sábado, 16 de marzo de 2019

La Transfiguración



Sobre las palabras del Evangelio de San Mateo (17,1-9): Después de seis días tomó Jesús a Pedro y a Santiago y a Juan, su hermano, etc.



1. El Reino de Cristo

Vamos a examinar y exponer, carísimos, esta visión que dio el Señor a conocer en el monte. A ella se refería él cuando dijo: En verdad os digo: hay entre los circunstantes algunos que no gustarán la muerte sin ver al Hijo del hombre en su reino. Por ahí empieza la lección que se acaba de hacer: En habiendo dicho esto, después de seis días tomó a los tres discípulos, Pedro, Santiago y Juan, y subió al monte. Esos tres eran, en efecto, los algunos de los que había dicho: Hay "algunos" que no gustarán la muerte sin ver al Hijo del hombre en su reino. Dificultad no menuda, pues no era su reino la ocupación de aquel monte. ¿Qué vale un monte para el Señor del cielo? No ya las Escrituras, sino los ojos mismos ven, por decirlo así, la diferencia. Su reino es en boca del Señor, y se ve por muchos lugares, lo que se denomina el reino de los cielos, y el reino de los cielos es el reino de los santos; porque se ha dicho: Los cielos pregonan la gloria del Señor; y algo después en el salmo mismo: No hay lenguaje ni habla de quien no sean oídas las voces de ellos; antes su pregón sale por toda la tierra, y hasta los confines del orbe de la tierra llegan las palabras de ellos ¿De quiénes sino de los cielos? Luego las de los apóstoles y las de todos los predicadores de la palabra de Dios. Estos cielos reinarán con el que hizo los cielos. Y ved ahora lo sucedido, para dejarlo en claro.

2. Alegoría de la Transfiguración. Los vestidos de Cristo

Resplandeció el Señor Jesús como el sol, y tornáronsele los vestidos de una blancura de nieve, y hablaban con él Moisés y Elías. Fue Jesús, Jesús en persona, quien se hizo, en efecto, radiante como el sol, para darnos a entender ser él la luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Lo que para los ojos de la carne es el sol este, lo es él para los ojos del corazón; lo que aquél para los cuerpos, lo es éste para las almas. Sus vestidos representan a su Iglesia, porque los vestidos, si no los sostiene quien los lleva puestos, viénense al suelo. En este vestido fue Paulo algo así como la extremidad o fimbria. Yo soy, dijo él mismo, el mínimo de los apóstoles; y en otro lugar: Yo soy el último de los apóstoles. En los vestidos, la fimbria o borde es lo más pequeño y extremo. Y así como la hemorroísa, en habiendo tocado la fimbria del Señor, quedó sana, la Iglesia venida de la gentilidad fue sanada por la predicación de Paulo. ¿Qué maravilla si la Iglesia es figurada por la blanca vestidura —del Señor en el monte—, pues le oímos al profeta Isaías decir: Aunque vuestros pecados fueren rojos como la escarlata, yo los dejaré blancos como la nieve? ¿Qué valen Moisés y Elías, o digamos la ley y los profetas, si no hablan con el Señor? ¿Quién leyera la ley y los profetas si no diesen testimonio del Señor? Ved cuán sucintamente asevera esto el Apóstol: La ley hace solamente conocer el pecado, en tanto que hoy, sin ley, se ha manifestado la justicia de Dios: he ahí el sol: testificada por la ley y los profetas: he ahí su brillo.

3. El deseo de Pedro

Testigo Pedro de aquella visión, y hablando al sabor de su boca de hombre, dice: Señor, es cosa linda estarnos aquí. Desazonado de vivir entre la muchedumbre, hallaba en el monte una soledad, donde Cristo era pan de la mente. ¿Por qué irse de allí? ¿Para qué volver a las fatigas y al dolor, si allí gozaba del divino amor, y era buena, por tanto, la vida interior? El quería estar bien, y por eso añadió: Si quieres, hagamos aquí tres pabellones: uno para ti, otro para Moisés y otro para Elías. Nada respondió el Señor a esto, bien que Pedro no quedó sin respuesta. Porque aún estaba él hablando, cuando sobrevino y los envolvió una nube resplandeciente. Demandaba tres pabellones, y la respuesta del ciclo testimoniaba que nosotros sólo tenemos uno: uno, que el sentido humano trataba de pluralizar. Cristo es la palabra de Dios; Palabra que habla en la ley, Palabra de Dios que habla en los profetas. ¿Por qué dividirla, oh Pedro? ¡Si lo que necesitas es juntarlas! Donde tú buscas tres, sólo hay una. ¿No lo comprendes?

4. Postración de los discípulos

Envueltos ellos por la nube, que hacia una suerte de pabellón, dejóse oír una voz procedente de la nube que decía: Este es mi Hijo muy amado. Allí estaban Moisés y Elías; no se dijo, empero: "Estos son mis amados hijos." Uno es ser Hijo único, y otro hijos adoptivos. El designado por la voz era aquel de quien se gloriaban la ley y los profetas. Este, dijo la voz, es mi amado Hijo, en quien tengo mis complacencias. Oídle a él, porque él es a quien oísteis en los profetas y oísteis en la ley, y... ¿dónde no le oísteis? Al oír esto cayeron por tierra. Ahora se ve cómo la Iglesia es el reino de Dios. Allí estaban, en efecto, el Señor, la ley, en la persona de Moisés, y los profetas, en la de Elías. Estos últimos figuraban como siervos y ministros. Ellos son los vasos, él es la fuente. Moisés y los profetas hablaban y escribían, mas en esta fuente tomaban lo que escanciaban.

5. Elección de los discípulos

Extendió el Señor la mano y volvió en sí a los caídos, y no vieron a nadie, sino a Jesús solamente. ¿Qué significa esto? Al hacérsenos la lectura del Apóstol habéis oído que ahora vemos como de reflejo y oscuramente, mas entonces veremos faz a faz. Item: que las lenguas cesarán cuando viniere lo que esperamos y creemos. La caída por tierra de los apóstoles simboliza nuestra muerte, pues a la carne se ha dicho: Tierra eres y a la tierra irás; y el haberlos alzado el Señor significa la resurrección, después de la cual, ¿para qué has menester de la ley y quieres la profecía? Por eso Elías y Moisés no aparecen ya. Ya no te queda sino aquel de quien está escrito: En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Te queda Dios para ser todo en todas las cosas. Allí estará Moisés, no la ley; también allí veremos a Elías, mas no ya como profeta. Porque la misión de la ley y de los profetas era dar testimonio de Cristo y anunciar sus padecimientos, la resurrección al tercero día y su entrada en la gloria; gloria donde tendrá cumplimiento la promesa que hizo a sus amadores: El que me ama será amado de mi Padre, y yo le amaré. Y como respondiendo a esta pregunta: "y qué le darás en prueba de tu amor", dice: Y me mostraré a él. ¡Sublime don! ¡Promesa magnífica! No guarda Dios para recompensarte don alguno de su mano, sino a si mismo. ¡Oh avaro! ¿No te llena esta promesa de Cristo? Parécete a ti que eres rico; mas ¿qué tienes si a Dios no tienes? Otro se imagina ser pobre; mas ¿qué no tiene si tiene a Dios?

6. Deber de apostolado

Desciende, Pedro: tú, que deseabas descansar en el monte, desciende y predica la palabra, insiste a tiempo y destiempo, arguye y exhorta, increpa con toda longanimidad y doctrina. Trabaja, suda, padece algunos tormentos, a fin de llegar por el brillo y hermosura de las obras hechas en caridad a poseer eso que simbolizan los blancos vestidos del señor. Alabando la caridad el Apóstol, oímosle decir cuando se leía —hoy—: No busca sus conveniencias. No busca sus intereses, antes da lo que tiene. En otro lugar habla de modo distinto, y hay grande peligro en no entenderlo bien. Explicando, pues, el Apóstol los deberes de la caridad a los miembros fieles de Cristo, dice: Nadie busque lo suyo, sino lo de otro. Y la avaricia, que tal oye, ya está ideando artilugios y especulando la forma de buscar lo de otro, engatusando a uno para quedarse con lo ajeno. ¡Quieta ahí, oh avaricia! ¡Ven acá, oh justicia! Oigamos y veamos. Se le dijo a la caridad: Nadie busque lo suyo, sino lo de otro; si, pues, tú, avaro, resistes a este consejo, y si pretendes hallar ahí licencia para desear lo ajeno, debes antes sacrificar lo tuyo. Pero ya te conozco; tú quieres lo tuyo y lo no tuyo. Usas de artificios para quedarte con lo ajeno; deja, pues, que roben lo que te pertenece. No quieres buscar lo tuyo, y ¡te alzas con lo ajeno! Este proceder es injusto. Oye, avaro, y escucha: Hay otro lugar donde el Apóstol expone con mayor claridad este nadie busque lo suyo, sino lo de otro. El dice de sí mismo: Pues yo no voy buscando mi conveniencia, sino la de todos, para que se salven. Esto no lo comprendía Pedro cuando deseaba estar con Cristo en el monte. Cristo te reservaba, ¡oh Pedro!, esta dicha para más allá de la muerte. Ahora te dice: Desciende a trabajar en la tierra, y servir en la tierra, y ser despreciado y crucificado en la tierra; porque también la Vida descendió a ser muerta, el Pan a tener hambre, el Camino a cansarse de andar, la Fuente a tener sed. Y ¿aun rehúsas tú trabajar? No busques tus conveniencias; ten caridad, predica la verdad, y por ahí llegarás a la eternidad, donde hallarás la seguridad.



San Agustín. Obras competas  X. Sermón 78. B.A.C.

miércoles, 6 de marzo de 2019

San Benito, nuestro Moisés, guía y compañía en el desierto cuaresmal

“1 Aunque la vida del monje debería tener en todo tiempo una observancia cuaresmal, 2 sin embargo, como son pocos los que tienen semejante fortaleza, los exhortamos a que en estos días de Cuaresma guarden su vida con suma pureza, 3 y a que borren también en estos días santos todas las negligencias de otros tiempos. 4 Lo cual haremos convenientemente, si nos apartamos de todo vicio y nos entregamos a la oración con lágrimas, a la lectura, a la compunción del corazón y a la abstinencia. 5 Por eso, añadamos en estos días algo a la tarea habitual de nuestro servicio, como oraciones particulares o abstinencia de comida y bebida, 6 de modo que cada uno, con gozo del Espíritu Santo, ofrezca voluntariamente a Dios algo sobre la medida establecida, 7 esto es, que prive a su cuerpo de algo de alimento, de bebida, de sueño, de conversación y de bromas, y espere la Pascua con la alegría del deseo espiritual. 8 Lo que cada uno ofrece propóngaselo a su abad, y hágalo con su oración y consentimiento, 9 porque lo que se hace sin permiso del padre espiritual, hay que considerarlo más como presunción y vanagloria que como algo meritorio. 10 Así, pues, todas las cosas hay que hacerlas con la aprobación del abad” (RB 50).

 

Cada uno debe tener su Moisés, bajo cuya orientación y mandato hay que salir de Egipto, es decir, apartarse del mal y ser digno soldado de Dios, madurando uno mismo por este desierto en las virtudes y buenas obras” (San Bernardo de Claraval, Tercera serie de sentencias 94, VIII, BAC, Madrid, p. 251).

“Pedro.- Admirables y sobremanera asombrosas son las cosas que acabas de contar, pues en el agua que manó de la piedra veo a Moisés (Nm 20,11); en el hierro que remontó desde lo profundo del agua, a Elíseo (2Re 6,7); en el andar sobre las aguas, a Pedro (Mt 14,29); en la obediencia del cuervo, a Elías (1 Re 17,6) y en el llanto por la muerte de su enemigo, a David (2S 1,2; 18,33). Por todo lo cual, veo que este hombre estaba lleno del espíritu de todos los justos” (San Gregorio Magno, Diálogos II, c 8).

“20. El camino de las órdenes y el amanecer. La primera luz del día representa las fieles palabras de la enseñanza apostólica; la alborada, el inicio del camino que germinó primero en la soledad y en las grutas, después de aquella doctrina; el sol revela la apartada y bien dispuesta senda de Mi siervo Benito, a quien atravesé con ardiente fuego, enseñándole a honrar, con el hábito de su orden, la Encarnación de mi Hijo y a imitar Su Pasión con la abnegación de Su voluntad; porque Benito es como un nuevo Moisés, puesto en la hendidura de la roca, mortificando y curtiendo su cuerpo con recia austeridad por amor a la vida, igual que el primer Moisés escribió, por precepto Mío, una áspera y dura Ley en tablas de piedra y se la dio a los judíos. Pero lo mismo que Mi Hijo atravesó esa ley con la dulzura del Evangelio, también Mi Siervo Benito hizo del designio de esta orden, que antes de él era un arduo camino, una senda apartada y llana, merced a la dulce inspiración del Espíritu Santo, y, por ella, congregó a la inmensa cohorte de su regla, igual que Mi Hijo reunió junto a Sí, por Su suave aroma, al pueblo cristiano. Entonces el Espíritu Santo alumbró los corazones de sus elegidos, anhelantes de su vida, para que, así como las aguas bautismales borran los pecados de los pueblos, también ellos renunciaran a las pompas de este mundo, a imagen de la Pasión, de mi Hijo. ¿Cómo? Igual que el hombre es rescatado por el santo bautismo de los cepos del Demonio y se despoja de los crímenes de su viejo agravio, también estos se desprenden de los afanes mundanos por el signo de sus vestidos, en los que llevan además, una señal angélica. ¿Cómo? Mira que son custodios de Mi pueblo, por voluntad Mía” (Santa Hildegarda de Bingen, Scivias II, V, 20, Trotta, 1999, p. 162).

Te confieso, Jesús mío, salvador mío, esperanza mía, consuelo mío; te confieso, Dios mío, que no estoy tan contrito y lleno de temor como debería por el pasado, ni me preocupo por el presente como convendría. ¡Y tú, dulce Señor, has establecido a este hombre sobre tu familia (cf. Mt 24,45-47), sobre las ovejas de tu rebaño (cf. Sal 73,1; 78,13)! A mí, que tengo tan poco cuidado de mí mismo, me mandas cuidar de ellos; a mí, que no alcanzo a orar por mis propios pecados, me mandas orar por ellos; a mí, que apenas me he instruido a mí mismo, me mandas que les enseñe a ellos. Desdichado de mí, ¿qué he hecho, qué he emprendido, en qué he consentido? Pero sobre todo tú, Señor, ¿qué has dejado que hagan de este miserable? Pero dime, dulce Señor, ¿no es ésta tu familia (cf. Mt 24, 45), tu pueblo elegido (cf. Dt 7,6), que por segunda vez hiciste salir de Egipto (cf. Sal 80, 11), que creaste y redimiste? Luego los reuniste de todas las naciones (cf. Sal 106,2) y los hiciste habitar unidos fraternalmente en esta casa (cf. Sal 67,7 Vul.)” (San Elredo de Rieval, Oración Pastoral 3[1]).


Dos sermones para la lectura cuaresmal de este año:

“14 En los días de Cuaresma, desde la mañana hasta el fin de la hora tercera, ocúpense en sus lecturas, y luego trabajen en lo que se les mande, hasta la hora décima. 15 En estos días de Cuaresma, reciban todos un libro de la biblioteca que deberán leer ordenada e íntegramente. 16 Estos libros se han de distribuir al principio de Cuaresma” (RB 48).

Tema: Lucha-terapia espiritual y discernimiento.

Clave: Sentido literal y sentido espiritual: alegórico, tropológico y anagógico.

Textos: Éxodo. Levítico, Deuteronomio


Sermón 7, Fiesta de san Benito. (Homilías litúrgicas, PC 5)

“Bienaventurado aquel hombre que soporta la prueba, porque una vez probado recibirá la corona de la vida que Dios tiene prometida a los que le aman”. Dígnese nuestro Señor Jesucristo conducirnos a ella, por los méritos de nuestro Padre san Benito”. 

Bienaventuranza y tentación (Prólogo). San Benito tentado, probado y coronado. Salida de Egipto, desierto y tierra prometida. Moisés versus Amalec, Seón, Og. Luchas y victorias. Amalec/gula. Virtud de la abstinencia. Boca-lengua. Grados. Medios. Envidia. Reglas de discreción. Moisés/Benito: brazos levantados (constancia-fervor). Seón, rey de los amorreos/fornicación. Virtud de la castidad. Orden. Og/avaricia. Virtud de la no posesión. Madian/ira. Virtud de la mansedumbre y la paciencia. Moisés-temor; Josué-amor ("introduce"). Josué –Jesús versus Jericó, Hai, cinco reyes. Jericó/indolencia-pereza-dispersión. Problemas del contemplativo. Armas. Hai/tristeza. Escudo/ Virtud de la esperanza. Cinco reyes/soberbia. Vanidad, ambición, jactancia, desprecio de Dios, amor de sí mismo. Manera de pelear.

Sermón 8 En la misma solemnidad de san Benito.

Tribulaciones y consuelos. “Habité en el país de Negueb, y había salido al campo a pasear caído ya el día”. Morada, salida y meditación. Tierra del aquilón: pasiones. Envidia, ira y lujuria. La catedra de la maldad. Tres tiempos diurnos. Humildad, caridad y castidad. El campo y el perfume de Jesús. Cuatro brazos de la fuente: prudencia, templanza, fortaleza y justicia. Cuatro cauces de los vicios: ignorancia, concupiscencia, flaqueza, malicia. “La boca del justo meditará la sabiduría”. Cuatro clases de juicios. Fuente: “Lleva la ley del Señor en medio del corazón”.



[1] Cf. De Oneribus 7, 9-11. Las regiones de la semejanza y la desemejanza, en: Volver a Dios, Sermones De Oneribus Isaiae (PC 13), pp. 99-101.

sábado, 2 de marzo de 2019

LECTIO DIVINA: Papa Francisco

Evangelii Gaudium, nn. 152-153 
Hay una forma concreta de escuchar lo que el Señor nos quiere decir en su Palabra y de dejarnos transformar por el Espíritu. Es lo que llamamos «lectio divina». Consiste en la lectura de la Palabra de Dios en un momento de oración para permitirle que nos ilumine y nos renueve. Esta lectura orante de la Biblia no está separada del estudio que realiza el predicador para descubrir el mensaje central del texto; al contrario, debe partir de allí, para tratar de descubrir qué le dice ese mismo mensaje a la propia vida. La lectura espiritual de un texto debe partir de su sentido literal. De otra manera, uno fácilmente le hará decir a ese texto lo que le conviene, lo que le sirva para confirmar sus propias decisiones, lo que se adapta a sus propios esquemas mentales. Esto, en definitiva, será utilizar algo sagrado para el propio beneficio y trasladar esa confusión al Pueblo de Dios. Nunca hay que olvidar que a veces «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14). En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? ¿Qué me molesta en este texto? ¿Por qué esto no me interesa?», o bien: «¿Qué me agrada? ¿Qué me estimula de esta Palabra? ¿Qué me atrae? ¿Por qué me atrae?». Cuando uno intenta escuchar al Señor, suele haber tentaciones. Una de ellas es simplemente sentirse molesto o abrumado y cerrarse; otra tentación muy común es comenzar a pensar lo que el texto dice a otros, para evitar aplicarlo a la propia vida. También sucede que uno comienza a buscar excusas que le permitan diluir el mensaje específico de un texto. Otras veces pensamos que Dios nos exige una decisión demasiado grande, que no estamos todavía en condiciones de tomar. Esto lleva a muchas personas a perder el gozo en su encuentro con la Palabra, pero sería olvidar que nadie es más paciente que el Padre Dios, que nadie comprende y espera como Él. Invita siempre a dar un paso más, pero no exige una respuesta plena si todavía no hemos recorrido el camino que la hace posible. Simplemente quiere que miremos con sinceridad la propia existencia y la presentemos sin mentiras ante sus ojos, que estemos dispuestos a seguir creciendo, y que le pidamos a Él lo que todavía no podemos lograr.


sábado, 16 de febrero de 2019

LECTIO DIVINA: Benedicto XVI


Papa Benedicto XVI: Verbum Domini

a) Palabra de Dios y ministros ordenados

78. Dirigiéndome ahora en primer lugar a los ministros ordenados de la Iglesia, les recuerdo lo que el Sínodo ha afirmado: «La Palabra de Dios es indispensable para formar el corazón de un buen pastor, ministro de la Palabra».[264] Los obispos, presbíteros y diáconos no pueden pensar de ningún modo en vivir su vocación y misión sin un compromiso decidido y renovado de santificación, que tiene en el contacto con la Biblia uno de sus pilares.

79. A los que han sido llamados al episcopado, y son los primeros y más autorizados anunciadores de la Palabra, deseo reiterarles lo que decía el Papa Juan Pablo II en la Exhortación apostólica postsinodal Pastores gregis. Para alimentar y hacer progresar la propia vida espiritual, el Obispo ha de poner siempre «en primer lugar, la lectura y meditación de la Palabra de Dios. Todo Obispo debe encomendarse siempre y sentirse encomendado “a Dios y a la Palabra de su gracia, que tiene poder para construir el edificio y daros la herencia con todos los santificados” (Hch 20,32). Por tanto, antes de ser transmisor de la Palabra, el Obispo, al igual que sus sacerdotes y los fieles, e incluso como la Iglesia misma, tiene que ser oyente de la Palabra. Ha de estar como “dentro de” la Palabra, para dejarse proteger y alimentar como en un regazo materno».[265] A imitación de María, Virgo audiens y Reina de los Apóstoles, recomiendo a todos los hermanos en el episcopado la lectura personal frecuente y el estudio asiduo de la Sagrada Escritura.

80. Respecto a los sacerdotes, quisiera también remitirme a las palabras del Papa Juan Pablo II, el cual, en la Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis, ha recordado que «el sacerdote es, ante todo, ministro de la Palabra de Dios; es el ungido y enviado para anunciar a todos el Evangelio del Reino, llamando a cada hombre a la obediencia de la fe y conduciendo a los creyentes a un conocimiento y comunión cada vez más profundos del misterio de Dios, revelado y comunicado a nosotros en Cristo». Por eso, el sacerdote mismo debe ser el primero en cultivar una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: «no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva: “la mente de Cristo” (1 Co 2,16)».[266] Consiguientemente, sus palabras, sus decisiones y sus actitudes han de ser cada vez más una trasparencia, un anuncio y un testimonio del Evangelio; «solamente “permaneciendo” en la Palabra, el sacerdote será perfecto discípulo del Señor; conocerá la verdad y será verdaderamente libre».[267]

En definitiva, la llamada al sacerdocio requiere ser consagrados «en la verdad». Jesús mismo formula esta exigencia respecto a sus discípulos: «Santifícalos en la verdad. Tu Palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así los envío yo también al mundo» (Jn 17,17-18). Los discípulos son en cierto sentido «sumergidos en lo íntimo de Dios mediante su inmersión en la Palabra de Dios. La Palabra de Dios es, por decirlo así, el baño que los purifica, el poder creador que los transforma en el ser de Dios».[268] Y, puesto que Cristo mismo es la Palabra de Dios hecha carne (Jn1,14), es «la Verdad» (Jn14,6), la plegaria de Jesús al Padre, «santifícalos en la verdad», quiere decir en el sentido más profundo: «Hazlos una sola cosa conmigo, Cristo. Sujétalos a mí. Ponlos dentro de mí. Y, en efecto, en último término hay un único sacerdote de la Nueva Alianza, Jesucristo mismo».[269] Es necesario, por tanto, que los sacerdotes renueven cada vez más profundamente la conciencia de esta realidad.

81. Quisiera referirme también al puesto de la Palabra de Dios en la vida de los que están llamados al diaconado, no sólo como grado previo del orden del presbiterado, sino como servicio permanente. El Directorio para el diaconado permanente dice que, «de la identidad teológica del diácono brotan con claridad los rasgos de su espiritualidad específica, que se presenta esencialmente como espiritualidad de servicio. El modelo por excelencia es Cristo siervo, que vivió totalmente dedicado al servicio de Dios, por el bien de los hombres».[270] En esta perspectiva, se entiende cómo, en las diversas dimensiones del ministerio diaconal, un «elemento que distingue la espiritualidad diaconal es la Palabra de Dios, de la que el diácono está llamado a ser mensajero cualificado, creyendo lo que proclama, enseñando lo que cree, viviendo lo que enseña».[271]Recomiendo por tanto que los diáconos cultiven en su propia vida una lectura creyente de la Sagrada Escritura con el estudio y la oración. Que sean introducidos a la Sagrada Escritura y su correcta interpretación; a la teología del Antiguo y del Nuevo Testamento; a la interrelación entre Escritura y Tradición; al uso de la Escritura en la predicación, en la catequesis y, en general, en la actividad pastoral.[272]


b) Palabra de Dios y candidatos al Orden sagrado

82. El Sínodo ha dado particular importancia al papel decisivo de la Palabra de Dios en la vida espiritual de los candidatos al sacerdocio ministerial: «Los candidatos al sacerdocio deben aprender a amar la Palabra de Dios. Por tanto, la Escritura ha de ser el alma de su formación teológica, subrayando la indispensable circularidad entre exegesis, teología, espiritualidad y misión».[273] Los aspirantes al sacerdocio ministerial están llamados a una profunda relación personal con la Palabra de Dios, especialmente en la lectio divina, porque de dicha relación se alimenta la propia vocación: con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios, la propia vocación puede descubrirse, entenderse, amarse, seguirse, así como cumplir la propia misión, guardando en el corazón el designio de Dios, de modo que la fe, como respuesta a la Palabra, se convierta en el nuevo criterio de juicio y apreciación de los hombres y las cosas, de los acontecimientos y los problemas.[274]

Esta atención a la lectura orante de la Escritura en modo alguno debe significar una dicotomía respecto al estudio exegético requerido en el tiempo de la formación. El Sínodo ha encomendado que se ayude concretamente a los seminaristas a ver la relación entre el estudio bíblico y el orar con la Escritura. El estudio de las Escrituras les ha de hacer más conscientes del misterio de la revelación divina, alimentando una actitud de respuesta orante a Dios que habla. Por otro lado, una auténtica vida de oración hará también crecer necesariamente en el alma del candidato el deseo de conocer cada vez más al Dios que se ha revelado en su Palabra como amor infinito. Por tanto, se deberá poner el máximo cuidado para que en la vida de los seminaristas se cultive esta reciprocidad entre estudio y oración. Para esto, hace falta que se oriente a los candidatos a un estudio de la Sagrada Escritura mediante métodos que favorezcan este enfoque integral.


Lectura orante de la Sagrada Escritura y «lectio divina»

86. El Sínodo ha vuelto a insistir más de una vez en la exigencia de un acercamiento orante al texto sagrado como factor fundamental de la vida espiritual de todo creyente, en los diferentes ministerios y estados de vida, con particular referencia a la lectio divina.[290] En efecto, la Palabra de Dios está en la base de toda espiritualidad auténticamente cristiana. Con ello, los Padres sinodales han seguido la línea de lo que afirma la Constitución dogmática Dei Verbum: «Todos los fieles... acudan de buena gana al texto mismo: en la liturgia, tan llena del lenguaje de Dios; en la lectura espiritual, o bien en otras instituciones u otros medios, que para dicho fin se organizan hoy por todas partes con aprobación o por iniciativa de los Pastores de la Iglesia. Recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración».[291] La reflexión conciliar pretendía retomar la gran tradición patrística, que ha recomendado siempre acercarse a la Escritura en el diálogo con Dios. Como dice san Agustín: «Tu oración es un coloquio con Dios. Cuando lees, Dios te habla; cuando oras, hablas tú a Dios».[292] Orígenes, uno de los maestros en este modo de leer la Biblia, sostiene que entender las Escrituras requiere, más incluso que el estudio, la intimidad con Cristo y la oración. En efecto, está convencido de que la vía privilegiada para conocer a Dios es el amor, y que no se da una auténtica scientia Christi sin enamorarse de Él. En la Carta a Gregorio, el gran teólogo alejandrino recomienda: «Dedícate a la lectio de las divinas Escrituras; aplícate a esto con perseverancia. Esfuérzate en la lectio con la intención de creer y de agradar a Dios. Si durante la lectio te encuentras ante una puerta cerrada, llama y te abrirá el guardián, del que Jesús ha dicho: “El guardián se la abrirá”. Aplicándote así a la lectio divina, busca con lealtad y confianza inquebrantable en Dios el sentido de las divinas Escrituras, que se encierra en ellas con abundancia. Pero no has de contentarte con llamar y buscar. Para comprender las cosas de Dios te es absolutamente necesaria la oratio. Precisamente para exhortarnos a ella, el Salvador no solamente nos ha dicho: “Buscad y hallaréis”, “llamad y se os abrirá”, sino que ha añadido: “Pedid y recibiréis”».[293]

A este propósito, no obstante, se ha de evitar el riesgo de un acercamiento individualista, teniendo presente que la Palabra de Dios se nos da precisamente para construir comunión, para unirnos en la Verdad en nuestro camino hacia Dios. Es una Palabra que se dirige personalmente a cada uno, pero también es una Palabra que construye comunidad, que construye la Iglesia. Por tanto, hemos de acercarnos al texto sagrado en la comunión eclesial. En efecto, «es muy importante la lectura comunitaria, porque el sujeto vivo de la Sagrada Escritura es el Pueblo de Dios, es la Iglesia... La Escritura no pertenece al pasado, dado que su sujeto, el Pueblo de Dios inspirado por Dios mismo, es siempre el mismo. Así pues, se trata siempre de una Palabra viva en el sujeto vivo. Por eso, es importante leer la Sagrada Escritura y escuchar la Sagrada Escritura en la comunión de la Iglesia, es decir, con todos los grandes testigos de esta Palabra, desde los primeros Padres hasta los santos de hoy, hasta el Magisterio de hoy».[294]

Por eso, en la lectura orante de la Sagrada Escritura, el lugar privilegiado es la Liturgia, especialmente la Eucaristía, en la cual, celebrando el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Sacramento, se actualiza en nosotros la Palabra misma. En cierto sentido, la lectura orante, personal y comunitaria, se ha de vivir siempre en relación a la celebración eucarística. Así como la adoración eucarística prepara, acompaña y prolonga la liturgia eucarística,[295] así también la lectura orante personal y comunitaria prepara, acompaña y profundiza lo que la Iglesia celebra con la proclamación de la Palabra en el ámbito litúrgico. Al poner tan estrechamente en relación lectio y liturgia, se pueden entender mejor los criterios que han de orientar esta lectura en el contexto de la pastoral y la vida espiritual del Pueblo de Dios.

87. En los documentos que han preparado y acompañado el Sínodo, se ha hablado de muchos métodos para acercarse a las Sagradas Escrituras con fruto y en la fe. Sin embargo, se ha prestado una mayor atención a la lectio divina, que es verdaderamente «capaz de abrir al fiel no sólo el tesoro de la Palabra de Dios sino también de crear el encuentro con Cristo, Palabra divina y viviente».[296] Quisiera recordar aquí brevemente cuáles son los pasos fundamentales: se comienza con la lectura (lectio) del texto, que suscita la cuestión sobre el conocimiento de su contenido auténtico: ¿Qué dice el texto bíblico en sí mismo? Sin este momento, se corre el riesgo de que el texto se convierta sólo en un pretexto para no salir nunca de nuestros pensamientos. Sigue después la meditación (meditatio) en la que la cuestión es: ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente. Se llega sucesivamente al momento de la oración (oratio), que supone la pregunta: ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia. Por último, la lectio divina concluye con la contemplación (contemplatio), durante la cual aceptamos como don de Dios su propia mirada al juzgar la realidad, y nos preguntamos: ¿Qué conversión de la mente, del corazón y de la vida nos pide el Señor? San Pablo, en la Carta a los Romanos, dice: «No os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto» (12,2). En efecto, la contemplación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros «la mente de Cristo» (1 Co 2,16). La Palabra de Dios se presenta aquí como criterio de discernimiento, «es viva y eficaz, más tajante que la espada de doble filo, penetrante hasta el punto donde se dividen alma y espíritu, coyunturas y tuétanos. Juzga los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12). Conviene recordar, además, que la lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción (actio), que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad.

Encontramos sintetizadas y resumidas estas fases de manera sublime en la figura de la Madre de Dios. Modelo para todos los fieles de acogida dócil de la divina Palabra, Ella «conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19; cf. 2,51). Sabía encontrar el lazo profundo que une en el gran designio de Dios acontecimientos, acciones y detalles aparentemente desunidos.[297]

Quisiera mencionar también lo recomendado durante el Sínodo sobre la importancia de la lectura personal de la Escritura como práctica que contempla la posibilidad, según las disposiciones habituales de la Iglesia, de obtener indulgencias, tanto para sí como para los difuntos.[298] La práctica de la indulgencia[299] implica la doctrina de los méritos infinitos de Cristo, que la Iglesia como ministra de la redención dispensa y aplica, pero implica también la doctrina de la comunión de los santos, y nos dice «lo íntimamente unidos que estamos en Cristo unos con otros y lo mucho que la vida sobrenatural de uno puede ayudar a los demás».[300] En esta perspectiva, la lectura de la Palabra de Dios nos ayuda en el camino de penitencia y conversión, nos permite profundizar en el sentido de la pertenencia eclesial y nos sustenta en una familiaridad más grande con Dios. Como dice San Ambrosio, cuando tomamos con fe las Sagradas Escrituras en nuestras manos, y las leemos con la Iglesia, el hombre vuelve a pasear con Dios en el paraíso.[301]

domingo, 10 de febrero de 2019

10 de febrero: Santa Escolástica


“Brilla el mediodía y la virgen Escolástica tiene un feliz reposo. 
Entra en la alcoba: pide los besos del Esposo, a quien ha amado de un modo único. 
¡Con cuántos gemidos y ardores del corazón ella buscó a su amado!
Movió los cielos con sus lágrimas, y con grandes lluvias apaciguó el corazón de su hermano. 
¡Qué gratos coloquios, cuando Benito explica los gozos del cielo!
Arden los deseos y el virginal Esposo provoca los suspiros del alma.
Ven hermosísima, esposa amadísima, ven, serás coronada. 
Dormirás entre lirios, abundarás en delicias y serás embriagada. 
Oh paloma de las vírgenes, tú que desde las riberas de los ríos te acercas al palacio de la gloria. 
Atráenos con tus perfumes, apaciéntanos también con las riquezas de la gracia inmortal”. 

Secuencia

sábado, 2 de febrero de 2019

EXODO 3, 1-6.


Zarza Ardiendo[1] 



Fuentes de inspiración espiritual

no faltan en nuestro caminar

y mientras vamos aceptando esa maraña del vivir cotidiano

y las realidades llenas de novedades

nos van saliendo al paso,

inesperadas tantas veces, tristes unas, llenas de gozo otras,

el alma sigue su sendero.

Se aferra a ese todo que no es todo

porque el Todo, Todo está del otro lado y en la Vida

cuando ella se manifieste esplendorosa

y fuerte como Fuego.

Como ese Fuego de la zarza ardiendo en ese monte

donde Moisés llegaba asombrados sus ojos cuando viera.

Allí estaba Dios llamando irresistible voz, sólo divina.

Llama que quiso envolver la humanidad de un hombre humilde.

Experiencia fuerte de un alma sin dobleces,

simple y transparente,

como ocurre con los elegidos,

para conducir al Pueblo hacia la Tierra.

Allí manaba la dulzura del Amor más rico

y con sabor a cielo.

Un Pueblo que camina llevado con amores en Nube y Fuego:

Padre Bueno. La salvación es Regalo y lleva hacia la Patria.

Jesús, el gran Moisés de nuevos tiempos, nacido en un Pesebre

sin alardes, pobre, en sus ojitos tiernos la sonrisa.

María, Madre amada lo recibe y lo da, lo da de mil amores.

Jesús desde su cuna trajo el Fuego queriendo matar los egoísmos

cambiando el derrotero de la vida. Gracias,

Jesús,

gracias,

mi Vida.



+ R. P. Aldo Alvarez Lizana, osb.

Monje de Sta. María de Los Toldos.



[1] Un canto a la Vida, Albatros, Viña del Mar, 2008, p. 70.