viernes, 7 de junio de 2019
sábado, 1 de junio de 2019
El encuentro del joven Jesús con el anciano Nicodemo (3)
II. “Fue de noche a ver a Jesús…”
¿Por qué va de noche a encontrarse con
Jesús?
Porque no quiere que sea conocida su
simpatía por Él. En Maestro de maestros, Las cartas de Gamaliel, leemos: “Nicodemo
nos comentó que acordó con el nazareno verse de noche, por razones de
prudencia: no quería ser visto con Jesús por temor a la reacción de los principales
del pueblo”[1].
Porque es tímido, vergonzoso, según la
opinión de san Agustín, o porque tiene prudencia:
“Nicodemo, uno
de ellos, que había ido a ver a Jesús, les dijo: ‘¿Acaso nuestra Ley permite
juzgar a un hombre sin escucharlo antes para saber lo que hizo?’. Le
respondieron: ‘¿Tú también eres galileo? Examina las Escrituras y verás que de Galilea
no surge ningún profeta’…” (Jn 7,
50-52).
Porque es tiempo de iluminación: “¡Feliz
el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se detiene en el camino
de los pecadores, ni se sienta en la reunión de los impíos, sino que se
complace en la ley del Señor y la medita de día y de noche!” (Sal 1, 1-2), “Bendeciré al Señor que me
aconseja, ¡hasta de noche me instruye mi conciencia!” (Sal 16,7). Los rabinos afirmaban que el mejor momento para estudiar
la Ley era por la noche, cuando nada perturbaba a los hombres. La noche es tiempo
de mayor intimidad: “el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz” (Jn 2, 21). La noche es tiempo de
salvación.
Porque es símbolo de su fe insipiente,
parcial, porque aún no había recibido la plenitud de la luz. Reconoce a Jesús como
Maestro, pero no comprende sus palabras. Aquí comienza a aparecer el gran
problema del lenguaje y del mensaje. Por otro lado dice: “¿Sabemos que…?”,
plural de grupo, se reconoce parte de una comunidad. El nuevo problema que se
manifiesta es el del saber por experiencia o solo por teoría, se siente
atraído, por los signos externos (acciones, milagros, obras, praxis), por la
enseñanza (discursos, parábolas, doctrina), pero no ha descubierto a la Persona
porque tiene una mirada horizontal, lo llama “Maestro”, es decir igual, enviado
de Dios, un poco superior. Entre quienes rechazan a Jesús (los judíos en el
templo) y quienes tienen fe (los discípulos en Caná) estarían los que tienen
una fe insuficiente. Nicodemo tiene miedo de los demás, del grupo, duda en dar
el salto de la fe, siente la fascinación de este Maestro, tan diferente de los
demás, pero no logra superar aún los condicionamientos del ambiente contrario a
él y titubea en el umbral de la fe. “Sin embargo, muchos creyeron en él, aun
entre las autoridades, pero a causa de los fariseos no lo manifestaron, para no
ser expulsados de la sinagoga. Preferían la gloria de los hombres a la gloria
de Dios” (Jn 12,42-43).
Ciertamente es mejor ir de noche, que
nunca. El fariseo va de noche, diferente a la samaritana que va a medio día. Un
proceso auroral, que va de la noche a la luz, opuesto al de Judas, de la luz a
la noche.
Don Miguel de Unamuno escribió Nicodemo el fariseo, obra en la que hace
una reflexión sobre la virtud teologal de la fe:
“Fe! ¡Qué poco
se medita con el corazón y no con la cabeza tan sólo, en lo que la fe sea e
importe! No una mera adhesión del intelecto a un principio abstracto, a una
fórmula sin contenido ya acaso; no la afirmación de principios metafísicos o
teológicos; no, sino un acto de abandono y de entrega cordial de la voluntad,
una serena confianza en que concurren a un fin mismo la naturaleza y el
espíritu, en que naturalizando al espíritu lo sobreespiritualizamos y
espiritualizando a la naturaleza la sobrenaturalizamos, una confianza firme en
que habita la verdad dentro de nosotros, en que somos vaso de verdad y en que
la verdad es consuelo; una confianza firme en que al obrar con pureza y sencillez
de intención servimos a un designio supremo, sea el que fuere”.
[1] Ignacio Driollet, Maestro de maestros, Las cartas de Gamaliel,
San Pablo, 2009, p. 287.
sábado, 25 de mayo de 2019
PRIMER ENCUENTRO MONÁSTICO-CONTEMPLATIVO DE TUCUMÁN. EL SIAMBÓN 24 DE MAYO DE 2019
Participantes; Monjas Carmelitas de San Miguel de Tucumán, Monjas Dominicas de Concepción y Monjes Benedictinos de El Siambón.
La Instrucción
La vida fraterna en comunidad, del 2 de febrero de 1994, dice:
“28. No hay que
olvidar, por fin, que la paz y el gozo de estar juntos siguen siendo uno de los
signos del Reino de Dios. La alegría de vivir, aun en medio de las dificultades
del camino humano y espiritual y de las tristezas cotidianas, forma ya parte
del Reino. Esta alegría es fruto del Espíritu y abarca la sencillez de la
existencia, el tejido banal de lo cotidiano. Una fraternidad sin alegría es una
fraternidad que se apaga. Muy pronto sus miembros se verán tentados de buscar
en otra parte lo que no pueden encontrar en su casa. Una fraternidad donde
abunda la alegría es un verdadero don de lo Alto a los hermanos que saben
pedirlo y que saben aceptarse y se comprometen en la vida fraterna confiando en
la acción del Espíritu. Se cumplen, de este modo, las palabras del salmo: ‘Ved
qué delicia y qué hermosura es vivir los hermanos unidos...; ahí el Señor da la
bendición y la vida para siempre’ (Sal
133,1-3), ‘porque, cuando viven juntos fraternalmente, se reúnen en la asamblea
de la Iglesia, se sienten concordes en la caridad y en un solo querer’…”[1].
Y en la Constitución Apostólica Vultum Dei quaerere sobre la vida
contemplativa femenina del 29 de junio de 2016, leemos:
“26. Vosotras,
que habéis abrazado la vida monástica, recordad siempre que los hombres y las
mujeres de nuestro tiempo esperan de vosotras un testimonio de verdadera
comunión fraterna que, en la sociedad marcada por divisiones y desigualdades,
manifiesta con fuerza que es posible y bello vivir juntos (Cf. Sal 133,1), a pesar de las diferencias generacionales, de
formación y, a veces, culturales. Que vuestras comunidades sean signos creíbles
de que estas diferencias enriquecen la vida fraterna, lejos de ser un
impedimento para vivirla. Recordad que unidad y comunión no significan
uniformidad, y que se alimentan del diálogo, del compartir, de la ayuda
recíproca y profunda humanidad, especialmente hacia los miembros más frágiles y
necesitados”[2].
que baja por la barba de Aarón,
3. Es roció del Hermón que va bajando[15]
sobre el monte[16]
Sión,
Porque allí manda[17]
el Señor la bendición:
la vida para siempre.
“Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que eres un solo Dios pero no un
Dios solo; que al crear al hombre a tu imagen y semejanza dijiste que no es
bueno que estuviera solo; que creaste la Iglesia como ‘un pueblo reunido por la
unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo (Lumen Gentium, 4); y que eres
la fuente de todo amor, amistad y concordia en la convivencia humana: derrama
sobre nosotros el ungüento precisos de tu unción y el rocío de tu amor, para
que el gozo de la concordia en este mundo nos sea imagen, prenda y estímulo
para avanzar hacia la caridad perfecta, que es la vida para siempre” (H. Raguer, “Salmo 132: La
concordia es don de Dios”, p.131).
[1] Congregación para los Institutos
de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, La Instr. La vida fraterna en comunidad. Congregavit nos in unum Christi amor 28, Paulinas, Bs. As., 1994,
p. 33.
[2] Francisco, Constitución
Apostólica Vultum Dei quaerere sobre
la vida contemplativa femenina 26,
w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_constitutions/documents/papa-francesco_costituzione-ap_20160629_vultum-dei-quaerere.html.
[3] Mirad.
[4] Bueno, paz.
[5] Dulce, deleitoso, grato,
agradable, alegría.
[6] Habitar, estar.
[7] Todos juntos.
[8] Oleo perfumado.
[9] Fino, exquisito, fragante.
[10] Sobre.
[11] Desciende.
[12] Hasta.
[13] Orla, boca.
[14] Vestidura, vestido.
[15] Cae.
[16] Por las alturas, colinas de…
[17] Dispensa, derrama.
Etiquetas:
Abad,
Arzobispo,
bienvenido,
comunidad,
congregación,
Cultura. belleza,
El Siambón,
espiritualidad,
formación,
fotos,
hermano,
huéspedes,
Liturgia,
Palabra de Dios,
visita,
visitas
El encuentro del joven Jesús con el anciano Nicodemo (2)
I.
“Había entre los
fariseos un hombre llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los
judíos”.
¿Quién es este
Nicodemo?
Literariamente, un hombre de bien, rico,
fariseo, puro, conocedor la Ley, miembro del Sanedrín, alguien importante con
autoridad, un judío de nombre griego. Un personaje que Juan define como “el que
había ido a ver de noche a Jesús”, el que busca al Otro, al diferente de sí.
Espiritualmente,
un “nuevo Natanael”, “Al ver llegar a Natanael, Jesús dijo: ‘Este es un
verdadero israelita, un hombre sin doblez’…” (Jn 1, 47), sincero, que trasciende sus prejuicios, su forma de ver y
vivir la relación con Dios, posición social y edad. Podemos personalizar a
Nicodemo, somos nosotros los hombres religiosos de hoy: un salesiano, un
capitular, la inspectoría, la comunidad, que
busca discernir la voluntad de Dios, pero también los jóvenes (“jóvenes viejos”),
y en ese caso ¿quiénes seríamos nosotros? También, podríamos invertir los roles
y pensar que los jóvenes son Jesús, a los cuales hacemos preguntas y con sus
respuestas nos desafían a nacer de nuevo, a nacer de lo alto, a nacer del
Espíritu.
En una de sus homilías para el IV
domingo de cuaresma decía Benedicto XVI:
“¡Cuántos,
también en nuestro tiempo, buscan a Dios, buscan a Jesús y a su Iglesia, buscan
la misericordia divina, y esperan un ‘signo’ que toque su mente y su corazón!
Hoy, como entonces, el evangelista nos recuerda que el único ‘signo’ es Jesús
elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente
suficiente. En él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la
salvación. Este es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo
de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro
personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que es
individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar: como
testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor”[1].
[1] 26 de marzo de 2006.
sábado, 18 de mayo de 2019
El encuentro del joven Jesús con el anciano Nicodemo (1)
Nota: Lectio compartida por el Abad con los participantes del capitulo inspectorial salesiano de Argentina Norte el 29 de abril de 2019.
Cuando me propusieron esta participación
en el capítulo, pedí unos días para pensarlo y rezarlo. Me preguntaba: ¿conviene
o no que vaya?, ¿qué les puede aportar un benedictino a los salesianos?, luego
de unos días las preguntas cambiaron: ¿Señor, qué les digo de parte tuya?, ¿cómo
se los digo? El Hno. Germán, para ponerme en sintonía con la temática, me facilitó
los resultados de una encuesta en la cual, ustedes apostaban a la escucha de
los jóvenes, cuando la leí me surgieron más preguntas: ¿en qué me estoy
metiendo?, ¿cómo colaboro?
Para discernir, decidí hacer lo que
hacemos los monjes, escuchar al Señor en la Liturgia y la Palabra, por eso,
cuando vi que el evangelio de este lunes de la segunda semana de Pascua era el
encuentro del joven Jesús con el anciano Nicodemo (Jn 3,1-15), sentí que encontraba respuesta, que fue confirmada por el
inicio de la exhortación postsinodal de Francisco Christus vivit 1-2:
“Vive Cristo,
esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que
Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida…¡Él vive y te quiere
vivo! Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí
está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te
sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los
fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza”.
Les propongo por eso una lectio divina/vitae con el evangelio de
hoy, ayudados por una imagen de Gabriel Chávez de la Mora, osb., una chacarera
del Grupo Metanóia y algunas consideraciones para “permanecer” con el oído del
corazón en el texto.
“Había entre los fariseos un hombre
llamado Nicodemo, que era uno de los notables entre los judíos. Fue de noche a
ver a Jesús y le dijo: ‘Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios
para enseñar, porque nadie puede realizar los signos que tú haces, si Dios no
está con él’. Jesús le respondió: ‘Te aseguro que el que no renace de lo alto no
puede ver el Reino de Dios’ Nicodemo le preguntó: ‘¿Cómo un hombre puede nacer
cuando ya es viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el seno de su madre
y volver a nacer?’ Jesús le respondió: ‘Te aseguro que el que no nace del agua
y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es
carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya
dicho: Ustedes tienen que renacer de lo alto. El viento sopla donde quiere: tú
oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con
todo el que ha nacido del Espíritu’. ‘¿Cómo es posible todo esto?’, le volvió a
preguntar Nicodemo. Jesús le respondió: ‘¿Tú, que eres maestro en Israel, no
sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que hablamos de lo
que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan
nuestro testimonio. Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra,
¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo? Nadie ha subido al
cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el
cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el
desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto,
para que todos los que creen en él tengan Vida eterna”.
sábado, 11 de mayo de 2019
MADUREZ HUMANA, MADUREZ PASCUAL
El
maduro es un hombre…
Libre interiormente frente a lo terreno y caduco;
amo de sus afectos y pasiones;
capaz de corregirse y reparar sus yerros;
buscador de la verdad y la virtud;
compasivo con los débiles;
dueño de su corazón;
fácil para perdonar las injurias;
amigo del sacrificio y de la cruz;
no ahogado por el individualismo;
de gran unidad interior;
que vive de cara a Dios y a la eternidad;
familiarizado con Dios en la oración;
magnánimo y generoso;
confiado totalmente en Dios;
de mirada sana y sin envidia;
esforzado y prudente;
y fiel a su palabra.
Tal
hombre es un ideal al que Jesús nos hace mirar con ojos llenos de esperanza y
ánimo dispuesto a la conquista.
Tales
debemos intentar llegar a ser.
P. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.
La madurez según
Jesucristo,
El hombre a la
luz del Sermón de la Montaña,
Colección Virtus/13,
San Rafael, 2011, p. 74.
sábado, 4 de mayo de 2019
La "domesticación" de la ira en la pedagogía benedictina (IV)
Apéndice: Educación y violencia
De la vida de
San Anselmo de Canterbury:
«Cierto día, un abad famoso
por su piedad conversaba con él sobre el estado religioso y la dificultad de
disciplinar a los niños educados en el monasterio. “Indícame, te suplico – le
dice a Anselmo -, qué regla hay que observar con ellos, porque son perversos e
incorregibles. Día y noche los castigamos, y, sin embargo, cada vez son
peores”. “¿No cesáis de castigarlos? – repuso el prior extrañado -. Y cuando
sean adultos, ¿qué será de ellos? Embrutecidos y salvajes”. “Pero entonces
¿para qué gastar tanto con ellos, si terminan por hacerse unos brutos?”. “¿Y
qué vamos a hacer? Ponemos todos los medios para que progresen, pero es tiempo
perdido, aunque se les obligue con empujones”. “Vamos a ver, señor abad:
supongamos que plantáis un árbol en vuestro jardín; si se le oprime de suerte
que no pueda extender sus ramas y no se les quitan estas trabas más que después
de algunos años, ¿qué árbol saldrá? Seguramente un árbol inútil, de ramas
torcidas y revueltas”. “Y ¿de quién será la culpa sino del que le ató? Pues eso
es lo que hacéis con vuestros niños. Al consagrarles a Dios, se les ha plantado
en el jardín de la Iglesia para que crezcan y fructifiquen, y vosotros, por el
temor, las amenazas, los golpes, les tenéis tan oprimidos, que no pueden tener
ninguna libertad. Tratados de esa manera, acumulan, acarician, alimentan en su
seno malos pensamientos, que se entrelazan como espinas, lo que podría servir
no sirve más que para desechar con terquedad lo que podría servir para su
corrección. Como no ven ningún afecto, ninguna bondad ni benevolencia para con
ellos, se imaginan que vuestros procedimientos para con ellos van inspirados
por el odio y la irritación. Y, desgraciadamente, ocurre que a medida que van
creciendo, crece también con ellos el odio y toda clase de malas sospechas, que
los inclina hacia el vicio. Y, como nadie les ha mostrado verdadero afecto, son
incapaces de mirar a nadie si no es de reojo y con las cejas bajas. Pero en
nombre de Dios respóndame: ¿Qué razón tenéis para ensañaros así contra ellos?
¿No son de la misma naturaleza que nosotros? Si estuvierais en su lugar, ¿os
gustaría que os tratasen de la misma manera?... ¿Es que no queréis formarlos en
las buenas costumbres más que fuerza de golpes y latigazos? ¿Habéis visto jamás
un artesano que se contente con batir una lámina de oro o de plata para hacer
una bella imagen? No lo creo. ¿Qué hace pues? Para dar una forma conveniente al
precioso metal, le oprime y golpea dulcemente con algún instrumento, después le
coge con tenazas más delicadas y le modela con más suavidad aún. Vosotros
igualmente, si queréis que vuestros niños adquieran buenas costumbres, debéis
templar las correcciones corporales con una bondad paternal, con una asistencia
llena de suavidad. “Pero ¿qué temperamento tomar, qué medios? – replicó el abad
- Todos nuestros esfuerzos tienden a obligarles a tomar maneras graves y llenas
de madurez”. “Muy bien –dijo Anselmo -, el pan, como todo otro alimento sólido,
es excelente para aquel que puede comerlo; pero dáselo a un niño que acaba de dejar
el pecho, y veréis que le asfixiará en vez de fortificarle. ¿Por qué? Inútil
decirlo, porque es evidente. Pero guardad bien esto: así como el cuerpo exige
una alimentación distinta, según este débil o vigoroso, de igual modo el alma,
según que es débil o fuerte, pide alimento distinto. Un alma fuerte se sostiene
con un alimento sólido. La paciencia en las tribulaciones, presentar la mejilla
izquierda cuando la derecha es golpeada, rogar por sus enemigos, amar a los que
nos odian y otras virtudes semejantes, he ahí su fuerza y su alegría. El alma
débil y aun tierna tiene necesidad de leche, quiero decir de la dulzura del
prójimo, de bondad, de compasión, de consuelo, de aguante caritativo. Si en
esta forma os ponéis al alcance de vuestros niños, haciéndoos fuerte con los
fuertes, débil con los débiles, los ganaréis todos para Dios, en el grado en
que debe hacerse”. Al oír estas palabras, el abad se puso a gemir: “Sí,
verdaderamente nos hemos equivocado, la luz de la discreción no nos ha guiado”.
Y posternándose a los pies del santo, confesó sus faltas pasadas y prometió
enmendarse en el futuro»[1].
[1] Eadmero, Vita Anselmi 1,
22-23. 30-31.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




