sábado, 19 de septiembre de 2015

CONGRESO EUCARÍSTICO III


3.2. La renovación del culto eucarístico
La centralidad de la celebración revela que “el cuerpo entregado y la sangre derramada” son principio, forma y fin de la existencia cristiana y de la acción de los bautizados. Bajo esta perspectiva, celebrar, adorar, dar gracias son el modo en el que los cristianos se relacionan con el gran don de la Eucaristía.
            El culto eucarístico fuera de la Misa es prolongación del culto ofrecido al Padre por medio de su Hijo en el Espíritu durante la celebración eucarística: “la celebración de la Eucaristía en el sacrifico de la Misa es realmente el origen y el fin del culto que se tributó fuera de la Misa” (DSC, 2). “Los fieles, cuando veneran a Cristo presente en el Sacramento, recuerden que esta presencia proviene del sacrificio y se ordena al mismo tiempo a la comunión sacramental y espiritual” (DSC, 80).
            Y existe un consenso general sobre el hecho de que el culto eucarístico, bien comprendido, debe ser recomendado y alentado como justamente lo hace la encíclica Ecclesia de Eucharistia (nn. 47-52) y la exhortación postsinodal Sacramentum caritatis. El problema es simplemente saber en qué forma teológica se debe inspirar la praxis.
            Por lo que respecta a la adoración eucarística ésta ha crecido sobre la base de una teología eucarística individualista. El objetivo a afrontar hoy es integrar esta práctica espiritualmente fecunda en la óptica más general de una eclesiología eucarística orientada hacia la comunión y darla así nuevo impulso.
            Recordemos las palabras de san Agustín: “Si vosotros sois su cuerpo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está aquel que es vuestro misterio; sí, recibís a aquel que es vuestro misterio”.[1] A partir de esta afirmación, sería tarea verdaderamente noble y meritoria de un Congreso Eucarístico renovar las antiguas formas de devoción eucarística en vez de simplemente preservarlas, alentándolas en el espíritu de la eclesiología eucarística conciliar.[2]
            Veamos algunos ejemplos. Si el culto eucarístico fuera de la Misa tiene como objetivo “extender la gracia del sacrificio” entonces hace referencia a la celebración y a sus gestos (escucha de la Palabra, silencio, alabanza, acción de gracias, ofrenda de la vida, adoración, comunión) y a los lugares en los que se realiza la celebración (altar, ambón, sede).
            Más: orientar la adoración solemne del Santísimo Sacramento según el espíritu de la eclesiología eucarística conciliar significa dar preferencia al criterio de la presencia comunitaria antes que a la costumbre de la adoración individual por turnos.       

3.3. Eucaristía y comunión eclesial 
Cada Congreso Eucarístico no es sólo una grandiosa manifestación de fe, un gran homenaje a la Eucaristía, sino una gracia de renovación permanente de la vida eucarística de todo el pueblo de Dios.
Tal renovación se juega hoy, sobre todo, en el descubrimiento de la eclesiología eucarística de comunión que ha sido, además, el tema central del 50º Congreso Eucarístico Internacional de Dublín (2012). Tal concepto, según el Sínodo extraordinario de 1985, sintetiza la eclesiología conciliar y es la idea principal que recorre todos los documentos del Concilio Vaticano II. En efecto, “la idea central y fundamental en los documentos del Concilio Vaticano II debe ser individuada en la eclesiología de comunión… La comunión del cuerpo eucarístico de Cristo significa y produce, es decir, edifica, la íntima comunión de todos los fieles en el cuerpo de Cristo que es la Iglesia”.[3]
            Esta concepción, actualmente muy compartida en la Iglesia católica, es desarrollada de modo convincente en la Constitución dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium. Desde el inicio la Constitución dice: “Y, al mismo tiempo, la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan eucarístico”.[4] A esta afirmación, que hace referencia a 1Cor 10,17 y que se repite varias veces en el mismo texto,[5] es necesario añadir la del n. 26: “En toda comunidad de altar, bajo el sagrado ministerio del Obispo, se manifiesta el símbolo de aquella caridad y “unidad del Cuerpo místico, sin la cual no puede haber salvación” (Tomás de Aquino, S. Th. III, q.73, a.3). En estas comunidades, aunque sean frecuentemente pequeñas y pobres o vivan en la dispersión, está presente Cristo, por cuya virtud se congrega la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Pues “la participación del cuerpo y sangre de Cristo hace que pasemos a ser aquello que recibimos” (León M., Serm. 63,7)”.
            La recepción sistemática de la eclesiología eucarística de comunión ha sido actualizada particularmente en los documentos del postconcilio por San  Juan Pablo II con la encíclica Ecclesia de Eucharistia (2003) cuyo programa está ya en la frase inicial: “La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia”.[6] Afirmación justificada con la referencia a una serie de textos que a partir de los Padres de la Iglesia llegan hasta la afirmación de De Lubac: “Si la Eucaristía edifica la Iglesia y la Iglesia hace la Eucaristía, se concluye que la vinculación entre una y otra es estrechísima”.[7]
            Pero incluso antes, en la Novo millenio ineunte, el mismo Pontífice, indicando la fuerza de la koinonia, había propuesto también una espiritualidad de comunión, precisándola en sus manifestaciones y realizaciones y retomando el léxico querido por los Padres medievales que hablaban de la comunidad cristiana como “casa y escuela de comunión”.[8] Sí, porque la eclesiología de comunión puede convertirse en un instrumento y estructura sólo si instaura en el tejido cotidiano de las Iglesias una espiritualidad de comunión.
            En los últimos años, Benedicto XVI ha afrontado las consecuencias pastorales, eclesiológicas y ecuménicas de todo esto en la tercera parte de la exhortación apostólica Sacramentum caritatis, cuyo título (“Eucaristía, misterio que se ha de vivir”) indica ya la dimensión eclesial de la Eucaristía y, a la vez, la dimensión eucarística de la Iglesia. Aspectos que el mismo Pontífice subrayó también en su homilía para la Statio Orbis final del 49º CEI de Quebec (2008): “Al recibir el Cuerpo de Cristo recibimos la fuerza "para la unidad con Dios y con los demás". No debemos olvidar nunca que la Iglesia está construida en torno a Cristo y que, como dijeron san Agustín, santo Tomás de Aquino y san Alberto Magno, siguiendo a san Pablo (cf. 1 Co 10, 17), la Eucaristía es el sacramento de la unidad de la Iglesia, porque todos formamos un solo cuerpo, cuya cabeza es el Señor. Debemos recordar siempre la última Cena del Jueves santo, donde recibimos la prenda del misterio de nuestra redención en la cruz. La última Cena es el lugar donde nació la Iglesia, el seno donde se encuentra la Iglesia de todos los tiempos”.[9]
            >Toca ahora a cada Iglesia particular ser consciente que la vida eucarística no es “un algo más”, algo que está al margen de las diversas actividades y de los programas pastorales, sino que es la fuente y la culminación del compromiso de los bautizados para construir la Iglesia como Cuerpo del Señor.
            Es tarea ahora de cada parroquia (es decir, de cada “comunidad eucarística” insertada en un territorio particular) demostrar la madurez del don para los otros, de la escucha recíproca, de la disponibilidad y de la colaboración concreta para que la comunidad de los fieles se convierta en casa de Dios y de los hermanos en medio de la casa de los hombres.
            Toca ahora a nuestras comunidades locales renovarlas, dándolas sustancia y equilibrio según la forma teológica de la eclesiología de comunión.

Continuará...


[1] S. Aurelii Augustini, Sermo 272,1, PL 38, 1247: “Si ergo vos estis corpus Christi et membra, mysterium vestrum in mensa Dominica positum est: mysterium vestrum accipitis”.
[2] Sobre el problema de una orientación de las devociones eucarísticas en la óptica de una eclesiología eucarística, se lea la conferencia di Walter Kasper, L’ecclésiologie eucharistique: de Vatican II à l’exhortation Sacramentum Caritatis, en Actes du Symposium International de théologie. L’Eucharistie don de Dieu pour la vie du monde, Ottawa 2009, pp. 194-215.
[3] Relatio finalis, II C 1; en: Enchiridion Vaticanum (Bologna, EDB, 19914) vol. 9, p.1761.
[4] LG 3
[5] Cfr. Por ejemplo LG 7: “Participando realmente del Cuerpo del Señor en la fracción del pan eucarístico, somos elevados a una comunión con Él entre nosotros. Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan (1 Cor 10,17). Así todos nosotros nos convertimos en miembros de ese Cuerpo (cf. 1 Cor 12,27) y cada uno es miembro del otro”. Y también LG 11: “Confortados con el cuerpo de Cristo en la sagrada liturgia eucarística, (los fieles) muestran de un modo concreto la unidad del Pueblo de Dios, significada con propiedad y maravillosamente realizada por este augustísimo sacramento”.
[6] EdE n. 1
[7] Cfr. H. DE LUBAC, Meditazione sulla Chiesa, Milano 1993.
[8] JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millenio Ineunte (6 enero 2001) 43.
[9] Traducción de AAS C/7, pp. 483-484.

sábado, 12 de septiembre de 2015

INVITACIÓN HORA SANTA


Los invitamos a una HORA SANTA los TERCEROS DOMINGOS de cada mes, a las 19, 00 hs. para adorar comunitariamente al SEÑOR EN LA EUCARISTÍA preparándonos para el
CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL

sábado, 5 de septiembre de 2015

CONGRESO EUCARÍSTICO II


Exposición de algunos puntos notables para el Congreso Eucarístico 2016, tomado de Celebrar hoy un Congreso Eucarístico, Para preparar el 11º Congreso Eucarístico Nacional de Tucumán, Julio 2016, Mons. Piero Marini.

3. Un Congreso Eucarístico en la Iglesia de hoy
El rostro renovado de la Iglesia nacida del Vaticano II y la doctrina de la Eucaristía denominada como “fuente y culmen de toda la vida cristiana[1], ya nos es conocida
            Las razones teológicas que conformaron el Congreso de Munich de 1960, fueron retomadas en buena parte en el Ritual De sacra communione et cultu mysterii eucharistici extra Missam (=DSC), publicado el 21 de junio de 1973, que renueva la visión del culto eucarístico según los principios del Vaticano II, recuperando la relación entre Eucaristía e Iglesia y subrayando que la celebración eucarística es “el centro y culmen de todas las diversas manifestaciones y formas de piedad[2] de un Congreso.
            “Los Congresos Eucarísticos –cita el Ritual- que en los tiempos modernos se han introducido en la vida de la Iglesia como peculiar manifestación del culto eucarístico, se han de mirar como una “statio”, a la cual alguna comunidad invita a toda la Iglesia local, o una iglesia local invita a otras Iglesias de la región o de la nación, o aun de todo el mundo, para que todos juntos reconozcan más plenamente el misterio de la Eucaristía bajo algún aspecto particular y lo venera públicamente con el vínculo de la caridad y de la unión” (n.109)
            El concepto de statio es precisado aquí en el sentido de una parada de compromiso y de oración a la que una comunidad invita a la Iglesia universal con “la plena participación de la Iglesia local y la significativa aportación de las otras Iglesias”. De este modo, la idea de la statio orbis o statio nationis llega a ser una convención libremente inspirada en la antigua statio urbis superando las dificultades eclesiológicas .
            Los objetivos del Congreso (profundización de algún aspecto del misterio eucarístico y su veneración pública), realizados en el vínculo de la caridad y de la unidad, reclaman además los caracteres fundamentales de aquella eclesiología eucarística cuyas semillas, esparcidas por los diversos documentos del Vaticano II, han encontrado autorizados desarrollos en la encíclica Ecclesia de Eucharistia y en la exhortación apostólica Sacramentum Caritatis.
            También las razones históricas y teológicas de los Congresos Eucarísticos son reinterpretadas de modo sustancial. Veamos cómo.

3.1. La centralidad de la celebración eucarística 
A partir del De sacra communione, la dimensión cultual (= “piedad eucarística”) que ha caracterizado los congresos eucarísticos hasta el Concilio, se concentra sobre la celebración de la Eucaristía, sacramento pascual del Cristo ofrecido para que el mundo tenga vida.
                        La idea de la statio permitió restablecer la unidad del misterio eucarístico y su celebración: “La celebración de la Eucaristía sea verdaderamente el centro y la culminación a la que se dirijan todos los actos y los diversos ejercicios de piedad” (DSC, 112/a).
            A partir de aquí, “las celebraciones de la Palabra de Dios, las sesiones catequéticas y otras reuniones públicas tiendan sobre todo a que el tema propuesto se investigue con mayor profundidad, y se propongan con mayor claridad los aspectos prácticos a fin de llevarlos a efecto” (DSC, 112/b). También hay lugar para la forma tradicional de la adoración eucarística: “Concédase la oportunidad de tener ya las oraciones comunes, ya la adoración prolongada, ante el Santísimo Sacramento expuesto, en determinadas iglesias que se juzguen más a propósito para este ejercicio de piedad” (DSC, 112/c).
            >Todo esto da forma también a la fase preparatoria del Congreso Eucarístico, donde se subraya la necesidad de “una catequesis más profunda y acomodada a la cultura de los diversos grupos humanos acerca de la Eucaristía principalmente en cuanto constituye el misterio de Cristo viviente y operante en su Iglesia; una participación más activa en la sagrada Liturgia, que fomente al mismo tiempo la escucha religiosa de la palabra de Dios y el sentido fraterno de la comunidad” (DSC, 111/a-b).
            Por tanto, en y todos los gestos del culto el centro de la celebración del Congreso y de su camino de preparación se pone ahora la celebración Eucarística que tradicionalmente caracterizan este acontecimiento (adoración fuera de la Misa, procesiones, etc.), todas las sesiones de catequesis y reuniones plenarias deben hacer referencia a ella. Si la parada congresual de una Iglesia local tiene como finalidad, objetivo y centro la celebración de la Eucaristía, tal celebración se convierte en la forma y la fuente de cualquier otra cita del Congreso.

            MATERIAL POSIBLE: De la misma manera, para celebrar dignamente un Congreso, será necesario esforzarse para reconciliar la “piedad eucarística” con la teología promovida por el Concilio (la de los grandes documentos Mysterium fidei, Eucharisticum mysterium, el ritual De sacra communione) y de los más recientes documentos de los Romanos Pontífices (la encíclica Ecclesia de Eucharistia, la carta Dominicae Cenae, la carta apostólica Mane nobiscum Domine, la exhortación apostólica Sacramentum caritatis) para que todo sea orientado según una eclesiología eucarística.





[1] Cfr. Lumen Gentium (LG) 11.
[2] Cfr. De sacra communione et cultu mysterii eucharistici extra Missam, 112. Las citas utilizadas aquí siguen la numeración del texto típico latino editado en AAS 65 (1973) 610 ss.

Entrada preparada por el P. Marcelo Maciel, osb

domingo, 30 de agosto de 2015

SOBRE LA PALABRA


“Si no se está sólo con la palabra de Dios, no se la lee. ¡Sólo con la palabra de Dios! Querido oyente, voy a hacerte una confesión: yo no me atrevo todavía a estar absolutamente sólo con la palabra, en una soledad en que no se interponga ninguna ilusión. Y permíteme que añada: Jamás he visto a ningún hombre del que pueda creer que haya tenido la sinceridad y el valor de estar sólo con la palabra de Dios, en una soledad en que ninguna ilusión se interponga... ¡Sólo con la Escritura! No me atrevo. Cuando la abro, el primer pasaje con que tropiezo me cautiva inmediatamente; él me pregunta (y es como si me interrogara el mismo Dios): ¿has puesto esto en práctica? Y así quedo bien atrapado. Así: o bien inmediatamente-a-la práctica, o bien instantáneamente la humillación de la confesión.
Si no estás a solas con la Escritura, no la lées. Que esta soledad no esté exenta de peligros, lo han reconocido implícitamente personas capaces. Quizá tal espíritu cuyas facultades y seriedad no son comunes, -se dice: «No podría actuar a medias; la Biblia es para mí un libro extremadamente peligroso; es tiránico; si le doy el dedo, se toma la mano; si le doy la mano, me atrapa por completo y es capaz de rehacer repentinamente toda mi vida en una gran escala. No; sin permitirme con respecto a ella ninguna palabra de broma o desprecio, pues esto me repugna, la dejo tranquila en la estantería; no quiero estar a solas con ella». No aprobamos esta decisión; pero, sin embargo, implica cierta lealtad digna de respeto.
Se puede uno defender de otra manera muy distinta contra la palabra; hacerse el fanfarrón; se asegura que uno es perfectamente capaz de estar a solas con ella, lo cual es falso. Toma en efecto la Biblia y cierra tu puerta pero provéete también de diez diccionarios y de veinticinco comentarios: entonces puedes leer los santos libros tan tranquilamente y sin preocupación como si leyeras el periódico... ¡Qué triste abuso de la ciencia con el que se puede uno engañar a sí mismo tan fácilmente! Porque si no existiesen tantas ilusiones, e ilusiones sobre uno mismo, cada cual confesaría, sin duda, como lo hago yo: apenas me atrevo a estar solo con la palabra de Dios....
Por otra parte, es muy humano la repugnancia a someterse al poder de la palabra; si nadie está conforme, yo al menos así lo confieso por mi parte. Es humano pedirle a Dios que tenga paciencia si no se puede inmediatamente cumplir con el deber, con la condición de prometerle que lo hará con empeño; es humano implorar su compasión, si se siente mucho su exigencia; si nadie está de acuerdo por su parte, yo lo confieso por la mía.
Pero no es digno del hombre cambiar totalmente el aspecto de la cuestión;... es indigno que yo interponga todos estos paliativos entre la palabra y yo, que dé a este aparato crítico el nombre de seriedad y de celo por la verdad, y que deje, en fin, adquirir tales proporciones a este trabajo que jamás tenga el sentimiento de leer la palabra de Dios y jamás llegue a mirarme en el espejo. Parece que yo atraigo hacia mí la palabra con todos esos estudios, investigaciones, argumentos y sutilezas; en realidad, con estos procedimientos la alejo de la manera más astuta lo más posible de mí, a una distancia infinitamente mayor de lo que se encuentra de quien jamás la ha visto, y de quien experimenta tal temor y tal angustia que la rechaza lejos... No te engañes, no te hagas el astuto. Porque nosotros no lo somos poco ante Dios y su palabra”[1].

[1] S. KIERKEGAARD, Pour un examen de conscience á mes contemporains (1851), traducido del danés por P.-H. Tisseau, Bazoges-en-Pareds (Vendée), 1934, pp. 44-52.

sábado, 22 de agosto de 2015

CONGRESO EUCARÍSTICO I



PEREGRINANDO HACIA EL CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL I[1]:
Unos tienen y no quieren, otros quieren y no tienen, nosotros que tenemos y queremos demos gracias a Dios.

Éstas palabras quieren señalar un anhelo que puede llegar a ser colmado, un anhelo muy dentro nuestro, ese de caminar en presencia de Cristo, de vivir en Cristo. Nuestra preparación hacia el congreso eucarístico puede ser esa actitud de anhelo, deseo profundo que no se escancia de cualquier modo sino de uno que es único: el de Su presencia.
Estas palabras de san Agustín a continuación quieren ser ayuda a esa preparación:

Yo soy el pan vivo que descendí del cielo. Pan vivo precisamente, porque descendí del cielo. El maná también descendió del cielo; pero el maná era la sombra, éste la verdad. Si alguien comiere de este pan, vivirá eternamente; y el pan que yo le daré es mi carne, \que es la vida del mundo. ¿Cuándo iba la carne a ser capaz de comprender esto de llamar al pan carne? ¡Se da el nombre de carne a lo que la carne no entiende; y tanto menos comprende la carne, porque se llama carne. Esto fué lo que les horrorizó, y dijeron que esto era demasiado y que no podía ser. Mi carne, dice, es la vida del mundo. Los fieles conocen el cuerpo de Cristo si no desdeñan ser el cuerpo de Cristo. Que lleguen a ser el cuerpo de Cristo si quieren vivir del Espíritu de Cristo. Del Espíritu de Cristo solamente vive el cuerpo de Cristo. Comprended, hermanos, lo que he dicho. Tú eres hombre, y tienes espíritu y tienes cuerpo. Este espíritu es el alma, por la que eres hombre. Tu ser es alma y cuerpo. Tienes espíritu invisible y cuerpo visible. Dime qué es lo que recibe la vida y de quién la recibe. ¿Es tu espíritu el que recibe la vida de tu cuerpo o <es tu cuerpo el que recibe la vida de tu espíritu? Responderá todo el que vive (pues el que no puede responder a esto, no sé si vive). ¿Cuál será la respuesta de quien vive? Mi cuerpo recibe ciertamente de mi espíritu la vida. ¿Quieres, pues, tú recibir la vida del Espíritu de Cristo? Incorpórate al cuerpo de Cristo. ¿Por ventura vive mi cuerpo de tu espíritu? Mi cuerpo vive de mi espíritu, y tu cuerpo vive de tu espíritu. El mismo cuerpo de Cristo no puede vivir sino del Espíritu de Cristo. De aquí que el apóstol Pablo nos hable de este pan, diciendo: Somos muchos un solo pan, un solo cuerpo, ¡Oh qué misterio de amor, y qué símbolo de la unidad, y qué vínculo de la caridad! Quien quiere vivir sabe dónde está su vida y sabe de dónde le viene la vida. Que se acerque, y que crea, y que se incorpore a este cuerpo, para que tenga participación de su vida. No le horrorice la unión con los miembros, y no sea un miembro podrido, que deba ser cortado; ni miembro deforme, de quien el cuerpo se avergüence; que sea bello, proporcionado y sano, y que esté unido al cuerpo para que viva de Dios para Dios, y que trabaje ahora en la tierra para reinar después en el cielo.
[San Agustín, Tratado según san Juan, XXVI,13]



[1] Entrada preparada por el P. Marcelo Maciel, osb.

martes, 18 de agosto de 2015

VISITA GRUPO "VERITAS" 16 DE AGOSTO DE 2015


Los integrantes del Grupo "Veritas" de Tucumán, acompañados por los dominicios Fray Javier, Fray Nicolás y Fray Ariel, visitaron nuestro monasterio la tarde del domingo 16 de agosto y con ellos leímos, meditamos y dialogamos sobre el ENCUENTRO DE JESÚS CON EL JOVEN RICO, y como este encuentro fue central en la vida y vocación de san Antonio del Desierto.

I. JOVEN RICO: Evangelio según san Mateo
19, 16 En esto se le acercó uno y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?» 17 El le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.» 18 «¿Cuáles?» - le dice él. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, 19 honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo.». 20 Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?» 21 Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme.» 22 Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. 24 Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos.» 25 Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?» 26 Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible.»

II. JOVEN RICO: San Atanasio de Alejandría, Vida de san Antonio
2. 1 Después de la muerte de sus padres quedó solo con su única hermana, mucho más joven. Tenía entonces unos dieciocho a veinte años, y tomó cuidado de la casa y de su hermana. 2 Menos de seis meses después de la muerte de sus padres, iba, como de costumbre, de camino hacia la iglesia. Mientras caminaba, iba meditando y reflexionaba cómo los apóstoles dejaron todo y siguieron al Salvador (Mt 4, 20; 19, 27); cómo, según se refiere en los Hechos (4, 35-37), la gente vendía lo que tenía y lo ponía a los pies de los apóstoles para su distribución entre los necesitados; y qué grande es la esperanza prometida en los cielos a los que obran así (Ef 1, 18; Col 1, 5). 3 Pensando estas cosas, entró a la iglesia. Sucedió que en ese momento se estaba leyendo el evangelio, y escuchó el pasaje en que el Señor dice al joven rico: “Si quieres ser perfecto, vende lo que tienes y dáselo a los pobres; luego ven, sígueme, y tendrás un tesoro en el cielo” (Mt 19, 21). 4 Como si Dios le hubiera puesto el recuerdo de los santos y como si la lectura hubiera sido dirigida especialmente a él, Antonio salió inmediatamente de la iglesia y dio la propiedad que tenía de sus antepasados: unas 80 hectáreas, tierra muy fértil y muy hermosa. No quiso que ni él ni su hermana tuvieran ya nada que ver con ella. 5 Vendió todo lo demás, los bienes muebles que poseía, y entregó a los pobres la considerable suma recibida, dejando sólo un poco para su hermana. 3. 1 Pero de nuevo, otra vez que entró en la iglesia, escuchó aquella palabra del Señor en el evangelio: “No se preocupen del mañana” (Mt 6, 34). No pudo soportar mayor espera, sino que fue y distribuyó a los pobres también esto último…




sábado, 15 de agosto de 2015

SOBRE LA PALABRA DE DIOS

La Palabra de Dios en la vida personal y comunitaria según Gregorio Magno[I]


Algunas reflexiones para motivar el diálogo a partir de cuatro fragmentos de san Gregorio Magno (540-604)[1]: uno referido a la presencia-actividad de la Palabra de Dios en el Opus Dei (Liturgia), dos en la lectio divina y el cuarto en la comunidad.
La clave del tema, en la perspectiva de la teología-vida monástica, es “aprender a conocer el corazón de Dios (cor Dei) en la palabra de Dios (verbis Dei)” (Ep. V, 46).

I. La Palabra de Dios en el Opus Dei

De las Homilías sobre Ezequiel:
“…cuando Josafat le preguntó (a Eliseo) por lo futuro, faltándole la inspiración profética (2 Re 3, 15), mandó que le llevasen uno que tañera el arpa, para que, mientras este cantaba al son del arpa, descendiera a él la inspiración profética y le revelara lo futuro; pues la voz de la salmodia, cuando se hace con la devoción del corazón, por ella se abre el Señor omnipotente el camino al corazón para que infunda al alma devota bien los secretos de la profecía o bien la gracia de la compunción. Por eso está escrito (Sal 49, 23): El sacrificio de alabanza, ése es el que me honra, y ése es el camino por el cual manifestaré al hombre la salvación de Dios. Ahora bien, lo que en latín significa (salutare Dei) la salvación de Dios, en hebreo significa Jesús; por consiguiente, en el sacrificio de alabanza se abre camino a Jesús; porque, cuando por medio de la salmodia se infunde la compunción, en nuestro corazón se abre camino por el cual al fin se llega a Jesús, conforme Él lo dice, hablando de su manifestación (Jn 14, 21): El que me ama será amado por mi Padre; yo lo amaré y yo mismo me manifestaré a él. También por eso está escrito (Sal 67, 5): Cantad al Señor, entonad salmos a su nombre, allanad el camino al que sube sobre el occidente. El Señor es el nombre suyo, pues quien, resucitando, venció la muerte, ese mismo es el que sube sobre el occidente; al cual, cuando cantamos, allanamos el camino para que venga a nuestro corazón y nos inflame en la gracia de su amor”[2].

Los monjes somos hombres de la Palabra: escuchamos y pronunciamos (cantamos) la Palabra. Nos la anunciamos mutuamente, coro a coro. Nuestra cultura monástica ha dicho el Papa Benedicto XVI es ante todo la “cultura de la Palabra”. En ella vivimos, nos movemos, existimos. Estamos sumergidos en la Palabra, rodeados por la Palabra, contenidos por la Palabra.
Para Gregorio existe un doble efecto de la Palabra:
a)      Ad extra: Infunde los secretos de la profecía (pasado, presente y futuro). “Vigías del crepúsculo de la vida actual y profetas de la aurora que aguarda a los fieles” (Pablo VI). Espíritu-don profético (saber leer la Escritura a la luz de Cristo: El AT se ilumina y se cumple en el NT. La unidad de toda la Escritura. Exégesis canónica) y dimensión escatológica (buscar lo definitivo, esencial).
b)      Ad intra: Infunde la gracia de la compunción (lágrimas, temor-miseria y amor-misericordia). Desgarra y despierta el deseo de la experiencia de Dios, engendra la pureza de corazón, que permiten leer en la letra de la Escritura la Palabra.
En la lectura patrística de la Escritura hay una tensión entre la objetividad-literalidad (exégesis) y el “para el hoy”/“para nosotros”, el aquí y ahora histórico-existencial (hermenéutica). Una hermenéutica de fe.
El Espíritu mueve desde las Escrituras, habla a través de ellas, está presente en las Escrituras que contienen la Palabra de Dios. Dimensión pneumatológica que posibilita la asimilación interior de la Historia en el Misterio y del Misterio en el hombre (Origenes/Gregorio).
El Opus Dei es sacrificio de alabanza, que exige: salmodiar sabiamente y que la mente concuerde con la voz (Cf. RB XIX). Se da una participación (contemporaneidad) en el Misterio (extra tempus sed non extra mysterium), por la inteligencia espiritual de las Escrituras se penetra en el Misterio con y por la Palabra.
En la Palabra leída-celebrada en un contexto litúrgico y en el sentido de la tradición (enriquecimiento-ampliación de los límites de la exégesis bíblica) se abre, y nosotros allanamos (sinergia), el camino del Señor.

II. La Palabra de Dios en la Lectio Divina[3]

a). De los Libros Morales: 
La Sagrada Escritura se presenta ante los ojos del alma como un espejo en el que podemos ver reflejado nuestro rostro interior. En ella conocemos nuestras facciones bellas y feas. En ella percibimos nuestros avances y nuestros retrocesos. Narra los hechos de los santos y mueve los corazones de los débiles a su imitación. Recordando las victoriosas hazañas en su lucha contra los vicios, fortalece nuestra debilidad. Con sus palabras logra que nuestra alma se encuentre menos temblorosa en medio del combate, viendo ante sí los triunfos de tantas personas valerosas. En ocasiones no sólo nos cuenta sus victorias sino también sus caídas. De esa forma, captamos en la victoria de los valerosos lo que debemos imitar y vemos en sus faltas lo que debemos temer. A Job se le describe crecido ante la tentación, a David postrado ante ella. Así, la virtud de nuestros mayores conforta nuestra esperanza y su caída nos hace cautos en la humildad. La primera nos eleva infundiéndonos alegría, la segunda nos frena inspirándonos temor. Si en un caso el ánimo del que escucha recibe la confianza de la esperanza, en el otro es instruido en la humildad del temor. Retenido por el miedo no se ensoberbece temerariamente, ni atrapado por el temor cae en la desesperación, porque gracias al ejemplo de la virtud se robustece en la confianza de la esperanza”[4].

Los monjes hacemos lectio y la lectio nos hace monjes. La escucha/obediencia hace hijos: purifica el corazón y enciende la caridad. La soledad y el silencio, la estabilidad y la conversatio morum, el ayuno y la vigilia, el trabajo y el estudio, están en función de la escucha de la Palabra que nos configura con el Verbo.
Gregorio nos ofrece una triple descripción de la Palabra:
·         Espejo (Rostro interior / Habitare secum / criterio de discernimiento del progreso-retroceso en la vida espiritual).
·         Icono (Modelo / Vir Dei / victorias-caídas).
·         Arma (Lucha espiritual-tensión / De pugna Daemonum / fortalece nuestra debilidad).
Los Padres leían la Escritura, en la Tradición viva de la Iglesia, como Historia salutis (Israel/Cristo/Iglesia). La totalidad de la Escritura en la unidad de los dos testamentos, que es la unidad del Espíritu inspirador e inspirante. “Salida” del hombre hacia la Letra/Historia y de la Historia al Misterio (Jerónimo).

b). De las Homilías sobre Ezequiel:
“…las palabras de la Sagrada Escritura, según se ha dicho muchas veces, crecen en inteligencia según lo que en ella sienten los lectores; pues en una misma sentencia de la Sagrada Escritura, el uno se alimenta solo de la historia, otro busca el sentido típico; otro, en cambio, por la figura busca el sentido contemplativo o místico. Y con frecuencia sucede que, conforme se ha dicho, en una misma sentencia pueden hallarse los tres sentidos a la vez… Gran milagro es éste (la zarza que ardía sin consumirse). Si en él atiendes sólo a la historia, ya hay ahí con qué se nutre el alma del lector, viendo que el fuego arde en la leña y no la consume. En cambio si buscas entender lo que eso significa, ¿qué se entiende por la llama sino la ley de la cual esta escrito (Deut 33,2): En su mano derecha la ley de fuego? ¿Y qué por la zarza sino el pueblo judío, cubierto con las espinas de sus pecados? Pero la zarza que ardía no pudo consumirse, porque el pueblo judío recibió, si, la ley, mas, a pesar de ello, no abandonó las espinas de sus pecados, ni la llama de la divina palabra consumió enteramente sus vicios. Tal vez otro alguno desea que se contemplen en este hecho cosas más altas por medio del sentido típico... y así: Entre los hombres hízose igualmente hombre perfecto el Hijo único de Dios, el cual no tuvo pecados propios, pero cargó sobre sí las espinas de nuestra maldad y se dignó humillarse por nosotros hasta la pasión y recibir en sí mismo el fuego de nuestra tribulación. Ardió, pues, mas no se consumió, porque en cuanto a la humanidad murió, pero permaneció inmortal en cuanto a la divinidad; tomo de nosotros aquello por donde sacrificarse por nosotros, pero también en lo suyo propio permaneció impasible e inconmutable para cambiarnos a nosotros de lo nuestro. Acaso otro requiere la moralidad de la historia y, además, el sentido místico por el sentido alegórico… Luego, porque lo que dicen las sagradas palabras crece con el espíritu de los que las leen…”[5].

Los monjes crecemos-maduramos por la lectio de la Palabra y la Palabra crece por la lectio de los monjes. Los Padre plantean un crecimiento recíproco (etapas de la vida espiritual-sentidos de la Escritura):
·         Principiantes / Carnales / literal.
·         Proficientes / Psíquicos / tropológico.
·         Perfectos / Pneumáticos / místico.
Esto explica la “hagiografía exegética”.
Se trata de una comprensión sapiencial, contemplativa, de una inteligencia mística, hermenéutica de fe, exégesis y teología, exégesis y lectio divina. Ejemplo de la zarza que arde sin consumirse: Lectio vitae.
Los Padres buscaban el Sentido (modelo tipológico de Daniélou/Simonetti): Cristo total, en los sentidos (modelo alegórico de H. de Lubac/Gargano) literal-histórico (capadocios), alegórico-dogmático (alejandrinos), tropológico-moral y anagógico-místico de la Escritura.

III. La Palabra de Dios en la Comunidad

De las Homilías sobre Ezequiel:
“…sé que, generalmente, muchas cosas que sólo no puede entender en la Sagrada Escritura, las entendí puesto entre mis hermanos. Y también procuré saber por mérito de quién se me daba a mí entender esa inteligencia; y claro ésta que esto se me da a mí en favor de los que me están oyendo. Por tanto, resulta que, con el favor de Dios, el entender crece y la elación disminuye al aprender, por causa vuestra, lo que entre vosotros enseño; porque, confieso la verdad, generalmente, con vosotros oigo lo que digo. Por consiguiente, cuanto en este profeta (Ezequiel) entienda menos, se debe a mi oscuridad, y, si algo pudiera entender bien, se debe al favor que Dios hace a vuestra caridad”[6].

Los monjes recibimos la Escritura de la mano de la Iglesia/Esposa, la leemos con sus ojos y su corazón y la interpretamos en su fe, según la analogía de la fe; “…la Escritura precisa de la interpretación, y precisa de la comunidad en la que se ha formado y en la que es vivida. En ella tiene su unidad y en ella se despliega el sentido que aúna el todo. Dicho todavía de otro modo: existen dimensiones del significado de la Palabra y de las palabras, que se desvelan sólo en la comunión vivida de esta Palabra que crea la historia” (Benedicto XVI, Discurso en el Collège des Bernardins).
El monasterio es una comunidad de lectio, se ingresa y se permanece en la comunidad porque en su interior el Señor habla y la comunidad escucha.. Discernimiento-confrontación: La comunidad que lee, es leída.
Si nos alimentamos (masticamos y digerimos) abundantemente de la Palabra, eructamos la Palabra apenas abrimos la boca, por eso comencemos con el diálogo.

Pedro Edmundo Gómez, osb


[1] Fuentes y Estudios: Homiliae in Hiezechihelem Prophetam, ed. M. Adriaen, CChr 142, Turnhout 1971; In Cantica Canticorum, ed. P. Verbraken, CChr 144, Turnhout 1963; Moralia in Iob, ed. M. Adriaen, CChr 143, 143 A –B, Turnhout 1979-1985. (Tr. it. Commento morale a Giobbe, I-IV, Roma 1994-2001. Tr. sp. ed. J. Rico, 1-2, Madrid 1998. 2004); Dialogues, edd. A. de Vogüé – P. Antin, ed. lat.-fr., SC 251, 260, 265, Paris 1978-1980. (Ed. lat.-it., Opere di Gregorio Magno, Roma 2001); XL Homiliarum in Evangelia libri duo, ed. H. A. Hurter – G. Cremascoli, ed. lat.-it., in Opere di Gregorio Magno, Roma 1994. (Tr. Ing. Forty Gospel Homilies, ed. D. Hurst, Kalamazoo 1990); Regula Pastoralis, ed. lat.-fr., edd. B. Judic – F. Rommel, SC 381-382, Paris 1992. Tr. it. Città Nuova, Roma 1990. Tr. sp. edd. A. Holgado – J. Rico, Ciudad Nueva, Madrid 2001. Estudios: C. Dagens, Saint Grégoire le Grand. Culture et expérience chrétiennes, Paris 1977 ; R. Gillet, Grégoire le Grand, in DSp VI, 872-910 ; R. Godding, Bibliografia di Gregorio Magno (1890-1989), in Opere di Gregorio Magno. Complementi / 1, Roma 1990; O. M. Porcel, La doctrina monástica de san Gregorio Magno y la ‘Regula Monasteriorum’, Madrid 1950, Washington, 1951; C. Ricci, Mysterium Dispensationis. Tracce di una teologia della storia in Gregorio Magno, Studia Anselmiana 135, Roma 2002; A. Simón, «Il metodo teologico di Gregorio Magno. Il processo plurisemantico della analogia metaesegetica», in L’eredità spirituale di Gregorio Magno tra Occidente e Oriente, a cura di G. I. Gargano, Verona 2005, 153-180. www.mondodomani.org/reportata. Benedictina 53 (2006) 341-363. Trad. sp. Revista Española de Teología 65 (2005) 5-29.
[2] Homilías sobre Ezequiel I, 1, 15, BAC, Madrid, 1978, pp. 246-247.
[3] Cf. G. I. Gargano, “La metodologia esegetica dei Padri”, en Metodologia dell’Antico Testamento, EDB, Bologna, 1997, pp. 197-221; La Lectio Divina, Introducción a la “Lectio Divina”, San Pablo, Santafe de Bogota, 1995.
[4] Mor. in Iob II, I, 1. Libros Morales/1, Ciudad Nueva, Madrid, 1998, p. 128.
[5] Homilías sobre Ezequiel I, 7, 9-10, pp. 300-301.
[6] Homilías sobre Ezequiel II, 2, 1, p. 406.

[I] Adaptación de la conferencia a la comunidad monástica, 25 de febrero de 2012.