuel 3: La vocación de Samuel

1 El joven Samuel servía al Señor en la presencia de Elí. La palabra del Señor era rara en aquellos días, y la visión no era frecuente. 2 Un día, Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos comenzaban a debilitarse y no podía ver. 3 La lámpara de Dios aún no se había apagado, y Samuel estaba acostado en el Templo del Señor, donde se encontraba el Arca de Dios. 4 El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy». 5 Samuel fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Pero Elí le dijo: «Yo no te llamé; vuelve a acostarte». Y él se fue a acostar. 6 El Señor llamó a Samuel una vez más. El se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Elí le respondió: «Yo no te llamé, hijo mío; vuelve a acostarte». 7 Samuel aún no conocía al Señor, y la palabra del Señor todavía no le había sido revelada. 8 El Señor llamó a Samuel por tercera vez. El se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy, porque me has llamado». Entonces Elí comprendió que era el Señor el que llamaba al joven, 9 y dijo a Samuel: «Ve a acostarte, y si alguien te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha». Y Samuel fue a acostarse en su sitio. 10 Entonces vino el Señor, se detuvo, y llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel!». El respondió: «Habla, porque tu servidor escucha».



Escena de Alberto: ¿quién sabe cuánto cuesta hacer un ojal? es un largometraje chileno para televisión de 2005 dirigido por Ricardo Larraín, escrito por Andrés Salawski y basado en la vida del santo chileno San Alberto Hurtado. La cinta fue producida por la Corporación de televisión de la Universidad Católica de Chile y Cine XXI.


Lectio divina 1 Sm 3, 1-10: Gn 22,1; Ex 3, 4; Is 6, 8; Jr 1, 4-11.

3. Protagonistas: Aunque el capítulo cuenta la vocación profética de Samuel, su protagonista es la Palabra de Dios. Aparece negativamente en el v. 1. [Dios no se manifestaba sino muy contadas veces (Cf. Am 8, 11-12). La ausencia de profetas era para Israel una señal de la reprobación de Dios (Cf. Sal 74,9; Ez 7,26; Lam 2, 9). Señala la desorientación y la incertidumbre por la cual avanza el pueblo. Contraste entre la decadencia religiosa (hijos de Elí, 1 Sm 2, 27-36) y el florecimiento (Samuel)], otra vez en relación con Samuel en el v. 7 “aún no”; al final del capítulo ha penetrado plenamente en la historia. Samuel será su mediador: la misma palabra se crea este instrumento humano con su llamada. Palabra de vida que llama a su servicio, servicio que se orienta esencialmente a la vida. La triple voz nocturna, además de ser un recurso narrativo popular, ilumina un contraste: hasta ahora Samuel ha estado a las órdenes de Eli, ha escuchado su voz; en adelante escuchará la voz del Señor, para cumplir y transmitir sus órdenes. Samuel sirviente de Eli, pasa a servir a la Palabra. Primera revelación al profeta. No es un sueño, la voz despierta a Samuel. No es una visión, más que en sentido amplio, Samuel no ve, únicamente oye. Dios llama cuando parece que ha dejado de llamar.

3,1. Visión y palabra pueden ser dos formas o dos componentes del saber profético: Am 7; Jr 1; etc. El profeta, hombre de la palabra, se llamaba en otro tiempo “vidente”.

3,2-3. Circunstancias: No pudiendo encargarse de la vigilancia, el viejo Eli duerme en uno de los anejos, el joven Samuel duerme en el recinto propiamente dicho (tienda o edificio). El candelabro de que habla Ex 25,31-40; 27,21, era quizá desarrollo de una institución más antigua (Cf. Lv 24,3). Hay algunos que por la lámpara de Dios entienden a Elí. Dios se hace presente encima del arca y desde allí comunica sus órdenes (Cf. Ex 25,22; Is 6).

3,4. Diálogo: Esta primera llamada equivale a una vocación, como Ex 3,4, aunque no incluya todos los elementos de una vocación profética. Señor – Samuel, Samuel – Elí, Samuel-Señor.

3,7. Samuel todavía no tiene trato personal, familiar, con el Señor, como lo tienen los profetas (Am 3); la palabra no se le ha revelado o manifestado personalmente, porque hace falta una actualización con la fuerza del Espíritu para que el hombre capte esa palabra en su carácter único de palabra de Dios. Confundir la voz de Dios con la de un hombre. Mediaciones “cualificadas”.

3.10. El presentarse el Señor sería una visión (Job 4,16: visión de Elifaz): v. 15. Habla Señor: Hermosa oración para comenzar la lectura el Palabra de Dios (Cf. Sal 84,9; 1 Tm 4,15). “Aquí estoy”.

 

Jesús, amigo, hermano y compañero de camino,

vos me llamas por mi nombre,

me llamas una y otra vez,

a tiempo y a destiempo,

con infinita paciencia y cariño.

Vos pones en mi camino

personas sabias que me apoyan

y me ayudan a escucharte.

¡Habla, Señor, que tu servidor escucha![1]

 



[1] http://seminarioriocuarto.org.ar/primer-dia-novena2020/

miércoles, 15 de julio de 2020

COMUNICACIÓN - ESCUCHA - DIÁLOGO


ANSELM GRÜN, “Algunas reglas de la comunicación”, en El arte de hablar y de callar, Por una nueva cultura del lenguaje, Sal Terrae, 2017, pp. 87-89.


“Friedemann Schulz von Thun ha descrito de modo bien impresionante en su famoso «modelo de cuatro lados» cómo puede tener buen resultado un diálogo y qué puede entorpecerlo. Para la descripción de este modelo me baso en las notas que el experto en comunicación Ralph Wüst me facilitó en nuestro encuentro preparatorio de este libro.
Schulz von Thun opina que, en la comunicación de una persona con otra, las noticias se pueden contemplar desde cuatro lados distintos y pueden interpretarse bajo cuatro supuestos diferentes:
El primer aspecto se refiere a la relación con la cosa: se comunica el asunto descrito, el contenido objetivo de la cosa.
El segundo aspecto considera la relación con el que habla: se refiere a la automanifestación del que habla. Este da a conocer algo de sí mismo.
El tercer aspecto va referido a la relación mutua: en la clase de mensaje se manifiesta algo sobre la relación del uno con el otro. Está claro lo que pienso de ti y cuál es nuestra situación mutua.
El cuarto aspecto se refiere al efecto pretendido: mis palabras contienen una apelación al otro. Quisiera mover al otro a hacer algo.
Los trastornos y los conflictos surgen cuando el que habla y el que escucha interpretan y valoran de manera diferente los cuatro niveles. Esto lleva a malentendidos y conflictos. Un ejemplo conocido, pero que sigue siendo impresionante, lo describe Schulz von Thun en su libro Miteinander reden. Una pareja va sentada en el coche, la mujer al volante. Se detienen ante un semáforo. El varón dice a la mujer: «El semáforo está en verde». La mujer contesta: «¿Conduces tú o conduzco yo?» (cf. Schulz von Thun 1, 25s).
En esta situación, la intervención del varón, además de en su nivel objetivo, se puede entender en relación con las otras tres dimensiones, de la siguiente manera: como incitación a arrancar (nivel de apelación), como intención del copiloto de ayudar a la mujer que va al volante o también como demostración de la superioridad del copiloto sobre la mujer (nivel de relación) o bien como manifestación de que el copiloto tiene prisa y está impaciente (automanifestación).
Evidentemente, la mujer ha interpretado el mensaje de su marido como menosprecio o como tutela. Por eso reacciona con despecho, dispuesta a atizar el fuego de una discusión de principio: ¿quién conduce ahora: él o ella? Y en su expresión hay también una apelación, una llamada: si conduzco yo, déjame conducir como mejor me plazca; no te inmiscuyas en mi manera de conducir.
Schulz von Thun puede describir este modelo de cuatro lados también como «modelo de cuatro oídos». Con esta expresión piensa que todo oyente debe oír el mensaje del otro siempre con equilibrio entre el «oído para el objeto», el «oído para la relación», el «oído para la automanifestación» y el «oído para la apelación». Sin embargo, esto raras veces sucede. Muchas personas solo oyen con el oído para la apelación. Por ejemplo, la pregunta del marido «¿Queda todavía cerveza?» no la oye la mujer con el oído para el objeto. Entonces le podría dar la información correcta. Pero tampoco la oye con el oído para la automanifestación. En ese caso preguntaría: «¿Todavía tienes sed?». Más bien es frecuente que la oiga con el oído para la apelación y tal vez también con el oído para la relación. En la pregunta oye enseguida el reproche de que se ha preocupado poco por la cerveza. A la inversa, puede también suceder que el que habla –inconsciente o, muchas veces, también conscientemente– combine y mezcle en su comunicación los diferentes niveles de las noticias.
Con qué oídos oímos depende también de la historia de nuestra vida. Cuando las personas, en su niñez, en cada comunicación de los padres han oído solo una exigencia o un reproche, de mayores oyen sobre todo con el oído para la apelación. Y en todas las preguntas del otro se sienten puestos en tela de juicio.
Un hombre llega a casa por la tarde y pregunta a su mujer: «¿Cómo estás? ¿Qué has hecho hoy?». En esta pregunta el marido pone todo su interés por su mujer y quiere simplemente saber cómo ha pasado el día y cómo le han ido las cosas. La pregunta es una invitación a contar y a entrar en comunicación. Sin embargo, la mujer entiende inmediatamente la pregunta como control. Se siente controlada por su marido porque esa pregunta la tuvo siempre en sus oídos como pregunta de control por parte de su padre.
Pero lo que le importa a Friedmann Schulz von Thun en el diálogo no es solo escuchar con exactitud en el nivel en que está emitido el mensaje del otro. Expone también que tenemos dentro de nosotros mismos diversas voces (cf. Schulz von Thun 3, 21s). En primer lugar, llevamos dentro al moralista, el que continuamente está blandiendo normas. Luego al altruista, el que quiere siempre ayudar al prójimo. Después tenemos dentro la mala conciencia, que pone en duda la rectitud de nuestra intención. O también al consciente de su responsabilidad, que pretende asumir la responsabilidad de todo. Y con demasiada frecuencia, nuestra conversación se ve perturbada porque nosotros mismos no sabemos con exactitud qué voz o qué persona interior es la que está hablando verdaderamente en ese momento.
Schulz von Thun opina: antes de entablar una conversación con otro, lo primero que tendríamos que hacer es organizar una conferencia para discutir conjuntamente las diversas voces que hay en nosotros. Cada voz de las que llevamos dentro tiene una determinada justificación, pero con frecuencia se contradicen entre sí. Y entonces fracasa la conversación. Porque el otro se siente irritado. No sabe exactamente quién es el que está hablando con él. Por eso se necesita antes una clarificación interior: con qué voz queremos hablar. Entonces podrá resultar bien la conversación. Porque con frecuencia habla el moralista que llevamos dentro y provoca rechazo en el otro. Luego empieza a hablar el indulgente y comprensivo. Eso le irrita todavía más. Y si, encima, comienza después a hablar el altruista ayudador, el otro no entiende nada de nada…”.

Schulz Von Thun, Friedemann, Miteinander reden, Band 1: Störungen und Klärungen, Reinbek 1998; Miteinander reden, Band 3: Das »Innere Team« und situationsgerechte, Kommunikation, Reinbek 1998.

miércoles, 8 de julio de 2020

Preparándonos para la solemnidad de Nuestro Padre San Benito




Audiencia General sobre San Benito de Nursia
Benedicto XVI – 9 de abril de 2008

Queridos hermanos y hermanas: Hoy voy a hablar de san Benito, fundador del monacato occidental y también patrono de mi pontificado. Comienzo citando una frase de san Gregorio Magno que, refiriéndose a san Benito, dice: “este hombre de Dios, que brilló sobre esta tierra con tantos milagros, no resplandeció menos por la elocuencia con la que supo exponer su doctrina” (Diál. II, 36). El gran Papa escribió estas palabras en el año 592; el santo monje había muerto cincuenta años antes y todavía seguía vivo en la memoria de la gente y sobre todo en la floreciente Orden religiosa que fundó. San Benito de Nursia, con su vida y su obra, ejerció una influencia fundamental en el desarrollo de la civilización y de la cultura europea.
La fuente más importante sobre su vida es el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno. No es una biografía en el sentido clásico. Según las ideas de su época, san Gregorio quiso ilustrar mediante el ejemplo de un hombre concreto -precisamente san Benito- la ascensión a las cumbres de la contemplación, que puede realizar quien se abandona en manos de Dios. Por tanto, nos presenta un modelo de vida humana como ascensión hacia la cumbre de la perfección.
En el libro de los Diálogos, san Gregorio Magno narra también muchos milagros realizados por el santo. También en este caso no quiere simplemente contar algo extraño, sino demostrar cómo Dios, advirtiendo, ayudando e incluso castigando, interviene en las situaciones concretas de la vida del hombre. Quiere mostrar que Dios no es una hipótesis lejana, situada en el origen del mundo, sino que está presente en la vida del hombre, de cada hombre.
Esta perspectiva del “biógrafo” se explica también a la luz del contexto general de su tiempo: entre los siglos V y VI, el mundo sufría una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el derrumbamiento del Imperio Romano, por la invasión de los nuevos pueblos y por la decadencia de las costumbres. Al presentar a san Benito como “astro luminoso”, san Gregorio quería indicar en esta tremenda situación, precisamente aquí, en esta ciudad de Roma, el camino de salida de la “noche oscura de la historia”.
De hecho, la obra del santo, y en especial su Regla, fueron una auténtica levadura espiritual, que cambió, con el paso de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época, el rostro de Europa, suscitando tras la caída de la unidad política creada por el Imperio Romano una nueva unidad espiritual y cultural, la de la fe cristiana compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que llamamos “Europa”.
La obra de San Benito, y en especial su Regla, fueron una auténtica levadura espiritual, que cambió, con el paso de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época.
La fecha del nacimiento de san Benito se sitúa alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio de la región de Nursia, ex provincia Nursiæ. Sus padres, de clase acomodada, lo enviaron a estudiar a Roma. Él, sin embargo, no se quedó mucho tiempo en la ciudad eterna. Como explicación totalmente creíble, san Gregorio alude al hecho de que al joven Benito le disgustaba el estilo de vida de muchos de sus compañeros de estudios, que vivían de manera disoluta, y no quería caer en los mismos errores. Sólo quería agradar a Dios: “soli Deo placere desiderans”.
Así, antes de concluir sus estudios, san Benito dejó Roma y se retiró a la soledad de los montes que se encuentran al este de la ciudad eterna. Después de una primera estancia en el pueblo de Effide (hoy Affile), donde se unió durante algún tiempo a una “comunidad religiosa” de monjes, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí vivió durante tres años, completamente solo, en una gruta que, desde la alta Edad Media, constituye el “corazón” de un monasterio benedictino llamado “Sacro Speco” (Gruta Sagrada).
El período que pasó en Subiaco, un tiempo de soledad con Dios, fue para san Benito un momento de maduración. Allí tuvo que soportar y superar las tres tentaciones fundamentales de todo ser humano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza.
Detrás de todas las voces debemos buscar el punto central: tener el corazón abierto a la voz del Señor, escuchar en silencio, dejarse formar para conocer y amar siempre más la verdad en persona: Jesús.
San Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones podía dirigir a los demás palabras útiles para sus situaciones de necesidad. De este modo, tras pacificar su alma, podía controlar plenamente los impulsos de su yo, para ser artífice de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle del Anio, cerca de Subiaco.
En el año 529, san Benito dejó Subiaco para asentarse en Montecassino. Algunos han explicado que este cambio fue una manera de huir de las intrigas de un eclesiástico local envidioso. Pero esta explicación resulta poco convincente, pues su muerte repentina no impulsó a san Benito a regresar. En realidad, tomó esta decisión porque había entrado en una nueva fase de su maduración interior y de su experiencia monástica.
Según san Gregorio Magno, su salida del remoto valle del Anio hacia el monte Cassio -una altura que, dominando la llanura circunstante, es visible desde lejos-, tiene un carácter simbólico: la vida monástica en el ocultamiento tiene una razón de ser, pero un monasterio también tiene una finalidad pública en la vida de la Iglesia y de la sociedad: debe dar visibilidad a la fe como fuerza de vida. De hecho, cuando el 21 de marzo del año 547 san Benito concluyó su vida terrena, dejó con su Regla y con la familia benedictina que fundó, un patrimonio que ha dado frutos a través de los siglos y que los sigue dando en el mundo entero.
En todo el segundo libro de los Diálogos, san Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba inmersa en un clima de oración, fundamento de su existencia. Sin oración no hay experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de san Benito no era una interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios y precisamente así nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.
Al contemplar a Dios comprendió la realidad del hombre y su misión. En su Regla se refiere a la vida monástica como “escuela del servicio del Señor” (Pról. 45) y pide a sus monjes que “nada se anteponga a la Obra de Dios” (43, 3), es decir, al Oficio Divino o Liturgia de las Horas. Sin embargo, subraya que la oración es, en primer lugar, un acto de escucha (Pról. 9-11), que después debe traducirse en la acción concreta. “El Señor espera que respondamos diariamente con obras a sus santos consejos”, afirma (Pról. 35).
Así, la vida del monje se convierte en una simbiosis fecunda entre acción y contemplación “para que en todo sea Dios glorificado” (57, 9). En contraste con una autorrealización fácil y egocéntrica, que hoy con frecuencia se exalta, el compromiso primero e irrenunciable del discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios (58, 7) en el camino trazado por Cristo, humilde y obediente (5, 13), a cuyo amor no debe anteponer nada (4, 21; 72, 11), y precisamente así, sirviendo a los demás, se convierte en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una fe animada por el amor (5, 2), el monje conquista la humildad (5, 1), a la que dedica todo un capítulo de su Regla (7). De este modo, el hombre se configura cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica autorrealización como criatura a imagen y semejanza de Dios.
A la obediencia del discípulo debe corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio “hace las veces de Cristo” (2, 2; 63, 13). Su figura, descrita sobre todo en el segundo capítulo de la Regla, con un perfil de belleza espiritual y de compromiso exigente, puede considerarse un autorretrato de san Benito, pues -como escribe san Gregorio Magno- “el santo de ninguna manera podía enseñar algo diferente de lo que vivía”. El abad debe ser un padre tierno y al mismo tiempo un maestro severo (2, 24), un verdadero educador. Aun siendo inflexible contra los vicios, sobre todo está llamado a imitar la ternura del buen Pastor (27, 8), a “servir más que a mandar” (64, 8), y a “enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras que con palabras” (2, 12). Para poder decidir con responsabilidad, el abad también debe escuchar “el consejo de los hermanos” (3, 2), porque “muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor” (3, 3). Esta disposición hace sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos. Un hombre de responsabilidad pública, incluso en ámbitos privados, siempre debe saber escuchar y aprender de lo que escucha.
San Benito califica la Regla como “mínima, escrita sólo para el inicio” (73, 8); pero, en realidad, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino también para todos los que buscan orientación en su camino hacia Dios. Por su moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo secundario en la vida espiritual, ha mantenido su fuerza iluminadora hasta hoy.
San Benito vivía bajo la mirada de Dios y precisamente así nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al hombre con sus necesidades concretas.
Pablo VI, al proclamar el 24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa, pretendía reconocer la admirable obra llevada a cabo por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea. Hoy Europa, recién salida de un siglo herido profundamente por dos guerras mundiales y después del derrumbe de las grandes ideologías que se han revelado trágicas utopías, se encuentra en búsqueda de su propia identidad.
Para crear una unidad nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero es necesario también suscitar una renovación ética y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente. De lo contrario no se puede reconstruir Europa. Sin esta savia vital, el hombre queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por sí mismo, utopía que de diferentes maneras, en la Europa del siglo XX, como puso de relieve el Papa Juan Pablo II, provocó “una regresión sin precedentes en la atormentada historia de la humanidad”. Al buscar el verdadero progreso, escuchemos también hoy la Regla de san Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje sigue siendo un verdadero maestro que enseña el arte de vivir el verdadero humanismo.

miércoles, 1 de julio de 2020

Sobre Santa Gertrudis de Helfta (I) Patrona de nuestro ropero comunitario







Nuestro Ropero comunitario está bajo el patrocinio de Santa Gertrudis, para conocer más sobre ella y su “espiritualidad”.



“El descubrimiento de un Dios capaz de crear y honrar la libertad humana hasta las últimas consecuencias llevó a la teóloga del siglo XIII Gertrudis de Helfta, junto con sus hermanas del monasterio, a desarrollar una cristología (una teología sobre Jesucristo) alternativa a la cristología hegemónica de la Baja Edad Media. La teología dominante caracterizaba a Cristo Jesús como Pantocrátor, Dios Todopoderoso, Rey del Mundo. Esta imagen enfatizaba el poder de Cristo de gobernar y de imponer su ley a todas sus criaturas. Se le concebía a imagen y semejanza de un emperador, un Señor dominante y soberano que ejercía su autoridad suprema desde arriba.
Teniendo en cuenta esta imagen dominante resulta sorprendente que en la primera experiencia de Dios que tiene Gertrudis, Jesús se le aparezca como un joven de dieciséis años que interactúa con ella, una experimentada monja de veintiséis años que había vivido en el monasterio desde que tenía cinco, sin ningún tipo de atributo mayestático. A partir de esta primera experiencia, la comprensión que Gertrudis tiene de Jesús va creciendo en intimidad y Gertrudis empieza a desarrollar la idea de la vulnerabilidad de Dios sin abandonar la idea de su majestad o de su trascendencia. Es precisamente la simultaneidad de la trascendencia y la vulnerabilidad de Dios lo que se convierte en el nervio central de la teología de Gertrudis. A fin de captar adecuadamente este aspecto de su teología, es ilustrativo comparar la experiencia interior que describe en el capítulo VIII de su obra El heraldo del amor divino, con la que describe en el capítulo XIV. En ambas ocasiones, Gertrudis está participando en la eucaristía del domingo XV del tiempo litúrgico ordinario. En ambas ocasiones la experiencia se produce después de haber cantado la antífona propia del día: Sed mi protector. En su primera experiencia Jesús le ofrece su corazón como tierra prometida donde ella podrá encontrar reposo y protección: «Tocando durante la recitación de estos versos tu pecho bendito con tu venerable mano, me mostraste cuál era la tierra que tu generosidad infinita me prometía». En su segunda experiencia, los papeles se invierten de forma sorprendente y es Jesús quien busca reposo y protección en el corazón de Gertrudis: «Mediante las palabras del introito me diste a entender, oh objeto único de mi amor, que, agotado por las persecuciones y los ultrajes que tantas personas te infligen, buscabas mi corazón a fin de descansar en él. Así, cada vez que entré en mi corazón durante los siguientes tres días, te encontré en él acostado como una persona aquejada por un cansancio extremo». La experiencia de la vulnerabilidad y de la necesidad de Dios le es posible a Gertrudis a causa de la Encarnación, la más distintiva y peculiar de todas las creencias cristianas: Dios tomó carne, existió como ser humano en el tiempo y en el espacio en toda la plenitud de Dios. En el contexto del cristianismo primitivo esta idea les parecía simplemente absurda a los sabios, y a los que tenían fe religiosa les parecía ofensiva. Es probable que este siga siendo el caso hoy en día. La idea de Dios no se aviene con la idea de límite. Y sin embargo, los límites que el espacio y el tiempo nos imponen nunca constituyen en realidad obstáculos para la realización de nuestro potencial de amar (de nuestro potencial divino) en toda su plenitud. Tales límites representan en realidad la condición de posibilidad de nuestra libertad de la misma forma que el aire es condición de posibilidad para el vuelo de la paloma de Kant: «La ligera paloma, que siente la resistencia del aire que surca al volar libremente, podría imaginarse que volaría mucho mejor aún en un espacio vacío», escribió Kant en la Introducción de la Crítica de la razón pura.
Confianza, libertad, gozo, profundidad, intimidad, cuerpo, serenidad, luz, reposo, beso y dulzura son algunas de las palabras que reaparecen con más frecuencia en los escritos de Gertrudis. Expresan la forma en que Gertrudis experimentaba a Dios y cómo hablaba de Dios a los peregrinos que hacían cola en la puerta del monasterio para hablar con ella y con sus hermanas. El círculo teológico de Helfta es responsable de haber iniciado la tradición del «sagrado corazón» de Jesús, mas no concebida como una imagen edulcorada y superficial del amor, sino como un tomarse en serio la invitación de Dios a la amistad y a la intimidad con Ella. Gertrudis dejó atrás su búsqueda infantil de un Dios todopoderoso y controlador para descubrir que Dios era en realidad vulnerable, que Dios esperaba y que de hecho necesitaba el acto original de amor que solo ella podía hacer y que debía ser constantemente renovado. Gertrudis descubrió que Dios esperaba establecer una relación personal de amor con ella y con cada uno de nosotros. Esta impactante combinación de la majestad y la vulnerabilidad de Dios constituye el novum teológico introducido por las monjas de Helfta, un novum que se corresponde directamente con el mensaje del Evangelio. Gertrudis describió esta doble dimensión del amor único de Dios con la imagen de un corazón del que surgen dos rayos de luz: dorado para la divinidad, rosa para la humanidad (la carne). En la Encarnación, Dios ha experimentado lo que las nociones clásicas de Dios más rechazan, esto es, el cambio. Dios ha cambiado: ha adquirido un cuerpo que, por la resurrección, ha sido incorporado a Dios para toda la eternidad.
Las monjas de Helfta hablaron entre ellas de sus experiencias interiores y se ayudaron unas a otras a tomar en serio los retos que conllevaban, mas cada una las vivió en la soledad de la propia intimidad. Ellas descubrieron las profundidades de lo que el lenguaje moderno llama «subjetividad»; fueron verdaderas pioneras en el siglo XIII, del descubrimiento de la subjetividad y la libertad individual; anticiparon la devotio moderna y fueron transformadas por su experiencia de tal manera que adquirieron autoridad para inspirar a otras personas (varones y mujeres) en el camino hacia el gozo y la realización personal. Estas monjas son un ejemplo de liderazgo femenino que escapó del control patriarcal y se desarrolló de forma natural y sin cortapisas”.

Teresa Forcades i Vila, Fe y libertad, Herder, Barcelona, 2017, pp. 42-43.