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miércoles, 1 de julio de 2020

Sobre Santa Gertrudis de Helfta (I) Patrona de nuestro ropero comunitario







Nuestro Ropero comunitario está bajo el patrocinio de Santa Gertrudis, para conocer más sobre ella y su “espiritualidad”.



“El descubrimiento de un Dios capaz de crear y honrar la libertad humana hasta las últimas consecuencias llevó a la teóloga del siglo XIII Gertrudis de Helfta, junto con sus hermanas del monasterio, a desarrollar una cristología (una teología sobre Jesucristo) alternativa a la cristología hegemónica de la Baja Edad Media. La teología dominante caracterizaba a Cristo Jesús como Pantocrátor, Dios Todopoderoso, Rey del Mundo. Esta imagen enfatizaba el poder de Cristo de gobernar y de imponer su ley a todas sus criaturas. Se le concebía a imagen y semejanza de un emperador, un Señor dominante y soberano que ejercía su autoridad suprema desde arriba.
Teniendo en cuenta esta imagen dominante resulta sorprendente que en la primera experiencia de Dios que tiene Gertrudis, Jesús se le aparezca como un joven de dieciséis años que interactúa con ella, una experimentada monja de veintiséis años que había vivido en el monasterio desde que tenía cinco, sin ningún tipo de atributo mayestático. A partir de esta primera experiencia, la comprensión que Gertrudis tiene de Jesús va creciendo en intimidad y Gertrudis empieza a desarrollar la idea de la vulnerabilidad de Dios sin abandonar la idea de su majestad o de su trascendencia. Es precisamente la simultaneidad de la trascendencia y la vulnerabilidad de Dios lo que se convierte en el nervio central de la teología de Gertrudis. A fin de captar adecuadamente este aspecto de su teología, es ilustrativo comparar la experiencia interior que describe en el capítulo VIII de su obra El heraldo del amor divino, con la que describe en el capítulo XIV. En ambas ocasiones, Gertrudis está participando en la eucaristía del domingo XV del tiempo litúrgico ordinario. En ambas ocasiones la experiencia se produce después de haber cantado la antífona propia del día: Sed mi protector. En su primera experiencia Jesús le ofrece su corazón como tierra prometida donde ella podrá encontrar reposo y protección: «Tocando durante la recitación de estos versos tu pecho bendito con tu venerable mano, me mostraste cuál era la tierra que tu generosidad infinita me prometía». En su segunda experiencia, los papeles se invierten de forma sorprendente y es Jesús quien busca reposo y protección en el corazón de Gertrudis: «Mediante las palabras del introito me diste a entender, oh objeto único de mi amor, que, agotado por las persecuciones y los ultrajes que tantas personas te infligen, buscabas mi corazón a fin de descansar en él. Así, cada vez que entré en mi corazón durante los siguientes tres días, te encontré en él acostado como una persona aquejada por un cansancio extremo». La experiencia de la vulnerabilidad y de la necesidad de Dios le es posible a Gertrudis a causa de la Encarnación, la más distintiva y peculiar de todas las creencias cristianas: Dios tomó carne, existió como ser humano en el tiempo y en el espacio en toda la plenitud de Dios. En el contexto del cristianismo primitivo esta idea les parecía simplemente absurda a los sabios, y a los que tenían fe religiosa les parecía ofensiva. Es probable que este siga siendo el caso hoy en día. La idea de Dios no se aviene con la idea de límite. Y sin embargo, los límites que el espacio y el tiempo nos imponen nunca constituyen en realidad obstáculos para la realización de nuestro potencial de amar (de nuestro potencial divino) en toda su plenitud. Tales límites representan en realidad la condición de posibilidad de nuestra libertad de la misma forma que el aire es condición de posibilidad para el vuelo de la paloma de Kant: «La ligera paloma, que siente la resistencia del aire que surca al volar libremente, podría imaginarse que volaría mucho mejor aún en un espacio vacío», escribió Kant en la Introducción de la Crítica de la razón pura.
Confianza, libertad, gozo, profundidad, intimidad, cuerpo, serenidad, luz, reposo, beso y dulzura son algunas de las palabras que reaparecen con más frecuencia en los escritos de Gertrudis. Expresan la forma en que Gertrudis experimentaba a Dios y cómo hablaba de Dios a los peregrinos que hacían cola en la puerta del monasterio para hablar con ella y con sus hermanas. El círculo teológico de Helfta es responsable de haber iniciado la tradición del «sagrado corazón» de Jesús, mas no concebida como una imagen edulcorada y superficial del amor, sino como un tomarse en serio la invitación de Dios a la amistad y a la intimidad con Ella. Gertrudis dejó atrás su búsqueda infantil de un Dios todopoderoso y controlador para descubrir que Dios era en realidad vulnerable, que Dios esperaba y que de hecho necesitaba el acto original de amor que solo ella podía hacer y que debía ser constantemente renovado. Gertrudis descubrió que Dios esperaba establecer una relación personal de amor con ella y con cada uno de nosotros. Esta impactante combinación de la majestad y la vulnerabilidad de Dios constituye el novum teológico introducido por las monjas de Helfta, un novum que se corresponde directamente con el mensaje del Evangelio. Gertrudis describió esta doble dimensión del amor único de Dios con la imagen de un corazón del que surgen dos rayos de luz: dorado para la divinidad, rosa para la humanidad (la carne). En la Encarnación, Dios ha experimentado lo que las nociones clásicas de Dios más rechazan, esto es, el cambio. Dios ha cambiado: ha adquirido un cuerpo que, por la resurrección, ha sido incorporado a Dios para toda la eternidad.
Las monjas de Helfta hablaron entre ellas de sus experiencias interiores y se ayudaron unas a otras a tomar en serio los retos que conllevaban, mas cada una las vivió en la soledad de la propia intimidad. Ellas descubrieron las profundidades de lo que el lenguaje moderno llama «subjetividad»; fueron verdaderas pioneras en el siglo XIII, del descubrimiento de la subjetividad y la libertad individual; anticiparon la devotio moderna y fueron transformadas por su experiencia de tal manera que adquirieron autoridad para inspirar a otras personas (varones y mujeres) en el camino hacia el gozo y la realización personal. Estas monjas son un ejemplo de liderazgo femenino que escapó del control patriarcal y se desarrolló de forma natural y sin cortapisas”.

Teresa Forcades i Vila, Fe y libertad, Herder, Barcelona, 2017, pp. 42-43.


sábado, 22 de junio de 2019

BASURA Y CULTURA DEL DESCARTE (UN GRAVE PROBLEMA TAMBIÉN EN NUESTRA ZONA DE EL SIAMBÓN. ¿QUÉ PODEMOS HACER?)


21. Hay que considerar también la contaminación producida por los residuos, incluyendo los desechos peligrosos presentes en distintos ambientes. Se producen cientos de millones de toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables: residuos domiciliarios y comerciales, residuos de demolición, residuos clínicos, electrónicos e industriales, residuos altamente tóxicos y radioactivos. La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería. En muchos lugares del planeta, los ancianos añoran los paisajes de otros tiempos, que ahora se ven inundados de basura. Tanto los residuos industriales como los productos químicos utilizados en las ciudades y en el agro pueden producir un efecto de bioacumulación en los organismos de los pobladores de zonas cercanas, que ocurre aun cuando el nivel de presencia de un elemento tóxico en un lugar sea bajo. Muchas veces se toman medidas sólo cuando se han producido efectos irreversibles para la salud de las personas. 
22. Estos problemas están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura. Advirtamos, por ejemplo, que la mayor parte del papel que se produce se desperdicia y no se recicla. Nos cuesta reconocer que el funcionamiento de los ecosistemas naturales es ejemplar: las plantas sintetizan nutrientes que alimentan a los herbívoros; estos a su vez alimentan a los seres carnívoros, que proporcionan importantes cantidades de residuos orgánicos, los cuales dan lugar a una nueva generación de vegetales. En cambio, el sistema industrial, al final del ciclo de producción y de consumo, no ha desarrollado la capacidad de absorber y reutilizar residuos y desechos. Todavía no se ha logrado adoptar un modelo circular de producción que asegure recursos para todos y para las generaciones futuras, y que supone limitar al máximo el uso de los recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento, reutilizar y reciclar. Abordar esta cuestión sería un modo de contrarrestar la cultura del descarte, que termina afectando al planeta entero, pero observamos que los avances en este sentido son todavía muy escasos.

Papa Francisco, Laudato si
24 de mayo de 2015.

martes, 9 de abril de 2019

NUESTRO CINERARIO

SE RECIBEN LAS CENIZAS EL PRIMER Y TERCER DOMINGO DE CADA MES A LAS 17,00 HS., PREVIA RESERVA TELEFÓNICA.

CELEBRACIÓN DE LAS EXEQUIAS EN LA CAPILLA DEL CREMATORIO


58. Aunque tradicionalmente la Iglesia prefiere que se conserve la costumbre de la inhumación de los cuerpos de los cristianos, porque este gesto se asocia mejor a la sepultura del Señor, los fieles tienen, con todo, la facultad de elegir, si lo prefieren, la cremación de su propio cuerpo sin que esta elección impida la celebración de los ritos cristianos.

RECEPCIÓN DE LA DOCUMENTACIÓN:





El hecho de la cremación del cadáver no comporta de por sí­ especiales diferenciaciones rituales, por lo que las exequias, en el caso de cremación, se celebran ante el cadáver antes de la cremación del cuerpo con los mismos ritos y formas que se usan en las exequias acostumbradas (capí­tulos I, II y III).

La única diferencia ritual exigida por la misma veracidad del rito, consiste en que, en el caso de cremación, las exequias no incluyen la procesión al cementerio y la bendición del sepulcro. Por tanto, el rito del último adiós debe celebrarse siempre en la misma iglesia al final de la Misa o de la liturgia de la Palabra, tal como se describe en el capí­tulo III de este Ritual, o bien, en los casos donde en el mismo crematorio exista una capilla puede utilizarse el breve rito que sigue a continuación.



Existe también la posibilidad de que se realice una celebración después de la cremación del cadáver, si la familia lo prefiere, en cuyo caso se siguen las indicaciones del capí­tulo VI. En todos estos procederes puede dar indicaciones explí­citas el Ordinario del lugar.

59. Reunida la familia del difunto y la comunidad que la acompaña, el sacerdote dice las palabras siguientes u otras semejantes:

    Hermanos: Dios todopoderoso quiso llamar a su presencia a este(a) hermano(a) nuestro(a) N.; ahora nosotros queremos encomendarlo(a) a Jesucristo, que venció la muerte con su resurrección y nos abrió así­ las puertas de la felicidad eterna. Cristo fue el primero en resucitar, para transformar nuestro cuerpo corruptible en un cuerpo glorioso como el suyo. Encomendemos entonces a N. al Señor para que lo reciba en su paz y lo(a) resucite en el último dí­a.



Oración de los fieles

60. Después puede hacerse la Oración de los fieles, usando, en todo o en parte, la siguiente fórmula de carácter litánico (no se dice "oremos" al final de cada intención).También puede usarse otra apropiada entre las señaladas en las pp. 235-250 para circunstancias más particulares.

Nuestro Señor Jesucristo dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí­, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí­ no morirá eternamente». Encomendémosle, entonces, a este(a) hermano(a) nuestro(a).

A cada intención respondemos: Te rogamos, Señor.

- Tú, que lloraste la muerte de tu amigo Lázaro, seca nuestras lágrimas.

- Tú, que resucitaste a los muertos, concede la Vida eterna a nuestro(a) hermano(a).

- Tú, que prometiste el Paraí­so al buen ladrón, conduce al cielo a nuestro(a) hermano(a).

- Tú, que purificaste a nuestro(a) hermano(a) en las aguas del Bautismo y lo(a) ungiste con el óleo de la Confirmación, admí­telo(a) entre tus santos y elegidos.

- Tú, que alimentaste a nuestro(a) hermano(a) con tu Cuerpo y tu Sangre, recí­belo(a) en la mesa de tu reino.

- Y a nosotros, que lloramos entristecidos su partida, reconfórtanos con la fe y la esperanza de la Vida eterna.



Padrenuestro

El ministro invita a rezar la Oración del Señor con esta u otras palabras:


El Señor nos enseñó a rezar y confiar. Hagámoslo como verdaderos hijos de Dios.

Luego, todos recitan la oración del Señor.

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada dí­a;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y lí­branos del mal.



Ritos conclusivos

Oración

Al concluir el Padrenuestro, el sacerdote o diácono dice una de las siguientes oraciones:


I

Señor, ten misericordia
de este(a) hijo(a) tuyo(a) difunto(a):
ya que procuró cumplir tu voluntad,
recí­belo con amor en tu casa;
así­ como estuvo unido(a) a tu pueblo fiel, por medio de la fe,
concédele asociarse en el cielo al coro de los ángeles.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.



O bien:


II

Dios nuestro, que estás atento a las súplicas de tus fieles
y conoces sus buenos deseos,
concede a tu servidor(a) N., a quien hoy despedimos,
que consiga la felicidad eterna
junto con tus santos y elegidos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén


O bien:


III
Dios nuestro, que eres el autor de la vida,
restauras los cuerpos humanos
y aceptas con bondad el ruego de los pecadores:
escucha las súplicas que te dirigimos en nuestra aflicción
pidiéndote por el alma de tu hijo(a) N.,
para que lo(a) libres de la muerte eterna.
Permí­tele compartir con tus santos las alegrí­as del Paraí­so.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.





En lugar de las oraciones precedentes puede decirse una de las siguientes, eligiendo la más adecuada, según las circunstancias:

Por un(a) difunto(a) cuya(o) esposa(esposo) está presente:


Padre santo, recibe con bondad a tu hijo(a) N.
y protege solí­cito a su esposo(a) N.;
concédeles alcanzar, algún dí­a,
la plenitud de la caridad en la vida que no tiene fin.
por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.


Por un niño difunto que ha llegado al uso de razón:

Recibe con amor de Padre, Dios todopoderoso,
a este niño(a) N. a quien has llamado a tu presencia;
concede el don de la esperanza y del consuelo
a quienes se sienten abatidos por la muerte de N.;
ayuda especialmente a sus padres (y hermanos)
a descubrir la luz de tu presencia
en Jesucristo, nuestro Camino, Verdad y Vida,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Por un difunto joven:

Dios nuestro, que diriges los acontecimientos
y la duración de la vida de los hombres;
te encomendamos humilde y confiadamente a tu hijo(a) N.,
cuya muerte prematura lloramos,
para que le concedas una permanente juventud
en la felicidad de tu casa en el cielo.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

Por un papá joven (o mamá joven) difunto(a):

Señor, Dios nuestro,
que puedes comprobar la honda tristeza
de quienes lloran a tu hijo(a) N.;
concédenos, te suplicamos, la paz que necesitamos
y ayúdanos en nuestra fe
para confiar en que él(ella) goza de tu compañí­a en el cielo.
Ayuda a su esposa(o)
a sobrellevar esta durí­sima prueba de la vida
y dale a su(s) hijo(s) la fortaleza
y la serenidad que necesitan.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Por un difunto muerto después de larga enfermedad

Dios nuestro, que has dado a nuestro hermano(a) N.,
la gracia de servirte en el dolor y la enfermedad
concédele que, así­ como imitó la paciencia de tu Hijo,
obtenga también el premio de su misma gloria.
Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

Por un difunto muerto repentinamente:

Padre santo, muéstranos el infinito poder de tu bondad
para que, quienes lloramos a nuestro(a) hermano(a) N.
muerto(a) inesperadamente,
podamos esperar que lo(a) has llevado
a gozar de tu compañí­a.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

Por un difunto alejado de la fe:

Señor, humildemente apelamos a tu misericordia
para que recibas con bondad el alma de tu servidor(a) N.:
sé indulgente y ten piedad de él(ella)
a fin de que sea purificado(a) de los pecados
que hubiere cometido en su vida,
y así­, liberado(a) de toda atadura terrenal,
merezca ingresar en la Vida eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

Por un difunto que se quitó la vida:

Dios nuestro, que te hiciste cercano a nosotros
por medio de Jesús, nuestro Salvador,
que entregó la vida en la cruz.
Tú conoces lo í­ntimo de nuestro corazón
y nada se te oculta a tus ojos.
Escucha la oración que te dirigimos por (este hijo tuyo) N.
y muéstrale tu misericordia infinita;
acepta todo el bien que ha hecho en su vida
y perdona sus culpas y debilidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.



Aspersión

61. Luego el sacerdote o diácono asperge el cuerpo del difunto mientras dice:

V. Concédele, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para él(ella) la luz que no tiene fin.


El ministro puede agregar:

Que las almas de nuestros fi­eles difuntos descansen en paz.

Y todos aclaman:

Amén.

Al concluir el rito se puede entonar algún canto, según las costumbres del lugar. 

PROCESIÓN HACIA EL CINERARIO





INHUMACIÓN DE LAS CENIZAS



sábado, 26 de mayo de 2018

El monje, el mundo y los otros (Matta, El-Meskin)



Cristo en los santos cuarenta días ha salido del mundo por el mundo, se ha apartado de los discípulos por los discípulos… El monaquismo consiste en salir con Cristo del mundo por el mundo, en apartarse con Cristo de los hombres por los hombres. El monje no sale del mundo, si bien así le puede parecer, sino que en verdad y en realidad hace salir al mundo junto a él para presentarlo a Dios. Él no se aísla de las personas como piensa sino que se aparta para poder atraer a las personas hacia Dios… El monje, en su éxodo del mundo, en su apartarse respecto a los hombres, no puede percibir ni creer este salir junto al mundo o este ofrecer a los hombres a Dios, porque está concentrado sobre sí mismo, inclinado sobre sí, trabajando en el desarraigarse a sí mismo fuera del mundo. Pero si el monje logra realizar un verdadero éxodo del mundo, esto significará un elevarse por encima del mundo. Este trascender significa que él habrá adquirido la fuerza necesaria para atraer al mundo detrás de sí y ofrecerlo a Dios… Por esto, el monje que ha logrado su éxodo, es considerado poseedor de una estatura espiritual de altísimo valor humano y eclesial a causa de la rareza de aquellos que se han hecho dignos de esto… Sin embargo, esta energía, en esto que concierne a la diakonía de los otros y del mundo circundante, permanece en un estado de latencia. Es, en efecto, en el corazón del monje que ésta está obrando y solo en la esfera de su vida interior. Y es por este motivo que el monje puede aparecer como una persona egoísta que no se interesa por el otro sino por su salvación personal. Pero de improviso, cuando el monje alcanza, por medio de la gracia de Cristo, el estado de total conciencia de la plenitud de la estatura que le ha sido dada luego de su salida del mundo, empieza a desbordar, derramando sobre los otros cuanto le es dado de la plenitud de tal estatura espiritual infinita en Cristo. Sin embargo, incluso allí donde el monje maduro y perfecto en su éxodo y en su aislamiento, ha alcanzado tal estado y  obtenido la plenitud de la estatura de Cristo mediante esta experiencia única… a tal monje no le es pedido nada más que su permanecer en un estado de potencia para dar y sacrificarse sin moverse de su lugar. La invitación a la acción no necesita, en efecto, de un trasladarse al mundo o de un descender en medio de los hombres. El monje, si es bien consciente de su plenitud en Cristo, es capaz de atraer al mundo a sí y de elevar a los hombres al plano al cual ha llegado sin moverse un solo paso del lugar de su soledad.

La experiencia de Dios en la vida del monje, Texto tomado de: http://theoesis.blogspot.com.ar/

martes, 2 de enero de 2018

EL MONJE Y EL FIN-INICIO DEL AÑO


¿Qué celebramos cuando celebramos el fin de año? ¿Qué significa celebrar que un año termina y que comienza otro? ¿Por qué a las 00.00 hs. nos levantamos de nuestros asientos, alzamos las copas y brindamos deseándonos felicidades? ¿Por qué se escuchan por doquier el sonido de los cohetes, bombas de estruendo, y se ven en los cielos los resplandores de los fuegos de artificio? Creo que se está celebrando la esperanza. Es la manera como en la actualidad se festeja la esperanza. Esperanza de que si el año que se va fue malo, el que llega será bueno, y si el que se va ha sido bueno, el que viene que sea mejor. Llegado este momento final del año, pueden echarse en olvido los fracasos, las derrotas, las amarguras, los desencuentros, los malentendidos, los propósitos no realizados, las metas no alcanzadas; todo puede empezar a mejorar a partir del año que viene, todo puede hacerse nuevo, empezarse con ímpetu y ánimo renovado porque  confiamos en que el año nuevo nos traerá la alegría, la gracia y la bendición.
Esto que se vive cada 365 días, el monje tiene la gracia de vivirlo todos los días de su vida. Cada noche, al rezar el Oficio de Completas, y más especialmente al momento de entonar las estrofas del Cántico del anciano Simeón, el monje le entrega a Dios todo lo vivido durante su jornada: lo bueno y lo no tan bueno; los aciertos y los errores; las fricciones comunitarias y la alegría fraterna; lo que ha podido realizarse y lo que quedó sin terminar; incluso las dudas, las tibiezas, los dolorosos retrocesos en el camino. Todo pasa a las manos de Dios, es entregado tal y como está; sin maquillaje, sin pasteleos, para que Dios lo reciba y lo llene de su misericordia, dándole Él el valor que desee darle, otorgando peso de eternidad a las pobres obras de nuestras manos.
A semejanza de lo que ocurre con cada fin de año, el monje llega a cada noche, a cada “fin del día”, celebrando en su corazón una gozosa esperanza. Pero es un festejo que no lleva en sí una demostración exterior de júbilo, ni el bullicio de salutaciones extrovertidas; es una celebración suave y serena, interior, porque el monje sabe que al despertarse de su sueño, en sólo un par de horas, comenzará un día nuevo, y que ese día vendrá cargado de todas las promesas de Dios, día que llegará revestido de esperanza, con los fulgores resplandecientes que brotan de la Palabra de Dios que saldrá a su encuentro y lo iluminará como aurora. Ese “mañana” del monje, que se aguarda cada noche, es un nuevo comienzo, un punto de partida, una hoja en blanco, en la que el monje espera que Dios mismo venga en ayuda de su servidor para asistirlo en la ardua tarea de la conversión del corazón, de la purificación de todo el ser y de la configuración con Cristo, que venga para despejar las dudas y aclarar el camino,  para consolar y fortalecer, para visitar nuevamente el corazón de aquel que ha puesto en Él toda su esperanza y hacerle ver nuevamente su salvación.
Por ello tal vez en los Monasterios se celebra el Año Nuevo sin el ruido y la excitación que adquieren estos festejos en otros ámbitos. El monje no espera tanto en Año Nuevo sino el Día Nuevo, y para él, cada noche puede ser la que antecede a ese Día Nuevo y Eterno, el único que merece ser esperado sobre todos los días.
Hno. Gabriel, Novicio

lunes, 1 de enero de 2018

29 de diciembre de 2017


Padre José Blas Veronesi, osb.

60 ANIVERSARIO DE MI ORDENACIÓN SACERDOTAL




1ªJn. 2, 3-11—S. 95, 1-3. 5-6 – Lc.2, 22-35

HOMILÍA DE LA MISA PRESIDIDA POR EL SR. ARZOBISPO DE TUCUMÁN

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios que estamos celebrando me mueve a compartir con Ustedes dos sentimientos que inundan mi alma en este momento: Acción de gracias y testimonio de la misericordia del Señor.

Acción de gracias:

El evangelio que se acaba de proclamar nos invita a hacer nuestro el gozo y la acción de gracias del anciano Simeón.
Lleno del Espíritu Santo y conducido por Él, tomó en brazos al Niño Jesús y reconoció en ese niño pequeño al Ungido del Padre: el Mesías prometido y esperado durante siglos.  El Espíritu Santo le había prometido que no moriría sin ver al Ungido de Yahvé. 
Simeón, bajo la acción del Espíritu Santo, exultó  de gozo y prorrumpió en canto de alabanza y acción de gracias y, con asombro de María y José, lo proclamó Salvador de todos los pueblos: “Luz para iluminar a los paganos y gloria de tu Pueblo Israel”.
Fue tan intensa su alegría por haber contemplado con sus ojos al Salvador, que su canto, más que acción de gracias se hizo anhelo incontenible del gozo eterno.
Qué el anciano Simeón nos contagie su alegría y su acción de gracias!
Hoy, Hermanos, la Iglesia nos convoca a proclamar en esta Eucaristía las maravillas que obra el Señor: Hoy queremos dar gracias por el don del sacerdocio que, en Jesús, el Padre ha regalado a su Iglesia.
En los 60 años de mi ordenación sacerdotal levantemos nuestra mirada hacia Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote. 
Más allá  de este elegido, fijemos nuestros ojos en la munificencia de un Dios que elige la pequeñez de sus servidores para que se haga manifiesta la gloria de su fidelidad: Un Dios AMOR inquebrantablemente FIEL a la Alianza que establece con nosotros; FIEL a su elección, FIEL a su Alianza más allá de cuantas veces nosotros la hayamos quebrantado: los dones del Señor son sin arrepentimiento: Él nunca se desdice!
Hoy debemos dar gracias al Padre por nuestro Sumo Sacerdote Jesucristo que ha querido hacer presente su sacerdocio hasta que Él vuelva, en aquellos a quienes hizo partícipes de su unción sacerdotal por el Espíritu Santo:   A Ti, Señor, gloria, alabanza y acción de gracias por estos 60 años de tu presencia sacerdotal en la pequeñez de tu servidor!
Es justo, también, hermanos, que hoy demos gracias por lo que  el Señor ha hecho en Ustedes porque Cristo-Sacerdote ha querido asumirlos en su sacerdocio, constituyéndolos en Pueblo Santo, Pueblo sacerdotal por el bautismo.
Es justo darle gracias porque a lo largo de los siglos sigue llamando al Orden Sagrado a hombres frágiles para que Ustedes, Pueblo sacerdotal, en cada Eucaristía puedan ofrecerse con Cristo al Padre como hostia viva en sacrificio espiritual.
Qué el Padre bueno nos conceda no sólo celebrar con Cristo la Eucaristía, sino también con Él y en Él “ser Eucaristía” a lo largo de todo nuestro día, a lo largo de toda nuestra vida. Ser Eucaristía es estar atento a todas las necesidades de nuestros hermanos, es brindarnos sin medida, “es dejarnos comer” como Jesús por todo el que necesite nuestra entrega.  Ser Eucaristía es hacer vida el Mandamiento Nuevo del amor.
Que María y José nos presenten hoy en este templo, para que Jesús desde nuestro servicio sacerdotal siga siendo luz que ilumina a los paganos y gloria de su pueblo Israel, el nuevo Israel que es su Iglesia.

Acción de gracias y testimonio, les dije al comenzar.

Mi testimonio de todos estos años de vida sacerdotal y monástica no puede ser otro que proclamar la misericordia del Señor.
En la historia de mi vocación (que en profundidad sólo el Señor conoce) su misericordia se manifestó antes de cualquier búsqueda mía. Como diría el Papa Francisco: “me primerió”.
No me cabe duda que mi vocación sacerdotal y monástica surgió, floreció y maduró al calor de una familia profundamente cristiana: un padre y una madre para quienes Dios era lo primero; una madre que en la sencillez transparente de su fe fue con absoluta confianza a la iglesia donde fuimos bautizados a pedirle al Señor que le concediera un hijo sacerdote… y el Señor que supera todo deseo le dio, no uno, sino dos… y además, monjes! 
¿Cómo sentí el llamado?  Misterio del amor del Señor! 
Ante la clásica pregunta que tantas veces se hace a los niños: Qué quieres ser  cuando seas grande? Sólo recuerdo la respuesta en mi interior: Seré sacerdote. Sin duda, todavía en la nebulosa de mi mente infantil; pero en la claridad del Dios que llama.
Pero no sólo quería ser sacerdote, quería serlo con los monjes benedictinos.
Que ¿Qué podía entender a mis siete o diez años, de sacerdocio y de vida monástica? Esas son preguntas que se hacen las personas mayores! A esa edad, más que entender, se vive… se vive una inquietud que el Señor ha sembrado en el corazón.
¿Cómo la sembró en mi caso? Ane todo, como dije, desde el clima espiritual de mi familia y desde la oración de una madre.
Pero también, hoy estoy convencido que aquella primera nebulosa se fue haciendo luz en el contacto con un santo monje sacerdote cuya unción, entrega y celo apostólico lo llevaba hasta poner en riesgo su salud y su misma vida por llevar a todos a Cristo.
Periódicamente establecía en mi casa el centro de sus misiones rurales. Un gran galpón se transformaba por unos diez días  en templo multi-uso de catequesis, predicación, sacramentos y eucaristía.
Sin que yo lo reflexionara el ejemplo de su vida fue penetrando como por ósmosis todo mi ser.
Pude luego compartir unos diez días con los niños aspirantes en la Abadía de los monjes. Y allí me llevó el Señor a mis diez años. 
Todavía contemplo a mi madre en el andén de la estación de tren despidiéndome, quizás con el corazón desgarrado, pero rebozando felicidad…
Y el Señor fue haciendo pacientemente su obra. En lo que llamaban “el Oblatado” (seminario menor de la Abadía), viejo edificio a unos doscientos metros del Monasterio se desarrollaba toda nuestra jornada de oración, estudio y formación.
Allí  fui conociendo mejor la vocación sacerdotal, enamorándome cada vez más de la vida monástica.
Esperábamos con ansia los domingos y fiestas en que los niños podíamos participar de la liturgia de los monjes.
Y así pasaron esos años de estudios humanísticos, el año de noviciado, la profesión monástica, el trienio de filosofía, le teología y, ya en la fundación de este Monasterio, la ordenación sacerdotal, hace hoy sesenta años…
Y el Señor, siempre FIEL, sosteniendo, animando, afianzando, perdonando…
Y, por cierto, junto a Él, la constante presencia de María, a lo largo de todos estos años, con momentos puntuales muy intensos.
¿Qué más puedo, sino dar testimonio de la infinita misericordia del Señor?
SÍ, es justo proclamar su misericordia porque he vivido la experiencia de que Él nunca nos abandona, de que siempre nos tiene de su mano; experiencia del amor de un Padre fiel que disipa nuestras tinieblas con la luz de su Espíritu Santo;
experiencia de su gracia que alienta y sostiene nuestra entrega en los días de bonanza y en el agobio de la lucha;
experiencia de su fuerza que nos fortalece en nuestras flaquezas; experiencia de un Cristo siempre presente aún en las más oscuras noches de nuestra fe vacilante;
experiencia del Cristo que camina con nosotros por las oscuras quebradas de nuestras dudas;
experiencia del Cristo dormido pero vigilante que calma las olas de un mar tempestuoso a punto de hundir nuestra barca;
experiencia del Cristo que nos rescata del barro de nuestro pecado, nos lava en su sangre y nos reviste con el manto de su luz;
experiencia de la ternura del Padre bueno que  en el silencio contemplativo de nuestra oración, nos mira como a Jesús, nos habla al corazón y en la brisa suave de su voz nos dice : “Tú eres mi hijo muy amado…”  

Hermanos, silenciemos el corazón para escuchar siempre esa palabra del Padre; permanezcamos siempre con Jesús bajo esa mirada.

SEÑOR Y PADRE NUESTRO, CONCÉDENOS

VIVIR SIEMPRE CON ALEGRÍA

BAJO TU MIRADA.

AMÉN

domingo, 24 de diciembre de 2017

SALUDO DE NAVIDAD 2017



Era Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujiera cuando entrara.
Era una mujer seca, harapienta y oscura
con la frente de arrugas y la espalda curvada.
Venía sucia de barro, de polvo de caminos.
La iluminó la luna, y no tenía sombra.
Tembló María al verla; la mula no, ni el buey,
rumiando paja y heno igual que si tal cosa.
Tenía los cabellos largos color ceniza,
color de mucho tiempo, color de viento antiguo.
En sus ojos se abría la primera mirada,
y cada paso era tan lento como un siglo.
Temió María al verla acercarse a la cuna.
En sus manos de tierra, ¡oh Dios!, ¿qué llevaría…?
Se dobló sobre el Niño, lloró infinitamente
y le ofreció la cosa que llevaba escondida.
La Virgen, asombrada, la vio al fin levantarse.
¡Era una mujer bella, esbelta y luminosa!
El Niño la miraba. También la mula. El buey
mirábala y rumiaba igual que si tal cosa.
Era en Belén y era Nochebuena la noche.
Apenas si la puerta crujió cuando se iba.
María al conocerla gritó y la llamó: «¡Madre!»
Eva miró a la Virgen y la llamó: «¡Bendita!».
¡Qué clamor, qué alborozo por la piedra y la estrella!
Afuera aún era pura, dura la nieve y fría.
Dentro, al fin, Dios dormido sonreía teniendo,
entre sus dedos niños, la manzana mordida.

“La visitadora”, Antonio Murciano

Feliz Natividad del Señor 2017
+ Edmundo y Comunidad monástica de “Cristo Rey”
El Siambón, Tucumán.