sábado, 13 de abril de 2019

La "domesticación" de la ira en la pedagogía benedictina (II)

Dos relatos paralelos de la Vida de N. P. san Benito sobre “no ceder a la ira”

I. Los monjes de Vicovaro y el vino envenenado

Texto: San Gregorio, Diálogos II, 3:

“2. No lejos de allí existía un monasterio cuyo abad había fallecido, y toda su comunidad se dirigió al venerable Benito, pidiéndole insistentemente que fuera su superior. Él, negándose, difirió su asentimiento durante mucho tiempo, diciéndoles de antemano que las costumbres de él y las de ellos no podrían coincidir. Pero vencido finalmente por sus reiteradas súplicas, dio su consentimiento. 3. Mas él velaba por la observancia de la vida regular del monasterio, no permitiendo a nadie desviarse -como lo habían hecho hasta entonces- por actos ilícitos del camino de perfección, ni hacia la derecha ni hacia la izquierda. Los hermanos de quienes se había hecho cargo, insensatamente enfurecidos, empezaron a acusarse a sí mismos por haberle pedido que los gobernara, ya que su vida torcida estaba en pugna con aquella norma de rectitud. Dándose cuenta de que bajo su gobierno no se les permitirían cosas ilícitas, se dolieron de tener que renunciar a sus costumbres, y les pareció demasiado duro verse obligados a aceptar cosas nuevas con su espíritu envejecido. Puesto que la vida de los buenos resulta intolerable a los de costumbres depravadas, empezaron a tramar el modo de darle muerte. 4. Después de decidirlo en consejo, mezclaron veneno en el vino. Cuando según la costumbre del monasterio se le presentó al abad, sentado a la mesa, el vaso de cristal que contenía la bebida envenenada para que lo bendijera, Benito extendió la mano e hizo la señal de la cruz, y con ella el vaso que estaba a cierta distancia, se rompió, y a tal punto se hizo añicos como si a ese vaso de muerte en lugar de la señal de la cruz, le hubieran dado con una piedra. El hombre de Dios comprendió en seguida que el vaso había contenido una bebida de muerte, ya que no pudo soportar la señal de la vida. Al instante se levantó, y con rostro sereno y ánimo tranquilo convocó a los hermanos y les dijo: “¡Que Dios omnipotente tenga misericordia de ustedes, hermanos! ¿Por qué quisieron hacer esto conmigo? ¿Acaso no les dije de antemano que mis costumbres no eran compatibles con las de ustedes? Vayan y búsquense un Padre de acuerdo con sus costumbres, porque en adelante en modo alguno podrán contar conmigo”. 5. Acto seguido, volvió al lugar de su amada soledad y sólo, bajo la mirada del Espectador divino, habitó consigo”[1].



Comentario del P. Adalbert de Vogüé, osb.

“Decididamente, Benito no sale de una prueba sino para entrar en otra. No bien triunfa de la lujuria, la irradiación que resulta de esta victoria es la causa de un nuevo combate. Su naciente prestigio de maestro espiritual, hace que una comunidad monástica lo elija como abad y estos monjes, que son malos, le procuran una tentación análoga a la de la mujer cuyo recuerdo tanto lo había atormentado.

De hecho, estos dos episodios no solamente se encuentran uno a continuación del otro sino que se asemejan. Tanto en uno como en otro, una señal de la cruz rechaza el mal. Tanto en uno como en otro también, Gregorio habla de derrota: “casi vencido” por la voluptuosidad, Benito resulta efectivamente “vencido” por las reiteradas súplicas de los monjes. Aquello que casi realiza en el primer caso -abandonar su desierto-, lo cumple efectivamente en el segundo.

Tanto en un caso como en el otro, se trata de “volver en sí”. La primera vez, esta vuelta en sí se opera, por la gracia de Dios, luego de un instante de extravío, y salva al joven monje de la caída. La segunda vez, pese a que abandona su gruta, Benito no se deja arrastrar fuera de sí. En el momento crítico, su pronta decisión de abandonar su cargo y de volver a su querida soledad, le permitirá “habitar consigo” sin interrupción. Pero se libró por un poco de esa fatal salida de sí que ilustra la parábola del Hijo Pródigo, de quien el Evangelio dice que “volvió en sí”, desde lo más profundo de su miseria.

De modo que nos encontramos con una nueva tentación, una nueva prueba. A la seducción de la mujer, sigue la oposición de los hombres. A la atracción del placer carnal, se sustituye la trampa de la autoridad, la preocupación excesiva de una responsabilidad pastoral ejercida en vano. Esta vez Benito se arriesga, no ya a abandonar el servicio de Dios y volver al mundo, sino más sutilmente, en el seno mismo de la vida religiosa, a perder la paz interior, la “luz de la contemplación”, la visión de sí mismo y de Dios.

Así como había sucedido la vez anterior, Benito sale victorioso de esta prueba. El descubrimiento del atentado perpetrado contra su vida no consigue turbarlo. Por el contrario, este descubrimiento le sugiere inmediatamente el retiro liberador que custodiará su paz contra el inminente naufragio. Abandona esta autoridad que no ha buscado, que incluso durante mucho tiempo ha rechazado, sin tardanza ni pesar para volver a su amada soledad.

Y la actual victoria, igual que las dos anteriores, tiene también como recompensa una irradiación ejercida sobre las almas. Por haber renunciado a una vana autoridad por su bien espiritual, Benito ve llegar a su refugio a los hombres que buscan el servicio de Dios. Ha abandonado un monasterio y funda doce. Así llega a su culminación la progresión que hemos observado. La influencia de Benito que ha comenzado modestamente por medio de algunas buenas palabras dirigidas a los visitantes laicos, se hizo más profunda luego de la segunda tentación: la gente comenzó a dejar el mundo para ponerse bajo su dirección. Ahora se da un nuevo paso: se organizan verdaderas comunidades. Primero seglares; luego aspirantes a la vida perfecta, finalmente monjes cenobitas: estos son los trofeos cada vez más nobles de aquellos combates.  

Para completar esta mirada retrospectiva, observemos ciertas correspondencias entre los tres ciclos ya recorridos. En el primero, Benito se va al desierto para huir de su popularidad entre los seglares. En el segundo, permanece allí a pesar del deseo de una mujer. En el tercero vuelve allí, huyendo del odio de los malos monjes. La estima de los hombres lo llevó a la soledad, su hostilidad lo vuelve a traer…”[2].



Comentarios del P. Anselm Grün, osb.

“Después de la sexualidad, la energía vital más fuerte de que dispone el ser humano es la agresión. En la agresividad de los monjes de Vicovaro, Benito se encontró con su propia agresión, que había reprimido. La agresión reprimida sigue ejerciendo su influjo desde las sombras sobre los individuos y su entorno. El que ha reprimido su agresión hace agresivos a los demás. Esto es lo que Benito acaba de experimentar dolorosamente. Ahora, se retira en sí mismo. Mora totalmente en sí mismo, presta atención a sí. Como escribe Gregorio, ‘no alejó fuera de sí el ojo de su espíritu’ (V 185). Por lo visto, Benito hace aquí la experiencia de que Dios sólo vive en él si él vive en sí. Sólo si Benito habita toda su casa, también los ámbitos de la sexualidad y la agresión, inundará Dios su casa con su luz. Benito deja de proyectar hacia otros su sexualidad y su agresión. Las ve en sí mismo. De ese modo, ambas regiones vitales pueden transformarse y servirle en su camino espiritual”[3].

“Todavía no había progresado tanto como para que su vida espiritual pudiera contagiar también a los hombres no espirituales. Todavía su amor no era tan fuerte como para poder transformar incluso el odio. Pero, quizá, precisamente este fracaso fue para Benito una experiencia necesaria y saludable. Se dio cuenta de que en él había todavía más rigor masculino que bondad maternal, y que el rigor puede provocar muchas veces en el otro una resistencia encarnizada hasta endurecer las posiciones y hacer imposible una convivencia provechosa. Evoca en el otro sólo veneno, sin poder curarlo. Descubre las faltas, sin superarlas y de esta manera, se vuelve para él una amenaza mortal.

Es peligroso tratar de guiar a otros demasiado temprano. Uno cree que ya se ha encontrado con la sombra. Pero entonces el trato con gente difícil es una prueba necesaria para ver hasta qué punto uno ha asumido realmente su sombra. La experiencia de Benito con los monjes de Vicovaro muestra que, en la maldad de los demás, su propia sombra lo amenaza mortalmente… ”[4].



[1] San Gregorio Magno, Vida de San Benito, ECUAM, Bs. As, 2010,  pp. 35-36-
[2] A. de Vogüé, “San Gregorio Magno, Libro II de los Diálogos. Vida y milagros del Bienaventurado Abad Benito (III)”, Cuadernos Monásticos 57 (1981), pp. 141-142.
[3] A. Grün, Benito de Nursia, Espiritualidad enraizada en la tierra, Herder, Barcelona, p. 21.
[4] A. Grün, Hacia la plenitud, El camino de san Benito, abad, Monte Casino-ECUAM, Zamora, 1997, p. 39.

martes, 9 de abril de 2019

NUESTRO CINERARIO

SE RECIBEN LAS CENIZAS EL PRIMER Y TERCER DOMINGO DE CADA MES A LAS 17,00 HS., PREVIA RESERVA TELEFÓNICA.

CELEBRACIÓN DE LAS EXEQUIAS EN LA CAPILLA DEL CREMATORIO


58. Aunque tradicionalmente la Iglesia prefiere que se conserve la costumbre de la inhumación de los cuerpos de los cristianos, porque este gesto se asocia mejor a la sepultura del Señor, los fieles tienen, con todo, la facultad de elegir, si lo prefieren, la cremación de su propio cuerpo sin que esta elección impida la celebración de los ritos cristianos.

RECEPCIÓN DE LA DOCUMENTACIÓN:





El hecho de la cremación del cadáver no comporta de por sí­ especiales diferenciaciones rituales, por lo que las exequias, en el caso de cremación, se celebran ante el cadáver antes de la cremación del cuerpo con los mismos ritos y formas que se usan en las exequias acostumbradas (capí­tulos I, II y III).

La única diferencia ritual exigida por la misma veracidad del rito, consiste en que, en el caso de cremación, las exequias no incluyen la procesión al cementerio y la bendición del sepulcro. Por tanto, el rito del último adiós debe celebrarse siempre en la misma iglesia al final de la Misa o de la liturgia de la Palabra, tal como se describe en el capí­tulo III de este Ritual, o bien, en los casos donde en el mismo crematorio exista una capilla puede utilizarse el breve rito que sigue a continuación.



Existe también la posibilidad de que se realice una celebración después de la cremación del cadáver, si la familia lo prefiere, en cuyo caso se siguen las indicaciones del capí­tulo VI. En todos estos procederes puede dar indicaciones explí­citas el Ordinario del lugar.

59. Reunida la familia del difunto y la comunidad que la acompaña, el sacerdote dice las palabras siguientes u otras semejantes:

    Hermanos: Dios todopoderoso quiso llamar a su presencia a este(a) hermano(a) nuestro(a) N.; ahora nosotros queremos encomendarlo(a) a Jesucristo, que venció la muerte con su resurrección y nos abrió así­ las puertas de la felicidad eterna. Cristo fue el primero en resucitar, para transformar nuestro cuerpo corruptible en un cuerpo glorioso como el suyo. Encomendemos entonces a N. al Señor para que lo reciba en su paz y lo(a) resucite en el último dí­a.



Oración de los fieles

60. Después puede hacerse la Oración de los fieles, usando, en todo o en parte, la siguiente fórmula de carácter litánico (no se dice "oremos" al final de cada intención).También puede usarse otra apropiada entre las señaladas en las pp. 235-250 para circunstancias más particulares.

Nuestro Señor Jesucristo dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí­, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí­ no morirá eternamente». Encomendémosle, entonces, a este(a) hermano(a) nuestro(a).

A cada intención respondemos: Te rogamos, Señor.

- Tú, que lloraste la muerte de tu amigo Lázaro, seca nuestras lágrimas.

- Tú, que resucitaste a los muertos, concede la Vida eterna a nuestro(a) hermano(a).

- Tú, que prometiste el Paraí­so al buen ladrón, conduce al cielo a nuestro(a) hermano(a).

- Tú, que purificaste a nuestro(a) hermano(a) en las aguas del Bautismo y lo(a) ungiste con el óleo de la Confirmación, admí­telo(a) entre tus santos y elegidos.

- Tú, que alimentaste a nuestro(a) hermano(a) con tu Cuerpo y tu Sangre, recí­belo(a) en la mesa de tu reino.

- Y a nosotros, que lloramos entristecidos su partida, reconfórtanos con la fe y la esperanza de la Vida eterna.



Padrenuestro

El ministro invita a rezar la Oración del Señor con esta u otras palabras:


El Señor nos enseñó a rezar y confiar. Hagámoslo como verdaderos hijos de Dios.

Luego, todos recitan la oración del Señor.

Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada dí­a;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y lí­branos del mal.



Ritos conclusivos

Oración

Al concluir el Padrenuestro, el sacerdote o diácono dice una de las siguientes oraciones:


I

Señor, ten misericordia
de este(a) hijo(a) tuyo(a) difunto(a):
ya que procuró cumplir tu voluntad,
recí­belo con amor en tu casa;
así­ como estuvo unido(a) a tu pueblo fiel, por medio de la fe,
concédele asociarse en el cielo al coro de los ángeles.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.



O bien:


II

Dios nuestro, que estás atento a las súplicas de tus fieles
y conoces sus buenos deseos,
concede a tu servidor(a) N., a quien hoy despedimos,
que consiga la felicidad eterna
junto con tus santos y elegidos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén


O bien:


III
Dios nuestro, que eres el autor de la vida,
restauras los cuerpos humanos
y aceptas con bondad el ruego de los pecadores:
escucha las súplicas que te dirigimos en nuestra aflicción
pidiéndote por el alma de tu hijo(a) N.,
para que lo(a) libres de la muerte eterna.
Permí­tele compartir con tus santos las alegrí­as del Paraí­so.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.





En lugar de las oraciones precedentes puede decirse una de las siguientes, eligiendo la más adecuada, según las circunstancias:

Por un(a) difunto(a) cuya(o) esposa(esposo) está presente:


Padre santo, recibe con bondad a tu hijo(a) N.
y protege solí­cito a su esposo(a) N.;
concédeles alcanzar, algún dí­a,
la plenitud de la caridad en la vida que no tiene fin.
por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.


Por un niño difunto que ha llegado al uso de razón:

Recibe con amor de Padre, Dios todopoderoso,
a este niño(a) N. a quien has llamado a tu presencia;
concede el don de la esperanza y del consuelo
a quienes se sienten abatidos por la muerte de N.;
ayuda especialmente a sus padres (y hermanos)
a descubrir la luz de tu presencia
en Jesucristo, nuestro Camino, Verdad y Vida,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.

Por un difunto joven:

Dios nuestro, que diriges los acontecimientos
y la duración de la vida de los hombres;
te encomendamos humilde y confiadamente a tu hijo(a) N.,
cuya muerte prematura lloramos,
para que le concedas una permanente juventud
en la felicidad de tu casa en el cielo.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

Por un papá joven (o mamá joven) difunto(a):

Señor, Dios nuestro,
que puedes comprobar la honda tristeza
de quienes lloran a tu hijo(a) N.;
concédenos, te suplicamos, la paz que necesitamos
y ayúdanos en nuestra fe
para confiar en que él(ella) goza de tu compañí­a en el cielo.
Ayuda a su esposa(o)
a sobrellevar esta durí­sima prueba de la vida
y dale a su(s) hijo(s) la fortaleza
y la serenidad que necesitan.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.

Por un difunto muerto después de larga enfermedad

Dios nuestro, que has dado a nuestro hermano(a) N.,
la gracia de servirte en el dolor y la enfermedad
concédele que, así­ como imitó la paciencia de tu Hijo,
obtenga también el premio de su misma gloria.
Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

Por un difunto muerto repentinamente:

Padre santo, muéstranos el infinito poder de tu bondad
para que, quienes lloramos a nuestro(a) hermano(a) N.
muerto(a) inesperadamente,
podamos esperar que lo(a) has llevado
a gozar de tu compañí­a.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

Por un difunto alejado de la fe:

Señor, humildemente apelamos a tu misericordia
para que recibas con bondad el alma de tu servidor(a) N.:
sé indulgente y ten piedad de él(ella)
a fin de que sea purificado(a) de los pecados
que hubiere cometido en su vida,
y así­, liberado(a) de toda atadura terrenal,
merezca ingresar en la Vida eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

Por un difunto que se quitó la vida:

Dios nuestro, que te hiciste cercano a nosotros
por medio de Jesús, nuestro Salvador,
que entregó la vida en la cruz.
Tú conoces lo í­ntimo de nuestro corazón
y nada se te oculta a tus ojos.
Escucha la oración que te dirigimos por (este hijo tuyo) N.
y muéstrale tu misericordia infinita;
acepta todo el bien que ha hecho en su vida
y perdona sus culpas y debilidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.



Aspersión

61. Luego el sacerdote o diácono asperge el cuerpo del difunto mientras dice:

V. Concédele, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para él(ella) la luz que no tiene fin.


El ministro puede agregar:

Que las almas de nuestros fi­eles difuntos descansen en paz.

Y todos aclaman:

Amén.

Al concluir el rito se puede entonar algún canto, según las costumbres del lugar. 

PROCESIÓN HACIA EL CINERARIO





INHUMACIÓN DE LAS CENIZAS



sábado, 6 de abril de 2019

La "domesticación" de la ira en la pedagogía bendictina (I)

Quince tips para “no ceder a la ira (Iram non perficere)” (RB IV, 22):

1.      (v. 23) no guardar rencor.
2.      (v. 24) No tener dolo en el corazón,
3.      (v. 26) No abandonar la caridad.
4.      (v. 29) No devolver mal por mal.
5.      (v. 30) No hacer injurias, sino soportar pacientemente las que le hicieren.
6.      (v. 31) Amar a los enemigos.
7.      (v. 32) No maldecir a los que lo maldicen, sino más bien bendecirlos.
8.      (v. 34) No ser soberbio.
9.      (v. 65) No odiar a nadie,
10.  (v. 66) no tener celos,
11.  (v. 67) no tener envidia,
12.  (v. 68) no amar la contienda,
13.  (v. 69) huir la vanagloria.
14.  (v. 72) Orar por los enemigos en el amor de Cristo;
15.  (v. 73) reconciliarse antes de la puesta del sol con quien se haya tenido alguna discordia.
  

Ocho enseñanzas sobre la paciencia en la RB
1.      Pró. 36-38.50: “Por eso, para corregirnos de nuestros males, se nos dan de plazo los días de esta vida. El Apóstol, en efecto, dice: "¿No sabes que la paciencia de Dios te invita al arrepentimiento?" (Rm 2,4). Pues el piadoso Señor dice: "No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" (Ez 33,11)…De este modo, no apartándonos nunca de su magisterio, y perseverando en su doctrina en el monasterio hasta la muerte, participemos de los sufrimientos de Cristo por la paciencia, a fin de merecer también acompañarlo en su reino. Amén”.
2.      Cap. II, 25: “Debe, pues, reprender más duramente a los indisciplinados e inquietos, pero a los obedientes, mansos y pacientes, debe exhortarlos para que progresen; y le advertimos que amoneste y castigue a los negligentes y a los arrogantes”.
3.      Cap. IV, 30. 33: “No hacer injurias, sino soportar pacientemente las que le hicieren… Sufrir (soportar) persecución por la justicia”.
4.      Cap. VII, 35-43: El "cuarto grado de humildad" consiste en que, en la misma obediencia, así se impongan cosas duras y molestas o se reciba cualquier injuria, uno se abrace con la paciencia y calle en su interior, y soportándolo todo, no se canse ni desista, pues dice la Escritura: "El que perseverare hasta el fin se salvará" (Mt 10,22), y también: "Confórtese tu corazón y soporta al Señor" (Sal 26,10). Y para mostrar que el fiel debe sufrir por el Señor todas las cosas, aun las más adversas, dice en la persona de los que sufren: "Por ti soportamos la muerte cada día; nos consideran como ovejas de matadero" (Rm 8,36). Pero seguros de la recompensa divina que esperan, prosiguen gozosos diciendo: "Pero en todo esto triunfamos por Aquel que nos amó" (Rm 8,37). La Escritura dice también en otro lugar: "Nos probaste, ¡oh Dios! nos purificaste con el fuego como se purifica la plata; nos hiciste caer en el lazo; acumulaste tribulaciones sobre nuestra espalda" (Sal 65,10s). Y para mostrar que debemos estar bajo un superior prosigue diciendo: "Pusiste hombres sobre nuestras cabezas" (Sal 65,12). En las adversidades e injurias cumplen con paciencia el precepto del Señor, y a quien les golpea una mejilla, le ofrecen la otra; a quien les quita la túnica le dejan el manto, y si los obligan a andar una milla, van dos (Cf. Mt 5,39ss); con el apóstol Pablo soportan a los falsos hermanos (Cf. 2 Co 11,26), y bendicen a los que los maldicen (Cf. 1 Co 4,12 y Rm 12,41).
5.      Cap. XXXVI, 5 Sin embargo, se los debe soportar pacientemente, porque tales enfermos hacen ganar una recompensa mayor.
6.      Cap. LVIII. 3 Por lo tanto, si el que viene persevera llamando, y parece soportar con paciencia, durante cuatro o cinco días, las injurias que se le hacen y la dilación de su ingreso, y persiste en su petición…11 Si todavía se mantiene firme, lléveselo a la sobredicha residencia de los novicios, y pruébeselo de nuevo en toda paciencia.
7.      Cap. LXVIII, 2: “Pero si ve que el peso de la carga excede absolutamente la medida de sus fuerzas, exponga a su superior las causas de su imposibilidad con paciencia y oportunamente”.
8.      Cap. LXXII, 5: “tolérense con suma paciencia sus debilidades, tanto corporales como morales”.

domingo, 31 de marzo de 2019

HORARIOS DE SEMANA SANTA


14 de abril: Domingo de Ramos en la Pasión del Señor.

10 hs. Conmemoración de la Entrada del Señor en Jerusalén (Bendición de ramos y procesión). Santa Misa.

 


TRIDUO PASCUAL DE LA PASIÓN Y RESURRECCIÓN DEL SEÑOR



18 de abril: Jueves Santo.

19 hs. Misa vespertina de la Cena del Señor. (Iglesia abierta hasta las 24,00 hs.)

21,00 hs. Completas.



19 de abril: Viernes Santo de la Pasión del Señor.

8,15 hs. Laudes.

10,00 hs. Vía crucis (Chicos de la catequesis).

12,00 hs. Sexta.

17,00 hs. Celebración del Pasión del Señor.

20,00 hs. Representación de la Pasión del Señor

por parte de los vecinos

(Frente salón de Catequesis,

se suspende por lluvia).

21,00 hs. Completas.




20 de abril: Sábado Santo.

8,00 hs. Laudes.

12,00 hs. Sexta.

19,00 hs. Vísperas.

22,00 hs. Solemne Vigilia Pascual (Liturgias del fuego, de la Palabra, del agua y de la Eucaristía).




21 de Abril: Domingo de Pascua de la Resurrección.

8,00 hs. Laudes.

10,00 hs. Santa Misa.

12,00 hs. Sexta

19,00 hs. Segundas Vísperas sin adoración.


sábado, 23 de marzo de 2019

Interioridad y felicidad

La vida interior y la orientación a la felicidad:

“Son enemigos de la orientación a la felicidad, propios de la patología, es decir, del dinamismo egocéntrico de la soberbia, por un lado las racionalizaciones que vulneran la relación de la  inteligencia con la verdad, y por otro el egoísmo, cínicamente promovido por nuestra cultura. Es la debilidad del amor benevolente, la debilidad de la ternura abnegada, del gusto de servir y de hacer feliz al otro desinteresadamente. Vemos este egoísmo como contrario al desarrollo de la caridad, directamente relacionada con la unión beatificante. La mayoría de los pacientes concluye con razón que sabemos poco del verdadero amor: ‘Pero entonces amar, nadie ama’. ‘Recién ahora entiendo de qué se trata esto de amar’. ‘El amor, amor de veras, ¿qué es?’. Es el sentimiento del niño que confía y se sustenta en la experiencia del bien que nadie puede quitarle, de una Creación ordenada, de un amor vigente. El niño que Jesús declaró feliz. Es la experiencia de una fuerza que margina todos los miedos salvo el bendito temor de ofender al amado. Esta libertad de todo miedo, esta incondicionalidad de nuestra entrega en la vida, se cumple con esa plenitud que permite ser feliz sólo cuando el Amado es Dios mismo. Porque es el único objeto eterno y perfecto capaz de sostener nuestro amor y nuestra vida eterna y perfectamente. Un alma afincada en el bien amado, nada teme y se siente feliz ‘como un niño en brazos de su madre’. Sólo el bien supremo garantiza la plenitud de esta experiencia. Nos hace felices… el amor de Dios. El regreso a esta infancia espiritual requiere como primera instancia el arduo pasaje de egocentrismo a la dinámica del amor y de la humildad”[1].



Las virtudes cardinales y la interioridad:

“La templanza… nos desprende del uso exteriorizante de la realidad, por lo cual es una virtud indispensable para el desarrollo de la interioridad. La virtud de la templanza se vincula a la interioridad por cuanto recoge las tendencias extroversivas. La templanza modera la inflación de los deseos, deseos que se vuelcan sobre sus objetos sin la debida racionalidad, tornándolos más acuciantes: se hace hábito así la búsqueda de satisfacción como una búsqueda que ‘no da en el blanco’, a la larga penosa y frustrante. Lo más nuestra y deseable sólo se sacia en el silencio interior que permite la templanza. Los vicios de la intemperancia, sea lujuria, soberbia, o gula, todos ellos hablan de una valoración siempre excesiva y descontextuada, de manera tal que se pervierte o impide el goce del bien implicado: el sabor de un alimento, la belleza de la unión sexual, la alegría por la propia dignidad… La misma búsqueda del bien queda desorientada o desordenada por la inmoderación. Se pierde la capacidad de reflexionar sobre las cosas y de moverse con la libertad ante ellas: se pierde la grandeza de nuestra cualidad espiritual, esa que nos otorga el señorío, un potestad sobre todo lo creado, capacidad de diferenciar, diferenciarnos, elegir…En lugar de ello, aparece la indistinción, la confusión, la dependencia: entre el yo y el tú, entre el sujeto y el objeto, entre el deseo y sus objetos… Todo ello ocurre en el despliegue notable de conductas exteriorizantes, que mueven la vida personal en una dinámica disgregante y desintegradora, con su consecuente padecimiento psicológico”[2].



[1] Mariana De Ruschi Crespo, Hacia una psicología de la interioridad, Didajé, Bs. As., 2017, pp. 65-66.
[2] Idem., p. 78.