miércoles, 16 de septiembre de 2020
miércoles, 9 de septiembre de 2020
El silencio monástico
“El
silencio consiste, no por cierto en no decir nada, sino en poner una custodia a
la boca (Sal.39;2) y rodear los
labios de una clausura, a fin de hablar (1.) cómo y cuándo (quomodo et quando) es necesario, (2.) dónde
y cuándo (ubi et quando) se debe,
(3.) qué cosa y por qué motivos (quid
et unde). Hay, pues, un tiempo para hablar y otro para callar (Ec.3:7)”. Adam de Perseigne [+1221], Ep 29.
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miércoles, 2 de septiembre de 2020
La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (IV)
III. San Guillermo de
Saint- Thierry: La contemplación de la humanidad de Cristo (¡Oh Cristo! Tú eres
hombre)
“3. Que la voz de tu testimonio me
responda adentro, en mi alma y en mi espíritu, estremeciendo y sacudiendo todo
mi interior (Sal 28, 2). El relámpago
de tu verdad e responde que ‘el hombre nunca podrá verte y permanecer vivo’ (Ex 33,20), y esta luz ha cegado mis ojos
interiores. Porque, ciertamente estoy sumergido en el pecado hasta el momento
presente (Jn 9,34), no habiendo
podido morir a mismo para verte a ti (2 Cor
5,15).
Sin embargo, según tu precepto y por don
tuyo, me afirmo en la piedra (Ex 33,
21) de la fe en ti, de la fe cristiana, el lugar que verdaderamente está junto
a ti: allí, aguardando atentamente, con toda mi capacidad, sufro con paciencia
y abrazo y beso tu derecha que me cubre y protege (Sab 5,16; Ex 33,22). Y a
veces, cuando miro diligentemente, percibo las espaldas (Ex 33,22) de Aquel que me ve, percibo que pasa la humildad de la
dispensación humana de Cristo, tu Hijo. Pero cuando me empeño en llegar a Él, o
como la hemorroísa (Mt 9, 20ss):
cuando me esfuerzo por ‘robar’ la salud para mi alma enferma y miserable, por
el contacto saludable de sus fimbrias, al menos; o , como Tomás (Jn 20,24 ss), varón de deseos (Dan 9, 23), cuando yo anhelo verlo
enteramente y tocarlo, y todavía más: acceder a la sagrada herida de su
costado, puerta del arca abierta al costado (Gén 6,16), no sólo para meter allí el dedo o toda la mano, sino
para entrar entero hasta el corazón mismo de Jesús[1],
en el Santo de los Santos, en el arca del Testamento, hasta la urna de oro (Hebr 9, 3-4), al alma de nuestra
humanidad que contiene en sí el maná de la divinidad: ¡ay! entonces se me dice:
‘No me toques’ (Jn 20,17), y aquello
del Apocalipsis: ‘¡afuera los perros!’ (Ap
22,15).
Así, como lo merezco, cuando los
latigazos de mi conciencia me expulsan y me arrojan fuera, estoy obligado a
pagar la pena de mi imprudencia y presunción. Y nuevamente me afirmo sobre mi
piedra que es el refugio de erizos (Sal
103,28) llenos de espinas de sus pecados, de nuevo abrazo y beso tu derecha que
me cubre y me protege (Sal 5,16; Ex 33, 22). Y de lo que siento, o veo
aún levemente, más se enciende mi deseo; y casi con impaciencia, aguardando que
un día levantes la mano que me cubre y me infundas la gracia iluminante, para
que por fin entonces, según la respuesta de tu verdad, muerto a mí mismo y vivo
para ti, a cara descubierta, comience a ver tu misma cara y sea transformado en
ti por la visión de tu faz (2 Cor 3,18). Y, ¡qué feliz el rostro que,
al verte, merece ser transfigurado en ti! Edifica en su corazón un tabernáculo
al Dios de Jacob (Sal 131, 5) según
el modelo que se le mostró en la montaña (Hebr
8,5 y Ex 25,40). Y canta con verdad y
competencia: ‘Mi corazón te dice: mi rostro te ha buscado, tu rostro buscaré,
Señor’ (Sal 26,8) [2].
Como dije, es por un don te tu gracia,
Señor, el que vea todos los ángulos y límites de mi conciencia, única y
exclusivamente deseo verte para que todos los confines de la tierra vean la
salvación del Señor su Dios (Is
52,10), de modo que ame a aquel que veo, a quien amar es vivir verdaderamente.
Pues me digo en la languidez de mis deseos: ‘¿Quién ama lo que no ve?’ (1 Jn 4,20). ¿Cómo podría ser amable lo que
de algún modo no fuera visible?”[3]
[1] (Entrar en el corazón de Cristo
significa la contemplación de la divinidad, a diferencia de su humanidad.
Teodoro H. Martín-Lunas. Cf. Meditación
VIII).
[2] Para la contemplación del
“rostro de Dios”, Cf. Meditación III.
[3] Guillermo de Saint-Thierry, De la contemplación de Dios…, (Padres
Cistercienses 1), Monasterio Ntra. Sra. de los Ángeles, Azul, 1076, pp. 36-40.
miércoles, 26 de agosto de 2020
La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (III)
II. San Agustín de
Hipona: Moisés ve las espaldas de Yahvé
“28. El Señor dice después a Moisés: No podrás ver mi rostro y vivir, porque no
verá hombre alguno mi faz y vivirá. Y dijo el Señor: He aquí un lugar cabe mí;
tú estarás sobre la roca y al pasar mi gloria te pondré en una hendidura de la
roca y te cubriré mientras paso con mi mano, y retiraré mi mano y entonces
verás mis espaldas; mas mi rostro no lo verás. Se puede legítimamente,
interpretar este pasaje como una prefiguración de la persona de nuestro Señor
Jesucristo, entendiendo por parte posterior su carne, en la que nació de una
Virgen, murió y resucitó: ya se llame posterior a causa de la posterioridad de
su condición mortal, ya sea por haberse verificado casi al finalizar de los
siglos, es decir, en los tiempos postreros. Su rostro es su forma divina, según
la cual no juzgó rapiña hacerse una cosa con el Padre, forma que nadie puede
ver y vivir; ora, finalmente, se llame posterior porque después de esta vida,
en constante peregrinación hacia Dios, en la que el cuerpo corruptible apesga
(molesta, fastidia) al alma, veremos a Dios cara
a cara, como dice el Apóstol.
Esta vida se dice en los Salmos: Vanidad universal el hombre que vive; y
en otra parte: En tu presencia no será
justificado ningún viviente. Vida en la que, según San Juan, no se ha
manifestado lo que hemos de ser. Sabemos
que, cuando aparezca, seremos semejantes a El, porque le veremos como es;
lo que quiere se entienda después de este vivir, cuando hayamos pechado tributo
a la muerte y recibido el premio prometido de la resurrección.
En la vida presente, si sabemos penetrar
en el conocimiento espiritual de la Sabiduría de Dios, por quien fueron hechas
todas las cosas, moriremos a los afectos de la carne, y, reputando muerto para
nosotros el mundo y muertos nosotros al siglo, podemos repetir con el Apóstol: El mundo está crucificado para mí, y yo para
el mundo. De esta muerte dice de nuevo: Si
estáis muertos en Cristo, ¿por qué, como si vivieseis en el siglo, juzgáis
según sus máximas? Con justa razón se dice que nadie puede ver el rostro,
es decir, la manifestación de la Sabiduría de Dios, y vivir.
Esta es la gloria por cuya posesión
gozosa suspira el que se afana por amar a Dios con todo su corazón, con toda su
alma, con toda su mente; y para conseguir su contemplación trata de edificar al
prójimo, en la medida de su flaqueza, todo el que le ama como se ama a sí
mismo; siendo estos dos preceptos compendio de la Ley y de los Profetas. Y esto
lo vemos prefigurado en Moisés. El amor divino que en él llameaba le hace
exclamar: Si he hallado gracia en tu
presencia, muéstrateme a ti mismo manifiestamente, para que sea como el que
encuentra gracia delante de ti; y a causa del amor del prójimo añade: Para que sepa que esta gente es tu pueblo.
Esta es la belleza que inflama en ardores de posesión a toda alma racional:
anhelo tanto más urente (ardiente, abrasador) cuanto más puro, tanto más casto
cuanto más espiritual y tanto más espiritual cuanto menos carnal.
Pero, mientras peregrinamos lejos de
Dios y caminamos por fe y no por visión, vemos las espaldas de Cristo, es
decir, su carne, mediante la fe, sólido cimiento, simbolizado en la roca, desde
donde le contemplaremos como desde alcázar inexpugnable; esto es, desde el seno
de la Iglesia católica, de la cual está escrito: Y sobre esta roca edificaré mi Iglesia. Y con tanta mayor seguridad
y anhelo amaremos ver la faz de Cristo cuanto más profundo sea el conocimiento
que tengamos del amor que antes nos tuvo el Señor, manifestado en el dorso de
su carne”[1].
[1] San Agustín de Hipona, Tratado sobre la Santísima Trinidad, II,
XVII, 28, en Obras de San Agustín,
Tomo V, BAC, Madrid, 1978, pp. 251.253.
miércoles, 19 de agosto de 2020
La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (II)
I. San Gregorio de
Nisa: Caminar detrás del Señor
“249. Quien ha avanzado hasta este punto
y ha estado protegido por la mano de Dios, como ha puesto de relieve el relato
(la mano quizás sea la fuerza de Dios, creadora de los seres, el Unigénito de
Dios por medio del cual han sido hechas todas las cosas (Jn 1,3), el cual también es lugar para quienes corren; es, según su
propia expresión (Cf. Jn 14, 6; 1 Tm 4,7), camino de los que corren, y es
también roca para los que están firmes, y casa para aquellos que han alcanzado
el reposo), ése se sentirá llamar, y verá la espalda del que llama, esto es: Marchará detrás del Señor Dios (Dt 13,5), conforme prescribe la Ley[1]…
251. También, el Señor que, al
convertirse en plenitud de la propia Ley, recibía la riqueza de Moisés, se
dirige en forma parecida a los discípulos, y desvela claramente las cosas que
habían sido dichas en figuras, cuando dice: si
alguien quiere venir detrás de mí (Lc
9,23). No dijo: ‘Si alguno quiere ir delante de Mí’. Y dirige la misma
invitación a quien le suplicaba por la vida eterna: Ven y sígueme (Lc 18,22).
Ahora bien, quien sigue ve la espalda.
252. Por consiguiente, Moisés, que tiene
ansias de ver a Dios, recibe la enseñanza de cómo es posible ver a Dios: seguir
a Dios a donde quiera que Él conduzca, eso es ver a Dios. Su paso indica que guía a quien lo sigue.
Para quien ignora el camino, no es posible recorrerlo con seguridad más que
siguiendo detrás a quien guía. Por esta razón quien guía, yendo delante,
muestra el camino a quién le sigue, y quien sigue no se apartará del buen
camino si mira continuamente a la espalda de quien conduce”[2].
[1] Camino y término. Camino porque
es la meta. Dios-Logos-Cristo. Seguimiento de Dios=seguimiento de Cristo. Cf. Sobre la vocación cristiana 9-20.
[2] Gregorio de Nisa, Sobre la vida de Moisés, (Biblioteca de
Patrística 23), Ciudad Nueva, Madrid, 1993, pp, 211-212. Seguimiento de Cristo.
Dejarse conducir por él = abandono en la voluntad divina.
miércoles, 12 de agosto de 2020
La contemplación-seguimiento de la “espalda de Dios” (posteriora Dei): meditación en la humanidad de Cristo (I)
Pedro Edmundo Gómez, osb.[1]
El anclaje de la
fe en la visión de Jesús y de los santos
“…la luz de Jesús se refleja en los
santos e irradia de nuevo desde ellos. Pero ‘santos’ no son únicamente las
personas que han sido propiamente canonizadas. Siempre hay santos ocultos, que
en comunión con Jesús reciben un rayo de su esplendor, una experiencia concreta
y real de Dios. Quizás, para precisar más, podamos tomar un extraña expresión
que el Antiguo Testamento utiliza en relación con la historia de Moisés: si
bien los santos no pueden ver plenamente a Dios cara a cara, al menos pueden
verlo ‘de espaldas’ (Ex 33,23). Y así
como brillaba el rostro de Moisés después de su encuentro con Dios[2],
también irradia la luz de Jesús desde la vida de hombres semejantes”[3].
Ex 33, 18-23:
“Moisés dijo: «Por favor, muéstrame tu gloria». El Señor le respondió: «Yo haré
pasar junto a ti toda mi bondad y pronunciaré delante de ti el nombre del
Señor, porque yo concedo mi favor a quien quiero concederlo y me compadezco de
quien quiero compadecerme. Pero tú no puedes ver mi rostro, añadió, porque
ningún hombre puede verme y seguir viviendo». Luego el Señor le dijo: «Aquí a
mi lado tienes un lugar. Tú estarás de pie sobre la roca, y cuando pase mi
gloria, yo te pondré en la hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta
que haya pasado. Después retiraré mi mano y tú verás mis espaldas. Pero nadie
puede ver mi rostro»[4].
“…en la Vita Moysis de Gregorio de Nisa los magníficos desarrollos que hace
sobre este texto, que culminan en la proposición: “a quien preguntaba por la
vida eterna, él (Señor) le respondía…: ‘Ven y sígueme’ (Lc 18,22). Pero quien sigue mira la espalda de aquel que camina
delante. Entonces Moisés, que deseaba ver a Dios, aprendió la forma de verle:
seguir a Dios hacia dónde Él guía, es ver a Dios” (PG 44, 408 D). Esta exposición tuvo después diversas variantes en
la tradición espiritual; cf. para el medioevo por ejemplo Guillermo de
Saint-Thierry, De Contemplando Deo
3…”[5].
“12. Aunque
hasta ahora hemos hablado principalmente del Antiguo Testamento, ya se ha
dejado entrever la íntima compenetración de los dos Testamentos como única
Escritura de la fe cristiana. La verdadera originalidad del Nuevo Testamento no
consiste en nuevas ideas, sino en la figura misma de Cristo, que da carne y
sangre a los conceptos: un realismo inaudito. Tampoco en el Antiguo Testamento
la novedad bíblica consiste simplemente en nociones abstractas, sino en la
actuación imprevisible y, en cierto sentido inaudita, de Dios. Este actuar
de Dios adquiere ahora su forma dramática, puesto que, en Jesucristo, el propio
Dios va tras la « oveja perdida », la humanidad doliente y extraviada. Cuando
Jesús habla en sus parábolas del pastor que va tras la oveja descarriada, de la
mujer que busca el dracma, del padre que sale al encuentro del hijo pródigo y
lo abraza, no se trata sólo de meras palabras, sino que es la explicación de su
propio ser y actuar. En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra
sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor
en su forma más radical. Poner la mirada en el costado traspasado de Cristo,
del que habla Juan (cf. 19, 37), ayuda a comprender lo que ha sido el punto de
partida de esta Carta encíclica: « Dios es amor » (1 Jn 4, 8). Es allí, en la
cruz, donde puede contemplarse esta verdad. Y a partir de allí se debe definir
ahora qué es el amor. Y, desde esa mirada, el cristiano encuentra la
orientación de su vivir y de su amar”[6].
[1] Abadía de Cristo Rey, El Siambón,
Tucumán.
[2] Ex 34, 29-35: “Cuando Moisés
bajó de la montaña del Sinaí, trayendo en sus manos las dos tablas del
Testimonio, no sabía que su rostro se había vuelto radiante porque había
hablado con el Señor. Al verlo, Aarón y todos los israelitas advirtieron que su
rostro resplandecía, y tuvieron miedo de acercarse a él. Pero Moisés los llamó;
entonces se acercaron Aarón y todos los jefes de la comunidad, y él les habló.
Después se acercaron también todos los israelitas, y él les transmitió las
órdenes que el Señor le había dado en la montaña del Sinaí. Cuando Moisés
terminó de hablarles, se cubrió el rostro con un velo. Y siempre que iba a
presentarse delante del Señor para conversar con él, se quitaba el velo hasta
que salía de la Carpa. Al salir, comunicaba a los israelitas lo que el Señor le
había ordenado, y los israelitas veían que su rostro estaba radiante. Después
Moisés volvía a poner el velo sobre su rostro, hasta que entraba de nuevo a
conversar con el Señor”.
[3] J. Ratzinger, Mirar a Cristo, Ejercicios de Fe, Esperanza
y Caridad, Encuentro, Madrid, 2018, p. 32.
[4] Cf. J-L. Ska, “La espalda de Dios (Ex 33, 18-23)”, en Los rostros poco conocidos de Dios, Meditaciones Bíblicas, Ágape Libros,
Buenos Aires, 2008, pp. 87-102.
[5] J. Ratzinger, Mirar a Cristo, Ejercicios de Fe, Esperanza
y Caridad, p. 32, nota 11.
[6] Benedicto XVI, Deus caritas est,
http://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html
martes, 4 de agosto de 2020
Novedad editorial
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