sábado, 10 de septiembre de 2016

San Benito: la moral y la política V° parte

Comentario del P. Adalbert de Vogüé, osb (Tomado de: Cuadernos Monásticos nº 58 (1981), pp. 316-324. Original en francés, publicado en: Ecoute, ns. 263 y 264. Tradujo: Madre Isabel Guiroy, osb. Monasterio Nuestra Señora del Paraná, Entre Ríos, Argentina).


“Después de dos modestos asuntos domésticos, el relato gregoriano se eleva súbitamente a la escena política y desemboca en forma inesperada en la gran historia. Totila, que reinó sobre los ostrogodos del 541 al 552, no es un personaje cualquiera. Jefe improvisado, sacó a su pueblo de la situación casi desesperada en que se encontraba luego de la pérdida de Ravena, reconquistada por los bizantinos en 540. Gracias a ese gran capitán, los godos recuperan en esos años el control de casi toda Italia, cuyos dueños habían sido durante cincuenta años. Esta brillante contraofensiva retardará diez años la ruina gótica y la restauración romana en la península. Pero también prolongará y llevará a su paroxismo una guerra atroz que duró por lo menos dieciocho años. La mayoría del tiempo que Benito vivió en Montecasino transcurrió en medio de esa espantosa tormenta, de la cual apenas se descubre alguna huella en la Regla.
Para Gregorio, que escribe a fines del siglo, el nombre de Totila evoca los peores horrores. Este hombre, a sus ojos, es el tipo del bárbaro orgulloso y sanguinario. Además es un “incrédulo” por añadidura y no solamente porque duda pasajeramente de los dones proféticos de Benito. Mucho más grave es el hecho de que Totila, como todo su pueblo, profesa el arrianismo. Esta barrera religiosa que lo separa de los Romanos católicos es la causa profunda del drama italiano. Toda la inteligencia de un Teodorico o de un Casiodoro no pudo conseguir que los dos pueblos separados por sus creencias, se fundieran en una entidad política coherente como ya lo habían hecho los galo-romanos y los francos más allá de los Alpes, gracias al bautismo de Clovis.
El encuentro de Totila y de Benito es por tanto una escena cautivadora, en la que se enfrentan el bárbaro y el romano, el arriano y el católico, el ocupador y el ocupado. Por un trastocamiento de papeles que Gregorio relata encantado, el seudo rey y el verdadero se derrumban por turno frente a este pequeño superior de monjes. Benito, sentado tranquilamente para recibir a esos poderosos, no se “digna” molestarse más que para levantar de la tierra al soberano postrado y para regañarlo como a un niño. En este triunfo del “servidor de Jesucristo”, se realiza la revancha ideal de un pueblo oprimido, humillado, agobiado por medio siglo de ocupación y de guerra. Estos son indudablemente los sentimientos del narrador. En cuanto a los de Benito, antes de conjeturarlos es necesario recordar otros dos episodios de los Diálogos. Uno de ellos -el encuentro con el terrorista Zalla hacia el final del Libro- confirma su tranquila indiferencia de hombre de Dios frente a toda intimidación por parte de los godos. Pero el otro revela una actitud complementaria y más positiva: cuando Benito en Subiaco ve llegar a un postulante godo, lo recibe “gustosísimo”, ya que se trata de un “pobre de espíritu”, y de un hombre humilde. Este “gustosísimo” dice mucho sobre las repugnancias naturales que podían tener los romanos; incluso en tiempos de paz, de vivir con esos bárbaros poco apreciados. Benito, sobreponiéndose a ese sentimiento demasiado humano, actúa como “hombre del Señor”, atento únicamente a la calidad de las almas y a su salvación.
Sea cual fuere el sentimiento que Gregorio y sus lectores hayan podido experimentar al respecto, la entrevista con Totila no es tanto el triple enfrentamiento -racial, confesional y político- en el que pensamos a primera vista, sino más bien el encuentro de un santo monje, verdadero servidor de Cristo, con un rey de este mundo, soberano de la ciudad terrena. Las características y las taras personales de Totila son secundarias. Lo que importa sobre todo es que él detenta, como cualquier otro jefe, el poder de este mundo.
Este encuentro cara a cara del monje-profeta con el soberano temporal, entendido así, no es más que el último de una larga serie que comienza en la Biblia con Samuel y Saúl, Natán y David, Elías y Ajab, y termina en la hagiografía cristiana, pasando por el Bautista y Herodes, en Afraat y el emperador Valente, Martín y el usurpador Máximo, Severino y el rey Odoacro. La predicción de Benito se asemeja más precisamente a la célebre profecía por la cual el solitario egipcio Juan de Licópolis anunció a Teodosio su victoria y su muerte próximas, y más aún a la que Sulpicio Severo pone en boca de san Martín cuando predice a Máximo el mismo destino. Pero Martín, en presencia del discutible soberano Máximo, sólo da pruebas de una hermosa altivez que raya en el desenfado. Las pequeñas humillaciones que inflige al emperador -por otra parte muy bien aceptadas- no tienen nada que ver con el aplastamiento de Totila frente a Benito.
La singularidad de nuestro relato aparece aún más si lo comparamos con diversos pasajes del Libro siguiente, donde Gregorio narra los altercados de Totila con cinco obispos taumaturgos. Allí también el rey cruel e impío es confundido todas las veces por el hombre de Dios, pero ninguna de estas lecciones se acerca al derrumbamiento al que asistimos aquí. Benito, un simple abad, tiene un ascendiente inusitado sobre el rey, al que no puede compararse el de ninguno de los grandes y santos prelados que lo han impresionado más.
Este episodio es pues altamente significativo. Gregorio lo ha convertido en el símbolo acabado de la superioridad del santo sobre el soberano, del reino de Dios sobre este mundo y sobre su Príncipe. Por otra parte, el incidente esclarece un aspecto de la personalidad de Benito. Aquí y solamente aquí lo vemos enfrentado al poder político. Nos gusta verlo más altivo y más sereno que ningún otro santo frente a él Esta actitud nos tranquiliza con respecto a la unwordliness -ausencia de mundanidad- de un hombre que parece haberse codeado a menudo con los grandes de este mundo. Benito no era un hijo del pueblo, y Gregorio que lo es menos aún, no oculta sus relaciones con la élite social de su tiempo. Pero su mirada interior no se ha dejado cautivar por las apariencias mundanas. Iluminado por la fe, no ha dejado de contemplar a Cristo, que recibe y reconoce en la persona de todos los hombres. Como dice magníficamente la Regla, “en los pobres y peregrinos se recibe a Cristo más particularmente: que a los potentados el mismo temor que inspiran induce de suyo a honrarlos”.

viernes, 2 de septiembre de 2016

San Benito: la moral y la política IV° parte

SAN GREGORIO, DIÁLOGOS II, C. 14: LA SIMULACIÓN DESCUBIERTA DEL REY TOTILA.
1. En tiempos de los Godos, su rey Totila oyó decir que el hombre santo estaba dotado del espíritu de profecía. Entonces se dirigió hacia su monasterio, y a poca distancia se detuvo y le anunció su llegada. Cuando de inmediato le comunicaron desde el monasterio que podía ir, él, descreído como era, trató de averiguar si el hombre de Dios poseía en realidad espíritu profético. Prestó su calzado e hizo vestir con la indumentaria real a uno de sus escuderos, llamado Rigo, ordenándole que se presentara ante el hombre de Dios como si fuera él mismo en persona. Como séquito envió a tres condes, más allegados a él que los demás: Wulderico, Rodrigo y Blindino, para que, caminando al lado de aquél, fingieran ante los ojos del servidor de Dios que se trataba realmente del rey Totila. Le añadió otra comitiva y escuderos a fin de que, tanto por estos honores como por los vestidos de púrpura, hiciera creer que era el mismo rey.
2. Cuando Rigo, ostentando las vestiduras reales y rodeado de numeroso séquito, llegó al monasterio, el hombre de Dios se encontraba sentado a considerable distancia. Al verlo llegar, cuando pudo hacerse oír, le gritó: “Quita, hijo, quítate lo que llevas. No es tuyo”. Rigo cayó al instante en tierra y quedó sobrecogido de temor por haber tenido la osadía de burlarse de hombre tan grande. Y todos los que lo habían acompañado a ver al hombre de Dios, cayeron consternados en tierra. Al levantarse, no se atrevieron a acercársele, sino que, volviéndose a su rey, le contaron temblando con qué prontitud habían sido descubiertos.
 
Cap. 15: LA PROFECÍA PROFERIDA ACERCA DEL MISMO REY TOTILA.
1. Entonces el rey Totila fue personalmente a ver al hombre de Dios. Cuando de lejos lo vio sentado, no se atrevió a acercarse y se postró en tierra. El hombre de Dios le dijo dos o tres veces: “Levántate”. Pero él no se animaba a levantarse en su presencia. Entonces Benito, el servidor del Señor Jesucristo, se dirigió él mismo hacia el rey que permanecía postrado. Lo levantó del suelo, lo reprendió por sus acciones y en pocas palabras le anunció todo lo que le iba a suceder, diciendo: “Estás haciendo mucho daño, y mucho daño ya has hecho. Reprime por fin de una vez tu maldad. Entrarás por cierto en Roma y atravesarás el mar, reinarás durante nueve años y al décimo morirás”. 2. Al oír estas palabras el rey quedó visiblemente aterrado. Pidió la oración de Benito y se retiró, y desde aquel momento fue mucho menos cruel. Poco tiempo después entró en Roma, llegó luego a Sicilia y al décimo año de su reinado, por disposición de Dios omnipotente, perdió el reino junto con su vida.

sábado, 27 de agosto de 2016

San Benito: la moral y la política III° parte

“Otro de los milagros indica cómo asume Benito su responsabilidad socio-política. Un godo llamado Zalla oprime a muchos campesinos en los alrededores del monasterio. Cuando, en una oportunidad, atormenta casi hasta la muerte a un campesino para que le entregue por fin su patrimonio, el campesino no puede ayudarse sino con la excusa de que ha entregado sus bienes a Benito. Zalla le encadena y lo lleva a empujones hasta Benito. El godo se pone a gritar a Benito pero éste no pierde su tranquilidad. Mira las cadenas del campesino, y éstas caen por tierra. El hecho conmueve al cruel godo, que cae a los pies de Benito y le pide que ore por él. Benito le da un pan consagrado en la esperanza de que abandone su furia cruel. El godo deja en libertad al campesino y modifica a partir de entonces su injusto comportamiento. Benito no esboza un programa político pero, en su inequívoca claridad, repercute en forma transformadora en la situación social y política. A su manera, se hace cargo de su responsabilidad por el mundo. Y, por lo visto, la situación social y política de la población en torno al monasterio mejora en forma decisiva gracias a su intervención” (Anselm Grün, Benito de Nursia, Espiritualidad enraizada en la tierra, Herder, Barcelona, 2003, pp.29-30)

“Benito, en ese momento, está sentado a la entrada del monasterio, leyendo… Benito no se deja intimidar, ni siquiera por gente cruel. Debido a su paz interior, es más fuerte que aquellos que se enorgullecen ante él y se las dan de poderosos. Benito, por encima de las apariencias, percibe al hombre débil que se ve en la necesidad de pasar por fuerte porque su debilidad y baja autoestima le dan miedo. Sostiene con calma la mirada del otro, y su mirada obra en el primero la liberación de sus ataduras y en el otro la conversión. Aquí, Benito ayuda a alguien que vive en una situación de injusticia, acosado por quien ha usurpado el poder para sí, sin ningún derecho. En este caso la actuación de Benito tiene dimensiones sociales y políticas. Su monasterio está situado en medio del mundo, a pesar de que, primero, hay que subir una montaña para llegar hasta él. Benito toma en cuenta la situación política. Ya lo ha hecho en el encuentro con el rey Totila. Desde el encuentro con Benito, Totila gobierna de manera diferente. Se muestra menos cruel. El godo Zalla ya no se atreve a exigirle a este campesino nada sin una justificación. Frente a los explotadores y tiranos, Benito toma una posición clara. Pero no pierde la esperanza en ninguno. Los amonesta, y ora por ellos. Espera algo bueno de ellos. No piensa que ya no hay nada que hacer. A Zalla le da pan bendito. Confía en que el bien que le hace le cambie el corazón y le motive a actuar de manera diferente. El éxito le da la razón… Las ataduras del oprimido caen” (Anselm Grün, Hacia la plenitud, El camino de san Benito, Abad, Monte Casino-ECUAM, Zamora, 1997, pp. 71-72).

sábado, 20 de agosto de 2016

San Benito: la moral y la política II parte.

SAN GREGORIO MAGNO, DIÁLOGOS II. 
CAPÍTULO XXXI: DE UN LABRIEGO MANIATADO, QUE DESATÓ CON SÓLO SU MIRADA.
Un godo por nombre Zalla, afiliado a la herejía arriana, en tiempos del rey Totila, se encendió en odio
y bárbara crueldad contra los varones piadosos de la Iglesia Católica, hasta el punto de que si algún
clérigo o monje topaba con él no escapaba con vida de sus manos. Un día, abrasado por el ardor de
su avaricia y ávido de rapiña, le dio por afligir con crueles tormentos a cierto labriego, y a torturarle
con varios suplicios. El rústico, vencido por tales tormentos, declaró que había confiado todos sus
bienes al siervo de Dios Benito, para que creyéndole su verdugo, diera entre tanto tregua a su
crueldad y pudiera ganar unas horas de vida.
Cesó entonces Zalla de atormentar al labriego, pero le ató los brazos con gruesas cuerdas y comenzó
a empujarle delante de su caballo para que le mostrara quién era el tal Benito, que había recibido en
depósito todos sus bienes. El labriego, que iba delante con los brazos atados, le condujo al
monasterio del santo varón, a quien encontró sentado junto a la puerta, solo y leyendo. El labriego
dijo al cruel Zalla, que iba detrás de él: "He aquí al abad Benito, de quien antes te hablé". Zalla fijó en
él su mirada llena de ira y ferocidad, y creyendo que podía usar con él los procedimientos terroristas
que acostumbraba, empezó a gritar fuertemente, diciéndole: "¡Levántate, levántate! ¡Devuelve todo lo
que recibiste de este labriego!". Al oír estas palabras, el hombre de Dios, levantó sus ojos de la
lectura, le miró y fijó también la vista en el labriego que mantenía maniatado. A1 poner los ojos sobre
los brazos del labriego, comenzaron a desatarse de un modo maravilloso y con tanta rapidez las
cuerdas que ataban sus brazos, que no hubiera podido desligarlos tan presto celeridad humana
alguna. Al ver Zalla cuán fácilmente quedaba desatado aquel que había traído maniatado consigo,
aterrado ante la fuerza de tal poder, cayó del caballo y doblando a las plantas de Benito aquella su
cerviz de inflexible crueldad, se encomendó a sus oraciones.
El hombre de Dios no dejó por eso su lectura, pero llamó a los monjes y les mandó que introdujeran a
Zalla en el monasterio y que le obsequiaran con algún alimento bendecido. Cuando volvió a su
presencia, le amonestó a que dejara tanta insana crueldad. Y así, al retirarse aplacado, no se atrevió
a pedir nada a aquel labriego, a quien el hombre de Dios había desatado sin tocarlo, con sóla su
mirada.
Esto es, Pedro, lo que antes te decía: que aquellos que sirven con más familiaridad a Dios
todopoderoso algunas veces suelen obrar cosas admirables con sólo su poder. Pues el que estando
sentado reprimiera la ferocidad de aquel terrible godo, y con sólo su mirada deshiciera las cuerdas y
nudos que ataban los brazos de un inocente, nos indican por 1a misma rapidez con que se hizo el
milagro, que había recibido el poder de hacerlo.
Ahora añadiré también un magnífico milagro, que obtuvo por medio de la oración.

sábado, 13 de agosto de 2016

San Benito: la moral y la política I° parte

“Es siempre peligroso establecer paralelismos demasiado precisos entre un período histórico y otro; y entre los más engañosos de tales paralelismos están aquellos que han sido establecidos entre nuestra propia época en Europa y Norteamérica y la época en la cual el Imperio Romano declinó adentrándose en la Edad Oscura. No obstante existen ciertos paralelismos. Ocurrió un punto de inflexión crucial en esa historia anterior cuando hombres y mujeres de buena voluntad se apartaron de la tarea de apuntalar el imperium Romano y cesaron de identificar la continuación de la civilidad y de la comunidad moral con la conservación de ese imperium. Lo que ellos se propusieron lograr en lugar de eso –a menudo sin darse cuenta completamente de lo que estaban haciendo– fue la construcción de nuevas formas de comunidad dentro de las cuales la vida moral podía ser sostenida, de modo que tanto la moralidad como la civilidad pudieran sobrevivir en la era adveniente de barbarie y oscuridad. Si mi descripción de nuestra condición moral es correcta, deberíamos también concluir que desde hace algún tiempo también nosotros hemos alcanzado ese punto de inflexión. Lo que importa en esta etapa es la construcción de formas locales de comunidad dentro de las cuales la civilidad y la vida intelectual y moral puedan ser sostenidas a través de la nueva edad oscura que ya está sobre nosotros. Y si la tradición de las virtudes fue capaz de sobrevivir los horrores de la última edad oscura, nosotros no estamos enteramente carentes de fundamentos para la esperanza. Esta vez, sin embargo, los bárbaros no están esperando más allá de las fronteras; ellos ya han estado gobernándonos por bastante tiempo. Y es nuestra falta de conciencia de esto lo que constituye parte de nuestro problema. No estamos esperando a un Godot, sino a otro –indudablemente muy diferente– San Benito.” (Alasdair MacIntyre, After Virtue. A Study in Moral Theory, University of Notre Dame Press; Notre Dame, Indiana, 1984, Second Edition, p. 263).

sábado, 6 de agosto de 2016

HOMILIA DEL ABAD BENITO EN EL DOMINGO 19 C

En cierto sentido podríamos decir que las tres lecturas de este domingo son escatológicas, las tres nos hacen mirar al futuro, a la culminación de la historia de la salvación.
La primera del Libro de la Sabiduría reflexiona poéticamente sobre la liberación de la esclavitud de Egipto: “Aquella noche fue dada a conocer de antemano a nuestros padres, para que, sabiendo con seguridad en qué juramentos habían creído, se sintieran reconfortados.” Hoy es una invitación para nosotros a reflexionar sobre la Alianza que Dios ha hecho con nosotros, de qué nos ha liberado y cuál es nuestra tierra prometida.
 La segunda lectura, el precioso texto de la Carta a los Hebreos, es una relectura de la historia de los patriarcas que subraya la fe y la esperanza que los animaron a “buscar una patria mejor, nada menos que la celestial”.  Esa búsqueda la hicieron en la oscuridad de la fe. Abraham “partió sin saber  adonde iba”; pero con la seguridad que le daba el saber con quién iba, con el Dios fiel.
En el evangelio tenemos que distinguir dos partes bien diferenciadas. Los tres primeros versículos son la conclusión del discurso sobre el manejo de los bienes materiales que leímos el domingo pasado más una parte que no se leyó. La segunda parte trata de la actitud de vigilancia que nos exige la certeza de la venida del Señor.
Jesús describe la actitud de vigilancia con tres parábolas. La primera presenta a un Señor que fue a una fiesta de bodas, evidente alusión al banquete escatológico, y encargó a sus sirvientes que lo esperan. Tienen que hacerlo con las lámparas encendidas y las vestiduras ceñidas, listos para servirlo cuando regrese y golpee la puerta. La parábola termina con una bienaventuranza, “¡Felices los servidores a quienes el señor encuentra velando a su llegada!” Pero un final inesperado: el dueño entra y hace tomar asiento a sus servidores y se pone a servirles la cena. La vigilancia del cristiano tiene como premio el sentarse a la mesa del banquete del final de los tiempos.
La segunda parábola, más cortita, advierte sobre la venida del Señor que no tiene fecha ni hora, “llegará a la hora menos pensada”

La tercera precisa que la espera no es de brazos cruzados. El Señor encomienda distintos tareas, distintos ministerios. A uno en particular lo constituye responsable de los servidores y sirvientes y tiene que velar para que no les falte alimento. Jesús advierte sobre las tentaciones de la autoridad,  el abuso del poder. En vez de distribuirles el trigo maltrata a los súbditos y se dedica, seguramente con lo que les quita, a las festicholas. Lamentablemente conocemos muchos de estos casos que los medios de comunicación a diario nos presentan. Nuestro riesgo es contentarnos con encontrar muchos casos como el de la parábola y tranquilizar nuestra conciencia diciéndonos que no somos  corruptos y que no tenemos bolsones para enterrar. Está bien no ser ingenuos y estar atentos para luchar contra la corrupción y el abuso de poder, pero eso no basta. En un examen de conciencia sincero tenemos que descubrir cuando no pusimos con responsabilidad y generosidad nuestros talentos al servicio de nuestros “consiervos”. La vigilancia del cristiano tiene que ser una vigilancia activa y lúcida. Descubrir cuál es la tarea que el Señor nos encomendó para que la llevemos a cabo hasta su venida. Si la desempeñamos con responsabilidad podremos decir sin miedo y con confianza: ¡Ven Señor Jesús!