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domingo, 12 de junio de 2016

HOMILÍA DEL ABAD BENITO EN EL DOMINGO XI CICLO C

En el Evangelio, que es del Evangelista Lucas, escuchamos el relato de la pecadora arrepentida que irrumpió en medio de un banquete y “se puso a llorar a los pies de Jesús y comenzó a bañarlos con sus lágrimas, los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume”.
En el Evangelio de Juan encontramos una escena con algún parecido. “Le ofrecieron un banquete. Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María tomó una libra de perfume de nardo puro, muy costoso, ungió con él los pies de Jesús y se los enjugó con los cabellos”. Jn 12,2-3.
La pecadora de Lucas y María del evangelio de Juan son símbolo de la Iglesia: una de la Iglesia pecadora y otra de la Iglesia santa. La Iglesia pecadora, el Pueblo Elegido pecador, la esposa infiel del profeta Oseas y otros profetas. La Iglesia santa, la esposa del Apocalipsis, “Alegrémonos, regocijémonos y demos gloria a Dios, porque ha llegado la boda del Cordero y la novia está preparada” 19,7 “Vi la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, bajando del cielo, de Dios, preparada como novia que se arregla para el novio” 21,2. La Iglesia santa, la Iglesia de la parusía, pero también la Iglesia de aquí y ahora, la iglesia de las vírgenes, la Iglesia de los mártires. Nuestra tarea es imitar a la pecadora arrepentida de Lucas para llegar a ser la virgen pura del evangelio de Juan y del Apocalipsis.
Pero volvamos al texto de hoy. El P. Rivas dice que “esta es una de las páginas más conmovedoras de toda la Biblia”.
Tenemos tres actores principales: el fariseo, Jesús y la pecadora. El fariseo lo invita a Jesús a comer en su casa, tal vez simplemente por curiosidad, tal vez para acrecentar su fama recibiendo a un profeta, pero de hecho Jesús le hace notar que no le brindó las atenciones que se prestaban al huésped. El fariseo juzga y condena a la pecadora sin percatarse de su arrepentimiento, pero también lo juzga a Jesús: “Si este fuera un profeta…
La pecadora: el evangelista no nos dice ni cuándo ni cómo lo conoció a Jesús, ni cuándo se convirtió y decidió cambiar de vida: pero su actuar nos dice que de sintió perdonada de sus muchos pecados y por eso amó mucho. Estaba segura de que Jesús iba a aceptar sus gestos de cariño, los mismos que falsamente ofrecía para conquistar a sus amantes y que ahora sinceramente ofrecía al que la había perdonado.
Jesús llama a la conversión al fariseo al mostrarle que él vino a  recibir a los pecadores y no a condenarlos. Jesús acepta el arrepentimiento de la mujer pecadora y la alienta: “Tu fe te ha salvado. Vete en paz”
¿Y nosotros? En primer lugar, abrirnos al Señor que nos ofrece su perdón y luego, porque tenemos experiencia de ese perdón, invitar a nuestros hermanos pecadores a acudir a Jesús que los espera.

Creo que fue  Pio XII el que dijo que el mundo había perdido el sentido del pecado. ¿Por qué esa pérdida? Y ¿cómo descubrir ese sentido?  Tal vez no sea insistiendo en lo horrendo del pecado sino en lo grandioso de la misericordia: ¡Feliz el pecado de Adán, que nos mereció un Salvador tan grande!  Lo horrendo del pecado se mide mirando al Cristo crucifica; mirando a Jesús derramando su sangre en la cruz para la remisión de nuestros pecados.

viernes, 10 de junio de 2016

Los últimos pasos hacia el Congreso Eucarístico Nacional de la mano de san Efrén el Sirio

Para expresar el misterio de Cristo, san Efrén utiliza una gran variedad de temas, de expresiones, de imágenes. En uno de sus himnos, de forma eficaz, relaciona a Adán (en el paraíso) con Cristo (en la Eucaristía).

«Con la espada del querubín
se cerró el camino
del árbol de la vida.
Pero para los pueblos,
el Señor de este árbol
se ha entregado
él mismo como alimento,
para su alimento.
Por nosotros el jardinero
del Jardín, en persona,
se hizo alimento
para nuestras almas.
De hecho, todos salimos
del Paraíso junto con Adán,
que lo dejó a sus espaldas.
Ahora que abajo (en la cruz)
ha sido retirada la espada,
por la lanza podemos regresar»
(Himno 49, 9-11).
Para hablar de la Eucaristía, san Efrén utiliza dos imágenes: las brasas o el carbón ardiente, y la perla. El tema de las brasas está tomado del profeta Isaías (cf. Is 6, 6). Es la imagen del serafín, que toma las brasas con las tenazas y roza simplemente los labios del profeta para purificarlos; el cristiano, por el contrario, toca y consume las Brasas, es decir, a Cristo mismo:

«En tu pan se esconde el Espíritu,
que no puede ser consumido;
en tu vino está el fuego,
que no se puede beber.
El Espíritu en tu pan,
el fuego en tu vino:
he aquí la maravilla
que acogen nuestros labios.
El serafín no podía
acercar sus dedos a las brasas,
que sólo pudieron rozar
los labios de Isaías;
ni los dedos las tocaron,
ni los labios las ingirieron;
pero a nosotros
el Señor nos ha concedido
ambas cosas.
El fuego descendió
con ira para destruir a los pecadores,
pero el fuego de la gracia desciende
sobre el pan y en él permanece.
En vez del fuego
que destruyó al hombre,
hemos comido el fuego en el pan
y hemos sido salvados»
(Himno De Fide 10, 8-10).


BENEDICTO XVI, Audiencia general del miércoles 28 de noviembre de 2007

viernes, 3 de junio de 2016

SOLEMNIDAD DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS, HOMILÍA DEL P. MARCELO MACIEL, OSB. EN LAS PRIMERAS VÍSPERAS

En la liturgia de la Palabra de Dios de hoy, se nos muestra la imagen pastoril, la imagen de Dios como pastor de su rebaño, de cada uno de nosotros como ovejas, esto por un lado.
Por otro lado, su propio Espíritu, derramado sobre nosotros, en nosotros, cuidado interno al mismo hombre, en cada hombre, en atención y al mismo tiempo dando la plena libertad a la criatura para que ame libremente, y por tanto con aquella fuerza primigenia con la que ha sido creado en los comienzos.
Este es el cuidado que hemos recibido y continuamos recibiendo sin cesar, como lo es su Amor, el amor de Dios, sin límites, sin medida, como lo enuncia san Bernardo.
Éste es el rasgo principal del corazón de Dios, del Corazón de Jesús.
Y así alguien escribía:
Desde la zarza ardiente el Amor habla: "Queridos, quisiera revelarles mi esencia, mi presencia y encender en ustedes una visión viva de mí mismo".
Soy el amor sin límites. No conozco ningún límite en el tiempo. No conozco ningún límite en el espacio. No hay lugar donde no esté. No hay momento en el que no exprese lo que soy, que yo soy. Soy el origen y la razón profunda. Soy el impulso (a veces demasiado rechazado, desviado) de lo que ustedes son. Soy su verdadera vida.
Muchos son míos y sin embargo no tienen conciencia de este gran arrebato de amor que viene de mí y arrastra al universo. Sus ojos no tienen más que una visión restringida, exigua. No sienten que la tierra tiembla y que el mundo entero vibra por el soplo del Espíritu.
Queridos: ajusten sus sentimientos al soplo, a los toques divinos. Sean las cuerdas vibrantes que trasmiten mi amor sin límites. Sintonicen con toda voz humana. Esfúercense por recorrer toda la gama de sonidos que cada voz puede emitir hasta que sus voces hagan sonar el mismo canto, puro y justo.
Existe el don, la comunicación. He querido comunicarles lo que hay en mí. He querido entrar en comunión interior y en comunidad visible con ustedes. He querido hacerlos partícipes de mi ardor y de mi incandescencia: en una palabra, de mi amor.
Sean lo que yo soy. Sean  amor. No os es posible alcanzar la plenitud del amor. Pero es posible a cada uno, y siempre, orientarse hacia él, tender hacia él, dar algunos pasos por la vía sagrada.
Habrá muchos obstáculos muchas caídas, muchos accidentes. Pero toda voluntad de darse al amor, todo movimiento verdadero de amor tiene un valor infinito. Las caídas pueden acumularse, pero hay que volver a empezar a amar.
Miren hacia las más altas cimas del amor. Las verán tanto mejor cuanto más profundamente sumergidos estén en un abismo de humildad postrándose ante el Amor con la confianza de un niño pequeño, pidiendo perdón por todo, esperándolo todo, amándolo todo. Cuanto más se abajen, serán más dulces y puros y más iluminará su horizonte la llama del amor sin límites haciéndoles ver todas las cosas en su sitio, en su verdad, como yo las veo.
Los que yo quiero mucho están situados en planos diversos, en distintos estratos. Pero yo soy el Amado de todos. Me encuentro en todos los planos, en todos los estratos. Soy para todos. Soy el pastor que no deja desviarse a ninguna de sus ovejas sin ir a buscarla. Estoy con ustedes desde el principio. Su vida es la mía. Hablen con mi voz. Hablen con la voz del amor y pronuncien las palabras del amor. Pondré mis palabras en sus bocas. Incluso en las horas en que no me oyen, también cuando no me escuchen no dejo de murmurar a su oído.
He venido a traer a la tierra el fuego del Amor sin límites.[1]


[1] Un monje oriental. Amor sin límites, p.101

sábado, 21 de mayo de 2016

Eucaristía y vida cotidiana de una comunidad 2

 Discernir el cuerpo

186. La Eucaristía reclama la integración en un único cuerpo eclesial. Quien se acerca al Cuerpo y a la Sangre de Cristo no puede al mismo tiempo ofender este mismo Cuerpo provocando escandalosas divisiones y discriminaciones entre sus miembros. Se trata, pues, de « discernir » el Cuerpo del Señor, de reconocerlo con fe y caridad, tanto en los signos sacramentales como en la comunidad, de otro modo, se come y se bebe la propia condenación (cf. v. 11, 29). Este texto bíblico es una seria advertencia para las familias que se encierran en su propia comodidad y se aíslan, pero más particularmente para las familias que permanecen indiferentes ante el sufrimiento de las familias pobres y más necesitadas. La celebración eucarística se convierte así en un constante llamado para « que cada cual se examine » (v. 28) en orden a abrir las puertas de la propia familia a una mayor comunión con los descartables de la sociedad, y, entonces sí, recibir el Sacramento del amor eucarístico que nos hace un solo cuerpo. No hay que olvidar que « la “mística” del Sacramento tiene un carácter social » (Benedicto XVI, Deus caritas est (25 diciembre 2005), 14). Cuando quienes comulgan se resisten a dejarse impulsar en un compromiso con los pobres y sufrientes, o consienten distintas formas de división, de desprecio y de inequidad, la Eucaristía es recibida indignamente. En cambio, las familias que se alimentan de la Eucaristía con adecuada disposición refuerzan su deseo de fraternidad, su sentido social y su compromiso con los necesitados” 
(S. S. Francisco, Exhortación Apostólica Postsinodal 
Amoris laetitia).

sábado, 7 de mayo de 2016

Eucaristía y vida cotidiana de una comunidad


 

I.                   Sagrada Escritura:

1 Cor 10, 15-21: Les hablo como a gente sensata; juzguen ustedes mismos lo que voy a decirles. La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Ya que hay un solo pan, todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan. Pensemos en Israel según la carne: aquellos que comen las víctimas, ¿no están acaso en comunión con el altar? ¿Quiero decir con esto que la carne sacrificada a los ídolos tiene algún valor, o que el ídolo es algo? No, afirmo sencillamente que los paganos ofrecen sus sacrificios a los demonios y no a Dios. Ahora bien, yo no quiero que ustedes entren en comunión con los demonios. Ustedes no pueden beber de la copa del Señor y de la copa de los demonios; tampoco pueden sentarse a la mesa del Señor y a la mesa de los demonios.

1 Cor 11, 17-28: Y ya que les hago esta advertencia, no puedo felicitarlos por sus reuniones, que en lugar de beneficiarlos, los perjudican.  Ante todo, porque he oído decir que cuando celebran sus asambleas, hay divisiones entre ustedes, y en parte lo creo. Sin embargo, es preciso que se formen partidos entre ustedes, para se pongan de manifiesto los que tienen verdadera virtud. Cuando se reúnen, lo que menos hacen es comer la Cena del Señor, porque apenas se sientan a la mesa, cada uno se apresura a comer su propia comida, y mientras uno pasa hambre, el otro se pone ebrio. ¿Acaso no tienen sus casas para comer y beber? ¿O tan poco aprecio tienen a la Iglesia de Dios, que quieren hacer pasar vergüenza a los que no tienen nada? ¿Qué les diré? ¿Los voy a alabar? En esto, no puedo alabarlos. Lo que yo recibí del Señor, y a mi vez les he transmitido, es lo siguiente: El Señor Jesús, la noche en que fue entregado, tomó el pan, dio gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía». De la misma manera, después de cenar, tomó la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza que se sella con mi Sangre. Siempre que la beban, háganlo en memora mía». Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que él vuelva. Por eso, el que coma el pan o beba la copa del Señor indignamente tendrá que dar cuenta del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa.

II.                Tradición:

"Lo que estáis viendo sobre el altar de Dios, lo visteis también la pasada noche; pero aun no habéis escuchado qué es, qué significa ni el gran misterio que encierra. Lo que veis es pan y un cáliz; vuestros ojos así os lo indican. Mas según vuestra fe, que necesita ser instruida, el pan es el cuerpo de Cristo, y el cáliz la sangre de Cristo... Lo que se ve tiene forma corporal; lo que se entiende posee fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol, que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo y los miembros de Cristo, sobre la mesa del Señor está el misterio que sois vosotros mismos y recibís el misterio que sois vosotros. A lo que sois respondéis con el Amén, y con vuestra respuesta lo rubricáis. Si se dice: 'el cuerpo de Cristo', y respondes: 'Amén'. Sé miembro del cuerpo de Cristo para que sea auténtico el Amén" (San Agustín, Sermón 272).

“Los fieles conocen el cuerpo de Cristo si no desdeñan ser el cuerpo de Cristo. Que lleguen a ser el cuerpo de Cristo si quieren vivir del Espíritu de Cristo. Del Espíritu de Cristo solamente vive el cuerpo de Cristo... El mismo cuerpo de Cristo no puede vivir sino del Espíritu de Cristo. De aquí que el apóstol Pablo nos habla de este pan diciendo: Somos muchos un solo pan, un solo cuerpo. ¡Oh qué misterio de amor, y qué símbolo de unidad, y qué vínculo de caridad! Quien quiere vivir sabe dónde está su vida y sabe de dónde le viene la vida. Que se acerque, y que crea, y que se incorpore a este cuerpo, para que tenga participación de su vida” (San Agustín, Comentario al evangelio de Juan 26,13-14).


III.             Liturgia:

Padre providente, que alimentas y fortaleces a la Iglesia con tus sacramentos,
concede, a quienes has renovado en la mesa celestial
que, guardando el mandamiento del amor,
seamos entre los hombres fermento de vida e instrumento de salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
(Oración después de la comunión de la misa por la Iglesia)

IV.             Magisterio:

Sacramento de la Eucaristía[1]….san Pablo transmitía verbalmente la tradición sobre la Eucaristía recibida de los mismos testigos de la última noche. Trasmite estas palabras como un precioso tesoro confiado a si fidelidad. Y así escuchamos en estas palabras realmente a los testigos de la última noche. Escuchamos las palabras del Apóstol: "Por que yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que iba a ser entregado, tomó pan, y después de dar gracias, lo partió y dijo: 'Este es mi cuerpo que se da por vosotros; haced esto en recuerdo mío'. Asimismo también la copa después de cenar diciendo: 'Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre. Cuantas veces la bebiereis, hacedlo en recuerdo mío'" (1 Cor 11,23-25). Es un texto inagotable… sólo haré dos breves observaciones. Pablo transmite las palabras del Señor sobre el cáliz así: este cáliz es "la nueva alianza en mi sangre". En estas palabras se esconde una referencia a dos textos fundamentales del Antiguo Testamento. La primera referencia es a la promesa de una nueva alianza en el Libro del profeta Jeremías. Jesús dice a los discípulos y nos dice a nosotros: ahora, en esta hora, conmigo y con mi muerte se realiza la nueva alianza; con mi sangre comienza en el mundo esta nueva historia de la humanidad. Pero está presente, en estas palabras, también una referencia al momento de la alianza en el Sinaí, donde Moisés había dicho: "Esta es la sangre de la Alianza que el Señor ha hecho con vosotros, según todas estas palabras" (Ex 24,8). Allí se trataba de sangre de animales. La sangre de los animales podía ser sólo expresión de un deseo, la esperanza del nuevo sacrificio, del verdadero culto. Con el don del cáliz el Señor nos da el verdadero sacrificio. El único verdadero sacrifico es el amor del Hijo. Con el don de este amor, amor eterno, el mundo entra en la nueva alianza. Celebrar la Eucaristía significa que Cristo se nos da a sí mismo, su amor, para conformarnos a sí mismo y para crear así el mundo nuevo.    
El segundo aspecto importante de la doctrina sobre la Eucaristía aparece en la misma primera Carta a los Corintios, donde san Pablo dice: "La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aún siendo muchos, un solo, pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan" (10, 16- 17). En estas palabras aparece igualmente el carácter personal y el carácter social del Sacramento de la Eucaristía. Cristo se une personalmente a cada uno de nosotros, pero el mismo Cristo nos une también con el hombre y con la mujer que están a mi lado. Y el pan es para mí y también para el otro. Así Cristo nos une a todos consigo y nos une entre nosotros, uno con otro. Recibimos en la comunión a Cristo. Pero Cristo se une igualmente en mi prójimo: Cristo y el prójimo son inseparables en la Eucaristía. Y así todos somos un solo pan, un solo cuerpo. Una Eucaristía sin solidaridad con los demás es un abuso de la Eucaristía. Y aquí estamos en la raíz y al mismo tiempo en el centro de la doctrina de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, del Cristo resucitado.    
Vemos también todo el realismo de esta doctrina. Cristo nos da su cuerpo en la Eucaristía, se da a sí mismo en su cuerpo y así nos hace cuerpo suyo, nos une a su cuerpo resucitado. Si el hombre come pan normal, este pan en el proceso de la digestión se convierte en parte de su cuerpo, transformado en sustancia de vida humana. Pero en la Santa Comunión se realiza el proceso inverso. Cristo, el Señor, nos asimila a sí, nos introduce en su Cuerpo glorioso y así todos juntos nos convertimos en su Cuerpo. Quien lee solo el capítulo 12 de la primera Carta a los Corintios y el capítulo 12 de la Carta a los Romanos podría pensar que la palabra sobre el Cuerpo de Cristo como organismo de los carismas sea solo una especie de parábola sociologico-teológica.    
Realmente en la politología romana esta palabra del cuerpo con los diversos miembros que forman una unidad se utilizaba por el mismo Estado, para decir que el Estado es un organismo en el que cada uno tiene su función, la multiplicidad y diversidad de las funciones forman un cuerpo y cada uno tiene su sitio. Leyendo solo el capítulo 12 de la primera Carta a los Corintios podría pensarse que Pablo se limitaba a transferir esto a la Iglesia, que aquí solo se trataba de una sociología de la Iglesia. Pero teniendo presente este capítulo décimo vemos que el realismo de la Iglesia es bien distinto, mucho más profundo y verdadero que el de un Estado organismo. Porque realmente Cristo nos da su cuerpo y nos hace su cuerpo. Nos unimos realmente con el cuerpo resucitado de Cristo, así nos unimos uno a otro. La Iglesia no es sólo una corporación como el Estado, es un cuerpo. No es simplemente una organización sino un verdadero organismo.    

Pedro Edmundo Gómez, osb.

[1] Benedicto XVI, Catequesis audiencia general del 11 de diciembre de 2008.

sábado, 10 de octubre de 2015

CONGRESO EUCARÍSTICO (ÚLTIMO)


4. Gracia de renovación pastoral para la comunidad
La celebración de un Congreso no se reduce a su semana conclusiva sino que se concreta en un significativo camino de formación de los pastores y de los fieles a través de los instrumentos habituales de la catequesis diocesana y parroquial para que el pueblo de Dios se acerque cada vez más a la comprensión auténtica del Sacramento.
La semana conclusiva asume un fuerte valor formativo con la oferta de una sólida catequesis que profundice el tema propuesto y con la presentación de testimonios interesantes. Esta tarea de discernimiento es propia del Comité local y de su comisión teológica.

Celebraciones ejemplares
La celebración ejemplar de la Eucaristía durante el Congreso es uno de los puntos importantes del acontecimiento y es necesario poner la mayor atención posible sobre esto.
Durante el Congreso se deberá percibir claramente que todas las acciones litúrgicas –la Eucaristía, la Liturgia de las Horas, los diversos sacramentos y la asamblea reunida, los símbolos, los gestos, las palabras – son esencialmente celebraciones de la Pascua de Cristo, es decir, del acontecimiento escatológico por excelencia: “Porque unidos en la caridad, celebramos la muerte de tu Hijo, con fe viva proclamamos su resurrección y con esperanza firme anhelamos su venida gloriosa”.[1]

Al servicio del pueblo de Dios
Además, el Congreso Eucarístico no es un privilegio honorífico confiado a una Iglesia particular, sino un servicio para el crecimiento dinámico del pueblo de Dios. Muchas fuerzas activas en la Iglesia (grupos parroquiales, movimientos apostólicos, jóvenes, formas de vida consagrada, asociaciones, voluntariado…) esperan objetivos a realizar. Son estas las fuerzas a implicar para convencer que la Eucaristía nos es una actividad más entre otras sino el fundamento, la fuente y la cumbre de la vida y de la actividad misionera de todo bautizado.
En este sentido, el Congreso Eucarístico debe comprometer a todos los cristianos a través de las estructuras de la Iglesia particular. El comité de preparación del Congreso deberá buscar la mejor forma de colaboración posible con la base eclesial a través de la creación de delegados diocesanos o parroquiales, con los medios de comunicación, con las realidades  sociales y políticas presentes en su territorio.
Todo esto para que el Congreso Eucarístico no sea un fin en sí mismo sino que se transforme en un medio poderoso capaz de implicar a toda la Iglesia en la celebración de la Pascua del Señor, “en el vínculo de la caridad y de la unidad”


[1]Cuius (Christi) mortem in caritate celebramos,/resurrectionem FIDE vivida confitemur,/adventum in gloria spe firmísima praestolamur”; in Missale Romanum (Editio typica tertia, MMVIII) Ordo Missae, Praefatio communis V, p. 561).

sábado, 3 de octubre de 2015

CONGRESO EUCARÍSTICO IV


3.4. Al servicio de la misión
Cada Congreso Eucarístico nos ayuda a abrir los ojos sobre la realidad de la misión que brota como un río de agua viva (cfr. Ez 47,1-12) de la Eucaristía. Porque la Eucaristía, en cada Iglesia particular así como en la totalidad de la Iglesia universal, es fuente y culmen de la misión de la Iglesia.[1] En efecto, “ninguna comunidad cristiana se edifica si no tiene su raíz y quicio en la celebración de la santísima Eucaristía, por la que debe, consiguientemente, comenzarse toda educación en el espíritu de comunidad. Esta celebración, para ser sincera y plena, debe conducir tanto a las varias obras de caridad y a la mutua ayuda como a la acción misional y a las varias formas de testimonio cristiano”.[2]
Se podría decir que Cristo es Eucaristía para la Iglesia para que la Iglesia sea Eucaristía para el mundo. Del mismo modo, Cristo es salvación para la Iglesia y la Iglesia, cuerpo del Señor habitado por su Espíritu, se convierte en salvación para el mundo, a través de su don de comunión y de servicio.
Los Congresos Eucarísticos reflejan todas estas realidades. Junto con las Jornadas mundiales de la juventud, de la familias, etc… continúan siendo un recurso extraordinario para testimoniar que la Eucaristía no es sólo la fuente de la vida de la Iglesia, sino también el lugar de su proyección en el mundo. Esta urgencia del tiempo presente es puesta de manifiesto hoy por el Papa Francisco recurriendo a expresiones tan significativas como “Iglesia en salida” o de las “periferias”.[3]
La opción de la “Iglesia en salida” no es nueva para los Congresos Eucarísticos celebrados hasta ahora. La relación entre Eucaristía /evangelización/misión, que se vuelve a destacar ahora, ha formado parte frecuentemente del programa de los Congresos. Ya a partir de los años Veinte del siglo XIX, bajo el pontificado de Pío XI, los Congresos Eucarísticos se esforzaron en desarrollar el binomio Eucaristía/misión evangelizadora implicando a numerosas Iglesias particulares de los cinco continentes. En tiempos más recientes, desde finales de los años Ochenta, la relación entre nueva evangelización/misión y Eucaristía se ha convertido en uno de los temas centrales de la celebración de cada Congreso eucarístico. Frente al reto del mundo moderno, cada Congreso se convierte en una extraordinaria ocasión para revitalizar el cuerpo eclesial, poniendo en el centro la figura de Jesucristo y el encuentro con Él, que da el Espíritu Santo y las energías para anunciar el Evangelio a través de nuevos caminos capaces de llegar a cada ambiente y cada cultura.
San Juan Pablo II, el 13 de junio de 1993, durante la adoración eucarística en la catedral de Sevilla durante el 45º Congreso Eucarístico Internacional exhortaba: “Pedid conmigo a Jesucristo… que, después de este Congreso Eucarístico, toda la Iglesia salga fortalecida para la nueva evangelización que el mundo entero necesita… Evangelización para la Eucaristía, en la Eucaristía y desde la Eucaristía: son tres aspectos inseparables de cómo la Iglesia vive el misterio de Cristo y cumple su misión de comunicarlo a todos los hombres”.[4]
La celebración de un Congreso eucarístico ofrece la ocasión para la inculturación del Evangelio y la evangelización de las culturas.
La celebración eucarística es “fuente de misión”[5] porque despierta en el discípulo la voluntad decidida de anunciar a los otros, con audacia, cuanto ha escuchado y vivido, Así se abren las puertas del mundo.
En el fondo, esto es lo que se experimenta, domingo tras domingo, en nuestra comunidades. En lo que llamamos, con razón, el Día del Señor (Ap 1,10) hay un convergencia particular de hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación (Ap 7,9) que se ponen en marcha hacia una serie de catedrales, iglesias parroquiales… también capillas, santuarios, oratorios. Un inmenso río de creyentes que procede, cada domingo, sin tambores ni fanfarrias, humildemente, sin ruido; inmenso río que agrupa a los cristianos provenientes de ciudad y de pueblos, de los Países Escandinavos hasta el Mediterráneo; desde las Américas, Asia, África, Australia.
Centenares de miles de bautizados que se unen en asamblea en torno al altar del Señor, para ser, unidos, el Cuerpo del Señor en el corazón de nuestro mundo. Después que la Misa ha sido celebrada de un confín al otro de la tierra, los fieles enviados en paz, se ponen de nuevo en marcha, aunque en sentido contrario. Con un movimiento eucarístico de sístole y diástole, estas asambleas litúrgicas, diluyéndose poco a poco, se dispersan como la semilla en los surcos de la tierra. Así desde hace veinte siglos, los cristianos vuelven a sus casas, a las escuelas, a las oficinas, al comercio, a los lugares de tiempo libre, abriendo caminos nuevos que forman la trama secreta del Reino.
De este modo se alcanzan las periferias de las que habla el Papa Francisco, que son las geografías de los pueblos todavía no evangelizados y las de cuantos se encuentran distantes del corazón vivo de la comunidad eclesial. Estas abarcan a los denominados “alejados”, que han recibido un primer anuncio de la buena noticia y después se han alejado de la fe por las vicisitudes de la vida, pero también los buscadores de Dios todavía escondidos, que advierten en el corazón la nostalgia del Altísimo, pero no conocen el camino para contemplar su rostro y recibir el don del amor que salva.
Pues bien, los Congresos Eucarísticos que habitan esta Iglesia “en salida” trabajan por una eucaristía “misionera” con su empeño en la formación y en la celebración auténtica.

3.5. La dimensión social del Congreso
La expresión “reinado social de Cristo” , más allá de los límites fácilmente descubiertos, consiste en el descubrimiento de la centralidad de Cristo presente en la Eucaristía. Sacramento primordial de toda salvación destinado al hombre como individuo y como miembro de la sociedad. “La orientación de la Iglesia hacia el Reino –afirma un teólogo moderno- encuentra su fuente y su culmen en la Eucaristía”.[6]
En la Iglesia actual, cuando se habla de “Reinado social de Cristo” se refiere a menudo y con razón al movimiento de solidaridad/fraternidad que nace de la celebración fructuosa de este Sacramento para trabajar en el advenimiento de un mundo nuevo.
Juan Pablo II, escribiendo al Cardenal Knox con ocasión del Congreso de Lourdes en 1981, situaba esta ética a nivel planetario: “Un “hombre nuevo”, un mundo nuevo marcado por relaciones filiales hacia Dios y fraternas entre los hombres, digamos una humanidad nueva: tales son los frutos que se esperan del Pan de Vida que la Iglesia parte y distribuye en el nombre de Cristo” (1 enero 1979).
Más recientemente, Benedicto XVI, en la tercera parte de la exhortación Sacramentum caritatis, ha conjugado la dimensión social del Sacramento como:
- Convicción que la Iglesia ha recibido en la Eucaristía el código genético de su identidad, el don pleno que la pone delante del mundo como “Cuerpo de Cristo”, “sacramento de salvación”. De aquí nace la llamada a transformaciones no sólo morales e interiores, sino también sociales y culturales. Por eso es justo hablar de un verdadero y propio ethos eucarístico.
- Orientación de todas las dimensiones de la vida cristiana, comprendidas también las sociales, a partir de la Eucaristía, en el contexto de la eclesiología conciliar y de la correcta relación Iglesia-mundo según el estilo de la “forma eucarística”.[7]
- Promoción de la centralidad y de la dignidad de la persona. Delante del Señor de la historia y del futuro del mundo, los sufrimientos de los pobres, las víctimas cada vez más numerosas de la injusticia y todos los olvidados de la tierra no pueden permanecer ajenos a las celebraciones del misterio eucarístico que compromete a los bautizados a trabajar por la justicia y la transformación del mundo de manera activa y consciente.[8]

Continuará..


[1] Cfr. Presbyterorum Ordinis (PO): “La Eucaristía aparece como la fuente y la culminación de toda la predicación evangélica
[2] PO 6
[3] Cfr. PAPA FRANCISCO, Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium (EG), nn.20-24.
[4] Cfr. PONTIFICIUS COMITATUS (curavit), XLV Conventus Eucharisticus Internationalis Sevilla 7-13.VI.1993. Christus Lumen Gentium. Eucharistia et evangelizatio, Ex Aedibus Vaticanis MCMLXXXXIIII, p. 1108.
[5] XI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS, Elenco final de las proposiciones, n.42; en Synodus Episcoporum Bolletino 22.10.2005.
[6] M. SEMERARO, Regno di Dio, en Lexicon. Dizionario teologico enciclopedico, Casale Monferrato 1993, p. 878.
[7] Sacramentum caritatis, nn.70-83
[8] Mensaje del Sínodo de los Obispos al pueblo de Dios, 22 octubre 2005.

sábado, 19 de septiembre de 2015

CONGRESO EUCARÍSTICO III


3.2. La renovación del culto eucarístico
La centralidad de la celebración revela que “el cuerpo entregado y la sangre derramada” son principio, forma y fin de la existencia cristiana y de la acción de los bautizados. Bajo esta perspectiva, celebrar, adorar, dar gracias son el modo en el que los cristianos se relacionan con el gran don de la Eucaristía.
            El culto eucarístico fuera de la Misa es prolongación del culto ofrecido al Padre por medio de su Hijo en el Espíritu durante la celebración eucarística: “la celebración de la Eucaristía en el sacrifico de la Misa es realmente el origen y el fin del culto que se tributó fuera de la Misa” (DSC, 2). “Los fieles, cuando veneran a Cristo presente en el Sacramento, recuerden que esta presencia proviene del sacrificio y se ordena al mismo tiempo a la comunión sacramental y espiritual” (DSC, 80).
            Y existe un consenso general sobre el hecho de que el culto eucarístico, bien comprendido, debe ser recomendado y alentado como justamente lo hace la encíclica Ecclesia de Eucharistia (nn. 47-52) y la exhortación postsinodal Sacramentum caritatis. El problema es simplemente saber en qué forma teológica se debe inspirar la praxis.
            Por lo que respecta a la adoración eucarística ésta ha crecido sobre la base de una teología eucarística individualista. El objetivo a afrontar hoy es integrar esta práctica espiritualmente fecunda en la óptica más general de una eclesiología eucarística orientada hacia la comunión y darla así nuevo impulso.
            Recordemos las palabras de san Agustín: “Si vosotros sois su cuerpo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está aquel que es vuestro misterio; sí, recibís a aquel que es vuestro misterio”.[1] A partir de esta afirmación, sería tarea verdaderamente noble y meritoria de un Congreso Eucarístico renovar las antiguas formas de devoción eucarística en vez de simplemente preservarlas, alentándolas en el espíritu de la eclesiología eucarística conciliar.[2]
            Veamos algunos ejemplos. Si el culto eucarístico fuera de la Misa tiene como objetivo “extender la gracia del sacrificio” entonces hace referencia a la celebración y a sus gestos (escucha de la Palabra, silencio, alabanza, acción de gracias, ofrenda de la vida, adoración, comunión) y a los lugares en los que se realiza la celebración (altar, ambón, sede).
            Más: orientar la adoración solemne del Santísimo Sacramento según el espíritu de la eclesiología eucarística conciliar significa dar preferencia al criterio de la presencia comunitaria antes que a la costumbre de la adoración individual por turnos.       

3.3. Eucaristía y comunión eclesial 
Cada Congreso Eucarístico no es sólo una grandiosa manifestación de fe, un gran homenaje a la Eucaristía, sino una gracia de renovación permanente de la vida eucarística de todo el pueblo de Dios.
Tal renovación se juega hoy, sobre todo, en el descubrimiento de la eclesiología eucarística de comunión que ha sido, además, el tema central del 50º Congreso Eucarístico Internacional de Dublín (2012). Tal concepto, según el Sínodo extraordinario de 1985, sintetiza la eclesiología conciliar y es la idea principal que recorre todos los documentos del Concilio Vaticano II. En efecto, “la idea central y fundamental en los documentos del Concilio Vaticano II debe ser individuada en la eclesiología de comunión… La comunión del cuerpo eucarístico de Cristo significa y produce, es decir, edifica, la íntima comunión de todos los fieles en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia”.[3]
            Esta concepción, actualmente muy compartida en la Iglesia católica, es desarrollada de modo convincente en la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium. Desde el inicio la Constitución dice: “Y, al mismo tiempo, la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico”.[4] A esta afirmación, que hace referencia a 1Cor 10,17 y que se repite varias veces en el mismo texto,[5] es necesario añadir la del n. 26: “En toda comunidad de altar, bajo el sagrado ministerio del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y “unidad del Cuerpo místico, sin la cual no puede haber salvación” (Tomás de Aquino, S. Th. III, q.73, a.3). En estas comunidades, aunque sean frecuentemente pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Pues “la participación del cuerpo y sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos” (León M., Serm. 63,7)”.
            La recepción sistemática de la eclesiología eucarística de comunión ha sido actualizada particularmente en los documentos del postconcilio por San  Juan Pablo II con la encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003) cuyo programa está ya en la frase inicial: “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia”.[6] Afirmación justificada con la referencia a una serie de textos que a partir de los Padres de la Iglesia llegan hasta la afirmación de De Lubac: “Si la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía, se concluye que la vinculación entre una y otra es estrechísima”.[7]
            Pero incluso antes, en la Novo millenio ineunte, el mismo Pontífice, indicando la fuerza de la koinonia, había propuesto también una espiritualidad de comunión, precisándola en sus manifestaciones y realizaciones y retomando el léxico querido por los Padres medievales que hablaban de la comunidad cristiana como “casa y escuela de comunión”.[8] Sí, porque la eclesiología de comunión puede convertirse en un instrumento y estructura sólo si instaura en el tejido cotidiano de las Iglesias una espiritualidad de comunión.
            En los últimos años, Benedicto XVI ha afrontado las consecuencias pastorales, eclesiológicas y ecuménicas de todo esto en la tercera parte de la exhortación apostólica Sacramentum caritatis, cuyo título (“Eucaristía, misterio que se ha de vivir”) indica ya la dimensión eclesial de la Eucaristía y, a la vez, la dimensión eucarística de la Iglesia. Aspectos que el mismo Pontífice subrayó también en su homilía para la Statio Orbis final del 49º CEI de Quebec (2008): “Al recibir el Cuerpo de Cristo recibimos la fuerza "para la unidad con Dios y con los demás". No debemos olvidar nunca que la Iglesia está construida en torno a Cristo y que, como dijeron san Agustín, santo Tomás de Aquino y san Alberto Magno, siguiendo a san Pablo (cf. 1 Co 10, 17), la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, porque todos formamos un solo cuerpo, cuya cabeza es el Señor. Debemos recordar siempre la última Cena del Jueves santo, donde recibimos la prenda del misterio de nuestra redención en la cruz. La última Cena es el lugar donde nació la Iglesia, el seno donde se encuentra la Iglesia de todos los tiempos”.[9]
            >Toca ahora a cada Iglesia particular ser consciente que la vida eucarística no es “un algo más”, algo que está al margen de las diversas actividades y de los programas pastorales, sino que es la fuente y la culminación del compromiso de los bautizados para construir la Iglesia como Cuerpo del Señor.
            Es tarea ahora de cada parroquia (es decir, de cada “comunidad eucarística” insertada en un territorio particular) demostrar la madurez del don para los otros, de la escucha recíproca, de la disponibilidad y de la colaboración concreta para que la comunidad de los fieles se convierta en casa de Dios y de los hermanos en medio de la casa de los hombres.
            Toca ahora a nuestras comunidades locales renovarlas, dándolas sustancia y equilibrio según la forma teológica de la eclesiología de comunión.

Continuará...


[1] S. Aurelii Augustini, Sermo 272,1, PL 38, 1247: “Si ergo vos estis corpus Christi et membra, mysterium vestrum in mensa Dominica positum est: mysterium vestrum accipitis”.
[2] Sobre el problema de una orientación de las devociones eucarísticas en la óptica de una eclesiología eucarística, se lea la conferencia di Walter Kasper, L’ecclésiologie eucharistique: de Vatican II à l’exhortation Sacramentum Caritatis, en Actes du Symposium International de théologie. L’Eucharistie don de Dieu pour la vie du monde, Ottawa 2009, pp. 194-215.
[3] Relatio finalis, II C 1; en: Enchiridion Vaticanum (Bologna, EDB, 19914) vol. 9, p.1761.
[4] LG 3
[5] Cfr. Por ejemplo LG 7: “Participando realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del pan eucarístico, somos elevados a una comunión con Él entre nosotros. Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan (1 Cor 10,17). Así todos nosotros nos convertimos en miembros de ese Cuerpo (cf. 1 Cor 12,27) y cada uno es miembro del otro”. Y también LG 11: “Confortados con el cuerpo de Cristo en la sagrada liturgia eucarística, (los fieles) muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios, significada con propiedad y maravillosamente realizada por este augustísimo sacramento”.
[6] EdE n. 1
[7] Cfr. H. DE LUBAC, Meditazione sulla Chiesa, Milano 1993.
[8] JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte (6 enero 2001) 43.
[9] Traducción de AAS C/7, pp. 483-484.

sábado, 12 de septiembre de 2015

INVITACIÓN HORA SANTA


Los invitamos a una HORA SANTA los TERCEROS DOMINGOS de cada mes, a las 19, 00 hs. para adorar comunitariamente al SEÑOR EN LA EUCARISTÍA preparándonos para el
CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL

sábado, 5 de septiembre de 2015

CONGRESO EUCARÍSTICO II


Exposición de algunos puntos notables para el Congreso Eucarístico 2016, tomado de Celebrar hoy un Congreso Eucarístico, Para preparar el 11º Congreso Eucarístico Nacional de Tucumán, Julio 2016, Mons. Piero Marini.

3. Un Congreso Eucarístico en la Iglesia de hoy
El rostro renovado de la Iglesia nacida del Vaticano II y la doctrina de la Eucaristía denominada como “fuente y culmen de toda la vida cristiana[1], ya nos es conocida
            Las razones teológicas que conformaron el Congreso de Munich de 1960, fueron retomadas en buena parte en el Ritual De sacra communione et cultu mysterii eucharistici extra Missam (=DSC), publicado el 21 de junio de 1973, que renueva la visión del culto eucarístico según los principios del Vaticano II, recuperando la relación entre Eucaristía e Iglesia y subrayando que la celebración eucarística es “el centro y culmen de todas las diversas manifestaciones y formas de piedad[2] de un Congreso.
            “Los Congresos Eucarísticos –cita el Ritual- que en los tiempos modernos se han introducido en la vida de la Iglesia como peculiar manifestación del culto eucarístico, se han de mirar como una “statio”, a la cual alguna comunidad invita a toda la Iglesia local, o una iglesia local invita a otras Iglesias de la región o de la nación, o aun de todo el mundo, para que todos juntos reconozcan más plenamente el misterio de la Eucaristía bajo algún aspecto particular y lo venera públicamente con el vínculo de la caridad y de la unión” (n.109)
            El concepto de statio es precisado aquí en el sentido de una parada de compromiso y de oración a la que una comunidad invita a la Iglesia universal con “la plena participación de la Iglesia local y la significativa aportación de las otras Iglesias”. De este modo, la idea de la statio orbis o statio nationis llega a ser una convención libremente inspirada en la antigua statio urbis superando las dificultades eclesiológicas .
            Los objetivos del Congreso (profundización de algún aspecto del misterio eucarístico y su veneración pública), realizados en el vínculo de la caridad y de la unidad, reclaman además los caracteres fundamentales de aquella eclesiología eucarística cuyas semillas, esparcidas por los diversos documentos del Vaticano II, han encontrado autorizados desarrollos en la encíclica Ecclesia de Eucharistia y en la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis.
            También las razones históricas y teológicas de los Congresos Eucarísticos son reinterpretadas de modo sustancial. Veamos cómo.

3.1. La centralidad de la celebración eucarística 
A partir del De sacra communione, la dimensión cultual (= “piedad eucarística”) que ha caracterizado los congresos eucarísticos hasta el Concilio, se concentra sobre la celebración de la Eucaristía, sacramento pascual del Cristo ofrecido para que el mundo tenga vida.
                        La idea de la statio permitió restablecer la unidad del misterio eucarístico y su celebración: “La celebración de la Eucaristía sea verdaderamente el centro y la culminación a la que se dirijan todos los actos y los diversos ejercicios de piedad” (DSC, 112/a).
            A partir de aquí, “las celebraciones de la Palabra de Dios, las sesiones catequéticas y otras reuniones públicas tiendan sobre todo a que el tema propuesto se investigue con mayor profundidad, y se propongan con mayor claridad los aspectos prácticos a fin de llevarlos a efecto” (DSC, 112/b). También hay lugar para la forma tradicional de la adoración eucarística: “Concédase la oportunidad de tener ya las oraciones comunes, ya la adoración prolongada, ante el Santísimo Sacramento expuesto, en determinadas iglesias que se juzguen más a propósito para este ejercicio de piedad” (DSC, 112/c).
            >Todo esto da forma también a la fase preparatoria del Congreso Eucarístico, donde se subraya la necesidad de “una catequesis más profunda y acomodada a la cultura de los diversos grupos humanos acerca de la Eucaristía principalmente en cuanto constituye el misterio de Cristo viviente y operante en su Iglesia; una participación más activa en la sagrada Liturgia, que fomente al mismo tiempo la escucha religiosa de la palabra de Dios y el sentido fraterno de la comunidad” (DSC, 111/a-b).
            Por tanto, en y todos los gestos del culto el centro de la celebración del Congreso y de su camino de preparación se pone ahora la celebración Eucarística que tradicionalmente caracterizan este acontecimiento (adoración fuera de la Misa, procesiones, etc.), todas las sesiones de catequesis y reuniones plenarias deben hacer referencia a ella. Si la parada congresual de una Iglesia local tiene como finalidad, objetivo y centro la celebración de la Eucaristía, tal celebración se convierte en la forma y la fuente de cualquier otra cita del Congreso.

            MATERIAL POSIBLE: De la misma manera, para celebrar dignamente un Congreso, será necesario esforzarse para reconciliar la “piedad eucarística” con la teología promovida por el Concilio (la de los grandes documentos Mysterium fidei, Eucharisticum mysterium, el ritual De sacra communione) y de los más recientes documentos de los Romanos Pontífices (la encíclica Ecclesia de Eucharistia, la carta Dominicae Cenae, la carta apostólica Mane nobiscum Domine, la exhortación apostólica Sacramentum caritatis) para que todo sea orientado según una eclesiología eucarística.





[1] Cfr. Lumen Gentium (LG) 11.
[2] Cfr. De sacra communione et cultu mysterii eucharistici extra Missam, 112. Las citas utilizadas aquí siguen la numeración del texto típico latino editado en AAS 65 (1973) 610 ss.

Entrada preparada por el P. Marcelo Maciel, osb