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miércoles, 30 de septiembre de 2020
miércoles, 16 de septiembre de 2020
martes, 4 de agosto de 2020
Novedad editorial
Si le interesa el texto solicitar la versión digital gratuita al correo: monasteriocristorey@sinectis.com.ar
jueves, 25 de abril de 2019
PRESENTACION DE “VICTIMAS Y VICTIMARIOS” DE ANSELM GRÜN, OSB. EN SAN MIGUEL DE TUCUMÁN
Primero, agradecer a todos los que han hecho
posible este primer encuentro en Tucumán, a Dios con su providencia, a las
editoriales Ágape, Bonum, Claretiana, Guadalupe y San Pablo, a los que
aportaron la oración, el trabajo, la organización, la difusión, la
hospitalidad, y a Uds. por su presencia.
En el libro II de los Diálogos del Papa San Gregorio Magno, que narra la vida de San
Benito, leemos:
“I. 6… Cierto presbítero
que vivía lejos de allí, había preparado su comida para la fiesta de Pascua. El
Señor se le apareció en una visión y le dijo: “Tú te estás preparando manjares
deliciosos, y en tal lugar mi siervo se ve atormentado por el hambre”. En
seguida el presbítero se levantó, y en la misma solemnidad de Pascua, se puso
en marcha hacia aquel lugar con los alimentos que se había preparado. Buscando
al hombre de Dios a través de montañas escarpadas, valles profundos y de las
hondonadas de aquellas tierras, lo encontró escondido en la cueva. 7. Rezaron
juntos y bendijeron al Señor omnipotente, se sentaron y después de agradables
coloquios sobre la vida eterna, el presbítero que había ido le dijo: “Levántate
y comamos, porque hoy es Pascua”. El hombre de Dios le respondió: “Sé que es
Pascua, porque he merecido verte”. Es que, viviendo alejado de los hombres,
ignoraba que aquel día era la solemnidad de la Pascua. El venerable presbítero
siguió insistiendo: “Ciertamente, hoy es el día pascual de la resurrección del
Señor. De ninguna manera te conviene seguir ayunando, ya que he sido enviado
con el fin de que juntos comamos los dones del Señor omnipotente”. Bendiciendo
entonces a Dios, tomaron el alimento. Y así, terminada la comida y la
conversación, el presbítero regresó a su iglesia”.
“Hoy se cumple este pasaje… que acaban de oír” (Lc 4,21) Estamos en Pascua, el martes de
la Octava de Pascua, y viene a visitarnos un presbítero, un monje presbítero con
formación en teología, economía y psicología, que vive muy lejos de aquí en la
Abadía alemana de Münsterschwarzach. El del relato no tiene nombre, él se llama
Anselm, como el santo doctor benedictino, que tenía una fe que dilataba-purificaba
su corazón, que buscaba entender y mantener abierto el misterio, él también
tiene una fe madura que busca traducir el mensaje de Jesús a nuestro horizonte
de comprensión.
En el cap. 35 de nuestra Regla se nos dice:
“Sírvanse los hermanos
unos a otros, de tal modo que nadie se dispense del trabajo de la cocina, a no
ser por enfermedad o por estar ocupado en un asunto de mucha utilidad, porque
de ahí se adquiere el premio de una caridad muy grande… Si la comunidad es
numerosa, el mayordomo sea dispensado de la cocina, como también los que, como
ya dijimos, están ocupados en cosas de mayor utilidad. Los demás sírvanse unos
a otros con caridad”.
Si bien, él fue, mayordomo-administrador de su
monasterio y por lo tanto debió estar dispensado del trabajo de la cocina; como
el presbítero del relato acostumbra preparar manjares deliciosos para sí, con
mucha creatividad, utilizando siempre muy buenos ingredientes: la tradición
monástica (Evagrio, Casiano, Benito), la mística renana (Maestro Eckhart,
Taulero) y la psicología-psicoterapia contemporánea (Jung, Dürckheim,
Drewermann), todo calentado al fuego del Espíritu. Él también escuchando la voz
de Dios y siguiendo el carisma de su congregación monástico-misionera de Santa
Otilia, sale a buscar a los hombres de Dios, sean católicos o no, en sus viajes,
charlas y retiros, en sus encuentros de acompañamiento, para darles alimento,
para ayudarlos en su experiencia espiritual y compartir los dones de Dios.
Pero, como suele pasar con la comida, no siempre
es del gusto de todos, a algunos les sabe muy salada (los que compran su libros),
a otros muy dulce (los que piensan en la “ortodoxia” de la moral y no los
compran por las dudas, o en que son “libritos” de autoayuda) y a otros
agridulce (los que experimentan al leerlos el desafío de repensar ciertas
verdades y opiniones, o de enfrentarse sinceramente con los celos y la
envidia). Esto no debe asombrarnos porque el maná, pan del cielo y alimento del
peregrino en el desierto, para algunos era insípido y cansador, pero el sabio,
que reconoce la obra de Dios, dice:
“…nutriste a tu pueblo
con un alimento de ángeles, y sin que ellos se fatigaran, les enviaste desde el
cielo un pan ya preparado, capaz de brindar todas las delicias y adaptado a
todos los gustos. Y el sustento que les dabas manifestaba tu dulzura hacia tus
hijos, porque, adaptándose al gusto del que lo comía, se transformaba según el
deseo de cada uno” (Sab 16, 20-21).
Algunos hasta piensan en que se trata de un “pan
bendito envenenado”, por el gnosticismo o pelagianismo de la New Age, como el
del presbítero Florencio, pero eso es otra historia de nuestro Padre que otro
día recordaremos, pero si rezamos y bendecimos el alimento, estamos atento al
sentido de la fe, lo masticamos bien con la inteligencia, lo asimilamos con la
voluntad y la afectividad, creo que, ni nos caerá mal y no nos engordará, sino
que nos alimentará.
A mí, personalmente, desde el discernimiento,
antes de entrar en la vida monástica, me gusta y disfruto de lo que él prepara,
en el servicio de la autoridad, en la formación y en el acompañamiento
espiritual suelo convidar algunos bocados, según el paladar de cada uno, de Una espiritualidad desde abajo, Nuestras
propias sombras y La mitad de la vida
como tarea espiritual. Y últimamente sus consideraciones sobre nuestro
padre san Benito me son de mucha ayuda. Soy consciente de sus límites y por eso
también de sus posibilidades, de su necesidad de complementación con otras
lecturas y la conveniencia de otros condimentos. Creo que la clave es tener siempre
clara la distinción entre los órdenes: físico, psicológico y espiritual, y como
se relacionan en las personas concretas.
(Hoy viene a saciar nuestro hambre, hablándonos
de Victimas y victimarios, un tema
asociado a las heridas, esas heridas que porta el resucitado, heridas pascuales,
sin dolor y sin rencor, aperturas a la fe y a la gracia, espacios de gloria. Él
ha escrito en otra oportunidad:
“Aunque la herida
espiritual es la más profunda de todas las heridas, no debemos permanecer en el
rol de víctimas, porque entonces nos transformamos en victimarios y
terminaremos tiranizando a los demás. El narcisismo espiritual refuerza mis
heridas en lugar de sanarlas. Sólo podemos cortar ese círculo abandonando el
papel de víctimas, adoptando una actitud activa frente al dolor. Imaginando,
por ejemplo, que al levantar las palmas de mis manos sale a través de ellas la
bendición hacia aquel que ha sido o es mi victimario. Esto requiere mucho
valor, casi como el que tuvo Jesús crucificado al perdonar a sus asesinos. Pero
este cambio de actitud me saca de la pasividad de la víctima y me permite
transformar lo negativo en algo positivo. Al hacer esto me he levantado, me he
erigido y lo puedo mirar con otros ojos”).
Como dice el relato con el que comenzamos, Padre
Anselm sabemos que es Pascua porque has venido, porque hemos merecido verte y
ahora escucharte. Muchas gracias.
Rmo. P. Pedro Edmundo Gómez, osb.
San Miguel de Tucumán,
Martes de la Octava de Pascua 2019.


sábado, 2 de marzo de 2019
LECTIO DIVINA: Papa Francisco
Evangelii Gaudium, nn. 152-153

Hay
una forma concreta de escuchar lo que el Señor nos quiere decir en su Palabra y
de dejarnos transformar por el Espíritu. Es lo que llamamos «lectio divina».
Consiste en la lectura de la Palabra de Dios en un momento de oración para
permitirle que nos ilumine y nos renueve. Esta lectura orante de la Biblia no
está separada del estudio que realiza el predicador para descubrir el mensaje
central del texto; al contrario, debe partir de allí, para tratar de descubrir
qué le dice ese mismo mensaje a la propia vida. La lectura espiritual de un
texto debe partir de su sentido literal. De otra manera, uno fácilmente le hará
decir a ese texto lo que le conviene, lo que le sirva para confirmar sus
propias decisiones, lo que se adapta a sus propios esquemas mentales. Esto, en
definitiva, será utilizar algo sagrado para el propio beneficio y trasladar esa
confusión al Pueblo de Dios. Nunca hay que olvidar que a veces «el mismo
Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14). En la presencia de Dios, en
una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué
me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? ¿Qué
me molesta en este texto? ¿Por qué esto no me interesa?», o bien: «¿Qué me
agrada? ¿Qué me estimula de esta Palabra? ¿Qué me atrae? ¿Por qué me atrae?».
Cuando uno intenta escuchar al Señor, suele haber tentaciones. Una de ellas es
simplemente sentirse molesto o abrumado y cerrarse; otra tentación muy común es
comenzar a pensar lo que el texto dice a otros, para evitar aplicarlo a la
propia vida. También sucede que uno comienza a buscar excusas que le permitan
diluir el mensaje específico de un texto. Otras veces pensamos que Dios nos
exige una decisión demasiado grande, que no estamos todavía en condiciones de
tomar. Esto lleva a muchas personas a perder el gozo en su encuentro con la
Palabra, pero sería olvidar que nadie es más paciente que el Padre Dios, que
nadie comprende y espera como Él. Invita siempre a dar un paso más, pero no
exige una respuesta plena si todavía no hemos recorrido el camino que la hace
posible. Simplemente quiere que miremos con sinceridad la propia existencia y
la presentemos sin mentiras ante sus ojos, que estemos dispuestos a seguir
creciendo, y que le pidamos a Él lo que todavía no podemos lograr.

sábado, 31 de octubre de 2015
lunes, 27 de octubre de 2014
Sección libros en el local de ventas
PARA VER
Nuestro local de Ventas en el Monasterio ha incorporado la sección libros en ella encontrará textos de espiritualidad y formación de editoriales nacionales y extranjeras.
PARA PENSAR
“Siguiendo la escuela de san Benito, con el paso de los siglos,
los monasterios han sido centros fervientes de diálogo, de encuentro y benéfica
fusión entre gentes diversas, unificadas por la cultura evangélica de la paz.
Los monjes han sabido enseñar con la palabra y el ejemplo el arte de la paz,
sirviéndose de los tres «vínculos»
que san Benito consideraba necesarios para conservar la unidad del Espíritu
entre los seres humanos: la Cruz, que es la ley misma de Cristo; el libro, es
decir la cultura; y el arado, que indica el trabajo, la señoría sobre la
materia y el tiempo. Gracias a la actividad de los monasterios, articulada en
el triple compromiso cotidiano de la oración, del estudio y del trabajo, pueblos
enteros del continente europeo han experimentado un auténtico rescate y un
benéfico desarrollo moral, espiritual y cultural, educándose en el sentido de
la continuidad con el pasado, en la acción concreta a favor del bien común, en
la apertura hacia Dios y la dimensión trascendental. Recemos para que Europa
valorice siempre este patrimonio de principios e ideales cristianos que
constituye una riqueza cultural y espiritual inmensa. Pero esto sólo es posible
cuando se acoge la enseñanza constante de san Benito, es decir el «quaerere Deum», buscar a Dios como
compromiso fundamental del ser humano que no se realiza plenamente ni puede ser
realmente feliz sin Dios. Os toca en particular a vosotros, queridos monjes,
ser ejemplos vivos de esta relación interior y profunda con Él, actuando sin
compromisos el programa que vuestro fundador sintetizó en el «nihil amori Christi praeponere» (Regla
4, 21). En esto consiste la santidad, propuesta válida para todo cristiano, más
que nunca en nuestra época, en la que se experimenta la necesidad de anclar la
vida y la historia en firmes puntos de referencia espirituales. Por este
motivo, queridos hermanos y hermanas, es particularmente actual vuestra
vocación y es indispensable vuestra misión de monjes".
S. S. Benedicto XVI, "Homilía en Montecasino"
25 de mayo de 2009
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