miércoles, 24 de junio de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (XI)


CONCLUSIÓN: MIRA A LA ESTRELLA, INVOCA A MARÍA

“Este tropo se remonta a la antigüedad cristiana, a un cierto Pseudo-Jerónimo, así como a Pascacio Radberto, Fulberto de Chartres, Pedro Damiano y Odilón de Cluny…Dicho de otro modo, se trata de un tropo retórico. San Bernardo se ocupa del mismo tema con pasión y ardor, y de hecho desarrolla y profundiza todos los aspectos del mismo, de modo que para él María no es solo un ‘ejemplo’, sino una fuente de luz y gracia que actúa en nuestra alma. Tenemos una exhortación de verdad original para que recurramos directamente a ella en todas nuestras necesidades” (T. Merton, pp. 139-140)



Homilía II:
17. Al fin del verso dice el evangelista: Y el nombre de la virgen era María (Lc 1,27). Digamos también, acerca de este nombre, que significa ‘estrella de la mar’ (San Jerónimo), y se adapta a la Virgen Madre con la mayor proporción. Se compara María oportunísimamente a la estrella; porque, así como la estrella despide el rayo de su luz sin corrupción de sí misma, así, sin lesión suya dio a luz la Virgen a su Hijo. Ni el rayo disminuye a la estrella su claridad, ni el Hijo a la Virgen su integridad. Ella, pues, es aquella noble estrella nacida de Jacob (Cf. Mm 24,17), cuyos rayos iluminan todo el orbe, cuyo esplendor brilla en las alturas y penetra los abismos (Prov 5,5); y, alumbrando también a la tierra y calentando más bien los corazones que los cuerpos, fomenta las virtudes y consume los vicios. Esta misma, repito, es la esclarecida y singular estrella, elevada por necesarias causas sobre este mar grande, espacioso (Sal 103,25), brillando en méritos, ilustrando en ejemplos.
¡Oh!, cualquiera que seas el que en la impetuosa corriente de este siglo te miras, más antes fluctuar entre borrascas y tempestades, que andar por la tierra, no apartes los ojos (Eclo 4,5) del resplandor de esta estrella, si quieres no ser oprimido de las borrascas.
Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la estrella, llama a María.
Si eres agitado de las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la ambición, si de la emulación, mira a la estrella, llama a María.
Si la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impelen violentamente la navecilla de tu alma, mira a María.
Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el abismo de la desesperación, piensa en María.
En los peligros (Cf. 2 Cor 11,26; 6,4), en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no te desvíes de los ejemplos de su virtud.
No te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al puerto, si ella te ampara; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta razón se dijo: Y el nombre de la virgen era María.
Pero ya debernos pausar un poco, no sea que miremos sólo de paso la claridad de tanta luz. Pues, por usar de las palabras del evangelista: Bueno es que nos detengamos aquí (Mt 17,4); y da gusto contemplar dulcemente en el silencio lo que no basta a explicar la pluma laboriosa. Entre tanto, por la devota contemplación de esta brillante estrella recobrará más fervor la exposición en lo que se sigue.

miércoles, 17 de junio de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (X, bis)






Dom Marcelo Molinero, osb.,  Anunciacião florida, Acrílico sobre madera, 2001.

- Es una representación de la Anunciación en base a una Homilía de san Bernardo de Claraval: Homilía 4,8-9; Oficio Romano, I, p. 309.

Además:
- EL ÁRBOL LOS CUATRO RÍOS DEL FONDO
Se refieren al jardín del Edén (cf. Gn 2,8-10.15) del que fue expulsada la humanidad (cf. Gn 3,1-13,17), y al que puede volver la humanidad (cf. Ez 36,33-36) en María (cf. Ct 4,12-15; Is 66,12-14ª).
- ALÉGRATE
Hace referencia al saludo del Ángel (cf. Lc 1,28), donde la promesa mesiánica resuena a favor de la Hija de Sion (cf. Zac 9,9; 2,14-17; Sof 3,14-18ª; Is 12, 1-6; Joel 2,21-23.26-27).
- EL AZUL CON LAS ESTRELLAS
Es la divinidad de Dios Padre y el Espíritu Santo, de la cual está vestida María (Lc 1,35; cf. Is 61,10-11).


El H[no]. Fermín [Gainza], en su librito "Alégrate", sobre el Rosario con cláusulas bíblicas (publicado por [la Editora] San Pablo), nos dejó este bello testimonio de su oración ante el icono de la Anunciación del P. Marcelo Molinero.

Rezar ante este icono, es asomarse a una ventana abierta hacia los cielos. Puede verse el azul lleno de estrellas tras la mano del Padre, tras el vuelo de la Paloma y también –en pleno día- en la estola del diácono arcangélico. Pero el cielo desborda en la cascada del manto de María, en quien el Verbo va haciendo su morada misteriosa vislumbrada en la luz de tres luceros, impronta de la Santa Trinidad que marcan en María el triple sello de la fe, la esperanza y el amor y la convierten en un vivo templo. María piensa, seria, en la alegría que le anuncia el celeste mensajero. Sus manos interrogan el sentido. Como Moisés ante la zarza ardiendo, María escucha con los pies descalzos posados en la paz de un nuevo suelo donde surge el designio del Señor como un árbol florido: su proyecto de reunirnos a todos en su Hijo y convertirnos en su Pueblo nuevo. Proyecto dibujado globalmente que espera la señal del sí materno. Y María lo dice con sus ojos y la elocuencia fiel de su silencio. Rezar ante este icono, es descubrir la fuente de la paz y los senderos que llevan hacia el cielo nuestras vidas con la gracia y la fuerza de su ejemplo. Rezar ante este icono, desgranando los “alégrate” frente a los misterios. Rezar ante este icono, recordando la alegría del Niño y su Evangelio, la luz de su enseñanza salvadora, sus dolores al peso del madero y la gloria de su resurrección, es recibir al fin un nuevo aliento para seguir viviendo día a día el proyecto de Dios en nuestro tiempo. Pascua florida, Anunciación florida, primavera filial de nuestro rezo.

miércoles, 10 de junio de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (X)

ANHELANTE SÚPLICA DE LA RESPUESTA DE MARÍA

“… la Anunciación del Señor…es una fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: el Verbo que se hace "hijo de María" (Mc 6, 3), de la Virgen que se convierte en Madre de Dios. Con relación a Cristo, el Oriente y el Occidente, en las inagotables riquezas de sus Liturgias, celebran dicha solemnidad como memoria del "fiat" salvador del Verbo encarnado, que entrando en el mundo dijo: "He aquí que vengo... para cumplir, oh Dios, tu voluntad" (cf. Hb 10, 7; Sal 39, 8-9); como conmemoración del principio de la redención y de la indisoluble y esponsal unión de la naturaleza divina con la humana en la única persona del Verbo. Por otra parte, con relación a María, como fiesta de la nueva Eva, virgen fiel y obediente, que con su "fiat" generoso (cf. Lc 1, 38) se convirtió, por obra del Espíritu, en Madre de Dios y también en verdadera Madre de los vivientes, y se convirtió también, al acoger en su seno al único Mediador (cf. 1Tim 2, 5), en verdadera Arca de la Alianza y verdadero Templo de Dios; como memoria de un momento culminante del diálogo de salvación entre Dios y el hombre, y conmemoración del libre consentimiento de la Virgen y de su concurso al plan de la redención” (San Paulo VI, Marialis Cultus 6).

Homilía III:

6. Bendito, pues, es el fruto de tu vientre. Bendito en el olor, bendito en el sabor, bendito en la hermosura. La fragancia de este odorífero fruto percibía aquel que decía: El olor que sale de mi Hijo es semejante al de un campo lleno que el Señor colmó de sus bendiciones (Gén 27,27). ¿No será bendito aquel a quien colmó de sus bendiciones el Señor? Del sabor de este fruto, uno que le había gustado, eructaba de este modo, diciendo: Gustad y ved qué suave es el Señor (Sal 23, 9); y en otra parte: ¡Qué grande es, Señor, la abundancia de tu dulzura, que has escondido y reservado para los que te temen! (Sal 30,30). Y otro también: Si es que habéis gustado que es dulce el Señor (1 Pe 2,3). Y el mismo fruto de sí mismo, convidándonos a sí: El que me come, dice, tendrá todavía hambre; y el que me bebe, tendrá todavía sed (Eclo 24,29). Sin duda decía esto por la dulzura de su sabor (Cf. Sab 16,20), que gustado excita el apetito. Buen fruto el que es comida y bebida a un tiempo para las almas que tienen hambre y sed de la justicia (Cf. Mt 5,6). Oíste ya su olor, oíste su sabor, oye también su hermosura; porque, si aquel fruto de muerte (Cf. Gén 3,3) no sólo fue suave para comerse, sino también, por testimonio de la Escritura, agradable a la vista (Cf. Gén 3,6), ¿cuánto más cuidadosamente debemos informarnos de la vivificante hermosura de este fruto vital, en quien, por testimonio igualmente de la Escritura, desean mirar los ángeles mismos (1 Pe 1,12)? Cuya belleza miraba en espíritu y deseaba ver en el cuerpo aquel que decía: De Sión viene el esplendor de su hermosura (Sal 49,2). Y, porque no te parezca que alababa una belleza mediana solamente, acuérdate de lo que tienes escrito en otro salmo: Tú sobrepasas en belleza a todos los hijos de los hombres; la gracia está derramada en tus labios; por eso Dios te bendijo para siempre (Sal 44,3).

Homilía IV:

[Anhelante súplica de la respuesta de María] 8. Oíste, ¡oh Virgen! el hecho; oíste el modo también; lo uno y lo otro es cosa maravillosa, lo uno y lo otro es cosa agradable. Gózate, hija de Sión; alégrate, hija de Jerusalén (Zac 9,9; Ant. “Iucundare”). Y pues a tus oídos ha dado el Señor gozo y alegría, oigamos nosotros de tu boca la respuesta de alegría que deseamos para que con ella entre la alegría y el gozo en nuestros huesos afligidos y humillados (Sal 50,10). Oíste, vuelvo a decir, el hecho, y lo creíste; cree lo que oíste también acerca del modo. Oíste que concebirás y darás a luz a un hijo (Lc 1,31); oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo (Lc 1,35). Mira que el ángel aguarda tu respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que le envió (Cf. Tob 12,20). Esperamos también nosotros, Señora esta palabra de misericordia, a los cuales tiene condenados a muerte la divina sentencia, de que seremos librados por tus palabras. Ve que se pone entre tus manos el precio de nuestra salud; al punto seremos librados si consientes. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos criados, y con todo eso morimos (2 Cor 6,9); mas por tu breve respuesta seremos ahora restablecidos para no volver a morir. Esto te suplica, ¡oh piadosa Virgen , el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su miserable posteridad. Esto Abraham, esto David con todos los santos Padres tuyos, los cuales están detenidos en la región de la sombra de la muerte (Cf. Is 9,2. Vg.; Lc 1,79); esto mismo te pide el mundo todo postrado a tus pies. Y no sin motivo, aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los condenados, la salud, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo vuestro linaje. Da, ¡oh Virgen!, aprisa la respuesta.

¡Ah!, Señora, responde aquella palabra que espera la tierra, que espera el infierno, que esperan también los ciudadanos del cielo. El mismo Rey y Señor de todos, cuanto deseó tu hermosura (Cf. Sal 44,12), tanto desea ahora la respuesta de tu consentimiento; en la cual sin duda se ha propuesto salvar el mundo (Cf. Jn 3,17). A quien agradaste por tu silencio agradarás ahora mucho más por tus palabras, pues Él te habla desde el cielo diciendo: ¡Oh hermosa entre las mujeres (Cant 1,7), hazme que oiga tu voz (Cant 8,13)! Si tú le haces oír tu voz, Él te hará ver el misterio de nuestra salud (Lc 2,30). ¿Por ventura, no es esto lo que buscabas, por lo que gemías, por lo que orando días y noches suspirabas (Jos 1,8; Ecle 8,16)? ¿Qué haces, pues? ¿Eres tú aquella para quien se guardan estas promesas o esperamos otra? (Cf. Mt 11,3)

No, no; tú misma eres, no es otra. Tú eres, vuelvo a decir, aquella prometida, aquella esperada, aquella deseada, de quien tu santo padre Jacob, estando para morir (Eclo 11,20), esperaba la vida eterna, diciendo: Tu, salud esperaré, Señor (Gén 49,18). En quien y por la cual Dios mismo, nuestro Rey, dispuso antes de los siglos obrar la salud en medio de la tierra. ¿Por qué esperaras de otra lo que a ti misma te ofrecen? ¿Por qué aguardarás de otra lo que al punto se hará por ti, como des tu consentimiento y respondas una palabra? Responde, pues, presto al ángel, o, por mejor decir, al Señor por el ángel; responde una palabra y recibe otra palabra (Sant 1,21); pronuncia la tuya y concibe la divina; articula la transitoria y admite en ti la eterna. ¿Qué tardas? ¿Qué recelas?

Creo, di que sí y recibe. Cobre ahora aliento tu humildad y tu vergüenza confianza. De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la prudencia. En sólo este negocio no temas, Virgen prudente, la presunción; porque, aunque es agradable la vergüenza en el silencio, pero más necesaria es ahora la piedad en las palabras. Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado de todas las gentes (Ageo 2,8) está llamando a tu puerta (Cf. Apoc 3,20; Cant 5,2). ¡Ay si, deteniéndote en abrirle, pasa adelante, y después vuelves con dolor a buscar al amado de tu alma (Cf. Cant 3,1-4)! Levántate, corre, abre (Cf. Cant 2,10; 5,5). Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.


Ejercicio: Lectio del Icono de la Anunciación Florida.



miércoles, 3 de junio de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (IX)

LA GRACIA DE MARÍA ANTES DE LA MATERNIDAD

“Con Bernardo, no se trata sin más de una meditación personal, aun cuando su amor esté implicado: su experiencia no está ausente, pero es la experiencia de la Iglesia. Buena parte de lo que escribe está inspirado directamente en los Padres” (T. Merton, p. 134).




Homilía III:

1. Me agrada usar de las palabras de los santos siempre que oportunamente se pueden adaptar a los asuntos que trato, para que así se hagan más gratas, a lo menos por la belleza de los vasos, las cosas que en mis discursos presento al lector. Pero, por comenzar ahora con las expresiones del profeta, ¡ay de mí! , no a la verdad al modo del profeta, porque callé, sino porque he hablado, pues mis labios son impuros (Is 6,5). ¡Ay! ¡Cuántas cosas vanas, cuántas cosas falsas, cuántas cosas torpes me acuerdo haber vomitado por esta misma asquerosísima boca mía, en que ahora presumo tratar palabras celestiales! Mucho terno que esté cerca aquel momento en que haya de oír que me dicen: ¿Cómo cuentas tú mis justicias y tomas mi testamento en tu boca (Sal 49,16)? Ojalá que a mí también me trajeran del soberano altar, no una sola ascua, sino un globo grande de fuego que consumiese enteramente la mucha e inveterada inmundicia de mi sucia boca (Cf. Is 6,6-7), a fin de hacerme digno de repetir con mi expresión, tal cual ella sea, los gratos y castos coloquios del ángel con la Virgen y la respuesta de la Virgen al ángel.

[La entrada del ángel] Dice, pues, el evangelista: Y habiendo entrado el ángel a ella, sin duda a María, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo (Lc 1,28). ¿Adónde entró a ella? Juzgo que al secreto de su casto aposento (Ecle 10,20), en donde quizá, cerrada la puerta sobre sí, estaba en lo oculto orando al Padre (Mt 6,6). Suelen los ángeles estar presentes a los que oran y deleitarse en los que ven levantar sus puras manos en la oración (1 Tim 2,8); se alegran de ofrecer a Dios el holocausto de la devoción santa como incienso agradable al cielo (Ef 5,2). Cuánto habían agradado las oraciones de María en la presencia del Altísimo (Eclo 35,8; 39,6), lo indica el ángel saludándola con tanta reverencia. Ni fue dificultoso al ángel penetrar en el secreto aposento de la Virgen, pues por la sutileza de su substancia tiene la natural propiedad de que ni las cerraduras de hierro le pueden estorbar la entrada a cualquiera parte que su ímpetu le lleve (Cf. Ez 1,12-20). No resisten a los angélicos espíritus las paredes, sino que les ceden todas las cosas visibles; y todos los cuerpos, por más sólidos o densos que sean, están francos y penetrables para ellos. No se debe, pues, sospechar que encontrase el ángel abierta la puertecita de la Virgen, cuyo propósito era evitar la concurrencia de los hombres y huir de sus conversaciones; para que así, o no fuese perturbado el silencio de su oración, o no fuese tentada su castidad, de que hacía profesión. Por tanto, había cerrado sobre sí su habitación en aquella hora la Virgen prudentísima, pero a los hombres, no a los ángeles; por consiguiente, aunque pudo entrar el ángel donde estaba, pero a ninguno de los hombres era la entrada fácil.

[En María reside la plenitud del Dios uno y trino] 2. Habiendo, pues, entrado el ángel a María, le dijo: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo. Leemos en los Actos de los Apóstoles que San Esteban estuvo lleno de gracia y que los apóstoles también estuvieron llenos del Espíritu Santo; pero muy diferentemente que María; porque, a más de otras razones, ni en aquél habitó la plenitud de la divinidad corporalmente (Cf. Col 2,9), como habitó en María, ni éstos concibieron del Espíritu Santo, como María (Hch 2,4; 6,5.8). Dios te salve, dice, llena de gracia, el Señor es contigo. ¿Qué mucho estuviera llena de gracia, si el Señor estaba con ella?

Lo que más se debe admirar es cómo el mismo que había enviado el ángel a la Virgen fue hallado con la Virgen por el ángel. ¿Fue Dios más veloz que el ángel, de modo que con mayor ligereza se anticipó a su presuroso nuncio para llegar a la tierra? No hay que admirar, porque estando el Rey en su reposo, el nardo de la Virgen dio su olor (Cant 1,11) y subió a la presencia de su gloria el perfume de su aroma y halló gracia en los ojos del Señor, clamando los circunstantes: ¿Quién es esta que sube por el desierto como una columnita de humo formada de perfumes de mirra e incienso? (Cant 3,6; Tob 3,24). Y al punto el Rey, saliendo de su lugar santo, mostró el aliento de un gigante para correr el camino (Sal 18,6-7); y, aunque fue su salida de lo más alto del cielo, volando en su ardentísimo deseo, se adelantó a su nuncio, para llegar a la Virgen, a quien había amado, a quien había escogido para sí, cuya hermosura había deseado. Al cual, mirándole venir de lejos, dándose el parabién y llenándose de gozo, le dice la Iglesia: Mirad cómo viene éste saltando en los montes, pasando por encima de los collados (Cant 2,8).

3. Mas con razón deseó el Rey la hermosura de la Virgen, pues había puesto por obra todo lo que mucho antes había sido amonestada por David, su padre, que la decía: Escucha, hija, y mira; inclina tu oído y olvida tu pueblo y la casa de tu padre. Y si esto haces, deseará el Rey tu hermosura (Sal 44, 11-12). Oyó, pues, y vio; no como algunos, que oyendo no oyen y viendo no entienden (Cf. Mc 4,12), sino que oyó y creyó; vio y entendió. Inclinó su oído a la obediencia y su corazón a la enseñanza (Job 17,4), y se olvidó de su pueblo y de la casa de su padre; porque ni pensó en aumentar su pueblo con la sucesión ni intentó dejar herederos a la casa de su padre, sino que todo el honor que pudiera tener en su pueblo, todo lo que pudiera tener de bienes terrenos por sus padres, lo abandonó como si fuera basura, para ganar a Cristo (Cf. Fil 3,8). Ni la engañó su pensamiento, pues logró, sin violar el propósito de su virginidad, tener a Cristo por hijo suyo. Con razón se llama llena de gracia, pues tuvo la gracia de la virginidad; y, a más de eso, consiguió la gloria de la, fecundidad. 

[Jesús, causa y bendición de María] 5. Bendita tú eres entre las mujeres (Lc 1,42). Quiero juntar a esto lo que añadió Santa Isabel a estas mismas palabras, diciendo: Y bendito es el fruto de tu vientre (Lc 1,42). No porque tú eres bendita es bendito el fruto de tu vientre, sino porque él te previno con bendiciones de dulzura (Sal 20,4), eres tú bendita. Verdaderamente es bendito el fruto de tu vientre, pues en él son benditas todas las gentes (Gál 3,8); de cuya plenitud también recibiste tú con los demás (Jn 1,16), aunque de un modo más excelente que los demás. Por tanto, sin duda eres tú bendita, pero entre las mujeres; mas él es bendito, no entre los hombres, no entre los ángeles precisamente, sino como quien es, según habla el Apóstol, sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos (Rm 9,5). Suele llamarse bendito el hombre, el pan bendito, bendita la mujer, bendita la tierra y las demás cosas en las criaturas que están benditas; pero singularmente es bendito el fruto de tu vientre (Lc 1,42), siendo él, sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos.

sábado, 30 de mayo de 2020

SOLMENIDAD DE PENTECOSTES (SANTA HILDEGARDA DE BINGEN, DOCTORA DE LA IGLESIA)


Oh fuego del Espíritu confortador, vida de la vida de toda la creación.

Sois santo infundiendo vida a las formas.

Sois santo poniendo ungüento a los malheridos,

sois santo purificando las llagas fétidas.

Aliento de santidad, fuego del amor, sabor dulce dentro de los pechos, infundido en los corazones con el perfume de las virtudes.

Fuente purísima, en la cual se muestra cómo Dios reúne a los desencaminados y va en búsqueda de aquellos que se han perdido.

Coraza de vida, esperanza de unidad de todos los miembros, cinturón de honestidad, salvad a los bienaventurados.

Guardad a aquellos que han sido hechos prisioneros por el enemigo, y liberad a los encadenados, a los cuales quiere salvar el poder divino.

Oh, camino firmísimo, que atravesáis todos los lugares, las alturas, los lugares llanos y todos los abismos, vos todo lo componéis y reunís.

Para vos las nubes corren, el aire vuela, las piedras tienen humedad, los riachuelos brotan de las fuentes, y la tierra rezuma verdor.

Vos siempre habéis guiado a los doctos, alegrados por la inspiración de la sabiduría.

Así pues, alabanza a vos, que sois sonido de alabanza y gozo de vida, esperanza y honor supremo, otorgando los dones de la luz.



Secuencia al Espíritu Santo, Santa Hildegarda de Bingen







Azucena A. Fraboschi - Esther D. Portiglia; Creo... Meditando sobre Fe e Iglesia, con Santa Hildegarda de Bingen



X. CREO EN EL ESPÍRITU SANTO.



  1. Ven, Espíritu Santo… El envío



Jesús Lo promete en la última cena: “Y Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito –Consolador e Intercesor– para que permanezca con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad que el mundo no puede recibir porque no Lo ve ni Lo conoce. […] Pero el Paráclito, el Espíritu Santo que el Padre os enviará en Mi nombre os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho.” (Juan 14, 16-17; 26). Los discípulos acaban de escuchar las misteriosas palabras de Cristo dándoles el pan y el vino como Su cuerpo y Su sangre, presienten un doloroso final, una separación, están tristes y desorientados. Y aún hay más: “Yo os digo la verdad. Os conviene que Yo me vaya, porque si no Me voy el Paráclito no vendrá a vosotros, pero si Me voy os Lo enviaré.” (Juan 16, 7). Juan Pablo II subraya que “según el designio divino, la ‘partida’ de Cristo es condición indispensable del ‘envío’ y de la venida del Espíritu Santo.” (Dominum et vivificantem § 11). ¿Por qué? Lo dice a continuación, cuando recuerda la creación del hombre, vivificado por el Divino Espíritu, a la que siguió el pecado que, poniendo al hombre bajo el mortal dominio del demonio, alejó de él al Espíritu de vida y de gracia. La recreación, nuevamente por obra del Espíritu Santo, no podía darse sino después de la redención, es decir, de la muerte salvífica de Cristo en la cruz, muerte que pagando la deuda contraída rescataba al hombre de la esclavitud y lo tornaba libre, devolviéndole la relación filial con el Padre: “Porque sois hijos Dios, ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de Su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gálatas 4, 6) (§§ 13-14. 135).

A propósito de esta voz del Espíritu Santo en nuestros corazones, traemos unas palabras del papa Benedicto XVI, de una de sus catequesis sobre la oración: Sabemos que es verdad lo que dice el Apóstol: “No sabemos orar como conviene”. Queremos orar, pero Dios está lejos, no tenemos las palabras, el lenguaje para hablar con Dios, ni siquiera el pensamiento. Sólo podemos abrirnos, poner nuestro tiempo a disposición de Dios, esperar que Él nos ayude a entrar en el verdadero diálogo. El Apóstol dice que precisamente esta falta de palabras, esta ausencia de palabras, incluso este deseo de entrar en contacto con Dios, es oración que el Espíritu Santo no sólo comprende, sino que lleva, interpreta ante dios. Precisamente esta debilidad nuestra se transforma, a través del Espíritu Santo, en verdadera oración, en verdadero contacto con Dios. El Espíritu Santo es, en cierto modo, intérprete que nos hace comprender a nosotros mismos y a Dios lo que queremos decir.” (“La oración en las cartas de san Pablo”, miércoles 16 de mayo de 2012)

¡Qué consoladora verdad, que acompaña y conforta nuestras vidas, nuestros silencios, nuestras necesidades, nuestros callados gritos, tantas desolaciones…, pero que también expresa nuestra gratitud y nuestro amor que también a veces, desbordándonos, nos dejan sin palabras!

Pero volvamos a la promesa del envío, y a Jesús que continúa diciendo: “Cuando Él, el Espíritu de la Verdad venga, os guiará hacia toda la verdad, pues no hablará por Sí mismo sino que dirá lo que habrá oído, y os anunciará lo que ha de venir. Él Me glorificará porque recibirá de lo Mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que recibirá de lo Mío y os lo anunciará.” (Juan 16, 13-15). Henri de Lubac lo afirma con clara contundencia: “Después de la glorificación de Jesús se nos dio el Espíritu, y este don del Espíritu, en el día de Pentecostés, acabó de constituir la Iglesia. […] Fiel a la misión de Aquel ‘en Cuyo nombre’ –Cristo– nos ha sido enviado, nos hace comprender Su mensaje, nos hace ‘volver a recordar’, pero no añade nada. […] Después que Jesús volvió a subir al Padre, Él –el Espíritu Santo– continúa hablando, pero es únicamente para dar testimonio de Jesús, como Jesús da testimonio del Padre. […] No hay más Espíritu que este Espíritu de Jesús, y el Espíritu de Jesús es el alma que anima Su cuerpo.” (Meditación sobre la Iglesia, p. 230-31). El Espíritu de Jesús es el alma que anima Su Cuerpo Místico, esto es la Iglesia, nosotros, cada uno de nosotros, Sus miembros.

El Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo que nos ha sido enviado, a Quien hemos recibido, Quien mora en nosotros, pero… ¿podemos ahora decir algo más de Él?





  1. El Espíritu Santo, ese fuego inextinguible



El Espíritu Santo es verdaderamente un fuego inextinguible, y Quien da todos los bienes, ilumina todos los bienes, suscita y reaviva todos los bienes, enseña todos los bienes (El libro de los merecimientos de la vida 6, 20. Hildegardis Liber Vite Meritorum, p. 271). El Espíritu Santo es verdaderamente un fuego inextinguible. “Dios no es un fuego escondido ni un fuego callado y silencioso, sino que es un fuego operante” (Idem. 1, 25. Hildegardis Liber Vite Meritorum, p. 23). El fuego, elemento dinámico, poderoso e inasible; es útil al hombre para la consecución de su vida y de sus obras, pero en ocasiones constituye un peligro para esa vida, construye y destruye con igual eficacia. En la Iglesia, tanto en la Sagrada Escritura cuanto en la liturgia, el fuego tiene múltiples apariciones. Es expresión de la majestad y el poder de Dios (como en el Sinaí, en ocasión de la promulgación del decálogo que sellaba la Alianza con Dios, donde “cara a cara nos habló en el monte en medio del fuego”, Deuteronomio 5, 4); es la corporización de su cólera (como en la destrucción de Sodoma y Gomorra, cuando “Dios hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego proveniente de Dios desde el cielo”, Génesis 19, 24); es símbolo del Amor divino (como leemos en la exclamación de Cristo: “Fuego vine a traer a la tierra, ¿y qué otra cosa quiero sino que arda?”, Lucas 12, 49); es fuente de Luz e iluminación (como sucedió en Pentecostés, cuando “se les aparecieron a los apóstoles lenguas divididas, como de fuego, y se posaron sobre cada uno de ellos, y fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar varias lenguas”, Hechos de los Apóstoles 2, 3-4); es, en conjunción de destrucción y amor –la destrucción de lo que se opone al amor–, medio de purificación (como sucedió con el profeta Elías quien, cuando se acusaba de ser un hombre de labios impuros, nos dice que “voló hacia mí uno de los serafines que llevaba en su mano una piedrecilla ardiente que había tomado del altar con una tenaza, y tocó mi boca diciendo: He aquí que esto ha tocado tus labios, desaparecerá tu iniquidad y tu pecado será purificado”, Isaías 6, 6-7). Quien da todos los bienes… Esta reiterada mención de los bienes alude a las inmensas riquezas, a los carismas y a los dones del Espíritu Santo:

El alma en el cuerpo humano, desde el inicio de sus obras hasta la finalización de las mismas, debe venerar los siete dones del Espíritu Santo con igual cuidado amoroso; de manera tal que en el inicio de su operación acuda a la Sabiduría y al término de la misma experimente el Temor, y ponga la Fortaleza en el medio, edificándose con el Entendimiento y el Consejo en las realidades celestiales, y también rodeándose de la Ciencia y la Piedad en las terrenales: a todos ellos debe recibir en su auxilio con igual devoción. Por consiguiente el alma debe poner su cuidado para dilatarse sabiamente al principio, pero temerosa y con modestia recogerse al final, y entre ambos momentos se adorne con la Fortaleza y con la belleza del Entendimiento y del Consejo y también se provea de Ciencia y Piedad, como ya se dijo. Y cada uno de ésos se une al otro para llevar toda obra buena a su cumplida realización, con decoro (El libro de las obras divinas 1, 4, 22. Hildegardis Bingensis Liber Divinorum Operum, p. 154).

Es éste un buen momento, en nuestro recorrido por los caminos de la fe, para volver nuestra mirada hacia los dones del Espíritu, que en su plenitud se encuentran en Cristo (Véase Isaías 11, 1-2) y que como donación son brindados a los hombres: Sabiduría (don que dándonos a conocer la verdadera felicidad nos desapega de las cosas del mundo y nos hace gustar y amar los bienes celestiales), Inteligencia o Entendimiento (para más fácilmente conocer y penetrar la Palabra de Dios y las verdades reveladas), Consejo (que hace posible ver y elegir lo que más glorifica a Dios y conviene a la salvación de nuestra alma), Fortaleza (que permitiéndonos superar obstáculos y dificultades adversos a nuestra salvación, nos une más íntimamente a Dios), Ciencia o Conocimiento (que nos proporciona el conocimiento de Dios y de nosotros mismos, y de los medios a poner en práctica y los peligros a evitar para llegar al Reino celestial), Piedad o Santidad (que nos conduce a cumplir con un amor gozoso todo lo que atañe al servicio de Dios y del prójimo) y Temor de Dios (don que llenándonos de respeto y reverencia hacia Dios, nos hace poner todo nuestro cuidado en evitar ofenderlo, para no perder a Quien se ama). Esta secuencia del Espíritu Santo, esta alabanza que podemos rezar como invocándolo, nos ayuda a reconocer y apreciar los múltiples y riquísimos modos de acción del Santo Espíritu en la Iglesia, y en cada uno de nosotros.

domingo, 24 de mayo de 2020

ASCENSION DEL SEÑOR 2020



Señor, quédate con nosotros invisiblemente, según tu promesa, y visita a esta familia que se reúne para adorar tu gloriosa Ascensión. Visítala (pronto) por tus sacramentos y envía a tu Iglesia el Espíritu, de parte del Padre, para que el amor, como un fruto maduro, incline nuestros corazones hacia las buenas acciones.



Que la alegría ilumine el rostro de tus fieles.

Que la paz (y la salud) reine en las Naciones. 

Que la paciencia fortifique nuestra amistad cristiana. 

Que la caridad riegue la tierra árida de nuestras almas. 

Que la buena voluntad tome el lugar de la indiferencia. 

Que la fidelidad sea el huésped elegido de nuestras familias.  

Que la mansedumbre sea el báculo de nuestros obispos y nuestros jefes (dirigentes).

Y que, en la temperancia, llevándonos mutuamente nuestras cargas, estemos listos para tu Venida gloriosa.

Oración de bendición de los fieles, tomada y adaptada de liturgia ortodoxa de Francia.

miércoles, 20 de mayo de 2020

AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (VIII)

SUBSTRATO MONÁSTICO/RELIGIOSO DE SU DEVOTIO/MÍSTICA MARIANA



Monasterio como schola humilitatis.
Los monjes que no han abandonado de corazón el mundo, sino de palabra.
“Nunca la separa de Cristo ni de la Iglesia: como Madre de Dios, se ha convertido también en madre de todos los hijos de Dios; le fue concebida la maternidad virginal para la salvación de todo el género humano. Es la realización más perfecta del Israel de Dios, el modelo y símbolo del pueblo elegido y rescatado, el ejemplo perfecto de santidad a la que tendían la antigua y nueva Alianza, y que se cumple en la Iglesia. Desde este punto de vista, la mariología de Bernardo, lo mismo que su eclesiología, es monástica: las virtudes que admira y aconseja imita de la Virgen son la humildad, la obediencia, el espíritu de silencio, el recogimiento, la práctica de la oración personal y la búsqueda de la unión íntima con Dios en el amor” (J. Leclercq, pp. 97-98).



 

Homilía IV:

[María, humildísima en la gloria, denuncia a los clérigos que se ensalzan] 9. He aquí, dice la Virgen, la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc 1,38). Siempre suele ser familiar a la gracia la virtud de la humildad, pues Dios resiste a los soberbios y da su gracia a las humildes (Prov 5,34; Sant 4,6; 1Pe 5,5). Responde, pues, humildemente, para preparar de este modo conveniente trono a la divina gracia. He aquí, dice, la esclava del Señor. ¿Qué humildad es ésta tan alta que no se deja vencer de las honras ni se engrandece en la gloria? Es escogida por madre de Dios y se da el nombre de esclava. Por cierto, no es pequeña muestra de su humildad no olvidarse de la humildad en medio de tanta gloria como la ofrecen. No es cosa grande ser humilde en el abatimiento, pero es muy grande y muy rara ser humilde en el honor., Y sin embargo, a -vista de esto, yo, hombre miserable y de ningún mérito, si me eleva la Iglesia, engañada de mis disimulos, a algún honor, aunque no sea de los mayores, permitiéndolo Dios así o por mis pecados o por los de mis súbditos, me olvido al momento de quien he sido (Cf. Sant 1,24) y me reputo tal en mi interior cual me han reputado los demás hombres que no conocen el corazón (Cf. 1 Sam 16,7). Creo a la fama, no atiendo a la conciencia, y juzgando no la virtud honor, sino el honor virtud, me tengo por más santo cuando me veo más elevado.

Verás a muchos en la Iglesia que, hechos nobles de innobles (1 Cor 1, 26-28; 4,10), de pobres ricos (Sal 48,17), se ensalzan repentinamente y se olvidan de su antigua bajeza; aún se avergüenzan de su mismo linaje y se desdeñan de sus humildes padres. Verás también hombres adinerados volar a cualesquiera honores eclesiásticos, y luego aplaudirse a sí mismos de santidad precisamente por haber mudado los vestidos y no las almas; y juzgarse merecedores de la dignidad a que llegaron por la ambición, y lo que (si me atrevo a decirlo) alcanzaron con el dinero, atribuirlo a su mérito. Paso en silencio a otros a quienes ciega la ambición y el mismo honor les sirve de materia para su soberbia.



[Contra los que relajan la observancia monástica] 10. Pero (RB 7 y 33) veo (no sin mucho dolor) a algunos que, después de haber dejado la pompa del siglo, aprenden a ser soberbios en la escuela de la humildad, y bajo ~ de las alas del manso y humilde Maestro (Cf. Mt 11,29) muestran mayor altivez y se hacen más impacientes en el claustro que hubieran sido en el siglo. Y, lo que es todavía más fuera de razón, muchos no sufren ser despreciados en la casa de Dios (Sal 83,11), que no podrían ser sino despreciables en la suya, pretendiendo sin duda así, ya que no pudieron tener lugar en donde los honores eran apetecidos de todos, a lo menos parecer dignos de honor en donde por todos se menosprecian los honores.

Veo también a otros (lo cual no se puede ver sin sentimiento), después de haber comenzado la milicia de Cristo, volverse otra vez a los negocios mundanos (2 Tim 2,4), sumergirse otra vez en los deseos de la tierra; levantar con grande cuidado muros (Eclo 49,15) y descuidar las costumbres; con pretexto de la utilidad común, vender sus adulaciones a los ricos y visitar a las mujeres poderosas; aun también, contra lo mandado por el Emperador del cielo, codiciar lo ajeno y querer reintegrarse en lo suyo con litigios; no atendiendo al Apóstol, que en nombre del Rey levanta la voz: Es ya un pecado entre vosotros el tener pleitos unos con otros; ¿por qué no toleráis antes el agravio? (1 Cor 6,7)

¿Pues qué, de tal suerte han crucificado el mundo a sí mismos y a sí mismo al mundo (Gal 6,14) que los que antes en su lugar o aldea apenas eran conocidos, ahora, rodeando las provincias y frecuentando las cortes, han conseguido el conocimiento de los reyes y la familiaridad de los príncipes?

¿Qué diré del mismo hábito, en que ya no se busca el calor, sino el color, y se cuida más del lustre de los vestidos que de las virtudes? ¡Vergüenza da el decirlo! Queda muy atrás la viva afición a adornarse, propia de las mujeres del siglo, cuando con tanto cuidado solicitan los monjes el precio en los vestidos, no la necesidad; a lo menos dan a entender en esto que, despojándose de la forma de religión, desean no ser armados, sino adornados los mismos que hicieron profesión de soldados de Cristo (Cf. 2 Tim 2,3); los cuales, cuando debían prevenirse para la batalla (2 Re 18,20; Joel 2,5) y poner delante, contra las potestades del infierno (Cf. Ef 2,2; 6,12), las insignias de la pobreza (que ciertamente ellas temen mucho), mostrando más en la delicadeza de sus vestidos las señales de paz (Cf. Mt 11,8), voluntariamente se entregan, sin haber recibido herida y desarmados, al enemigo. Ni tienen otra causa semejantes males, sino que, desamparando aquella humildad con que habíamos dejado el siglo, impelidos ya por esto mí sino a seguir los frívolos cuidados de los hombres mundanos, nos hacemos semejantes a los animales, que vuelven al vómito (Prov 26,11).



Ejercicio: Elegir para la lectio divina un texto mariano del NT, ni evangélico, ni paulino. (Hch 1,12-14; Ap 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab; Ap 21, 1-5a…).