sábado, 21 de diciembre de 2019

ADVIENTO: HOMILIAS DE SAN BEDA EL VENERABLE (IV)

 Hijos de Abrahán



Según había prometido a nuestros padres, Abrahán y a su descendencia para siempre. Recordando a los patriarcas, Santa María cita con razón nominalmente a Abrahán porque, aunque muchos patriarcas y santos dieron simbólicamente testimonio de la encarnación del Señor, sin embargo solo a él se le anunciaron por primera vez de un modo manifiesto los misterios de su encarnación y de nuestra redención.… Porque también nosotros somos semilla e hijos de Abrahán, cuando renacemos en los sacramentos de nuestro Redentor, que tomó carne de la estirpe de Abrahán (p. 113).

Y en virtud de un misterio sublime el recién nacido eligió para sí una sede en un pesebre al que los animales suelen acudir para alimentarse… Con el buey designa al pueblo judío… con el asno al pueblo de los gentiles… (p. 133).

            
 Preparar la Navidad



Por eso es necesario, hermanos queridísimos, que nosotros, a quienes el Señor promete la eterna recompensa, luchemos por obtenerla con un infatigable esfuerzo espiritual… Por tanto, insistamos en la meditación frecuente de los textos evangélicos, retengamos siempre en la memoria los ejemplos de la bienaventurada Madre de Dios, al fin de que, encontrados humildes a los ojos de Dios y obedientes al prójimo por el respeto que debemos, merezcamos ser elevados junto con ella para siempre. Procuremos con solicitud que no nos ensoberbezca indebidamente la alabanza de quienes nos ensalzan, al ver cómo ella mantuvo una constancia inamovible de humildad en medio de palabras de verdadera alabanza… (p. 114).

Si meditamos de continuo los hechos y las palabras de Santa María, permanecerán en nosotros… Porque de una parte se difundirá en la santa Iglesia la óptima y saludable costumbre de que todos canten a diario el himno sagrado junto con la salmodia de las laudes vespertinas, por cuanto con eso la frecuente conmemoración de la encarnación del Señor encenderá las almas de los fieles en el amor a esa devoción; y de otra, la ponderación más frecuente del ejemplo de la Virgen, confirmará en la solidez de las virtudes. Y esto es bueno que se haga convenientemente a la hora vespertina, esto es cuando nuestra mente, fatigada por la jornada diaria y disipada en pensamientos de todo tipo, al acercarse el tiempo de descanso, se recoge para considerarse a sí misma y, tras haber sido advertida saludablemente para que prescinda de todo lo superfluo y nocivo de los avatares del día, limpie todo eso tempestivamente una vez más con oraciones y lágrimas.

Vueltos hacia el Señor, imploramos su clemencia a fin de que, de una parte sepamos venerar la memoria de santa María con los oficios oportunos, y de otra merezcamos llegar a la celebración solemne de la Navidad del Señor con un alma más pura. Él en persona fomenta nuestro deseo de realizar obras espirituales y percibir los dones celestiales, Él que por nosotros quiso que su Unigénito Jesucristo nuestro Señor se encarnara y que quiso darle una forma de vivir entre los hombres” (p. 115).

  

Concebirás y darás a luz un hijo (Vigilia, Homilía III[1]) (Lucas 1, 26-37; 2Tim 2, 8-13).



La lectura del santo evangelio que acabamos de escuchar, carísimos hermanos, nos recuerda el exordio de nuestra redención, cuando Dios envió un ángel a la Virgen para anunciarle el nuevo nacimiento, en la carne, del Hijo de Dios, por quien –depuesta la nociva vetustez– podamos ser renovados y contados entre los hijos de Dios. Así pues, para merecer conseguir los dones de la salvación que nos ha sido prometida, procuremos percibir con oído atento sus primeros pasos.

El ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José; la virgen se llamaba María. Lo que se dice: de la estirpe de David, se refiere no sólo a José, sino también a María, pues en la ley existía la norma según la cual cada israelita debía casarse con una mujer de su misma tribu y familia. Lo atestigua el Apóstol, cuando escribiendo a Timoteo, dice: Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Éste ha sido mi evangelio. En consecuencia, el Señor nació realmente del linaje de David, ya que su Madre virginal pertenecía a la verdadera estirpe de David.

El ángel, entrando a su presencia, dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David su Padre». Llama trono de David al reino de Israel, que en su tiempo David gobernó con fiel dedicación por mandato y con la ayuda de Dios. Dio, pues, el Señor a nuestro Redentor el trono de David su padre, cuando dispuso que éste se encarnara en la estirpe de David, para que con su gracia espiritual condujera al reino eterno al pueblo que David rigió con un poder temporal. Como dice el Apóstol: Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido.

Y reinará en la casa de Jacob para siempre. Llama casa de Jacob a la Iglesia universal, que por la fe y la confesión de Cristo pertenece a la estirpe de los patriarcas, sea a través de los que genealógicamente pertenecen a la línea de los patriarcas, sea a través de quienes, oriundos de otras naciones, renacieron en Cristo mediante el baño espiritual. Precisamente en esta casa reinará para siempre, y su reino no tendrá fin. Reina en la Iglesia durante la vida presente, cuando, habitando en el corazón de los elegidos por la fe y la caridad, los rige y los gobierna con su continua protección para que consigan alcanzar los dones de la suprema retribución. Reina en la vida futura, cuando, al término de su exilio temporal, los introduce en la morada de la patria celestial, donde eternamente cautivados por la visión de su presencia, se sienten felices de no hacer otra cosa que alabarlo.

[1] CCL 122, 14-17.

sábado, 14 de diciembre de 2019

HORARIOS DE NAVIDAD 2019


Martes 24 de diciembre

5,20 hs. Vigilias.

7,30 hs. Misa con Laudes.

12,00 hs. Sexta.

18,00 hs. Primeras vísperas de la Natividad del Señor.

19,00 hs. Oficio de Lecturas de la Natividad del Señor.

22,00 hs. Misa de la Nochebuena.


Miércoles 25 de diciembre

8,20 hs. Laudes.

10,00 hs. Misa del día de la Natividad del Señor.

12,00 hs. Sexta.

19,00 hs. Segundas Vísperas de la Natividad del Señor .



Martes 31 de diciembre

5,20 hs. Vigilias.

7,30 h. Misa con Laudes.

12,00 hs. Sexta.

18,00 hs. Primeras Vísperas de la Octava.

19,00 hs. Misa Vespertina.

23,00 hs. Oficio de Lecturas de la Madre de Dios.



Miércoles 1 de enero

8,20 hs. Laudes.

10,00 hs. Misa de la Madre de Dios.

12,00 hs. Sexta.

19,00 hs. Segundas vísperas de la Madre de Dios.

ADVIENTO: HOMILÍAS DE SAN BEDA EL VENERABLE (III)



La Virgen María y la historia de la salvación (Homilía III) (Lucas 1, 26-38 , Romanos 5, 12-21).



Ese pasaje narra que fue enviado un ángel del cielo a la Virgen, para que anunciara el nuevo nacimiento carnal del Hijo de Dios por el que nosotros, depuesto el pecado antiguo, estemos en condiciones de ser renovados y contados entre los hijos de Dios. Así pues, a fin de merecer alcanzar los dones de la salvación que se nos promete, intentemos escuchar con oído atento (p. 88). Dice así: Fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José. … porque la causa primera de la perdición del hombre se produjo cuando la serpiente fue enviada por el diablo a una mujer que debía ser engañada por un espíritu de soberbia… Por tanto, puesto que la muerte entró a través de una mujer, era adecuado que también la vida volviera por medio de una mujer. Aquella, seducida por el diablo en figura de serpiente, ofreció al varón el gusto a la muerte; ésta, instruida por Dios a través de un ángel, dio a luz al mundo al autor en la Salvación…

Tras haber recibido una gracia tan grande, veamos a qué sublime altura de humildad se mantiene santa María. Dice: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra. Verdaderamente posee una gran constancia en la humildad la que se llama a sí misma sierva, cuando es elegida madre de su Creador.… Hágase en mí según tu palabra. Hágase que el Espíritu Santo, viniendo hasta mí, me haga digna de los divinos misterios. Cúmplase que en mi vientre el Hijo de Dios se vista el hábito de una sustancia humana y salga de su tálamo como un esposo para la Redención del mundo.

Nosotros, hermanos queridísimos, secundando su voz y su actitud en la medida en que somos capaces, afanémonos por ser servidores de Cristo en todas nuestras acciones y reacciones, sometamos todos los miembros de nuestro cuerpo a su servicio, orientemos toda nuestra mirada al cumplimiento de su voluntad y agradezcamos los dones que de Él hemos recibido, viviendo honestamente, de manera que merezcamos ser considerados dignos de recibirlos aún mayores. Roguemos asiduamente, junto con la santa Madre de Dios, para que se cumpla en nosotros su palabra; o sea, aquella palabra con la que Él en persona explica el motivo de su encarnación: Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, a fin de que todo el que cree en Él no perezca sino que tenga vida eterna” (p. 99).

 

La alabanza de Santa María y Santa Isabel (Homilía IV) (Lucas 1,39-56; 11, 27-28)



En cuanto oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo… y clamó con fuerte voz… Sí, con fuerte voz, porque reconoció los grandes dones de Dios… Porque no podía alabar al Señor con devoción por medio de una voz moderada, la que vibraba llena del Espíritu Santo… Y se alegraba porque había llegado Aquel que, concebido de la carne de una madre Virgen, sería llamado y sería en verdad Hijo del Altísimo (p. 103). ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, indudablemente, el mismo Espíritu que le inspiró el don de profecía, le prestó igualmente la gracia de la humildad (p. 105).

Y dijo: Mi alma magnifica al Señor y exulta de júbilo mi espíritu en Dios mi Salvador... Con estas palabras, en primer lugar, pone de manifiesto los dones especiales que se le han concedido… Su alma magnifica al Señor que toma posesión de todos los afectos de su hombre interior para la alabanza y el servicio divinos, porque con la observancia de los preceptos divinos demuestran que piensa continuamente en el poder de su Majestad. Exulta su espíritu en Dios, su Salvador, porque no se goza en las cosas terrenas, no se deja seducir por la afluencia de cosas caducas, no se quiebra con la adversidad, sino que se deleita solo en la contemplación de su Creador, de quien espera la salvación eterna… Ella pudo exultar con todo derecho en Jesús -esto es, en su salvación- con una alegría especial, superior a la de los demás santos, porque sabía que Aquel a quien ella conocía como perpetuo autor de la salvación, precisamente ese habría de nacer de su carne por medio de un parto temporal por cuanto, en una misma persona, sería verdaderamente a la vez su hijo y su Señor (p. 107).

Y su misericordia se derrama de generación en generación… Y con estas palabras de Santa María ella canta la palabra de Dios en persona, con la que proclamó que no sólo era bienaventurada la madre que mereció engendrarle corporalmente, sino todos aquellos que guardaren sus mandamientos. Porque, en una ocasión Él estaba enseñando al pueblo… Dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan (p. 109).


sábado, 7 de diciembre de 2019

ADVIENTO: HOMILIAS DE SAN BEDA EL VENERABLE (II)


IV.  Contemplar a Cristo en su Humanidad (Homilía II) (Juan 1, 1-34 y 14)

El Precursor de nuestro Redentor, al dar testimonio de Él, anuncia de antemano la excelencia de su Humanidad y a la vez lo eterno de su Divinidad. Porque decía a voz en grito… El que vendrá después de mí, ha sido hecho antes de mí, porque era primero que yo. (p. 77). En efecto, al decir el que vendrá después de mí, da a entender el orden dispuesto en la economía de la encarnación, según la cual nació después de él y después de él predicaría, haría milagros y sufriría la muerte. Pero, al añadir ha sido hecho antes de mí, se refiere a la excelsitud de su Humanidad… por eso irá delante de mí en la gloria de su majestad, incluso en la Humanidad que ha asumido, aunque haya nacido después de mí.

Verdaderamente el Señor estaba lleno del Espíritu Santo, lleno de gracia y de verdad, porque como dice el Apóstol: En Él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente. … (p. 79). Por tanto, puesto que… hemos recibido lo bueno que tenemos de la plenitud de nuestro Creador, hay que tener muchísimo cuidado de que ningún incauto se ensalce a sí mismo por una buena acción o idea propia…. Porque los bienes que recibimos para creer, para amar, para actuar, no los recibimos por nuestros méritos precedentes, sino porque nos los concede Aquel que dice: no me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido y os he puesto para que vayáis y deis fruto (p. 81). 


V.           Contemplar a Cristo en su Divinidad

Continúa el Evangelio: Porque la Ley fue dada por Moisés, la gracia y la verdad vino por Jesucristo… La gracia y la verdad se cumplieron por medio de Jesucristo porque con el don de su Espíritu, concedió la posibilidad de que la Ley fuera comprendida de una manera espiritual y cumplida; y porque al mismo tiempo introduce a quienes la cumplen en la verdadera felicidad de la vida celestial, que prefiguraba la tierra prometida…

En verdad, ninguna gracia mayor puede concederse a los hombres, ninguna verdad más sublime pueden conocer que aquella de la que el unigénito Hijo de Dios habla a sus fieles, cuando dice: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios… Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a quien has enviado, Jesucristo (p. 84).

Él en persona, revistiéndonos con los sacramentos de su encarnación, santificándonos con los carismas de su Espíritu, nos ayuda para que podamos llegar hasta ella (la contemplación). Y Él mismo, después de haber pronunciado en forma de hombre la última sentencia, nos introducirá de una manera sublime en la contemplación de la majestad divina y nos explicará de un modo admirable los misterios del reino celestial… Yo me manifestaré –dice- a quienes me aman, para que quienes me han conocido mortal en su naturaleza sean capaces de ver ya desde ahora en mí a uno que es igual al Padre y al Espíritu Santo en su naturaleza… A todos ellos, sin embargo, el Hijo que está en el seno del Padre, les mostrará a Dios, a cada uno según su capacidad, cuando en el momento de la resurrección les imparta la bendición (p. 87).

sábado, 30 de noviembre de 2019

ADVIENTO: HOMILIAS DE SAN BEDA EL VENERABLE (I)




El autor: San Beda el Venerable (presentado por Benedicto XVI[1]).

“…nació en el nordeste de Inglaterra, exactamente en Northumbria, entre los años 672 y 673. Él mismo cuenta que sus parientes, a la edad de siete años, lo encomendaron al abad del cercano monasterio benedictino para que fuera educado: ‘En este monasterio -recuerda- desde entonces viví siempre, dedicándome intensamente al estudio de la Sagrada Escritura y, mientras observaba la disciplina de la Regla y la tarea diaria de cantar en la capilla, para mí siempre fue dulce aprender, enseñar o escribir’ (Historia ecclesiastica gentis Anglorum, v, 24)… La enseñanza y la fama de sus escritos le granjearon muchas amistades con las principales personalidades de su tiempo, que lo animaban a proseguir en su trabajo... A pesar de enfermar, no dejó de trabajar, conservando siempre una alegría interior que se expresaba en la oración y en el canto. Concluyó su obra más importante, la Historia ecclesiastica gentis Anglorum con esta invocación: ‘Te ruego, oh buen Jesús, que benévolamente me has permitido acceder a las dulces palabras de tu sabiduría, concédeme, benigno, llegar un día hasta ti, fuente de toda sabiduría, y estar siempre ante tu rostro’. La muerte le llegó el 26 de mayo del año 735: era el día de la Ascensión.

Las Sagradas Escrituras son la fuente constante de la reflexión teológica de san Beda. A partir de un cuidadoso estudio crítico del texto…, comenta la Biblia, leyéndola en clave cristológica, es decir, reúne dos cosas: por una parte, escucha lo que dice exactamente el texto -quiere realmente escuchar, comprender el texto mismo-; y, por otra, está convencido de que la clave para entender la Sagrada Escritura como única Palabra de Dios es Cristo y, con Cristo, a su luz, se entiende el Antiguo y el Nuevo Testamento como ‘una’ Sagrada Escritura. Las circunstancias del Antiguo y del Nuevo Testamento están unidas, son camino hacia Cristo, aunque estén expresadas con signos e instituciones diversas (lo que él llama concordia sacramentorum)… fue también un insigne maestro de teología litúrgica. En las homilías sobre los evangelios dominicales y festivos desarrolló una verdadera mistagogía, educando a los fieles a celebrar gozosamente los misterios de la fe y a reproducirlos coherentemente en la vida, en espera de su plena manifestación al regreso de Cristo, cuando, con nuestros cuerpos glorificados, seremos admitidos en la procesión de las ofrendas en la liturgia eterna de Dios en el cielo… Gracias a esta forma suya de hacer teología, mezclando Biblia, liturgia e historia, san Beda tiene un mensaje actual para los distintos ‘estados de vida’: a) a los estudiosos (doctores ac doctrices) les recuerda dos tareas esenciales: escrutar las maravillas de la Palabra de Dios para presentarlas de forma atractiva a los fieles; y exponer las verdades dogmáticas evitando las complicaciones heréticas y ciñéndose a la ‘sencillez católica’, con la actitud de los pequeños y humildes, a quienes Dios se complace en revelar los misterios del Reino; b) los pastores, por su parte, deben dar prioridad a la predicación, no sólo mediante el lenguaje verbal o hagiográfico, sino también valorando los iconos, las procesiones y las peregrinaciones…; c) a las personas consagradas, que se dedican al Oficio divino, viviendo la alegría de la comunión fraterna y progresando en la vida espiritual mediante la ascesis y la contemplación, san Beda les recomienda cuidar el apostolado —nadie tiene el Evangelio sólo para sí mismo, sino que debe sentirlo como un don también para los demás-… “.

El tema: la espiritualidad bíblico-litúrgica del Adviento

“La liturgia de Adviento ha desarrollado en la Iglesia una auténtica espiritualidad litúrgica, centrada en la venida del Señor y en su espera. Venida del Señor en la carne, adviento del Señor al final de los tiempos, constante presencia del Señor en su Iglesia y en el corazón de los fieles que lo acogen con amor. Las palabras claves de tiempo del Adviento son espera y esperanza, atención y vigilancia, acoger y compartir… El Card. H. Newman decía en uno de sus Sermones: ‘Es necesario estudiar de cerca el sentido de la palabra velar…No sólo hemos de creer, hemos de vigilar; no sólo hemos de amar, tenemos que velar; no sólo es necesario obedecer, hay que estar alerta. ¿Y cómo hemos de velar? Para acoger este gran acontecimiento: la venida de Cristo… Vela con Cristo quien no pierde vista el pasado mientras mira hacia el porvenir y completa lo que el Salvador le ha merecido y no olvida lo que por él ha sufrido’…”[2].

“Adviento es tiempo del Espíritu Santo. El verdadero Pródromos, precursor de Cristo en su primera venida, es el Espíritu Santo; él es ya el precursor de la segunda venida. Él ha hablado por medio de los profetas, ha inspirado los oráculos mesiánicos, ha anticipado con sus primicias de alegría la venida de Cristo en sus protagonistas como Zacarías, Isabel, Juan, María, el evangelio de Lucas lo demuestra en el primer capítulo, cuando todo parece un anticipo de Pentecostés, una efusión de gozo mesiánico, para los últimos protagonistas del AT, en la profecía y en la alabanza del Benedictus y del Magnificat. Por eso en la espera de la definitiva manifestación gloriosa, la Iglesia pronuncia su ‘Ven, Señor Jesús’, como Esposa guiada por el Espíritu Santo. El protagonismo del Espíritu se transmite a sus órganos vivos que son los hombres y mujeres carismáticos del AT que ya enlazan la antigua alianza con la nueva. Hombres y mujeres de ayer y de hoy que mantienen en la Iglesia la esperanza del Señor y acrecientan en los cristianos su responsabilidad en la historia. En esta luz debemos recordar a los precursores del Mesías, sin olvidar al Precursor, que es el Espíritu Santo, de la primera y de la definitiva venida de Jesús”[3].

Dos íconos “monásticos” del Adviento: Juan el Bautista y María, precursores del Señor, en las homilías de san Beda[4].


I. I. Juan el Bautista, el anuncio y la penitencia (Homilía I) (Mateo 3 y Lucas 3, 1-22)

Juan apareció en el desierto bautizando y predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados… predecía un bautismo de penitencia para remisión de los pecados en Cristo en cuyo solo bautismo se nos concede la remisión de los pecados (p. 67)… Quien desea ser bautizado en la fuente de la vida no es por otra cosa sino porque se arrepiente de estar sometido a la perniciosa muerte… El bautismo de Juan era un signo de fe y penitencia. En efecto se daba para que todos aquellos que lo recibían se abstuvieran de pecar, insistieran en dar limosnas, creyeran en Cristo y consideraran un deber acercarse, en cuanto Él apareciera (p. 68), a aquel bautismo. (Juan) amonestaba a sus oyentes para que se apartaran de sus pecados, por medio de la penitencia, se apartaba de los vicios de los pecadores, no sólo por la pureza de su mente, sino por el lugar donde habitaba corporalmente… De otra parte, simbólicamente, el desierto en el que Juan permanecía es imagen de la vida de los santos, apartada de los encantos del mundo. Estos… se deleitan en unirse solo a Dios en lo profundo de su corazón y en poner en Él su esperanza (p. 69).

En definitiva, el Señor, tras haber liberado de Egipto al pueblo gracias a la sangre del cordero y haberlo conducido a través del mar Rojo, lo tuvo primero durante cuarenta años en el desierto y después le introdujo en la tierra prometida. Por eso, no es sorprendente que el pueblo fiel no pueda soportar el gozo de la patria celestial inmediatamente después del bautismo, sino que en primer lugar debe ejercitarse en una prolongada lucha por las virtudes, para después ser premiado con los dones de la bienaventuranza suprema. Acudía a él toda la región de Judea y los habitantes de Jerusalén… Más, puesto que Judea significa ‘confesión’ y Jerusalén ‘visión de paz’ podemos interpretar de una manera alegórica que quienes han aprendido la confesión de la fe…, quienes han abrazado la visión de la paz celestial se encuentran incluidos en esta expresión. Una vez oída la palabra de Dios, se apartan de su comportamiento anterior y acceden a la soledad de la vida espiritual (p. 70),… se purifican, como con un bautismo diario en el Jordán y con las lágrimas de su compunción, de todo tipo de contagio con vicios… De ahí que el Jordán haya sido interpretado con razón como el ‘río del juicio’,… cuanto más solícitamente examinan a fondo su conciencia, tanto más caudalosos son los ríos de lágrimas que fluyen desde la profunda fuente de su corazón… vuelcan las inmundicias de su fragilidad en las aguas de la penitencia (p. 71).

II.               El misterio de Cristo Salvador

Y si alguno desea interpretar el vestido y la comida de Juan como figura del Señor nuestro Salvador… de buen grado hay que seguir esa interpretación y admitir que los pelos de camello por su aspereza simbolizan a quienes intentan limpiar sus pecados con penitencia, ayuno y lágrimas; el cinturón de cuero, por la muerte del animal del que está hecho señala a quienes han crucificado su carne junto con sus pasiones y concupiscencia. Y puesto que está escrito: Así pues, cuantos en Cristo habéis sido bautizados, os habéis vestido de Cristo, esos tales, al estar adheridos a Cristo en virtud de un amor inquebrantable, se visten con pelos del camello y ciñen sus lomos con un cinturón de cuero (p. 72). 

Tras la descripción del lugar, la misión, el vestido y el alimento de Juan, a continuación se añade el contenido de su predicación, porque se dice: Y predicaba diciendo: tras de mi viene uno más fuerte que yo. En verdad es muy fuerte el que bautiza para que se confiesen los pecados, pero más fuerte es el que bautiza para que estos sean perdonados. Es fuerte quien es digno de tener el Espíritu Santo, pero más fuerte quien lo infunde (p. 73). Y para que no creyeran que este bautismo les bastaba para obtener la salvación, antes bien se acercaran presurosos al bautismo de Cristo, añadió en consecuencia: pero Él os bautizará en el Espíritu Santo…. En verdad bautiza en el Espíritu el que perdona los pecados con la fuerza del Espíritu Santo (p. 75).

III.           Prepararnos a la Navidad

Procuremos, hermanos míos, mantener íntegra y pura su gracia en nosotros en cada momento, perseverando en las buenas obras. Y sobre todo ahora, cuando nos disponemos a celebrar la Natividad de nuestro Salvador, afanémonos con más solicitud de lo habitual, vigilando para limpiar con más rapidez lo que hayamos sorprendido que existe en nosotros de negligencia oculta. Esforcémonos por adquirir cuanto antes lo que veamos que falta en nosotros de la virtud que deberíamos tener, apartando de nosotros la maleza de las discordias, denuestos, riñas, murmuraciones y demás vicios. Plantemos en nosotros la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la benignidad, la confianza, la mansedumbre, la continencia y los demás frutos insignes del Espíritu, a fin de que en aquel día merezcamos comparecer ante el altar del Señor con corazón limpio y conciencia pura y unirnos a los sacramentos sacrosantos de Aquel que vive y reina con el Padre en la unidad del Espíritu Santo” (p. 76).

[1] Audiencia general del 18 de febrero de 2009.
[2]J. Castellanos, El año litúrgico, Memorial de Cristo y mistagogía de la Iglesia, CPL, Barcelona, 1996, pp. 74-75.
[3] Idem., pp. 68-69.
[4] Homilías sobre los evangelios 1, Biblioteca de Patrística 102, Ciudad Nueva, Madrid, 2016.

sábado, 23 de noviembre de 2019

De la lucha psicológica a la lucha espiritual o del sentimiento de culpa a la sensibilidad penitencial

“El sentimiento de culpa nace fundamentalmente ante nosotros mismos y ante la consideración de nuestros propios límites, a veces puede determinar decepción y desconcierto por los propios fallos, algo así como la herida narcisista que provoca rabia y rencor contra nosotros mismos, en el interior de un círculo vicioso que a menudo se encuentra en la raíz de muchas formas distorsionadas o incluso neuróticas del sentimiento de la propia falibilidad: es la lucha psicológica, lucha intestina, obsesiva y vana del yo contra el yo, o contra una parte de sí mismo. Para entendernos, es la lucha inicial de Pablo cuando se siente humillado, él, el primero de los predicadores, por la ‘espina en la carne’ y se afana absolutamente en derrotarla por completo, luchando al máximo contra ella y contra sí mismo, y dando por descontado que el Señor también está de acuerdo con él y le echará una mano para llegar a ser perfecto (cf. 2 Cor 12,7).


La conciencia de pecado nace, en cambio, del descubrimiento del amor de Dios, y es tanto más fuerte cuanto más nos sentimos amados por el Eterno, genera un disgusto sincero por haber ofendido a quien nos ha amado con un amor grande, pero pasa a través de una especie de lucha con este amor, antes de rendirse a él: es la lucha espiritual (o religiosa) del hombre creyente que combate contra la idea, inmediatamente percibida como humillante, de ser amado por Dios en su propia capacidad de ser amado, o de no tener ningún mérito, ningún derecho a ser amado. Volviendo a Pablo y a su espina en la carne, la lucha espiritual es precisamente la que el apóstol parece combatir con el Señor, que, por un lado, no atiende a su petición, mientras que –por otro- no le pide la perfección, más aún, le invita a reconocer la gracia que está presente precisamente ahí, en su fragilidad, o el amor que se manifiesta plenamente en su debilidad, que él quería cancelar. La rendición del apóstol, en esta lucha, está dictada después de un alarde precisamente a causa de sus debilidades (2 Cor 12, 9-10)… En esta lucha con Dios se sale vencedor cuando se la da por perdida, a saber: cuando se concluye con la rendición a este amor. Esta es la verdadera lucha, una lucha típica del hombre bíblico: una lucha por la que han pasado todos los amigos de Dios. Y con ello se han convertido en hombres con un corazón increíblemente misericordioso. Como el de Dios”[1].

[1]A. Cencini, Ladrón perdonado, El perdón en la vida del sacerdote, Sal Terrae, Bs. As, 2019, pp. 88-89. 112.

sábado, 16 de noviembre de 2019

ROSTROS



“…hechura de la adoración: la vieja liturgia latina, densa, recogida, modela el rostro del benedictino, rostro tallado en la piedra de la fe. La liturgia bizantina, fluvial, interiorizada por un método de invocación, da un rostro translúcido al monje athonita del monte Athos, en la cascada de la barba y los cabellos. La certeza de la omnipresencia sacramental redondea el rostro del cura católico y el ansia de una fe tendida hacia lo inaccesible marca el rostro del pastor protestante” (Olivier Clément, El rostro interior, p. 18).

“El verdadero monje –y, en este sentido, no hay un cristiano que no sea llamado a un ‘monaquismo interiorizado’, a entrar en un desierto donde las aguas de la tierra no pueden quitar la sed- es sorprendido y enganchado por la belleza de Cristo, por esa Faz que permite descubrir, a través de las caretas y las máscaras, los verdaderos rostros, e intentar iluminarlos y liberarlos por un amor desinteresado. El verdadero monje no destruye sino que ilumina el eros humano, expresa su verdadero sentido en este reencuentro con el Eros divino. El deseo se convierte en Dios mismo haciéndose en nosotros deseo de Dios. ‘Que el eros físico sea para ti un modelo de tu deseo de Dios’, dice san Juan Clímaco (La santa escala, escalón 26)” (Olivier Clément, El rostro interior, p. 80).

sábado, 2 de noviembre de 2019

LA SAMARITANA: EL POZO, SU ROSTRO Y EL ROSTRO DEL SALVADOR





“…es bella y original la intuición del pintor S. Koder que, en el cuadro en que se retrata a ‘La mujer junto al pozo de Jacob’ (2011), imagina a esa mujer mirando desde arriba al fondo de su pozo personal. Es el diálogo-confrontación con Cristo lo que le da valor para escrutarse por dentro, a niveles a los que nunca había llegado por sí sola. La Samaritana mira allí, ‘y he aquí que, con una intuición sorprendente, Koder nos hace ver en el agua del pozo no solo el reflejo de la mujer, sino también el de Cristo. Allí está, imprimido en el inconsciente, el rostro misericordioso del Salvador que, a diferencia de Freud, mientras nos hace ver nuestros pecados nos brinda el abrazo de su compañía, rescatándonos del individualismo que debilita y mata’ (G. Riva, ‘Dentro al pozzo dell’inconscio il volto del Salvatore’, Avvenire, 26 febbraio 2015)”

(A. Cencini, Ladrón perdonado, El perdón en la vida del sacerdote, Sal Terrae, Bs. As, 2019, p. 139, n. 91).

sábado, 26 de octubre de 2019

ANTE LA IDEOLOGIA DE GENERO... (II)


Francamente, si un puñado de lesbianas muy eruditas hubiera conseguido conquistar los gobiernos nacionales, así como las instituciones internacionales, con una “teoría de género” difundida en algunos libros ilegibles influenciados por Michel Foucault, tendríamos motivos para incensarlas, para erigirles estatuas o, al menos, para pedirles que nos dieran cursos sobre la manera de arreglárselas para seducir a los poderosos de este mundo —lo cual sería bastante paradójico, porque la seducción de la cortesana es precisamente el lugar común del que ellas pretenden desembarazarse y a propósito del cual basta verlas en una foto para darse cuenta de que, evidentemente, lo han conseguido. Bien, según las evidencias, Judith Butler es una solterona bastante simpática, pero no seré yo quien la ofenda llamándola sexy. La “colonización ideológica” y la “guerra mundial contra el matrimonio” que denuncia el papa Francisco vienen de más atrás que la sociología LGTB. Las gender theories son más un síntoma que la causa del mal.

¿Cuál es esa causa? Hay que buscarla, ante todo, en el desarrollo del mundo industrial. La idea de una pura construcción social de la identidad sexual no es más que un aspecto de la idea más general de que la naturaleza solo abastece de materiales y de energías disponibles que hay que utilizar de la manera más rentable posible. Cuando el Santo Padre declara que la “teoría de género” va “contra las cosas naturales”, deja oír que tiene una estrecha relación con la crisis ecológica y que tiene que ver con ese “paradigma tecno-económico” que se sale con mucho de la especulación financiera (aun cuando corresponda de alguna manera a una especie de financiación generalizada de lo real).

La naturaleza, la vida animal y la vida vegetativa se dan, en primer lugar, en nuestro cuerpo y, más particularmente, en nuestro sexo. Por hablar solo de los hombres (con los que tengo, a pesar de todo, muchas afinidades, aunque tenga por ellos bastante poco deseo), el miembro situado bajo la cintura es para ellos, a menudo, como un animal bastante difícil de domesticar (se dice incluso, en ciertos foros, que es mucho más fácil amaestrar un hámster). Es algo así como si tuviéramos un perro, que fuera compañero nuestro desde siempre y que, sin embargo, nos obedeciera menos a nosotros que a la primera bella desconocida que pasara ante él. Con ello se demuestra la limitación de nuestro poder —en el hecho de que nuestra potencia más íntima dependa de una alteridad embargante. Con ello se pone de manifiesto que la naturaleza no está totalmente a nuestra disposición y que, a menos que sustituyamos al caprichoso hámster por un minipala hidráulica, la relación justa con esa naturaleza reside en la cultura y no en el constructivismo. La cultura deja sitio a la libertad humana, a la asunción voluntaria de lo dado natural; pero no lo extorsiona, lo cuida, lo acompaña y lo domestica para que fructifique.

La culpa no es solamente del mundo industrial, porque ese mundo ha surgido de una mentalidad que lo ha precedido. Las gender theories son solo la espuma de un mar de fondo que hay que clarificar: casi toda la filosofía, por grandes que sean la diversidad y la contrariedad de sus doctrinas, está de acuerdo en ignorar que hay hombres y hay mujeres. Cuando se reflexiona sobre ello, se da uno cuenta de que es algo increíble, pero flagrante. El Hombre es un tema filosófico muy antiguo, pero con mayúscula, es decir, neutralizado. En su Genealogía de la moral, Nietzsche observa que “el filósofo rechaza con horror el matrimonio y todo aquello que lo pudiera incitar a él —el matrimonio es un obstáculo funesto en su camino hacia lo óptimo. Hasta el momento, ¿qué gran filósofo estuvo casado? Heráclito, Platón, Descartes, Spinoza, Leibniz, Kant, Schopenhauer, ninguno lo estuvo; más aún, ni siquiera seríamos capaces de imaginarlos casados. Un filósofo casado es un tema propio de la comédie, esa es mi tesis...” Dicha comedia es innegable: cuando le hablo a mi mujer de la estética trascendental, me pregunta si he resuelto ya lo de la factura del fontanero. Pero, ¿no será esa la condición de una sabiduría encarnada? Sin ese desajuste doméstico, la búsqueda de las causas primeras no es más que una huida del origen conyugal, y la verdad conceptual se convierte en una mentira demoníaca.

Eso es, al menos, lo que sugiere Günther Anders en una página de su diario publicado con el título Amar ayer, en la entrada correspondiente al 19 de enero de 1949: “«¿Sois hombres o mujeres? —No tenemos sexo». Este fue, según cuenta Heine en el epílogo del Doctor Fausto, el primer diálogo entre Fausto y los demonios en la obra que se anticipó a Goethe y que él pudo ver, cuando era niño, en Hamburgo. Cien años después, siendo yo niño en Hamburgo, así fue también mi encuentro con los héroes de las grandes obras filosóficas y políticas. Aparecieron en escena ante mí el individuo, el yo, el sujeto, la conciencia, la vida... Más tarde, se unió a ellos, pretencioso y sombrío, el Dasein. Y cuando yo les pregunté: «¿Sois hombres o mujeres?», respondieron: «No tenemos sexo»”.

La teología cristiana fue también cómplice de esta negación filosófica de nuestra esencia sexuada. Es verdad que, como en la Iglesia Católica el sacerdocio está reservado a los hombres (viri), la diferencia ministerial permitió salvaguardar la diferencia sexual (aunque un clericalismo que ha olvidado equilibrar lo mariano y lo petrino en la constitución de la Iglesia —simbólicamente femenina— haya podido interpretar esa diferencia en el sentido de una tiranía de un sexo sobre el otro). El primer capítulo del Génesis afirma que “Elohim creó a Adán a su imagen... macho y hembra los creó”. A pesar de ello, no olvidemos que lo que ahora parece evidente, después de Juan Pablo II, durante mucho tiempo fue ocultado e incluso negado: entre el periodo patrístico y la época contemporánea, la familia fue raramente reconocida como imagen de la Trinidad. Podemos comprender a los teólogos: ¿lo que tenemos en común con los otros animales va a ser la marca de nuestra elección divina? Y si la familia es imagen de la Trinidad, rápidamente identificamos al hombre con el Padre, pero ¿quién es la mujer? ¿Es figura del Espíritu? Sin embargo, el Espíritu procede del Padre y del Hijo. Entonces, ¿tenemos que asimilar a la mujer al Hijo, a riesgo de suscitar un problema con relación tanto a la diferencia sexual como a la generacional? Vuelve, por tanto, lo cómico en forma de escena de pareja, e incluso de travestis, al corazón mismo de la divinidad. Pero, ¿ha dicho alguien que Dios no tenía sentido del humor?

Sea lo que sea, es muy importante no confundirse de adversario y comprender que las gender theories son un epifenómeno: el error proviene de un espiritualismo, de un gnosticismo o de un dualismo muy antiguo que hoy ha adoptado una forma ultramoderna, es decir, tecno-liberal. Cuando le explico esto a mi mujer, me hace notar justamente que ya debería cambiarme los calcetines sucios. (El género cómico, en ÚLTIMAS NOTICIAS DEL HOMBRE (Y DE LA MUJER) de Fabrice Hadjadj, pp. 141-144)

sábado, 19 de octubre de 2019

¿QUE APRENDEMOS DE SAN BENITO?


Vale la pena recordar que el monje es un “tipo” (o arquetipo) en el sentido técnico del término. Todas las sociedades, sean eclesiales o una sociedad concebida de manera más amplia, tienen sus tipos: el labrador del suelo, el cazador, el guerrero, los políticos, los poetas, los sabios, los reyes y las reinas, los monjes y las monjas. Para hablar de la contribución monástica a la Iglesia y al mundo, quiero comenzar desde aquí y no simplemente con un enfoque benedictino. Esa peculiaridad benedictina especial, sea lo que sea, se comprende mejor evitando enfocarla en sí misma como de gran valor. Por eso, la primera pregunta se convierte en ¿cuál ha sido y cuál puede ser la contribución del monje como tipo social a la Iglesia y al mundo?

Nosotros en Occidente decimos “monástico” y estamos inclinados a pensar inmediatamente en san Benito, pero necesitamos ser conscientes de que él resulta como una especie de culminación y punto de inflexión en un movimiento que estaba en desarrollo desde varios siglos antes. Una de las áreas del monacato primitivo prebenedictino que es particularmente útil considerar es la relación del monacato con la filosofía antigua. El movimiento monástico tomó mucho del espíritu de la filosofía griega, como lo hizo toda la Iglesia cristiana. Pudo hacerlo porque esta filosofía era profundamente religiosa y espiritual. Se le dedicaba toda la vida a enamorarse de la sabiduría, a una conversión hacia la sabiduría. Pierre Hadot describe la filosofía antigua como “ejercicios espirituales”, ejercicios cuyo propósito era enseñar a los que aman la sabiduría: 1) cómo vivir; 2) cómo dialogar; 3) cómo morir y 4) cómo leer (P. Haddot, Exercices spirituels et philosophie Antique [2a Ed., Paris, 1987] 14-71). La filosofía para los antiguos no era un cuerpo de ideas abstractas que se van desarrollando. Era fundamentalmente una manera de vivir que capacitaba a la persona para pensar rectamente, por lo tanto, para llegar a la verdad.

Puede parecer que al hablar de la filosofía antigua, me alejo de los urgentes temas contemporáneos de la Nueva Evangelización. Pero si estoy en lo correcto acerca de que el monje tiene como mínimo el potencial de desempeñar una función arquetípica todavía hoy en la sociedad, entonces nosotros podríamos hacer una contribución alrededor de estas cuatro preguntas perennes que les presento, y que continúan siendo preguntas urgentes en la vida de la gente de hoy, sean conscientes de ellas o no. Los monjes podrían realzar la conciencia de que no es sano vivir sin enfrentarse con estas preguntas.

El monacato cristiano del siglo IV del desierto sirio, palestino y egipcio, al comienzo no fue afectado por esta corriente filosófica. Era un ascetismo que reemplazaba al martirio en el tiempo de la Iglesia imperial en la primera mitad del siglo IV. Pero a través de los Capadocios (Basilio y los dos Gregorios) y luego de Evagrio Póntico, el ascetismo del desierto llegó a ser comprendido como un movimiento dentro de una trayectoria similar a la de la filosofía griega concebida como ejercicio espiritual, y directamente relacionado con ella. Por lo tanto el ascetismo cristiano perfecciona su enfoque: ascetismo como manera de vivir que permitió a los cristianos pensar rectamente, por lo tanto arribar a la verdad que está en Cristo Jesús. Las Escrituras cristianas se convirtieron para los monjes del desierto en el texto principal alrededor del cual aprendieron: 1) cómo vivir; 2) cómo dialogar; 3) cómo morir; y 4) cómo leer.

En consecuencia, los monjes del desierto, que dedicaron toda su vida a esta búsqueda “filosófica”, legaron a la Iglesia entera, un patrimonio enorme de sabiduría espiritual adquirida poco a poco basada en las Escrituras pero muy perfeccionada por la precisión de pensamiento que la filosofía griega promovió. La doctrina de la Santísima Trinidad, tal como se expresó en los debates que rodearon al concilio de Constantinopla (381), debe mucho también a la tradición filosófica griega. Y así, hacia fines del siglo IV, el monacato se convierte en un verdadero taller espiritual donde se aprende: 1) cómo vivir; 2) cómo dialogar; 3) cómo morir; y 4) cómo leer el misterio de la Santísima Trinidad en toda la vida. Mi deseo es llegar a sugerir –es muy pronto; voy trabajando en ese sentido– que esta capacidad de leer el misterio de la Santísima Trinidad en toda la vida podría concebirse como un objetivo de la Nueva Evangelización, primero como una renovación dentro de la misma vida monástica y luego como algo compartido por los monjes con los demás en los puntos donde sus vidas se relacionan con la Iglesia y el mundo.

Es en el interior de estas corrientes repentinas y poderosas donde hay que ubicar al monacato del siglo VI de san Benito. De una manera que es admirable por su practicidad, san Benito organizó una forma de vida adecuada a la gente de su tiempo, menos sensible de manera inmediata al patrimonio filosófico griego, que les posibilitó continuar esta búsqueda de la Sabiduría divina. No necesitamos hoy hablar de las doctrinas específicas que se encuentran en la santa Regla. Doctrinas específicas aparte, la contribución de la santa Regla a la Iglesia y al mundo es advertida ya en toda la forma de vida que Benito organiza. Él ordena el día del monje de tal manera que la jornada está impregnada por las Sagradas Escrituras, el Oficio divino, la lectio divina, en el penetrante silencio pensado para permitir que esta palabra resuene cada vez más profundamente. Los monjes benedictinos estaban también aprendiendo: 1) cómo vivir; 2) cómo dialogar; 3) cómo morir; y 4) cómo leer el misterio de la Santísima Trinidad en toda la vida.



Jeremy Driscoll, “El monacato y la nueva evangelización”, en CuadMon 209/210 (2019), pp. 337-339.

sábado, 12 de octubre de 2019

ANTE LA IDEOLOGIA DE GENERO UNA TEOLOGIA DE LA ENCARNACIÓN (SEXUADA)


En resumen: ante la desencarnación, reencontrar la carne

En definitiva, y por decirlo en una palabra que resume todas las otras: nuestro mundo es cada vez más el de la desencarnación. Nos hallamos en la época del In vitro veritas, sea el cristal de las pantallas o el vidrio de las probetas. El padre es reemplazado por el experto (y esto concierne también a los obispos que con demasiada frecuencia renuncian a su paternidad para asumir una postura de mero superior administrativo); la madre se ve progresivamente reemplazada por la matriz electrónica. Oiréis que a partir de ahora una pareja del mismo sexo puede tener hijos exactamente igual que la pareja formada por un hombre y una mujer. Oiréis incluso que los puede tener mucho mejor que un hombre y una mujer, porque el hombre y la mujer se entregan a la procreación en medio de la arriesgada oscuridad del abrazo y el embarazo, mientras que la pareja del mismo sexo es más responsable, más ética, ya que recurre con la mayor naturalidad al artificio y pide a unos ingenieros que le fabriquen un niño sin defectos, con un código genético a toda prueba, mucho más adaptado al entorno que le rodea. Hoy más que nunca «el dragón se pone delante de la mujer, que va a dar a luz, para devorar a su hijo en cuanto nazca» (cf. Ap 12, 4). Lo que se gesta en nuestros laboratorios es una auténtica antianunciación. Ya no hay que acoger el misterio de la vida en la noche de sus entrañas, sino reproducirla con transparencia en un tubo de ensayo. El hombre viejo se esfuerza por manufacturar un hombre nuevo que invertirá todas las fórmulas del Credo: ese hombre nuevo nacerá del siglo antes de todos los padres… será creado, no engendrado… por obra de los ingenieros, se desencarnará de una madre y se hará ciborg. De ahí que hoy en día la misión más espiritual sea volver a descubrir la carne, desarrollar —como decía Juan Pablo II— una verdadera «teología del sexo» y, sobre todo, una teología de la mujer y de la maternidad. Es precisamente la maternidad la que sufre el ataque más directo, porque lo femenino, con la capacidad que le es propia y que consiste en llevar a otro en su seno y asumir los dolores del alumbramiento, es la figura principal del apostolado en tiempos de apocalipsis (Mt 24, 8; Mc 13, 8; Rm 8, 22; Ap 12, 2). No obstante, si el dragón ataca con tanta facilidad a la mujer es únicamente porque el hombre no está ahí para protegerla. Por eso esa teología de la maternidad debe ir acompañada de una teología de la paternidad… y de la virilidad, pues el fundamento de la virilidad es la paternidad (y no la musculatura). El hombre esposo y padre se convierte en el defensor de su mujer y de sus hijos: podrá ofrecer su mejilla izquierda, pero no la de los suyos. Por eso tiene el deber de alzarse en armas en su legítima defensa, o bien de «tomar al niño y a su madre, y huir a Egipto» (cf. Mt 2, 13), cosa que requiere no menos coraje. Así pues, la segunda figura del apostolado apocalíptico es la del combatiente: «Y se entabló un gran combate en el cielo: Miguel y sus ángeles lucharon contra el dragón» (Ap 12, 7). Habría mucho que decir sobre el afeminamiento de los cristianos (que, a su vez, sirve para abonar también el terreno al machismo musulmán); la falsa compasión del que tiene el estómago sensible y duro el corazón; las falsas llamadas al diálogo del que queda excluida la verdad pero está lleno de mundanidad… Podríamos contentarnos con la consideración de que la tesis que hemos sostenido en estas páginas, si no está apoyada por una afirmación viril dispuesta al combate, dispuesta a morir por sus hermanos, no será más que el equivalente católico de los “consejos psicológicos” y demás “trucos y astucias” de nuestras revistas favoritas. Se comprende así la intuición de Grignion de Montfort de que «los apóstoles de los últimos tiempos» serán los devotos de la Virgen (aquella que con su fiat ofrece su cuerpo a un misterio que la supera), esposa a la que no cabe sino unir a san José (aquel que no teme proteger a su mujer y a su hijos recorriendo a la inversa el camino del Éxodo, regresando a Egipto, el país de la idolatría). Y esa devoción tiene que extenderse en realidad a toda la Sagrada Familia (con razón la fomentaron de un modo especial los sacerdotes presos en los campos hitlerianos). No cabe duda de que ahí está la vida diaria más ordinaria, pero también la cuna del «gran misterio» (Ef 5, 32): el de la Encarnación

Texto tomado de Fabrice Hadjadj*. La suerte de haber nacido en nuestro tiempo, Rialp, 2016.

*(Nanterre, 15 de septiembre de 1971) es un escritor y filósofo católico francés, director del Instituto Philanthropos. Sus principales libros están dedicados a análisis sobre la tecnología y sobre la corporeidad (carne) humana.