sábado, 13 de julio de 2019
jueves, 11 de julio de 2019
SOLEMNIDAD DE SAN BENITO Variaciones sobre la vida de San Benito. Abad Nicolas Dayez (III)
Tratemos de
acercarnos más a la personalidad de san Benito. Si es verdad que se aprende
mucho escrutando los ojos y la mirada de alguien, examinemos la manera que
tiene san Benito de mirar las personas y las cosas. (Diál. II, 31, 1-4) La
mirada de san Benito es siempre una mirada liberadora: puede liberar a un
prisionero haciendo caer con una simple mirada las cuerdas que lo ataban.
Podríamos hacer una
letanía de las cosas que nos mantienen atados y ligados. Las componendas en el
sentido peyorativo de la palabra; los falsos criterios de todo tipo; las
etiquetas que nos ponemos unos a otros; los prejuicios contra alguien; los a
priori, etc. ... Todo ello nos paraliza más de lo que creemos. Pero podemos
liberarnos, si aceptamos la mirada que san Benito nos propone en su Regla.
Por ejemplo, ser
libre respecto de lo que se dice de nosotros, sobre todo cuando se trata de la
santidad: no querer pasar por santo, antes de serlo. No estar atado por criterios
de edad, de condición social, de parentesco, de relaciones más o menos
brillantes. Hay que escuchar el consejo de los jóvenes, pero a la vez no hacer
sino lo que animan los ejemplos de los ancianos. Hay que permanecer libres ante
los talentos de un hermano, y jamás preferirlos al orgullo que podría invadirlo
al tener conciencia de que aporta algo al monasterio. Hay que permanecer libre
respecto de las palabras de alguien que dice algo bien, permanecer capaz de
acoger sus palabras, aun cuando su conducta afirme lo contrario.
En muchas
circunstancias, grandes o pequeñas, hay que encontrar, recuperar o en todo caso
mantener, aceptando que la mirada de otro se pose sobre estos lazos para
soltarlos. La Regla nos invita a dejarnos mirar así por san Benito, la Regla
nos propone dejarnos mirar por Cristo, a quien no se debe preferir nada, y el
único por quien debemos dejarnos atar. “Si eres servidor de Dios, que no te
retenga una cadena de hierro, sino la cadena de Cristo” (Diál. III, 16).
En el transcurso de
su vida, san Benito ha encontrado la mentira, las imitaciones, las caricaturas,
lo falso; brevemente, para decirlo con una palabra, la imitación. En la
industria existen las imitaciones; hay marcas prestigiosas que gastan fortunas
para defenderse de las reproducciones falsas. La imitación existe también en la
vida monástica; no tenemos fortunas que gastar en nuestra defensa, sino un
corazón que debe abrirse a la verdad. San Benito nos invita a ello. No soporta
que el rey Totila haga vestir con la indumentaria real a su escudero para
simular que es él mismo en persona (Diál. II, 14). No tolera que algunos
hermanos afirmen no haber comido fuera del Monasterio, cuando lo han hecho a su
gusto (II, 12). Ni tampoco que se ha recibido pequeños regalos de las monjas a
las que se ha ido a adoctrinar (II, 19).
Los Diálogos contienen un breve catálogo de
defectos monásticos, a los cuales no hemos agregado gran cosa. Lo que irrita a
san Benito no son los defectos, es el hecho de que se quiera ocultarlos, de que
se quiera aparentar que uno es un monje observante. Lo que hay que decir con la
boca y el corazón es la verdad, no necesariamente cosas edificantes. San Benito
sabe que existen pensamientos malos que asaltan el corazón; eso no es imitación.
Imitación es querer hacer como si no existieran y rehusar estrellarlos contra
Cristo, rehusar decírselos al padre espiritual. U obedecer protestando, aunque
se ejecute materialmente la orden: es una obediencia simulada.
La Regla abunda así
en advertencias contra todo lo que no es conforme a la verdad; o más bien
abunda en estímulos a no tener jamás miedo a la verdad, incluso aunque de ella
resulte que nuestra debilidad sale a luz. El perdón también forma parte de esta
verdad que el abad y los hermanos deben cultivar.
Los Diálogos de san Gregorio emplean dos
palabras célebres para caracterizar la trayectoria de san Benito, quien vuelve
a la soledad después de su primer abadiato, terminado en un fracaso (II, 3,5). Habitavit secum. “Entonces, volvió a su
amada soledad, y habitó solo consigo mismo, bajo la mirada del celestial
Espectador”.
Estas dos palabras
evocan uno de los encuentros más difíciles, el más difícil quizá: encontrarse
con uno mismo, aceptarse a sí mismo, vivir con el que uno es y no con el que
quisiera ser. La síntesis de san Gregorio no permite quizá suficientemente comprender
que se trata de una lucha a mano armada, de un verdadero combate (quizá el más
rudo que se pueda librar), de una ascesis en el sentido más auténtico de la
palabra. Querer ser otro y no el que uno es, es el verdadero pecado y por lo
demás el primero absolutamente. No se trata solo de desear tal o cual talento
que uno no tiene, o, al contrario, desear no tener tal o cual que uno sí tiene,
porque ello entraña demasiada responsabilidad, demasiado trabajo... Pienso en
una aceptación radical de uno mismo, con todos los límites de nuestra
condición, sin querer ser otro –que ese otro sea Dios o que sea nuestro
hermano-, sin querer ocupar el lugar de otro.
Operación delicada
entre todas. No es solo resignarse a cierto número de cualidades y de
debilidades; es hacerlas propias, desposarlas, habitar con ellas. Semejante
esfuerzo constante para preservarse del pecado tanto como para percibirlo,
supone que se vive y actúa bajo la mirada de Dios. Aceptarse a sí mismo, no querer
ser otro sino el que se es, es aprender poco a poco a dejar al otro el lugar
que le corresponde; el otro quiere decir nuestro hermano, quiere decir también
Dios. Habitar consigo mismo no es un preámbulo a algo que debe seguir, es como
la fuente que debe brotar siempre y fecundar el terreno que riega.
El primer grado de
humildad consiste en tener siempre ante los ojos el temor de Dios, consiste en
huir de cualquier negligencia y en recordar sin cesar todo lo que Dios ha
mandado (Regla, 7, 10).
sábado, 6 de julio de 2019
Variaciones sobre la vida de San Benito. Abad Nicolas Dayez (II)
(Diál. II, 4,1-3)
Primera prueba: la del decapado que produce en nosotros la oración, esta
oración que no termina, que dirijo a un Dios que no me responde. Y además,
¿para qué sirve? Si es para estar distraído como me pasa a mí, daría lo mismo
salir a caminar. Como aquel hermano que salía en cuanto los otros se inclinaban
para orar (Diál. II, 94). San Benito hizo cuanto pudo para curarlo: el efecto
de sus advertencias y amonestaciones no dura dos días. El hermano vuelve a sus
escapadas y a pasearse durante la oración. La curación de este hermano, que evade
la dificultad de orar, se producirá
lamentablemente por un bastonazo bien aplicado. ¡Qué humillación para los miles
de autores de tratados sobre la oración! ¡Qué lección para todas las teorías! ¡Qué
desengaño para los místicos que tal vez creemos ser!
¿De dónde nos
vendrá el saludable bastonazo que nos fije en la oración? Del horario, por
ejemplo, que me hace orar a tal hora, tenga deseos o no; del salmo, que me hace
orar de tal manera, cualesquiera sean mis sentimientos al respecto; de la
Escritura, que me interpela sobre tal tema, cuando yo quisiera que me hablara
de otra cosa; de este minuto, que añado a mi oración en el mismo momento en que
decido ponerle fin. En la vida de oración siempre llega el momento de la
purificación, de la aceptación humilde, de la sencilla apertura. Y a veces también
llega el bastonazo, es decir la cruz.
Después de la
prueba del bastón, la prueba del agua. (Diál. II, 6, 1-2) Es la historia de
este Godo, que tiene alma de pobre y viene a hacerse monje. Un día, mientras
trabaja, el hierro del mango de su cuchillo cae al agua. Por pobres que seamos,
siempre tenemos la riqueza de algún instrumento. Sea que lo hayamos traído al
entrar al monasterio, sea que el monasterio nos haya hecho adquirirlo:
diplomas, cultura, vida espiritual, cualidades humanas, apertura... Y vamos a
cumplir el trabajo que se nos ha asignado, confiando en los instrumentos de que
disponemos. Nos entregamos a él con el corazón alegre, con todas nuestras
fuerzas, hasta el momento en que los instrumentos caen al agua. Nos encontramos
impotentes para construir lo que hemos venido a hacer. Quisiéramos dedicarnos
enteramente a la búsqueda de Dios, consagrar a ello todas nuestras riquezas,
nuestras potencialidades. Un buen día nos encontramos con que no tenemos poder
sobre nada, ni sobre Dios, evidentemente.
Hay que pasar por
la prueba de constatar que la palabra de Cristo es verdadera: Sin mí, no podéis hacer nada (Jn 15, 5).
Es necesario que recibamos todo de la mano de Dios, incluidos nuestros queridos
instrumentos, que se nos devuelven con una eficacia no duplicada, sino
centuplicada. Incluso el que viene al monasterio con alma de pobre debe
experimentar, en sí mismo, que lo que se deja por Cristo, se recibe de nuevo,
centuplicado.
Cuando san Benito
devuelve el utensilio al godo, agrega: Trabaja y no te contristes. Entrégate a
la alegría de haber recuperado lo perdido. No temas utilizar lo que tienes en
la mano. Sabes que si lo pierdes, te será devuelto. Sabes que tu verdadero
instrumento es aquel que te lo devuelve; aquel que un día dijo: perder la
propia vida, es estar seguro de ganarla.
Ahora la prueba del
fuego. (Diál. II,10,1-2) Por orden de san Benito, los hermanos han cavado
profundamente. Encuentran un ídolo de bronce, que arrojan en la cocina. En
seguida ven brotar fuego, y parece que consumirá todo el edificio. Por su
oración, el varón de Dios hace volver en sí a los hermanos que veían un fuego
imaginario.
Los ídolos aparecen
siempre. Unos son más rutilantes que otros. Todos arrojan llamas, de un modo
que podemos o no imaginar. Y en el camino que lleva al Dios vivo, hay legiones.
Sucede que alguien se encuentra en medio de llamas, y se angustia por lo que va
a ocurrir. San Benito pone en guardia al Abad contra el fuego de la envidia y
de los celos. Otros arderán de cólera, de celo (malo), de despecho. ¿Qué hacer
ante ese fuego? Arrojar agua para extinguirlo solo produce estrépito y trajín.
El varón de Dios inclina la cabeza para orar y vuelve a los hermanos a la
visión de la realidad. En la oración, hay que recuperar la calma y contemplar
las cenizas del imaginario fuego. Descubrir, en el fondo de nuestro corazón, el
ídolo que todavía veneramos y que nos hace gritar “¡fuego!”, allí donde no hay
nada. Debemos aceptar que un hermano nos llame a ver la realidad. Debemos
aceptar no ver lo que otro hermano pretende ver. ¿No pensaba san Benito en algo
así cuando dijo: No querer pasar por santo antes de serlo, sino comenzar por
serlo, a fin de que se lo diga con verdad.
Después del bastón,
del agua, del fuego, está también la prueba del viento. (Diál. II, 20, 1-2) El
último ídolo que recibe el golpe, el que está hundido en lo más profundo de la
tierra, somos nosotros. La imagen que nos hacemos de nosotros mismos, la que
nos imponen los prejuicios que hemos heredado, o la que los halagos de unos u
otros ha impreso en nosotros. Hay que sacrificar también esta.
Un día, san Benito
tomaba su comida de la tarde. Estaba oscuro. Un joven monje sostenía la lámpara
delante de la mesa. Se puso a pensar: “¿Quién es este al que atiendo mientras
come? Le sostengo la lámpara, le sirvo de esclavo. ¿Servirle yo, siendo quien
soy?”
Cuando uno cree que
ya ha renunciado, que está entregado, casi transformado, la naturaleza se
recupera. Se produce un verdadero ciclón, el soplo del orgullo, el viento de la
rebelión contra la dependencia respecto de alguien, la obediencia, la
aceptación de otros tipos de personas, el don de sí a la vida común. El tipo de
hombre que somos no quiere renegar de sí ni morir.
“Haz la señal de la
cruz sobre tu corazón, hermano. ¿Qué estás diciendo? Haz la señal de la cruz
sobre tu corazón.” Solo la señal de la cruz puede salvarte, solo el amor de
Cristo puede hacerte soportar la prueba, solo el árbol de la cruz puede darte
raíces lo suficientemente robustas como para que no te desplomes con el viento
tempestuoso que sopla, como para que devengas verdadero hombre de Dios.
El séptimo grado de
humildad consiste no solo en proclamarse con la lengua el último y más vil de
todos, sino en penetrarse de ello en lo más íntimo del corazón, en humillarse
diciendo con el Profeta: Bueno fue para mí que me humillaras, para que aprenda
tus mandamientos (Regla 7,51-54).
sábado, 29 de junio de 2019
Variaciones sobre la vida de San Benito. Abad Nicolas Dayez (I)
Tomado de Lettre de Maredsous, años 2001
y 2002
Nos volvemos hacia
la vida de san Benito, para encontrar en ella un itinerario de lo que nosotros
mismos debemos vivir. No es pequeña la tentación de pensar que la vida de san
Benito ha sido tranquila, como nos gustaría que fuera la nuestra, a fin de
poder entregarnos a la oración, a la lectura y a todo lo que hemos decidido
hacer. Un simple contacto con el segundo libro de los Diálogos de san Gregorio
nos revela una vida medianamente agitada. Cuatro veces por lo menos san Benito
debe tomar decisiones que conmueven profundamente su vida, después de
acontecimientos imprevistos: la interrupción voluntaria de sus estudios, el
retiro en Subiaco, la estadía en Vicovaro, el regreso a la soledad,
Montecassino. Cambio de lugar, nos dice san Gregorio, pero no cambio de
adversario. Es el otro aspecto de la vida de san Benito, el de la duración, el
del crecimiento, el del combate mantenido, el de la victoria adquirida.
Nos sucede a veces
que pensamos en un tiempo en el que estaríamos liberados de toda preocupación,
o según un horario reglamentado, pasaríamos de la oración a la lectura, de la
lectura al trabajo, del trabajo a la oración, sin contratiempos. En una
palabra, el horario ideal. La vida misma de san Benito nos dice que es un sueño
y viene a quebrarlo, como una copa envenenada. Es en la apertura al
acontecimiento más transformador que es preciso aprender el lento, largo y duro
combate del progreso en la vida monástica.
Si la vida de san
Benito nos deja a veces o a menudo una impresión de paz lineal, no es por no
haber conocido perturbaciones. ¿No será más bien que a medida que las ha
vivido, su corazón se ha dilatado, para correr por el camino de los
mandamientos de Dios con inenarrable dulzura de caridad?
El primer lugar en
el que encontramos a san Benito es Subiaco, en Sacro Speco. Se retira allí,
sabiamente ignorante e inculto a sabiendas, según las palabras difícilmente
traducibles de san Gregorio. Vivirá en la gruta tres años, desconocido por
todos, excepto por el monje Román y por el adversario.
Esto lo sabemos
todos. Pero ¿qué significa una gruta para nosotros? ¿Un hueco en la tierra o
bien una mirada clavada en el cielo? Si Benito quiere sustraerse a la mirada de
los hombres, busca más bien exponerse a la mirada de Dios. Deseoso de agradar
solo a Dios, busca exclusivamente a Dios. Si para esto se aparta de los
hombres, no por esto desea la oscuridad. Quiere estar ante Dios y ante el universo,
ante la única luz verdadera.
En la gruta, Benito
no plantea ningún desafío. Se deja evangelizar a fondo. Se deja desplegar
totalmente. Difícil tarea encontrar la simplicidad, consentir que los pliegues
del propio corazón se deshagan uno tras otro, para que el dedo de Dios pueda
escribir allí las palabras que será necesario decir después a sus hermanos, a
los monjes, al mundo.
La vida monástica
no es un desafío que lanzamos a nuestra voluntad, a nuestro heroísmo, a nuestra
santidad. Si hay una advertencia, esta proviene de Dios para que aceptemos la
invasión dolorosa y regeneradora de la gracia. Dejar que se realice nuestro
propio paso, pascua, en Dios y sólo en él. Si busca verdaderamente a Dios, ha
sido la pregunta, cuando el monje que queremos ser se presentó a la puerta del
monasterio.
De Roma a Subiaco,
san Benito se había dirigido a Effide con su nodriza. Va a dejar a esta última
clandestinamente. Se trata de su propia iniciativa, pero más aún de la de Dios
que lo llama. “Buscando a su obrero”, dirá el prólogo de la Regla, en un
magnífico resumen. Benito hace el voto único de dedicarse al deseo de Dios.
¡Qué audacia! ¡Y qué juventud supone esto!
Durante tres años,
durante una larga recreación, Dios configura los rasgos de su Hijo en el
corazón de este hombre. Benito el solitario, a pesar de todas sus resistencias,
está llamado a convertirse en el hombre más solidario de todos; el ermitaño
debe convertirse en un abba, el que se ha adentrado en el desierto debe
convertirse en el padre de una multitud innumerable de discípulos.
Día tras día, al
ritmo de una vida que acaba tarde en la noche y comienza temprano a la mañana,
Dios modela el corazón de Benito. Hasta el día de Pascua, cuando Benito dirá al
hombre de Dios que viene a traerle comida: “Sé que es Pascua porque te he
visto”. El corazón que habla así no sólo es fraterno; es un corazón que vive
del Espíritu Santo, es un corazón que late al mismo ritmo que el del Padre. Una
paternidad semejante, tan impregnada de la de Dios, no puede sino estar abierta
a todos. “Que espere la santa Pascua con alegría de espiritual anhelo”,
aconsejará la Regla para la Cuaresma. Un consejo que no debemos comprender y
aplicar simplemente desde un punto de vista cronológico. Que espere y desee ese
momento en el que su corazón se haya convertido en Pascua y paso hacia todo
hombre.
El ermitaño de
Subiaco ha de convertirse en un abba.
La oración lo arrancará muy pronto de la gruta y lo llevará a compartir la
paternidad de Dios hacia los hombres. Su vida ejemplar le ha hecho publicidad, anuncio.
Los discípulos se agrupan en torno a él. Deberá formarlos, y se revelará
maestro en la materia.
sábado, 22 de junio de 2019
BASURA Y CULTURA DEL DESCARTE (UN GRAVE PROBLEMA TAMBIÉN EN NUESTRA ZONA DE EL SIAMBÓN. ¿QUÉ PODEMOS HACER?)
21. Hay que considerar
también la contaminación producida por los residuos, incluyendo los desechos
peligrosos presentes en distintos ambientes. Se producen cientos de millones de
toneladas de residuos por año, muchos de ellos no biodegradables: residuos
domiciliarios y comerciales, residuos de demolición, residuos clínicos,
electrónicos e industriales, residuos altamente tóxicos y radioactivos. La
tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de
porquería. En muchos lugares del planeta, los ancianos añoran los paisajes de
otros tiempos, que ahora se ven inundados de basura. Tanto los residuos
industriales como los productos químicos utilizados en las ciudades y en el
agro pueden producir un efecto de bioacumulación en los organismos de los
pobladores de zonas cercanas, que ocurre aun cuando el nivel de presencia de un
elemento tóxico en un lugar sea bajo. Muchas veces se toman medidas sólo cuando
se han producido efectos irreversibles para la salud de las personas.
22. Estos problemas
están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los
seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en
basura. Advirtamos, por ejemplo, que la mayor parte del papel que se produce se
desperdicia y no se recicla. Nos cuesta reconocer que el funcionamiento de los
ecosistemas naturales es ejemplar: las plantas sintetizan nutrientes que
alimentan a los herbívoros; estos a su vez alimentan a los seres carnívoros,
que proporcionan importantes cantidades de residuos orgánicos, los cuales dan
lugar a una nueva generación de vegetales. En cambio, el sistema industrial, al
final del ciclo de producción y de consumo, no ha desarrollado la capacidad de
absorber y reutilizar residuos y desechos. Todavía no se ha logrado adoptar un
modelo circular de producción que asegure recursos para todos y para las
generaciones futuras, y que supone limitar al máximo el uso de los recursos no
renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del aprovechamiento,
reutilizar y reciclar. Abordar esta cuestión sería un modo de contrarrestar la
cultura del descarte, que termina afectando al planeta entero, pero observamos
que los avances en este sentido son todavía muy escasos.
Papa Francisco, Laudato si
24 de mayo de 2015.
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sábado, 15 de junio de 2019
El encuentro del joven Jesús con el anciano Nicodemo (5)
IV. “No te extrañes de que te haya dicho: ‘Ustedes
tienen que renacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz,
pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha
nacido del Espíritu…”
¿Cuál es la clave?
Nacer de lo
alto, nacer del agua y el Espíritu. La divinización, la santidad es más que una
simple conversión moral, más que un “renacimiento espiritual” (judío o
mistérico). Agua es seno materno, fecundado por el Espíritu. De lo exterior a
lo interior. Renacer, Reino de Dios, hijos de Dios (agua y Espíritu) y Vida
eterna son la misma realidad y la gran novedad de la persona-mensaje de Jesús.
El Espíritu
interioriza el testimonio acogido mediante las palabras y signos, produce una
vida nueva, dotando de un sensibilidad nueva, ojos nuevos, y hace ver la gloria
de Jesús como Unigénito del Padre y del Reino de Dios.
Se recurre a una
expresión intencionalmente ambigua: el adverbio “ánothen”, significa desde el principio (por completo, radicalmente),
de nuevo (por segunda vez) y de lo alto (de Dios). Nicodemo entiende de nuevo,
nacimiento natural, su visión es meramente humana, poco abierta a lo sobrenatural.
Romano Guardini ha señalado:
“El hombre no es más que ‘mundo”. Si
sólo piensa por sí mismo, queda siempre sumido en la atmósfera de lo terreno
por muy lógicos, claros y elevados que sean sus pensamientos. Por muy decidida
que sea su lucha moral, no alcanzará con ella más que bienes terrenos. Por
mucho que se apoye sobre valores elevados, sobre tradiciones nobles, sobre una
cultura brillante, siempre quedara prendido en su propio ambiente. Ha de
acontecer algo diferente, debe haber un nuevo comienzo. El principio de una
nueva existencia debe ser iniciado bajo el impulso venido de lo alto, de la
misma región a la cual pertenece el reino y el mensajero. Nuestros ojos sólo
pueden ver aquello para lo cual están creados, muestra mente solo puede captar
lo que le es afín. Si el hombre ha de ser capaz de ver el reino, ha de nacer
una nueva existencia… No viene de abajo, del mundo, no ésta condicionado por
los hechos naturales, por el talento, por la historia, sino que viene de lo
alto, del cielo, y ofrece infinitas posibilidades de libertad y plenitud de
valores a los hijos de Dios… haz de desprenderte de ti mismo, has de renunciar
a tu síntesis personal, has de abandonar la medida de tu propia razón y
experiencia…”[1].
Contraposición de
dos nacimientos: de la carne o del Espíritu. Jesús separa la filiación divina
de todo privilegio fundado en el parentesco meramente humano. Le invita a
renacer por la acción de Dios a través de su apertura personal y le dice que
nadie puede entrar en el Reino de Dios si no nace del agua y del Espíritu, lo
hace pasar del mero querer “ver” al “entrar”, al “permanecer”, del “qué debo
hacer para…” al “en que puedo colaborar para nacer, para recibir el don”.
En palabras del
papa Benedicto XVI:
“La vida biológica de por sí es un don,
pero está rodeada de una gran pregunta. Sólo se transforma en un verdadero don
si, junto con ella, se puede dar una promesa que es más fuerte que cualquier
desventura que nos pueda amenazar, si se la sumerge en una fuerza que garantiza
que ser hombre es un bien, que para esta persona es un bien cualquier cosa que
pueda traer el futuro. Así, al nacimiento se une el renacimiento, la certeza de
que, en verdad, es un bien existir, porque la promesa es más fuerte que las
amenazas. Este es el sentido del renacimiento por el agua y por el Espíritu:
ser inmersos en la promesa que sólo Dios puede hacer: es un bien que tú
existas, y puedes estar seguro de ello, suceda lo que suceda. Por esta certeza
he podido vivir, renacido por el agua y por el Espíritu. Nicodemo pregunta al
Señor: ‘¿Acaso un viejo puede renacer?’. Ahora bien, el renacimiento se nos da
en el Bautismo, pero nosotros debemos crecer continuamente en él, debemos
dejarnos sumergir siempre de nuevo en su promesa, para renacer verdaderamente
en la grande y nueva familia de Dios, que es más fuerte que todas las
debilidades y que todas las potencias negativas que nos amenazan”[2].
Jesús le abre
otro horizonte: la gratuidad de la presencia y acción de Dios en su vida si él
quiere, si se pone en las manos de Dios. Le invita a la libertad y a la
flexibilidad dejándose llevar, como el viento, que sopla donde quiere, pero no
se sabe de dónde viene ni a dónde va. Como escribe Thomas Keating, ocso:
“El Espíritu divino es todo don, pero no
accederá a una actitud posesiva. Él es todo nuestro a medida que lo dejemos ir.
El viento sopla donde quiere y, aunque oyes su sonido, no sabes de dónde viene
ni a dónde va. Así son todos los que nacen del Espíritu‖ (Juan 3:8). Con estas palabras Jesús explicaba a Nicodemo y a
nosotros que no podemos tener control sobre el Espíritu. De hecho otorgándolo
es cómo podemos manifestar que lo hemos recibido. Es el Supremo Don, pero
soberanamente Él mismo, soberanamente libre”[3].
Jesús invita al
fariseo a abrirse al misterio que no se puede dominar. No conocemos la causa,
la finalidad, pero si el derrotero por los efectos del Espíritu. La otra cara
de la verdad es la libertad. “Jesús dijo a aquellos judíos que habían creído en
él: ‘Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis
discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Jn 8, 31-32.).
“El Espíritu es el que da Vida, la carne
de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida” (Jn 6, 36), “Por el bautismo fuimos
sepultados con él en la muerte, para que así como Cristo resucitó por la gloria
del Padre, también nosotros llevemos una Vida nueva” (Rm 6,4), “Por su obediencia a la verdad, ustedes se han purificado
para amarse sinceramente como hermanos. Ámense constantemente los unos a los
otros con un corazón puro, como quienes han sido engendrados de nuevo, no por
un germen corruptible, sino incorruptible: la Palabra de Dios, viva y eterna” (1P 1,22-23), “no por las obras de
justicia que habíamos realizado, sino solamente por su misericordia, él nos
salvó, haciéndonos renacer por el bautismo y renovándonos por el Espíritu
Santo” (Tt 3,5), “El Espíritu es el
que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y
Vida” (Jn 6,63), “se siembran cuerpos
puramente naturales y resucitarán cuerpos espirituales. Porque hay un cuerpo
puramente natural y hay también un cuerpo espiritual. Esto es lo que dice la
Escritura: El primer hombre, Adán, fue creado como un ser viviente; el último
Adán, en cambio, es un ser espiritual que da la Vida. Pero no existió primero
lo espiritual sino lo puramente natural; lo espiritual viene después. El primer
hombre procede de la tierra y es terrenal; pero el segundo hombre procede del
cielo. Los hombres terrenales serán como el hombre terrenal, y los celestiales
como el celestial. De la misma manera que hemos sido revestidos de la imagen
del hombre terrenal, también lo seremos de la imagen del hombre celestial. Les
aseguro, hermanos, que lo puramente humano no puede tener parte en el Reino de
Dios, ni la corrupción puede heredar lo que es incorruptible” (1Co 15,44-50).
En Cartas de Nicodemo se narra la
experiencia de la siguiente manera:
“- Confías… has
de saber que quien desee ver el Reino tendrá que nacer de nuevo… Completamente
de nuevo.
Concentré mis
pensamientos. Este hombre habla de sí mismo y de este Reino como sí los dos
fueran la misma cosa. No como si él fuera el que anuncia o el que nos guía
hacia el Reino, sino como si él mismo fuera este Reino. Pero este Reino que no
existe, puesto que no lo podemos ver, ¿qué es? ¿Hay que volver a nacer? Esto me
pareció absurdo. ¿Qué significa nacer de nuevo? ¿Tendrán los hombres que morir
y volver luego otra vez al mundo? ¿O es que al llegar a viejos se volverán
niños y entrarán de nuevo en el vientre de su madre? Hice esta última
observación en voz alta, quizás incluso con cierto desdén. El nimbo del profeta
había disminuido a mis ojos. Con él siempre ocurre así: a veces sus palabras
son irresistibles, arrebatadoras, pero luego, de pronto, comienza a alejarse y
entonces todo parece falso. Permíteme que se repita mi descubrimiento: él quizá
podría ser un tirano, pero no quiere serlo…
Así que hube
hecho aquella observación, mis palabras me sonaron a falsas, como si
chirriaran. Pareció no darles ninguna importancia y continuó hablando con voz
grave.
-Todo aquel que
no nazca del agua y del Espíritu no entrará en el Reino. La carne nace de la
carne y es carne. Tienes razón: el viejo no volverá al seno de su madre. Pero
del espíritu también se nace y se nacerá eternamente. No se extrañen al oírme
decir: hay que nacer de nuevo. ¿Oyes este viento?
Tendió en
dirección a la celosía una mano blanca y expresiva en la que se veían todavía
las huellas de un duro trabajo.
-Oyes su rumor,
pero no lo ves. No sabes de dónde viene ni de adónde va, pero conoces al que
tiene en mano los vientos y les manda soplar… Igual ocurre con lo que nace del
Espíritu: ya ha nacido, pero tú aún no lo has visto…
-¿Cómo?
–exclamé-. ¿Cómo has nacido?
-¿No lo sabes
–me pregunto con una bondadosa ironía-, tú que eres maestro, tú que conoces las
Escrituras, explicas halakás y creas hagadás...? (…)
Sentí un escalofrío en la espalda. ¡Ese
abismo detrás de cada palabra! No se dirigía a mí, ni siquiera me miraba. Tenía
los ojos fijos en el espacio. Su voz, sonora, pausada, aumentaba en potencia a
cada palabra. Aquello era como una llamada formulada a alguien invisible, como
el final de una disputa incomprensible. Aventuré una tímida mirada a su rostro.
Seguía sin comprender de qué me estaba hablando y no sé si hay alguien que
pudiera comprenderlo: su pensamiento supera a las palabras… Habla como un sabio
o como un perturbado… ¿Volver a nacer? ¿Cómo? ¿Quiere esto decir que hay que
conocer algo? ¿Entenderlo? ¿Descubrirlo? ¿De qué está hablando? Sólo una cosa
vi clara y es lo necia que había sido mi observación sobre aquel viejo que
debía volverse niño. Él debe referirse a algún elevado misterio del Espíritu…”[4].
Jesús es el “Reino
de Dios”, este es el único caso donde aparece la expresión en Juan, diferente
de los sinópticos.
“A partir de ese momento, Jesús comenzó
a proclamar: ‘Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca’…” (Mt 4,17), “Les aseguro que el que no
recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mc 10,15), “Les aseguro que si la justicia de ustedes no es
superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los
Cielos” (Mt 5,20), “En
aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: ‘¿Quién es
el más grande en el Reino de los Cielos?’. Jesús llamó a un niño, lo puso en
medio de ellos y dijo: ‘Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen
como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos. Por lo tanto, el que se haga
pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos. El que
recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo. Pero si
alguien escandaliza a uno de estos pequeños que creen en mí, sería preferible
para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo hundieran en el fondo
del mar’…” (Mt 18,1-6).
Escribe Thomas
Merton, ocso:
“Conocer a Cristo, el Verbo, es
‘recibirle’, y recibirle es convertirse en hijo de Dios. Esta regeneración es
la obra de la fe y del bautismo. Nos convertimos en hijos de Dios naciendo ‘no
de la sangre ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de
Dios’ (Io., I, 13) y ‘quien no naciese del agua y del Espíritu no puede entrar
en el reino de los cielos’ (Io., III, 5). Jesús hubo de reprochar a Nicodemo,
un ‘maestro de Israel’ que, aunque había estudiado la Ley y los Profetas,
ignoraba esta verdad espiritual importante sobre todas (Io., III, 10). Ahora
bien, esta vida sobrenatural sólo a través de Cristo se nos comunica. El es la
luz del mundo, y todo el que le sigue no camina en las tinieblas, sino que
tiene la luz de la vida (Io., VIII, 12). Por eso nos dice Jesús: ‘mientras
tenéis luz, creed en la luz, para ser hijos de la luz’ (Io., XII, 36)[5].
Jesús habla a
Nicodemo de las “cosas de la tierra”, realidades que tienen lugar en este
mundo; nacer de nuevo, en esta vida, mensaje de salvación para el hoy. “Cosas
del cielo”, son las que se refieren a la enseñanza sobre el Padre, a quien El
solo conoce, la vida íntima de Dios, que sobrepasa toda comprensión humana. Le
revela el origen e itinerario del Hijo. “Pero si no creen lo que él ha escrito,
¿cómo creerán lo que yo les digo?” (Jn 5,47).
Aquí está nuevamente el tema de la fe. Mirar es creer que Jesús es el Hijo
único, el Mesías, la “nueva serpiente de bronce” que cura el veneno de la
desconfianza, la murmuración.
Proceso de fe y
discipulado, como enseña san Agustín:
“Había venido Nicodemo a ver a Jesús por
primera vez de noche, como cuenta el mismo San Juan en anteriores pasajes de su
Evangelio. Por esta frase no debemos entender que solamente entonces vino
Nicodemo a Jesús, sino que entonces vino por vez primera, y después vino con
frecuencia para hacerse discípulo suyo, oyéndole…”[6].
Nicodemo después
de la experiencia del encuentro desaparece por un tiempo en la oscuridad, en un
segundo momento vuelve a salir a la luz, con la palabra de justicia fundada en
la Palabra: “Nicodemo, uno de ellos, que había ido a ver a Jesús, les dijo: ‘¿Acaso
nuestra Ley permite juzgar a un hombre sin escucharlo antes para saber lo que
hizo?’…” (Jn 7, 50-51). Y recién, en
un tercer momento, con la acción de misericordia, en colaboración con otro como
él:
“Después de esto, José de Arimatea, que
era discípulo de Jesús –pero secretamente, por temor a los judíos– pidió
autorización a Pilato para retirar el cuerpo de Jesús. Pilato se la concedió, y
él fue a retirarlo. Fue también Nicodemo, el mismo que anteriormente había ido
a verlo de noche, y trajo una mezcla de mirra y áloe, que pesaba unos treinta
kilos. Tomaron entonces el cuerpo de Jesús y lo envolvieron con vendas,
agregándole la mezcla de perfumes, según la costumbre de sepultar que tienen
los judíos. En el lugar donde lo crucificaron había una huerta y en ella, una
tumba nueva, en la que todavía nadie había sido sepultado. Como era para los
judíos el día de la Preparación y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a
Jesús” (Jn 19, 38-42).
Concluimos recordando lo que dice Martín
Descalzo:
“No sabemos si desde aquella
conversación creyó ya o si la semilla de la fe fue creciendo progresivamente en
su alma. No sabemos si hubo otras conversaciones después de esta. Pero si
sabemos que el inteligente apostó por la locura, el viejo se hizo niño, en el
silencio de aquella noche santa hubo un parto misterioso y un prodigioso
alumbramiento. El Nicodemo que casi al alba regresó a su palacio ya no era el
mismo que horas antes descendía curioso y asustado por las callejuelas del
Ophel. En el alma del visitante nocturno había amanecido”[7].
[1] Romano Guardini, El Señor I, Rialp, Madrid, 1960, pp.
255-256.260.
[2] 16 de abril de 2012.
[3] Thomas Keating, El Misterio de Cristo, La liturgia como
experiencia espiritual, p. 75.
[4] Jan Dobraczynski, “Carta III”,
en Cartas de Nicodemo, Herder,
Barcelona, 1958, pp. 50-51.
[5]Thomas Merton, El pan vivo, Madrid, 1957, p. 76.
[6] San Agustín de Hipona, Sobre el Evangelio de san Juan 120, 4.
[7] José Luis Martín Descalzo, Vida y misterio de Jesús de Nazaret, II, El
mensaje, Sígueme, Salamanca, 1994, p. 69.
sábado, 8 de junio de 2019
El encuentro del joven Jesús con el anciano Nicodemo (4)
III. “…y le dijo:
‘Maestro, sabemos que tú has venido de parte de Dios para enseñar, porque nadie
puede realizar los signos que tú haces, si Dios no está con él’. Jesús le
respondió: ‘Te aseguro que el que no
renace de lo alto no puede ver el Reino de Dios’. Nicodemo le
preguntó: ‘¿Cómo un hombre puede nacer cuando ya es viejo? ¿Acaso puede
entrar por segunda vez en el seno de su madre y volver a nacer?’ Jesús le
respondió: ‘Te aseguro que el que no nace
del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que
nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu”.
¿De qué hablan?
Sobre el poder, “nadie puede”, dice una
vez Nicodemo y otra vez Jesús. Diez veces se repite en la perícopa el tema del
poder, paralelo al del saber. ¿Nicodemo quiere cambiar y no puede por sí mismo,
o no quiere cambiar?
El tema es nacer de nuevo para ver el
Reino de Dios, nacer del agua y del Espíritu para entrar en el Reino de Dios,
que es el tema de siempre. El Papa Francisco dice en Christus vivit 13:
“Jesús, el
eternamente joven, quiere regalarnos un corazón siempre joven. La Palabra de
Dios nos pide: ‘Eliminen la levadura vieja para ser masa joven’ (1 Co 5,7). Al mismo tiempo nos invita a
despojarnos del ‘hombre viejo’ para revestirnos del hombre ‘joven’ (cf. Col 3,9.10). Y cuando explica lo que es
revestirse de esa juventud ‘que se va renovando’ (v. 10) dice que es tener ‘entrañas
de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia, soportándose unos
a otros y perdonándose mutuamente si alguno tiene queja contra otro’ (Col 3,12-13). Esto significa que la
verdadera juventud es tener un corazón capaz de amar. En cambio, lo que
avejenta el alma es todo lo que nos separa de los demás. Por eso
concluye: ‘Por encima de todo esto, revístanse del amor, que es el vínculo de
la perfección’ (Col 3,14)”.
¿Cómo hablan?
El clima de la conversación es afable y
respetuoso, pero al mismo tiempo exigente. Los dos aman sinceramente la verdad
y Nicodemo busca honestamente al Dios verdadero. La verdad y el amor saltan
cualquier barrera para besarse. Como dice san Bernardo: “Corría tras el mismo
aroma (de la sabiduría) Nicodemo que, acercándose a Jesús de noche, volvió
envuelto por el resplandor de su sabiduría, plenamente adoctrinado”[1].
Estamos ante un verdadero encuentro de
acompañamiento espiritual, una auténtica entrevista formativa. Hay acogida:
autenticidad, escucha, comprensión (en la diferencia), empatía (con afectividad).
Un diálogo no exento de ironías, de ambas partes. Se
presenta como dijimos, el problema del mensaje y el lenguaje, usan las mismas
palabras, pero con distinto significado.
Se trata de un diálogo estructurado en
torno a tres preguntas, distintas a las de los fariseos y escribas que querían
poner a prueba. La primera pregunta, la fundamental: “¿Qué debo hacer para ver
el reino de Dios?” (Guardini) es intuida y respondida, las otras son explícitas.
Las preguntas y sus respuestas, precedidas del solemne, “te aseguro”, “en
verdad, en verdad te digo”, dan lugar al malentendido. El diálogo da paso al
monólogo, el primer discurso joánico sobre Dios Padre y Jesús, Espíritu y
Jesús. En la primera respuesta se habla del Padre, en la segunda del Espíritu y
en la tercera del Hijo.
En el diálogo es Jesús el que se
identifica con la comunidad cristiana, pasando del yo al nosotros, en oposición
al ustedes. Dos personas y dos comunidades dialogan, se posicionan ante la
verdad.
La finalidad de
Jesús es confrontar a Nicodemo con la Verdad en la caridad, lo enfrenta con su
verdad para hacer que surja la fe, sin imponerle nada ni darle soluciones, ni
recetas, ni preceptos, ni proyectos, quiere que vaya descubriendo las cosas por
sí solo. Hay clarificación, reubicación, posibilidad y discernimiento. “Cuando
se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: ‘Maestro
bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?’…”. (Mc 10, 17), “Un escriba que los oyó discutir, al ver que les había
respondido bien, se acercó y le preguntó: ‘¿Cuál es el primero de los
mandamientos?’…”. (Mc 12, 28).
Porque como dice
san Benito “muchas veces el Señor revela al más joven lo que es mejor” (RB 3, 3), es el momento de recordar algunos
de los temas que se repiten en la encuesta:
“160 acompañar, 112 (73 Dios, 26 Jesús, 13 Cristo), 89 (60 cercanía, 29
presencia), 75 (70 escuchar, 5 discernir), 59 (42 comprender, 17 entender), 45
(38 amor, 7 amistad), 35 (22 amigo, 15 compañero), 20 aprender, 13 aceptar”. Datos
que encuentran su eco en el número 246 de Christus
vivit:
“Los mismos jóvenes nos describieron
cuáles son las características que ellos esperan encontrar en un acompañante, y
lo expresaron con mucha claridad: ‘Las cualidades de dicho mentor incluyen: que
sea un auténtico cristiano comprometido con la Iglesia y con el mundo; que
busque constantemente la santidad; que comprenda sin juzgar; que sepa escuchar
activamente las necesidades de los jóvenes y pueda responderles con gentileza;
que sea muy bondadoso, y consciente de sí mismo; que reconozca sus límites y
que conozca la alegría y el sufrimiento que todo camino espiritual conlleva.
Una característica especialmente importante en un mentor, es el reconocimiento
de su propia humanidad. Que son seres humanos que cometen errores: personas
imperfectas, que se reconocen pecadores perdonados. Algunas veces, los mentores
son puestos sobre un pedestal, y por ello cuando caen provocan un impacto
devastador en la capacidad de los jóvenes para involucrarse en la Iglesia. Los
mentores no deberían llevar a los jóvenes a ser seguidores pasivos, sino más
bien a caminar a su lado, dejándoles ser los protagonistas de su propio camino.
Deben respetar la libertad que el joven tiene en su proceso de discernimiento y
ofrecerles herramientas para que lo hagan bien. Un mentor debe confiar
sinceramente en la capacidad que tiene cada joven de poder participar en la
vida de la Iglesia. Por ello, un mentor debe simplemente plantar la semilla de
la fe en los jóvenes, sin querer ver inmediatamente los frutos del trabajo del
Espíritu Santo. Este papel no debería ser exclusivo de los sacerdotes y de la
vida consagrada, sino que los laicos deberían poder igualmente ejercerlo. Por
último, todos estos mentores deberían beneficiarse de una buena formación
permanente”.
En Cartas de Gamaliel se nos relata esta singular
experiencia de “acompañamiento”:
“Nos contó visiblemente emocionado, que
la reunión fue en el llamado Huerto de los Olivos[2].
Cuando llegó fue dejado a solas con Jesús, quien lo saludo amablemente.
Entonces, sin necesidad de presentaciones previas. Nicodemo le dijo: «Maestro (…)
Cuando terminó de relatar su encuentro
con Jesús, asomaron a los ojos de Nicodemo unas lágrimas, que secó
discretamente. Luego fijó su mirada en mí, diciendo:
-Lo ves, rabí Gamaliel, Jesús me ha
puesto delante de las preguntas esenciales de la vida. ¿Quién soy? ¿Para qué
estoy en el mundo? ¿He nacido de lo Alto o no? Me ha dicho que debo volver
nacer y yo torpemente, no entendí lo que quería decirme. Ahora lo sé. Lo supe
luego: me estaba pidiendo una conversión del corazón. Este hombre es el mesías
que esperábamos (…)
Por su parte Nicodemo parecía ido,
ausente. Sólo lo escuche musitar: -Tengo que volver a nacer… volver a nacer”[3].
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