domingo, 27 de marzo de 2016

HOMILÍAS DEL ABAD BENITO EN EL VIERNES SANTO Y EN LA VIGILIA PASCUAL

HOMILIA DEL VIERNES SANTO 2016
En el Año de la Misericordia este Viernes Santo reviste una importancia especial.
Cristo muriendo crucificado por nuestra salvación es la imagen más clara de la misericordia de Dios. Imagen del Padre misericordioso, imagen del Hijo misericordioso e imagen del Espíritu Santo misericordioso.  Cristo muriendo en la cruz es el gesto, es el acto más grande y más claro de amor de Dios Padre, de Dios Hijo y de Dios Espíritu Santo:
De Dios Padre: se lo explicó Jesús a Nicodemo y hoy a nosotros: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único” (Jn 3,16). Jesús se está refiriendo al amor del Padre expresado en la cruz de su Hijo “Como Moisés en el desierto levantó la serpiente”( Jn 3,14).
De Dios Hijo: “Doy la vida por las ovejas… Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente… Este es el mandato que yo he recibido del Padre” (Jn 10,15-18).
De Dios Espíritu Santo: El Espíritu Santo, que descendió sobre Jesús cuando fue concebido en el seno virginal de María, (Lc 1.35), que volvió a descender sobre El en el bautismo Lc 3,22, que lo llevó al desierto para ser tentado (Lc 4,31) y que descendió nuevamente y lo ungió al comenzar su misión (Lc 4,18-19) ahora lo sigue acompañando en la cruz para que cumpla el mandato del Padre.
          En la cruz hay un sufrimiento de toda la Trinidad, en la cruz hay una donación amorosa de toda la Trinidad para la redención de toda la humanidad.
          ¿Cuál debe ser nuestra respuesta a tanto amor?
Adoración, alabanza y acción de gracias. Dolor y arrepentimiento por nuestros pecados; no dolor por los sufrimientos del Cristo crucificado, esto lo excluye el mismo Jesús: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí, lloren más bien por ustedes y sus hijos” (Lc 23,28). Los mártires no se lloran, los mártires se celebran.
Alegría . “Ustedes estaban muertos a causa de sus pecados…  pero Cristo los hizo revivir con él, perdonando todas nuestras faltas. Él canceló el acta de condenación que nos era contraria, con todas sus cláusulas, y la hizo desaparecer clavándola en la cruz”. (Col 2,13-14) Podemos imaginarnos la alegría del que está sentado en la silla eléctrica esperando la conexión fatal y recibe la noticia de que ha sido absuelto y puede irse en libertad. Nosotros estábamos condenados a muerte y Cristo clavado en la cruz nos liberó. Alegría entonces.
Esperanza. “¿Qué diremos después de todo esto? Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?  El que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿no nos concederá con él toda clase de favores?  ¿Quién podrá acusar a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién se atreverá a condenarlos? ¿Será acaso Jesucristo, el que murió, más aún, el que resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros?” (Rom 8,31-34)
Tanto amor trinitario, tanta misericordia exigen una respuesta en la misma línea. “Ámense los unos a los otros, como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos”.(Jn 15,12-13)
Vivido así el Viernes Santo, vivido así todo este año santo de la misericordia son una fuerza transformadora para nuestra vida, para nuestras comunidades, para nuestra patria, para la humanidad entera.



HOMILIA VIGILIA PASCUAL 2016
“En el mundo tendrán que sufrir, pero tengan valor, yo he vencido al mundo” (Jn 16,35) Son las últimas palabras de Jesús a sus discípulos antes de su pasión.
Un anuncio, un mandato y el fundamento del mandato.
Anuncio: “En el mundo tendrán que sufrir.”
Mandato: “Tengan valor”.
Fundamento: Yo he vencido al mundo”.
Jesús proclama su victoria: Yo he vencido al mundo, yo he vencido el mal. Esta victoria la obtuvo Cristo al morir en la cruz y en su resurrección. Esto es lo que estamos celebrando en esta Noche Santa y durante todo el Tiempo Pascual y en cada Eucaristía.
Una reflexión sobre estas palabras de Jesús nos ayudarán a vivir esta celebración pascual.
Jesús anuncia a sus discípulos el sufrimiento. Ya se lo había anunciado un poco antes: “Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes” (Jn 15,20). El sufrimiento no es una desgracia, es una gracia; “completo lo que falta a los sufrimientos de Cristo” (Col 1,24). El sufrimiento aceptado y asumido nos hace colaboradores suyos en la redención, en la lucha contra el mal, nos hace partícipes  de su victoria sobre la muerte y el pecado.
“Tengan valor”; “no tengan miedo”. El miedo no es cristiano, no es evangélico, no es pascual. La confianza del cristiano, su seguridad no se basa en sus propias fuerzas, a todas luces insuficientes, sino en la fuerza de Jesús que ha vencido al mundo, que ha vencido el mal.
Los argentinos estamos viviendo un año difícil; pero un año importante: el bicentenario de la independencia de nuestra patria. Año difícil, todos lo sabemos. Nuestra patria ha sufrido largos años de una corrupción que tocó todos los niveles: la política, la justicia, la economía. En nuestra patria se perdió la cultura del trabajo en amplios sectores. Nuestra patria está enferma por el narcotráfico, por la inseguridad. Grandes sectores de la población han perdido la esperanza. Los cristianos, todos los que creemos en el evangelio, católicos o no, tenemos la misión de anunciarle a nuestro pueblo que esto no es lo que quiere Dios, lo que quiere Cristo. Hoy el Cristo resucitado nos vuelve a decir: “Tengan valor, no tengan miedo, yo he vencido al mundo, yo he vencido el mal”.   

sábado, 19 de marzo de 2016

“La zarza ardiente de la Cruz es el lugar oculto del encuentro”

“Cuando ustedes hayan levantado en lo alto al Hijo del Hombre sabrán que Yo soy” 
(Jn 8, 38).



“Y cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra atraeré a todos hacia mí” 
(Jn 12, 32).


“La zarza ardiente de la Cruz es el lugar oculto del encuentro”[1] del hombre con Dios, del desierto con el paraíso, de la distancia y la presencia, de los ídolos con el Dios verdadero, de la oscuridad con la luz, del pecado con la gracia, de la miseria con la misericordia, de la esclavitud con la libertad, de la muerte con la vida, del abandono con el abrazo, del dolor con el sentido, de la pasión con la resurrección, de la kénosis con la theosis, de la debilidad con la fortaleza, del silencio con la palabra, del deseo con el amor, del propio proyecto con el plan de Dios, de la pobreza con la riqueza, de la soledad con la comunión, de la inmanencia con la trascendencia, del abajo con el arriba, del tiempo con la eternidad, del Hijo con el Padre.

“…en la cruz Jesús se encuentra con la ‘altura’ de Dios, que es Amor. Allí se le puede ‘reconocer’, se puede comprender el ‘Yo soy’. La zarza ardiente es la cruz. La suprema instancia de revelación, el ‘Yo soy’ y la cruz de Jesús son inseparables. No encontramos aquí una especulación metafísica, sino la realidad de Dios que se manifiesta aquí por nosotros en el centro de la historia. ‘Entonces sabréis que Yo soy’…”[2].

“….nos invita a cada uno de nosotros a reconocer (y encontrarnos con) el misterio de Dios, que se hace presente en nuestra vida... Moisés ve en el desierto una zarza que arde, pero no se consume…Y es precisamente este Dios quien lo manda de nuevo a Egipto con la misión de llevar al pueblo de Israel a la tierra prometida, pidiendo al faraón, en su nombre, la liberación de Israel. En ese momento Moisés pregunta a Dios cuál es su nombre, el nombre con el que Dios muestra su autoridad especial, para poderse presentar al pueblo y después al faraón. La respuesta de Dios puede parecer extraña; parece que responde pero no responde. Simplemente dice de sí mismo: ‘Yo soy el que soy’. ‘Él es’ y esto tiene que ser suficiente. Por lo tanto, Dios no ha rechazado la petición de Moisés, manifiesta su nombre, creando así la posibilidad de la invocación, de la llamada, de la relación. Revelando su nombre Dios entabla una relación entre él y nosotros. Nos permite invocarlo, entra en relación con nosotros y nos da la posibilidad de estar en relación con él. Esto significa que se entrega, de alguna manera, a nuestro mundo humano, haciéndose accesible, casi uno de nosotros. Afronta el riesgo de la relación, del estar con nosotros. Lo que comenzó con la zarza ardiente en el desierto se cumple en la zarza ardiente de la cruz, donde Dios, ahora accesible en su Hijo hecho hombre, hecho realmente uno de nosotros, se entrega en nuestras manos y, de ese modo, realiza la liberación de la humanidad. En el Gólgota Dios, que durante la noche de la huída de Egipto se reveló como aquel que libera de la esclavitud, se revela como Aquel que abraza a todo hombre con el poder salvífico de la cruz y de la Resurrección y lo libera del pecado y de la muerte, lo acepta en el abrazo de su amor[3].

Pedro Edmundo Gómez, osb.

[1] Comisión Teológica Internacional, El Cristianismo y las religiones, n° 113, Paulinas, Bs. As., 1997, p. 58
[2] Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Primera parte, Desde el Bautismo hasta la Transfiguración, Planeta, Bs. As., 2007, pp. 403-444.
[3] Benedicto XVI, “Homilía del domingo 7 de marzo de 2010”, Visita Pastoral a la Parroquia Romana San Juan de la Cruz, http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/homilies/2010/documents/hf_ben-xvi_hom_20100307_parrocchia.html

domingo, 13 de marzo de 2016

HORARIOS DE SEMANA SANTA 2016

DOMINGO DE RAMOS
10,00 Hs. Bendición de ramos, procesión y misa. (Preside P. Edmundo)

JUEVES SANTO
19,00 Hs. Liturgia de la Cena del Señor. Adoración hasta las 24 hs. (Preside P. Marcelo)

VIERNES SANTO
10, 00 Hs. Vía Crucis (comienza en la primera cruz frente al guardaganado)
17,00 Hs. Celebración de la Pasión del Señor. (Preside Abad Benito)

SABADO SANTO
19, 00 Hs. Primeras Vísperas.
22,00 Hs. Solemne Vigilia Pascual. (Preside Abad Benito)

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN
8,00 Hs. Laudes.
10,00 Hs. Misa Solemne. (Preside P. José)

19,00 Hs. Segundas Vísperas

domingo, 6 de marzo de 2016

HOMILÍA DEL ABAD BENITO EN EL CUARTO DOMINGO DE CUARESMA C

Acabamos de escuchar la parábola del Hijo Pródigo o mejor del Padre Bueno y misericordioso.
Esta parábola la podemos y debemos leer en dos perspectivas: la del hijo mayor y la del hijo menor. Es más frecuente leerla en la perspectiva del hijo menor. Jesús nos invita a leerla primero en la perspectiva del hijo mayor. Jesús pronuncia la parábola respondiendo a la crítica de los escribas y fariseos que lo atacan porque se deja rodear por los publicanos y pecadores que vienen a escucharlo. Los escribas y  fariseos son el hijo mayor; los publicanos y pecadores son el hijo menor.
El hijo mayor fue siempre obediente, cumplía las ordenes de su padre, pero como si fuera su peón  “Hace tanto tiempo que te sirvo sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus ordenes”.
El hijo mayor no conocía el corazón de su padre, no conocía su paternidad y por eso no pudo aceptar la fraternidad.
El hijo menor tampoco conocía el corazón de su padre y por eso le exigió la herencia cuando su padre todavía estaba en vida. No  calibró la puñalada que le clavaba en el corazón. El papá sabe que el amor  se ofrece pero no se impone y por eso le reparte los bienes. El hijo menor quiere dejar de ser “peón” recoge todo y se va a un país lejano y se dedica “a una vida inmoral” y a fiestas inmaduras e irresponsables sin calcular que un día se encontraría sin un centavo. Su situación empeora por una crisis económica en el país, no sabemos si por malos gobiernos o por catástrofes naturales. En la parábola hay detalles en apariencia sin importancia; pero profundamente reveladores; el único trabajo que consigue es cuidar los cerdos de un patrón explotador. El cerdo es para los judíos un animal impuro y tener que cuidarlos es lo último que puede hacer un israelita.
La conversión del hijo menor no fue de golpe, fue un proceso muy doloroso. “Yo estoy aquí muriéndome de hambre”.  Hace memoria y recuerda a su padre como un buen patrón, “cuantos peones de mi padre tienen pan en abundancia “. En un segundo momento reconoce su error fatal: le falló a Dios y a su padre. Paso importante; pero insuficiente: “No merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus peones”. Todavía no descubre el corazón de su papá.
Jesús con tres palabras nos describe lo que pasó en el corazón del padre en esos largos años de ausencia: “lo vio venir de lejos”.
No fue por casualidad que lo vio venir de lejos; lo esperaba todos los días, lo esperaba como a un hijo. “Se conmovió profundamente, corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó” El hijo alcanzó a hacer la petición de perdón: “Padre, pequé contra Dios y contra ti, no merezco ser llamado hijo tuyo”. El papá no lo dejó continuar y organizó la fiesta. El hijo será recibido como hijo con todos sus derechos, con el anillo que lo acreditaba como tal y que le permitía manejar los asuntos de familia.
El hijo termina su proceso de conversión cuando acepta el perdón y la fiesta. El hijo que no había descubierto el corazón del papá lo descubre en el perdón y la fiesta.
Pronto en la Vigilia Pascual oiremos esa frase tan atrevida “Feliz culpa la de Adán” Antes que el poeta del Exultet lo había dicho Jesús: “Hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte que por noventa y nueve justos que no necesitan conversión.
Confianza para volver a los brazos del Padre, nos espera la fiesta y misericordia con nuestros hermanos pecadores; los espera también a ellos el perdón y la fiesta.

sábado, 27 de febrero de 2016

Primera carta de san Antonio Abad (II° parte)

 
Yo señalaría tres clases de mociones violentas. La primera reside en el cuerpo, está inserta en su naturaleza, formada al mismo tiempo que él en el primer instante de su creación. Sin embargo, no puede ser puesta en movimiento sin que el alma lo quiera. De ella sólo se sabe esto: que está en el cuerpo. He aquí la segunda: cuando el hombre come y bebe con exceso sigue una efervescencia de la sangre que fomenta un combate en el cuerpo, cuyo movimiento natural es puesto en acción por la glotonería. Por eso dice el Apóstol: "No os emborrachéis con vino, en él está la liviandad" (Ef.5,18). Del mismo modo, el Señor en el Evangelio prescribe a sus discípulos: "Que vuestros corazones no se emboten por la comida y bebida" (Lc.21,34) o las delicias. Más que nadie, quien guarda el celibato debe repetirse: "Someto mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre" (I Cor.9,27). En cuando a la tercera moción, proviene de los espíritus malos que nos tientan por envidia y buscan manchar a quienes se comprometen en el celibato.
Volvamos, hijos míos queridos, a cuanto se refiere más de cerca a estas tres clases de mociones. Quien permanece en la rectitud, persevera en el testimonio que el Espíritu da en lo más íntimo de su corazón y permanece vigilante, se purifica de esta triple enfermedad en su cuerpo y en su alma. Pero si no tiene en cuenta estas tres mociones, de las que da testimonio el Espíritu Santo, los espíritus malos invaden su corazón y siembran las pasiones en el movimiento natural del cuerpo. Lo turban y entablan con él un duro combate. El alma, enferma, se agota y se pregunta de dónde le vendrá el auxilio, hasta que se serene, se someta de nuevo al mandamiento del Espíritu y cure. Así aprende que sólo puede hallar su reposo en Dios, y que permanecer en El es su paz.
Esto, queridos, para indicaros cómo el cuerpo y el alma han de ir unidos en la obra de conversión y purificación. Si el corazón sale vencedor del combate, ora en el Espíritu y aleja del cuerpo las pasiones del alma que proceden de la propia voluntad. El Espíritu, que viene a dar testimonio de sus propios mandamientos, se convierte en el amigo de su corazón y le ayuda a guardarlos. Le enseña cómo curar las heridas del alma, cómo discernir, una tras otra, las pasiones naturalmente insertas en los miembros, de la cabeza a los pies, y también las que, procedentes del exterior, han sido mezcladas al cuerpo por la voluntad propia.
Así es como el Espíritu conducirla mirada a la rectitud y pureza, y la retirará de cuanto le es extraño. El inclinar el oído sólo a palabras decorosas; y el oído, no cediendo al deseo de oír hablar de caída y debilidades humanas, pondrá su gozo en conocer el bien y la perseverancia de cada uno, y la gracia dada a las criaturas; cosas de las que estando enfermo, se había desinteresado hasta entonces.
El Espíritu enseñara la lengua a purificarse porque ella es la que puso al alma gravemente enferma. Por medio de la lengua expresa el alma la enfermedad que padece; incluso la atribuye a la lengua, pues ésta es su órgano. En efecto, por la lengua le han sido infligidas graves enfermedades y heridas; por la lengua ha sido herida. Lo atestigua el apóstol Santiago cuando dice: "Si alguien pretende conocer a Dios y no frena su lengua se engaña en su corazón, su culto es vano" (St.1,26). En otro lugar afirma: "La lengua es un miembro pequeño, pero mancha todo el cuerpo" (3,5).
Cuando el corazón está, pues, fortificado con el poder que recibe del Espíritu, él mismo queda primero purificado, santificado, enderezado, y las palabras que confía a la lengua están exentas del deseo de agradar, así como de toda voluntad propia. En él se cumple lo que dice Salomón: "Mis palabras son de Dios; no hay en ellas dureza o perversión" (Prov.8,8) y "la lengua del justo cura las heridas" (Prov.12,18).
Viene después la curación de las manos, que en otro tiempo se movían de forma desordenada, a gusto de la voluntad propia. El Espíritu dará al corazón la pureza que conviene en el ejercicio de la limosna y la oración. Así se cumplirla palabra: "El alzar de mis manos es como una ofrenda de la tarde" (Ps.140,2), y esta otra: "Las manos de los poderosos distribuyen riquezas" (Prov.10,4).
Después de las manos el Espíritu purifica el vientre en cuanto a comida y bebida. David decía sobre esto: "Con el de ojos engreídos y corazón arrogante no comeré" (ps.100,5). Pero si el deseo y la gula en cuestión de comida y bebida toman preponderancia, y las voluntades propias que lo trabajan lo hacen insaciable, a todo esto vendrá a añadirse todavía la actividad del diablo. Al contrario, el Espíritu se hace cargo de quienes buscan una cantidad conforme a la pureza, y les señala una cantidad suficiente para sostener su cuerpo sin conocer el atractivo de la concupiscencia. Entonces se realiza en ellos la palabra de S. Pablo: "Ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios" (I Cor. 10,31). Si los órganos genitales producen pensamientos de fornicación, el corazón, instruido por el Espíritu, discierne la triple moción de que he hablado antes. Gracias al Espíritu que le ayuda y fortifica, helo aquí dueño de esas mociones. Las apaga con la fuerza del Espíritu, que da la paz al cuerpo entero, e interrumpe su curso. Como dijo Pablo: "Mortificad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones y malos deseos" (Col.3,5).
A continuación, el Espíritu se entrega a la purificación de los pies, que antes no caminaban en la rectitud y perfección de Dios. Pero una vez colocados bajo el impulso del Espíritu, éste realiza su purificación y los hace caminar según su voluntad. Avanzan en la práctica de las buenas obras. Todo el cuerpo es así transformado, renovado, entregado al poder del Espíritu. Ese cuerpo, totalmente purificado, a mi modo de ver ya ha recibido una parte del cuerpo espiritual que deberíamos recibir en el momento de la resurrección de los justos.
He hablado de las enfermedades del alma que se han infiltrado en los miembros naturales del cuerpo; las que lo hacen tambalearse y lo ponen en movimiento. Porque el alma sirve de lugar de paso a los espíritus malos que actúan en el cuerpo por medio de ella. He indicado también la existencia de otras pasiones que no vienen del cuerpo y que ahora tenemos que enumerar: a esas pasiones pertenecen los pensamientos de orgullo, la jactancia, la envidia, el odio, la cólera, el desprecio, la relajación y todas sus consecuencias.
Si alguien se entrega a Dios de todo corazón, Dios tiene piedad de él y le concede el Espíritu de conversión. Este Espíritu da testimonio ante él de cada uno de sus pecados para que ya no vuelva a caer en ellos. A continuación le revela los adversarios que se levantan ante él y le impiden librarse de ellos, luchando vigorosamente con él para que no persevere en su conversión. Si a pesar de todo conserva el ánimo y obedece al Espíritu, que le exhorta a convertirse, el Creador se apresurara tener piedad del trabajo de su conversión. Y viendo las aflicciones que impone a su cuerpo: oración incesante, ayunos, súplicas, estudio de la Palabra de Dios, alejamiento del mal, huida del mundo y de sus obras, humildad y pobreza de corazón, l grimas y perseverancia en la vida monástica, - viendo, digo - su trabajo y su paciencia, el Dios de misericordia tendrá piedad de él y lo salvará.


sábado, 20 de febrero de 2016

Primera carta de San Antonio Abad (1° parte)


Saludo a vuestra caridad en el Señor. Hermanos, juzgo que hay tres clases de personas entre aquellas a quienes llama el amor de Dios, hombres o mujeres. Algunos son llamados por la ley del amor depositada en su naturaleza y por la bondad original que forma parte de ésta en su primer estado y su primera creación. Cuando oyen la palabra de Dios no hay ninguna vacilación; la siguen prontamente. Así ocurrió con Abraham, el Patriarca. Dios vio que sabía amarlo, no a consecuencia de una enseñanza humana, sino siguiendo la ley natural inscrita en él, según la cual El mismo lo había modelado al principio. Y revelándose a él le dijo: "Sal de tu tierra y de tu parentela y ve a la tierra que Yo te mostraré" (Gen. 12,1). Sin vacilar, se fue impulsado por su vocación. Esto es un ejemplo para los principiantes: si sufren y buscan el temor de Dios en la paciencia y la tranquilidad reciben en herencia una conducta gloriosa porque son apremiados a seguir el amor del Señor. Tal es el primer tipo de vocación.
He aquí el segundo. Algunos oyen la Ley escrita, que da testimonio acerca de los sufrimientos y suplicios preparados para los impíos y de las promesas reservadas a quienes dan fruto en el temor de Dios. Estos testimonios despiertan en ellos el pensamiento y el deseo de obedecer a su vocación. David lo atestigua diciendo: "La ley del Señor es perfecta y es descanso del alma; el precepto del Señor es fiel e instruye al ignorante", etc. (Ps.18,8). Así como en otros muchos pasajes que no tenemos intención de citar.
Y he aquí el tercer tipo de vocación. Algunos, cuando aún están en los comienzos, tienen el corazón duro y permanecen en las obras de pecado. Pero Dios, que es todo misericordia, trae sobre ellos pruebas para corregirlos hasta que se desanimen y, conmovidos, vuelvan a El. En adelante lo conocen y su corazón se convierte. También ellos obtienen el don de una conducta gloriosa como los que pertenecen a las dos categorías anteriores.
Estas son las tres formas de comenzar en la conversión, antes de llegar en ella a la gracia y la vocación de hijos de Dios.
Los hay que comienzan con todas sus fuerzas, dispuestos a despreciar todas las tribulaciones, a resistir y mantenerse en todos los combates que les aguardan y a triunfar en ellos. Creo que el Espíritu se adelanta a ellos para hacerles el combate ligero, y dulce la obra de su conversión. Les muestra los caminos de la ascesis, corporal e interior, cómo convertirse y permanecer en Dios, su Creador, que hace perfectas sus obras. Les enseña cómo hacer violencia, a la vez, al alma y al cuerpo para que ambos se purifiquen y juntos reciban la herencia. Primero se purifica el cuerpo por los ayunos y vigilias prolongadas; y después el corazón mediante la vigilancia y la oración, así como por toda práctica que debilita el cuerpo y corta los deseos de la carne.
El Espíritu de conversión viene en ayuda del monje. El es quien lo pone a prueba por miedo a que el adversario no le haga desandar el camino. El Espíritu-director abre enseguida los ojos del alma para que también ella, junto con el cuerpo, se convierta y se purifique. Entonces el corazón, desde el interior, discierne cuáles son las necesidades del cuerpo y del alma. Porque el Espíritu instruye al corazón y se hace guía de los trabajos ascéticos para purificar por la gracia todas las necesidades del cuerpo y del alma. El Espíritu es quien discierne los frutos de la carne, sobreañadidos a cada miembro del cuerpo desde la perturbación original. Es también el Espíritu quien, según la palabra de Pablo, conduce los miembros del cuerpo a su rectitud primera: "Someto mi cuerpo y lo reduzco a servidumbre" (I Cor.9,27); rectitud que fue la del tiempo en que el espíritu de Satán no tenía parte alguna en ellos y el cuerpo se hallaba bajo la atracción del corazón, instruido, a su vez, por el Espíritu. El Espíritu es, en fin, quien purifica el corazón del alimento, de la bebida, del sueño y, como ya he dicho, de toda moción e incluso de toda actividad o imaginación sexual, gracias al discernimiento llevado a cabo por un alma pura. (Continuará…)

sábado, 13 de febrero de 2016

San Bernardo: Un texto especial para rumiar en la Cuaresma del Año de la Misericordia

San Bernardo del P. Marcelo Molinero, osb

“...toda alma, aunque esté cargada de pecados, presa de las redes de los vicios, asechada por la seducción, cautiva en el exilio, encarcelada en el cuerpo, pegada al fango, hundida en el barro, retenida en los miembros, atada a las preocupaciones, dispersa por el trabajo, oprimida por los miedos, afligida por el dolor, errante tras el error, inquieta por la angustia, desazonada por la sospecha y extranjera en tierra hostil; y como dice el Profeta, contaminada con los muertos, evaluada entre los que yacen en el infierno; esa alma, repito, puede volverse sobre sí misma, a pesar de hallarse tan condenada y desesperada, y no sólo se aliviará con la esperanza del perdón y de la misericordia, sino que también podrá aspirar tranquila a las bodas del Verbo. No temerá iniciar una alianza de comunión con Dios, no sentirá pudor alguno para llevar el yugo del amor a una con el Rey de los ángeles... 
Ten en cuenta además que este esposo no es sólo un amante, es el amor. ¿Es acaso el honor? Que lo discuta el que quiera: yo no he leído eso. Sí leí que Dios es amor, y nunca vi la palabra honor”. 
(SCant 83, 1. 4, BAC. V, pp. 1027.1031).