viernes, 10 de julio de 2020
miércoles, 8 de julio de 2020
Preparándonos para la solemnidad de Nuestro Padre San Benito
Audiencia General sobre
San Benito de Nursia
Benedicto XVI – 9 de abril de 2008
Queridos hermanos y
hermanas: Hoy voy a hablar de san Benito, fundador del monacato occidental
y también patrono de mi pontificado. Comienzo citando una frase
de san Gregorio Magno que, refiriéndose
a san Benito, dice: “este hombre de Dios, que brilló sobre esta tierra con
tantos milagros, no resplandeció menos por la elocuencia con la que supo
exponer su doctrina” (Diál. II, 36). El gran Papa escribió estas palabras en el
año 592; el santo monje había muerto cincuenta años antes y todavía seguía vivo en la memoria de
la gente y sobre todo en la floreciente Orden religiosa que fundó. San Benito
de Nursia, con su vida y su obra, ejerció una influencia fundamental en el
desarrollo de la civilización y de la cultura europea.
La fuente más importante
sobre su vida es el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio Magno. No es
una biografía en el sentido clásico. Según las ideas de su época, san Gregorio quiso
ilustrar mediante el ejemplo de un hombre concreto -precisamente san Benito- la
ascensión a las cumbres de la contemplación, que puede realizar quien se
abandona en manos de Dios. Por tanto, nos presenta un modelo de vida humana
como ascensión hacia la cumbre de la perfección.
En el libro de los
Diálogos, san Gregorio Magno narra también muchos milagros realizados por el santo.
También en
este caso no quiere simplemente contar algo extraño, sino demostrar cómo Dios,
advirtiendo, ayudando e incluso castigando, interviene en las situaciones
concretas de la vida del hombre. Quiere mostrar que Dios no es una hipótesis
lejana, situada en el origen del mundo, sino que está presente en la vida del
hombre, de cada hombre.
Esta perspectiva del
“biógrafo” se explica también a
la luz del contexto general de su tiempo: entre los siglos V y VI, el mundo
sufría una tremenda crisis de valores y de instituciones, provocada por el
derrumbamiento del Imperio Romano, por la invasión de los nuevos pueblos y por
la decadencia de las costumbres. Al presentar a san Benito como “astro luminoso”, san Gregorio quería
indicar en esta tremenda situación, precisamente aquí, en esta ciudad de Roma,
el camino de salida de la “noche oscura de la historia”.
De hecho, la obra del
santo, y en especial su Regla, fueron una auténtica levadura
espiritual, que cambió, con el paso de los siglos, mucho más
allá de
los confines de su patria y de su época,
el rostro de Europa, suscitando tras la caída de la unidad política creada por
el Imperio Romano una nueva unidad espiritual y cultural, la de la fe cristiana
compartida por los pueblos del continente. De este modo nació la realidad que
llamamos “Europa”.
La obra de San Benito, y
en especial su Regla, fueron una auténtica levadura espiritual, que cambió, con
el paso de los siglos, mucho más allá de los confines de su patria y de su época.
La fecha del nacimiento
de san Benito se sitúa alrededor del año 480. Procedía, según dice san Gregorio de
la región de Nursia, ex provincia Nursiæ. Sus padres, de clase acomodada, lo
enviaron a estudiar a Roma. Él,
sin embargo, no se quedó mucho tiempo en la ciudad eterna. Como explicación totalmente creíble, san Gregorio alude
al hecho de que al joven Benito le disgustaba el estilo de vida de muchos de
sus compañeros de estudios, que vivían de manera disoluta, y no quería caer en
los mismos errores. Sólo quería agradar a Dios: “soli Deo placere
desiderans”.
Así, antes de concluir
sus estudios, san Benito dejó Roma y se retiró a la soledad de los montes que
se encuentran al este de la ciudad eterna. Después de una primera estancia
en el pueblo de Effide (hoy Affile), donde se unió durante algún tiempo a una
“comunidad religiosa” de monjes, se hizo eremita en la cercana Subiaco. Allí
vivió durante tres años, completamente solo, en una gruta que, desde la alta
Edad Media, constituye el “corazón”
de un monasterio benedictino llamado “Sacro Speco” (Gruta Sagrada).
El período que pasó en
Subiaco, un tiempo de soledad con Dios, fue para san Benito un momento de
maduración. Allí tuvo que soportar y superar las tres tentaciones fundamentales
de todo ser humano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí
mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación
de la ira y de la venganza.
Detrás de todas las voces
debemos buscar el punto central: tener el corazón abierto a la voz del Señor,
escuchar en silencio, dejarse formar para conocer y amar siempre más la verdad
en persona: Jesús.
San Benito estaba
convencido de que sólo después de
haber vencido estas tentaciones podía dirigir a los demás palabras útiles para
sus situaciones de necesidad. De este modo, tras pacificar su alma, podía
controlar plenamente los impulsos de su yo, para ser artífice de paz a su
alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle
del Anio, cerca de Subiaco.
En el año 529, san Benito
dejó Subiaco para asentarse en Montecassino. Algunos han explicado que este
cambio fue una manera de huir de las intrigas de un eclesiástico local
envidioso. Pero esta explicación resulta poco convincente, pues su muerte
repentina no impulsó a san Benito a regresar. En realidad, tomó esta decisión porque había entrado
en una nueva fase de su maduración interior y de su experiencia monástica.
Según san Gregorio Magno, su
salida del remoto valle del Anio hacia el monte Cassio -una altura que,
dominando la llanura circunstante, es visible desde lejos-, tiene un carácter simbólico: la vida monástica
en el ocultamiento tiene una razón de ser, pero un monasterio también tiene una finalidad
pública en la vida de la Iglesia y de la sociedad: debe dar visibilidad a la fe
como fuerza de vida. De hecho, cuando el 21 de marzo del año 547 san Benito
concluyó su vida terrena, dejó con su Regla y con la familia benedictina que
fundó, un patrimonio que ha dado frutos a través de los siglos y que los
sigue dando en el mundo entero.
En todo el segundo libro
de los Diálogos, san Gregorio nos muestra cómo la vida de san Benito estaba inmersa
en un clima de oración, fundamento de su existencia. Sin oración no hay
experiencia de Dios. Pero la espiritualidad de san Benito no era una
interioridad alejada de la realidad. En la inquietud y en el caos de su época, vivía bajo la mirada de Dios
y precisamente así nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al
hombre con sus necesidades concretas.
Al contemplar a Dios
comprendió la realidad del hombre y su misión. En su Regla se refiere a la vida
monástica como “escuela del servicio del Señor” (Pról. 45) y pide a
sus monjes que “nada se anteponga a la Obra de Dios” (43, 3), es decir, al
Oficio Divino o Liturgia de las Horas. Sin embargo, subraya que la oración es,
en primer lugar, un acto de escucha (Pról. 9-11), que después debe traducirse en la
acción concreta. “El Señor espera que respondamos diariamente con obras
a sus santos consejos”, afirma (Pról. 35).
Así, la vida del monje se
convierte en una simbiosis fecunda entre acción y contemplación “para que en
todo sea Dios glorificado” (57, 9). En contraste con una autorrealización fácil
y egocéntrica,
que hoy con frecuencia se exalta, el compromiso primero e irrenunciable del
discípulo de san Benito es la sincera búsqueda de Dios (58, 7) en el camino
trazado por Cristo, humilde y obediente (5, 13), a cuyo amor no debe anteponer
nada (4, 21; 72, 11), y precisamente así, sirviendo a los demás, se convierte
en hombre de servicio y de paz. En el ejercicio de la obediencia vivida con una
fe animada por el amor (5, 2), el monje conquista la humildad (5, 1), a la que
dedica todo un capítulo de su Regla (7). De este modo, el hombre se configura
cada vez más con Cristo y alcanza la auténtica autorrealización como criatura a
imagen y semejanza de Dios.
A la obediencia del
discípulo debe corresponder la sabiduría del abad, que en el monasterio “hace
las veces de Cristo” (2, 2; 63, 13). Su figura, descrita sobre todo en el
segundo capítulo de la Regla, con un perfil de belleza espiritual y de
compromiso exigente, puede considerarse un autorretrato de san Benito, pues
-como escribe san Gregorio Magno- “el santo de ninguna manera podía enseñar
algo diferente de lo que vivía”. El abad debe ser un padre tierno y al mismo
tiempo un maestro severo (2, 24), un verdadero educador. Aun siendo inflexible
contra los vicios, sobre todo está llamado a imitar la ternura del buen Pastor
(27, 8), a “servir más que a mandar” (64, 8), y a “enseñar todo lo bueno y lo santo más con obras
que con palabras” (2, 12). Para poder decidir con responsabilidad, el abad
también debe
escuchar “el consejo de los hermanos” (3, 2), porque “muchas veces el Señor
revela al más joven lo que es mejor” (3, 3). Esta disposición hace
sorprendentemente moderna una Regla escrita hace casi quince siglos. Un hombre
de responsabilidad pública, incluso en ámbitos privados, siempre debe saber
escuchar y aprender de lo que escucha.
San Benito califica la
Regla como “mínima, escrita sólo para el inicio” (73,
8); pero, en realidad, ofrece indicaciones útiles no sólo para los monjes, sino
también
para todos los que buscan orientación en su camino hacia Dios. Por su
moderación, su humanidad y su sobrio discernimiento entre lo esencial y lo
secundario en la vida espiritual, ha mantenido su fuerza iluminadora hasta hoy.
San Benito vivía bajo la mirada de Dios
y precisamente así nunca perdió de vista los deberes de la vida cotidiana ni al
hombre con sus necesidades concretas.
Pablo VI, al proclamar el
24 de octubre de 1964 a san Benito patrono de Europa, pretendía reconocer la
admirable obra llevada a cabo por el santo a través de la Regla para la
formación de la civilización y de la cultura europea. Hoy Europa, recién salida de un siglo
herido profundamente por dos guerras mundiales y después del derrumbe de las
grandes ideologías que se han revelado trágicas utopías, se encuentra en
búsqueda de su propia identidad.
Para crear una unidad
nueva y duradera, ciertamente son importantes los instrumentos políticos, económicos y jurídicos, pero
es necesario también
suscitar una renovación ética
y espiritual que se inspire en las raíces cristianas del continente. De lo
contrario no se puede reconstruir Europa. Sin esta savia vital, el hombre queda
expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación de querer redimirse por
sí mismo, utopía que de diferentes maneras, en la Europa del siglo XX, como
puso de relieve el Papa Juan Pablo II, provocó “una regresión sin precedentes
en la atormentada historia de la humanidad”. Al buscar el verdadero progreso,
escuchemos también
hoy la Regla de san Benito como una luz para nuestro camino. El gran monje
sigue siendo un verdadero maestro que enseña el arte de vivir el verdadero
humanismo.
miércoles, 1 de julio de 2020
Sobre Santa Gertrudis de Helfta (I) Patrona de nuestro ropero comunitario
Nuestro Ropero
comunitario está bajo el patrocinio de Santa Gertrudis, para conocer más sobre
ella y su “espiritualidad”.
“El
descubrimiento de un Dios capaz de crear y honrar la libertad humana hasta las
últimas consecuencias llevó a la teóloga del siglo XIII Gertrudis de Helfta,
junto con sus hermanas del monasterio, a desarrollar una cristología (una
teología sobre Jesucristo) alternativa a la cristología hegemónica de la Baja
Edad Media. La teología dominante caracterizaba a Cristo Jesús como
Pantocrátor, Dios Todopoderoso, Rey del Mundo. Esta imagen enfatizaba el poder
de Cristo de gobernar y de imponer su ley a todas sus criaturas. Se le concebía
a imagen y semejanza de un emperador, un Señor dominante y soberano que ejercía
su autoridad suprema desde arriba.
Teniendo
en cuenta esta imagen dominante resulta sorprendente que en la primera
experiencia de Dios que tiene Gertrudis, Jesús se le aparezca como un joven de
dieciséis años que interactúa con ella, una experimentada monja de veintiséis
años que había vivido en el monasterio desde que tenía cinco, sin ningún tipo
de atributo mayestático. A partir de esta primera experiencia, la comprensión
que Gertrudis tiene de Jesús va creciendo en intimidad y Gertrudis empieza a
desarrollar la idea de la vulnerabilidad de Dios sin abandonar la idea de su
majestad o de su trascendencia. Es precisamente la simultaneidad de la trascendencia
y la vulnerabilidad de Dios lo que se convierte en el nervio central de la
teología de Gertrudis. A fin de captar adecuadamente este aspecto de su
teología, es ilustrativo comparar la experiencia interior que describe en el
capítulo VIII de su obra El heraldo del
amor divino, con la que describe en el capítulo XIV. En ambas ocasiones,
Gertrudis está participando en la eucaristía del domingo XV del tiempo
litúrgico ordinario. En ambas ocasiones la experiencia se produce después de
haber cantado la antífona propia del día: Sed
mi protector. En su primera experiencia Jesús le ofrece su corazón como
tierra prometida donde ella podrá encontrar reposo y protección: «Tocando
durante la recitación de estos versos tu pecho bendito con tu venerable mano,
me mostraste cuál era la tierra que tu generosidad infinita me prometía». En su
segunda experiencia, los papeles se invierten de forma sorprendente y es Jesús
quien busca reposo y protección en el corazón de Gertrudis: «Mediante las
palabras del introito me diste a entender, oh objeto único de mi amor, que,
agotado por las persecuciones y los ultrajes que tantas personas te infligen,
buscabas mi corazón a fin de descansar en él. Así, cada vez que entré en mi
corazón durante los siguientes tres días, te encontré en él acostado como una
persona aquejada por un cansancio extremo». La experiencia de la vulnerabilidad
y de la necesidad de Dios le es posible a Gertrudis a causa de la Encarnación,
la más distintiva y peculiar de todas las creencias cristianas: Dios tomó carne,
existió como ser humano en el tiempo y en el espacio en toda la plenitud de
Dios. En el contexto del cristianismo primitivo esta idea les parecía
simplemente absurda a los sabios, y a los que tenían fe religiosa les parecía
ofensiva. Es probable que este siga siendo el caso hoy en día. La idea de Dios
no se aviene con la idea de límite. Y sin embargo, los límites que el espacio y
el tiempo nos imponen nunca constituyen en realidad obstáculos para la
realización de nuestro potencial de amar (de nuestro potencial divino) en toda
su plenitud. Tales límites representan en realidad la condición de posibilidad
de nuestra libertad de la misma forma que el aire es condición de posibilidad
para el vuelo de la paloma de Kant: «La ligera paloma, que siente la resistencia
del aire que surca al volar libremente, podría imaginarse que volaría mucho
mejor aún en un espacio vacío», escribió Kant en la Introducción de la Crítica de la razón pura.
Confianza,
libertad, gozo, profundidad, intimidad, cuerpo, serenidad, luz, reposo, beso y
dulzura son algunas de las palabras que reaparecen con más frecuencia en los
escritos de Gertrudis. Expresan la forma en que Gertrudis experimentaba a Dios
y cómo hablaba de Dios a los peregrinos que hacían cola en la puerta del
monasterio para hablar con ella y con sus hermanas. El círculo teológico de
Helfta es responsable de haber iniciado la tradición del «sagrado corazón» de
Jesús, mas no concebida como una imagen edulcorada y superficial del amor, sino
como un tomarse en serio la invitación de Dios a la amistad y a la intimidad
con Ella. Gertrudis dejó atrás su búsqueda infantil de un Dios todopoderoso y
controlador para descubrir que Dios era en realidad vulnerable, que Dios
esperaba y que de hecho necesitaba el
acto original de amor que solo ella podía hacer y que debía ser constantemente
renovado. Gertrudis descubrió que Dios esperaba establecer una relación
personal de amor con ella y con cada uno de nosotros. Esta impactante
combinación de la majestad y la vulnerabilidad de Dios constituye el novum teológico introducido por las
monjas de Helfta, un novum que se
corresponde directamente con el mensaje del Evangelio. Gertrudis describió esta
doble dimensión del amor único de Dios con la imagen de un corazón del que
surgen dos rayos de luz: dorado para la divinidad, rosa para la humanidad (la
carne). En la Encarnación, Dios ha experimentado lo que las nociones clásicas
de Dios más rechazan, esto es, el cambio.
Dios ha cambiado: ha adquirido un cuerpo que, por la resurrección, ha sido incorporado
a Dios para toda la eternidad.
Las
monjas de Helfta hablaron entre ellas de sus experiencias interiores y se
ayudaron unas a otras a tomar en serio los retos que conllevaban, mas cada una
las vivió en la soledad de la propia intimidad. Ellas descubrieron las
profundidades de lo que el lenguaje moderno llama «subjetividad»; fueron
verdaderas pioneras en el siglo XIII, del descubrimiento de la subjetividad y
la libertad individual; anticiparon la devotio
moderna y fueron transformadas por su experiencia de tal manera que
adquirieron autoridad para inspirar a otras personas (varones y mujeres) en el
camino hacia el gozo y la realización personal. Estas monjas son un ejemplo de
liderazgo femenino que escapó del control patriarcal y se desarrolló de forma
natural y sin cortapisas”.
Teresa Forcades i Vila, Fe y libertad, Herder, Barcelona, 2017, pp. 42-43.
miércoles, 24 de junio de 2020
AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (XI)
CONCLUSIÓN: MIRA
A LA ESTRELLA, INVOCA A MARÍA
“Este tropo se remonta a la
antigüedad cristiana, a un cierto Pseudo-Jerónimo, así como a Pascacio
Radberto, Fulberto de Chartres, Pedro Damiano y Odilón de Cluny…Dicho de otro
modo, se trata de un tropo retórico. San Bernardo se ocupa del mismo tema con
pasión y ardor, y de hecho desarrolla y profundiza todos los aspectos del
mismo, de modo que para él María no es solo un ‘ejemplo’, sino una fuente de
luz y gracia que actúa en nuestra alma. Tenemos una exhortación de verdad
original para que recurramos directamente a ella en todas nuestras necesidades”
(T. Merton, pp. 139-140)
Homilía
II:
17.
Al fin del verso dice el evangelista: Y
el nombre de la virgen era María (Lc
1,27). Digamos también, acerca de este nombre, que significa ‘estrella de la
mar’ (San Jerónimo), y se adapta a la Virgen Madre con la mayor proporción. Se
compara María oportunísimamente a la estrella; porque, así como la estrella
despide el rayo de su luz sin corrupción de sí misma, así, sin lesión suya dio
a luz la Virgen a su Hijo. Ni el rayo disminuye a la estrella su claridad, ni
el Hijo a la Virgen su integridad. Ella, pues, es aquella noble estrella nacida
de Jacob (Cf. Mm 24,17), cuyos rayos
iluminan todo el orbe, cuyo esplendor brilla en las alturas y penetra los
abismos (Prov 5,5); y, alumbrando
también a la tierra y calentando más bien los corazones que los cuerpos,
fomenta las virtudes y consume los vicios. Esta misma, repito, es la
esclarecida y singular estrella, elevada por necesarias causas sobre este mar
grande, espacioso (Sal 103,25),
brillando en méritos, ilustrando en ejemplos.
¡Oh!,
cualquiera que seas el que en la impetuosa corriente de este siglo te miras,
más antes fluctuar entre borrascas y tempestades, que andar por la tierra, no
apartes los ojos (Eclo 4,5) del
resplandor de esta estrella, si quieres no ser oprimido de las borrascas.
Si
se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las
tribulaciones, mira a la estrella, llama a María.
Si
eres agitado de las ondas de la soberbia, si de la detracción, si de la
ambición, si de la emulación, mira a la estrella, llama a María.
Si
la ira, o la avaricia, o el deleite carnal impelen violentamente la navecilla
de tu alma, mira a María.
Si,
turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a vista de la
fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a
ser sumido en la sima sin suelo de la tristeza, en el abismo de la desesperación,
piensa en María.
En
los peligros (Cf. 2 Cor 11,26; 6,4), en las angustias, en
las dudas, piensa en María, invoca a María. No se aparte María de tu boca, no
se aparte de tu corazón; y para conseguir los sufragios de su intercesión, no
te desvíes de los ejemplos de su virtud.
No
te descaminarás si la sigues, no desesperarás si la ruegas, no te perderás si
en ella piensas. Si ella te tiene de su mano, no caerás; si te protege, nada
tendrás que temer; no te fatigarás, si es tu guía; llegarás felizmente al
puerto, si ella te ampara; y así, en ti mismo experimentarás con cuánta razón
se dijo: Y el nombre de la virgen era
María.
Pero
ya debernos pausar un poco, no sea que miremos sólo de paso la claridad de
tanta luz. Pues, por usar de las palabras del evangelista: Bueno es que nos detengamos aquí (Mt 17,4); y da gusto contemplar dulcemente en el silencio lo que no
basta a explicar la pluma laboriosa. Entre tanto, por la devota contemplación
de esta brillante estrella recobrará más fervor la exposición en lo que se
sigue.
miércoles, 17 de junio de 2020
AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (X, bis)
Dom
Marcelo Molinero, osb., Anunciacião florida, Acrílico sobre madera, 2001.
- Es una representación de la
Anunciación en base a una Homilía de san Bernardo de Claraval: Homilía 4,8-9;
Oficio Romano, I, p. 309.
Además:
- EL ÁRBOL LOS CUATRO RÍOS DEL
FONDO
Se refieren al jardín del Edén
(cf. Gn 2,8-10.15) del que fue expulsada la humanidad (cf. Gn 3,1-13,17), y al
que puede volver la humanidad (cf. Ez 36,33-36) en María (cf. Ct 4,12-15; Is
66,12-14ª).
- ALÉGRATE
Hace referencia al saludo del
Ángel (cf. Lc 1,28), donde la promesa mesiánica resuena a favor de la Hija de
Sion (cf. Zac 9,9; 2,14-17; Sof 3,14-18ª; Is 12, 1-6; Joel 2,21-23.26-27).
- EL AZUL CON LAS ESTRELLAS
Es la divinidad de Dios Padre y
el Espíritu Santo, de la cual está vestida María (Lc 1,35; cf. Is 61,10-11).
El H[no]. Fermín [Gainza], en su
librito "Alégrate", sobre el Rosario con cláusulas bíblicas
(publicado por [la Editora] San Pablo), nos dejó este bello testimonio de su
oración ante el icono de la Anunciación del P. Marcelo Molinero.
Rezar ante este icono, es
asomarse a una ventana abierta hacia los cielos. Puede verse el azul lleno de
estrellas tras la mano del Padre, tras el vuelo de la Paloma y también –en
pleno día- en la estola del diácono arcangélico. Pero el cielo desborda en la
cascada del manto de María, en quien el Verbo va haciendo su morada misteriosa
vislumbrada en la luz de tres luceros, impronta de la Santa Trinidad que marcan
en María el triple sello de la fe, la esperanza y el amor y la convierten en un
vivo templo. María piensa, seria, en la alegría que le anuncia el celeste
mensajero. Sus manos interrogan el sentido. Como Moisés ante la zarza ardiendo,
María escucha con los pies descalzos posados en la paz de un nuevo suelo donde
surge el designio del Señor como un árbol florido: su proyecto de reunirnos a
todos en su Hijo y convertirnos en su Pueblo nuevo. Proyecto dibujado
globalmente que espera la señal del sí materno. Y María lo dice con sus ojos y
la elocuencia fiel de su silencio. Rezar ante este icono, es descubrir la fuente
de la paz y los senderos que llevan hacia el cielo nuestras vidas con la gracia
y la fuerza de su ejemplo. Rezar ante este icono, desgranando los “alégrate”
frente a los misterios. Rezar ante este icono, recordando la alegría del Niño y
su Evangelio, la luz de su enseñanza salvadora, sus dolores al peso del madero
y la gloria de su resurrección, es recibir al fin un nuevo aliento para seguir
viviendo día a día el proyecto de Dios en nuestro tiempo. Pascua florida,
Anunciación florida, primavera filial de nuestro rezo.
Etiquetas:
Cultura. belleza,
espiritualidad,
formación,
lectio divina,
Liturgia,
meditación,
Palabra de Dios,
pensar,
ver
miércoles, 10 de junio de 2020
AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (X)
ANHELANTE
SÚPLICA DE LA RESPUESTA DE MARÍA
“… la Anunciación del Señor…es
una fiesta conjunta de Cristo y de la Virgen: el Verbo que se hace "hijo
de María" (Mc 6, 3), de la Virgen que se convierte en Madre de Dios. Con
relación a Cristo, el Oriente y el Occidente, en las inagotables riquezas de
sus Liturgias, celebran dicha solemnidad como memoria del "fiat"
salvador del Verbo encarnado, que entrando en el mundo dijo: "He aquí que
vengo... para cumplir, oh Dios, tu voluntad" (cf. Hb 10, 7; Sal 39, 8-9);
como conmemoración del principio de la redención y de la indisoluble y esponsal
unión de la naturaleza divina con la humana en la única persona del Verbo. Por
otra parte, con relación a María, como fiesta de la nueva Eva, virgen fiel y
obediente, que con su "fiat" generoso (cf. Lc 1, 38) se convirtió,
por obra del Espíritu, en Madre de Dios y también en verdadera Madre de los
vivientes, y se convirtió también, al acoger en su seno al único Mediador (cf.
1Tim 2, 5), en verdadera Arca de la Alianza y verdadero Templo de Dios; como
memoria de un momento culminante del diálogo de salvación entre Dios y el
hombre, y conmemoración del libre consentimiento de la Virgen y de su concurso
al plan de la redención” (San Paulo VI, Marialis
Cultus 6).
Homilía
III:
6.
Bendito, pues, es el fruto de tu vientre.
Bendito en el olor, bendito en el sabor, bendito en la hermosura. La fragancia
de este odorífero fruto percibía aquel que decía: El olor que sale de mi Hijo es semejante al de un campo lleno que el
Señor colmó de sus bendiciones (Gén
27,27). ¿No será bendito aquel a quien colmó de sus bendiciones el Señor? Del
sabor de este fruto, uno que le había gustado, eructaba de este modo, diciendo:
Gustad y ved qué suave es el Señor (Sal 23, 9); y en otra parte: ¡Qué grande es, Señor, la abundancia de tu
dulzura, que has escondido y reservado para los que te temen! (Sal 30,30). Y otro también: Si es que habéis gustado que es dulce el
Señor (1 Pe 2,3). Y el mismo fruto de sí mismo, convidándonos a sí: El que me come, dice, tendrá todavía hambre;
y el que me bebe, tendrá todavía sed (Eclo
24,29). Sin duda decía esto por la dulzura de su sabor (Cf. Sab 16,20), que gustado excita el apetito. Buen fruto el que es
comida y bebida a un tiempo para las almas que tienen hambre y sed de la
justicia (Cf. Mt 5,6). Oíste ya su
olor, oíste su sabor, oye también su hermosura; porque, si aquel fruto de
muerte (Cf. Gén 3,3) no sólo fue suave para comerse, sino también, por
testimonio de la Escritura, agradable a la vista (Cf. Gén 3,6), ¿cuánto más cuidadosamente debemos informarnos de la
vivificante hermosura de este fruto vital, en
quien, por testimonio igualmente de la Escritura, desean mirar los ángeles mismos (1 Pe 1,12)? Cuya belleza miraba en espíritu y deseaba ver en el
cuerpo aquel que decía: De Sión viene el
esplendor de su hermosura (Sal
49,2). Y, porque no te parezca que alababa una belleza mediana solamente,
acuérdate de lo que tienes escrito en otro salmo: Tú sobrepasas en belleza a todos los hijos de los hombres; la gracia
está derramada en tus labios; por eso Dios te bendijo para siempre (Sal 44,3).
Homilía IV:
[Anhelante
súplica de la respuesta de María] 8. Oíste, ¡oh Virgen! el hecho; oíste el modo
también; lo uno y lo otro es cosa maravillosa, lo uno y lo otro es cosa
agradable. Gózate, hija de Sión; alégrate, hija de Jerusalén (Zac 9,9; Ant. “Iucundare”). Y pues a tus oídos ha dado el Señor gozo y alegría,
oigamos nosotros de tu boca la respuesta de alegría que deseamos para que con
ella entre la alegría y el gozo en nuestros huesos afligidos y humillados (Sal 50,10). Oíste, vuelvo a decir, el
hecho, y lo creíste; cree lo que oíste también acerca del modo. Oíste que
concebirás y darás a luz a un hijo (Lc
1,31); oíste que no será por obra de varón, sino por obra del Espíritu Santo (Lc 1,35). Mira que el ángel aguarda tu
respuesta, porque ya es tiempo que se vuelva al Señor que le envió (Cf. Tob 12,20). Esperamos también
nosotros, Señora esta palabra de misericordia, a los cuales tiene condenados a
muerte la divina sentencia, de que seremos librados por tus palabras. Ve que se
pone entre tus manos el precio de nuestra salud; al punto seremos librados si
consientes. Por la palabra eterna de Dios fuimos todos criados, y con todo eso
morimos (2 Cor 6,9); mas por tu breve
respuesta seremos ahora restablecidos para no volver a morir. Esto te suplica,
¡oh piadosa Virgen , el triste Adán, desterrado del paraíso con toda su
miserable posteridad. Esto Abraham, esto David con todos los santos Padres
tuyos, los cuales están detenidos en la región de la sombra de la muerte (Cf. Is 9,2. Vg.; Lc 1,79); esto mismo te pide el mundo todo postrado a tus pies. Y
no sin motivo, aguarda con ansia tu respuesta, porque de tu palabra depende el
consuelo de los miserables, la redención de los cautivos, la libertad de los
condenados, la salud, finalmente, de todos los hijos de Adán, de todo vuestro
linaje. Da, ¡oh Virgen!, aprisa la respuesta.
¡Ah!,
Señora, responde aquella palabra que espera la tierra, que espera el infierno,
que esperan también los ciudadanos del cielo. El mismo Rey y Señor de todos,
cuanto deseó tu hermosura (Cf. Sal
44,12), tanto desea ahora la respuesta de tu consentimiento; en la cual sin
duda se ha propuesto salvar el mundo (Cf.
Jn 3,17). A quien agradaste por tu silencio agradarás ahora mucho más por
tus palabras, pues Él te habla desde el cielo diciendo: ¡Oh hermosa entre las mujeres (Cant
1,7), hazme que oiga tu voz (Cant 8,13)! Si tú le haces oír tu voz,
Él te hará ver el misterio de nuestra salud (Lc 2,30). ¿Por ventura, no es esto lo que buscabas, por lo que
gemías, por lo que orando días y noches suspirabas (Jos 1,8; Ecle 8,16)? ¿Qué
haces, pues? ¿Eres tú aquella para quien se guardan estas promesas o esperamos
otra? (Cf. Mt 11,3)
No,
no; tú misma eres, no es otra. Tú eres, vuelvo a decir, aquella prometida,
aquella esperada, aquella deseada, de quien tu santo padre Jacob, estando para
morir (Eclo 11,20), esperaba la vida
eterna, diciendo: Tu, salud esperaré,
Señor (Gén 49,18). En quien y por
la cual Dios mismo, nuestro Rey, dispuso antes de los siglos obrar la salud en
medio de la tierra. ¿Por qué esperaras de otra lo que a ti misma te ofrecen? ¿Por
qué aguardarás de otra lo que al punto se hará por ti, como des tu
consentimiento y respondas una palabra? Responde, pues, presto al ángel, o, por
mejor decir, al Señor por el ángel; responde una palabra y recibe otra palabra
(Sant 1,21); pronuncia la tuya y
concibe la divina; articula la transitoria y admite en ti la eterna. ¿Qué
tardas? ¿Qué recelas?
Creo,
di que sí y recibe. Cobre ahora aliento tu humildad y tu vergüenza confianza.
De ningún modo conviene que tu sencillez virginal se olvide aquí de la
prudencia. En sólo este negocio no temas, Virgen prudente, la presunción;
porque, aunque es agradable la vergüenza en el silencio, pero más necesaria es
ahora la piedad en las palabras. Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los
labios al consentimiento, las castas entrañas al Criador. Mira que el deseado
de todas las gentes (Ageo 2,8) está
llamando a tu puerta (Cf. Apoc 3,20; Cant 5,2). ¡Ay si, deteniéndote en
abrirle, pasa adelante, y después vuelves con dolor a buscar al amado de tu
alma (Cf. Cant 3,1-4)! Levántate,
corre, abre (Cf. Cant 2,10; 5,5).
Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento.
Ejercicio: Lectio
del Icono de la Anunciación Florida.
miércoles, 3 de junio de 2020
AÑO MARIANO NACIONAL: CONTEMPLANDO LA MATERNIDAD DE MARÍA EN LOS OJOS DEL “DULCE POETA” DE LA VIRGEN (IX)
LA GRACIA DE
MARÍA ANTES DE LA MATERNIDAD
“Con Bernardo, no se trata sin
más de una meditación personal, aun cuando su amor esté implicado: su
experiencia no está ausente, pero es la experiencia de la Iglesia. Buena parte
de lo que escribe está inspirado directamente en los Padres” (T. Merton, p.
134).
Homilía III:
1. Me agrada
usar de las palabras de los santos siempre que oportunamente se pueden adaptar
a los asuntos que trato, para que así se hagan más gratas, a lo menos por la
belleza de los vasos, las cosas que en mis discursos presento al lector. Pero,
por comenzar ahora con las expresiones del profeta, ¡ay de mí! , no a la verdad
al modo del profeta, porque callé, sino porque he hablado, pues mis labios son impuros
(Is 6,5). ¡Ay! ¡Cuántas cosas vanas,
cuántas cosas falsas, cuántas cosas torpes me acuerdo haber vomitado por esta
misma asquerosísima boca mía, en que ahora presumo tratar palabras celestiales!
Mucho terno que esté cerca aquel momento en que haya de oír que me dicen: ¿Cómo cuentas tú mis justicias y tomas mi
testamento en tu boca (Sal
49,16)? Ojalá que a mí también me trajeran del soberano altar, no una sola
ascua, sino un globo grande de fuego que consumiese enteramente la mucha e
inveterada inmundicia de mi sucia boca (Cf.
Is 6,6-7), a fin de hacerme digno de repetir con mi expresión, tal cual
ella sea, los gratos y castos coloquios del ángel con la Virgen y la respuesta
de la Virgen al ángel.
[La entrada del
ángel] Dice, pues, el evangelista: Y habiendo entrado el ángel a ella, sin duda
a María, le dijo: Dios te salve, llena de
gracia, el Señor es contigo (Lc
1,28). ¿Adónde entró a ella? Juzgo que al secreto de su casto aposento (Ecle 10,20), en donde quizá, cerrada la
puerta sobre sí, estaba en lo oculto orando al Padre (Mt 6,6). Suelen los ángeles estar presentes a los que oran y
deleitarse en los que ven levantar sus puras manos en la oración (1 Tim 2,8); se alegran de ofrecer a Dios
el holocausto de la devoción santa como incienso agradable al cielo (Ef 5,2). Cuánto habían agradado las
oraciones de María en la presencia del Altísimo (Eclo 35,8; 39,6), lo indica el ángel saludándola con tanta
reverencia. Ni fue dificultoso al ángel penetrar en el secreto aposento de la
Virgen, pues por la sutileza de su substancia tiene la natural propiedad de que
ni las cerraduras de hierro le pueden estorbar la entrada a cualquiera parte
que su ímpetu le lleve (Cf. Ez
1,12-20). No resisten a los angélicos espíritus las paredes, sino que les ceden
todas las cosas visibles; y todos los cuerpos, por más sólidos o densos que
sean, están francos y penetrables para ellos. No se debe, pues, sospechar que
encontrase el ángel abierta la puertecita de la Virgen, cuyo propósito era
evitar la concurrencia de los hombres y huir de sus conversaciones; para que
así, o no fuese perturbado el silencio de su oración, o no fuese tentada su
castidad, de que hacía profesión. Por tanto, había cerrado sobre sí su
habitación en aquella hora la Virgen prudentísima, pero a los hombres, no a los
ángeles; por consiguiente, aunque pudo entrar el ángel donde estaba, pero a
ninguno de los hombres era la entrada fácil.
[En María reside
la plenitud del Dios uno y trino] 2. Habiendo, pues, entrado el ángel a María,
le dijo: Dios te salve, llena de gracia,
el Señor es contigo. Leemos en los Actos de los Apóstoles que San Esteban
estuvo lleno de gracia y que los apóstoles también estuvieron llenos del
Espíritu Santo; pero muy diferentemente que María; porque, a más de otras
razones, ni en aquél habitó la plenitud de la divinidad corporalmente (Cf. Col 2,9), como habitó en María, ni
éstos concibieron del Espíritu Santo, como María (Hch 2,4; 6,5.8). Dios te salve, dice, llena de gracia, el Señor es
contigo. ¿Qué mucho estuviera llena de gracia, si el Señor estaba con ella?
Lo que más se
debe admirar es cómo el mismo que había enviado el ángel a la Virgen fue
hallado con la Virgen por el ángel. ¿Fue Dios más veloz que el ángel, de modo
que con mayor ligereza se anticipó a su presuroso nuncio para llegar a la
tierra? No hay que admirar, porque estando el Rey en su reposo, el nardo de la
Virgen dio su olor (Cant 1,11) y
subió a la presencia de su gloria el perfume de su aroma y halló gracia en los
ojos del Señor, clamando los circunstantes: ¿Quién
es esta que sube por el desierto como una columnita de humo formada de perfumes
de mirra e incienso? (Cant 3,6; Tob 3,24). Y al punto el Rey, saliendo
de su lugar santo, mostró el aliento de un gigante para correr el camino (Sal 18,6-7); y, aunque fue su salida de
lo más alto del cielo, volando en su ardentísimo deseo, se adelantó a su
nuncio, para llegar a la Virgen, a quien había amado, a quien había escogido
para sí, cuya hermosura había deseado. Al cual, mirándole venir de lejos,
dándose el parabién y llenándose de gozo, le dice la Iglesia: Mirad cómo viene éste saltando en los
montes, pasando por encima de los collados (Cant 2,8).
3. Mas con razón
deseó el Rey la hermosura de la Virgen, pues había puesto por obra todo lo que
mucho antes había sido amonestada por David, su padre, que la decía: Escucha, hija, y mira; inclina tu oído y
olvida tu pueblo y la casa de tu padre. Y si esto haces, deseará el Rey tu hermosura (Sal 44, 11-12). Oyó, pues, y vio; no
como algunos, que oyendo no oyen y viendo no entienden (Cf. Mc 4,12), sino que oyó y creyó; vio y entendió. Inclinó su oído
a la obediencia y su corazón a la enseñanza (Job 17,4), y se olvidó de su pueblo y de la casa de su padre;
porque ni pensó en aumentar su pueblo con la sucesión ni intentó dejar
herederos a la casa de su padre, sino que todo el honor que pudiera tener en su
pueblo, todo lo que pudiera tener de bienes terrenos por sus padres, lo
abandonó como si fuera basura, para ganar a Cristo (Cf. Fil 3,8). Ni la engañó su pensamiento, pues logró, sin violar el
propósito de su virginidad, tener a Cristo por hijo suyo. Con razón se llama
llena de gracia, pues tuvo la gracia de la virginidad; y, a más de eso,
consiguió la gloria de la, fecundidad.
[Jesús, causa y
bendición de María] 5. Bendita tú eres
entre las mujeres (Lc 1,42).
Quiero juntar a esto lo que añadió Santa Isabel a estas mismas palabras,
diciendo: Y bendito es el fruto de tu
vientre (Lc 1,42). No porque tú
eres bendita es bendito el fruto de tu vientre, sino porque él te previno con
bendiciones de dulzura (Sal 20,4),
eres tú bendita. Verdaderamente es bendito el fruto de tu vientre, pues en él
son benditas todas las gentes (Gál
3,8); de cuya plenitud también recibiste tú con los demás (Jn 1,16), aunque de un modo más excelente que los demás. Por tanto,
sin duda eres tú bendita, pero entre las mujeres; mas él es bendito, no entre
los hombres, no entre los ángeles precisamente, sino como quien es, según habla
el Apóstol, sobre todas las cosas, Dios
bendito por los siglos (Rm 9,5).
Suele llamarse bendito el hombre, el pan bendito, bendita la mujer, bendita la
tierra y las demás cosas en las criaturas que están benditas; pero
singularmente es bendito el fruto de tu vientre (Lc 1,42), siendo él, sobre todas las cosas, Dios bendito por los
siglos.
Etiquetas:
Cultura. belleza,
espiritualidad,
formación,
lectio divina,
Liturgia,
María,
meditación,
Padres,
Palabra de Dios,
pensar
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)










