Por Juan Pablo Sánchez Noli (18 fotos)
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domingo, 10 de mayo de 2020
sábado, 13 de julio de 2019
sábado, 1 de diciembre de 2018
lunes, 1 de enero de 2018
29 de diciembre de 2017
Padre José Blas Veronesi, osb.
60 ANIVERSARIO DE MI ORDENACIÓN SACERDOTAL
1ªJn. 2, 3-11—S. 95, 1-3. 5-6 – Lc.2, 22-35
HOMILÍA DE LA MISA PRESIDIDA POR EL SR. ARZOBISPO DE
TUCUMÁN
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios que estamos celebrando me mueve a compartir con Ustedes
dos sentimientos que inundan mi alma en este momento: Acción de gracias y testimonio de la misericordia del Señor.
Acción de gracias:
El evangelio que se acaba de proclamar nos invita a hacer nuestro el gozo y
la acción de gracias del anciano Simeón.
Lleno del Espíritu Santo y conducido por Él, tomó en brazos al Niño Jesús y
reconoció en ese niño pequeño al Ungido del Padre: el Mesías prometido y
esperado durante siglos. El Espíritu
Santo le había prometido que no moriría sin ver al Ungido de Yahvé.
Simeón, bajo la acción del Espíritu Santo, exultó de gozo y prorrumpió en canto de alabanza y
acción de gracias y, con asombro de María y José, lo proclamó Salvador de todos
los pueblos: “Luz para iluminar a los paganos y gloria de tu Pueblo Israel”.
Fue tan intensa su alegría por haber contemplado con sus ojos al Salvador,
que su canto, más que acción de gracias se hizo anhelo incontenible del gozo
eterno.
Qué el anciano Simeón nos contagie su alegría y su acción de gracias!
Hoy, Hermanos, la Iglesia nos convoca a proclamar en esta Eucaristía las
maravillas que obra el Señor: Hoy queremos dar gracias por el don del
sacerdocio que, en Jesús, el Padre ha regalado a su Iglesia.
En los 60 años de mi ordenación sacerdotal levantemos nuestra mirada hacia
Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote.
Más allá de este elegido, fijemos
nuestros ojos en la munificencia de un Dios que elige la pequeñez de sus
servidores para que se haga manifiesta la gloria de su fidelidad: Un Dios AMOR
inquebrantablemente FIEL a la Alianza que establece con nosotros; FIEL a su
elección, FIEL a su Alianza más allá de cuantas veces nosotros la hayamos
quebrantado: los dones del Señor son sin arrepentimiento: Él nunca se desdice!
Hoy debemos dar gracias al Padre por nuestro Sumo Sacerdote Jesucristo que
ha querido hacer presente su sacerdocio hasta que Él vuelva, en aquellos a
quienes hizo partícipes de su unción sacerdotal por el Espíritu Santo: A Ti, Señor, gloria, alabanza y acción de
gracias por estos 60 años de tu presencia sacerdotal en la pequeñez de tu
servidor!
Es justo, también, hermanos, que hoy demos gracias por lo que el Señor ha hecho en Ustedes porque Cristo-Sacerdote
ha querido asumirlos en su sacerdocio, constituyéndolos en Pueblo Santo, Pueblo
sacerdotal por el bautismo.
Es justo darle gracias porque a lo largo de los siglos sigue llamando al
Orden Sagrado a hombres frágiles para que Ustedes, Pueblo sacerdotal, en cada
Eucaristía puedan ofrecerse con Cristo al Padre como hostia viva en sacrificio
espiritual.
Qué el Padre bueno nos conceda no sólo celebrar con Cristo la Eucaristía,
sino también con Él y en Él “ser Eucaristía” a lo largo de todo nuestro día, a
lo largo de toda nuestra vida. Ser Eucaristía es estar atento a todas las
necesidades de nuestros hermanos, es brindarnos sin medida, “es dejarnos comer”
como Jesús por todo el que necesite nuestra entrega. Ser Eucaristía es hacer vida el Mandamiento
Nuevo del amor.
Que María y José nos presenten hoy en este templo, para que Jesús desde
nuestro servicio sacerdotal siga siendo luz que ilumina a los paganos y gloria
de su pueblo Israel, el nuevo Israel que es su Iglesia.
Acción de gracias y testimonio, les dije al comenzar.
Mi testimonio de todos estos años de vida sacerdotal y monástica no puede
ser otro que proclamar la misericordia del Señor.
En la historia de mi vocación (que en profundidad sólo el Señor conoce) su
misericordia se manifestó antes de cualquier búsqueda mía. Como diría el Papa
Francisco: “me primerió”.
No me cabe duda que mi vocación sacerdotal y monástica surgió, floreció y
maduró al calor de una familia profundamente cristiana: un padre y una madre
para quienes Dios era lo primero; una madre que en la sencillez transparente de
su fe fue con absoluta confianza a la iglesia donde fuimos bautizados a pedirle
al Señor que le concediera un hijo sacerdote… y el Señor que supera todo deseo
le dio, no uno, sino dos… y además, monjes!
¿Cómo sentí el llamado? Misterio del
amor del Señor!
Ante la clásica pregunta que tantas veces se hace a los niños: Qué quieres
ser cuando seas grande? Sólo recuerdo la
respuesta en mi interior: Seré sacerdote. Sin duda, todavía en la nebulosa de
mi mente infantil; pero en la claridad del Dios que llama.
Pero no sólo quería ser sacerdote, quería serlo con los monjes
benedictinos.
Que ¿Qué podía entender a mis siete o diez años, de sacerdocio y de vida
monástica? Esas son preguntas que se hacen las personas mayores! A esa edad,
más que entender, se vive… se vive una inquietud que el Señor ha sembrado en el
corazón.
¿Cómo la sembró en mi caso? Ane todo, como dije, desde el clima espiritual
de mi familia y desde la oración de una madre.
Pero también, hoy estoy convencido que aquella primera nebulosa se fue
haciendo luz en el contacto con un santo monje sacerdote cuya unción, entrega y
celo apostólico lo llevaba hasta poner en riesgo su salud y su misma vida por llevar
a todos a Cristo.
Periódicamente establecía en mi casa el centro de sus misiones rurales. Un
gran galpón se transformaba por unos diez días
en templo multi-uso de catequesis, predicación, sacramentos y
eucaristía.
Sin que yo lo reflexionara el ejemplo de su vida fue penetrando como por
ósmosis todo mi ser.
Pude luego compartir unos diez días con los niños aspirantes en la Abadía
de los monjes. Y allí me llevó el Señor a mis diez años.
Todavía contemplo a mi madre en el andén de la estación de tren
despidiéndome, quizás con el corazón desgarrado, pero rebozando felicidad…
Y el Señor fue haciendo pacientemente su obra. En lo que llamaban “el Oblatado” (seminario menor de la Abadía), viejo edificio a unos
doscientos metros del Monasterio se desarrollaba toda nuestra jornada de
oración, estudio y formación.
Allí fui conociendo mejor la
vocación sacerdotal, enamorándome cada vez más de la vida monástica.
Esperábamos con ansia los domingos y fiestas en que los niños podíamos
participar de la liturgia de los monjes.
Y así pasaron esos años de estudios humanísticos, el año de noviciado, la
profesión monástica, el trienio de filosofía, le teología y, ya en la fundación
de este Monasterio, la ordenación sacerdotal, hace hoy sesenta años…
Y el Señor, siempre FIEL, sosteniendo, animando, afianzando, perdonando…
Y, por cierto, junto a Él, la constante presencia de María, a lo largo de
todos estos años, con momentos puntuales muy intensos.
¿Qué más puedo, sino dar testimonio de la infinita misericordia del Señor?
SÍ, es justo proclamar su misericordia porque he vivido la experiencia de
que Él nunca nos abandona, de que siempre nos tiene de su mano; experiencia del
amor de un Padre fiel que disipa nuestras tinieblas con la luz de su Espíritu
Santo;
experiencia de su gracia que alienta y sostiene nuestra entrega en los días
de bonanza y en el agobio de la lucha; experiencia de su fuerza que nos fortalece en nuestras flaquezas; experiencia de un Cristo siempre presente aún en las más oscuras noches de nuestra fe vacilante;
experiencia del Cristo que camina con nosotros por las oscuras quebradas de nuestras dudas;
experiencia del Cristo dormido pero vigilante que calma las olas de un mar tempestuoso a punto de hundir nuestra barca;
experiencia del Cristo que nos rescata del barro de nuestro pecado, nos lava en su sangre y nos reviste con el manto de su luz;
experiencia de la ternura del Padre bueno que en el silencio contemplativo de nuestra oración, nos mira como a Jesús, nos habla al corazón y en la brisa suave de su voz nos dice : “Tú eres mi hijo muy amado…”
Hermanos, silenciemos el corazón para escuchar siempre esa palabra del Padre; permanezcamos siempre con Jesús bajo esa mirada.
SEÑOR Y PADRE NUESTRO, CONCÉDENOS
VIVIR SIEMPRE CON ALEGRÍA
BAJO TU MIRADA.
AMÉN
sábado, 9 de diciembre de 2017
lunes, 30 de octubre de 2017
Pascua del Abad Benito, osb. Testimonios.
Un tímido valiente
Hna. Cristina
Azabal (Mercedaria)
Hace años, cuando investigaba sobre la vida
de Monseñor Romero, leí que alguien lo había definido como un “tímido valiente”. Me gustó mucho,
quizá porque yo misma me he sabido siempre así (tímida, no valiente…).
Cuando el viernes temprano recibí el mensaje
que me anunciaba la muerte del Padre Benito, supe que debía escribir algo sobre
él… porque una vida tan rica y tan oculta, merece ser conocida. Por cierto, se
trata sólo de mi humilde testimonio.
Lo conocí hace casi diez años, al poco
tiempo de llegar a Tucumán. Fui a buscar al Monasterio ese espacio de silencio,
oración e intimidad con Dios que alimenta la vida apostólica de los que hemos
sido llamados por Jesús a seguirlo por los caminos y en los lugares de mucho
dolor.
En muchas, muchas ocasiones nos encontramos
en la capilla del Santísimo, antes de las Vísperas y de la Misa. No sé por qué,
pero recuerdo sobre todo las tardes muy frías del Siambón en las que el calor
del Corazón de Jesús Eucaristía nos hacía apretujarnos a su alrededor: el Padre
Benito, el Padre José, el Padre Edmundo y…yo.
Sus homilías me animaban, en especial, su
fidelidad al Evangelio al que siempre presentaba como desafío. Cada vez que se
daba la ocasión se lo decía y él, con sencillez, me respondía, sonriente: “Está colgado en la página (del
Monasterio)”. Humildad llena de verdad, como le gustaba a San Benito.
El Padre Edmundo se ordenó en una fecha muy
cercana a la Navidad. Yo venía de unos días “de fuego” y necesitaba del
silencio monástico para recuperar la serenidad.
La casa de huéspedes había quedado sin
hospederos. Sin embargo, me permitió quedarme allí sola y con una delicadeza
increíble, cuando se lo agradecí, me respondió que él me agradecía a mí que
cuidara la casa. Fue una Navidad inolvidable y sanadora.
En un crudo invierno en el que me había
retirado unos días, bajé en la madrugada de la Fiesta de San Benito a rendir una materia de la Diplomatura
en Adicciones y regresé para la Misa. Mientras saludaba a los monjes a la
salida de la Iglesia, se acercó él y antes que lo felicitara por la fecha me
dijo, conmovido: “¡Qué hermoso lo que
escribiste sobre ese preso!”. Alguien había dejado en la hospedería una
Revista Vida Pastoral en la que habían publicado un artículo mío: “Martín de Dios”, en el que relataba la
vida de un chango, Martín, que se había ahorcado en el Penal.
Al día siguiente, compartimos una fiestita
de cumpleaños de la niña de unos amigos, nos sentamos juntos y, antes de
terminar de acomodarnos, soltó: “¿Cómo es
la cárcel?...Nunca entré en una…”. Hablamos toda la noche y admiré su
corazón compasivo.
Varias veces me hospedé con los monjes en la
Semana Santa. Me daba la bienvenida. Le preocupaba que estuviera bien. Y me lo
hacía saber.
Últimamente, a partir de mi enfermedad, se
acercó siempre a saludarme, cariñoso, y a interesarse por mi salud. La última
vez, en la Ordenación Episcopal del Padre Carlos. Quién hubiera pensado que era
la despedida.
Era tímido, éramos tímidos. Quizá por eso
nos caíamos bien.
Admiré su energía. Sus esfuerzos por poner
bonito el Monasterio. Su preocupación por todo y por todos.
Los políticos son hábiles para obtener sus
slogans y contratan para ello especialistas. Hace un tiempo, escuché uno del
oficialismo creo, que decía: “Haciendo lo
que hay que hacer”.
Creo que el Padre Benito lo vivió en
profundidad pero no para candidatearse, sino para cumplir en verdad y en
caridad, su misión de Padre (Abad).
Hizo lo que le tocaba hacer poniendo en ello
todo el corazón y por eso, de tímido pasó a ser un “tímido valiente”, que se venció a sí mismo para servir a Dios y en
Dios, a todos, sus hermanos y los que tuvimos la gracia de conocerlo y
disfrutar de su hospitalidad y sus enseñanzas hechas vida.
Y como dijo el Padre José, despidiendo a su
Abad y, al mismo tiempo, a su hermano menor, nos queda la paz y la alegría de
saber que llegó al Lugar adonde siempre se encaminó, sin perderlo de vista.
domingo, 29 de octubre de 2017
Pascua del Abad Benito Veronesi osb.
+
PAX
Reverendísimo Padre
Abad
BENITO VERONESI
Abad IV del Monasterio
“Cristo Rey”
nac. 4.9.37; prof.
21.3.57; sac. 11.10.70;
ele. 29.4.00; ben.
29.7.00; onom. 21.3;
fallecido el 27.10.17.
Querido Benito:
Ya estás más allá del
horizonte, en los brazos del Padre Misericordioso y Señor de La Paz.
Has venido luchando
desde hace tiempo y a lo lejos, para finalmente afirmar y consolidad a
ese imborrable y muy querido monasterio de El Siambón.
Ahora: "misión
cumplida".
Más acá del horizonte,
sabemos los quedamos acá, que se te retribuirá con medida plena y desbordante!.
Solo me queda ahora
rezar por vos y por esa Comunidad probada y agraciada por Dios!
P. Pedro Alurralde,
antiguo abad de El Siambón
sábado, 30 de septiembre de 2017
La Virgen de la Iglesia de El Siambón
“La
imagen de la Virgen en el Monasterio del Siambón, con los rasgos tiernos y
nutridores de una mujer del noroeste, compañera también de cruces, de soledades
y de alturas. Cruzando valles oscuros, anunciadora de victoria finales, capaz
de desplegar colores inesperados que tiñen el gris de las piedras de nuestra
pobreza y nuestra desesperanza, transformándolas en buena noticia. He pasado un
tiempo de Navidad apoyándome en ella y a sus pies, dejándome renacer y
repitiendo ‘Alégrate María’ como inicio de cada avemaría de mi rosario
ilusionado.
Ella
está allí, como su precioso Hijo en preciosas pinturas en la piedra, que
durante horas he quedado contemplando. Pero no venero piedras, sino a ella, por
pura gracia ya viviente en el Viviente, que nos renace dándonos a Jesús y deja
que, por la fe, la esperanza y el amor, en sus imágenes-evocaciones la ‘toquemos’:
le hablemos, le lloremos, le supliquemos, le agradezcamos, le prometamos, nos
consagremos y nos abracemos”
(P. Eduardo Meana Laporte, Reconociendo a María, Vivencias y contemplaciones para descubrirla,
San Pablo, Bs. As., 2017, pp. 24-25).
sábado, 11 de febrero de 2017
Para pensar (The wounded healer, Henri Nouwen)
Ignoramos lo que ya sabemos, con un conocimiento intuitivo
profundamente arraigado, que ningún amor ni ninguna amistad, que ningún abrazo
intimo ni beso tierno, que ninguna comunidad, que ningún hombre ni ninguna
mujer serán capaces de satisfacer nuestro deseo de ser liberados de nuestra
solitaria condición. Esta verdad es tan desconcertante y dolorosa que
preferimos jugar con nuestras fantasías antes que afrontar la verdad de nuestra
existencia. Por tanto, abrigamos la esperanza de que algún día encontraremos al
hombre que comprenda realmente nuestras experiencias, a la mujer que aporte paz
a nuestra desasosegada vida, el trabajo en el que poder hacer realidad nuestro
potencial, el libro que lo explique todo y el lugar en el que poder sentirnos
en nuestra casa. Esta falsa esperanza nos lleva a hacer demandas agobiantes y
nos prepara para la amargura y una peligrosa hostilidad cuando empezamos a
descubrir que nadie, ni nada, puede estar a la altura de nuestras absolutistas
expectativas.
lunes, 26 de septiembre de 2016
lunes, 4 de mayo de 2015
Presentación de la muestra "El ícono: reflejo de la luz eterna", Museo Histórico Provincial Marqués de Sobremonte, Córdoba, abril 2015
Gusten y
vean que bueno es el Señor.
¡Felices
los que en él se refugian!
Gusten y
vean que bello es el Señor.
I. Estas frases pueden orientarnos tanto en esta
breve presentación, cuanto en la experiencia de visitar esta muestra de
iconografía bizantina denominada: El ícono reflejo de la luz eterna, organizada
por el Taller-Escuela San Lucas.
Dios tiene muchos nombres, uno de ellos es
belleza. Dios es Bello, por eso los íconos son un camino privilegiado para
experimentarlo. En el ícono la belleza divina sale al encuentro del hombre,
sale a nuestro encuentro.
Quienes han defendido y defienden las imágenes
contra los iconoclastas, los que querían y quieren eliminarlas, siempre han
afirmado que lo que se puede decir con las palabras, las narraciones evangélicas,
las verdades de la fe, también se puede contar y cantar con las imágenes,
íconos. Al igual que las palabras del Evangelio y del Credo no son simples
sonidos, así tampoco los iconos son una simple tabla pintada con colores según
una determinada técnica artística.
El mensaje del ícono, más que estético es de
orden espiritual, teológico. Su lenguaje ha sido precisado bajo la corriente
espiritual y filosófica del mundo bizantino que se esfuerza por transformar el
mundo terrestre para hacer resplandecer en él la Gloria de Dios. Por tanto el
trabajo del iconógrafo no es para nada pragmático, no se detiene en la
ejecución de una obra artística, sino que es de índole totalmente
contemplativa, por eso el que asiste a una muestra iconográfica debe tener
también una actitud contemplativa.
II. En las invitaciones de Facebook y en el
afiche de la muestra se encuentra uno de los más bellos íconos pascuales: el
descenso de Cristo a los infiernos y su resurrección de entre los muertos.
La
verdad de fe que los cristianos confesamos en el credo es escrita con colores y
luces en una tabla por un iconógrafo, para que al contemplarla-venerarla podamos
todos experimentar lo que dice la Primera Carta de Pedro: “Cristo murió una vez
por nuestros pecados –siendo justo, padeció por la injusticia– para llevarnos a
Dios. Entregado a la muerte en su carne, fue vivificado en el Espíritu. Y entonces fue a
hacer su anuncio a los espíritus que estaban prisioneros” (1 Pe 3,18-19). “Hasta
a los muertos se ha anunciado la Buena Nueva, para que, condenados en carne
según los hombres, vivan en espíritu según Dios” (1 Pe 4, 6).
Creo que la imagen ha sido muy bien elegida no
sólo porque estamos en el tiempo litúrgico de Pascua, y los íconos son ante
todo “Liturgia”, sino porque simboliza tanto la “Diakonía”, el servicio, del
icono a nuestro tiempo, cuanto la “Martiria”, el testimonio de la historia del
taller, la experiencia del que enseña y del que aprende a escribir un icono, porque
en estos tres ámbitos (Liturgia, Diakonía y Martiria) del fondo de la muerte el
Señor hace brotar la vida, porque sólo lo sufrido queda curado y redimido.
En la Carta a los Hebreos leemos: «Por eso dice:
Subió a la altura, llevando cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres.
¿Qué quiere decir 'subió', sino que también bajó a las regiones inferiores de
la tierra? Este que bajó es el mismo que subió por encima de todos los cielos,
para llenarlo todo» (Ef 4, 8-10). Entre esos dones de su espíritu pascual se
encuentra ciertamente la “iconografía”. Lenguaje de la Belleza Divina, Canal de
Gracia, el Icono lleva implícita una finalidad apostólica concreta: la
enseñanza y el conocimiento de los Misterios Divinos, la memoria de la
Presencia Divina y la santificación de quienes lo contemplan.
En la Carta a los Romanos leemos: «La justicia
que viene de la fe dice así: 'No digas en tu corazón: ¿quién subirá al cielo?,
es decir: para hacer bajar a Cristo; o bien: ¿quién bajará al abismo?, es
decir: para hacer subir a Cristo de entre los muertos'» (Rom 10, 6-7). Cristo
ha descendido como Salvador proclamando la buena nueva a los espíritus que
estaban detenidos en la soledad, oscuridad y cerrazón de los infiernos, no al
infierno de la condenación, sino a la morada de los muertos, de los que se
encontraban allí privados de la visión de Dios. Así también los iconos nos
ayudan a gustar y ver qué bueno y bello es el Señor.
El Catecismo de la Iglesia Católica explica el
sentido del descenso de Cristo a los infiernos: 635. Cristo, por tanto, bajó a
la profundidad de la muerte (cf. Mt 12, 40; Rm 10, 7; Ef 4, 9) para “que los
muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan” (Jn 5, 25).
Jesús, “el Príncipe de la vida” (Hch 3, 15) aniquiló “mediante la muerte al
señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la
muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud “(Hb 2, 14-15). En adelante,
Cristo resucitado “tiene las llaves de la muerte y del Infierno” (Ap 1, 18) y
“al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra y en los
abismos” (Flp 2, 10).
Lo mismo contemplamos en esta muestra al final
de la secuencia pascual en el ícono del descenso de Cristo al Hades para
liberar a Adán, Eva y su descendencia. La Cuaresma, iniciada en la Tradición
Bizantina con la expulsión de los progenitores del Paraíso, tiene su culmen en
la Pascua. Los primeros padres son llevados de nuevo al Paraíso por Cristo, que
en su descenso al Hades aparece envuelto en luz o con blancas vestiduras
portando una cruz en su mano, instrumento que se convierte en instrumento de
victoria. El icono presenta las puertas del Hades no sólo abiertas sino
desencajadas y abatidas, Adán y Eva tomados de la mano por Cristo y tras ellos
a la izquierda están David, Salomón, Daniel y así hasta Juan Bautista, es decir,
todos los que han profetizado la venida del Señor, y a la derecha Moisés con las tablas de la ley y un grupo de
justos que vivieron en la confiada espera.
El canon del Matutino pascual, de san Juan
Damasceno, subraya por medio del contraste la oscuridad que reinaba en el Hades
y la luz que brota de la tumba vacía de Cristo, este texto no nos invita a
contemplar, a mirar, a gozar y a involucrarnos en el misterio de la Pascua del
Señor: «Purifiquemos los sentidos y veremos la luz inaccesible de la
Resurrección del Cristo. ¡Ilumínate, ilumínate, oh nueva Jerusalén, la gloria
del Señor se ha posado sobre ti! ¡Danza ahora y exulta, oh Sión, alégrate, oh
pura Madre de Dios, por la Resurrección de tu Hijo!».
III. La iconografía es un camino de santidad y
un lenguaje que merece ser aprendido. La Tradición de la Iglesia considera a
San Lucas como el primer iconógrafo. Bajo su protección este Taller- Escuela se
propuso desde sus inicios transmitir además de su compleja técnica los
distintos elementos que puedan guiar a quienes desean aproximarse a la
iconografía bizantina.
El Taller-Escuela “San Lucas” reúne dos sendas
de un mismo camino de fe: la Lectio Divina y la Iconografía Bizantina, el
encuentro vivencial con Dios a través de Su Palabra es complementario del
encuentro con Su Misterio a través del Icono. Lo que al principio fue una
experiencia personal de Josefina Echegaray, fue vivido como un don que la
motivó a brindar a otros la posibilidad de que puedan recorrer este camino de
transformación-transfiguración, de recreación-resurrección, que conduce a Dios,
a través de la enseñanza de la técnica original del Icono, siguiendo el canon
eclesial en lo que refiere a la parte artística, y la espiritualidad y oración
que acompaña a la noble tarea del iconógrafo.
El taller comienza sus clases en Abril de 2003
en las instalaciones del Colegio de la Inmaculada de la Tercera Orden
Franciscana. En 2004 se vincula con el Centro de Formación “Fons Vitae” en el
área de espiritualidad. En octubre de ese año se traslada a su sede actual: “La
Casa de la Catequesis Juan Pablo II”. En 2009 el Taller inicia un camino
independiente generándose un nuevo proceso de identidad, en el que surge la
necesidad de solicitar la Personería Jurídica, la cual ha sido iniciada el 18
de octubre de 2010 (fiesta de San Lucas) y adjudicada en marzo de 2011, pasando
a constituirse así en una “Asociación Civil sin fines de lucro”. Doy fe de de
cada momento de este proceso ha sido pascual, en el sentido fuerte del término,
por que implicó mucha búsqueda, discernimiento, sufrimiento, cansancio,
ofrenda, sacrificio, confianza, y sobre todo mucho amor y abandono al Plan de
Dios.
Soy testigo de que en el transcurrir de estos
años distintas personas, sacerdotes, religiosas y laicos se han sentido
convocados por la acción del Espíritu al aprendizaje de la escritura de los
Iconos, y que para muchos de ellos este ha sido un camino espiritual, en el
sentido de vida en el Espíritu, con mayúsculas, para algunos de conversión,
para otros de avance y para otros de perfeccionamiento.
Además se han realizado muestras, impartido
charlas, dictado clases de distintos niveles de profundización. Yo mismo
participé de un curso intensivo en la Abadía del Gozo de María con hermanos y
hermanas de nuestra conferencia de Comunidades monásticas del Cono Sur.
IV. En una cultura que descarta la muerte y el
sufrimiento, un taller de iconografía se atreve no solo a nombrar y recordar los
infiernos de la revelación y los infiernos de hoy, sino a escribirlos-pintarlos
para iluminarlos y vencerlos con la luz y la fuerza del Resucitado.
En una cultura que fragmenta a la persona, que
fomenta una sensibilidad superficial, un taller de iconografía promueve un
ambiente que permite ir sobrepasando las contingencias puramente sensibles, de
modo que en la integración de lo corporal y lo espiritual, los sentidos se
espiritualicen para disponerse a una gradual penetración en lo sobrenatural,
aprendiendo el lenguaje de los símbolos y de los signos. En una cultura
secularizada o de una espiritualidad difusa o débil un taller de iconografía
abre un espacio eclesial y un tiempo propicio para la experiencia de lo sagrado
y de un camino de espiritualidad bíblica encarnada y pascual. En una cultura
que no promueve los dones personales y no fomenta el trabajo esforzado, un taller
de iconografía orienta personas despertando vida, fomentando el talento de cada
uno en el aspecto técnico de la obra, como también en la ordenación del trabajo
según las reglas iconográficas eclesiásticas.
En medio de un mundo que sólo valora a los que triunfan
y ascienden, como sea, un taller de iconografía se asocia a Jesús en su descenso
hacia los «lugares de abajo» para ascender con él de retorno al hogar. En medio
de un mundo de dispersión un taller de iconografía ayuda a disciplinarse en la
concentración, en la atención, en la observación, adiestrando los ojos para
impregnarlos de la imagen, a través de la cual, se irá espiritualizando la
mirada en la contemplación de lo Alto.
En tiempos de individualismo e inmediatez, un
taller de iconografía apuesta por una
felicidad compartida y «demorada». En tiempos de «sábado santo», en un taller
de iconografía se aprende a esperar y a permanecer.
En una época en la que estamos amenazados por la
oscuridad y el desánimo, un taller de iconografía y esta muestra es una
invitación a dejarnos poseer y transformar por la radical novedad del
Resucitado. Dice el vidente del Apocalipsis: «Cuando lo vi, caí a sus pies como
muerto. Él puso su mano derecha sobre mí diciendo: 'No temas, soy yo, el
Primero y el Último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los
siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades'» (Ap 1,17).
Concluyo recordando unas palabras de San
Bernardo: “...toda alma, aunque esté
cargada de pecados, presa de las redes de los vicios, asechada por la
seducción, cautiva en el exilio, encarcelada en el cuerpo, pegada al fango,
hundida en el barro, retenida en los miembros, atada a las preocupaciones,
dispersa por el trabajo, oprimida por los miedos, afligida por el dolor, errante
tras el error, inquieta por la angustia, desazonada por la sospecha y
extranjera en tierra hostil; y como dice el Profeta, contaminada con los
muertos, evaluada entre los que yacen en el infierno; esa alma, repito, puede
volverse sobre sí misma, a pesar de hallarse tan condenada y desesperada, y no
sólo se aliviará con la esperanza del perdón y de la misericordia, sino que
también podrá aspirar tranquila a las bodas del Verbo. No temerá iniciar una
alianza de comunión con Dios, no sentirá pudor alguno para llevar el yugo del
amor a una con el Rey de los ángeles... Ten en cuenta además que este esposo no
es sólo un amante, es el amor. ¿Es acaso el honor? Que lo discuta el que
quiera: yo no he leído eso. Sí leí que Dios es amor, y nunca vi la palabra honor”.
Gusten y vean que bueno es el Señor.
¡Felices los que en él se refugian!
Gusten y vean que bello es el Señor.
P. Pedro Edmundo Gómez, osb.
martes, 31 de marzo de 2015
Diadoco de Fótice: Antología de “Los Cien Capítulos” 4 (última)
Si vosotros os mantenéis, una mañana de invierno, en un lugar
expuesto y miráis hacia el
oriente, la parte delantera de vuestro cuerpo será calentada por
el sol, mientras vuestra
espalda no recibirá ningún calor, ya que el sol no cae a plomo.
Igualmente, aquellos que
están todavía al comienzo de la operación del Espíritu sólo tienen
el corazón parcialmente
calentado por la santa gracia.
Asimismo, mientras el intelecto comienza a producir el fruto de
los pensamientos
espirituales, las partes visibles del corazón continúan pensando
según la carne, ya que los
miembros del corazón no están todavía totalmente iluminados por la
luz de la santa gracia,
en lo intimo y sensiblemente. He aquí por qué el alma concibe, al mismo
tiempo,
pensamientos buenos y pensamientos malos tal como el individuo de
mi comparación
experimenta, al mismo tiempo, el golpe del frío y la caricia del
calor.
Pues, desde el día en que nuestro intelecto se orienta hacia una
doble ciencia se encuentra,
necesariamente, produciendo, al mismo tiempo, pensamientos buenos
y malos, sobre todo si
ha llegado a la sutileza del discernimiento: como se esfuerza
siempre en pensar bien, el
malvado le lleva a su memoria el hecho de que, a partir de la
desobediencia de Adán, la
memoria se escindió en un doble pensamiento.
Por consiguiente, si nos dedicamos a ejercitar con fervor los
mandamientos de Dios, la
gracia iluminará nuestros sentidos con un sentimiento muy
profundo, consumirá nuestros
pensamientos y aliviará nuestro corazón por la paz de una
inexpresable amistad,
disponiéndonos a pensar cosas espirituales y no ya camales. Es lo
que no cesa del producirse
en aquellos que se acercan a la perfección y guardan
ininterrumpidamente en el corazón el
recuerdo de Jesús.
* * *
El intelecto debe en todo tiempo dedicarse a la práctica de los
divinos mandatos y al
recuerdo profundo del Señor de la gloria.
* * *
Cuando el corazón recibe con una especie de dolor acuciante los
dardos de los demonios,
hasta el punto de sentirlos clavados en si, el alma debe aborrecer
las pasiones pues está en
el comienzo de su purificación, y si ella no sufre vivamente la
impudicia del pecado no podrá
conocer la alegría desbordante inspirada por la belleza de la
justicia.
Por consiguiente, aquel que quiere purificar su corazón no cese de
abrasarlo con el
recuerdo de Jesús. Que sea ese su único ejercicio y su trabajo
ininterrumpido. Cuando se
quiere rechazar la propia miseria no puede haber un momento de
oración y un momento de
no oración; es necesario dedicarse a ella en todo instante,
guardando el intelecto incluso
cuando se encuentra fuera de la casa de oración. Si aquel que
purifica el mineral de oro tan
sólo apartara un tiempo su hoguera, el mineral que quiere
purificar retomaría su dureza.
Igualmente, aquel que a veces se acuerda de Dios y a veces no,
pierde por la interrupción
aquello que creyó obtener por la oración. El hombre que ama la
virtud es aquel que no cesa
de purificar, mediante el recuerdo de Dios, el elemento terrestre
de su corazón, a fin de
que, poco a poco, lo malo se consuma en el recuerdo del bien y el
alma vuelva perfectamente
a su esplendor natural y glorioso.
domingo, 8 de marzo de 2015
HOMILÍA DEL ABAD BENITO EN EL TERCER DOMINGO DE CUARESMA
En este tercer domingo en el evangelio
tenemos el relato de la purificación del templo y la expulsión de los
mercaderes, según el evangelio de Juan. Los Sinópticos colocan este relato a
continuación de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Además hay algunas
otras variantes en la narración. Recordemos que los autores sagrados, en este
caso los evangelistas, no pretenden enseñarnos historia, ¿qué y cómo pasó?,
sino teología, verdades de salvación. Distinto el mensaje de este relato en los
Sinópticos y en Juan; distinto no opuesto sino complementario.
En Jn 1,29 Juan el Bautista presentaba a Jesús “Ahí está el Cordero de Dios,
que quita el pecado del mundo”. Luego viene el relato de las Bodas de
Caná, e inmediatamente después el evangelio de hoy: la purificación del templo.
Hay una ilación entre las tres cosas. Jesús es el nuevo Cordero, el que quita
el pecado del mundo, que hace inútiles todos los sacrificios de animales del
AT. En las Bodas de Caná Jesús convierte el agua de las purificaciones rituales
de los judíos en el vino nuevo de la Nueva Alianza; aquí se reemplaza el templo
de piedras del AT por el nuevo templo: El cuerpo de Cristo.
Las actividades en el templo, que con tanta vehemencia suprime Cristo, eran
necesarias. Las monedas que manejaban sus paisanos sometidos al poder romano
eran las monedas romanas que llevaban la imagen del emperador y que por lo
tanto no podían entrar al lugar sagrado del templo: tenían que ser cambiadas
por las monedas del templo. Los que venían de muy lejos no podían traer ovejas
y bueyes para el sacrificio porque en el camino se les podían lastimar e
hacerse indignos para ser sacrificados en el templo. Jesús con su gesto
violento anuncia el final del culto del AT y el inicio del nuevo culto. Él es
la víctima sin mancha, su Cuerpo es el nuevo templo: “Destruyan este
templo y yo en tres días lo voy a reconstruir” El antiguo templo era signo,
prefiguración del nuevo templo, el Cuerpo de Cristo; presente el nuevo templo
ya no tenía sentido el antiguo con todos sus sacrificios.
El cuerpo de Cristo es el nuevo templo de la nueva alianza. Pero todos los
bautizados formamos el cuerpo de Cristo, como nos enseña la carta a los Efesios
y todos somos piedras del templo de Cristo, como también nos enseña la misma
carta jugando con la doble imagen: cuerpo-templo.
En Cristo todos los hombres tienen acceso al Padre. En Cristo, cada uno de
nosotros tiene comunicación directa con el Padre. Pero, porque cada uno de
nosotros, forma parte del cuerpo de Cristo, cada uno de nosotros es para todo
hombre posibilidad de comunicación con el Padre, línea de contacto con el
Padre.
El templo del Antiguo Testamento, destruido en el año 70 por los romanos, ya no
tiene razón de ser. ¿Y nuestros templos cristianos?... Solamente tienen razón
de ser como “signos” del nuevo templo que es Cristo con nosotros. Signos que
nos invitan a buscar lo que simbolizan y significan, signos que nos invitan a
ser nosotros lugar en que nos encontramos con el Padre, lugar en el que
posibilitamos el encuentro de la humanidad con el Padre.
Las piedras de esta bonita iglesia nos
hablan, escuchémoslas…
jueves, 11 de diciembre de 2014
lunes, 27 de octubre de 2014
Sección libros en el local de ventas
PARA VER
Nuestro local de Ventas en el Monasterio ha incorporado la sección libros en ella encontrará textos de espiritualidad y formación de editoriales nacionales y extranjeras.
PARA PENSAR
“Siguiendo la escuela de san Benito, con el paso de los siglos,
los monasterios han sido centros fervientes de diálogo, de encuentro y benéfica
fusión entre gentes diversas, unificadas por la cultura evangélica de la paz.
Los monjes han sabido enseñar con la palabra y el ejemplo el arte de la paz,
sirviéndose de los tres «vínculos»
que san Benito consideraba necesarios para conservar la unidad del Espíritu
entre los seres humanos: la Cruz, que es la ley misma de Cristo; el libro, es
decir la cultura; y el arado, que indica el trabajo, la señoría sobre la
materia y el tiempo. Gracias a la actividad de los monasterios, articulada en
el triple compromiso cotidiano de la oración, del estudio y del trabajo, pueblos
enteros del continente europeo han experimentado un auténtico rescate y un
benéfico desarrollo moral, espiritual y cultural, educándose en el sentido de
la continuidad con el pasado, en la acción concreta a favor del bien común, en
la apertura hacia Dios y la dimensión trascendental. Recemos para que Europa
valorice siempre este patrimonio de principios e ideales cristianos que
constituye una riqueza cultural y espiritual inmensa. Pero esto sólo es posible
cuando se acoge la enseñanza constante de san Benito, es decir el «quaerere Deum», buscar a Dios como
compromiso fundamental del ser humano que no se realiza plenamente ni puede ser
realmente feliz sin Dios. Os toca en particular a vosotros, queridos monjes,
ser ejemplos vivos de esta relación interior y profunda con Él, actuando sin
compromisos el programa que vuestro fundador sintetizó en el «nihil amori Christi praeponere» (Regla
4, 21). En esto consiste la santidad, propuesta válida para todo cristiano, más
que nunca en nuestra época, en la que se experimenta la necesidad de anclar la
vida y la historia en firmes puntos de referencia espirituales. Por este
motivo, queridos hermanos y hermanas, es particularmente actual vuestra
vocación y es indispensable vuestra misión de monjes".
S. S. Benedicto XVI, "Homilía en Montecasino"
25 de mayo de 2009
jueves, 16 de octubre de 2014
Comunidad actual
De derecha a izquierda: Hno. Oscar, Hno. Carlos, P. Marcelo, Abad Benito, P. José, P. Edmundo, Hno. Juan.
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