sábado, 27 de febrero de 2016

Primera carta de san Antonio Abad (II° parte)

 
Yo señalaría tres clases de mociones violentas. La primera reside en el cuerpo, está inserta en su naturaleza, formada al mismo tiempo que él en el primer instante de su creación. Sin embargo, no puede ser puesta en movimiento sin que el alma lo quiera. De ella sólo se sabe esto: que está en el cuerpo. He aquí la segunda: cuando el hombre come y bebe con exceso sigue una efervescencia de la sangre que fomenta un combate en el cuerpo, cuyo movimiento natural es puesto en acción por la glotonería. Por eso dice el Apóstol: "No os emborrachéis con vino, en él está la liviandad" (Ef.5,18). Del mismo modo, el Señor en el Evangelio prescribe a sus discípulos: "Que vuestros corazones no se emboten por la comida y bebida" (Lc.21,34) o las delicias. Más que nadie, quien guarda el celibato debe repetirse: "Someto mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre" (I Cor.9,27). En cuando a la tercera moción, proviene de los espíritus malos que nos tientan por envidia y buscan manchar a quienes se comprometen en el celibato.
Volvamos, hijos míos queridos, a cuanto se refiere más de cerca a estas tres clases de mociones. Quien permanece en la rectitud, persevera en el testimonio que el Espíritu da en lo más íntimo de su corazón y permanece vigilante, se purifica de esta triple enfermedad en su cuerpo y en su alma. Pero si no tiene en cuenta estas tres mociones, de las que da testimonio el Espíritu Santo, los espíritus malos invaden su corazón y siembran las pasiones en el movimiento natural del cuerpo. Lo turban y entablan con él un duro combate. El alma, enferma, se agota y se pregunta de dónde le vendrá el auxilio, hasta que se serene, se someta de nuevo al mandamiento del Espíritu y cure. Así aprende que sólo puede hallar su reposo en Dios, y que permanecer en El es su paz.
Esto, queridos, para indicaros cómo el cuerpo y el alma han de ir unidos en la obra de conversión y purificación. Si el corazón sale vencedor del combate, ora en el Espíritu y aleja del cuerpo las pasiones del alma que proceden de la propia voluntad. El Espíritu, que viene a dar testimonio de sus propios mandamientos, se convierte en el amigo de su corazón y le ayuda a guardarlos. Le enseña cómo curar las heridas del alma, cómo discernir, una tras otra, las pasiones naturalmente insertas en los miembros, de la cabeza a los pies, y también las que, procedentes del exterior, han sido mezcladas al cuerpo por la voluntad propia.
Así es como el Espíritu conducirla mirada a la rectitud y pureza, y la retirará de cuanto le es extraño. El inclinar el oído sólo a palabras decorosas; y el oído, no cediendo al deseo de oír hablar de caída y debilidades humanas, pondrá su gozo en conocer el bien y la perseverancia de cada uno, y la gracia dada a las criaturas; cosas de las que estando enfermo, se había desinteresado hasta entonces.
El Espíritu enseñara la lengua a purificarse porque ella es la que puso al alma gravemente enferma. Por medio de la lengua expresa el alma la enfermedad que padece; incluso la atribuye a la lengua, pues ésta es su órgano. En efecto, por la lengua le han sido infligidas graves enfermedades y heridas; por la lengua ha sido herida. Lo atestigua el apóstol Santiago cuando dice: "Si alguien pretende conocer a Dios y no frena su lengua se engaña en su corazón, su culto es vano" (St.1,26). En otro lugar afirma: "La lengua es un miembro pequeño, pero mancha todo el cuerpo" (3,5).
Cuando el corazón está, pues, fortificado con el poder que recibe del Espíritu, él mismo queda primero purificado, santificado, enderezado, y las palabras que confía a la lengua están exentas del deseo de agradar, así como de toda voluntad propia. En él se cumple lo que dice Salomón: "Mis palabras son de Dios; no hay en ellas dureza o perversión" (Prov.8,8) y "la lengua del justo cura las heridas" (Prov.12,18).
Viene después la curación de las manos, que en otro tiempo se movían de forma desordenada, a gusto de la voluntad propia. El Espíritu dará al corazón la pureza que conviene en el ejercicio de la limosna y la oración. Así se cumplirla palabra: "El alzar de mis manos es como una ofrenda de la tarde" (Ps.140,2), y esta otra: "Las manos de los poderosos distribuyen riquezas" (Prov.10,4).
Después de las manos el Espíritu purifica el vientre en cuanto a comida y bebida. David decía sobre esto: "Con el de ojos engreídos y corazón arrogante no comeré" (ps.100,5). Pero si el deseo y la gula en cuestión de comida y bebida toman preponderancia, y las voluntades propias que lo trabajan lo hacen insaciable, a todo esto vendrá a añadirse todavía la actividad del diablo. Al contrario, el Espíritu se hace cargo de quienes buscan una cantidad conforme a la pureza, y les señala una cantidad suficiente para sostener su cuerpo sin conocer el atractivo de la concupiscencia. Entonces se realiza en ellos la palabra de S. Pablo: "Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios" (I Cor. 10,31). Si los órganos genitales producen pensamientos de fornicación, el corazón, instruido por el Espíritu, discierne la triple moción de que he hablado antes. Gracias al Espíritu que le ayuda y fortifica, helo aquí dueño de esas mociones. Las apaga con la fuerza del Espíritu, que da la paz al cuerpo entero, e interrumpe su curso. Como dijo Pablo: "Mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones y malos deseos" (Col.3,5).
A continuación, el Espíritu se entrega a la purificación de los pies, que antes no caminaban en la rectitud y perfección de Dios. Pero una vez colocados bajo el impulso del Espíritu, éste realiza su purificación y los hace caminar según su voluntad. Avanzan en la práctica de las buenas obras. Todo el cuerpo es así transformado, renovado, entregado al poder del Espíritu. Ese cuerpo, totalmente purificado, a mi modo de ver ya ha recibido una parte del cuerpo espiritual que deberíamos recibir en el momento de la resurrección de los justos.
He hablado de las enfermedades del alma que se han infiltrado en los miembros naturales del cuerpo; las que lo hacen tambalearse y lo ponen en movimiento. Porque el alma sirve de lugar de paso a los espíritus malos que actúan en el cuerpo por medio de ella. He indicado también la existencia de otras pasiones que no vienen del cuerpo y que ahora tenemos que enumerar: a esas pasiones pertenecen los pensamientos de orgullo, la jactancia, la envidia, el odio, la cólera, el desprecio, la relajación y todas sus consecuencias.
Si alguien se entrega a Dios de todo corazón, Dios tiene piedad de él y le concede el Espíritu de conversión. Este Espíritu da testimonio ante él de cada uno de sus pecados para que ya no vuelva a caer en ellos. A continuación le revela los adversarios que se levantan ante él y le impiden librarse de ellos, luchando vigorosamente con él para que no persevere en su conversión. Si a pesar de todo conserva el ánimo y obedece al Espíritu, que le exhorta a convertirse, el Creador se apresurara tener piedad del trabajo de su conversión. Y viendo las aflicciones que impone a su cuerpo: oración incesante, ayunos, súplicas, estudio de la Palabra de Dios, alejamiento del mal, huida del mundo y de sus obras, humildad y pobreza de corazón, l grimas y perseverancia en la vida monástica, - viendo, digo - su trabajo y su paciencia, el Dios de misericordia tendrá piedad de él y lo salvará.


sábado, 20 de febrero de 2016

Primera carta de San Antonio Abad (1° parte)


Saludo a vuestra caridad en el Señor. Hermanos, juzgo que hay tres clases de personas entre aquellas a quienes llama el amor de Dios, hombres o mujeres. Algunos son llamados por la ley del amor depositada en su naturaleza y por la bondad original que forma parte de ésta en su primer estado y su primera creación. Cuando oyen la palabra de Dios no hay ninguna vacilación; la siguen prontamente. Así ocurrió con Abraham, el Patriarca. Dios vio que sabía amarlo, no a consecuencia de una enseñanza humana, sino siguiendo la ley natural inscrita en él, según la cual El mismo lo había modelado al principio. Y revelándose a él le dijo: "Sal de tu tierra y de tu parentela y ve a la tierra que Yo te mostraré" (Gen. 12,1). Sin vacilar, se fue impulsado por su vocación. Esto es un ejemplo para los principiantes: si sufren y buscan el temor de Dios en la paciencia y la tranquilidad reciben en herencia una conducta gloriosa porque son apremiados a seguir el amor del Señor. Tal es el primer tipo de vocación.
He aquí el segundo. Algunos oyen la Ley escrita, que da testimonio acerca de los sufrimientos y suplicios preparados para los impíos y de las promesas reservadas a quienes dan fruto en el temor de Dios. Estos testimonios despiertan en ellos el pensamiento y el deseo de obedecer a su vocación. David lo atestigua diciendo: "La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante", etc. (Ps.18,8). Así como en otros muchos pasajes que no tenemos intención de citar.
Y he aquí el tercer tipo de vocación. Algunos, cuando aún están en los comienzos, tienen el corazón duro y permanecen en las obras de pecado. Pero Dios, que es todo misericordia, trae sobre ellos pruebas para corregirlos hasta que se desanimen y, conmovidos, vuelvan a El. En adelante lo conocen y su corazón se convierte. También ellos obtienen el don de una conducta gloriosa como los que pertenecen a las dos categorías anteriores.
Estas son las tres formas de comenzar en la conversión, antes de llegar en ella a la gracia y la vocación de hijos de Dios.
Los hay que comienzan con todas sus fuerzas, dispuestos a despreciar todas las tribulaciones, a resistir y mantenerse en todos los combates que les aguardan y a triunfar en ellos. Creo que el Espíritu se adelanta a ellos para hacerles el combate ligero, y dulce la obra de su conversión. Les muestra los caminos de la ascesis, corporal e interior, cómo convertirse y permanecer en Dios, su Creador, que hace perfectas sus obras. Les enseña cómo hacer violencia, a la vez, al alma y al cuerpo para que ambos se purifiquen y juntos reciban la herencia. Primero se purifica el cuerpo por los ayunos y vigilias prolongadas; y después el corazón mediante la vigilancia y la oración, así como por toda práctica que debilita el cuerpo y corta los deseos de la carne.
El Espíritu de conversión viene en ayuda del monje. El es quien lo pone a prueba por miedo a que el adversario no le haga desandar el camino. El Espíritu-director abre enseguida los ojos del alma para que también ella, junto con el cuerpo, se convierta y se purifique. Entonces el corazón, desde el interior, discierne cuáles son las necesidades del cuerpo y del alma. Porque el Espíritu instruye al corazón y se hace guía de los trabajos ascéticos para purificar por la gracia todas las necesidades del cuerpo y del alma. El Espíritu es quien discierne los frutos de la carne, sobreañadidos a cada miembro del cuerpo desde la perturbación original. Es también el Espíritu quien, según la palabra de Pablo, conduce los miembros del cuerpo a su rectitud primera: "Someto mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre" (I Cor.9,27); rectitud que fue la del tiempo en que el espíritu de Satán no tenía parte alguna en ellos y el cuerpo se hallaba bajo la atracción del corazón, instruido, a su vez, por el Espíritu. El Espíritu es, en fin, quien purifica el corazón del alimento, de la bebida, del sueño y, como ya he dicho, de toda moción e incluso de toda actividad o imaginación sexual, gracias al discernimiento llevado a cabo por un alma pura. (Continuará…)

sábado, 13 de febrero de 2016

San Bernardo: Un texto especial para rumiar en la Cuaresma del Año de la Misericordia

San Bernardo del P. Marcelo Molinero, osb

“...toda alma, aunque esté cargada de pecados, presa de las redes de los vicios, asechada por la seducción, cautiva en el exilio, encarcelada en el cuerpo, pegada al fango, hundida en el barro, retenida en los miembros, atada a las preocupaciones, dispersa por el trabajo, oprimida por los miedos, afligida por el dolor, errante tras el error, inquieta por la angustia, desazonada por la sospecha y extranjera en tierra hostil; y como dice el Profeta, contaminada con los muertos, evaluada entre los que yacen en el infierno; esa alma, repito, puede volverse sobre sí misma, a pesar de hallarse tan condenada y desesperada, y no sólo se aliviará con la esperanza del perdón y de la misericordia, sino que también podrá aspirar tranquila a las bodas del Verbo. No temerá iniciar una alianza de comunión con Dios, no sentirá pudor alguno para llevar el yugo del amor a una con el Rey de los ángeles... 
Ten en cuenta además que este esposo no es sólo un amante, es el amor. ¿Es acaso el honor? Que lo discuta el que quiera: yo no he leído eso. Sí leí que Dios es amor, y nunca vi la palabra honor”. 
(SCant 83, 1. 4, BAC. V, pp. 1027.1031).
 

sábado, 6 de febrero de 2016

San Anselmo de Canterbury: Oración a santa Magdalena en consideración del camino de amor entre Cristo y ella III y última parte.

“Pero ¿cómo me atrevo yo, tan miserable, sin amor, a expresar el amor a Dios y la bienaventurada amiga de Dios? ¿Cómo va a desprender mi corazón ese buen olor, si no contiene en sí ningún sabor? ¡Ay! Tengo conciencia de ti, ¡oh verdad! Tú me eres testigo, ¡oh Señor, mi dulce Jesús!, de que hago esto por amor de tu amor. Yo siento que tu amor se enciende en mí, porque tú mismo lo ordenas, no deseo amar más que a ti solo y sacrificar por ti mi espíritu afligido, mi corazón contrito y humillado (S 50, 19). Dame Señor, en este destierro, el pan del dolor y de las lágrimas, de las que tengo hambre más que de la abundancia de delicias. Escúchame a causa del amor y de los méritos de María, tu muy amada; no desprecies, ¡oh dulce Redentor Jesús!, la oración de un indigno que ha pecado contra ti, sino ayuda más bien los esfuerzos de un enfermo que te ama; arranca mi corazón de su tibieza, y  por el fervor de tu amor haz que alcance la eterna contemplación de tu gloria, ¡oh Dios!, que con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas, como Dios, en todos los siglos de los siglos. Así sea”.

sábado, 30 de enero de 2016

San Anselmo de Canterbury: Oración a santa Magdalena en consideración del camino de amor entre Cristo y ella II.

“Y tú, ¡oh buen Maestro!, ¿por qué preguntabas por qué lloraba? ¿Acaso su corazón  no te veía, oh dulce vida de su alma, cruelmente inmolado? ¡Oh extraña bondad, horrible impiedad! Extendido sobre el leño, habías sido suspendido, atravesado con clavos de hierro, como un ladrón que sirve de juguete para esos impíos, y dices: Mujer, ¿por qué lloras? (Jn 20, 19); no pudiendo impedir que te crucificasen, quiso por lo menos conservar largo tiempo tu cuerpo entre perfumes, por temor a que se corrompiese; no pudiendo hablarle, como si viviere, pudo por lo menos llorarle muerto; junto al cadáver, detestando su propia vida, se recordaba con palabras entrecortadas la doctrina de vida que había oído de su boca cuando vivía. Es más: este mismo cuerpo, que ella creía con  orgullo haber recogido, le cree perdido, y le dices: Mujer, ¿por qué lloras? ¡Que excitación a que llore más! Había visto ella con sus propios ojos (en cuanto era capaz, sin embargo) lo que estos hombres crueles hacían cruelmente contra ti, y pensaba que había perdido lo que quedaba de ti saliendo de sus manos. Toda esperanza sobre ti va desapareciendo de su corazón, porque no ha podido conservar tus restos en recuerdo tuyo, y alguien pregunta: ¿A quién buscas? ¿Por qué lloras? Tú  por lo menos, que has sido su única alegría, ¿por qué irritas su dolor? Porque sabías muy bien, y así lo querías, que no podía contar la causa de tantas lágrimas más que por palabras entrecortadas de gemidos que se le escapaban y se repetían. Y no ignorabas tampoco el amor que tú mismo le inspirabas. Lo sabías muy bien tú, ese jardinero que la había plantado en tu jardín, el de tu alma. Piensa también que regabas lo que habías plantado. Y si lo regabas, ¿diré que era para probarle? Para expresarme mejor, le regabas y querías probarle. Pero, ¡oh buen Señor, oh Maestro clemente!, he aquí que tu fiel sirvienta, tu discípula, recientemente rescatada por tu sangre, se halla totalmente abrasada y ansiosa con el deseo que tiene de ti; ella mira por todas partes, ella pregunta y por ninguna parte aparece aquel que desea; todo lo que ve le desagrada porque no te ve a ti, el único que ella quiere ver. ¿Entonces? Mi Maestro, su muy amado, ¿soportará esto por mucho tiempo? ¿Has perdido la compasión al encontrar la incorruptibilidad? ¿Has perdido tu bondad al adquirir la inmortalidad? Que no sea así, Señor, porque no nos desprecias a nosotros los mortales al hacerte inmortal; por ellos te hiciste mortal, para hacernos inmortales, por lo cual tu bondad y tu amor no pueden tolerar más tiempo ni oír sus gemidos ni ocultarte de ella. La dulzura del amigo se abre camino para enterrar la amargura de las lágrimas. El Señor llama su sierva con el nombre que le da de ordinario, y la sierva reconoce la voz familiar del Maestro. Me imagino, o más bien afirmo con certeza, que ha sentido entonces la suavidad habitual que experimentaba cuando oía llamar: ¡María! ¡Oh voz deleitosa, qué caricia para los oídos! ¡Que sabor de amar! No era posible expresarse más brevemente y más pronto. Sé quien eres y lo que quieres. Heme aquí, no llores. Soy yo, yo a quien tu buscas. Al punto se cambian las lágrimas; no creo que cesaran de inmediato, pero hasta entonces salían más bien de un corazón contrito, que se tortura a sí mismo; ahora corren desde un corazón alegre y que salta de júbilo. ¡Oh cuán diferentes son estas palabras: ¡Si le has cogido, dímelo! ¡Cuán distinto es el sonido: Se han llevado a mi maestro y no se dónde le han dejado, y esto: He visto al Maestro y he aquí lo que dice (Jn 20, 13)!” (Continuará...).

sábado, 23 de enero de 2016

San Anselmo de Canterbury: Oración a santa Magdalena en consideración del camino de amor entre Cristo y ella I.

“¡Oh Santa María Magdalena, que por la fuente de tus lágrimas has llegado a Cristo, fuente de la misericordia! Tenías de Él una sed ardiente: Él te ha renovado con abundancia y generosidad; pecadora que eras, has sido justificada por Él; en la gran amargura de tu aflicción. El te ha consolado dulcemente. ¡Oh señora muy querida!, por ti misma has experimentado cómo el alma pecadora se reconcilia con su Creador; tú sabes qué partido debe tomar el alma desgraciada, qué medicina ha de salvar a la que languidece. Porque sabemos muy bien, ¡oh querida amiga de Dios!, que se perdonan muchos pecados a quien ha amado mucho (Lc 7, 47). No me pertenece a mí, ¡oh señora muy feliz!, no me pertenece a mí, cargado de crímenes, el recordar tus pecados en son de reproche,  si no es para invocar la inmensidad de la clemencia que les ha borrado; por ella me tranquilizo para no desesperar; tras de ella suspiro para no perecer yo, miserablemente precipitado en el abismo de los vicios; yo aplastado por el peso demasiado grande de mis crímenes, arrojado por mi mismo en el oscuro calabozo de los pecados, rodeado por doquiera de las tinieblas del torpor. A ti, escogida entre las más amadas de Dios; a ti, felicísima, acudo yo miserable; en mis tinieblas imploro tu luz; yo, pecador, a la justificada; yo, impuro a la purificada. Recuérdate, ¡oh muy clemente!, lo que has sido y cuánta necesidad tuviste de misericordia, y exige para mí esa indulgencia, como quisiste que se tuviera para ti. Pide para mí la compunción de la piedad, las lágrimas de la humildad, el deseo de la patria celestial, el disgusto de esta tierra de destierro, la amargura del arrepentimiento, el temor de los suplicios eternos. Que me aproveche, ¡oh bienaventurada!, de ese trato familiar que tuviste y que tienes con la fuente de la misericordia; piensa en ello a favor mío, para que lave allí mis pecados; comunícame agua de esa fuente para saciar mi sed; derrama sobre mí sus aguas para regar mi aridez,   porque no te será difícil obtener lo que quieres del Maestro muy amado y muy amable, que es amigo tuyo. ¿Quién dirá, en efecto, ¡oh bienaventurada esposa de Dios!, con qué benévola familiaridad se interponía Él mismo contra aquellos que te calumniaban, respondiéndoles por ti; con que bondad te defendía Él mismo cuando el fariseo se indignaba contigo; de que manera te excusaba cuando tu hermana se quejaba de ti; cómo en fin, alababa tu acción cuando Judas rugía contra ti? Finalmente, ¿qué diré yo, o más bien, cómo contaré yo aquella historia cuando, abrasada de amor, le buscabas llorando junto al sepulcro y llorabas buscándole? Cómo afablemente, amigablemente, venido para consolarte, te abrazaba aún más; cómo estaba presente cuando le buscabas; cómo Él mismo te buscaba le buscabas y llorabas”.

domingo, 17 de enero de 2016

Homilía del Abad Benito (17 de enero de 2016)

2° DOMINGO ORDINARIO C (Is 62,1-5  1 Cor 12,4-11 Jn 2,1-11)
La primera lectura y el evangelio nos hablan del matrimonio.
Estamos celebrando el año santo de la misericordia que nos invita a reflexionar sobre las imágenes del Dios de la misericordia: Buen Pastor en busca de la oveja perdida y papá que espera, recibe y festeja al hijo que se fue en rebeldía y ahora vuelve arrepentido. Pero en la Sagrada Escritura hay una tercera imagen que va en la misma línea y en igual profundidad. Esta imagen recorre toda la Sagrada Escritura desde el Génesis hasta el Apocalipsis: Dios el Esposo, Israel, la Iglesia la Esposa. Esta imagen está teñida de la mancha de la infidelidad de la esposa; pero sobre todo de la fidelidad inquebrantable del Esposo; texto cumbre el segundo capítulo del profeta Oseas. Dios el Esposo hace lo que ningún esposo humano
Haría: confesarle a la esposa infiel que no puede estar sin ella, que no soporta su ausencia…
En el texto de hoy de Isaías tenemos una fugaz alusión a la traición y al castigo: “Abandonada, Devastada”; pero se subraya con fuerza la afirmación del perdón que surge de la inquebrantable fidelidad del Esposo. “Desposada porque el Señor pone en ti su deleite” “Como un joven se casa con una virgen, así te desposará el que te reconstruye” En Oseas el Esposo le devolvía la virginidad a la esposa que lo había traicionado. Isaías termina con esta afirmación sorprendente y consoladora: “Así serás tú la alegría de tu Dios” El mismo pensamiento en las parábolas de la misericordia del capítulo 15 de Lucas “Hay más alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión” ¡Qué aliento en el camino de la conversión: voy a ser la alegría de Dios”
        El Evangelio: Las Bodas de Caná.
En todo el NT solamente en tres ocasiones encontramos a Jesús hablando personalmente con su madre. La primera, en el evangelio de Lucas, cuando María le reclama a su hijo de 12 añitos porque se quedó en el templo sin avisar.
“¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que debo estar en los asuntos de mi Padre? Lc 2,49-52. Era la revelación de su identidad: Hijo de Dios. Ni José ni María entienden; pero María guardaba estas cosas en su corazón. Las otras dos ocasiones son la de hoy en el evangelio de la boda de Caná y la tercera, también del evangelio de Juan 19,26 “Mujer ahí tienes a tu hijo”
Estos dos pasajes tienen una relación muy profunda. En los dos se habla de “la hora de Jesús”; en las dos se habla de “la madre de Jesús” sin nombrarla; en las dos Jesús se dirige a ella diciéndole simplemente “mujer”.
Los estudiosos del Evangelio de Juan están de acuerdo en lo que algunos llaman “ironía joánica” Encontramos como dos corrientes de pensamiento: la de superficie, la obvia y
Y la profunda, oculta bajo los símbolos: El agua de la samaritana, el pan multiplicado, y aquí el vino.
Como dijimos al principio, el matrimonio como figura de la unión de Dios con su pueblo, con la humanidad, recorre toda la Sagrada Escritura.
En esta fiesta de casamiento en Caná faltaba el vino, cosa trágica para la fiesta. Con su intuición femenina interviene la Virgen:  “No tienen vino”. Jesús entiende lo que su madre le quiere decir, pero “mi hora no ha llegado todavía”. La madre da por supuesto que Jesús va a hacer algo y le dice a los sirvientes: “Hagan todo lo que él le diga” No sólo supone que el hijo va a hacer algo sino que intuye que no lo va a hacer solo; los sirvientes también tendrán que actuar. Las tinajas eran para contener el agua de las purificaciones legales. Estas caducan ahora, con la fiesta de bodas anunciadas en el AT y se podrá gustar “el buen vino” de la presencia del Mesías y la manifestación de su gloria.
En el otro texto,  María a los pies de la cruz, ante la indicación de Jesús “Mujer ahí tienes a tu hijo” guarda silencio. No era un gesto de piedad filial, ofrecerle compañía a la viuda sola; era un mandato, una misión que el Mesías moribundo le daba: María madre del discípulo, madre de los discípulos, madre de la Iglesia. María acepta en silencio la misión.