Mostrando entradas con la etiqueta Año de la Misericordia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Año de la Misericordia. Mostrar todas las entradas

jueves, 9 de noviembre de 2017

Elección del Nuevo Abad de El Siambón:

Hoy la comunidad del Monasterio de Cristo Rey ha elegido a su nuevo Abad, que sustituye al Abad Benito Veronesi, osb. recientemente fallecido.


El Reverendísimo Padre Pedro Edmundo Gómez, osb., que ha sido elegido V Abad de la Abadía de Cristo Rey, El Siambón, Tucumán, nació el 12 de marzo de 1970 en Rosario de la Frontera, Salta. Vivió desde su niñez en la ciudad de Córdoba donde cursó estudios primarios en el Colegio Parroquial “San Pablo Apóstol”, secundarios en el Seminario Menor “Nuestra Señora del Rosario” de Jesús María, y terciarios en el Seminario Mayor “Nuestra Señora de Loreto”, el Instituto Católico Superior y la Universidad Católica de Córdoba. Es profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación y Licenciado en Filosofía. Miembro honorario de la Asociación Civil de Investigaciones Filosóficas. Después de dedicarse a la docencia en el nivel terciario ingreso a la vida monástica beneditina en el Monasterio de “Nuestra Sra. de la Paz”, San Agustín, Córdoba, donde hizo su profesión simple el siete de mayo de 2005 y la solemne el once de julio de 2009. Cambió su estabilidad a la Abadía de Cristo Rey, donde fue ordenado sacerdote el veintiuno de diciembre del 2013. Es consejero de la Comisión Directiva de la Conferencia de Comunidades Monásticas del Cono Sur. Y al momento de su elección era Consejero, Maestro de Novicios y Hospedero. Ha elegido como lema: “Christo omnino nihil praeponant…” (“nada absolutamente antepongan a Cristo…”) RB LXXII, 11.

Oración leída por el Abad Edmundo después de la Profesión de Fe y antes del Canto del Te Deum.

Hago mía en presencia de Cristo Rey y su comunidad la oración del abad Elredo. (solo lo entre paréntesis es mío)
1. Llamado al buen Pastor. Oh Jesús, buen pastor, pastor bueno, pastor clemente, pastor lleno de ternura, a ti clama un pastor pobre y miserable, un pastor débil, ignorante e inútil, pero, de todos modos, (ahora) pastor de tus ovejas. A ti, digo, oh buen pastor, clama este pastor que no es bueno; a ti clama, angustiado por sí mismo, angustiado por sus ovejas.
2. Acto de contrición. Cuando recuerdo, en la amargura de mi alma, mis años pasados, me lleno de temor (porque no fui buen hijo, ni hermano) y me estremezco al solo nombre de pastor: ciertamente sería una insensatez si no me sintiera totalmente indigno de él. Pero tu santa misericordia está sobre mí para arrancar mi alma miserable de las profundidades del abismo, tú que tienes misericordia del que quieres y la concedes a quien te agrada, y de tal modo perdonas los pecados que no castigas por venganza ni llenas de confusión con tus reprensiones, ni amas menos a los que amonestas: sin embargo permanezco confundido y conturbado, pues, si bien recuerdo tu bondad, no puedo olvidar mis ingratitudes. Aquí está, aquí está en tu presencia la confesión de mi corazón, la confesión de mis innumerables crímenes, de cuyo dominio tu misericordia quiso liberar a mi pobre alma. Por todo esto, mis entrañas te dan gracias y te alaban con todas sus fuerzas. Pero no soy menos deudor tuyo por todos aquellos males que no hice, porque, ciertamente, el mal que no hice no lo hice porque tú me conducías, quitándome el poder de realizarlo, o rectificando mi voluntad, o dándome la fuerza de resistir. Mas, ¿qué haré Señor Dios mío, por todo aquello con lo que por tu justo juicio toleras todavía que tu servidor, el hijo de tu sierva, sea atormentado y abatido? Innumerables son las razones, Señor, por las que mi alma pecadora se inquieta ante tu mirada y, no obstante eso, mi contrición y mi vigilancia están muy lejos de ser las que serían necesarias o las que mi voluntad desearía.
3. Examen sobre el servicio pastoral. Te confieso, Jesús mío, salvador mío, esperanza mía, consuelo mío; te confieso, Dios mío, que no estoy tan contrito y lleno de temor como debería por el pasado, ni me preocupo por el presente como convendría. ¡Y tú, dulce Señor, has establecido a este hombre sobre tu familia, sobre las ovejas de tu rebaño! A mí, que tengo tan poco cuidado de mí mismo, me mandas cuidar de ellos; a mí, que no alcanzo a orar por mis propios pecados, me mandas orar por ellos; a mí, que apenas me he instruido a mí mismo, me mandas que les enseñe a ellos. Desdichado de mí, ¿qué he hecho, qué he emprendido, en qué he consentido? Pero sobre todo tú, Señor, ¿qué has dejado que hagan de este miserable? Pero dime, dulce Señor, ¿no es ésta tu familia, tu pueblo elegido, que por segunda vez hiciste salir de Egipto, que creaste y redimiste (al llamarlo a la vida monástica benedictina)? Luego los reuniste de todas las naciones y los hiciste habitar unidos fraternalmente en esta casa (y quisiste apacentarlos por abades creativos, sabios, misericordiosos y prudentes como Pedro, Gabino, José y Benito). ¿Por qué entonces, oh fuente de misericordia, siendo lo que son, tan caros para ti, has querido encomendármelos a mí, que soy tan despreciable a tus ojos? ¿Acaso lo hiciste para consentir a mis inclinaciones y entregarme a mis deseos y poder acusarme mejor, condenarme más severamente y castigarme no sólo por mis pecados, sino también por los de los demás? Pero ¿valía la pena —oh piadosísimo— que, para tener un motivo más evidente para castigar con mayor severidad a un pecador, expusieras tantas y tales almas? En efecto, ¿hay un peligro mayor para los discípulos que un superior necio y pecador? ¿O bien —y esto me parece más digno de tu gran bondad y lo experimento dulcemente— pusiste al frente de tu familia un hombre tal para que tu misericordia se haga manifiesta y evidente tu sabiduría? ¿Tuviste a bien gobernar a tu familia por un hombre tal, que nada procediera de él, sino de la grandeza de tu poder, para que el sabio no se gloríe de su sabiduría ni el fuerte de su fortaleza, porque cuando gobiernan bien a tu pueblo, eres tú, en realidad, el que gobierna? Entonces, no a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre da la gloria.
4. Introducción a la oración por sí mismo y por sus ovejas. Cualquiera que haya sido tu intención al ponerme o dejar que me pusieran en este cargo a mí, indigno y pecador, mientras toleras que los presida, me mandas cuidar de ellos y orar por ellos con dedicación. Entonces, Señor, no me postro en oración ante tu rostro apoyado en mis méritos, sino en tu gran misericordia; de modo que donde callan los méritos, clama el deber. Que tus ojos estén sobre mí y tus oídos escuchen mi oración. Pero como la ley prescribe que el deber del sacerdote es orar primero por sí mismo y luego ofrecer el sacrificio por el pueblo, yo inmolo a tu majestad este humilde sacrificio de oración en primer lugar por mis propios pecados.
5. Oración por sí mismo. Estas son, Señor, las heridas de mi alma (heridas en el costado, la cabeza, la lengua, las manos y los pies que mis hermanos conocen a medias). Tu mirada viva y eficaz todo lo ve, y alcanza hasta la división del alma y del espíritu. Tú ves, ciertamente, en mi alma, Señor mío, ves las huellas de mis pecados pasados, y los peligros presentes y también las causas y las ocasiones de los futuros. Ves todo esto, Señor, y deseo que lo veas. Sabes también, tú que escrutas mi corazón, que no hay nada en mi alma que yo quiera ocultar a tus ojos, aun cuando fuera posible eludir tu mirada. ¡Ay de aquellos que desean esconderse de ti! No lograrán ocultarse y, en lugar de ser sanados, serán castigados por ti. Mírame, dulce Señor, mírame. Yo espero en tu piedad, oh misericordiosísimo, porque como médico compasivo miras para curar, como maestro lleno de bondad para corregir, como padre indulgente para perdonar. Esto es lo que te pido, oh fuente de piedad, confiando en tu misericordia omnipotente y en tu omnipotencia misericordiosísima: que con el poder de tu Nombre suavísimo y por el misterio de tu santa humanidad, perdones mis pecados y sanes las enfermedades de mi alma, acordándote de tu bondad y olvidando mi ingratitud. Y que tu dulce gracia me dé el poder y la fuerza necesarios para luchar contra los vicios y las malas pasiones que todavía asaltan mi alma, ya sea por una pésima costumbre inveterada, ya por mis infinitas negligencias cotidianas, ya por la debilidad de mi naturaleza viciada y corrompida o por la tentación oculta de los espíritus malignos, a fin de que no consienta en ellas, ni reinen en mi cuerpo mortal, ni les entregue mis miembros para convertirlos en armas de injusticia, hasta que cures perfectamente mis debilidades, cicatrices mis heridas y corrijas mis deformidades. Descienda a mi corazón tu Espíritu de bondad y de dulzura, y se prepare allí una morada, purificándolo de toda mancha de la carne y del espíritu, e infundiéndole un aumento de fe, de esperanza y de caridad, de compunción, de piedad y de delicadeza. Que Él extinga con el rocío de su bendición el fuego de las concupiscencias y destruya con su poder los impulsos impuros y los afectos carnales. Que me conceda fervor y discernimiento en los trabajos, en las vigilias, en las abstinencias, y voluntad generosa y eficaz para que te ame, te alabe, ore y medite, obre y piense según tu deseo. Y que persevere en todo esto hasta el fin de mi vida.
6. Pide especialmente la sabiduría. Todas estas cosas ciertamente me son necesarias a mí mismo, oh esperanza mía. Pero hay otras cosas de las que tengo necesidad no sólo para mí, sino también para aquellos a quienes me mandas servir más bien que dominar. Uno de los antiguos te pidió cierta vez que le concedieras sabiduría para saber gobernar a tu pueblo. Era un rey y su pedido te agradó y escuchaste su voz, y sin embargo todavía no habías muerto en la cruz ni habías mostrado a tu pueblo esa admirable caridad. He aquí, dulce Señor, he aquí en tu presencia tu Pueblo elegido, que tiene ante sus ojos tu cruz y los signos de tu pasión. Y a este pecador, tu siervo, le has encomendado que lo conduzca. Dios mío, tú conoces mi ignorancia y no te es desconocida mi debilidad. Por eso no te pido, dulce Señor, que me des oro, ni plata, ni piedras preciosas, sino la sabiduría, para que sepa conducir a tu Pueblo. Envíala, oh fuente de sabiduría, desde el trono de tu grandeza, para que esté conmigo, conmigo trabaje, conmigo obre; que ella hable en mí y disponga mis pensamientos, mis palabras y todas mis acciones y proyectos según tu beneplácito, para honor de tu nombre, para progreso de ellos y para mi propia salvación.
7. Entrega al servicio y pedido de asistencia para el bien de todos. Conoces mi corazón, Señor: todo lo que has dado a tu servidor quiero consagrarlo a ellos sin reservas y entregarlo a su servicio. Sobre todo, quiero consagrarme yo mismo a ellos de corazón. ¡Que así sea, Señor mío, que así sea! Mis sentimientos y mis palabras, mi reposo y mi trabajo, mis actos y mis pensamientos (mis lecturas y mis estudios), mis éxitos y mis fracasos, mi vida y mi muerte, mi salud y mi enfermedad, absolutamente todo lo que soy, lo que vivo, lo que siento, lo que comprendo, que todo esté consagrado y todo se entregue al servicio de aquellos por quienes tú mismo no has desdeñado entregarte. Enséñame, Señor, a mí, tu servidor: enséñame, te ruego, por tu Espíritu Santo, cómo consagrarme a ellos y cómo entregarme a su servicio. Concédeme, Señor, por tu gracia inefable, soportar con paciencia sus debilidades, compadecerlos con bondad y ayudarlos con discernimiento. Que aprenda, en la escuela de tu Espíritu, a consolar a los que están tristes, a reconfortar a los pusilánimes, a levantar a los que han caído, a ser débil con los débiles, a abrasarme con los que sufren escándalo, a hacerme todo con todos para ganar a todos. Pon en mi boca una palabra verdadera, justa y agradable, para que sean edificados en la fe, esperanza y caridad, en la castidad y la humildad, en la paciencia y la obediencia, en el fervor del espíritu y la devoción del corazón. Y ya que les diste este guía ciego, este doctor ignorante, este jefe insensato —al menos por ellos, si no lo haces por mí—, enseña al que has establecido como doctor, guía al que mandaste que guiara a otros, gobierna al que estableciste como jefe. Enséñame, pues, dulce Señor, a corregir a los inquietos, a consolar a los pusilánimes, a ayudar a los débiles. A cada uno según su naturaleza, su conducta, sus inclinaciones, su capacidad o su simplicidad; según las circunstancias de lugar y tiempo, ayúdame a adaptarme a cada uno, según te parezca conveniente. Y ya que, por mi debilidad física, o por la pusilanimidad de mi espíritu, o por los vicios de mi corazón, los edifico muy poco o prácticamente nada con mi trabajo, mis vigilias o mi abstinencia, te ruego, por tu abundante misericordia, que sean edificados por mi humildad, mi caridad, mi paciencia y misericordia. Que los edifique mi palabra y mi doctrina, y que mi oración los ayude siempre.
8. Oración por las ovejas. Pedido del Espíritu Santo. Escúchame entonces, misericordioso Dios nuestro, escucha la oración que hago por ellos (José, Luis, Marcelo, Carlos, Juan, Oscar, Gabriel, Javier, Juan Pablo y los que se sumaran); a ella me obliga mi cargo, me invita el afecto y me anima la consideración de tu benignidad. Tú sabes, dulce Señor, cuánto los amo, que mi corazón les pertenece y mi afecto se derrama sobre ellos. Tú sabes, Señor mío, que no los gobierno (gobernaré) con rigor ni con un espíritu de dominio, que he elegido servirlos en caridad antes que dominar sobre ellos; que la humildad me impulsa a someterme a ellos y el afecto a estar entre ellos como uno de ellos. Escúchame, pues, escúchame, Señor, Dios mío, y que tus ojos estén abiertos sobre ellos día y noche. Despliega, piadosísimo, tus alas y protégelos; extiende tu diestra santa y bendícelos; derrama en sus corazones tu Santo Espíritu y que Él los conserve en la unidad del Espíritu y el vínculo de la paz, en la castidad de la carne y en la humildad del alma. Que ese mismo Espíritu asista a los que oran y colme sus entrañas con la sustancia y la manteca de tu amor; que restaure sus almas por la suavidad de la compunción e ilumine su corazón con la luz de tu gracia; que la esperanza los aliente, el temor los haga humildes, la caridad los inflame. Que Él les sugiera las oraciones que deseas escuchar. Que ese tu dulce Espíritu esté en el interior de los que meditan, a fin de que, iluminados por Él, te conozcan e impriman en su memoria a Aquel a quien invocan en las adversidades y consultan en las dudas. Que este piadoso Consolador venga en socorro de los que luchan en la tentación y ayude su debilidad en las angustias y tribulaciones de esta vida. Que bajo la acción de tu Espíritu, dulce Señor, tengan paz en sí mismos, entre ellos y conmigo; que sean modestos, benévolos, que se obedezcan, se sirvan y se soporten mutuamente. Que sean de espíritu ferviente, gozosos en la esperanza, siempre pacientes en la pobreza, la abstinencia, los trabajos y las vigilias, en el silencio y el recogimiento. Aparta de ellos, Señor, el espíritu de soberbia y de vanagloria, de envidia y de tristeza, de acedia y de blasfemia, de desesperación y desconfianza, de fornicación y de impureza, de presunción y de discordia. Permanece en medio de ellos según tu promesa que no falla, y ya que sabes qué es lo que necesita cada uno, te ruego que fortalezcas en ellos lo que es débil y no rechaces lo que es flaco, que cures lo que está enfermo, alegres las tristezas, reanimes a los tibios, confirmes a los inestables: para que cada uno sienta que tu gracia no le falta en sus necesidades y tentaciones.
9. Oración por los bienes materiales. Finalmente, en cuanto a los bienes temporales con los cuales se debe sostener la debilidad de nuestro pobre cuerpo durante esta vida miserable, provee de ellos a tus siervos en la medida que quieras y te parezca conveniente. Una sola cosa pido, Señor mío, a tu dulcísima piedad: que, ya sean pocos, ya sean muchos, hagas de mí, tu siervo, un fiel dispensador que distribuya con discernimiento y administre con prudencia (con su colaboración) todo lo que nos das (como lo hizo el Padre Benito). Inspíralos también a ellos, Dios mío, para que soporten con paciencia cuando no les has dado y usen con moderación lo que les das; y que con respecto a mí, que soy tu servidor y también el de ellos por tu causa, siempre crean y sientan lo que sea útil para ellos; que me amen y me teman en la medida que tú juzgues que les conviene.
10. Última recomendación. Yo los entrego a tus santas manos y los confío a tu piadosa Providencia; que nada los arrebate de tu mano ni de la mano de tu servidor a quien los encomendaste, sino que perseveren con éxito en su santo propósito, y perseverando en él obtengan la Vida eterna, gracias a tu auxilio, dulcísimo Señor nuestro, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Abadía “Cristo Rey”, 09/11/ 2017, Dedicación de la Basílica de Letrán.


sábado, 21 de enero de 2017

Ves a la Trinidad, si ves el Amor y eres mirado por la Misericordia (III)



III.                    

Dejando de lado la rica simbólica de los colores y los vestidos, centremos nuestra atención en la mesa/altar, sobre ella reposa una copa/cáliz que contiene la cabeza del ternero inmolado por Abraham, o del carnero que sustituyó a Isaac (Gn 21, 13), prefiguraciones del cordero (Jn 19, 36; 1 Co 5, 7). El sacrificio realizado en la historia, ahora está presente ante Dios y es el motivo de la bendición del mundo y del envío del Espíritu. La copa está ubicada en el corazón de una copa más grande que dibujan los dos ángeles laterales.
Jean Corbon en su libro Liturgia Fontal nos introduce en el misterio de la mesa/altar:

“El altar es también símbolo de la mesa del banquete, de la hospitalidad divina a donde todos los hombres están invitados. Mientras en la Eucaristía recibimos todo al comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, en el altar de los pobres tenemos que responder, compartir el Don recibido, darnos nosotros mismos. Se comprende entonces que Andrej Roublëv haya rehusado siempre pintar un cuadro del Juicio final al estilo apócrifo tan popular en el Medioevo. Estaba demasiado en comunión con la miseria de los hombres como para traicionar así la misericordia de su Señor. Es conocido el fruto de su largo ayuno silencioso: el icono de  la Hospitalidad divina, donde el altar del mundo es acogido en el corazón de la Trinidad Santa. Es el altar de los pobres donde la Pasión de Dios se convierte en Compasión de su Iglesia por los hombres”[1].

La mesa está ocupada por tres comensales, pero queda un espacio libre. Y este lugar tiene que ser ocupado. El icono es una invitación a la humanidad entera a acercarse y sentarse en el banquete de misericordia que ofrecen los Tres. Será necesario tomar la copa eucarística para entrar en el Misterio: “Si no beben de la sangre del Hijo del Hombre...no tendrán vida en ustedes” (Jn 6, 53). En la parte frontal está el símbolo de toda la creación: un rectángulo que contiene al interno un rectángulo más pequeño. Es la nueva creación, renovada por la Cruz y el lugar del reposo de los mártires en Dios (Ap 6, 9-11). Invitados a participar en el diálogo divino, a entrar en el pequeño rectángulo abierto, el lugar es estrecho (Lc 13, 24), porque el camino es el sufrimiento, la debilidad, el límite, la renuncia (Ap 2, 8), y la puerta (Jn 10, 9) es la cruz (Mt 16,24) del testimonio, en el don de sí mismo a Dios y a la misericordia con los demás.
El icono habla de la Oikonomia en su dimensión cristológica. Cada ángel está en sus propios pensamientos, pero comparten entre sí la misma preocupación, están en santa y silenciosa conversación, el tema de la misma es quizás el texto de Juan: “Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna” (3,16), el tema del diálogo divino es la Misericordia. El icono proclama la ofrenda de Cristo, que es obra de la Trinidad. El Padre/Amante es el amor que crucifica, el Hijo/Amado es la cruz del amor, y el Espíritu/Amor es el amor crucificado. La Trinidad se narra a sí misma hablando de la Misericordia[2].

La meditación sobre el icono de la hospitalidad de Abraham se ha transformado en una contemplación silenciosa del Dios Amor que se ha aproximado misericordiosamente al hombre (Jn 1, 14). La narración prefigura la misión divina a través de la cual, el Padre nos envía a su Hijo único para ser sacrificado por nosotros (Jn 1, 29), y darnos una nueva vida por el Espíritu. Pablo nos dice que el verdadero descendiente prometido a Abraham es Cristo (Ga 3,16), los Tres vienen, a anunciarle a Abraham y, a través de él, a toda la humanidad, el nacimiento de Cristo, quien salvará al mundo por su anonadamiento amoroso (Fil 2, 6-11) en la Cruz, posibilitando el retorno a la Patria trinitaria.
Los peregrinos hospedados revelan a los que los hospedan la promesa: Hijo y Reino. En ese momento, la distinción entre el que hospeda y los que son hospedados se desvanece en el reconocimiento de la unidad de una alianza y de una promesa-bendición para los ancianos extranjeros y estériles. Por eso decimos que en verdad ves a la Trinidad, si ves al Amor y eres mirado por la Misericordia.
Concluimos con la palabra del Papa Francisco en Misericordiae vultus 2 y 8:

“Siempre tenemos necesidad de contemplar el misterio de la misericordia. Es fuente de alegría, de serenidad y de paz. Es condición para nuestra salvación. Misericordia: es la palabra que revela el misterio de la Santísima Trinidad. Misericordia: es el acto último y supremo con el cual Dios viene a nuestro encuentro…. Misericordia: es la vía que une Dios y el hombre, porque abre el corazón a la esperanza de ser amados no obstante el límite de nuestro pecado… Con la mirada fija en Jesús y en su rostro misericordioso podemos percibir el amor de la Santísima Trinidad. La misión que Jesús ha recibido del Padre ha sido la de revelar el misterio del amor divino en plenitud. «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16), afirma por la primera y única vez en toda la Sagrada Escritura el evangelista Juan… Un amor que se dona y ofrece gratuitamente…”.

Si, en actitud orante, contemplamos el icono de la santa Trinidad, veremos al Amante, al Amado y al Amor, y seremos vistos por el misterio de la misericordia, porque verdaderamente los iconos son miradas de Misericordia para el hombre de hoy. En esta contemplación no sólo “miramos” al Dios Trino y Uno, que mora dentro de nosotros, sino que aceptamos como don su propia mirada, y “en Dios, mirar es compadecerse”[3]. Somos mirados por su Misericordia y, aprendemos a mirar, y a mirarnos, en los ojos del Padre, con los ojos del Hijo, por los ojos del Espíritu, “la contemplación –escribe Benedicto XVI- tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros «la mente de Cristo» (1 Co 2,16)” (Verbun Domini 87), y su corazón misericordioso, para tener “los mismos sentimientos que Cristo” (Flp 2,5).
Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo, como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


Pedro Edmundo Gómez, osb.


[1] Jean Corbon, Liturgia Fontal, Misterio-Celebración-Vida, Palabra, Madrid, 2009, p. 244.
[2] Cf. Trinidad como historia, pp. 196-203-
[3] San Bruno de Segni, Comentario sobre el Evangelio de san Lucas, Parte 2, 40.

sábado, 14 de enero de 2017

Ves a la Trinidad, si ves el Amor y eres mirado por la Misericordia (II)



II.                    

Cada ángel en el icono tiene su propia postura y colorido, pero no están separados entre sí, sino que están indisolublemente unidos por medio de la reciprocidad de la luz. Los colores se mezclan y revelan así la luz, la unidad, la vida y el dinamismo en la distinción-relación de las Personas. Tres personas que deben contemplarse en la propiedad específica de cada una, teniendo siempre presente que uno y único es el Dios amor, que es comunión de los Tres, el Amante, el Amado y el Amor recibido y donado.
La unidad del Dios vivo, su luz, es el vivir el uno en el darse/recibirse recíproco y total de los Tres. Es por su eterno y recíproco darse, que cada uno vuelve a encontrarse a sí mismo “perdiéndose”, reflejándose en el Otro. Una unidad que es perijóresis, recíproco estar el uno en el otro iluminándose, recíproco moverse de sí al otro, del otro restituido a sí mismo. Y esto a un nivel tan profundo que es la esencia de los Tres. Dios es Amor, el Amor es la Luz, en su Luz vemos el Amor.
El ángel de la derecha representaría al Padre, “El Silencio eterno”[1] está sentado y mira hacia los otros dos; el pecho y la cabeza están en posición erguida, signo de dignidad, irradia hieratismo y omnipotencia. Por una parte se muestra inmóvil, perfecto, principio estático de eternidad, y al mismo tiempo, en un contraste notable, en movimiento, apoya la pierna izquierda en la tierra, mientras que la derecha se halla ligeramente levantada y con la mano derecha en movimiento, principio dinámico de la creación y la historia, bendice a los otros dos. Silencio que se dice en relación a la Palabra y mora en la Palabra. Palabra que lleva las llagas del Silencio.
El ángel del centro, sentado en posición frontal al espectador, como “Revelación/Mediación” en la historia del Silencio, representaría al Hijo, “la Palabra eterna”[2]; inclina ligeramente la cabeza hacia el Padre con una actitud de reverencia, acogida, escucha y obediencia. La Palabra es escucha del Silencio. Su posición es más cercana al Padre que al tercer ángel, sus alas se hallan en una parcial superposición, signo de su comunión e intimidad. Su mano derecha está en acto de bendecir tanto al tercer ángel como hacia la copa, indicando que está dispuesto a ofrecerse en sacrificio. El Padre, cuyo rostro expresa un cierto dolor, está animándolo a la entrega. Tenemos aquí la suprema imagen de la inmolación que puede hacer el amor: un padre destina a su hijo a la muerte, pero Rublev no se detiene ahí, ha pintado al mismo tiempo el acto de obediencia más completo: el hijo acepta el sacrificio; es la Palabra del Silencio, que remite a su Origen y a su fecundo Reposo, se pronuncia en el abandono y la confianza para el Encuentro.
Partiendo del evento pascual se puede contemplar a la Trinidad en su comunicarse al hombre como origen, presente y futuro de la historia[3]. Así la Cruz es de alguna manera “narración” de la Trinidad, el Padre envía a su Hijo con la misión de entregar su Espíritu, lo cual es cumplido plenamente en el amor del Espíritu Santo, en el acontecimiento de la Cruz están implicadas las tres Personas divinas. La Cruz es la historia del Hijo eterno que es entregado a la muerte por su Padre, y sufriendo nos ha revelado y regalado su infinito Amor. La Trinidad es una confesión de fe pascual y soteriológica[4].
El último ángel representaría al Espíritu Santo, sentado y visiblemente inclinado hacia los otros dos, porque es “el Encuentro eterno”[5], “cumplimiento” de la historia y “encuentro en la historia”, que parece estar mirando la copa. Su postura es como intermedia entre la del Padre y la del Hijo, es la comunión de ambos, así como “en la hora pascual une al Padre y al Hijo, y en el Hijo a los pecadores”[6]. El Espíritu es la unidad en la distinción del Silencio y la Palabra, es Comunicación. El movimiento de su pierna izquierda parece indicar que está por ponerse en camino, porque es éxodo, éxtasis y don. Su mano extendida parece cubrir, proteger, incubar, según el relato de la creación al modo de la paloma que extiende sus alas (Gn 1, 2; Mc 1, 10).
El icono de la Trinidad presenta el juego eterno y temporal, del Silencio, la Palabra y el Encuentro, del Origen, el Sentido y la Morada, del mundo, la historia y el hombre. Decía Benedicto XVI en Caritas in veritate 54:

“…La Trinidad es absoluta unidad, en cuanto las tres Personas divinas son relacionalidad pura. La transparencia recíproca entre las Personas divinas es plena y el vínculo de una con otra total, porque constituyen una absoluta unidad y unicidad. Dios nos quiere también asociar a esa realidad de comunión: «para que sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17,22). La Iglesia es signo e instrumento de esta unidad. También las relaciones entre los hombres a lo largo de la historia se han beneficiado de la referencia a este Modelo divino. En particular, a la luz del misterio revelado de la Trinidad, se comprende que la verdadera apertura no significa dispersión centrífuga, sino compenetración profunda. Esto se manifiesta también en las experiencias humanas comunes del amor y de la verdad…”.


Pedro Edmundo Gómez, osb.


[1] Bruno Forte, Teología de la historia, p. 72
[2] Teología de la historia, p. 113.
[3] Cf. Trinidad como historia, pp. 157-211.
[4] Cf. Trinidad como historia, p. 89.
[5] Teología de la historia, p. 169.
[6] Teología de la historia, p. 170.

sábado, 7 de enero de 2017

Ves a la Trinidad, si ves el Amor y eres mirado por la Misericordia (I)


“En verdad ves a la Trinidad, si ves…
el Amante, el Amado y el Amor
San Agustín[1]

En este encuentro “Iconos: Miradas de Misericordia” queremos contemplar en el icono de la santa Trinidad el Amor y ser mirados por su Misericordia. Dicho de otro modo, deseamos ser introducidos en ese cruce de miradas de amor y misericordia entre “los tres Ángeles que se aparecen a Abraham en el encinar de Mambré y que eran uno, escogidos como figura de las tres Personas divinas que acogen a los hombres en el círculo de su amor…”[2].
El obispo y teólogo italiano Bruno Forte en la parte conclusiva de su Carta sobre la Trinidad hace la siguiente invitación, que nos servirá a nosotros de introducción:

“Intenta ponerte… ante el icono en el que los tres Ángeles te llaman a entrar en el diálogo divino del amor: disponte a escuchar la declaración de amor de Dios. Busca unirte al Hijo amado, abandonado y resucitado a la vida por ti, y de sentir el amor del Padre que te arrulla y el Espíritu que te une a Jesús y en Él al Padre. Es una experiencia bellísima la de sentirse amado de Dios: entonces, rodeado por el amor de los Tres entenderás que Dios Amor no es una palabra vacía… ¿Quieres probarlo también tú? Pídelo a Dios así: Dios tres veces Santo, Trinidad divina, ayúdame a confesar con los labios y el corazón la infinita belleza de Tu amor: de Ti Padre, eterno Amante de quien proviene todo don perfecto, de Ti Hijo, eterno Amado que todo lo recibes y todo lo das, de Ti Espíritu Santo, Amor recibido y donado, vínculo de la caridad eterna y éxtasis del eterno don. En Ti, Trinidad Santa, quisiera esconderme, para ser amado en el Amado y aprender a amar a quien en la humilde fidelidad del tiempo y por siempre en el día del amor que no muere. ¡Amén! ¡Aleluya!


I.                    

Abraham en la Theofania (Gn 18,1-16) hospeda (Philoxenia) a los que lo cobijan. El icono representa y presencia a la Trinidad ad intra (Amor) y ad extra (Misericordia), Theologia y Oikonomia. Contiene pues tres planos superpuestos e íntimamente relacionados: Theofania, Oikonomia y Theologia, somos conscientes de que estamos “balbuceando tan solo palabras de amor sobre el misterio santo del que venimos en el que nos movemos y existimos y hacia el cual vamos en el camino del tiempo… en retorno a la patria trinitaria”[3].
Rublev era un artista teólogo que expresa con símbolos su fe, la doctrina del Dios Uno y Trino queda expuesta mediante un círculo que encierra un triángulo y propone una cruz.
Las figuras siguen y configuran el trazado del círculo, todos los elementos contribuyen a dar relieve a la circularidad, símbolo de la plenitud del infinito, del misterio de Dios. Un movimiento circular, sugerido por las miradas, por el juego de las manos y por la inclinación de las cabezas, “movimiento inmóvil” (Pseudo Dionisio) de la Trinidad a la Trinidad. La curva envolvente arranca de los pies del ángel a la izquierda (Origen), y sube, arqueándose, por la línea del hombro y la cabeza, inclinada hacia la derecha, pasa por sobre la cabeza del ángel del centro (Revelación) y gira siguiendo el contorno de la cabeza del ángel que inclina su frente hacia la izquierda (Destino), desembocando en su pie izquierdo. Esto se reafirma en la curva del árbol de la vida (Cruz) que está detrás del ángel central, no obstaculizada por la vertical del edificio (tienda, casa, templo, iglesia), que le da mayor agilidad y libertad, y es claramente perceptible en la inclinación de la roca (montaña, Sinaí-Tabor). Las líneas cóncavas hablan de la acogida del otro, de olvido de sí, del amor y la misericordia hacia el mundo.
Esta teología expresada en el círculo, no admite otro armazón que el Trinitario, lo que se reafirma por el nimbo de cada uno, en el círculo de sus cabellos, y en los contornos de los objetos: tronos, escalones, roca, casa, que forman un octógono, símbolo del Octavo Día, la Patria trinitaria.
La circularidad del único Amor conforma un triángulo, que se convierte no sólo en la base de la composición, sino que también reaparece en el espacio del suelo bajo la mesa, ya que la creación es trinitaria, y en la forma de la copa, porque la historia es trinitaria. Y si tenemos en cuenta que los hombres y las comunidades también llevamos en nosotros la huella de la trinidad, podemos afirmar que todo habla y dice la Trinidad, y que la Trinidad es la fuente y el culmen de todo.
La cruz se hace misteriosamente visible, delineada por el travesaño vertical del árbol, el ángel central, la copa y el rectángulo, el travesaño horizontal esta formado por las cabezas de los otros ángeles, que es la base del triángulo invertido. No hay círculo sin cruz, ni vida eterna sin muerte. El círculo, el triángulo y la cruz no se pueden separar. La Cruz es la historia trinitaria de Dios y del hombre. El relato del Misterio Pascual, es el relato de la Trinidad, la narración del Amor[4]. La Cruz en el Triangulo dice el Circulo, es la declaración de amor de Dios por el hombre y rostro de su corazón misericordioso. La razón por la que Dios nos ama tanto, es que Dios es en sí mismo Amor[5].
Como dice Forte en la citada carta:

“Ahí está el centro y el corazón del mensaje cristiano, ahí el manantial, el regazo y la meta de todo lo que existe: ¡Dios es amor!... Si Dios es amor, resulta fácil entender como no puede ser soledad en sí mismo: para que haya una relación de amor es necesario que sean al menos dos… Dios amor es por tanto alguien que ama siempre y alguien que siempre es amado y responde al amor; es un eterno Amante y un eterno Amado. Aquel que ama desde siempre es la fuente del amor: él no está nunca cansado de comenzar a amar y ama por la sola dicha de amar. Dios Padre existe en el amor, infinitamente libre y generoso en el amar, y no tiene ningún otro motivo para amar que el mismo amor: “Dios no nos ama porque seamos buenos y hermosos, sino que nos hace buenos y bellos porque nos ama” (San Bernardo). El otro, el eterno Amado, es Aquel que acoge desde siempre el amor: es el eterno agradecimiento, la gracia sin principio ni fin, el Hijo. Cuando el Hijo se hace hombre, se une a cada uno de nosotros: por eso el Padre, amándole, ama a cada uno de nosotros que estamos unidos a Él, amados en el Amado, hechos capaces de recibir el amor, que es la vida eterna de Dios. El amor perfecto, no obstante, no se cierra en el “abrazo” de dos… El Padre y el Hijo viven un amor tan rico y fecundo que les dirige hacia una Tercera Persona divina, el Espíritu Santo. El Espíritu es Aquel en el que Su amor está siempre abierto a darse, a “salir de si”: por esto el Espíritu es llamado don de Dios, fuente viva del amor, fuego que enciende en nosotros la capacidad de devolver el amor con amor. Y por eso aletea sobre la creación en el primer amanecer del mundo y sobre la nueva creación, de la que es signo y promesa la Iglesia, en el día de la Pentecostés. Luego, en cuanto es el Amor recibido por el Hijo y dado por el Padre, el Espíritu es también el vínculo del amor eterno, la unidad y la paz del Amante y del Amado. En el Espíritu todos somos abrazados por el amor que une, libera y salva… Esta eterna historia de amor ha sido narrada en el signo supremo del abandono de Jesús en la Cruz: la Cruz es la historia del eterno Amante, el Padre, que entrega a Su Hijo por nosotros; del eterno Amado, el Hijo, que se entrega a la muerte por amor nuestro; y del Espíritu Santo, el amor eterno que les une y les abre al don de ellos a nosotros, haciéndonos partícipes de la vida divina. Estos Tres son uno: no tres amores, sino uno único, eterno e infinito amor, el único Dios que es amor. Se puede decir entonces que “ves la Trinidad, si ves el amor” (San Agustín)…”.

Pedro Edmundo Gómez, osb.



[1] San Agustín de Hipona, De Trinitate, 8, 8, 12; 10, 14.
[3] Bruno Forte, Trinidad como historia, p. 15s.
[4] Cf. Trinidad como historia, pp. 91-156.
[5] Cf. Bruno Forte, “El "Dios Trinidad" y el misterio de la Cruz”, Roma, 2002.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Homilía del Abad Benito en la Solemnidad de Cristo Rey 2016, Fiesta patronal del monasterio

CRISTO REY
La Liturgia de la Palabra, distinta en cada uno de los tres ciclos, ilumina la realeza de Cristo desde distintos ángulos. Las de este año, ciclo C, que acabamos de escuchar nos contestan varias preguntas.
La primera lectura nos dice cuál es el fundamento de nuestra opción por Cristo Rey. “Nosotros somos de tu misma sangre”. Jesús es Rey porque es el Hijo de Dios que asumió nuestra naturaleza humana; y “se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte y muerte de cruz. Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre” (Fil 2,8-9) El Padre le da al Cristo Resucitado “el Nombre que está sobre todo nombre”; es decir proclama su divinidad y por lo tanto también su realeza. Jesús como David recibe el oráculo del Señor: “Tú apacentarás a mi pueblo” Cristo es Rey y Pastor.
La segunda lectura nos dice cuales son las consecuencias de esta opción por Cristo Rey: Herederos del Reino de Cristo; miembros de su cuerpo, la Iglesia; seguridad de nuestra resurrección. Según la carta a los Colosenses, somos miembros del Cuerpo de Cristo, que es Rey, por lo tanto reyes con él. Cristo es “el primero que resucitó de entre los muertos”. Nosotros que somos sus miembros hemos resucitado con él (Col 3,1). Para la carta a los Colosenses y también para la carta a los Efesios nuestra resurrección con Cristo no es sólo esperanza para el futuro sino realidad ya presente.
La tercera lectura nos dice quienes entran en su Reino. El conocido texto de Mateo 25 sobre el juicio final nos dice que entran en el Reino de Cristo los que lo reconocieron y sirvieron en los necesitados: "Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo,  porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; estaba de paso, y me alojaron;  desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver". (Mt 25,34-36) Pero el texto de Lucas que se nos proclamó nos habla de otro que también entra en el Reino: el ladrón y asaltante crucificado con Jesús. El ladrón reconoció sus crímenes: “Nosotros sufrimos justamente (la crucifixión) porque pagamos nuestras culpas”. Pero al mismo tiempo lo proclamó Rey a Jesús y Rey rico en misericordia y perdón “Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”  Y Jesús aceptando que es Rey pronuncia la sentencia: “Yo te aseguro que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”
El asaltante arrepentido, el “buen ladrón”, además de proclamarlo Rey a Jesús, describe sin explicitarla la característica principal del Reinado de Jesús, es Rey misericordioso y por eso no lo llama Maestro o Señor sino que casi con exceso de confianza lo llama sencillamente por su nombre: Jesús. Y Jesús, dentro de los terribles dolores de la crucifixión, sin duda siente el consuelo y la alegría de ver la fecundidad de su sangre derramada, de su sangre redentora. Desde el trono humillante, pero glorioso de la cruz,
Jesús pronuncia la primera “canonización”:”Hoy estarás conmigo en el paraíso”
Nuestro Padre San Benito en el capítulo 4 de su Regla al hablar de las herramientas del combate espiritual pone como última “y nunca desesperar de la misericordia de Dios”  Abrumados por nuestros pecados, como el ladrón crucificado, no desesperemos de la misericordia de Dios y digámosle con él “Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”

sábado, 12 de noviembre de 2016

Consagración a la Santísima Trinidad de Dom Columba Marmion


Padre Eterno, postrados en humilde adoración a tus pies, consagramos todo nuestro ser a la gloria de tu Hijo Jesús, el Verbo Encarnado. Tú lo has constituido rey de nuestras almas. Sométele nuestras almas, nuestros corazones y nuestros cuerpos para que nada en nosotros se mueva sin sus órdenes o sin su inspiración. Que unidos a Él seamos llevados a tu seno y consumados en la unidad de tu amor.

Jesús, únenos a Ti, en tu vida que es toda ella santa y consagrada a tu Padre y a las almas. Sé nuestra sabiduría, nuestra justicia, nuestra santificación, nuestra redención, nuestro Todo. Santifícanos en la verdad.

Espíritu Santo, amor entre el Padre y el Hijo, asiéntate cual llama de amor en el centro de nuestro corazón y conduce en todo tiempo, como ardientes brazas, nuestros pensamientos, nuestros actos y nuestros afectos hacia lo alto, hasta el seno del Padre. Que nuestra vida entera se haga una en el Gloria Patri, et Filio et Spiritui Sancto.

María, Madre de Cristo, Madre del Santo Amor, confórmanos según el corazón de tu Hijo.


sábado, 5 de noviembre de 2016

UN “SALMO” COMPUESTO POR NUESTROS POSTULANTES Y ASPIRANTES EN EL CURSO INTRODUCCIÓN A LA SALMODIA

¿Dónde estás, Señor,
Que no vemos tu rostro?
¿Qué no llega hasta nosotros,
la bondad de tu mirada?

La injusticia y la maldad
acampan alrededor nuestro;
la violencia y el ultraje
nos cercan por todos lados.

La ciudad fue destruida,
nuestras casas son escombros;
las familias, desplazadas,
han perdido su alegría.

Las risas de nuestros niños,
en llanto se han convertido,
y sus cantos infantiles
hoy son ayes y lamentos.

La tierra se llena de llanto y de sangre,
y los violentos golpean al indefenso.

¿Es que no lo ves, Señor?
Derrama tu justicia sobre nosotros,
Dios y Señor nuestro.

Yo sé, Señor, que tú eres justo y Salvador
y que nos mostrarás nuevamente tu rostro.

Recuerden que Él rasgó el Mar Rojo como un manto,
y doblegó la soberbia del Faraón.

De nuevo te levantarás, Señor;
cantaremos con gozo tu bondad,
y diremos eternamente:

“¡Nuestro Dios está en medio de nosotros”!

sábado, 29 de octubre de 2016

Coraje

Coraje de no ser más que agua cuando el otro es fuego. Sin buscar apagar el fuego, como el agua lo podría hacer. Sin temer que ese fuego venga a evaporarme: ¡no es para eso!...
Este desvelo por “el Otro esperado” aparece a lo largo de toda la Escritura. Se escribe en filigrana en la trama de cada una de nuestras vidas marcadas de encuentros y de esperas sucesivas. En la riqueza increíble de su creación, como en la misma diversidad de los hombres, Dios nos ha preparado bien para acoger las diferencias. Éstas se inscriben como un componente ineludible de todo amor.
Más aún cuando este amor se expresa y se vive a la imagen viva de Aquel del cual emana. Misterio insondable de este Dios uno y Trino, donde el Espíritu hace sin cesar la diferencia, entre el Padre y el Hijo primero, después –poco a poco– de uno al otro de entre nosotros…
Con Cristo se eleva este mundo nuevo anunciado por Isaac, en el que la diferencia no se impondrá más como generadora de guerra y de discordia…
Visión profética de un mundo donde el lobo y el cordero viven juntos… no se trata de un mundo indiferenciado: la serpiente sigue siendo serpiente, el niño de pecho se entretiene cerca del nido de la cobra sin buscar alojarse o desalojarse allí.
(De una homilía de Christian de Chergé)