domingo, 19 de agosto de 2018

ACATISTOS AL DUCISISIMO JESUS (I)

Cantar sabiamente el “Acatistos al dulcísimo Jesús”[1]

Existe todavía…-escribió el Cardenal Spidlik- entre los Bizantinos, un ‘Oficio a Jesús dulcísimo’ que es anterior al Jubilus (Dulcis Iesu memoria[3]) de San Bernardo…[4][5].
Nosotros, que queremos aprender a orar con el espíritu y también con la inteligencia, cantar himnos con el espíritu y también con la inteligencia” (1 Cor 14, 15), nos proponemos cantar sabiamente, celebrando y saboreando, este himno litúrgico oriental, siguiendo el camino de la lectio divina[6]:
1) leyendo-oyendo atentamente el texto, por eso copiamos la versión del Acatistos al dulcísimo Jesús subida a: http://theoesis.blogspot.com.ar/2012/07/acatistos-al-dulcisimo-jesus.html[7], y en nota al pie colocamos las diferencias, aunque sean mínimas, con otras traducciones[8] para apreciar las tonalidades y matices;
2) meditando-rumiando gustosamente el contenido, por lo que colocamos algunos títulos, subrayamos posibles puntos para la meditación-colación, e indicamos otros textos bíblicos como ecos;
3) orando-dialogando silenciosamente, engrandeciendo nuestro deseo del Dulce Jesús, para que recupere su centralidad en nuestra vida.

Dos textos muy bellos, uno del magisterio contemporáneo y otro de la tradición patrística, nos proporcionan el suelo y el cielo para nuestro caminar:

El monaquismo, de modo particular, revela que la vida está suspendida entre dos cumbres: la Palabra de Dios y la Eucaristía…La Palabra de Dios es el punto de partida del monje, una Palabra que llama, que invita, que interpela personalmente, como sucedió en el caso de los Apóstoles. Cuando la Palabra toca a una persona, nace la obediencia, es decir, la escucha que cambia la vida. Cada día el monje se alimenta del pan de la Palabra. Privado de él, está casi muerto, y ya no tiene nada que comunicar a sus hermanos, porque la Palabra es Cristo, al que el monje está llamado a conformarse. Incluso cuando canta con sus hermanos la oración que santifica el tiempo, continúa su asimilación de la Palabra. La riquísima iconografía litúrgica, de la que con razón se enorgullecen todas las Iglesias del Oriente cristiano, no es más que la continuación de la Palabra, leída, comprendida, asimilada y, por último, cantada: esos himnos son, en gran parte, sublimes paráfrasis del texto bíblico, filtradas y personalizadas mediante la experiencia de la persona y de la comunidad. Frente al abismo de la misericordia divina, al monje no le queda más que proclamar la conciencia de su pobreza radical, que se convierte inmediatamente en invocación y grito de júbilo para una salvación aún más generosa, por ser inseparable del abismo de su miseria. Precisamente por eso, la invocación de perdón y la glorificación de Dios constituyen gran parte de la oración litúrgica. El cristiano se halla inmerso en el estupor de esta paradoja, última de una serie infinita, que el lenguaje de la liturgia exalta con reconocimiento: el Inmenso se hace límite; una Virgen da a luz; por la muerte, Aquel que es la vida derrota para siempre la muerte; en lo alto de los cielos un Cuerpo humano está sentado a la derecha del Padre. En el culmen de esta experiencia orante está la Eucaristía...[9].

Me parece que son cuatro las partes de la oración que me toca describir y que hallo dispersas en las Escrituras, y a cuyo modelo debe cada cual reducir, como a un todo, su propia oración. Estas son las partes de la oración. Según la capacidad de cada cual, al principio y como en el exordio de la oración, hay que dar gloria a Dios, por Cristo coglorificado, en el Espíritu Santo coalabado. Después, cada cual debe situar la acción de gracias universal por los beneficios concedidos a la comunidad y luego las gracias recibidas de Dios. A la acción de gracias parece oportuno le suceda la dolida acusación ante Dios de sus propios pecados y la petición, en primer lugar, de la medicina que lo libere del hábito y de la inclinación al pecado, y luego, del perdón de los pecados cometidos. En cuarto lugar y después de la confesión me parece que ha de añadirse la súplica implorando los magníficos bienes celestiales tanto para sí mismo, como para toda la comunidad humana, para los familiares y para los amigos. Y por encima de todo esto, la oración debe finalizar por la glorificación de Dios, por Cristo, en el Espíritu Santo. Pues es justo que una oración que comenzó por la glorificación, con la glorificación termine, alabando y glorificando al Padre de todos, por Jesucristo, en el Espíritu Santo, a quien sea la gloria por los siglos[10].


I.                   DULCE JESÚS, CREADOR Y SEÑOR

 

Kontakion[11] 1. Oh Guía, defensor en la lucha[12]. Señor, vencedor del infierno[13], ya que me has salvado[14] de la muerte eterna canto tu alabanza[15], yo, tu criatura, tu siervo. Tú, cuya misericordia no tiene límite[16], libérame hoy de todo peligro[17], Tú, a quien yo invoco[18]: Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí[19].
Ikos 1. Oh Creador de los ángeles y Señor de las potencias del cielo[20], Tú que has abierto el oído y dado la palabra al sordomudo, ilumina mi espíritu y desata mi lengua para que pueda alabar a Tu Nombre purísimo y dirigirme a Ti con este canto[21]:
Jesús, belleza luminosa[22], estupor[23] de los ángeles.
Jesús, fuerza invencible[24], liberador de nuestros padres[25].
Jesús, dulzura inmensa[26], alabanza[27] de los patriarcas.
Jesús, Señor muy amado[28], cumplimiento de los profetas.
Jesús, admirable en la fuerza[29], gloria[30] de los mártires.
Jesús, paz resplandeciente[31], alegría de los monjes[32].
Jesús, lleno de benevolencia[33], dulzura de los sacerdotes[34].
Jesús, misericordia incansable[35], regocijo[36] de los santos[37].
Jesús, purísimo[38], pureza[39] de las vírgenes.
Jesús, Tú eres desde siempre[40], salvación de los pecadores.
Jesús, Hijo de Dios, ten piedad de mí[41].


  1. Invocación Inicial. Oración completa de glorificación de Dios, acción de gracias, petición de perdón y súplica implorando los magníficos bienes celestiales.
  2. Relación personal (yo-Tú) del orante (persona-comunidad) con el Señor. El orante: salvado, redimido, rescatado, criatura y siervo, débil y en peligro. Jesús: Hijo de Dios, Creador del universo y Señor de la Historia, Guía por el camino, Defensor-Triunfador en la lucha espiritual y Misericordia sin límite. Súplica pidiendo: líbrame, sálvame, ilumíname y desata, en el tiempo presente (“líbrame hoy”), porque ya ha experimentado la misericordia de Dios (“me has salvado de la muerte eterna”). Cada invocación reúne un doble título, uno referido al Señor en sí mismo y el otro a la creatura. Glorificación y santificación de toda la creación (ángeles y potencias del cielo, hombres), de la Historia de la Salvación (padres, patriarcas, reyes, profetas) y de la Iglesia (mártires, monjes, sacerdotes, santos, vírgenes y pecadores).
  3. Misterio de Jesucristo en su dimensión pascual: Lucha, Muerte e Infierno. Jesús es el vencedor de todos nuestros obstáculos (pasiones, pecado, muerte) en la lucha espiritual para conducirnos a la unión con Dios.
  4. Icono narrativo de la curación del sordomudo (Mc 7, 31-37): La comunidad (Iglesia) presenta al sordomudo. Jesús lo separa de la multitud (ruidos, voces, gritos) y lo lleva aparte para imponerle las manos, tocarlo. Lectio Divina y Opus Dei: primero pone los dedos en el oído (mente) abriéndolo para escuchar la palabra (“dado la palabra”), y luego con su saliva toca la lengua confusa desatándola para cantar la alabanza (Cf. Sal 50,17) al Santo y Dulce Nombre: Jesús. Referencias al bautismo: “ilumina mi espíritu” y rito del “efatá”.
  5. Textos bíblicos: Apocalipsis 19, 11-16; Isaías 35, 1-10; Mateo 15, 29-31.

[1] Este material puede utilizarse también en retiros espirituales, jornadas de oración, días de desierto personales o comunitarios (Cf. Apéndice).
[2] Abadía Cristo Rey, El Siambón, Tucumán, Argentina. Congregación Benedictina de la Santa Cruz del Cono Sur.
[3] Cf. P. E. GÓMEZ, Dulcis Iesu Memoria: El dulce método de la teología monástico medieval”, en Cistercium 254 (2010), pp. 169-224; Cistercium 259 (2012), pp. 81-132.
[4] Título de un artículo de S. SALAVILLE, RAM 25 (1949), pp. 247-259.
[5] T. SPIDLIK, “La vida en Dios” (http://ermitaniourbano.blogspot.com.ar/2009/01/la-vida-en-dioscardenal-toms-spidlik-sj.html).
[6] Cf. BENEDICTO XVI, Exhortación postsinodal Verbum Domini 87.
[7]file:///C:/Users/Usuario6788/Desktop/EL%20Santo%20Nombre_%20Akathistos%20a%20Jes%C3%BAs,%20Nuestro%20Se%C3%B1or.html
[8]Akathistos a nuestro dulce Señor Jesucristo, http://issuu.com/akathistoscomarca/docs/a_nuestro_dulce_senor_jesucristo_pd, (A); Akatisto a nuestro dulcísimo Señor Jesucristo, Publicaciones del Monasterio Ortodoxo Lavra Mambré, Lago Azul, Lago de Amatitlán, Villa Nueva, Guatemala, 2000, http://hogarafaelayau.org/cms/media/download_gallery/Publicaciones/B._Akatisto_a_Nuestro_Dulcisimo_Senor_Jesucristo.pdf , (B).
[9] JUAN PABLO II, Carta Apostólica “Orientale Lumen” 10.
[10] ORÍGENES, Sobre la oración, ns. 31-33.
[11] Kontakion (Griego: κοντάκιον) es un tipo de himno de ortodoxo. El término deriva de la palabra griega κόνταξ (kontax, "palo"), el eje en el que se enrolla el pergamino. Esto describe el modo en el que las palabras aparecen cuando se lee el rollo. La palabra se usaba para describir una forma de poesía bizantina cuyos orígenes datan del siglo VI, compuesta de versos o οικοι (ikoi, "casas").
[12] Conductor audaz (A), A Ti, Líder triunfante y Señor (B).
[13] Hades (B).
[14] Porque me libraste (A).
[15]Te dedico este Himno de Alabanza (A), Te ofrezco un canto de alabanza (B).
[16] Porque tú tienes una misericordia indecible (A), y por Tu inefable bondad amorosa (B).
[17] Sálvanos de todos los males (A).
[18] Te invocamos (A), para que pueda implorarte (B).
[19] Oh Jesús Hijo de Dios: ten piedad de nosotros (A).
[20] De los Ejércitos (B).
[21] Abre nuestra mente incapaz y nuestra lengua para alabar tu nombre purísimo, como una vez abriste los oídos y la lengua aquel que era sordo y mudo, para que con nuestra voz te podamos invocar (A),…desde antaño abriste el oído y la lengua del que estaba sordo y mudo, abre ahora mi mente y lengua confusas para alabar Tu Santísimo Nombre, para que pueda clamar a Ti (B).
[22] Maravilloso (A).
[23] Asombro (A).
[24] Fortaleza (A), Poderosísimo (B).
[25] Salvador de los antepasados (A), Libertador de los Antepasados (B).
[26] Dulce (A), Dulcísimo (B).
[27] Orgullo (A), Exultación (B). Se agrega: Jesús glorioso, sustento de los reyes (A).
[28] Amadísimo (A), Muy deseado (B).
[29] Venerable (A), Alabadísimo (B).
[30] Salvador (A), Constancia (B).
[31] Silencioso (A), Muy gozoso (B).
[32] Consuelo de los Monásticos (B).
[33] Piadoso (A), muy compasivo (B).
[34] Presbíteros (B).
[35] Misericordioso (A), Misericordiosísimo (B), Jesús dulce (A), Muy tierno (B). Se agrega: resistencia de los hambrientos(A), Abstinencia de los que ayunan (B).
[36] Fulgor (A).
[37] Tus similares (A), Gozo de los Justos (B).
[38] Honorable (A).
[39] Castidad (A), Sobriedad (B).
[40] Eterno (A).
[41] Ten piedad de nosotros (A).

Pedro Edmundo Gómez, osb.

(Texto íntegro publicado en "Cantar sabiamente el Acatistos al dulcísimo Jesús”, Nova et Vetera 81-82 (2016), pp. 199-227).

sábado, 11 de agosto de 2018

LA TERNURA FRATERNA


SALMO 133 (132)

1 ¡Qué bueno y agradable

es que los hermanos vivan unidos!

2 Es como el óleo perfumado sobre la cabeza,

que desciende por la barba

–la barba de Aarón–

hasta el borde de sus vestiduras

3 Es como el rocío del Hermón

que cae sobre las montañas de Sión.

Allí el Señor da su bendición,

la vida para siempre.



Oración:

Infunde en tu Iglesia, Señor, la caridad de la verdadera fraternidad y de la paz; y haz que, llenos del rocío de la unción espiritual, la gracia de tu bendición sea nuestro gozo.




ELREDO DE RIEVAULX[1]


Son hombres honrados (Eclo 44, 10). La palabra “hombre” significa la fuerza del alma y el buen celo que tienen “los hombre honrados” para castigar los pecados en ellos mismos y en los demás. Con esta fuerza de alma y con el buen celo, los santos pisotean los bienes de este mundo y aspiran a los del cielo, sin abatirse ante la adversidad ni exaltarse con la prosperidad. Este buen celo en algunos es celo malo y fuerza inicua. De ellos dice la Escritura: buscan ardientemente a Dios, aunque a ciegas (Rom 10, 2). Este celo que es “a ciegas”, es un celo malo, porque es indiscreto (...). En este tipo de personas la fuerza del alma no es una virtud, sino un vicio, y su celo es inicuo, ya que desprecian a los demás porque ellos son capaces de ayunar, de estar en vela y de rezar más que aquellos.

Imitan a Uzá, el cual, cuando los bueyes hicieron tambalear el arca del Señor, extendió la mano para sujetarla, pero el Señor lo hirió y murió al instante.

Leemos en el libro de los Reyes (1 Cro 13,7.9-10; 2 S 6, 3.6-7) que cuando David quiso llevar a Jerusalén el arca del Señor, encontrándose cerca de Cidón con los que le acompañaban, Uzá, que junto con sus hermanos, conducía el carro, sujetó el arca con la mano porque los bueyes la hicieron tambalearse. Entonces el Señor se encolerizó contra Uzá; lo hirió por haber tocado el arca con la mano, y allí mismo murió delante de Dios.

El arca de la alianza, que guardaba el maná, la vara de Aarón y las tablas de la ley, es símbolo de los superiores y pastores de la Iglesia, en los que debemos encontrar el maná del consuelo, la vara de la corrección y las tablas de la instrucción, por lo que tienen que ser doctos en uno y otro Testamento, de donde sacar de lo nuevo y de lo viejo (Cf. Mt 13, 52). Los bueyes simbolizan a los sujetos y a los subordinados, que a veces se encaminan por el sendero recto, sin desviarse ni a derecha ni a izquierda, pero otras veces se desplazan y a fuerza de hacer respingos provocan que el arca se incline. Uzá simboliza a aquellos que se sienten orgullosos de sus propias fuerzas, por lo que desprecian a los demás y no se ponen a la altura de los débiles mediante algún tipo de compasión.

El arca se tambalea cuando tropiezan los bueyes, pues el pastor prudente es misericordioso y piadoso para con aquellos que cometen faltas debido a la debilidad de la naturaleza, por lo que se adapta a todos acomodándose a lo que conviene a cada uno. Pues, en efecto, no se puede aplicar el mismo rigor de la disciplina a todos por igual, ya que así como tenemos caras distintas, también tenemos distintos y variados caracteres. A uno se le corrige con amenazas, a otro animándole, a éste hay que reprenderle con palabras, a aquél con la vara; a uno hay que castigarlo, otro debe mortificarse con ayunos, éste hay que atemorizarlo con las penas del infierno, ese otro debe ser animado con las dulces promesas de la vida eterna.

Por eso el mismo pastor prudente no exige a todos el mismo rigor, sino que, como un médico sensato, cura las enfermedades de todos proporcionando a cada uno lo que le conviene. En este sentido dice muy bien la Escritura que uno de los bueyes al retozar inclinó un poco el arca (1 Cro 13, 9). El buey que retoza es el hermano indisciplinado e inconstante que, oprimido por la debilidad natural, no soporta el rigor de la disciplina regular. El arca se inclina un poco de su lado porque el superior y pastor misericordioso se coloca bondadosamente junto al que comete faltas por debilidad natural, consciente de que debe manifestarle una ternura fraterna, ya que Cristo ha sufrido por él la pasión (Cf. Rom 14, 15).

Pero Uzá extendió la mano para sostener el arca (1 Cro 13, 10), pues el que carece de ternura fraterna, el que es robusto y está muy seguro de sus propias fuerzas para hacer ayunos, vigilias y trabajos, desprecia al buey que retoza, es decir, al hermano débil e inconstante; no quiere colocarse junto al hermano flojo con ternura fraterna y no tolera que el arca se incline a causa del buey que retoza, sino que se opone con todas sus fuerzas a que el pastor benévolo esté junto al hermano débil. Por eso extiende la mano para sostener el arca, porque se esfuerza con ahínco y trapacería para que el superior reprenda sin misericordia a todos los retozones e inconstantes que cometen faltas, y pretende que lo haga no sólo con reproches, sino también con filípicas, amenazas y bastonazos.

Es lógico que el nombre de Uzá signifique “robusto”, pues quienes carecen de entrañas de misericordia y son recios en el rigor de la disciplina, poseen una fuerza de alma que no es benévola, sino mala, y un celo inicuo con el que hieren, sin discreción ni misericordia, a los hermanos débiles. Por eso mismo, lo que Uzá padeció en el cuerpo, ellos lo padecen en el alma. ¿Qué padeció Uzá? Cuando sostenía el arca, fue sacudido por el Señor e inmediatamente murió ante él (2 S 6, 7; 1 Cro 13, 10). El Señor hiere al que descuida la ternura fraterna. Sí, el Señor hiere mediante esta sentencia que afirma: los poderosos son enérgicamente castigados (Sap 6,6) Tendrá un juicio sin misericordia el que no tuvo misericordia (Sant 2, 13)”[2].





[1] El interés constante de Elredo, como “pastor discretus” (Paris, B.N., Nouv. acq. lat. 294, f.42 r-v), es construir la unidad de su comunidad de Rievaulx mediante un proceso incesante de reconciliación entre los fuertes, “observantes estrictos” con sus presiones y chantajes, y los débiles, con su incesante necesidad de “dispensatio”(Paris, B.N., Nouv. acq. lat. 294, f. 30 v), por el cual establecer entre ellos una circulación continua de comunión.
[2] Elredo de Rievaulx, Sermón para la Solemnidad de Todos los Santos, Paris, B.M., Nouv. acq. lat. 294, f. 108-109 v. Citado por Gaetano Raciti, ocso, “La opción preferencial por los débiles en el modelo comunitario elrediano”, Cistercium 206 (1996) pp. 397- 398. Cfr. Gregorio Magno, Morales sobre Job 5, 11, 24; San Benito, RB LXIV, 7-22; LXXII, 1-12.

sábado, 4 de agosto de 2018

Fiesta de la Transfiguración del Señor y primera profesión monástica


El lunes 6 de agosto Fiesta de la Transfiguración del Señor el Padre Javier Ricardo Margheim hará su primera profesión monástica durante la misa conventual (18,40 hs.). Ha elegido como lemas, uno bíblico: “Maestro ¿Dónde vives?” (Jn 1,38) y otro de la Regla: “Negarse a sí mismo para seguir a Cristo” (4,10). Les rogamos nos acompañen con la oración.

sábado, 28 de julio de 2018

Santa Hildegarda de Bingen: Dos “visiones” de la Vida monástica



13. De quienes imitan la Pasión de Cristo: los aromáticos[1]

Y allí donde aquel fulgor brillaba como púrpura jacintia, ardía ciñendo con fuerza la imagen de la mujer: designa la perfección de cuantos imitan la Pasión de mi Hijo con ardiente amor y engalanan vivamente a la Iglesia con su sacrifico. ¿Cómo? Porque son la alta morada del tesoro que se eleva en el designio divino, pues cuando la Iglesia, ya afianzada, cobró fuerza, brotó, para esplendor suyo, un vivo aroma que pronunció los votos del camino de la secreta renovación. ¿Qué quiere decir esto? Que entonces surgió una orden maravillosa a imagen del ejemplo de Mi Hijo; pues igual que mi Hijo vino al mundo separado del pueblo común, también esta legión vive en el mundo alejada del resto de las gentes. Sí, como bálsamo que con suavidad se destila del árbol, así surgió al principio este pueblo, de forma singular, en el desierto y en lugares retirados y, lo mismo que el árbol extiende sus ramas, lentamente medró hasta hacerse multitud plena. Mira he bendecido y santificado este pueblo: son para Mí entrañables flores, rosas y lirios que agrestes florecen en los campos como este pueblo al que ninguna ley obliga a desear una senda tan angosta, sino que la emprende dulcemente inspirada por Mí, sin precepto de ley, por propia voluntad, haciendo más de cuanto le fue ordenado; por tanto gran merced recibirá, como está escrito en el Evangelio cuando el samaritano condujo a aquel hombre mal herido a una posada” (Scivias II, V, 13, Trotta, 1999, pp. 156-157).



20. El camino de las órdenes y el amanecer

“La primera luz del día representa las fieles palabras de la enseñanza apostólica; la alborada, el inicio del camino que germinó primero en la soledad y en las grutas, después de aquella doctrina; el sol revela la apartada y bien dispuesta senda de Mi siervo Benito, a quien atravesé con ardiente fuego, enseñándole a honrar, con el hábito de su orden, la Encarnación de mi Hijo y a imitar Su Pasión con la abnegación de Su voluntad; porque Benito es como un nuevo Moisés, puesto en la hendidura de la roca, mortificando y curtiendo su cuerpo con recia austeridad por amor a la vida, igual que el primer Moisés escribió, por precepto Mío, una áspera y dura Ley en tablas de piedra y se la dio a los judíos. Pero lo mismo que Mi Hijo atravesó esa ley con la dulzura del Evangelio, también Mi Siervo Benito hizo del designio de esta orden, que antes de él era un arduo camino, una senda apartada y llana, merced a la dulce inspiración del Espíritu Santo, y, por ella, congregó a la inmensa cohorte de su regla, igual que Mi Hijo reunió junto a Sí, por Su suave aroma, al pueblo cristiano.

Entonces el Espíritu Santo alumbró los corazones de sus elegidos, anhelantes de su vida, para que, así como las aguas bautismales borran los pecados de los pueblos, también ellos renunciaran a las pompas de este mundo, a imagen de la Pasión, de mi Hijo. ¿Cómo? Igual que el hombre es rescatado por el santo bautismo de los cepos del Demonio y se despoja de los crímenes de su viejo agravio, también estos se desprenden de los afanes mundanos por el signo de sus vestidos, en los que llevan además, una señal angélica. ¿Cómo? Mira que son custodios de Mi pueblo, por voluntad Mía” (Scivias II V, 20, p. 162).



[1] Aroma viviente (2 Cor 2, 15-16) son los monjes, segundo bautismo es la profesión monástica.

viernes, 20 de julio de 2018

DEL AMIGO AL AMIGO (San Elredo de Rieval, La amistad espiritual)


[133.] A esto hay que añadir la oración de uno por otro, que es tanto más eficaz cuanto más afectuosamente se remite a Dios el recuerdo del amigo con el correr de las lágrimas que provoca el temor, excita el afecto o engendra el sufrimiento. Así, orando a Cristo por el amigo y queriendo ser escuchado por Cristo, en su favor tenderá a Cristo mismo, anhelante y diligentemente cuando, de manera súbita e insensible, pasando de afecto a afecto, como si estuvieran próximos, como si tocase la dulzura de Cristo mismo, comenzará a saborear qué dulce es y a sentir cuán suave es. [134.] Así, del santo amor con que se abraza al amigo, nos elevamos a aquel amor con que se abraza a Cristo, saboreando con gozo y a boca llena el fruto de la amistad espiritual cuya plenitud esperamos en la eternidad cuando desaparezca el temor que ahora sentimos unos por otros y nos llena de cuidados, expoliadas todas las contrariedades que ahora debemos soportamos, destruido el aguijón de la muerte por la muerte misma, cuyas punzadas ahora nos infligimos. Entonces, nacido ya el sosiego, gozaremos de aquel sumo Bien de la eternidad. Esta amistad, a la que aquí a pocos admitimos, se trasvasará a todos y desde todos se vertirá en Dios para que Dios sea todo en todos.'.

domingo, 15 de julio de 2018

Santa Isabel de la Trinidad: Ser alabanza de su gloria

“Unámonos para hacerle olvidar todo a golpes de amor. Seamos como dice San Pablo, la Alabanza de su Gloria (Ef. 1,12)” (Carta Nº 195).
“Desaparezcamos y olvidémonos de nosotros mismos y seamos únicamente la Alabanza de su Gloria (Ef. 1,12), según la hermosa expresión del Apóstol” (Carta Nº 198). 
“Voy a hacerle una confidencia muy íntima: Mi ideal consiste en ser la Alabanza de su Gloria. Lo he leído en San Pablo (Ef. 1,12). Mi divino Esposo me ha dado a entender que esta es mi vocación desde el destierro, en espera de ir a cantar el Sanctus eterno en la ciudad de los santos. Pero esto requiere gran fidelidad. Ser Alabanza de Gloria exige estar muerta a cuanto no sea Él para vibrar sólo a impulsos de su toque divino, y la miserable Isabel sigue haciendo tonterías con su Maestro. Pero, como un Padre cariñoso, él la perdona; su divina mirada la purifica. Lo mismo que san Pablo, intenta 'olvidar lo que está por detrás, para lanzarse hacia lo que está por delante'” (Carta Nº 232). 
“Mientras tanto, vivo en el cielo de la fe, en el centro de mi alma y procuro complacer al Señor siendo ya en la tierra la Alabanza de su Gloria (Ef. 1,12)” (Carta Nº 246). 


43- “Una alabanza de gloria es un alma que mora en Dios, que le ama con un amor puro y desinteresado, sin buscarse en la dulzura de este amor; que le ama por encima de sus dones, incluso cuando no hubiera recibido nada de Él; que sólo desea el bien del objeto así amado. Ahora bien, ¿cómo desear y querer efectivamente el bien de Dios, si no es cumpliendo su voluntad, ya que esta voluntad ordena todas las cosas a su mayor gloria? Entonces esta alma debe entregarse plenamente, totalmente, hasta no querer otra cosa que lo que Dios quiera. Una alabanza de gloria es un alma de silencio que permanece como una lira bajo el toque misterioso del Espíritu Santo para que Él arranque de ella armonías divinas; sabe que el sufrimiento es una cuerda que produce los más bellos sonidos; por eso ella desea verla en su instrumento para conmover más deliciosamente el Corazón de Dios. Una alabanza de gloria es un alma que mira fijamente a Dios en la fe y en la simplicidad. Es un reflector de todo lo que Él es. Es como un abismo sin fondo en el cual Él puede verterse y expansionarse. Es también como un cristal al través del cual Él puede irradiar y contemplar todas sus perfecciones y su propio esplendor. Un alma que de este modo permite al Ser divino apagar en ella su deseo de comunicar todo lo que Él es y todo lo que tiene, es, en realidad, la alabanza de gloria de todos sus dones. Una alabanza de gloria es, en fin, un ser que siempre permanece en actitud de acción de gracias. Cada uno de sus actos, de sus movimientos, cada uno de sus pensamientos, de sus aspiraciones, al mismo tiempo que la arraigan más profundamente en el amor, son como un eco del Sanctus eterno.
44- En el cielo los bienaventurados no tienen “reposo día y noche diciendo: Santo, santo, santo, el Señor Todopoderoso… Y prosternándose adoran al que vive en los siglos” (Ap 4, 8-10). En el cielo de su alma la alabanza de gloria comienza ya el oficio que tendrá en la eternidad. Su cántico no cesa, porque está bajo la acción del Espíritu Santo, que obra todo en ella; y aunque ella no sea siempre consciente de ello, porque la debilidad de la naturaleza no le permite estar siempre fija en Dios sin distracciones, ella canta siempre, adora siempre; ella se ha convertido, por decirlo así, en la alabanza y el amor, en la pasión por la gloria de su Dios. En el cielo de nuestra alma seamos alabanza de gloria de la Santísima Trinidad, alabanza de amor de nuestra Madre Inmaculada. Un día se descorrerá el velo, seremos introducidos en los atrios eternos y allí cantaremos en el seno del Amor infinito. Y Dios nos dará el nombre prometido al vencedor (Ap 2, 17). ¿Cuál será?… LAUDEM GLORIAE” (El cielo en la fe, pp. 118-120). 

“Apenas penetre en el umbral del cielo, me lanzaré como una flecha al seno de mis Tres. Una Alabanza de Gloria sólo puede ocupar ese puesto en la eternidad. Me abismaré en ellos cada vez más”. (Palabras Luminosas en el Carmelo).