viernes, 26 de abril de 2019
jueves, 25 de abril de 2019
PRESENTACION DE “VICTIMAS Y VICTIMARIOS” DE ANSELM GRÜN, OSB. EN SAN MIGUEL DE TUCUMÁN
Primero, agradecer a todos los que han hecho
posible este primer encuentro en Tucumán, a Dios con su providencia, a las
editoriales Ágape, Bonum, Claretiana, Guadalupe y San Pablo, a los que
aportaron la oración, el trabajo, la organización, la difusión, la
hospitalidad, y a Uds. por su presencia.
En el libro II de los Diálogos del Papa San Gregorio Magno, que narra la vida de San
Benito, leemos:
“I. 6… Cierto presbítero
que vivía lejos de allí, había preparado su comida para la fiesta de Pascua. El
Señor se le apareció en una visión y le dijo: “Tú te estás preparando manjares
deliciosos, y en tal lugar mi siervo se ve atormentado por el hambre”. En
seguida el presbítero se levantó, y en la misma solemnidad de Pascua, se puso
en marcha hacia aquel lugar con los alimentos que se había preparado. Buscando
al hombre de Dios a través de montañas escarpadas, valles profundos y de las
hondonadas de aquellas tierras, lo encontró escondido en la cueva. 7. Rezaron
juntos y bendijeron al Señor omnipotente, se sentaron y después de agradables
coloquios sobre la vida eterna, el presbítero que había ido le dijo: “Levántate
y comamos, porque hoy es Pascua”. El hombre de Dios le respondió: “Sé que es
Pascua, porque he merecido verte”. Es que, viviendo alejado de los hombres,
ignoraba que aquel día era la solemnidad de la Pascua. El venerable presbítero
siguió insistiendo: “Ciertamente, hoy es el día pascual de la resurrección del
Señor. De ninguna manera te conviene seguir ayunando, ya que he sido enviado
con el fin de que juntos comamos los dones del Señor omnipotente”. Bendiciendo
entonces a Dios, tomaron el alimento. Y así, terminada la comida y la
conversación, el presbítero regresó a su iglesia”.
“Hoy se cumple este pasaje… que acaban de oír” (Lc 4,21) Estamos en Pascua, el martes de
la Octava de Pascua, y viene a visitarnos un presbítero, un monje presbítero con
formación en teología, economía y psicología, que vive muy lejos de aquí en la
Abadía alemana de Münsterschwarzach. El del relato no tiene nombre, él se llama
Anselm, como el santo doctor benedictino, que tenía una fe que dilataba-purificaba
su corazón, que buscaba entender y mantener abierto el misterio, él también
tiene una fe madura que busca traducir el mensaje de Jesús a nuestro horizonte
de comprensión.
En el cap. 35 de nuestra Regla se nos dice:
“Sírvanse los hermanos
unos a otros, de tal modo que nadie se dispense del trabajo de la cocina, a no
ser por enfermedad o por estar ocupado en un asunto de mucha utilidad, porque
de ahí se adquiere el premio de una caridad muy grande… Si la comunidad es
numerosa, el mayordomo sea dispensado de la cocina, como también los que, como
ya dijimos, están ocupados en cosas de mayor utilidad. Los demás sírvanse unos
a otros con caridad”.
Si bien, él fue, mayordomo-administrador de su
monasterio y por lo tanto debió estar dispensado del trabajo de la cocina; como
el presbítero del relato acostumbra preparar manjares deliciosos para sí, con
mucha creatividad, utilizando siempre muy buenos ingredientes: la tradición
monástica (Evagrio, Casiano, Benito), la mística renana (Maestro Eckhart,
Taulero) y la psicología-psicoterapia contemporánea (Jung, Dürckheim,
Drewermann), todo calentado al fuego del Espíritu. Él también escuchando la voz
de Dios y siguiendo el carisma de su congregación monástico-misionera de Santa
Otilia, sale a buscar a los hombres de Dios, sean católicos o no, en sus viajes,
charlas y retiros, en sus encuentros de acompañamiento, para darles alimento,
para ayudarlos en su experiencia espiritual y compartir los dones de Dios.
Pero, como suele pasar con la comida, no siempre
es del gusto de todos, a algunos les sabe muy salada (los que compran su libros),
a otros muy dulce (los que piensan en la “ortodoxia” de la moral y no los
compran por las dudas, o en que son “libritos” de autoayuda) y a otros
agridulce (los que experimentan al leerlos el desafío de repensar ciertas
verdades y opiniones, o de enfrentarse sinceramente con los celos y la
envidia). Esto no debe asombrarnos porque el maná, pan del cielo y alimento del
peregrino en el desierto, para algunos era insípido y cansador, pero el sabio,
que reconoce la obra de Dios, dice:
“…nutriste a tu pueblo
con un alimento de ángeles, y sin que ellos se fatigaran, les enviaste desde el
cielo un pan ya preparado, capaz de brindar todas las delicias y adaptado a
todos los gustos. Y el sustento que les dabas manifestaba tu dulzura hacia tus
hijos, porque, adaptándose al gusto del que lo comía, se transformaba según el
deseo de cada uno” (Sab 16, 20-21).
Algunos hasta piensan en que se trata de un “pan
bendito envenenado”, por el gnosticismo o pelagianismo de la New Age, como el
del presbítero Florencio, pero eso es otra historia de nuestro Padre que otro
día recordaremos, pero si rezamos y bendecimos el alimento, estamos atento al
sentido de la fe, lo masticamos bien con la inteligencia, lo asimilamos con la
voluntad y la afectividad, creo que, ni nos caerá mal y no nos engordará, sino
que nos alimentará.
A mí, personalmente, desde el discernimiento,
antes de entrar en la vida monástica, me gusta y disfruto de lo que él prepara,
en el servicio de la autoridad, en la formación y en el acompañamiento
espiritual suelo convidar algunos bocados, según el paladar de cada uno, de Una espiritualidad desde abajo, Nuestras
propias sombras y La mitad de la vida
como tarea espiritual. Y últimamente sus consideraciones sobre nuestro
padre san Benito me son de mucha ayuda. Soy consciente de sus límites y por eso
también de sus posibilidades, de su necesidad de complementación con otras
lecturas y la conveniencia de otros condimentos. Creo que la clave es tener siempre
clara la distinción entre los órdenes: físico, psicológico y espiritual, y como
se relacionan en las personas concretas.
(Hoy viene a saciar nuestro hambre, hablándonos
de Victimas y victimarios, un tema
asociado a las heridas, esas heridas que porta el resucitado, heridas pascuales,
sin dolor y sin rencor, aperturas a la fe y a la gracia, espacios de gloria. Él
ha escrito en otra oportunidad:
“Aunque la herida
espiritual es la más profunda de todas las heridas, no debemos permanecer en el
rol de víctimas, porque entonces nos transformamos en victimarios y
terminaremos tiranizando a los demás. El narcisismo espiritual refuerza mis
heridas en lugar de sanarlas. Sólo podemos cortar ese círculo abandonando el
papel de víctimas, adoptando una actitud activa frente al dolor. Imaginando,
por ejemplo, que al levantar las palmas de mis manos sale a través de ellas la
bendición hacia aquel que ha sido o es mi victimario. Esto requiere mucho
valor, casi como el que tuvo Jesús crucificado al perdonar a sus asesinos. Pero
este cambio de actitud me saca de la pasividad de la víctima y me permite
transformar lo negativo en algo positivo. Al hacer esto me he levantado, me he
erigido y lo puedo mirar con otros ojos”).
Como dice el relato con el que comenzamos, Padre
Anselm sabemos que es Pascua porque has venido, porque hemos merecido verte y
ahora escucharte. Muchas gracias.
Rmo. P. Pedro Edmundo Gómez, osb.
San Miguel de Tucumán,
Martes de la Octava de Pascua 2019.


sábado, 20 de abril de 2019
SALUDO DE PASCUA 2019
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pensar,
ver
lunes, 15 de abril de 2019
sábado, 13 de abril de 2019
La "domesticación" de la ira en la pedagogía benedictina (II)
Dos
relatos paralelos de la Vida de N. P. san Benito sobre “no ceder a la ira”
I. Los
monjes de Vicovaro y el vino envenenado
Texto: San Gregorio, Diálogos II, 3:
“2.
No lejos de allí existía un monasterio cuyo abad había fallecido, y toda su
comunidad se dirigió al venerable Benito, pidiéndole insistentemente que fuera
su superior. Él, negándose, difirió su asentimiento durante mucho tiempo,
diciéndoles de antemano que las costumbres de él y las de ellos no podrían
coincidir. Pero vencido finalmente por sus reiteradas súplicas, dio su
consentimiento. 3. Mas él velaba por la observancia de la vida regular del
monasterio, no permitiendo a nadie desviarse -como lo habían hecho hasta
entonces- por actos ilícitos del camino de perfección, ni hacia la derecha ni
hacia la izquierda. Los hermanos de quienes se había hecho cargo,
insensatamente enfurecidos, empezaron a acusarse a sí mismos por haberle pedido
que los gobernara, ya que su vida torcida estaba en pugna con aquella norma de
rectitud. Dándose cuenta de que bajo su gobierno no se les permitirían cosas
ilícitas, se dolieron de tener que renunciar a sus costumbres, y les pareció
demasiado duro verse obligados a aceptar cosas nuevas con su espíritu
envejecido. Puesto que la vida de los buenos resulta intolerable a los de
costumbres depravadas, empezaron a tramar el modo de darle muerte. 4. Después
de decidirlo en consejo, mezclaron veneno en el vino. Cuando según la costumbre
del monasterio se le presentó al abad, sentado a la mesa, el vaso de cristal
que contenía la bebida envenenada para que lo bendijera, Benito extendió la
mano e hizo la señal de la cruz, y con ella el vaso que estaba a cierta
distancia, se rompió, y a tal punto se hizo añicos como si a ese vaso de muerte
en lugar de la señal de la cruz, le hubieran dado con una piedra. El hombre de
Dios comprendió en seguida que el vaso había contenido una bebida de muerte, ya
que no pudo soportar la señal de la vida. Al instante se levantó, y con rostro
sereno y ánimo tranquilo convocó a los hermanos y les dijo: “¡Que Dios
omnipotente tenga misericordia de ustedes, hermanos! ¿Por qué quisieron hacer esto
conmigo? ¿Acaso no les dije de antemano que mis costumbres no eran compatibles
con las de ustedes? Vayan y búsquense un Padre de acuerdo con sus costumbres,
porque en adelante en modo alguno podrán contar conmigo”. 5. Acto seguido,
volvió al lugar de su amada soledad y sólo, bajo la mirada del Espectador
divino, habitó consigo”[1].
Comentario del
P. Adalbert de Vogüé, osb.
“Decididamente, Benito no sale de una
prueba sino para entrar en otra. No bien triunfa de la lujuria, la irradiación
que resulta de esta victoria es la causa de un nuevo combate. Su naciente
prestigio de maestro espiritual, hace que una comunidad monástica lo elija como
abad y estos monjes, que son malos, le procuran una tentación análoga a la de
la mujer cuyo recuerdo tanto lo había atormentado.
De hecho, estos dos episodios no
solamente se encuentran uno a continuación del otro sino que se asemejan. Tanto
en uno como en otro, una señal de la cruz rechaza el mal. Tanto en uno como en
otro también, Gregorio habla de derrota: “casi vencido” por la voluptuosidad,
Benito resulta efectivamente “vencido” por las reiteradas súplicas de los
monjes. Aquello que casi realiza en el primer caso -abandonar su desierto-, lo
cumple efectivamente en el segundo.
Tanto en un caso como en el otro, se trata
de “volver en sí”. La primera vez, esta vuelta en sí se opera, por la gracia de
Dios, luego de un instante de extravío, y salva al joven monje de la caída. La
segunda vez, pese a que abandona su gruta, Benito no se deja arrastrar fuera de
sí. En el momento crítico, su pronta decisión de abandonar su cargo y de volver
a su querida soledad, le permitirá “habitar consigo” sin interrupción. Pero se
libró por un poco de esa fatal salida de sí que ilustra la parábola del Hijo
Pródigo, de quien el Evangelio dice que “volvió en sí”, desde lo más profundo
de su miseria.
De modo que nos encontramos con una
nueva tentación, una nueva prueba. A la seducción de la mujer, sigue la
oposición de los hombres. A la atracción del placer carnal, se sustituye la
trampa de la autoridad, la preocupación excesiva de una responsabilidad
pastoral ejercida en vano. Esta vez Benito se arriesga, no ya a abandonar el
servicio de Dios y volver al mundo, sino más sutilmente, en el seno mismo de la
vida religiosa, a perder la paz interior, la “luz de la contemplación”, la
visión de sí mismo y de Dios.
Así como había sucedido la vez anterior,
Benito sale victorioso de esta prueba. El descubrimiento del atentado
perpetrado contra su vida no consigue turbarlo. Por el contrario, este descubrimiento
le sugiere inmediatamente el retiro liberador que custodiará su paz contra el
inminente naufragio. Abandona esta autoridad que no ha buscado, que incluso
durante mucho tiempo ha rechazado, sin tardanza ni pesar para volver a su amada
soledad.
Y la actual victoria, igual que las dos
anteriores, tiene también como recompensa una irradiación ejercida sobre las
almas. Por haber renunciado a una vana autoridad por su bien espiritual, Benito
ve llegar a su refugio a los hombres que buscan el servicio de Dios. Ha
abandonado un monasterio y funda doce. Así llega a su culminación la progresión
que hemos observado. La influencia de Benito que ha comenzado modestamente por
medio de algunas buenas palabras dirigidas a los visitantes laicos, se hizo más
profunda luego de la segunda tentación: la gente comenzó a dejar el mundo para
ponerse bajo su dirección. Ahora se da un nuevo paso: se organizan verdaderas comunidades.
Primero seglares; luego aspirantes a la vida perfecta, finalmente monjes
cenobitas: estos son los trofeos cada vez más nobles de aquellos combates.
Para completar esta mirada
retrospectiva, observemos ciertas correspondencias entre los tres ciclos ya
recorridos. En el primero, Benito se va al desierto para huir de su popularidad
entre los seglares. En el segundo, permanece allí a pesar del deseo de una
mujer. En el tercero vuelve allí, huyendo del odio de los malos monjes. La
estima de los hombres lo llevó a la soledad, su hostilidad lo vuelve a traer…”[2].
Comentarios del
P. Anselm Grün, osb.
“Después de la sexualidad, la energía
vital más fuerte de que dispone el ser humano es la agresión. En la agresividad
de los monjes de Vicovaro, Benito se encontró con su propia agresión, que había
reprimido. La agresión reprimida sigue ejerciendo su influjo desde las sombras
sobre los individuos y su entorno. El que ha reprimido su agresión hace
agresivos a los demás. Esto es lo que Benito acaba de experimentar
dolorosamente. Ahora, se retira en sí mismo. Mora totalmente en sí mismo,
presta atención a sí. Como escribe Gregorio, ‘no alejó fuera de sí el ojo de su
espíritu’ (V 185). Por lo visto, Benito hace aquí la experiencia de que Dios
sólo vive en él si él vive en sí. Sólo si Benito habita toda su casa, también
los ámbitos de la sexualidad y la agresión, inundará Dios su casa con su luz.
Benito deja de proyectar hacia otros su sexualidad y su agresión. Las ve en sí
mismo. De ese modo, ambas regiones vitales pueden transformarse y servirle en
su camino espiritual”[3].
“Todavía no había progresado tanto como
para que su vida espiritual pudiera contagiar también a los hombres no
espirituales. Todavía su amor no era tan fuerte como para poder transformar
incluso el odio. Pero, quizá, precisamente este fracaso fue para Benito una
experiencia necesaria y saludable. Se dio cuenta de que en él había todavía más
rigor masculino que bondad maternal, y que el rigor puede provocar muchas veces
en el otro una resistencia encarnizada hasta endurecer las posiciones y hacer
imposible una convivencia provechosa. Evoca en el otro sólo veneno, sin poder
curarlo. Descubre las faltas, sin superarlas y de esta manera, se vuelve para
él una amenaza mortal.
Es peligroso tratar de guiar a otros
demasiado temprano. Uno cree que ya se ha encontrado con la sombra. Pero
entonces el trato con gente difícil es una prueba necesaria para ver hasta qué
punto uno ha asumido realmente su sombra. La experiencia de Benito con los
monjes de Vicovaro muestra que, en la maldad de los demás, su propia sombra lo
amenaza mortalmente… ”[4].
[1] San Gregorio Magno, Vida de San Benito, ECUAM, Bs. As,
2010, pp. 35-36-
[2] A. de Vogüé, “San Gregorio Magno, Libro II de los Diálogos. Vida y milagros
del Bienaventurado Abad Benito (III)”, Cuadernos
Monásticos 57 (1981), pp. 141-142.
[3] A. Grün, Benito de Nursia, Espiritualidad enraizada en la tierra, Herder,
Barcelona, p. 21.
[4] A. Grün, Hacia la plenitud, El camino de san Benito, abad, Monte
Casino-ECUAM, Zamora, 1997, p. 39.
martes, 9 de abril de 2019
NUESTRO CINERARIO
SE RECIBEN LAS CENIZAS EL PRIMER Y TERCER DOMINGO DE CADA MES A LAS 17,00 HS., PREVIA RESERVA TELEFÓNICA.
CELEBRACIÓN DE LAS EXEQUIAS EN LA CAPILLA DEL CREMATORIO
RECEPCIÓN DE LA DOCUMENTACIÓN:

La única diferencia ritual exigida por la misma veracidad del rito, consiste en que, en el caso de cremación, las exequias no incluyen la procesión al cementerio y la bendición del sepulcro. Por tanto, el rito del último adiós debe celebrarse siempre en la misma iglesia al final de la Misa o de la liturgia de la Palabra, tal como se describe en el capítulo III de este Ritual, o bien, en los casos donde en el mismo crematorio exista una capilla puede utilizarse el breve rito que sigue a continuación.


Oración de los fieles
60. Después puede hacerse la Oración de los fieles, usando, en todo o en parte, la siguiente fórmula de carácter litánico (no se dice "oremos" al final de cada intención).También puede usarse otra apropiada entre las señaladas en las pp. 235-250 para circunstancias más particulares.
Nuestro Señor Jesucristo dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá eternamente». Encomendémosle, entonces, a este(a) hermano(a) nuestro(a).
A cada intención respondemos: Te rogamos, Señor.
- Tú, que lloraste la muerte de tu amigo Lázaro, seca nuestras lágrimas.
- Tú, que resucitaste a los muertos, concede la Vida eterna a nuestro(a) hermano(a).
- Tú, que prometiste el Paraíso al buen ladrón, conduce al cielo a nuestro(a) hermano(a).
- Tú, que purificaste a nuestro(a) hermano(a) en las aguas del Bautismo y lo(a) ungiste con el óleo de la Confirmación, admítelo(a) entre tus santos y elegidos.
- Tú, que alimentaste a nuestro(a) hermano(a) con tu Cuerpo y tu Sangre, recíbelo(a) en la mesa de tu reino.
- Y a nosotros, que lloramos entristecidos su partida, reconfórtanos con la fe y la esperanza de la Vida eterna.

Padrenuestro
El ministro invita a rezar la Oración del Señor con esta u otras palabras:
El Señor nos enseñó a rezar y confiar. Hagámoslo como verdaderos hijos de Dios.
Luego, todos recitan la oración del Señor.
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Ritos conclusivos
Oración
Al concluir el Padrenuestro, el sacerdote o diácono dice una de las siguientes oraciones:
I
Señor, ten misericordia
de este(a) hijo(a) tuyo(a) difunto(a):
ya que procuró cumplir tu voluntad,
recíbelo con amor en tu casa;
así como estuvo unido(a) a tu pueblo fiel, por medio de la fe,
concédele asociarse en el cielo al coro de los ángeles.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
II
Dios nuestro, que estás atento a las súplicas de tus fieles
y conoces sus buenos deseos,
concede a tu servidor(a) N., a quien hoy despedimos,
que consiga la felicidad eterna
junto con tus santos y elegidos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén
O bien:
III
Dios nuestro, que eres el autor de la vida,
restauras los cuerpos humanos
y aceptas con bondad el ruego de los pecadores:
escucha las súplicas que te dirigimos en nuestra aflicción
pidiéndote por el alma de tu hijo(a) N.,
para que lo(a) libres de la muerte eterna.
Permítele compartir con tus santos las alegrías del Paraíso.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.

PROCESIÓN HACIA EL CINERARIO


INHUMACIÓN DE LAS CENIZAS

CELEBRACIÓN DE LAS EXEQUIAS EN LA CAPILLA DEL CREMATORIO
58. Aunque
tradicionalmente la Iglesia prefiere que se conserve la costumbre de la
inhumación de los cuerpos de los cristianos, porque este gesto se asocia mejor
a la sepultura del Señor, los fieles tienen, con todo, la facultad de elegir,
si lo prefieren, la cremación de su propio cuerpo sin que esta elección impida
la celebración de los ritos cristianos.
RECEPCIÓN DE LA DOCUMENTACIÓN:
El hecho de la cremación del cadáver no comporta de por sí especiales
diferenciaciones rituales, por lo que las exequias, en el caso de cremación, se
celebran ante el cadáver antes de la cremación del cuerpo con los mismos ritos
y formas que se usan en las exequias acostumbradas (capítulos I, II y III).
La única diferencia ritual exigida por la misma veracidad del rito, consiste en que, en el caso de cremación, las exequias no incluyen la procesión al cementerio y la bendición del sepulcro. Por tanto, el rito del último adiós debe celebrarse siempre en la misma iglesia al final de la Misa o de la liturgia de la Palabra, tal como se describe en el capítulo III de este Ritual, o bien, en los casos donde en el mismo crematorio exista una capilla puede utilizarse el breve rito que sigue a continuación.
Existe también la posibilidad de que se realice una celebración después de la
cremación del cadáver, si la familia lo prefiere, en cuyo caso se siguen las
indicaciones del capítulo VI. En todos estos procederes puede dar indicaciones
explícitas el Ordinario del lugar.
59. Reunida la familia del difunto y la comunidad que la acompaña, el sacerdote dice las palabras siguientes u otras semejantes:
Hermanos: Dios todopoderoso quiso llamar a su presencia a este(a) hermano(a) nuestro(a) N.; ahora nosotros queremos encomendarlo(a) a Jesucristo, que venció la muerte con su resurrección y nos abrió así las puertas de la felicidad eterna. Cristo fue el primero en resucitar, para transformar nuestro cuerpo corruptible en un cuerpo glorioso como el suyo. Encomendemos entonces a N. al Señor para que lo reciba en su paz y lo(a) resucite en el último día.
59. Reunida la familia del difunto y la comunidad que la acompaña, el sacerdote dice las palabras siguientes u otras semejantes:
Hermanos: Dios todopoderoso quiso llamar a su presencia a este(a) hermano(a) nuestro(a) N.; ahora nosotros queremos encomendarlo(a) a Jesucristo, que venció la muerte con su resurrección y nos abrió así las puertas de la felicidad eterna. Cristo fue el primero en resucitar, para transformar nuestro cuerpo corruptible en un cuerpo glorioso como el suyo. Encomendemos entonces a N. al Señor para que lo reciba en su paz y lo(a) resucite en el último día.
Oración de los fieles
60. Después puede hacerse la Oración de los fieles, usando, en todo o en parte, la siguiente fórmula de carácter litánico (no se dice "oremos" al final de cada intención).También puede usarse otra apropiada entre las señaladas en las pp. 235-250 para circunstancias más particulares.
Nuestro Señor Jesucristo dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá eternamente». Encomendémosle, entonces, a este(a) hermano(a) nuestro(a).
A cada intención respondemos: Te rogamos, Señor.
- Tú, que lloraste la muerte de tu amigo Lázaro, seca nuestras lágrimas.
- Tú, que resucitaste a los muertos, concede la Vida eterna a nuestro(a) hermano(a).
- Tú, que prometiste el Paraíso al buen ladrón, conduce al cielo a nuestro(a) hermano(a).
- Tú, que purificaste a nuestro(a) hermano(a) en las aguas del Bautismo y lo(a) ungiste con el óleo de la Confirmación, admítelo(a) entre tus santos y elegidos.
- Tú, que alimentaste a nuestro(a) hermano(a) con tu Cuerpo y tu Sangre, recíbelo(a) en la mesa de tu reino.
- Y a nosotros, que lloramos entristecidos su partida, reconfórtanos con la fe y la esperanza de la Vida eterna.
Padrenuestro
El ministro invita a rezar la Oración del Señor con esta u otras palabras:
El Señor nos enseñó a rezar y confiar. Hagámoslo como verdaderos hijos de Dios.
Luego, todos recitan la oración del Señor.
Padre nuestro, que estás en el cielo,
santificado sea tu Nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día;
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Ritos conclusivos
Oración
Al concluir el Padrenuestro, el sacerdote o diácono dice una de las siguientes oraciones:
I
Señor, ten misericordia
de este(a) hijo(a) tuyo(a) difunto(a):
ya que procuró cumplir tu voluntad,
recíbelo con amor en tu casa;
así como estuvo unido(a) a tu pueblo fiel, por medio de la fe,
concédele asociarse en el cielo al coro de los ángeles.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
O bien:
II
Dios nuestro, que estás atento a las súplicas de tus fieles
y conoces sus buenos deseos,
concede a tu servidor(a) N., a quien hoy despedimos,
que consiga la felicidad eterna
junto con tus santos y elegidos.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén
O bien:
III
Dios nuestro, que eres el autor de la vida,
restauras los cuerpos humanos
y aceptas con bondad el ruego de los pecadores:
escucha las súplicas que te dirigimos en nuestra aflicción
pidiéndote por el alma de tu hijo(a) N.,
para que lo(a) libres de la muerte eterna.
Permítele compartir con tus santos las alegrías del Paraíso.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
En lugar de las oraciones precedentes puede decirse una
de las siguientes, eligiendo la más adecuada, según las circunstancias:
Por un(a) difunto(a) cuya(o) esposa(esposo) está presente:
Padre santo, recibe con bondad a tu hijo(a) N.
y protege solícito a su esposo(a) N.;
concédeles alcanzar, algún día,
la plenitud de la caridad en la vida que no tiene fin.
por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un niño difunto que ha llegado al uso de razón:
Recibe con amor de Padre, Dios todopoderoso,
a este niño(a) N. a quien has llamado a tu presencia;
concede el don de la esperanza y del consuelo
a quienes se sienten abatidos por la muerte de N.;
ayuda especialmente a sus padres (y hermanos)
a descubrir la luz de tu presencia
en Jesucristo, nuestro Camino, Verdad y Vida,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Por un difunto joven:
Dios nuestro, que diriges los acontecimientos
y la duración de la vida de los hombres;
te encomendamos humilde y confiadamente a tu hijo(a) N.,
cuya muerte prematura lloramos,
para que le concedas una permanente juventud
en la felicidad de tu casa en el cielo.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un papá joven (o mamá joven) difunto(a):
Señor, Dios nuestro,
que puedes comprobar la honda tristeza
de quienes lloran a tu hijo(a) N.;
concédenos, te suplicamos, la paz que necesitamos
y ayúdanos en nuestra fe
para confiar en que él(ella) goza de tu compañía en el cielo.
Ayuda a su esposa(o)
a sobrellevar esta durísima prueba de la vida
y dale a su(s) hijo(s) la fortaleza
y la serenidad que necesitan.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto muerto después de larga enfermedad
Dios nuestro, que has dado a nuestro hermano(a) N.,
la gracia de servirte en el dolor y la enfermedad
concédele que, así como imitó la paciencia de tu Hijo,
obtenga también el premio de su misma gloria.
Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto muerto repentinamente:
Padre santo, muéstranos el infinito poder de tu bondad
para que, quienes lloramos a nuestro(a) hermano(a) N.
muerto(a) inesperadamente,
podamos esperar que lo(a) has llevado
a gozar de tu compañía.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto alejado de la fe:
Señor, humildemente apelamos a tu misericordia
para que recibas con bondad el alma de tu servidor(a) N.:
sé indulgente y ten piedad de él(ella)
a fin de que sea purificado(a) de los pecados
que hubiere cometido en su vida,
y así, liberado(a) de toda atadura terrenal,
merezca ingresar en la Vida eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto que se quitó la vida:
Dios nuestro, que te hiciste cercano a nosotros
por medio de Jesús, nuestro Salvador,
que entregó la vida en la cruz.
Tú conoces lo íntimo de nuestro corazón
y nada se te oculta a tus ojos.
Escucha la oración que te dirigimos por (este hijo tuyo) N.
y muéstrale tu misericordia infinita;
acepta todo el bien que ha hecho en su vida
y perdona sus culpas y debilidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Aspersión
61. Luego el sacerdote o diácono asperge el cuerpo del difunto mientras dice:
V. Concédele, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para él(ella) la luz que no tiene fin.
El ministro puede agregar:
Que las almas de nuestros fieles difuntos descansen en paz.
Y todos aclaman:
Amén.
Al concluir el rito se puede entonar algún canto, según las costumbres del lugar.
Por un(a) difunto(a) cuya(o) esposa(esposo) está presente:
Padre santo, recibe con bondad a tu hijo(a) N.
y protege solícito a su esposo(a) N.;
concédeles alcanzar, algún día,
la plenitud de la caridad en la vida que no tiene fin.
por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un niño difunto que ha llegado al uso de razón:
Recibe con amor de Padre, Dios todopoderoso,
a este niño(a) N. a quien has llamado a tu presencia;
concede el don de la esperanza y del consuelo
a quienes se sienten abatidos por la muerte de N.;
ayuda especialmente a sus padres (y hermanos)
a descubrir la luz de tu presencia
en Jesucristo, nuestro Camino, Verdad y Vida,
que vive y reina por los siglos de los siglos.
R. Amén.
Por un difunto joven:
Dios nuestro, que diriges los acontecimientos
y la duración de la vida de los hombres;
te encomendamos humilde y confiadamente a tu hijo(a) N.,
cuya muerte prematura lloramos,
para que le concedas una permanente juventud
en la felicidad de tu casa en el cielo.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un papá joven (o mamá joven) difunto(a):
Señor, Dios nuestro,
que puedes comprobar la honda tristeza
de quienes lloran a tu hijo(a) N.;
concédenos, te suplicamos, la paz que necesitamos
y ayúdanos en nuestra fe
para confiar en que él(ella) goza de tu compañía en el cielo.
Ayuda a su esposa(o)
a sobrellevar esta durísima prueba de la vida
y dale a su(s) hijo(s) la fortaleza
y la serenidad que necesitan.
Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto muerto después de larga enfermedad
Dios nuestro, que has dado a nuestro hermano(a) N.,
la gracia de servirte en el dolor y la enfermedad
concédele que, así como imitó la paciencia de tu Hijo,
obtenga también el premio de su misma gloria.
Por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto muerto repentinamente:
Padre santo, muéstranos el infinito poder de tu bondad
para que, quienes lloramos a nuestro(a) hermano(a) N.
muerto(a) inesperadamente,
podamos esperar que lo(a) has llevado
a gozar de tu compañía.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto alejado de la fe:
Señor, humildemente apelamos a tu misericordia
para que recibas con bondad el alma de tu servidor(a) N.:
sé indulgente y ten piedad de él(ella)
a fin de que sea purificado(a) de los pecados
que hubiere cometido en su vida,
y así, liberado(a) de toda atadura terrenal,
merezca ingresar en la Vida eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R. Amén.
Por un difunto que se quitó la vida:
Dios nuestro, que te hiciste cercano a nosotros
por medio de Jesús, nuestro Salvador,
que entregó la vida en la cruz.
Tú conoces lo íntimo de nuestro corazón
y nada se te oculta a tus ojos.
Escucha la oración que te dirigimos por (este hijo tuyo) N.
y muéstrale tu misericordia infinita;
acepta todo el bien que ha hecho en su vida
y perdona sus culpas y debilidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Aspersión
61. Luego el sacerdote o diácono asperge el cuerpo del difunto mientras dice:
V. Concédele, Señor, el descanso eterno.
R. Y brille para él(ella) la luz que no tiene fin.
El ministro puede agregar:
Que las almas de nuestros fieles difuntos descansen en paz.
Y todos aclaman:
Amén.
Al concluir el rito se puede entonar algún canto, según las costumbres del lugar.
PROCESIÓN HACIA EL CINERARIO
INHUMACIÓN DE LAS CENIZAS
sábado, 6 de abril de 2019
La "domesticación" de la ira en la pedagogía bendictina (I)
Quince tips para “no ceder a la ira (Iram non perficere)” (RB IV, 22):
1.
(v.
23) no guardar rencor.
2.
(v.
24) No tener dolo en el corazón,
3.
(v.
26) No abandonar la caridad.
4.
(v.
29) No devolver mal por mal.
5.
(v.
30) No hacer injurias, sino soportar pacientemente las que le hicieren.
6.
(v.
31) Amar a los enemigos.
7.
(v.
32) No maldecir a los que lo maldicen, sino más bien bendecirlos.
8.
(v.
34) No ser soberbio.
9.
(v.
65) No odiar a nadie,
10.
(v.
66) no tener celos,
11.
(v.
67) no tener envidia,
12.
(v.
68) no amar la contienda,
13.
(v.
69) huir la vanagloria.
14.
(v.
72) Orar por los enemigos en el amor de Cristo;
15.
(v.
73) reconciliarse antes de la puesta del sol con quien se haya tenido alguna
discordia.
Ocho enseñanzas sobre la paciencia
en la RB
1.
Pró.
36-38.50: “Por eso, para corregirnos de nuestros males, se nos dan de plazo los
días de esta vida. El Apóstol, en efecto, dice: "¿No sabes que la
paciencia de Dios te invita al arrepentimiento?" (Rm 2,4). Pues el piadoso Señor dice: "No quiero la muerte del
pecador, sino que se convierta y viva" (Ez 33,11)…De este modo, no
apartándonos nunca de su magisterio, y perseverando en su doctrina en el
monasterio hasta la muerte, participemos de los sufrimientos de Cristo por la
paciencia, a fin de merecer también acompañarlo en su reino. Amén”.
2.
Cap.
II, 25: “Debe, pues, reprender más duramente a los indisciplinados e inquietos,
pero a los obedientes, mansos y pacientes, debe exhortarlos para que progresen;
y le advertimos que amoneste y castigue a los negligentes y a los arrogantes”.
3.
Cap.
IV, 30. 33: “No hacer injurias, sino soportar pacientemente las que le
hicieren… Sufrir (soportar) persecución por la justicia”.
4.
Cap.
VII, 35-43: El "cuarto grado de humildad" consiste en que, en la
misma obediencia, así se impongan cosas duras y molestas o se reciba cualquier
injuria, uno se abrace con la paciencia y calle en su interior, y soportándolo
todo, no se canse ni desista, pues dice la Escritura: "El que perseverare
hasta el fin se salvará" (Mt
10,22), y también: "Confórtese tu corazón y soporta al Señor" (Sal 26,10). Y para mostrar que el fiel
debe sufrir por el Señor todas las cosas, aun las más adversas, dice en la
persona de los que sufren: "Por ti soportamos la muerte cada día; nos
consideran como ovejas de matadero" (Rm
8,36). Pero seguros de la recompensa divina que esperan, prosiguen gozosos
diciendo: "Pero en todo esto triunfamos por Aquel que nos amó" (Rm 8,37). La Escritura dice también en
otro lugar: "Nos probaste, ¡oh Dios! nos purificaste con el fuego como se
purifica la plata; nos hiciste caer en el lazo; acumulaste tribulaciones sobre
nuestra espalda" (Sal 65,10s). Y
para mostrar que debemos estar bajo un superior prosigue diciendo:
"Pusiste hombres sobre nuestras cabezas" (Sal 65,12). En las adversidades e injurias cumplen con paciencia el
precepto del Señor, y a quien les golpea una mejilla, le ofrecen la otra; a
quien les quita la túnica le dejan el manto, y si los obligan a andar una milla,
van dos (Cf. Mt 5,39ss); con el
apóstol Pablo soportan a los falsos hermanos (Cf. 2 Co 11,26), y bendicen
a los que los maldicen (Cf. 1 Co 4,12 y Rm 12,41).
5.
Cap.
XXXVI, 5 Sin embargo, se los debe soportar pacientemente, porque tales enfermos
hacen ganar una recompensa mayor.
6.
Cap.
LVIII. 3 Por lo tanto, si el que viene persevera llamando, y parece soportar
con paciencia, durante cuatro o cinco días, las injurias que se le hacen y la
dilación de su ingreso, y persiste en su petición…11 Si todavía se mantiene
firme, lléveselo a la sobredicha residencia de los novicios, y pruébeselo de
nuevo en toda paciencia.
7.
Cap.
LXVIII, 2: “Pero si ve que el peso de la carga excede absolutamente la medida
de sus fuerzas, exponga a su superior las causas de su imposibilidad con
paciencia y oportunamente”.
8.
Cap.
LXXII, 5: “tolérense con suma paciencia sus debilidades, tanto corporales como
morales”.
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