sábado, 27 de agosto de 2016

San Benito: la moral y la política III° parte

“Otro de los milagros indica cómo asume Benito su responsabilidad socio-política. Un godo llamado Zalla oprime a muchos campesinos en los alrededores del monasterio. Cuando, en una oportunidad, atormenta casi hasta la muerte a un campesino para que le entregue por fin su patrimonio, el campesino no puede ayudarse sino con la excusa de que ha entregado sus bienes a Benito. Zalla le encadena y lo lleva a empujones hasta Benito. El godo se pone a gritar a Benito pero éste no pierde su tranquilidad. Mira las cadenas del campesino, y éstas caen por tierra. El hecho conmueve al cruel godo, que cae a los pies de Benito y le pide que ore por él. Benito le da un pan consagrado en la esperanza de que abandone su furia cruel. El godo deja en libertad al campesino y modifica a partir de entonces su injusto comportamiento. Benito no esboza un programa político pero, en su inequívoca claridad, repercute en forma transformadora en la situación social y política. A su manera, se hace cargo de su responsabilidad por el mundo. Y, por lo visto, la situación social y política de la población en torno al monasterio mejora en forma decisiva gracias a su intervención” (Anselm Grün, Benito de Nursia, Espiritualidad enraizada en la tierra, Herder, Barcelona, 2003, pp.29-30)

“Benito, en ese momento, está sentado a la entrada del monasterio, leyendo… Benito no se deja intimidar, ni siquiera por gente cruel. Debido a su paz interior, es más fuerte que aquellos que se enorgullecen ante él y se las dan de poderosos. Benito, por encima de las apariencias, percibe al hombre débil que se ve en la necesidad de pasar por fuerte porque su debilidad y baja autoestima le dan miedo. Sostiene con calma la mirada del otro, y su mirada obra en el primero la liberación de sus ataduras y en el otro la conversión. Aquí, Benito ayuda a alguien que vive en una situación de injusticia, acosado por quien ha usurpado el poder para sí, sin ningún derecho. En este caso la actuación de Benito tiene dimensiones sociales y políticas. Su monasterio está situado en medio del mundo, a pesar de que, primero, hay que subir una montaña para llegar hasta él. Benito toma en cuenta la situación política. Ya lo ha hecho en el encuentro con el rey Totila. Desde el encuentro con Benito, Totila gobierna de manera diferente. Se muestra menos cruel. El godo Zalla ya no se atreve a exigirle a este campesino nada sin una justificación. Frente a los explotadores y tiranos, Benito toma una posición clara. Pero no pierde la esperanza en ninguno. Los amonesta, y ora por ellos. Espera algo bueno de ellos. No piensa que ya no hay nada que hacer. A Zalla le da pan bendito. Confía en que el bien que le hace le cambie el corazón y le motive a actuar de manera diferente. El éxito le da la razón… Las ataduras del oprimido caen” (Anselm Grün, Hacia la plenitud, El camino de san Benito, Abad, Monte Casino-ECUAM, Zamora, 1997, pp. 71-72).

sábado, 20 de agosto de 2016

San Benito: la moral y la política II parte.

SAN GREGORIO MAGNO, DIÁLOGOS II. 
CAPÍTULO XXXI: DE UN LABRIEGO MANIATADO, QUE DESATÓ CON SÓLO SU MIRADA.
Un godo por nombre Zalla, afiliado a la herejía arriana, en tiempos del rey Totila, se encendió en odio
y bárbara crueldad contra los varones piadosos de la Iglesia Católica, hasta el punto de que si algún
clérigo o monje topaba con él no escapaba con vida de sus manos. Un día, abrasado por el ardor de
su avaricia y ávido de rapiña, le dio por afligir con crueles tormentos a cierto labriego, y a torturarle
con varios suplicios. El rústico, vencido por tales tormentos, declaró que había confiado todos sus
bienes al siervo de Dios Benito, para que creyéndole su verdugo, diera entre tanto tregua a su
crueldad y pudiera ganar unas horas de vida.
Cesó entonces Zalla de atormentar al labriego, pero le ató los brazos con gruesas cuerdas y comenzó
a empujarle delante de su caballo para que le mostrara quién era el tal Benito, que había recibido en
depósito todos sus bienes. El labriego, que iba delante con los brazos atados, le condujo al
monasterio del santo varón, a quien encontró sentado junto a la puerta, solo y leyendo. El labriego
dijo al cruel Zalla, que iba detrás de él: "He aquí al abad Benito, de quien antes te hablé". Zalla fijó en
él su mirada llena de ira y ferocidad, y creyendo que podía usar con él los procedimientos terroristas
que acostumbraba, empezó a gritar fuertemente, diciéndole: "¡Levántate, levántate! ¡Devuelve todo lo
que recibiste de este labriego!". Al oír estas palabras, el hombre de Dios, levantó sus ojos de la
lectura, le miró y fijó también la vista en el labriego que mantenía maniatado. A1 poner los ojos sobre
los brazos del labriego, comenzaron a desatarse de un modo maravilloso y con tanta rapidez las
cuerdas que ataban sus brazos, que no hubiera podido desligarlos tan presto celeridad humana
alguna. Al ver Zalla cuán fácilmente quedaba desatado aquel que había traído maniatado consigo,
aterrado ante la fuerza de tal poder, cayó del caballo y doblando a las plantas de Benito aquella su
cerviz de inflexible crueldad, se encomendó a sus oraciones.
El hombre de Dios no dejó por eso su lectura, pero llamó a los monjes y les mandó que introdujeran a
Zalla en el monasterio y que le obsequiaran con algún alimento bendecido. Cuando volvió a su
presencia, le amonestó a que dejara tanta insana crueldad. Y así, al retirarse aplacado, no se atrevió
a pedir nada a aquel labriego, a quien el hombre de Dios había desatado sin tocarlo, con sóla su
mirada.
Esto es, Pedro, lo que antes te decía: que aquellos que sirven con más familiaridad a Dios
todopoderoso algunas veces suelen obrar cosas admirables con sólo su poder. Pues el que estando
sentado reprimiera la ferocidad de aquel terrible godo, y con sólo su mirada deshiciera las cuerdas y
nudos que ataban los brazos de un inocente, nos indican por 1a misma rapidez con que se hizo el
milagro, que había recibido el poder de hacerlo.
Ahora añadiré también un magnífico milagro, que obtuvo por medio de la oración.

sábado, 13 de agosto de 2016

San Benito: la moral y la política I° parte

“Es siempre peligroso establecer paralelismos demasiado precisos entre un período histórico y otro; y entre los más engañosos de tales paralelismos están aquellos que han sido establecidos entre nuestra propia época en Europa y Norteamérica y la época en la cual el Imperio Romano declinó adentrándose en la Edad Oscura. No obstante existen ciertos paralelismos. Ocurrió un punto de inflexión crucial en esa historia anterior cuando hombres y mujeres de buena voluntad se apartaron de la tarea de apuntalar el imperium Romano y cesaron de identificar la continuación de la civilidad y de la comunidad moral con la conservación de ese imperium. Lo que ellos se propusieron lograr en lugar de eso –a menudo sin darse cuenta completamente de lo que estaban haciendo– fue la construcción de nuevas formas de comunidad dentro de las cuales la vida moral podía ser sostenida, de modo que tanto la moralidad como la civilidad pudieran sobrevivir en la era adveniente de barbarie y oscuridad. Si mi descripción de nuestra condición moral es correcta, deberíamos también concluir que desde hace algún tiempo también nosotros hemos alcanzado ese punto de inflexión. Lo que importa en esta etapa es la construcción de formas locales de comunidad dentro de las cuales la civilidad y la vida intelectual y moral puedan ser sostenidas a través de la nueva edad oscura que ya está sobre nosotros. Y si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir los horrores de la última edad oscura, nosotros no estamos enteramente carentes de fundamentos para la esperanza. Esta vez, sin embargo, los bárbaros no están esperando más allá de las fronteras; ellos ya han estado gobernándonos por bastante tiempo. Y es nuestra falta de conciencia de esto lo que constituye parte de nuestro problema. No estamos esperando a un Godot, sino a otro –indudablemente muy diferente– San Benito.” (Alasdair MacIntyre, After Virtue. A Study in Moral Theory, University of Notre Dame Press; Notre Dame, Indiana, 1984, Second Edition, p. 263).

sábado, 6 de agosto de 2016

HOMILIA DEL ABAD BENITO EN EL DOMINGO 19 C

En cierto sentido podríamos decir que las tres lecturas de este domingo son escatológicas, las tres nos hacen mirar al futuro, a la culminación de la historia de la salvación.
La primera del Libro de la Sabiduría reflexiona poéticamente sobre la liberación de la esclavitud de Egipto: “Aquella noche fue dada a conocer de antemano a nuestros padres, para que, sabiendo con seguridad en qué juramentos habían creído, se sintieran reconfortados.” Hoy es una invitación para nosotros a reflexionar sobre la Alianza que Dios ha hecho con nosotros, de qué nos ha liberado y cuál es nuestra tierra prometida.
 La segunda lectura, el precioso texto de la Carta a los Hebreos, es una relectura de la historia de los patriarcas que subraya la fe y la esperanza que los animaron a “buscar una patria mejor, nada menos que la celestial”.  Esa búsqueda la hicieron en la oscuridad de la fe. Abraham “partió sin saber  adonde iba”; pero con la seguridad que le daba el saber con quién iba, con el Dios fiel.
En el evangelio tenemos que distinguir dos partes bien diferenciadas. Los tres primeros versículos son la conclusión del discurso sobre el manejo de los bienes materiales que leímos el domingo pasado más una parte que no se leyó. La segunda parte trata de la actitud de vigilancia que nos exige la certeza de la venida del Señor.
Jesús describe la actitud de vigilancia con tres parábolas. La primera presenta a un Señor que fue a una fiesta de bodas, evidente alusión al banquete escatológico, y encargó a sus sirvientes que lo esperan. Tienen que hacerlo con las lámparas encendidas y las vestiduras ceñidas, listos para servirlo cuando regrese y golpee la puerta. La parábola termina con una bienaventuranza, “¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!” Pero un final inesperado: el dueño entra y hace tomar asiento a sus servidores y se pone a servirles la cena. La vigilancia del cristiano tiene como premio el sentarse a la mesa del banquete del final de los tiempos.
La segunda parábola, más cortita, advierte sobre la venida del Señor que no tiene fecha ni hora, “llegará a la hora menos pensada”

La tercera precisa que la espera no es de brazos cruzados. El Señor encomienda distintos tareas, distintos ministerios. A uno en particular lo constituye responsable de los servidores y sirvientes y tiene que velar para que no les falte alimento. Jesús advierte sobre las tentaciones de la autoridad,  el abuso del poder. En vez de distribuirles el trigo maltrata a los súbditos y se dedica, seguramente con lo que les quita, a las festicholas. Lamentablemente conocemos muchos de estos casos que los medios de comunicación a diario nos presentan. Nuestro riesgo es contentarnos con encontrar muchos casos como el de la parábola y tranquilizar nuestra conciencia diciéndonos que no somos  corruptos y que no tenemos bolsones para enterrar. Está bien no ser ingenuos y estar atentos para luchar contra la corrupción y el abuso de poder, pero eso no basta. En un examen de conciencia sincero tenemos que descubrir cuando no pusimos con responsabilidad y generosidad nuestros talentos al servicio de nuestros “consiervos”. La vigilancia del cristiano tiene que ser una vigilancia activa y lúcida. Descubrir cuál es la tarea que el Señor nos encomendó para que la llevemos a cabo hasta su venida. Si la desempeñamos con responsabilidad podremos decir sin miedo y con confianza: ¡Ven Señor Jesús!    

sábado, 30 de julio de 2016

¿Cómo cerrar monásticamente las puertas?

El monje abrió los ojos lentamente y contempló la huerta cubierta de nieve.
—Permítame que le pregunte algo —dijo, como si no hubiese oído las últimas palabras de su visitante—: ¿cómo cierra usted las puertas? ¿Las deja entreabiertas, las empuja suavemente o tal vez las cierra de golpe?
La señorita Prim abrió los ojos sorprendida, pero inmediatamente recuperó la compostura. Ahora estaba segura, aquel anciano había perdido la cabeza.
—Creo que las dejo entreabiertas o las empujo suavemente. Nunca doy portazos, eso desde luego.
—A los cartujos, durante su noviciado, se les enseña a cerrar las puertas volviéndose para activar cuidadosamente su mecanismo, sin empujarlas ni dejar que se cierren solas. ¿Sabe por qué se les exige eso?
La señorita Prim respondió que no acertaba a imaginárselo.
—Para que aprendan a no apresurarse, para que aprendan a realizar una cosa detrás de la otra, para entrenarlos en la mesura, en la paciencia, en el silencio y la observancia de cada gesto. —El anciano hizo una pausa—. Se preguntará usted por qué le cuento esto. Se lo cuento porque ése es el espíritu con el que hay que emprender un viaje, cualquier viaje. Si lo realiza apresuradamente, sin reposo ni pausa alguna, volverá sin encontrar lo que busca.
—El problema —respondió la bibliotecaria después de meditar aquellas palabras— es que yo no sé qué estoy buscando.
El monje la miró con ojos compasivos. —Entonces quizá el viaje le permita averiguarlo.
La señorita Prim suspiró. Había temido que el viejo monje tratase de adivinar los agujeros negros de su vida, había temido que la taladrase con la mirada y adivinase hasta el más oscuro de sus secretos. Pero aquel hombre no era nada más que un viejecito amable y cansado, no el terrible visionario con un pie en cada mundo que ella había temido encontrar.
—Me habían dicho que era usted capaz de leer en las conciencias. Me advirtieron que me diría cosas que me sorprenderían y me turbarían —dijo de pronto.
El anciano se estremeció bajo el viejo hábito y después habló con una extraña dulzura.
—Hace muchos años, cuando yo era solo un joven, tuve un maestro. Él me enseñó que el sacerdote, todo sacerdote, debe ser siempre un caballero.
La bibliotecaria parpadeó sin comprender.
—Ha venido usted aquí con el temor de que yo le dijese algo que la asombrase, la turbase o la agitase. ¿Qué clase de cortesía sería la mía si hubiese obrado así la primera vez que viene a verme y sin haberme pedido apenas consejo? No tenga miedo de mí, señorita Prim. Estaré aquí para usted. Estaré aquí esperando a que encuentre lo que busca y a que regrese dispuesta a contármelo. Y puede estar segura de que estaré con usted, sin salir de mi vieja celda, incluso mientras lo busca.
—Se puede ir al fin de mundo sin salir de una habitación —murmuró la bibliotecaria.

—Me han dicho que valora usted la delicadeza y que añora la belleza —continuó el anciano—. Busque entonces la belleza, señorita Prim Búsquela en el silencio, búsquela en la calma, búsquela en medio de la noche y búsquela también en la aurora. Deténgase a cerrar las puertas mientras la busca, y no se sorprenda si descubre que ella no vive en los museos ni se esconde en los palacios. No se sorprenda si descubre finalmente que la belleza no es un qué, sino un quién.

Texto tomado de El despertar de la Señorita Prim, Planeta, 2013.

sábado, 23 de julio de 2016

FIESTA DE SANTA MARÍA MAGDALENA

De las Homilías del cardenal Joseph Ratzinger, Papa Benedicto XVI
(22 de julio de 1986, Cuzco, Perú: L’Osservatore Romano, 10 de agosto de 1986)
Santa María Magdalena ha sido considerada digna de ver, la primera entre los hombres, al Señor resucitado. Ella ha sido la primera en experimentar la alborada del sol de la historia. Ella ha sido la primera en ser llamada por su nombre por el Resucitado: ¡María!Ella ha sido la primera que pudo decir: ¡He visto al Señor! Por otra parte, fue a ella a quien por primera vez se dijo que no era posible retener al Señor, que no era posible tenerlo solo para sí misma, encerrarlo en una amistad privada, independientemente de los demás. Cuando ella quería hacer esto y seguir sola abrazando al Señor, olvidando el resto del mundo por la alegría de haberlo encontrado, entonces le fue dicho: «Tú no puedes retenerme, ve donde tus hermanos y dales el anuncio». Podemos retener con nosotros al Señor solo en la medida en que aparentemente alejándonos de él lo llevamos a nuestros hermanos. En efecto, el Señor mismo está en movimiento: él sube a su Padre y nuestro Padre. Él está en camino hacia el Padre. No lo encontraremos mientras estemos intentando retenerlo con nosotros, sino cuando nos pongamos en movimiento con él, solo cuando subamos al Padre con él. De esta manera, en el evangelio de la Magdalena, se compendian maravillosamente las condiciones y la dirección de todo apostolado.
La primera consiste en el amor profundo por el Señor, que hace salir a su búsqueda desde la  madrugada, es decir, son órdenes exteriores, sin ser vistos, antes de cualquier otro deseo u obra propia. El amor no mide las horas de servicio; mantiene despierto el corazón, pues, en efecto, solo el corazón despierto que busca puede encontrarlo. El Señor se manifiesta a quien busca y así podremos decir: «Yo he visto al Señor». Y solo quien lo ha visto puede anunciarlo. El apostolado presupone siempre un encuentro personal con Cristo, que lo conozcamos personalmente en nuestro interior. Solamente entonces podemos llevarlo a los demás.
Pero, precisamente en este punto, llega una tentación: aquella de querer permanecer solo junto al Señor, de refugiarse en la religiosidad personal. En la historia de los santos se puede constatar siempre de nuevo esta tentación, basta pensar en Agustín, en Benito, en Gregorio Magno, en Francisco de Asís. Y así se presenta nuevamente la advertencia: ¡No me retengas! ¡Ve donde tus hermanos y búscame al lado del Padre! Estos dos movimientos, que aparentemente se encuentran en contraste entre sí, son en cambio inseparables el uno del otro. Quien no va donde sus hermanos pierde a Cristo mismo. Quien no lo ama junto con la Iglesia, se aleja de él. Quien no posee el amor por los hermanos no está en la luz, sino en las tinieblas. Sin embargo el amor fraterno y el anuncio a los hermanos deben ser al mismo tiempo un ir hacia el Padre, un resurgir juntos con Cristo resucitado. El amor fraterno no puede reducirse solamente a un mejoramiento del mundo, pues el mundo no se mejora si se quita aquel sol del que depende toda vida. Amamos verdaderamente a los hermanos solo cuando les damos algo más que cosas materiales. Los amamos en verdad solamente si damos una respuesta a su hambre más profunda: el hambre de la verdadera luz del mundo, del verdadero calor. Amamos verdaderamente a los hermanos solo si los ayudamos a subir con Cristo hacia el Padre, a superar lo cotidiano y a encontrar el sol de la historia, el Señor resucitado.

Estos pensamientos podrían resumirse con las palabras que la Iglesia coloca en nuestros labios en la oración litúrgica de este día: «Señor, Dios nuestro, concédenos a nosotros anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos. Amén». 

sábado, 16 de julio de 2016

Sobre la lectio divina: Carta de Orígenes a Gregorio el Taumaturgo

Sobre cuándo y para quiénes son provechosas las enseñanzas de la filosofía para la interpretación de las Sagradas Escrituras con testimonio de la Escritura:
1. Salud en Dios, señor mío gravísimo e hijo respetadísimo, Gregorio. De Orígenes. El natural talento, como sabes, de la inteligencia, si se le añade el ejercicio, puede producir aquella obra que conduzca al término que cabe, digámoslo así, de aquello que uno quiere ejercitar.
Ahora bien, tu talento natural puede hacer de ti un cabal jurisconsulto romano o un filósofo griego de cualquiera de las famosas escuelas. Mas yo quisiera que, como fin, emplearas toda la fuerza de tu talento natural en la inteligencia del cristianismo; como medio, empero, para ese fin haría votos por que tomaras de la filosofía griega las materias que pudieran ser como iniciaciones o propedéutica para el cristianismo; y de la geometría y astronomía, lo que fuere de provecho para la interpretación de las Escrituras Sagradas. De este modo, lo que dicen los que profesan la filosofía, que tienen la geometría y la música, la gramática y la retórica y hasta la astronomía por auxiliares de la filosofía, lo podremos decir nosotros de la filosofía misma respecto del cristianismo.
2.Y eso da tal vez misteriosamente a entender lo que se escribe en el Éxodo (11,2; 12,35s), en nombre de Dios, que se dijera a los hijos de Israel pidieran a sus vecinos y contubernales: vasos de plata y oro y vestidos. Así, despojando a los egipcios, tendrían materia de que fabricar lo necesario para el culto de Dios. Y es así que de los despojos de los egipcios fabricaron los hijos de Israel lo que había en el sancta sanctorum: el arca con su cubierta, los querubines, el propiciatorio y la urna de oro, en que fue depositado el maná, pan de los ángeles. Ahora bien, es verosímil que todo esto se fabricara del mejor oro de los egipcios; de algún otro de segunda clase, el candelabro, sólido, de oro todo, cerca del velo interior, y los candelabros sobre él; la mesa de oro, sobre la que estaban los panes de la proposición, y, entre ambos, el incensario de oro. Y si había un tercero y cuarto oro, de él se fabricarían los vasos sagrados. Y, por el mismo caso, de la plata de los egipcios se fabricarían otros. Porque, morando los hijos de Israel en Egipto, de su estancia allí sacaron la ganancia de tener abundancia de materia preciosa para lo necesario al culto de Dios. Y es verosímil que de los vestidos de los egipcios se hiciera todo lo que, en expresión de la Escritura, necesita de la labor de los sastres, que cosen con sabiduría de Dios vestiduras tales para usos tales, a fin de hacer velos y cortinas para el atrio por fuera y por dentro.
3. Mas ¿qué necesidad tengo de esta inoportuna digresión para demostrar la utilidad de las cosas que los israelitas tomaron de Egipto, cosas de que los egipcios no usaban debidamente, y los hebreos, inspirados por la sabiduría de Dios, dedicaron a la religión de Dios? Sin embargo, la divina Escritura sabe que para algunos fue un mal haber bajado de la tierra de los hijos de Israel a Egipto; con ello da misteriosamente a entender ser para algunos un mal habitar entre los egipcios, es decir, entre las enseñanzas de este mundo, después que se criaron en la ley de Dios y en el culto que le tributa Israel. Ahí está, por ejemplo, Ader (Adad), idumeo, que, mientras estuvo en tierra de Israel y no gustó de los panes de egipcios, no fabricó ídolos. Mas Cuando, huyendo del sabio Salomón, bajó a Egipto, como quien huyera de la sabiduría de Dios, se emparentó con el faraón, casándose con la hermana de la mujer de éste, de la que tuvo un hijo, que se crió entre los familiares del faraón (cf. 3 Reg ll,14ss). Por eso, si es cierto que volvió a la •tierra de Israel, para escindir al pueblo de Dios volvió, para hacerle decir ante la novilla de oro: Estos son tus dioses, ¡oh Israel!, que te sacaron de la tierra de Egipto (3 Reg 12,28;-Ex 32,4.8). Y yo, que lo sé por experiencia, “puedo decir ser raro el que, tomando lo útil de Egipto y saliéndose de aquí, fabrique con ello lo que atañe al culto de Dios. Muchos, en cambio, son los hermanos del idumeo Ader. Y .éstos son los que, por cierta erudición helénica, engendran ideas” heréticas y construyen, como si dijéramos, novillas de oro, en Bethel, .que se interpreta casa de Dios. Paréceme a mí que con esto nos da misteriosamente a entender la palabra divina, que erigieron estatuas de sus propias fantasías en las Escrituras, en que mora la palabra de Dios, llamadas figuradamente casa de Dios. La otra estatua dice la palabra divina haberse erigido en Dan. Ahora bien, los confines de Dan son ya fronterizos y lindan con los límites gentiles, como se ve por lo que se escribe en el libro de Josué (19,40ss). Cerca, pues, de los lindes gentiles están algunas de las fantasías que se inventaron, como hemos señalado, los hermanos de Ader.
4 Tú, pues, señor e hijo mío, atiende principalmente a la lectio de las Escrituras divinas (1 Tim 4,13); pero atiende. Pues de mucha atención tenemos necesidad quienes leemos lo divino, a fin de no decir ni pensar nada temerariamente acerca de ello. Y a par que atiendes a la lectio de las cosas divinas con intención fiel y agradable a Dios, llama y golpea a lo escondido de ellas, y te abrirá aquel portero de quien dijo Jesús: “A éste le abre el portero” (Jn 10,3). Y a par que atiendes a la lectio divina, busca con fe inconmovible en Dios el sentido de las letras divinas, escondido a muchos. Pero no te contentes con golpear y buscar, pues necesaria es de todo punto la oración pidiendo la inteligencia de lo divino. Exhortándonos a ella el Salvador, no sólo dijo: Llamad y se os abrirá, buscad y encontraréis, sino también: Pedid y se os dará (Mt 7,7; Lc 11,9).
Todo esto me he atrevido a decirte por el paterno amor que te profeso. Si he hecho bien en atreverme o no, Dios lo sabe y su Cristo, y el que participe del espíritu de Dios y de su Cristo. ¡Ojalá tú también participes y pidas participar, a fin de que digas no sólo: Nos hemos hecho partícipes de Cristo (Hebr 3,14), sino también: Nos hemos hecho partícipes de Dios.nda